domingo, 19 de enero de 2025

De la Ilustración oscura y sus posibilidades de victoria

 






Hace unos días, Alternativa para Alemania (AfD) difundió un vídeo electoral en el que se ve a azafatas y pilotos muy germánicos celebrando por todo lo alto la deportación masiva de migrantes racializados. El nacionalismo étnico es un puntal esencial en la política de la extrema derecha europea, especialmente en Alemania y en Austria, escribe en El País [La ilustración oscura llega a Europa] la jurista María Eugenia Rodríguez Palop.

El pasado día 9, Elon Musk entrevistó a Alice Weidel, la lideresa de AfD, a la que admira por su política migratoria restrictiva y porque, según dice, representa la única opción política que quiere conservar la cultura y “la identidad alemana”. Weidel ha seguido las tesis de Höcke, el mayor representante del etnonacionalismo dentro de AfD, apostando por un plan de “reemigración”, o sea, por la deportación forzada de millones de migrantes y refugiados. Un concepto que procede de las nuevas derechas alemanas con el que se defiende una ciudadanía basada en criterios étnicos de la que estarían excluidos tanto migrantes como alemanes de raíces extranjeras. El racismo, el supremacismo blanco, incluso la eugenesia, laten con toda ferocidad en las propuestas que Musk potencia y difunde, también en Europa.

Parece haber triunfado la vieja idea de que la igualdad no solo no es posible, por antinatural, sino que ni siquiera es deseable, aunque ahora el darwinismo social lo lideran consejeros delegados y magnates tecnológicos que pretenden actuar de manera opaca, sin escrúpulos y con total impunidad. Una élite tecnocapitalista alineada con la neorreacción (NRx) y las tesis de la ilustración oscura popularizadas, entre otros, por Curtis Yarvin y Nick Land. Tesis que podrían sustanciarse, al menos, en un par de puntos claves.

Uno. Paleolibertarismo, para combinar el dogmatismo de mercado con posiciones reaccionarias e identitarias. O sea, profamilismo, pronatalismo y teoría del gran reemplazo. Una teoría según la cual solo hay que fomentar la reproducción de ciertas razas y/o clases sociales para evitar que sean “otros” (inferiores) los que nos acaben colonizando. El “paleolibertarismo” exige el socavamiento del Estado con la finalidad de fortalecer instituciones sociales más “amigables”, como las iglesias, las familias y las empresas, de manera que el Estado solo debe garantizar el orden (natural) que ofrecen las tradiciones y el mercado, recurriendo al uso de la fuerza si es preciso.

Dos. Aceleracionismo y jibarización del Estado. Menos gasto público y menos protección social. Se trata de eliminar la esperanza de que las cosas mejoren para que la supervivencia exija que a los “otros” les vaya peor. Cuando la idea de la nave tierra se sustituye por la del bote salvavidas, la ausencia de futuro y el nihilismo, solo cabe la solidaridad negativa, que no se construye para nosotros sino contra los demás. Normalmente, en estos casos siempre hay un ingrediente racista, de carácter emocional, que no necesita justificación.

Las emociones juegan aquí un papel tan relevante que son las únicas que dotan de credibilidad a la política. Por eso, lo que es verdad o mentira no genera ningún interés. Lo interesante son las emociones que despiertan. Todo el mundo sabe que los inmigrantes haitianos no roban mascotas en Springfield (Ohio) para comérselas… pero no importa. No importan ni las falsedades ni las contradicciones. Que Weidel viva en pareja con otra mujer, originaria de Sri Lanka, y con dos hijos en común, defienda la familia tradicional y rechace la inmigración, o que haya llegado a sostener que Hitler era comunista, aumenta las posibilidades para AfD. La cuestión es que cada uno crea lo que quiera creer.

Trump ha abierto las puertas de la Casa Blanca al ala más reaccionaria de Silicon Valley y su simple victoria sirve ya para generar dudas sobre el mismísimo sistema democrático. Hoy, las mayorías se debaten entre la democracia liberal y una tiranía autoritaria o aristocrática que les ofrezca protección. La neorreacción (NRx) apuesta por un mundo gobernado por grandes corporaciones con poder ilimitado. Rechaza el igualitarismo y las posiciones según las cuales caminamos hacia un horizonte de mayor libertad. Y considera que esa libertad es tendencialmente incompatible con un sistema democrático. De hecho, son los sistemas de vigilancia que planea Musk, por ejemplo, los que podrían proporcionarnos mayor seguridad.

Las tesis tecnolibertarias, lideradas por algunos de los reyes filósofos de la NRx, apuntan al binomio Trump-Musk como líderes de este tecnoautoritarismo y favorecen la concentración irrestricta de poder que, según ellos, se necesita para gobernar y prosperar.

Las injerencias de Musk en la política europea preparan el camino para la imposición sin paliativos de este sistema y se han centrado en países que atraviesan situaciones críticas. En el Reino Unido, Musk ha apoyado a Farage y al agitador ultra encarcelado Tommy Robinson, con campañas difamatorias y promesas de grandes desembolsos. En Alemania, ha impulsado a AfD y ha hostigado a socialdemócratas y democristianos, en la idea de que AfD es “la última chispa de esperanza” para esa nación, que, según dijo, “está al borde del colapso económico y cultural”.

Está claro que, más allá de sus afinidades ideológicas con AfD, Musk tiene intereses económicos clave en Alemania, donde Tesla cuenta con su única fábrica europea de automóviles. En EE UU ha recibido millones de dólares en contratos y subsidios federales, y ahora espera estar al frente del DOGE (por las siglas en inglés de Departamento de Eficiencia Gubernamental), que se encargará de decidir dónde y cómo gastar el dinero público. Su idea es expandir sus negocios privados con dinero público.

Por supuesto, Musk-Trump no forman parte de la solución, sino del problema. Ambos han contribuido notablemente a la debilidad alemana. La posición de fuerza de la que Musk se ha dotado para promocionar sus coches eléctricos y los aranceles de Trump van a arrastrar a Alemania a una crisis devastadora que se sumará a la crisis energética en la que está instalada desde la guerra de Ucrania. El posible abandono de la OTAN por parte de EE UU o el control férreo que ejercerá sobre ella la obligarán, además, a derivar parte de sus recursos a la política de defensa. Según las previsiones de la Comisión Europea, Alemania obtendrá pésimos resultados económicos en un futuro próximo y eso ha extendido el miedo, la angustia y la baja autoestima por todo el país.

La legislación europea resulta totalmente ineficiente y lenta para surfear esta ola. No está preparada para contener esta revolución tecnopolítica ni para adaptarse a su velocidad. Los jueces en Brasil han reaccionado contra los bulos y las manipulaciones de la red X y han presionado a Mark Zuckerberg para que explique el fin de sus verificaciones. Pero mucho me temo que la Comisión Europea no va a poder resistir al antiglobalismo globalista de Musk. De momento, ha optado por banalizarlo mostrando grandes dosis de impotencia. Francia y Polonia le han exigido un control más vigoroso, pero los expedientes de infracción de las grandes plataformas digitales duermen el sueño de los justos. Una legislación compleja de aristas desconocidas y largos procesos burocráticos arrojan una imagen kafkiana de la política europea, con tintes ocres, más decimonónicos que futuristas. Por lo demás, la capacidad de la UE de imponer sanciones puede quedar muy debilitada si son las compañías las que controlan el Consejo Europeo. Más que en sanciones, Europa debería pensar en crear infraestructuras propias, públicas y competitivas con las que plantar cara al poder plutocrático que nos acecha… Lamentablemente, no parece que eso vaya a ocurrir.










[ARCHIVO DE BLOG] El coste de las malas ideas. Publicado el 09/02/2020











Resulta difícil de creer -afirma el periodista y escritor Joaquín Estefanía en el Especial dominical de hoy- pero no hace tanto tiempo los economistas se felicitaban mutuamente por el éxito de su especialidad. Esos éxitos parecían tanto teóricos como prácticos y condujeron a la profesión a su edad dorada. Sin embargo, el oficio de economista se extravió porque sus componentes, como grupo, confundieron la belleza, vestida con unas matemáticas de aspecto impresionante, con la verdad.
11 años más tarde, una Gran Recesión y una recuperación desigual después, Paul Krugman, autor de las anteriores reflexiones, vuelve a publicar aquel impresionante artículo titulado “¿Cómo pudieron equivocarse tanto los economistas?”, dentro de su último libro Contra los zombis (Crítica). Pero Krugman ya no está tan sólo en su crítica a los economistas del mainstream, al que por cierto él también pertenece. En general, muchos ciudadanos no se fían de los economistas. En 2017, la casa de sondeos YouGov llevó a cabo una encuesta en el Reino Unido en la que preguntaba: “De las siguientes, ¿en qué opiniones confía cuando hablan de sus ámbitos de especialización?”. Los enfermeros fueron los primeros: el 84% de la gente encuestada confiaba en ellos; los políticos fueron los últimos con un 5% (aunque en los miembros locales del Parlamento se confiaba un poco más, el 20%); los economistas se quedaron justo por encima de los políticos locales, con un 25%. La confianza en los meteorólogos fue el doble.
Estos datos los aportan los premios Nóbel de Economía del último año, el indio Abhijit Banerjee y la francesa Esther Duflo, en su libro Buena economía para tiempos difíciles (de próxima aparición en Taurus), así como otro sondeo con la misma pregunta elaborado sobre 10.000 personas en EEUU, un año después: de nuevo sólo el 25% confiaba en los economistas y sólo los políticos obtuvieron un porcentaje peor. Banerjee y Duflo describen con mucha modestia algunas de las causas de esa desconfianza ciudadana: muchos economistas están a menudo demasiado absortos en sus modelos y en sus métodos, y a veces se les olvida dónde acaba la ciencia y empieza la ideología; responden a cuestiones relacionadas con la política basándose en suposiciones que para ellos se han convertido en algo automático, porque son elementos fundamentales de sus modelos, aunque ello no significa que sean correctos. Y concluyen: “Lo peligroso no es equivocarse, sino estar tan enamorados de las ideas propias como para impedir que los hechos se interpongan. Para hacer progresos tenemos que volver constantemente a los hechos, reconocer nuestros errores y continuar”.
Los economistas siguen estudiando los problemas tradicionales de las sociedades (los impuestos, la emigración, el papel del Estado, etcétera), pero algo está cambiando en los enfoques. En un tan divertido como interesante artículo publicado en el blog nadaesgratis.es, y titulado “La nueva ola progre del análisis económico”, Samuel Bentolila escribe que a pesar de la imagen del economista como el Scrooge del Cuento de Navidad de Dickens, “un hombre de corazón duro, egoísta y al que le disgusta la Navidad, los niños o cualquier cosa que produzca felicidad”, algunos de los mejores economistas académicos actuales están produciendo resultados empíricos que mucha gente no asocia con la profesión y sí con posturas “progres” o de izquierdas. Además, la profesión también está volviéndose más consciente de sus propios sesgos en el trato a algunos grupos (las mujeres y las minorías identitarias o raciales) y su negligencia en el cambio climático. Otro ejemplo: el último informe mensual de CaixaBank Research dedica su dossier a las formas iliberales de política económica (“¿Evolución o cambio radical respecto al consenso existente?”) y afirma que el distanciamiento del liberalismo económico, que se ha producido en un periodo de tiempo relativamente corto, es muy significativo y no debe tomarse a la ligera.
Los Nóbel citados cuentan también un chiste de economistas: un médico le dice a su paciente que sólo le queda medio año de vida y le aconseja casarse con un economista. El paciente le interroga: ¿curará eso mi enfermedad?. Y el médico le responde: “No, pero el medio año se le hará muy largo”.
El Especial de cada domingo no es un A vuelapluma diario más, pero se le parece. Con un poco más de extensión, trata lo mismo que estos últimos, quiza con mayor profudidad y rigor. Y lo subo al blog el último día de la semana pensando en que la mayoría de nosotros gozará hoy de más sosiego para la lectura. Y ahora, como decía Sócrates, Ιωμεν: nos vamos. Sean felices, por favor, a pesar de todo. Tamaragua, amigos. HArendt















El poema de cada día. Hoy, Amor, de Idea Vilariño

 






AMOR



Amor

desde la sombra

desde el dolor

amor

te estoy llamando

desde el pozo asfixiante del recuerdo

sin nada que me sirva ni te espere.

Te estoy llamando

amor

como al destino

como al sueño

a la paz

te estoy llamando

con la voz

con el cuerpo

con la vida

con todo lo que tengo

y que no tengo

con desesperación

con sed

con llanto

como si fueras aire

y yo me ahogara

como si fueras luz

y me muriera.

Desde una noche ciega

desde olvido

desde horas cerradas

en lo solo

sin lágrimas ni amor

te estoy llamando

como a la muerte

amor

como a la muerte.



Idea Vilariño (1920-2009)

poetisa uruguaya




















De las viñetas de humor de hoy domingo, 19 de enero de 2025

 







































sábado, 18 de enero de 2025

De las entradas del blog de hoy sábado, 18 de enero de 2025

 





Hola, buenos días de nuevo a todos y feliz sábado, 18 de enero de 2025. Es natural que el fracaso, concebido como cobijo y renuncia, tiente a muchos y seduzca a tantos más antes incluso de salir a escena, se dice en la primera de las entradas del blog de hoy, titulada De la tentación del fracaso, y cuando tu vida, tu arte, tu imagen pública o tu mero sustento dependen de la mirada distraída y ponzoñosa de los demás, el instinto pide cuerpo a tierra. La segunda de ellas es un archivo del blog de enero de 2019 titulado Vamos a joder al algoritmo, en la que se comentaba el hecho de que muchas personas, después de mencionar en una conversación, un tema, un libro, una comida o un paisaje, reciben correos y anuncios que tienen que ver con la conversación que han tenido, aunque hayan sido tan solo mencionados de pasada. El poema de cada día, en la tercera, comienza hoy con estos versos: "Es domingo en la playa para la gente de buena voluntad./Desde la isla se oye un rumor lejano". Y la cuarta, como siempre, son las viñetas de humor. Pero ahora, como decía Sócrates, Ιωμεν: nos vamos. Nos vemos mañana si la Fortuna lo permite. Sean felices, por favor. Tamaragua, amigos míos.











De la tentación del fracaso

 






Es natural que el fracaso, concebido como cobijo y renuncia, tiente a muchos y seduzca a tantos más antes incluso de salir a escena. Cuando tu vida, tu arte, tu imagen pública o tu mero sustento dependen de la mirada distraída y ponzoñosa de los demás, el instinto pide cuerpo a tierra, escribe en la revista Ethic [Contra la tentación del fracaso, 10/01/2025] el escritor Sergio del Molino.

La tentación del fracaso se titulan los diarios más o menos íntimos de Julio Ramón Ribeyro, y no hace falta leerlos para entender una idea que Melville formuló en boca del escribiente Bartleby más de un siglo antes: preferiría no hacerlo. La tentación del fracaso es un canto dulce que invoca algo mejor que la inactividad. Habla del repliegue, de taparse hasta la boca con las mantas de la insignificancia. Es el placer de no ser visto y, por tanto, vivir libre del juicio ajeno. Se pierde con ello la posibilidad del triunfo, pero esa pérdida no es nada comparada con la ganancia de no verse derrotado. Porque para perder –como dice otro título, este de David Trueba– también hay que saber, y casi nadie está dispuesto a aprenderlo.

El activo envidia al pasivo. Me juego la vida a diario en cada columna, decía Francisco Umbral, y aunque era una hipérbole dandi y bastante ridícula, contenía algo de verdad. En cambio, sin ánimo de exagerar, Rubén Amón hablaba hace poco del suplicio de la soprano Lisette Oropesa (María Estuardo en la ópera de Donizetti que el Teatro Real programó en diciembre) y del embarazo de asistir a él –entendido como la entrega profunda a su arte, con todo el cuerpo y el alma– desde la comodidad de una butaca. Se alude en todos estos casos al hipócrita lector de Baudelaire –mi semejante, mi hermano–, que se entretiene displicente y sin comprometerse con la verdad latiente que los actores o los artistas le entregan. Al final, sin darle muchas vueltas, el hipócrita lector cerrará el libro, como el hipócrita espectador saldrá del teatro o apagará la tele y se abrirá una cerveza, desentendido de lo que acaba de ver, quizás aburrido o un poco despreciativo.

Es natural que el fracaso, concebido como cobijo y renuncia, tiente a muchos y seduzca a tantos más antes incluso de salir a escena. Cuando tu vida, tu arte, tu imagen pública o tu mero sustento dependen de la mirada distraída y ponzoñosa de los demás, el instinto pide cuerpo a tierra. Se necesita una buena combinación de impulso suicida y de narcisismo para mantener el tipo, y ni los más pagados de sí mismos se libran de la ansiedad. Rómpete una pierna, se desean los actores en inglés, y muchos se la rompen adrede para no dar el paso. Mejor tullido que expuesto a la mirada del público.

Manuel Vilas tiene un cuento en el que el público de una presentación de un libro se convierte en rinocerontes que atacan al escritor. Es la reescritura –no sé si consciente o no– de Las ménades, un perturbador relato de Julio Cortázar en el que el público de un concierto, liderado por una mujer de rojo (la ménade), enloquece y devora a los músicos de la orquesta. En mi cabeza, la mujer es la Silvia Pinal de El ángel exterminador de Buñuel, que parece una versión libre del texto de Cortázar, aunque tal vez este combine mejor con la Misery de Stephen King (pero Silvia Pinal da la medida de ménade clásica mejor que Kathy Bates, sin desmerecer el talento de esta).

Cito tantas referencias para subrayar que el miedo a ser devorado por el público es connatural a cualquier persona que se haya enfrentado a uno. Es un miedo metafísico que no tiene que ver con Lady Di escapando de sus paparazzi. Es un terror más íntimo y especular que se resume en la pregunta: ¿para qué? ¿Merece la pena ser empotrado por rinocerontes furiosos? ¿Da uno lo mejor de sí mismo para recibir a cambio un aplauso asténico –en el mejor de los casos– o una burla o un insulto –en el peor y más probable–? ¿Todo esto para qué, si no está pagado, si en el fondo no le importa a nadie, si no hay premio que lo compense?

Como vivimos tiempos de grandes dimisiones y llamadas a retirarse en la naturaleza, la tentación del fracaso resuena más fuerte que nunca. Sobre todo, porque las recompensas son también más magras que nunca. Qué se le ha perdido a nadie en ninguna escena insegura y expuesta a los esputos de los tuiteros más tabernarios y fascistoides pudiendo llevar una vida discreta y confortable. Simeón el Estilita y Francisco de Asís tienen muy buena prensa en los tiempos de Elon Musk: conozco a muchos que querrían imitarlos. No les culpo, pero también les recuerdo, cuando me cuentan sus planes de transitar las escondidas sendas de los pocos sabios, que Simeón se exhibía en lo alto de una columna para que los instagramers de su época se hicieran fotos con él, y Francisco fundó una organización político-religiosa riquísima y de un poder omnímodo. Cuidado con los ascetas, que buscan la atención por otros medios, como el famoso que elude a los fotógrafos que le acosan mientras pacta una exclusiva con el ¡Hola!

No cedas a la tentación del fracaso, me dijo una escritora amiga a deshoras en el bar de un hotel de algún país extranjero. Llevábamos unas cuantas copas y nos dio por confesar los hastíos y las cosas que queríamos mandar a paseo. Una conversación de lo más normal en los bares de los hoteles, que son antesalas de suicidios. No cedas a la tentación del fracaso, me dijo. Antes me había contado un montón de inseguridades y miedos que no me tomé muy en serio, hasta que me dijo: [los escritores] somos así, fragilísimos, y siento decirte que no te haces más fuerte con la edad (ella me pasa unos años).

Tal vez por eso los expuestos necesitan (necesitamos) sombras. Para no abrazarse a la tentación conviene tener un lugar al que huir. Leo que los ricos abandonarán poco a poco las redes sociales, que se convertirán en una especie de favela para desgraciados que no tienen otro medio de expresarse. Leo biografías de artistas sobre los que trabajo y los descubro pudorosos y elusivos: cuanto más parecen exponerse, más enigmas les ocultan. Mi propia amiga, que vive socialmente con las ventanas abiertas, a lo parisino, sin persianas ni cortinas, tiene un sitio al que escaparse donde no deja que nadie la observe. Sin una cabaña libre de todo escrutinio y de todo juicio no se puede soportar el suplicio del escenario.

Si han llegado hasta aquí tal vez se pregunten para qué ha escrito Del Molino esto y qué fracasos le tientan. No lo sé, a lo mejor me han sentado mal las vacaciones navideñas y me ha costado más volver, como sin duda les pasará a muchos de ustedes. Pero creo que lo he escrito, sobre todo, para descartarle a usted como hipócrita lector, como ménade o como rinoceronte. Estoy convencido de que, si ha aguantado la lectura hasta este párrafo, no debo temer que me devore o que me embista. Y eso, por poca cosa que parezca, reconforta y abriga.










[ARCHIVO DEL BLOG] Vamos a joder al algoritmo. Publicado el 12/01/2019











Cada vez recibimos más publicidad e información —verdadera y falsa— según lo que decide un algoritmo. ¿Seguimos siendo libres para elegir o nos están pirateando?, escribe la directora de cine española Isabel Coixet. 
Me llega un correo, comienza diciendo Coixet, firmado por una prestigiosa web francesa con más de tres millones de suscriptores —no se crean que es una de esas erráticas webs cutres que previa toma de tan solo unos comprimidos, garantizan un extraordinario crecimiento del pene— que afirma que Marion Cotillard, la fenomenal actriz de La vie en rose, luce un cutis tan terso gracias a su pasión inveterada por los baños helados de asiento. Sí, al parecer, poner unas tres veces al día el perineo on the rocks proporciona solaz, descanso, detox, lozanía y un sinfín más de bondades y Marion Cotillard es —según esta web— una adepta a la práctica del “bain dérivatif”, que así se llama la cosa.
El texto continúa contando en una primorosa tipografía y con una suficiencia encomiables que la entrepierna femenina está generalmente a 37 grados, temperatura que hace al cuerpo de la mujer proclive a toda clase de enfermedades e inflamaciones —citando a varios naturópatas, por lo cual, se impone imperativamente bajar la temperatura de la zona—. Y para ello, por supuesto, nada como unas bolsas de hielo “especialmente diseñadas para el perineo” (¡) que venden a un módico precio haciendo un clic en el siguiente enlace.
Nunca hasta ahora había leído nada del “bain dérivatif” ni conozco a ninguna mujer ni francesa ni de las otras que haya oído hablar del tal baño. Y aunque tengo el correo de Marion Cotillard, no me atrevo a reenviarle la información, porque supongo que ya le habrá llegado por otros lados y sus abogados estarán trabajando activamente para demandar a los de la web (y hundirles en la miseria, espero).
Lo que no puedo dejar de preguntarme es en qué estaba pensando el algoritmo que decidió que yo podía picar con un producto semejante. ¿Hay algo en mi historial de búsquedas (restaurantes, viajes, recetas de sopa de cebolla) o en las escasísimas compras que he hecho por Internet (básicamente estanterías, libros descatalogados y una alfombra que devolví porque se parecía a la fotografía de la página como un huevo a una castaña) que me convierta en carne de cañón para picar con un timo semejante? ¿Por qué yo? ¿Es este mensaje uno más de la infinita letanía de mensajes dedicados a considerar el cuerpo de la mujer como una zona catastrófica donde siempre hay algo que anda mal?
Y entonces recuerdo que hace dos días hablé con un amigo de Marion Cotillard y la química que tenía en la película Rust and Bone con el actor Matthias Schoenaerts. Los únicos testigos de la conversación fueron mi perro y mi teléfono. Y no veo el interés que puede tener Noodles, que así se llama el perro, en dar el chivatazo de mi admiración por Marion Cotillard. Así que tuvo que ser el teléfono el que me delató. Mi teléfono.
Este incidente no es aislado. En los últimos tiempos, muchas personas me han contado que, después de simplemente mencionar en una conversación, un tema, un libro, una comida o un paisaje, reciben correos y anuncios que tienen que ver con la conversación que han tenido, aunque hayan sido tan solo mencionados de pasada y nunca hayan sido objeto de una búsqueda activa en la web. El colmo es una persona que soñó con una comida que nunca había probado y al día siguiente recibió vales de descuento para probarla. ¿Nos espían nuestros teléfonos? ¿Captan palabras sueltas —quizás las que incluso pronunciamos durmiendo— y las transmiten a inmensas bases de datos para que nos conviertan en meros consumidores de cachivaches, píldoras, modos de vida, bulos, estadísticas trucadas que nos hacen dudar de lo que sabemos, de lo que pensamos, lo que creemos?
Tras leer el artículo Somos animales pirateables, de Yuval Noah Harari, un ensayista al que yo y media humanidad admiramos, me quedo perpleja con su teoría de que el libre albedrío no existe y que justamente aquellos que estamos convencidos de que opinamos libremente somos los más proclives a estar manipulados.
¿Dónde queda entonces mi total convencimiento que todavía sé distinguir entre la auténtica libertad que reside en la disidencia y en el coraje de pensar distinto y la idea de la libertad como una vaga entelequia impresa en una camiseta de Zara, que reclaman aquellos que jamás han sufrido por su ausencia? ¿Mis supuestas certezas? ¿Lo que he aprendido y lo que he aprendido a desaprender? ¿Es peregrino pensar que podemos resistir o es demasiado tarde —como parece decir Yuval Noah Harari— para oponerse a la colonización de la estupidez venga de la tribu que venga? ¿Y además de enriquecerse sin medida mientras nos hacen más pobres, más tontos, más asustados y más sumisos, qué buscan los que están detrás de todo esto? ¿Es eso todo? ¿Hay algo más en toda esta conjura?
Ese maldito algoritmo que nos piratea desde el momento que decidimos seguir a Kim Kardashian y a su prodigioso trasero en Instagram o cuando hacemos clic en el titular más sensacionalista y que conformará nuestra forma de consumir, votar y vivir, sí creo —o necesito creer— que puede ser combatido: con “esfuerzo y codos” como decía un formidable profesor de griego que tuve hace años y con ese libre albedrío que debemos, por supuesto, cuestionarnos constantemente para saber cuánto de libre tiene, cuánto de algoritmo. Aunque también sospecho que el gran enemigo no es el algoritmo en sí sino la predisposición humana a lo más fácil. Y ahí sí nos tienen pillados a todos: es más fácil leer medio párrafo sobre las bobadas de un cantante que se siente solo en la cumbre que dedicarle media hora a un texto que habla con fundamento del calentamiento global y del tiempo de descuento para salvar el planeta en el que estamos inmersos. Es más fácil dejarte arrastrar por la opinión de los demás que tener una opinión propia. Es más fácil vivir como te dicen que vivas que vivir como realmente piensas que debes vivir. Es más fácil destruir —la convivencia, la ética, los derechos humanos— que construir. Es más fácil jugar al Candy Crush que mirar el paisaje avanzar por la ventana del tren. Es más fácil insultar que razonar. Es más fácil el exabrupto que el silencio. Y es más fácil el silencio cómplice que decir lo que realmente piensas.
Quiero, y necesito creer, que es posible darle la vuelta a todo esto, coger por una vez el camino más difícil y menos visitado y joderle la jugada al algoritmo, aunque eso implique sacrificios y cuestionamiento y, probablemente, sudor y lágrimas.
Que, según las palabras de Noah Harari, “nuestra amígdala pueda estar trabajando para Putin”, además, no es algo que yo pueda considerar como un peligro, porque me quitaron, como a muchos de mi generación, las amígdalas, cuando tenía 5 años. Aún hoy, recuerdo el metálico sabor del éter deslizándose suavemente por mi garganta, mientras todo fundía a negro. Y ahora, como decía Sócrates, Ιωμεν: nos vamos. Sean felices, por favor, a pesar de todo. Tamaragua, amigos. HArendt
















Del poema de cada día. Hoy, Isla, de Kirmen Uribe

 






ISLA


La felicidad.

Ese trabajador por horas.

Anne Sexton


Es domingo en la playa para la gente de buena voluntad.

Desde la isla se oye un rumor lejano.


Vamos al agua desnudos.

Anémonas, salmonetes, erizos.

Mira, el mar mueve la arena

como el viento mueve el trigo.

Bajo el agua te veo.

Me gusta el lento movimiento de brazos y piernas.

Me gusta tu pubis convertido en alga.


Salimos del agua. Hace calor. Hay sombra entre pinos.

Tus brazos están salados, tu pecho salado, tu vientre.

La misma fuerza que une mar y luna nos ha unido.

Los segundos se confunden con los siglos

y los siglos con los segundos.

Nuestros cuerpos son peras recién peladas.


Anémonas, salmonetes, erizos.

Es domingo en la playa.



Kirmen Uribe (1970)

poeta español