lunes, 17 de marzo de 2025

De las viñetas de humor del blog de hoy lunes, 17 de marzo

 







































domingo, 16 de marzo de 2025

De las entradas del blog de hoy domingo, 16 de marzo de 2025

 








Hola, buenos días de nuevo a todos y feliz domingo, 16 de marzo de 2025. El rearme de la UE por su seguridad, dice en la primera de las entradas del blog de hoy el profesor y crítico literario Jordi Gracia, supone respaldar los valores de la civilización y el Estado de bienestar frente a la tecnobarbarie de sus enemigos. Holanda enseña que la batalla contra el populismo puede ganarse, escribía en la segunda de las entradas del día, un archivo del blog del 17 de marzo de 2017, el periodista Francisco G. Basterra; no parece que la realidad esté hoy de su parte. La tercera de hoy es el poema titulado La guerra, de la poetisa Ana María Martínez Sagi, que comienza con estos versos: El viento del odio/se anuda a las torres./Una luna inerte/se columpia insomne/sobre las madrigueras/malditas de los hombres. Y la cuarta y última, como siempre, son las viñetas de humor, pero ahora, como decía Sócrates, "Ιωμεν" (toca marchar); volveremos a vernos mañana si las Euménides y la diosa Fortuna lo permiten. Sean  felices, por favor. Tamaragua, amigos míos. HArendt











¿De qué se defiende Europa cuando decide defenderse?

 







El rearme de la UE por su seguridad supone respaldar los valores de la civilización y el Estado de bienestar frente a la tecnobarbarie de sus enemigos, escribe en El País [¿Qué defiende Europa cuando se defiende?, 14/03/2025] el profesor y crítico literario Jordi Gracia.

El más complejo y ambicioso invento de la historia contemporánea ha sido la creación imperfecta y a sacudidas de la Unión Europea, que a su vez significa haber extinguido la guerra como tradicional modo de relacionarse de las naciones y la implantación en su perímetro del Estado de derecho y, en particular, el inaudito Estado de bienestar. En su origen fue una medida preventiva dictada por el pavor y la pura tragedia: la UE se construye como proyecto político sobre decenas de millones de cadáveres (jóvenes) y toneladas de destrucción tras dos guerras en suelo europeo en el plazo de 30 años (o sea, en un suspiro). En los siguientes 80 años, desde 1945 y hasta ahora, la UE logró que la arraigada práctica de masacrarse entre sí quedase limitada a unos pocos conflictos trágicos, que van desde la guerra de Yugoslavia hasta la actual guerra lanzada por Putin contra Ucrania.

Este proyecto es el que vive hoy el asalto metódico y multifactorial de una alianza imprevista entre Trump y Putin, socios en el objetivo de debilitar y frustrar lo que encarna la UE. Esa determinación política es, en realidad, producto directo del éxito de la UE como proyecto compartido pero a la vez delata el oportunismo de las dos potencias para aprovechar los efectos democráticamente corrosivos de los errores cometidos en la UE durante la última década y media. El mejor invento de la historia de Occidente ha resultado ser imperfecto y muy frustrante para un porcentaje creciente de la ciudadanía europea. La expresión más cruda y desapacible es el ascenso de la ultraderecha descreída de la UE y el impulso que encontraron desde 2008 gracias a la pésima gestión de la Gran Recesión y el multimillonario reguero de víctimas sociolaborales que dejó ese calamitoso manejo. El efecto colateral maligno fue la convicción creciente de que la democracia y su burocracia laberíntica hicieron prevalecer los intereses de las entidades bancarias y las grandes empresas antes que la voluntad de mantener condiciones de vida dignas a la inmensa mayoría. Hoy, el agujero negro icónico de esa gestión catastrófica es la lacra de la vivienda inaccesible para segmentos de población que no son ya los pobres sino también los hijos de las clases medias.

Lo que la UE estropeó dentro de casa (la confianza de la ciudadanía en una prosperidad razonable) solo la UE podrá resolverlo. El rearme disuasorio en favor de Ucrania significa reimpulsar la integración europea y su culminación en una federación de Estados confabulada en defensa de las virtudes del Estado de bienestar como palanca de la prosperidad de las mayorías. Sin la convicción masiva en la UE de que este proyecto es el mejor de los posibles, el futuro solo podrá ir hacia atrás, en un retroceso suicida hacia la Europa de los Estados donde prevalecen los intereses nacionales y nacionalistas de cada país por encima de los comunes y federados. La división interna hace el juego a quienes buscan debilitar el modelo de las sociedades del bienestar para prosperar en el rico mercado europeo sin freno, sin impuestos, sin límites a la rapacidad del tecnocapitalismo y a costa de los ciudadanos.

La actual alianza de la Casa Blanca con los gigantes tecnológicos y sus plataformas de desinformación invasiva no va exactamente destinada a la destrucción de la UE, sino a surfearla u orillarla ignorando la regulación tributaria y forzando la eliminación de las normas que el Estado impone a las empresas privadas, grandes y pequeñas. Eso a su vez significa garantizar la impunidad de la polución informativa de la extrema derecha en suelo europeo, es decir, fomentar y aclimatar como natural y aceptable el discurso del hastío, la ira, la impugnación y finalmente la antipolítica como falsa solución expeditiva: voto ultra y antisistema.

No es ya una conjetura delirante que Putin se convierta en la bisagra que mantenga en equilibrio el antagonismo pactado entre Trump y China. El reparto excluye necesariamente a la UE, que es intervencionista y metomentodo, que no tolera la prepotencia empresarial a costa de los ciudadanos, y cree en el Estado de bienestar como principal conquista (recentísima) del siglo XX. La UE tiene destinado en ese cuadro el papel aburridísimo de una reserva espiritual de Occidente que no ha entendido los nuevos tiempos cuando, en realidad, encarna la mejor vanguardia civilizatoria y humanista de los viejos y los nuevos tiempos. El Estado de bienestar nació exactamente para neutralizar esa prepotencia de puertas adentro y de puertas afuera: por eso choca directamente con los intereses depredadores del neocolonialismo híbrido y neoimperialista de Trump y Putin. A ninguno de los dos le conviene una UE fuerte: solo les conviene a los 500 millones de europeos.

La conexión entre la defensa de Ucrania como frontera de la UE y el fortalecimiento de las expectativas de una vida mejor bajo el Estado de bienestar es causal y casi simbiótica. El rearme disuasorio de la UE en defensa, seguridad e información es la caja de herramientas para defender un modelo de sociedad donde el Estado reequilibra el reparto de cartas de nacimiento, las desigualdades y el desamparo de quienes no tienen dónde guarecerse. Ese objetivo originario se fue desdibujando a medida que desaparecía la memoria compartida de la devastación de la Segunda Guerra Mundial y a medida que la UE incurría en equivocaciones estratégicas que causaron el desencanto en unos y la rabia abierta en otros. Parte de esos sectores acabaron en los brazos de la indiferencia nihilista o en los de la rebeldía fomentada por el mismo nacionalpopulismo que alimentó a la ultraderecha de los años veinte y hoy resucita en múltiples zonas de la UE.

Comprender que la defensa de Zelenski es la defensa de las condiciones de vida europea equivale a identificar a Gratallops, Leipzig, Birmingham, Lyon o Trento como capitales del campo de batalla, aunque parezca ser Kiev. El punto central ahora está en saber si la ciudadanía de la UE asume que su capacidad disuasoria (con armamento y la inteligencia necesaria para saber contra qué objetivos usarlo y de qué armas defenderse) equivale a fortalecer el Estado de bienestar que nació encima de espantosas montañas de muertos. Hay más opciones, por supuesto, pero todas ellas pasan por propiciar que las ultraderechas se hagan con el poder al grito de primero, nosotros, cuando el único nosotros que puede hacer frente a la depredación política y económica del trumpismo estadounidense y el expansionismo ruso es la convicción en el poder civilizatorio que encarna la UE.

La repugnancia de la mayoría de la población de la UE al rearme no solo es comprensible, sino admirable: la cultura de la paz es un capital cultural intangible e irrenunciable. Todos hemos aprendido que el rearme es el mecanismo más temible porque “cuando la flecha está en el arco tiene que partir”, como reza bíblicamente un título de Rafael Sánchez Ferlosio. El problema radica en la respuesta necesaria ante una doble agresión tan disruptiva como la coalición de intereses establecida entre la depredadora maquinaria tecnológica de EE UU y el expansionismo ruso, porque ambas buscan abolir la operatividad del mejor experimento político, social y económico de la época contemporánea. La UE es un obstáculo legal y fáctico a su afán de conquista, y es el principal dique de contención para los países fronterizos con Rusia. El éxito de la UE es en realidad la causa de la hostilidad desplegada por quienes sienten coartados sus planes ultraneoliberales y neoautoritarios, y ese es justamente el punto: la libertad de la ciudadanía europea consiste en someter al control del Estado los desmanes de quienes pueden llevárselo todo por delante. Hoy, el Estado, y eso significa la UE, encarna la vanguardia virtuosa contra la extorsión de la fuerza armada y la tecnobarbarie.


















[ARCHIVO DEL BLOG] ¿Ya es primavera en Europa? Publicado el 17/03/2017

 






Holanda enseña que la batalla contra el populismo puede ganarse, escribe en El País [¿Ya es primavera en Europa?, 17/03/2017] el periodista Francisco G. Basterra. Por fin Europa puede celebrar una noticia positiva. Ha bastado la conjunción de un político liberal nada carismático llamado Mark Rutte, una ciudadanía holandesa sensata que ha votado masivamente, y la inestimable ayuda del sultán Erdogan, el presidente turco, que se atrevió a calificar a Holanda, la patria de Ana Frank, de país nazi, para impedir la caída del primero de los dominós democráticos que perseguía el populismo desatado globalmente después del Brexit y de la llegada de Trump a la Casa Blanca. El Trump holandés, Geert Wilders, también con el pelo rubio oxigenado, eurófobo, antimusulmán y partidario de Holanda primero, aun con un apreciable 13% del voto, perdió su apuesta y la Europa democrática no se desmorona de momento. Ha fallado la profecía del populismo autocumplido, que establece que cuando tenemos una creencia firme respecto a algo o a alguien, esta acaba cumpliéndose. ¿Ya es primavera en la UE?

Es cierto que una golondrina no hace verano, y resta saber qué pasará pronto en la decisiva Francia, donde la Unión Europea se juega su existencia en el supuesto improbable de que Marine le Pen, la nueva Juana de Arco de la derecha extrema nacionalista francesa -“en nombre del pueblo”, gritan sus carteles electorales- alcance la presidencia, o en el otoño en Alemania, donde acecha también el fantasma del populismo representado por la derechista, antiinmigración, Alternativa para Alemania. Pero el primer tiempo del partido ha sido ganado por las fuerzas europeístas en Holanda, país fundador del proyecto europeo, próspero, abierto al mundo, exportador, en el que viven un millón de musulmanes. El pequeño país se ha hecho grande frente a la acometida populista de los políticos fuertes, encastillados en el orgullo de las soberanías nacionales, y no ha comprado su mensaje de que los problemas complejos pueden tener soluciones simples. Como los pólders, invento holandés, salvaron al país de ser inundado por las aguas del Mar del Norte.

En la primera batalla, el populismo ha sido abollado, pero no vencido. La Europa medrosa y encogida por la devastación producida por la gran crisis económica suspira hoy aliviada. Parece haber escuchado al presidente estadounidense Franklin Roosevelt quien, con ocasión de otro momento infinitamente más crítico para las democracias, la II Guerra Mundial, proclamó que “de lo único que tenemos que tener miedo es del propio miedo.” El trumpismo, que alimenta la ola de populismo europea, puede acabar siendo el revulsivo para el despertar de Europa, donde, a pesar de las apariencias, las dos grandes fuerzas que levantaron el proyecto europeo, el centro derecha liberal cristiano, y el centro izquierda socialdemócrata, siguen siendo centrales para la reconstrucción del proyecto europeo.

La canciller alemana Merkel le explica este fin de semana en Washington a Trump, en su primera reunión cara a cara, qué es la UE, a la que el presidente desprecia, y quién es Putin, a quien equivocadamente pretende cortejar. Defenderá nuestros valores y el orden liberal occidental, un mundo abierto y de reglas. Los europeos tenemos nuestro destino en nuestras propias manos. Para que lo que creíamos impensable no sea ya posible. 













El poema de cada día. Hoy, La guerra, de Ana María Martínez Sagi

 






LA GUERRA



El viento del odio

se anuda a las torres.

Una luna inerte

se columpia insomne

sobre las madrigueras

malditas de los hombres

los cerros vomitan

pesados cañones

tinieblas de espanto

pérfidos rumores

alumbradas negras

sangre y explosiones.

Una selva hostil de triturados cuerpos

cierra el horizonte.

Ya se están enfriando los ojos de los niños

bajo un horrendo palio de cabezas cortadas

los pueblos esconden

sus flancos llagados

sus mieses segadas

su terror de pobres

de los vientres preñados escapan

ángeles sin alas

gritos alocados

y fetos deformes.

Los buitres devoran

el corazón podrido de los hombres



ANA MARÍA MARTÍNEZ SAGI (1907-2000)

poetisa española


















De las viñetas de humor del blog de hoy domingo, 16 de marzo de 2025

 




































sábado, 15 de marzo de 2025

De la independencia europea. Especial 2 de hoy sábado, 15 de marzo de 2025

 







Un pacto político en Alemania, una manifestación en Italia y una reunión militar en Francia muestran el camino y la actitud para evitar que Europa sea avasallada, que es lo que está en juego, escribe en El País de hoy [Por la independencia europea, 15/03/2025] el corresponsal global de dicho periódico, Andrea Rizzi. Esta columna, comienza diciendo Rizzi, abogó la semana pasada por la necesidad -en medio de un peligroso cambio de época- de cambiar la política, no solo las políticas, para adaptar Europa a los nuevos retos. En los últimos días ha habido varias señales esperanzadoras que apuntan a una plena comprensión de lo que está en juego y a la disposición a superar miopes lógicas partidistas o nacionales. En Alemania, democristianos, socialdemócratas y verdes han pactado en tiempo récord un acuerdo de envergadura enorme sobre defensa, infraestructuras y transición energética. En Italia, ha cobrado gran impulso -por encima de las barreras partidistas- una manifestación en favor de Europa, que se celebrará hoy y tiene potencial para insuflar un necesario ánimo popular al europeísmo. En Francia se ha celebrado una inaudita reunión de altos mandos militares de países de la OTAN sin que estuvieran representantes estadounidenses.

Desgraciadamente, a la vieja política le cuesta morir. España ofrece múltiples ejemplos, con el líder de la oposición determinado en sacar ventaja partidista de la situación incómoda del presidente del Gobierno, mientras este sopesa tristes vías para sortear el Congreso en materia de gasto en defensa y evitar así que se haga evidente que su coalición está abierta en canal. Hacia ello le empujan segmentos minoritarios de la izquierda gubernamental que se niegan a subir la inversión militar. Cabe preguntar si lo hacen teniendo realmente como objetivo la supervivencia de Europa como espacio seguro y autónomo, o con intereses más inmediatos. Italia también emite algunas pésimas señales, como los calculillos de Meloni, que ordenó a sus eurodiputados abstenerse en el Parlamento Europeo en una votación por temor a irritar a Trump.

Se habla a menudo de la necesidad de hacer pedagogía con la ciudadanía para que comprenda a fondo lo que está en juego. Sin duda es preciso un debate público amplio, profundo, claro, sin paternalismos, para que la sociedad conforme lo mejor posible su opinión. Pero a veces cabe preguntarse si en la misma élite política todos han entendido —o quieren entender— lo que está en juego. La verdad es que no es difícil de entender y explicar.

Desde Oriente, una Rusia convertida en una maquinaria de guerra persigue un proyecto imperialista de reconstitución de esferas de control e influencia en el continente. Si no se la frena en Ucrania y si no se mantiene la garantía de la defensa mutua de la OTAN —hoy cuestionada—, el riesgo de que siga es real. Por supuesto en Georgia o Moldavia, donde ya controla parte del territorio. Pero más allá también, si percibiera debilidad, como ha ocurrido hasta ahora.

Desde Occidente, unos EE UU que han decidido que los países europeos valen más como lugar de extracción de beneficios o recursos que como aliados. Por eso la animosidad contra la UE —la entidad mejor situada para evitar el avasallamiento de los europeos—. ¿Confían ustedes en lo que quieren hacer los tecnoemperadores aliados de Trump? ¿Confían ustedes en que simplemente podremos seguir contando con que EE UU nos permita seguir utilizando los cazas F-35 que ya nos vendió? Tal vez querrá usar las actualizaciones del software o la asistencia técnica imprescindible para su buen funcionamiento para extorsionarnos en algún deal relacionado con otra cosa.

Este último es solo un ejemplo entre tantos posibles. El problema está tan claro que Polonia, quintaesencia del atlantismo después de la caída del Muro, pondera abiertamente opciones de escudo nuclear alternativo al de Washington. Ellos tienen claro lo que hay, y Europa occidental o meridional no puede pensar que no está en el mismo barco.

Lo que está en juego es nuestra independencia. Necesitamos hacer muchas cosas para no ser avasallados en un mundo donde, a la vista está, poco cuenta el derecho y la razón, y cada vez más cuenta la fuerza. Ese es el prisma adecuado para observar, tomar decisiones, dotarnos de las herramientas necesarias para que nadie nos agreda o someta. También es el adecuado para juzgar si la acción de los representantes políticos está a la altura del momento.