jueves, 21 de noviembre de 2024

[ARCHIVO DEL BLOG] Asuntos de familia. Publicado el 28/11/2018













La mayor parte de las veces, comenta el novelista Gustavo Martín Garzo en un reciente artículo, la patria tiene que ver con cosas inconfesables. Si hay algo que caracteriza a los nacionalismos furibundos que padecemos es su falta de humor, añade.
Hace un par de años, comienza diciendo Martín Garzo, solía ir cada tarde a un mesón que hay junto a mi casa. Su dueño era un hombre joven, generoso con sus clientes. Solo tenía un problema, cualquier motivo le parecía bueno para lanzar todo tipo de invectivas contra Cataluña y los catalanes, lo que se acrecentaba de manera indescriptible si lo que retransmitían por televisión era un partido del Barça. Entonces se transformaba en un auténtico  Mister Hyde, capaz de proferir las mayores infamias contra los que consideraba, sin que pudiera saberse por qué, sus más acérrimos enemigos. Yo, que soy del Barça desde mi infancia, sufría con callada resignación aquellos arrebatos de furia, transcurridos los cuales el hombre se serenaba y volvía a ser el apacible tabernero de siempre. Una tarde, en que su locura alcanzó cotas inadmisibles, le llamé la atención. Qué pasaría, le dije en un tono aleccionador, si por casualidad algún catalán entraba en su bar y le oía proferir tales barbaridades. No debí hacerlo, pues los insultos alcanzaron entonces cotas insospechadas. Me fui del bar y no he vuelto a pasarme por allí. Lo digo con cierta pena, pues, salvo por aquella locura, el hombre no era un mal tipo.
He vuelto a pensar en él en estos últimos meses, en los que el independentismo catalán ha adquirido unas dimensiones tan preocupantes como impredecibles. Basta con recordar los artículos que Quim Torra ha venido escribiendo a lo largo de estos últimos años sobre los españoles, y que tanto se parecen a las cosas que mi conocido decía de los catalanes. Claro que este lo hacía en la barra de un bar, mientras que Quim Torra publicaba sus artículos en medios que damos por serios. Porque lo verdaderamente preocupante no es que se digan cosas así, sino que quien lo hace pueda ser elegido para representar los intereses de todos. No quiero ni imaginarme lo que sería de los catalanes si mi conocido llegara a ser president de la Generalitat, cosa harto improbable, gracias a Dios.
Claro que en este triste país nuestro no dejan de suceder cosas que parecen propias de la barra de un bar. No nombraré las que están en la mente de todos, pues entre nosotros sobran los insultos. La pregunta es por qué me siguen afectando tanto. Supongo que tiene que ver con esos asuntos de familia que nos vinculan indisolublemente a un grupo humano al margen de lo lamentables que nos puedan parecer muchos de sus comportamientos.
Una vez, con apenas 20 años, estuve en Bonn unos días. Fui a visitar a una amiga mía que estaba asistiendo a unas clases en su universidad. Mientras ella atendía sus deberes, yo deambulaba por la ciudad, sin hablar con nadie, pues no sabía ni una sola palabra de alemán. Llevaba conmigo el primer tomo de En busca del tiempo perdido, que leía incansablemente en cafés y jardines mientras esperaba el regreso de mi amiga. Una mañana, durante uno de esos paseos, oí la voz de una mujer cantando en español, y me acerqué a ver. Era una mujer de edad indefinida que, arrodillada en el suelo, como tantas veces había visto en mi infancia, estaba fregando el portal de una casa. La canción era la queja de un hombre al que habían robado su carro y se preguntaba dónde podía estar. Y esa imagen, y esa canción, me conmovieron de tal manera que no pude moverme de allí hasta que la mujer terminó de cantarla. Un chico, aprendiz de escritor, que estaba leyendo apasionadamente a Proust, hechizado por una canción de Manolo Escobar. ¿Hay quien entienda esta escena?
Es extraño esto de la patria, la mayor parte de las veces tiene que ver con cosas inconfesables. Lo que llamamos patriotismo bien podría definirse como una de esas tiernas perversiones que nos hacen amar inexplicablemente incluso aquello que nos avergüenza. No hay forma de evitarlo, son los asuntos del corazón, y ya se sabe que el corazón es un poco bobo. ¿Podríamos vivir si no lo fuera? Pero una cosa es que seamos permisivos con las tontunas de ese corazón, y otra, que le hagamos más caso de la cuenta. Para eso sirve el humor, para defendernos de sus excesos. No me refiero a ese tipo de humor que busca rebajar y ofender. Y ahí están los cientos de chistes que sobre las mujeres, los homosexuales, los emigrantes, los tartamudos o los que sufren alguna tara tenemos que soportar con tanta frecuencia. Me refiero al humor de los padres con sus niños pequeños, de las parejas entre sí, de los seres verdaderamente religiosos cuando miran el mundo. Es difícil concebir un amor en el que los amantes no se gasten bromas. Tienen que hacerlo para no ser devorados por su propio delirio. La broma los devuelve al mundo real. También las madres y los niños pequeños suelen tomarse a broma su propio amor. De otra forma caerían en la locura, lo que por desgracia pasa muchas veces. La broma es uno de los rostros de esa ternura que viene en su ayuda para salvarles.
Digo esto porque una de las cosas que caracterizan a estos nacionalismos furibundos que padecemos es su falta de humor. Juan José Millás escribió un luminoso artículo en que alertaba sobre los peligros de una identidad hipertrofiada. Nunca había que ser enteramente una sola cosa, venía a decir en ese artículo. En vez de ser español, había que ser medio español, lo que aplicado a los independentistas catalanes significa que harían bien en ser solo la mitad de lo que dicen ser. A unos y a otros nos quedaría así una parte libre, sin compromisos, con la que podríamos aspirar a ser otras cosas y llegar a entendernos. Roberto Rossellini dijo que el corazón de una sociedad es la ley, pero que el de una comunidad es el amor. Y hablar de una comunidad es hablar de fiestas comunes, de una lengua, de canciones y bailes, de comidas al aire libre, de celebraciones y fiestas compartidas. Y está bien disfrutar de todo eso, pero también es importante no tomárselo demasiado en serio, y no olvidar que ese amor del que habla Rossellini es el otro nombre de la fraternidad, que nos hace iguales a nuestros vecinos. No, señor Torra, el franquismo no fue una pesadilla que sufrieron solo los catalanes, la sufrimos todos. Bueno, no todos, que en todas partes hubo quienes lo recibieron con todo tipo de parabienes, como pasó en Cataluña, por cierto, donde una parte importante de su burguesía se sumó encantada a la siniestra fiesta, como bien se explica en Habíamos ganado la guerra, el libro de memorias de Esther Tusquets.
Los griegos tenían un concepto muy hermoso que habría que recuperar: metaxu. Significa intermediario, puente. Nuestro tiempo ha perdido esos puentes, el entre, ahora todo es una sola cosa. El poder es definición, fijeza, cosificación, una vida entre clichés. Pero la verdad no cabe en esos clichés, en un solo sueño. Los sueños excluyentes no solo son malos para quienes los sufren, sino también para quienes los imponen, que terminan siendo sus prisioneros. Y, entonces, el sueño se transforma en delirio. Es lo que les pasa a los fanáticos, que tienen sueños que no pueden abandonar, de los que ya no regresan. Pero ¿por qué conformarse con un solo sueño cuando se pueden tener todos los sueños? “El extranjero te permite ser tú mismo, al hacer de ti un extranjero”. Son palabras de Edmond Jabès, ciudadano del mundo. Quienes cruzan los puentes, eso es lo que todos deberíamos ser: extranjeros en esta tierra. Y ahora, como decía Sócrates, Ιωμεν: nos vamos. Sean felices, por favor, a pesar de todo. Tamaragua, amigos. HArendt 














El poema de cada día. Hoy, Bajo la lluvia, de Juana de Ibarbourou (1892-1979)

 







BAJO LA LLUVIA


¡Cómo resbala el agua por mi espalda!

¡Cómo moja mi falda,

y pone en mis mejillas su frescura de nieve!

Llueve, llueve, llueve,

y voy, senda adelante,

con el alma ligera y la cara radiante,

sin sentir, sin soñar,

llena de la voluptuosidad de no pensar.


Un pájaro se baña

en una charca turbia. Mi presencia le extraña,

se detiene… me mira… nos sentimos amigos…

¡Los dos amamos muchos cielos, campos y trigos!

Después es el asombro

de un labriego que pasa con su azada al hombro

y la lluvia me cubre de todas las fragancias

de los setos de octubre.

Y es, sobre mi cuerpo por el agua empapado

como un maravilloso y estupendo tocado

de gotas cristalinas, de flores deshojadas

que vuelcan a mi paso las plantas asombradas.

Y siento, en la vacuidad

del cerebro sin sueño, la voluptuosidad

del placer infinito, dulce y desconocido,

de un minuto de olvido.

Llueve, llueve, llueve,

y tengo en alma y carne, como un frescor de nieve.


Juana de Ibarbourou (1892-1979)

poetisa uruguaya
















De las viñetas de humor de hoy jueves, 21 de noviembre

 


























miércoles, 20 de noviembre de 2024

De las entradas del blog de hoy miércoles, 20 de noviembre de 2024

 







Hola, buenos días de nuevo a todos y feliz miércoles, 20 de noviembre de 2024. La historia nos ha enseñado que el fin no justifica los medios, se dice en la primera de las entradas del blog de hoy; la lucha por buenas causas se corrompe cuando en nombre de las ilusiones justas utilizamos medios que deterioran la convivencia y asegurarse el poder es el único fin de la política. En la segunda entrada del día, un archivo del blog de hace noviembre de 2018, se hablaba de cómo y por qué las nuevas Humanidades ignoraban los resultados de la biología (el dimorfismo sexual), las matizadas conquistas del derecho (la presunción de inocencia), la inferencia estadística y, sobre todo, la elemental distinción entre hechos y valores, y además, se mostraban dispuestas a prohibir la verdad que, por lo que se veía, había dejado de ser revolucionaria. En la tercera, el poema de hoy, de una poetisa mexicana de la segunda mitad del siglo XVIII, comienza con estos versos: Amor empieza por desasosiego,/solicitud, ardores y desvelos;/crece con riesgos, lances y recelos;/susténtase de llantos y de ruego. Y la cuarta, como siempre, son las viñetas de humor del día. Espero que todas ellas les resulten de  interés. Y ahora, como decía Sócrates, nos vamos. Nos vemos de nuevo mañana si la diosa Fortuna lo permite. Sean felices, por favor, aun contra todo pronóstico. Tamaragua, amigos míos. HArendt







De los hipócritas "per natura"

 






La historia nos ha enseñado que el fin no justifica los medios. La lucha por buenas causas se corrompe cuando en nombre de las ilusiones justas utilizamos medios que deterioran la convivencia, afirma en El País [Liberticidio, 18/11/2024] el poeta Luis García Montero. El siglo XX asistió a la falsificación de la palabra comunismo cuando Stalin impuso el terror en nombre de la justicia social. Hay dinámicas graves que no sólo alientan unos medios inaceptables, sino que olvidan o descuartizan sus fines. Asegurarse el poder por todos los medios acaba siendo el único fin. Los malos medios caracterizan el comportamiento de los que no tienen otro fin que su propia ambición, es decir, de los que traicionan el fin que dicen defender. Bueno es recordarlo ahora, cuando el neoliberalismo asalta de manera crispada la política de los países que tienen como fin una democracia social. Ya no vale identificar el progreso con la vida justa y la dignidad humana. En nombre de una libertad definida como la ley del más fuerte, el neoliberalismo desata la furia liberticida que rompe el Estado. Se trata de un camino sin escrúpulos hacia el autoritarismo.

Hay políticos que dicen amar a su país, pero olvidan todo lo que beneficia a su país. Los falsos patriotas son el mejor ejemplo de esta dinámica. Por amor a España van a Europa a trabajar contra los intereses de España. Por amor a la libertad financian la pseudoprensa que manipula la información y los jueces que hacen una pseudojusticia poco independiente. Por amor a España convierten el debate político en un espectáculo de insultos y crispaciones. Por amor a España utilizan el sufrimiento popular de una tragedia para extender discursos de odio.

España necesita una derecha democrática que se aparte del populismo liberticida de la extrema derecha. Pero hay quien considera que la democracia europea es ya, en medio de una pandemia neoliberal, la vieja dama que debe ser abandonada a su suerte en una residencia de ancianos.











[ARCHIVO DEL BLOG] Cuando la verdad es reaccionaria. Publicado el 17/11/2018













Hace ya casi 20 años, escribía hace unos días en el diario El Mundo Félix Ovejero, profesor de Ética y Economía de la Universidad de Barcelona, Brian Barry, un aseado filósofo político de izquierdas, publicó un vehemente ensayo, Culture and Equality, que removió las aguas habitualmente mansas, cuando no pantanosas, de su gremio. Mostraba su preocupación por el crecimiento exponencial de una producción académica antiuniversalista, defensora de "puntos de vista que apoyan la politización de las identidades de grupo, en los que la base de la identidad común es, según se afirma, cultural". Barry no era el primero en subrayar el cambio de tendencia, la sustitución de los ideales de igualdad y justicia por los de diferencia e identidad. Pero sí en recordar que los responsables no eran sólo aquéllos que, con renovada ornamentación, reciclaban un producto bastante viejo, tan viejo como el historicismo alemán, el nutriente fundamental de las peores ideas -y prácticas- que Europa ha cultivado. Barry también recordaba la existencia de responsables por omisión que, por dejación de sus obligaciones intelectuales, habían contribuido a la proliferación del reciclado mejunje. Él mismo: "A mi manera ingenuamente racionalista, solía creer que el multiculturalismo estaba destinado a hundirse tarde o temprano bajo el peso de sus debilidades intelectuales y que, por lo tanto, era mejor que me ocupara en escribir acerca de otros temas". 
Con esa apreciación Barry confirmaba que, como tantos ilustrados, estaba aquejado del virus hegeliano según el cual la razón siempre triunfa. Una manera como otra de creer en la Divina Providencia. Muy hegeliana, pero poco marxista. Porque las escaramuzas, el ruido y la furia, los cabildeos y las luchas por el poder cuentan mucho en la academia. Sucede sobre todo en disciplinas como las humanísticas, carentes de pautas metodológicas sedimentadas. Cuando faltan los patrones inequívocos de tasación prosperan las miserias humanas. Las miserias, por supuesto, están en todas partes, también en la mejor ciencia, pero la garantía de impunidad allana el camino a los peores productos. Entonces, la mercancía mala acaba por expulsar a la buena. No es que las humanidades convoquen a los tramposos, es que en las humanidades prosperan con más facilidad. Hasta consolidan cátedras y disciplinas. Como en la construcción: no es que los bribones se dediquen al mercado inmobiliario, es que el mercado inmobiliario propicia los bribones.
Han pasado los años y vamos a peor. De vez en cuando alguien levanta la voz y retoma el compromiso de Barry. Así lo hizo el físico Alan Sokal cuando envió a Social Text, revista postmoderna, un texto repleto de incongruencias y farfolla con la única intención de mostrar que todo les daba lo mismo. La revista lo acogió con entusiasmo. Hace poco, en una suerte de Sokal 2.0., tres modestos académicos endosaron 20 delirantes artículos a revistas humanistas serias (género, identidad) que habían rematado en poco más de dos tardes -el tiempo justo de aprender la jerga- y que (casi todas) las revistas tardaron menos tiempo en aceptar. Entre ellos destacaba uno, publicado en la postinera Gender, Place, and Culture, según el cual en los parques para perros rige una cultura de la violación, obviamente heteropatriarcal, una suerte de condensado de la violencia machista. Violencia estructural, claro. 
Pero que nadie se inquiete. Mañana será otro día y los delirios se seguirán impartiendo. Las posiciones están consolidadas y, además, las críticas quedan pronto amortiguadas, entre otras razones porque los académicos pocas veces están a la altura de los principios que dicen profesar. Temerosos de ser acusados de complicidad -por abreviar- con el sistema no están dispuestos a asumir el coste de la discrepancia. Si acaso, entre ellos y cuando nadie los ve, se echarán unas risas antes de acudir a una reunión obligatoria sobre perspectiva de género. Y a otra cosa. Lo saben bien los cultivadores de las nuevas disciplinas que administran las intimidaciones con oficio leninista. Hasta conmueve ver a los economistas abjurar de su sagrada eficiencia para honrar las más insensatas -que las hay sensatas- defensas de la discriminación positiva. Quedan pocos Barry y, puestos a decirlo todo, resulta muy fatigoso dedicarse, en lugar de a contribuir a desarrollar el conocimiento, a desmontar supercherías que, como decía aquel Nobel de Física, ni siquiera son falsas. Como si en las facultades de química se tuvieran que ocupar de desmontar la homeopatía porque en esas mismas facultades se impartiera homeopatía.
En realidad, la cosa se ha agravado. No sólo se trata de que las nuevas humanidades ignoren los resultados de la biología (el dimorfismo sexual), las matizadas conquistas del derecho (la presunción de inocencia), la inferencia estadística y, sobre todo, la elemental distinción entre hechos y valores, es que, además, se muestran dispuestas a prohibir la verdad que, por lo que se ve, ha dejado de ser revolucionaria. No incurro en exceso retórico. Sobran los ejemplos de investigaciones frenadas o acalladas porque disgustan sus resultados. Linda Gottfredson, reputada investigadora en el campo de la inteligencia, vio cómo le cancelaban una charla en Suecia porque su trabajo no satisfacía los estándares éticos de la International Association of Educational and Vocational Guidance, entre los que se incluyen "evitar y trabajar para superar todas las formas de estereotipos y discriminación (como el racismo, el sexismo, etc.)". 
Por supuesto, en su obra no hay nada que contravenga estos estándares. No lo hay porque no lo puede haber, porque se ocupa de resultados empíricos, no de valoraciones: las (indiscutibles) diferencias biológicas no justifican las desigualdades de derechos. Por cierto, sus inquietantes resultados constituyen conocimiento consolidado de la investigación (si tienen dudas echen una ojeada a Top 10 Replicated Findings From Behavioral Genetics, Perspectives on Psychological Science, 2016). No es el único caso. Hace bien poco, presiones políticas llevaron a retirar un trabajo aceptado para publicación que utilizaba un modelo matemático para probar una conjetura razonablemente confirmada, la hipótesis de la variabilidad masculina mayor, según la cual, por resumir, hay más idiotas y más genios entre los hombres que entre las mujeres. A la vista de las barbas de sus vecinos, hasta los economistas, siempre tan prudentes, por no decir dóciles, con la corrección política, han mostrado -a través de la American Economic Association- su inquietud por el estado del patio. Otro día les hablo de una investigadora española que, después de realizar una interesante tesis desde la perspectiva de un feminismo informado empíricamente, ha acabado por abandonar su línea de investigación para poder sobrevivir en el mundo académico. 
Cuando se recuerdan cosas como las anteriores, algunas almas cándidas recomiendan disculpar los excesos: no sería la primera vez en la historia que los oprimidos se pasan de frenada, pero eso no quita para reconocer su condición. No seré yo quien ignore el argumento. Tampoco que en no pocas ocasiones los grupos inequívocamente desfavorecidos merecen una protección especial. Pero invocar ese argumento en un debate de ideas está fuera de lugar. Tariq Ramadan, el filósofo político islamista, no es un parado de una banlieue, sino un académico formado en las mejores universidades del mundo. Judith Butler imparte su doctrina feminista en la Universidad de California. No es una emigrante sin papeles. Sus tesis o propuestas no merecen -en ningún sentido- un trato especial. Se han de evaluar como cualquier otra idea del circuito intelectual. Sus ideas son suyas, no las de ningún colectivo desamparado. Es obsceno arrogarse el monopolio de la voz de los desprotegidos y, a la vez, reclamar para sí la protección de éstos para vetar las críticas. Y sobran muestras de que esa operación la practican no pocos a diario: cuando se acallan las discrepancias en nombre del genuino feminismo; cuando las preguntas se despachan como ofensas (homófobas, racistas, sexistas) obviando el fatigoso trámite de argumentar. Al final, los excluidos realmente existentes acaban oficiando como instrumentos de las carreras profesionales de unos cuantos privilegiados, una suerte de involuntaria guardia pretoriana.
Ni investigar el IQ supone defender el racismo ni mostrar las debilidades de la teoría queer equivale a entregarse al sexismo. No es seguro que la verdad sea revolucionaria, pero sí lo es que combatirla es reaccionario. Lo que importa es el afán de verdad. Por cierto, que de eso va literalmente la maltratada cita de Gramsci: "Arrivare insieme alla verità". Y ahora, como decía Sócrates, Ιωμεν: nos vamos. Sean felices, por favor, a pesar de todo. Tamaragua, amigos. HArendt













El poema de cada día. Hoy, Amor empieza por desasosiego, de Juana Inés de la Cruz (1648-1695)

 






AMOR EMPIEZA POR DESASOSIEGO



Amor empieza por desasosiego,

solicitud, ardores y desvelos;

crece con riesgos, lances y recelos;

susténtase de llantos y de ruego.


Doctrínanle tibiezas y despego,

conserva el ser entre engañosos velos,

hasta que con agravios o con celos

apaga con sus lágrimas su fuego.


Su principio, su medio y fin es éste:

¿pues por qué, Alcino, sientes el desvío

de Celia, que otro tiempo bien te quiso?


¿Qué razón hay de que dolor te cueste?

Pues no te engañó amor, Alcino mío,

sino que llegó el término preciso.



Juan Inés de la Cruz (1648-1695)

poetisa mexicana














De las viñetas de humor de hoy miércoles, 20 de noviembre de 2024

 

























martes, 19 de noviembre de 2024

De las entradas del blog de hoy martes, 19 de noviembre de 2024

 







Hola, buenos días de nuevo a todos y feliz martes, 19 de noviembre de 2024. Curiosa incurable, se dice en la primera de las entradas del blog de hoy, siempre me asombró la creatividad del lenguaje y sus extraordinarias metáforas, y ya de niña me intrigaba la expresión “tu media naranja” y trataba de escudriñar la relación de los cítricos con nuestros locos, atribulados, eufóricos amores. En el archivo del blog de hoy, publicado en noviembre de 2018, en los albores de la guerra virtual que en teoría es la política por otros medios, se comentaba que cuando esta última se agotara, era posible que estuviéramos caminando hacia un mundo de trols y duendes en el que esta nueva forma de guerra se estuviera convirtiendo en la política a secas. En la tercera van los versos de un poeta mexicano que comienzan así: Te quiero a las diez de la mañana, y a las once,/y a las doce del día. Te quiero con toda mi alma y/con todo mi cuerpo, a veces, en las tardes de lluvia. Y la cuarta, como siempre, son las viñetas de humor del día. Espero que todas ellas les resulten de  interés. Y ahora, como decía Sócrates, nos vamos. Nos vemos de nuevo mañana si la diosa Fortuna lo permite. Sean felices, por favor, aun contra todo pronóstico. Tamaragua, amigos míos. HArendt












De la búsqueda del otro

 









Curiosa incurable, siempre me asombró la creatividad del lenguaje y sus extraordinarias metáforas. De niña me intrigaba la expresión “tu media naranja” y trataba de escudriñar la relación de los cítricos con nuestros locos, atribulados, eufóricos amores. Años más tarde leería la historia de un antiguo banquete en Atenas, contado por Platón, donde nació esta extraña simbología ácido-erótica, comenta en El País [Una luz que busca encenderse, 17/11/2024] la escritora Irene Vallejo. Durante el suave invierno griego, comienza diciendo Vallejo, un grupo de amigos se reúnen para celebrar una fiesta, con música y abundancia de vino. Sócrates, que es propenso a distraerse con sus pensamientos, llega tarde, cuando el festín ya ha empezado. El joven Erixímaco lo recibe con estas palabras: “Propongo echar a la flautista”, la única mujer de una reunión solo para hombres, “y que nosotros pasemos la velada en mutua conversación”. Y así, expulsando de la estancia a la voz femenina —–detalle revelador que quizás explique ciertas cosas—, comienza un legendario coloquio sobre el amor.

Al hilo de las copas y el duelo de discursos, el escritor cómico Aristófanes, uno de los invitados al banquete, toma la palabra para improvisar un mito acerca de nuestros antepasados, fascinantes criaturas andróginas con cuatro piernas, dos órganos sexuales y dos rostros cada una. Arrogantes y orgullosas, desafiaron a los dioses. Zeus castigó su osadía cercenando a cada una en dos partes para debilitarlas. Les dio un tajo, estiró la piel cortada y formó el ombligo, como si cerrara una bolsa con cordel. Desde entonces, todos los seres humanos, sus descendientes, nos sentimos incompletos. Cuando creemos reconocer en otra persona parte de nosotros mismos, nos abrazamos a ella, tratando de revivir aquella unidad originaria. Mientras trenza con humor su discurso sobre el amor, Aristófanes afirma que somos esa esfera demediada, esa naranja partida, ese individuo roto que trata de reunirse con su mitad extraviada en el universo. Ahí nace la metáfora de la fractura interior, el ideal romántico de la búsqueda del otro yo.

En réplica a esta fábula, Sócrates comparte lo que le enseñó una extranjera de la ciudad de Mantinea, Diotima, “que era sabia en estas cuestiones”. Hasta entonces el amor humano no había sido un tema principal de la filosofía. Diotima representa un enigma, no hay ninguna otra referencia a esta pensadora en los textos griegos. La pregunta sobre su existencia real ha inspirado innumerables debates. Quienes la defienden subrayan que todos los que intervienen en los diálogos platónicos eran personas de carne y hueso, y no hay motivo para considerarla una excepción. Otras voces señalan la ausencia de las mujeres en la conversación filosófica de la época y piensan en un personaje ficticio, utilizado por Platón para exponer su teoría. Nunca sabremos si existió de verdad o es una figura imaginaria, como la Dulcinea cervantina.

Según Sócrates, la sabia mujer describía la experiencia erótica con palabras insólitas y provocativas. Afirmaba que el Amor, lejos de ser bueno y bello, es carencia y puro deseo. Por lo tanto, no podía ser un dios, ya que es imposible que la divinidad sufra déficit de bondad o belleza. Eros no es todopoderoso, sino el hijo de una mendiga, y por eso aprendió a embelesar con su charlatanería. Lo describe como un ser intermedio entre lo mortal e inmortal, el demonio —mixto, híbrido, mestizo, poliédrico— que cose lo humano y lo divino. Con aspecto flaco, desamparado y descalzo, permanece siempre al acecho de aquello que es atractivo. Enamorarse sería, en definitiva, el impulso de los mortales, siempre pobres y ávidos, hacia lo que no poseen: la hermosura, el bien, la sabiduría. Quienes aman con este eros mendigo y anhelante se parecen al protagonista del cuento El perseguidor, de Julio Cortázar, ese saxofonista entusiasta, febril y hundido en la miseria, inspirado en Charlie Parker, que desea de forma obsesiva acceder con su música a realidades inexploradas. Su oscuridad apasionada es “una luz que busca encenderse”.

Diotima y Aristófanes amaron de formas distintas, en antítesis: uno se buscaba a sí mismo —la media naranja—, la otra anhelaba unirse con lo distinto —el deseo que cose—. En realidad, Diotima no hizo tanto el elogio del amor, sino de lo mezclado, incompleto e imperfecto. De lo migrante y mendicante. De los seres periféricos y fronterizos, entre dos mundos. Nos dice que amar no es la búsqueda de tu mitad extraviada en el planeta, sino ese poderoso magnetismo que nos acerca a lo diferente. El vaso comunicante entre realidades distintas. Las palabras de Diotima son un homenaje a los seres hambrientos y sedientos, seguidores eternos de aquello a lo que aspiran. A quienes no encajan. Como la flautista expulsada del banquete. Como ella misma, filósofa allí donde los hombres se apropiaban en exclusiva de la palabra.

Quizá por eso María Zambrano se identificó con la filósofa en la penumbra. En su obra entendía el cuerpo y la experiencia como fuentes de sabiduría, intuiciones que la llevaron a preguntarse por la antigua pensadora erótica. Durante los años de Roma, en torno a 1956, María escribió su ensayo titulado Diótima de Mantinea. Allí exploró la experiencia del exilio. La enigmática griega es la metáfora de aquellas personas que sienten su diferencia como exclusión y extrañeza, que viven sin patria, huéspedes en todas partes, casi clandestinas sobre la tierra, recogidas en sí mismas: “Todo mi ser se hizo caracol marino”.

En nuestro presente de muros y alambradas, las palabras de Diotima avivan el deseo de fusionarse, la rebeldía ante las murallas de prejuicios que levantan las sociedades divididas, el mestizaje frente a las líneas tribales de fractura. Los amantes fronterizos asumen su diversidad y sirven de enlace entre comunidades y culturas. Pueden ser el aglutinante de un mundo en pedazos. De algún modo, todos los seres humanos nacemos extranjeros y extraños. El alumbramiento es la primera migración, el exilio compartido por la humanidad entera. Quién no tiene en el vientre esa herida, el ombligo, la cicatriz de un destierro originario, irreversible. El miedo, la miseria o la violencia empujan a muchas personas a alejarse del lugar natal, romper el cordón umbilical y emprender el viaje hacia lo desconocido. Itinerantes, arrancadas, crisálidas del pasado perdido. Pero incluso quienes permanecen en su tierra de origen conocen el desconcierto y los desarraigos. Hoy estamos obligados a vivir en una realidad sacudida por los cambios; nos reclaman explorar constantemente idiomas desconocidos, nuevos lenguajes, otros códigos.

Ante el vértigo de la transformación, brotan voces añorantes que prometen el viejo ideal imposible de lo homogéneo, lo idéntico, el espejo de lo que somos. Mercadean con el dolor y la mentira para azuzar el odio al distinto, hundiéndonos en un fango que ahoga. Pero este tiempo de individuos e ideas migrantes tiene sed de hospitalidad. Frente al miedo en la mirada, el erotismo según la Diotima socrática nos anima a salir de nuestra burbuja y desprender corazas del corazón, nos arranca de la soledad, nos transforma, nos inserta en un mundo mezclado y variopinto. “En él sí merece la pena vivir”, dice la extranjera de Mantinea. Según la filósofa femenina y forastera, no deberíamos buscar una media naranja a nuestra medida, sino cuestionar la horma y la norma, sin conformarnos ni saciarnos, aprendiendo que se necesita amar la diferencia para llegar a ser uno mismo.