El blog de HArendt (2006-2026). Pensar para comprender, comprender para actuar
martes, 21 de enero de 2025
lunes, 20 de enero de 2025
De las entradas del blog de hoy lunes, 20 de enero de 2025
De la conveniencia de leer a Plutarco
«Yo, más que una pregunta, tengo un comentario». La frase se repite al término de cualquier conferencia o mesa redonda cuando el público se anima a participar y los ponentes, ante la irrupción de este sujeto, se echan a temblar. Todo por no leer a los clásicos, a Plutarco en este caso, que caló a esta especie comentarista y le dedicó uno de sus epígrafes en su tratado sobre la escucha: «Las preguntas al orador no deben emplearse para el lucimiento propio», se lee en la edición que acaba de presentar Rosamerón. Se titula Cómo escuchar. Sabiduría clásica en tiempos de dispersión, está cuidada por el escritor y profesor de literatura, experto en el mundo grecolatino, Daniel Tubau, y demuestra que, dejando de lado la técnica, pocas cosas se han inventado en lo humano desde aquellos siglos. A quienes van a hacer «un comentario más que una pregunta» Plutarco les diría que allí se va a escuchar, no a escucharse.
Porque este libro trata de una escucha específica. No del toma y daca que se establece entre amigos o en conversaciones familiares… Se trata, primero, de escuchar a los filósofos, a los que saben, y, después, de que su charla sea nutritiva, alimente y se reciba en beneficio propio. En este sentido, cabe recordar la paideia griega, una educación integral que, más allá de los conocimientos escolares, trata de formar personar solventes desde el punto de vista moral y cívico. Estaba muy presente en la literatura de Plutarco, donde, por otro lado, y como se cita en la obra, resulta evidente «la intención moralizadora, el empeño es convertir cualquier anécdota, poesía o relato en un aprendizaje». Todo lo anterior y lo que sigue lo escribe en Nueva Revista [El arte de saber escuchar, según Plutarco, 12/07/2024] la periodista cultural y escritora Pilar Gómez Rodríguez, reseñando el libro “Plutarco. Como escuchar.Sabiduría clásica en tiempos de dispersión”. Edición de Daniel Tubau, Rosamerón, Barcelona, 2024.
El libro, dice Pilar Gómez, está dirigido a un destinatario concreto y en un momento crítico: el joven Nicandro acaba de dejar atrás la niñez y ha de comenzar a determinarse a sí mismo. Ese cambio no significa, como consideran otros jóvenes, «dejar libres de sujeciones a los deseos», sino que se trata más bien de un «cambio de mentor». El nuevo mentor, la guía definitiva de la vida es la razón: «[…] solo quienes la siguen merecen el nombre de libres; y es que solo viven como quieren quienes han aprendido a querer lo que deben».
En esta nueva etapa no estará solo, el oído le brindará una ayuda inestimable. Es una vía de entrada a la virtud… o todo lo contrario. Por eso es conveniente cuidarlo, guardarlo de las malas palabras y educarlo: tan importante es aprender a escuchar como aprender a hablar. Y es que en el uso de la palabra «recibirla correctamente es previo a emitirla, como concebir y gestar son previos a alumbrar un ser viable». Por ello el consejo es enseñar a los niños a «escuchar mucho y no hablar mucho». La prueba de ello la encuentra Plutarco en la naturaleza que nos ha dado «dos orejas y una sola lengua porque debemos hablar menos que escuchar». Aliado de la buena escucha es el silencio. Solo el que sabe esperar al término del discurso sin interrupciones, sin aspavientos, «guarda las palabras benéficas, pero las inútiles o falsas las distingue y reconoce con facilidad, dejando claro que es amigo de la verdad, pero no aficionado a las disputas ni apresurado ni peleón». En relación con esto, una imagen que se repite en varias ocasiones en la obra es la del necesario vaciamiento de los jóvenes, vaciamiento de «presunción y engreimiento […] si se quiere verter en ellos algo útil, pues de lo contrario, mientras estén llenos de ampulosidad y jactancia, no les cabe otra materia».
Enemiga de la escucha (y un «obstáculo para todo lo bueno»), como precisa el libro, la envidia que hace nacer «modos de ser groseros y perversos»: impide la atención, retuerce lo dicho, pone a competir al envidioso con el orador y se enfada si este encuentra la aprobación del auditorio… Plutarco recomienda cierta dosis de generosidad y benevolencia cuando se va a escuchar porque «oponerse al discurso pronunciado no es difícil, sino muy fácil, pero oponerle otro mejor es sumamente costoso». Recuerda asimismo que lo importante no es la persona ni la brillantez de la elocución sino el provecho obtenido de la sesión. ¿Ha sido transformadora? ¿Ha tenido efecto? Pone un ejemplo inolvidable: salir de una disertación se parece a salir de una peluquería porque, así como nos miramos al espejo y nos tocamos el pelo y la cabeza revisando lo que allí ha pasado, después de una disertación es preciso examinar «cuidadosamente si el alma se ha vuelto más ligera y agradable tras despojarse de algo de lo inoportuno y sobrante. Porque, como dice Aristón, “ni el baño ni el discurso son de utilidad si no limpian”».
La compostura importa. ¿Qué hacer, entonces, si hay preguntas o dudas tras la lectura? Plutarco recomienda centrar la cuestión, no reclamar al ponente posiciones que no vienen al caso, «cosas en las que ni tiene dotes naturales ni se ha ejercitado». También se debe evitar «formular muchas preguntas o formularlas muchas veces, pues también estos son modales propios del pedante». En el capítulo de los modales, ojo con los comentarios y los jaleos: «Las disertaciones filosóficas no son espectáculos». Recomienda moderación en la alabanza, puesto que si en vez de someter a juicio personal crítico lo que allí se está exponiendo se ensalza a cada paso el contenido, ese comportamiento «ni siquiera agrada a los mismos participantes en el debate y molesta siempre a los oyentes». Hay que mantener la compostura. De igual manera que el ánimo se prepara para recibir lo que de provecho pueda ofrecer la charla (y discriminar lo que no), el cuerpo también ha de prepararse para la escucha atenta: «Deben ser evitadas no solo la gravedad del ceño y el desagrado en el rostro y el desinterés en la mirada, como la postura descuidada del cuerpo y la separación inapropiada de los muslos». Toda una sorpresa, como indica Daniel Tubau en la segunda parte del libro —donde explica, comenta y amplía el texto de Plutarco— que el autor estuviera llamando la atención ya en el siglo I de nuestra era «sobre lo que hoy llamamos manspreading o despatarre».
Y es que escuchar una conferencia no es una actividad pasiva en la que el orador comparece «tras haber meditado y haberse preparado el discurso» mientras los asistentes pueden sentarse «despreocupadamente a pasarlo bien mientras otros trabajan», no. Existe un deber de escucha que pone en juego la actitud, la atención, la corporalidad… «[…] igual que al jugar a la pelota el que la recibe ha de desplazarse moviéndose de acuerdo con el que la tira, así también en el caso de los discursos hay cierta armonía entre el que habla y el que escucha, si cada uno de ellos atiende a su deber».
¿Y si la conferencia no parece muy productiva o es difícil, se ha hace larga o pesada? Plutarco recomienda perseverar, no abandonar a la primera de cambio, sino «resistir poniendo a prueba cada cosa y tomándole afición, y ansiando lo que viene después», porque lo que viene después traerá la virtud.
El discurso recibido: principio y simiente. Finalmente, el capítulo 18 es una especie de recopilatorio sobre la actitud que hay que llevar al asistir a esas sesiones donde el conocimiento entra por el oído. «Rechazando toda esa estupidez y fanfarronería» hay que ir a aprender y, sin perder de vista ese objetivo, ser consciente de que «como dice Focílides, no solo hay que “fallar muchas veces intentando destacar”, sino que además muchas otras hay que ser objeto de burla y tener mala reputación y, tras ser objeto repetidamente de chanzas y bromas, seguir adelante con toda el alma y vencer a la ignorancia». Hay que tomarse la escucha como una tarea que implica dificultad y molestias y estar dispuestos a aceptarla, digiriendo sus enseñanzas con responsabilidad y no como «pollitos que aún no vuelan, siempre con el pico abierto en busca de otra boca y pretendiendo constantemente obtenerlo todo preparado y elaborado por otros». El método no es ese ni el de las preguntas sin fin. Se trata de captar la esencia mediante el raciocinio, establecer relaciones, atar cabos y tomar el mando de la investigación hasta conseguir hacer propio el discurso ajeno y que este se a la vez «principio y simiente». La tarea será entonces alimentarlo y hacerlo crecer. Se despide Plutarco con la imagen de la vasija, que le es tan querida: «La mente no es como una vasija estrecha, que solo necesita llenarse, sino que más bien, como la madera, solo requiere una llama que prenda para crear impulsos descubridores y ansias de verdad».
[ARCHIVO DEL BLOG] Ideas de nación. Publicado el 19/01/2020
Del poema de cada día. Hoy, Versos equivocados, de Cris Aparicio
VERSOS EQUIVOCADOS
Me equivoqué
Me he equivocado tantas veces…
y no me equivoco hoy, al decir
que sé que me equivocaré otras tantas
tantas como versos escriba
sería un error no hacerlo
tan solo un error
Me equivoqué
y al herrar mis pasos fui la duda
la incertidumbre a caballo
entre el bien y el mal
entre el cielo y el infierno
Me equivocaba ya antes de cometer mi error
el error de amar en la certeza
el error de seguir estando viva
al galope del tiempo pasado y el porvenir
Me equivocaré si no te vivo entre mis versos
erraré si no te hago presente en el mío
Me equivocaré si no te lo digo
Y no voy a hacerlo
Acaso importa ya…
Acaso importan estos versos equivocados
Cris Aparicio (1975)
poetisa española
domingo, 19 de enero de 2025
Del mundo de Trump. Especial 1 de hoy domingo, 19 de enero de 2025
Ojalá el mundo entienda la era de Trump como una aberración pasajera más que como un cambio, y se mantengan a salvo las relaciones que sostuvieron el orden productivo en el Occidente de posguerra así como en otros lugares del planeta. EE UU siempre cumple su palabra y respeta sus tratados, como también las fronteras de los demás. Donald Trump ha inyectado un tosco desorden, quizás con una duración limitada, en los asuntos estadounidenses e internacionales. Y el mismo caos que este hombre tanto incita, parece haber empezado a engullirle. Lo escribe en El País Semanal de hoy [El mundo de Trump, 19/01/2025] la novelista estadounidense Marilynne Robinson.
A golpe de proclamar que atesora una gran riqueza que posiblemente no sea tal, y una brillantez cuya única prueba de existencia es esa misma riqueza, ha creado un culto a la personalidad que eleva potencialmente a cualquier multimillonario a la categoría de genio. Las políticas durante su mandato, en particular las rebajas fiscales, aumentaron de forma importante la fortuna de los más ricos, haciéndoles más poderosos, económica y políticamente. Él mismo se benefició supuestamente de una donación de 130 millones de dólares a su campaña, cortesía de Elon Musk, un hombre cuya riqueza real nunca se discute, ni tampoco las pruebas de su agudeza empresarial. Musk es el hombre más rico del mundo, y Trump, se supone, el más poderoso, gracias al cargo que está a punto de asumir.
Pero la gran riqueza tiende a relativizar el poder político, a menoscabarlo, a veces hasta hacerlo desaparecer. Elon Musk pidió a los republicanos del Congreso que eliminaran una importante ley bipartidista a la que él se oponía, y ellos la eliminaron. Tanto si malinterpretó el proyecto de ley como si no lo entendió —ninguna de las dos cosas resulta muy tranquilizadora en un hombre con tanto poder—, o si simplemente quería hacer una demostración de fuerza sin especial referencia a su contenido, se salió con la suya. Al parecer, el presidente electo ni siquiera fue consultado antes de que Musk iniciara su intervención e hiciera gala de un formidable control sobre el partido de Trump. De hecho, se trató prácticamente de una parodia de los propios métodos de control que ejerce Trump y que tanto le engrandecían cuando parecían estar exclusivamente en su poder. En general, cabe esperar que la tribu de los ultrarricos sea una fuente de turbulencias, con el presidente intentando controlar su poder y, al mismo tiempo, granjearse su aprobación.
Donald Trump ha sentado las bases de la oligarquía en Estados Unidos, reclamando para sí, como hombre inmensamente rico, el más alto grado de inteligencia práctica. Su cerebro, asegura, es el de “un genio”. Esto le justifica a pisotear normas y tradiciones que los mortales de menor rango podrían considerar sacrosantas. Actúa con una especie de desahogo que ningún hombre de Estado tendría o querría tener. ¿A quién se le pasaría siquiera por la cabeza comprar Groenlandia, que no está en venta de ninguna de las maneras? ¿A quién se le ocurriría intimidar a Canadá para que comprometa su soberanía? A Donald Trump, cómo no. Para él, el arte del trato en los asuntos internacionales empieza con una ofensa, y se desarrolla con la esperanza de obtener ventaja en aspectos que, por derecho, pertenecen a otro. Es verdad que, si Estados Unidos adquiriera Canadá, se convertiría en un manchón en el globo tan grande como Rusia. ¿Es esta la “grandeza” de la que no deja de hablar? En cualquier caso, ha demostrado tener un poder de amenaza al que ni siquiera el hombre más rico del mundo puede aproximarse. Puede que, cuando decidió a quién asustar, tuviera un ojo puesto en esos minerales raros que se encuentran en Canadá y en Groenlandia y que la industria tecnológica desea tanto y con tanta premura. De modo que, al tiempo que alardea de su singular poder para amenazar, también podría estar esperando ganarse el favor de donantes muy importantes, entre ellos Elon Musk. Los aliados clave serían una consideración secundaria.
La competición no hace aflorar en Trump cualidades admirables. Puebla de “enemigos” su mundo mental. La energía que hay detrás de su retórica y de muchas de sus intenciones confesas es el resentimiento. Tal vez se beneficie de la intensidad que conlleva esta profunda animadversión contra el otro partido y sus miembros, contra la oposición en cualquiera de sus formas. Él mismo dice que está empeñado en la venganza, la forma cinética del resentimiento. Aparte de su hostilidad hacia los adversarios y los detractores, ve perjuicios materiales en las relaciones históricas entre Estados Unidos y otros países. Si ellos han prosperado gracias a cualquier tipo de proximidad a nosotros, están en deuda con nosotros. Peor aún, nos han engañado. Han estado robándonos a manos llenas, vaciándonos los bolsillos, lo que a este respecto significa que nos han negado nuestra justa tajada de su prosperidad.
Trump habla como el líder de la nación más rica en la historia del mundo, y también como un hombre que empeña zapatos dorados y Biblias profanadas. Debería ser, a estas alturas, un personaje refinado. Presume de su educación en una universidad prestigiosa, pero no parece que esta lo haya pulido demasiado. Hijo del privilegio multimillonario, su mentalidad es insoportablemente tiquismiquis, incluso para las relaciones internacionales. Es como el turista que siente que el camarero le ha insultado demasiadas veces y encima le ha engañado con la cuenta. La intensidad de este estado emocional se magnifica en función de la cantidad de dinero que él infiere que hay en juego.
Su ego es gigantesco y al mismo tiempo está crónicamente herido. Las consideraciones que influyen en su política son inestables porque son egoístas y se enfocan en su autodefensa. De él hemos aprendido que, en el caso de un presidente, la decisión de despotricar es, de hecho, una decisión política y tiene consecuencias que afectan a muchas vidas, mercados, alianzas, etcétera.
Tras muchos años como figura poderosa de la vida política, como presidente o presidente en potencia, parece haber buscado o atraído a muy pocas personas con la experiencia o las competencias adecuadas para gobernar una sociedad avanzada. A estas alturas ya debería haber compuesto una lista de nombres plausibles que hagan que su dependencia de amigotes, compinches y personalidades de la Fox parezca menos extraña. La lealtad hacia él no parece suficiente como para que una magnate de la lucha libre profesional [Linda McMahon] cuele como cabeza del Departamento de Educación. Y esa lealtad tampoco alcanza para contrarrestar los problemas legales de la persona que ha elegido para liderar el Departamento de Justicia [Pam Bondi]. Los nombramientos para su gabinete dan pena. Insinúan miedo o desconfianza hacia la solvencia. Estados Unidos está lleno de instituciones universitarias en las que abundan economistas, historiadores, juristas y epidemiólogos de gran prestigio. La derecha tiene unas cuantas universidades dedicadas a propagar el evangelio republicano, y también poderosos centros de estudios. Así que seguramente Trump podría captar allí sin problema a personas de ideas afines. En lugar de eso, nos presenta a su pequeño puñado de leales, que nunca le avergonzarán con una comparación incómoda y nunca harán que parezca incompetente o desinformado.
Al parecer, o bien la derecha es incapaz de formar un comité de expertos, o bien deja de lado a los mejores y los más brillantes porque cualquier conocimiento representa una amenaza para Trump. Esto es muy relevante con respecto a qué se puede esperar de este segundo Gobierno del magnate. El régimen que está creando refleja su inseguridad, una emoción que nubla el juicio, fomenta la precipitación e intensifica la ira y el resentimiento. Las cualidades estabilizadoras incluyen el amor propio y también la codicia. Trump, sin duda, debe interesar al propio Trump. ¿Se preguntará alguna vez por qué las multitudes aplauden una y otra vez las enrevesadas peroratas que ha dado en mítines sobre Hannibal Lecter? ¿Por qué puede contradecirse tan a menudo que sus verdaderas opiniones, sobre la sanidad, por ejemplo, son indescifrables, y aun así a sus muchos seguidores les parecen sinceras y determinantes? ¿Por qué es tan posible que no perdiera un solo voto si matara a alguien en la calle? Un ser tan excepcional puede aspirar a sentar nuevos precedentes, a rebajar normas de comportamiento que a ninguno de los presidentes anteriores se les habría ocurrido poner a prueba siquiera, lastrados como estaban por la preocupación al respecto de la dignidad de la nación y la suya propia. El afán de lucro y su facilitador, el oportunismo, son insaciables, y por consiguiente visionarios y perversamente optimistas. Así pues, encontramos constantes en lo que a priori podría considerarse puro caos.
La realidad puede parecer una ofensa. Y solo por este motivo puede fácilmente desestimarse. Mucha gente confía en Trump porque no cree lo que dice, pues ninguna persona razonable podría realmente querer decir algo tan radical. Se limita a provocar a su oposición para que arremeta contra él de forma cada vez más extrema y, por tanto, menos racional. Esta constante desacreditación de la información negativa y de sus fuentes es una de las razones por las que esas controversias que parecía que le iban a perjudicar —sus planes inconstitucionales de permanecer en el cargo una vez finalizado su primer mandato, su evasión de impuestos, su mal uso de los documentos secretos…— tuvieron un impacto limitado. Como los medios de comunicación eran sus enemigos, a él siempre se le debería aplicar la presunción de inocencia, o al menos se le debería conceder el mismo trato que a un chico malo pero de buen corazón cuyas virtudes compensan todos sus defectos.
Una cuestión que seguramente se cernirá sobre EE UU en un futuro próximo es si una democracia verdadera puede realmente sobrevivir a las distorsiones de nuestra economía. Trump ha anunciado que demandará a The Des Moines Register, un periódico venerable e inocuo que publicó un sondeo que le mostraba perdiendo en Iowa por varios puntos. La empresa de sondeos tenía buena reputación y los resultados fueron sorprendentes, por lo que recibieron considerable atención. Resultó que estaban equivocados. El Estado es profundamente republicano, pero Trump sostiene que esa encuesta y su publicación constituyeron una injerencia electoral. Su demanda se ampara en la ley de protección del consumidor de Iowa.
La Primera Enmienda concede tradicionalmente a la prensa una gran libertad. Los sondeos se equivocan a menudo y lo único que ha salido perjudicado es la reputación de la responsable de la encuesta, que ha decidido jubilarse. De modo que un político que ganó unas elecciones nacionales y estatales utilizará el sistema judicial para castigar un error inofensivo. A primera vista, parece improbable que la demanda prospere, pero, aunque no lo haga, dará igual. Infligirá costes punitivos a un periódico regional y a una empresa privada pequeña, pudiendo destruir a ambos. Antes esto se habría llamado bullying, un término que solía ser peyorativo.
Por su parte, ABC, un canal de alcance nacional, acaba de pagar millones de dólares para poner fin a una demanda por difamación que Trump interpuso contra ellos, con el fin de evitar una batalla judicial. Los bolsillos muy llenos se burlan de las protecciones legales. Los estadounidenses invocan la Primera Enmienda, que consideran sagrada y definitoria, y lo es mientras mantengamos esa visión de ella. Pero ahora tenemos pruebas sólidas de que Trump y su ejército de abogados tienen otra opinión.
El sentimiento ciudadano sobre Donald Trump es un misterio tan profundo como el hombre en sí mismo, y de mucha mayor importancia. No es republicano. Ha amoldado el partido a sí mismo y a sus usos. Ya no propone una política nacional coherente más allá de una aversión activa hacia las minorías vulnerables. En su primer mandato, añadió a la deuda nacional cantidades billonarias sin precedentes, humilló a la OTAN y elogió a Putin. El viejo republicanismo, o conservadurismo, que había pretendido ser fiscalmente responsable y fuerte en política exterior, abandonó estos principios y entró en vereda. Por eso es imposible saber qué es lo que Trump pretende con su elección de partido, ni tampoco si sus intenciones entrarían dentro de las categorías tradicionales asociadas a la vida política estadounidense.
Se le llama populista, quizá porque sus seguidores —no muy diferentes demográficamente de otros públicos políticos, más blancos, más machos— van vestidos como los figurantes en una película sobre populismo, pero no parecen esperar nada de él en cuanto a justicia económica, por ejemplo, aunque la realidad actual lo pida a gritos. Les promete “grandeza” que nunca ha definido. Si volver a ser grandes significa tomar nota de nuestro pasado, podrían salir a colación el Plan Marshall y la defensa de Europa en apoyo de la OTAN. Pero, en lugar de un libro de historia, el trumpismo tiene un libro de contabilidad lleno en el saldo deudor. Proclama ser el número uno, una frase absolutamente vacía de contenido. ¿Con quién competimos? Competíamos desesperadamente con la Unión Soviética, hasta que un día se derrumbó, agotada de competir contra nosotros. Tenía una fracción de nuestra población y de nuestra riqueza, en parte porque hacía poco que había sido invadida por Hitler. Al menos, esa competencia mejoró nuestro ajedrez y nuestro ballet, nuestro patinaje sobre hielo y nuestra educación superior. Y nos llevó al espacio. Que sus niñas realizaran figuras gimnásticas más impresionantes que las nuestras no significaba nada, era una competencia inocua y de bajo presupuesto. Todavía vivimos con muchas de las peores consecuencias de las tensiones de posguerra. Pero cuando la disputa que a veces se sublimaba en un concurso de piano se convertía en un debate sobre la ordenación adecuada de la sociedad, eso al menos conducía a la articulación de los valores; la libertad por un lado, la seguridad por el otro. El populismo —en el sentido más literal del término— tiene que ver con el bienestar de la mayoría de las personas. MAGA, en cambio, ataca a las élites solo para introducir una élite propia: esos multimillonarios que personifican la injusticia económica a la que el populismo, propiamente dicho, se opondría.
Los magnates de la tecnología están inmersos en el proyecto de implantar la inteligencia artificial en la economía mundial. Estamos compitiendo con China, afirman, y cuando se compite no hay vuelta atrás. No sabemos adónde vamos, ni por qué, pero no debemos dejar que los chinos lleguen antes. Hay predicciones bien fundadas de que la tecnología creará desempleo masivo y ocupará el lugar hasta ahora ocupado por la sociedad a la hora de decidir, pensar y crear, aunque es y será propensa a errores impredecibles. Esto creen los optimistas. Otros la consideran capaz de una autonomía maligna que algún día podría volverse contra nosotros. Ambos puntos de vista nos distraen del hecho de que se han gastado decenas de miles de millones de dólares en su desarrollo e infraestructura, que sus cada vez más numerosos centros de datos requieren tanta electricidad que hasta las formas más rudimentarias de generación de energía, incluida la nuclear, se están reactivando. El agua se utiliza en cantidades inimaginables. La política medioambiental nacional se abandona sin proceso democrático alguno. A estas alturas, el proyecto es demasiado grande para fracasar, como suele decirse de las cosas que podrían perfectamente malograrse con consecuencias desastrosas. Que Trump haya llegado tan lejos es una prueba de la absoluta insensatez que es permitir la concentración de tanta riqueza y tanto poder en tan pocas manos. Necesitamos la restauración de una democracia seria e informada.
Marilynne Robinson (Idaho, EE UU, 81 años) es una de las grandes novelistas americanas. Sus tan solo cinco novelas, publicadas en los últimos 45 años, le han valido el Pulitzer (el de ficción en 2005 por su novela Gilead), la Medalla de Honor de las Humanidades y la aclamación popular (entre otros, la de Barack Obama, quien le agradeció haberle cambiado la vida para mejor). En su obra, indaga en la historia de Estados Unidos en busca del origen de sus males (y qué remedio tienen).
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