miércoles, 21 de agosto de 2024

¡Nunca más! [Archivo del blog - 02/08/2015]











Hoy me apodero de Rusia; ¿Qué ropa me pongo?, preguntó la futura Catalina la Grande a su doncella horas antes de asestar el audaz golpe palaciego que le permitió acaparar todo el poder imperial. Seguro que el teniente coronel Antonio Tejero lo tuvo más claro a la hora de elegir su indumentaria para su propio golpe de 1981. En cualquier caso, es evidente que quien va a salvar una patria o adjudicarse un imperio no puede vestirse de cualquier forma. Son ocasiones históricas de gran trascendencia, cuya excepcionalidad exige una cierta prestancia formal. Sin embargo, este detalle fue groseramente ignorado por los oficiales y guardiamarinas del buque escuela Esmeralda de la Armada de Chile en otra ocasión histórica: el golpe pinochetista del 11 de septiembre de 1973. Su forma de salvar a la patria en aquella destacada ocasión consistió en enfundarse las ásperas prendas de faena y dedicarse a golpear, vejar y torturar desde aquel mismo día, a bordo del buque, atracado en el área militar del puerto de Valparaíso, a numerosos detenidos acusados de algún tipo de militancia favorable al Gobierno socialista que aquella misma mañana acababa de ser sangrientamente derrocado". Con esas palabras comenzaba un dramático artículo del investigador y consultor internacional del Instituto Ciencia y Sociedad, Prudencia García, publicado por el diario El País hace ahora siete años con el título de "No pasarán"
Un día antes, el mismo periódico había publicado otro artículo del también escritor chileno Ariel Dorfman, que llevaba el título de "Mi Paulina, mi país", que se iniciaba con estas otras: "Fue en la ciudad de Santiago de Chile y a fines de septiembre de 1973 que conocí a esa mujer. Llegó en su auto a una casa donde yo había estado escondido, uno de los muchos lugares donde me había refugiado después del golpe del 11 de septiembre en que los militares derrocaron al Gobierno democrático de Allende. Nunca me había cruzado con ella antes de esa ocasión y nunca supe su nombre. Sólo importaba que aquella señora era parte de una vasta y clandestina red de hombres y mujeres dedicados a salvar la vida de los adherentes del presidente muerto en La Moneda. Sólo importaba que ella había encontrado a alguien dispuesto a ofrecerme un asilo transitorio. Sólo importaba que los soldados de Pinochet nos matarían si llegaban a capturarnos. Mientras cruzábamos la ciudad infectada de piquetes y fusiles y miedo, sí, en la médula misma de mi perdurable aprehensión, alcancé a pensar en forma absolutamente insólita: oye, esto es como de película, esta escena es como para filmarla. No pude impedir esa idea absurda. Siempre fui un hijo del cine, acostumbrado, como todos los de mi generación, a filtrar cada experiencia por la pantalla celuloide de mi espíritu, tarareando una melodía para acompañar cada acto de la existencia cotidiana, aun en los momentos más íntimos, los momentos más alarmantes. Pero en este caso una voz interior más prudente agregó: sí, como para filmarla, claro que sí, siempre que sobrevivas para contarle al mundo lo que pasó".
Ambos textos recreaban los acontecimientos que sacudieron Chile va a hacer ahora cuarenta y dos años, el 11 de septiembre de 1973, con el golpe de Estado del general Augusto Pinochet y el derrocamiento y muerte violenta del presidente Salvador Allende. El de García se centraba en los episodios de represión que tuvieron como marco y escenario el buque escuela de la armada chilena, el tristemente famoso "Esmeralda". El artículo de Ariel Dorfman rescataba la figura de la mujer que le salvó la vida aquel 11 de septiembre de 1973, primero ocultándole de los soldados, y más tarde facilitándole la huida de Chile. Ariel Dorfman es también el autor de una obra teatral, "La muerte y la doncella", llevada al cine por Roman Polanski con ese mismo título en 1994. En ella se relata la historia de una mujer, casada con un miembro del gobierno chileno encargado de estudiar y revisar todos los casos de desapariciones, torturas y asesinatos llevados a cabo durante la dictadura militar, que una noche recibe en su casa la visita de un hombre, al que casualmente ha conocido e invitado su esposo, y que resulta ser su antiguo torturador durante la represión militar. Casualmente la tenía grabada desde hacía varios meses cuando leí los artículos de García y Dorfman. La vi aquella misma noche. 
Pueden leer ambos artículos en los enlaces de más arriba. Los reproduzco de nuevo en el blog por la proximidad con el aniversario de los acontecimientos que se relatan en ellos, y porque al revisar hoy la entrada he recordado dos hechos que me afectaron profundamente y que guardan relación con las dictaduras chilena y argentina de aquellos fatídicos años. El primero es solo un recuerdo visual de dos imágenes televisivas: una, la victoria electoral de Salvador Allende que cientos de jóvenes chilenos celebran en Santiago, la capital del país, bañándose en las fuentes de la ciudad el 4 de septiembre de 1971; la otra, esos mismos jóvenes con los brazos en alto, tras la nuca, custodiados por soldados uniformados dos años después de las imágenes anteriores. 
El segundo no tiene que ver con Chile, sino con la dictadura militar argentina que asoló el gran país sudamericano entre 1976 y 1983. Ya lo he contado anteriormente pero no me importa repetirme. No recuerdo el año con exactitud, puede que fuera el 85 o 86, en verano. Había ido a Madrid con un compañero de trabajo a una reunión de Comités de Empresa de la compañía para la que ambos trabajábamos. La reunión estaba programada para ese viernes por la tarde, y como habíamos llegado de Las Palmas la noche anterior, teníamos toda la mañana libre. Nos acercamos los dos a visitar el Palacio Real de Madrid a primera hora. Allí, entre el grupo de turistas del que nos tocó formar parte, había dos jóvenes argentinas que estaban de visita en Madrid con las que entablamos conversación. Eran hermanas. La mayor, azafata de las líneas aéreas argentinas; la más joven, estudiante de Derecho. Quedamos para recogerlas por la noche en su hotel, así que cuando terminó nuestra reunión de trabajo fuimos a buscarlas, estuvimos de tapas por el Madrid de los Austrias que tan bien conocía yo, y terminamos en una sala de fiestas de la Gran Vía. A la mañana siguiente, las recogimos de nuevo en su hotel y en un coche que habíamos alquilado para nosotros, fuimos los cuatro a visitar El Escorial, el Palacio de La Granja y Segovia, donde comimos, como no podía ser menos, en El Mesón de Cándido. De vuelta a Madrid esa noche, nos despedíamos de ellas y volábamos a Gran Canaria de madrugada. Nunca volvimos a saber de ellas. Creo que nos dimos nuestras direcciones respectivas, pero ni nosotros las escribimos a ellas, ni ellas a nosotros.
Se estarán preguntando que tiene que ver toda esta historia con las dictaduras militares del cono sur americano de esos años. Lo aclaro enseguida. La más joven de ambas hermanas, la estudiante de Derecho, había trabajado hasta unos meses antes como agente judicial auxiliar en un Juzgado de Buenos Aires. Todo iba a pedir de boca, nos contó. Estaba haciendo lo que le gustaba, y pensaba dedicarse a la judicatura una vez concluyera sus estudios y consiguiera plaza como juez. Esos eran sus planes hasta que, un día, tuvo que acompañar al titular del juzgado en el que trabajaba al levantamiento de una fosa común, producto de la represión militar, recién encontrada. Entre los cadáveres, lo primero que descubrieron fue el de una mujer con un bebé en sus brazos, que aún sujetaba los restos de su muñeca... Nos confesó entre lágrimas que no pudo soportarlo, y menos aun, la idea de tener que repetir la experiencia. Abandonó su trabajo en el juzgado y lo único que quería ahora era terminar sus estudios y dedicarse a la abogacía. Espero que lo consiguiera. Por supuesto, sobre las fosas por descubrir 80 años después de la guerra civil española, no es necesario hablar. Para el gobierno del partido popular "ese" no es ni será nunca un asunto prioritario. Y la reconciliación definitiva entre españoles sigue esperando. Y ahora, como decía Sócrates, "Ιωμεν", nos vamos. Sean felices, por favor. Tamaragua, amigos. HArendt












El poema de cada día. Hoy, Una muchacha, de Ezra Pound (1885-1972)

 





UNA MUCHACHA


El árbol ha entrado en mis manos,

la savia ha ascendido por mis brazos,

el árbol ha crecido en mi pecho−

hacia abajo,

las ramas brotan de mí, como brazos.

Eres árbol,

eres musgo,

eres violetas que el viento acaricia,

una niña −tan alta− eres,

y todo esto es incomprensible para el mundo.


Ezra Pound (1885-1972)

Poeta estadounidense










Las viñetas del blog de hoy miércoles, 21 de agosto de 2024

 













martes, 20 de agosto de 2024

De las entradas del blog de hoy martes, 20 de agosto de 2024

 






Hola, buenos días de nuevo a todos y feliz martes, 20 de agosto de 2024. La mentira es la mejor herramienta de dominación conocida, afirma en la primera de las entradas de hoy del blog el escritor y académico de la RAE Javier Cercas, y está claro que lo primero que busca el poder, todo poder, es dominar. La segunda es un archivo del blog del 9 de agosto de 2019 en la que el periodista Bernardo Marín, subdirector en aquel momento de El País, nos contaba como hacía ocho años aún estaba despegando el teléfono inteligente pero hoy llevamos Internet a todos lados y muchos de nosotros no renunciaríamos a Internet ni por más dinero del que tendremos en toda la vida. La tercera entrada, el poema de cada día, es hoy el titulado La poesía destruye al hombre, del poeta español Leopoldo María Panero. Y la cuarta va, como siempre, con algunas de las las viñetas de humor de la prensa nacional. Espero que todas ellas les resulten interesantes. Y ahora, como decía Sócrates, nos vamos. Sean felices, por favor, aun contra todo pronóstico; al menos inténtenlo. Nos vemos mañana si la diosa Fortuna lo permite. Tamaragua, amigos míos. harendt.blogspot.com






De la mentira como instrumento de dominación

 






A veces se sinceran, dice en El País [La verdad ya importa poco, 18/08/2024] el escritor y académico Javier Cercas.. En un reportaje publicado en El Mundo, continúa diciendo, Miguel Ángel García, portavoz del Gobierno madrileño del PP, decía que hoy, en la política española, “prima la comunicación sobre la gestión”. Ximo Puig, expresidente socialista de la Comunidad Valenciana, aseguraba que, para ganar elecciones, lo esencial es “la instalación en el imaginario colectivo de tu relato”. Por su parte, Iván Redondo, exdirector del Gabinete del presidente Sánchez, escribió que en nuestra política “no es fácil distinguir lo que es realidad de lo que es ficción”. Quien mejor lo dice es Gabriel Rufián: “La verdad ya importa poco”. En resumen: con la política reducida a una representación mediática y plagada de asesores de comunicación, nuestros políticos no dedican sus mejores energías a tratar de mejorar nuestras vidas, sino a intentar engañarnos. Es duro, pero es así.

Por supuesto, añade Cercas, la política y la mentira siempre se han llevado muy bien. La razón es evidente: la mentira es la mejor herramienta de dominación conocida, y lo primero que busca el poder —cualquier poder— es dominar, porque esa es la forma de asegurar su perduración; igual que el dinero siempre quiere más dinero, el poder siempre quiere más poder: ese deseo insaciable define su naturaleza. Así que no es verdad que hoy se mienta más que nunca (aunque a veces lo parezca); lo que sí es verdad es que, gracias a internet y las redes sociales, la mentira posee mayor capacidad de difusión que nunca. El poder político fue el primero en sacar partido de este hecho; la eclosión del nacionalpopulismo a raíz de la crisis de 2008 es su resultado más visible: los grandes hitos de esa ola reaccionaria —desde Trump hasta el Brexit, pasando por la crisis catalana de 2017— estuvieron precedidos o acompañados por inundaciones de mentiras. Y el resultado de ese resultado es el descrédito abrumador de la verdad: a mí todavía me sigue pareciendo increíble que un país genéticamente puritano como Estados Unidos, donde Bill Clinton a punto estuvo de dimitir a causa de una mentira (no de sus escarceos sexuales con una becaria), pueda elegir por segunda vez como presidente a un perturbado que, según el cómputo de The Washington Post, soltó 30.573 mentiras en su primer mandato. Pero hay más. Porque resulta que, en vista del éxito del populismo y sus mentirosos patológicos, los políticos tradicionales han empezado a mentir con un descaro y un cinismo inéditos, transformando el arte de la política en el arte de mentir y decretando que el mejor político es el que mejor miente o mejor engaña, o el que mejor disfraza la mentira de verdad. Dicho esto, admitamos que, frente a la política convertida en fábrica de mentiras, los ciudadanos nos hallamos de entrada indefensos; no porque seamos más tontos que los políticos, según cree la mayoría de los políticos, sino porque estamos demasiado ocupados en salir adelante a diario como para podernos tomar a diario el trabajo de desenmascarar las mentiras de quienes se dedican profesionalmente a elaborarlas. En realidad, frente a la política de la mentira sólo tenemos un antídoto. No me refiero a los políticos de la verdad, porque, cuando la política de la mentira triunfa, todos los políticos se contagian de ella y todos invierten su tiempo en construir sus propias mentiras para combatir las del adversario, como si la mentira se pudiera derrotar con la mentira. Me refiero al periodismo independiente. El problema es que la expresión periodismo independiente, que es en rigor un pleonasmo (no hay periodismo de verdad que no sea independiente), amenaza con convertirse en un oxímoron: como cada vez es más difícil ganarse la vida con el periodismo, cada vez es más difícil un periodismo auténtico y cada vez más habitual un periodismo subordinado al poder. Pero todavía es posible; por eso —y por la cuenta que nos trae a todos— más nos vale apoyarlo. “La verdad ya importa poco”, dice Rufián. Pero, si la verdad ya importa poco, la libertad ya importa poco. Y, si la libertad ya importa poco, nos encaminamos hacia un lugar sucio, oscuro e insalubre, donde no apetece nada vivir. Javier Cercas es escritor y académico de la RAE.









El valioso invento que nadie echaba en falta. [Archivo del blog - Publicado el 09/08/2019]









Hace ocho años aún estaba despegando el teléfono inteligente, hoy llevamos Internet a todos lados y muchos de nosotros no renunciaríamos a Internet ni por más dinero del que tendremos en toda la vida, escribe el periodista y subdirector de El País, Bernardo Marín. En julio de 2011, comienza diciendo Marín, la fundación estadounidense The Fund for American Studies publicó un vídeo sobre las bondades del capitalismo en el que se hacía una pregunta a varios jóvenes: ¿serías capaz de no volver a usar Internet a cambio de un millón de dólares? La mayoría de los sondeados contestaba que no, y multiplicaba por diez o por mil la cantidad por la que estarían dispuestos a dejar de navegar y abandonar para siempre todas las aplicaciones inventadas y por inventar. Y eso que hace ocho años aún estaba despegando el teléfono inteligente, con el que llevamos Internet a todos lados mientras nos creamos la necesidad de estar siempre conectados.
El dilema, que ha vuelto a proponer en las últimas semanas un artículo del blog Microsiervos, tiene su miga. ¿Por cuánto dinero sería el lector capaz de semejante renuncia? Seguro que alguno lo haría por mucho menos de ese millón, pero es probable que otros, en especial aquellos que no conocen otro mundo que el digital, encontraran la cantidad irrisoria. Dejar de lado Internet supondría privarse del mayor sistema de acceso a la información, a la comunicación, al negocio y a la diversión inventado. Y llevar una vida a contracorriente: despedirse de WhatsApp y de las redes sociales, no poder consultar una duda en Google ni ver una película en Netflix, volver físicamente a la agencia de viajes para comprar un billete de avión y al buzón para mandar fotos en un sobre. Y renunciar a muchísimos empleos que requieren conexión.
Resulta interesante reflexionar sobre lo mucho que valoramos algo que en principio nos cuesta tan poco. Pero es aún más asombroso pensar que hace 30 años, el tiempo de una sola generación, nadie echaba en falta Internet, cuya existencia permanente y ubicua damos por hecho ahora con tanta certeza, que nos alarmamos cuando perdemos la conexión o no encontramos wifi. Quizás por esto, las películas y novelas de ciencia ficción anteriores a la revolución tecnológica, donde se vaticinaban otros prodigios como el teletransporte o la invisibilidad, resultan, con perspectiva actual, tan miopes a la hora de pronosticar un invento que ahora parece obvio. Y al que muchos no renunciaríamos ni por una fortuna. Y ahora, como decía Sócrates, Ιωμεν: nos vamos. Sean felices, por favor, a pesar de todo. Tamaragua, amigos. HArendt












El poema de cada día. Hoy, La poesía destruye al hombre, de Leopoldo María Panero (1948-2014)

 






LA POESÍA DESTRUYE AL HOMBRE

La poesía destruye al hombre
mientras los monos saltan de rama en rama
buscándose en vano a sí mismos
en el sacrílego bosque de la vida
las palabras destruyen al hombre
¡y las mujeres devoran cráneos con tanta hambre
de vida!
Sólo es hermoso el pájaro cuando muere
destruido por la poesía.

Leopoldo María Panero (1948-2014). Poeta español









Las viñetas de hoy martes, 20 de agosto

 





















lunes, 19 de agosto de 2024

De la gente en coma [Especial 1 de hoy lunes, 19 de agosto de 2024]

 





Los filósofos, escribe en El País [Gente en coma: ¿hay alguien ahí - 17/08/2024] el científico genetista Javier Sampedro, han dedicado esfuerzo e ingenio a la fatigosa tarea de analizar la subjetividad humana, ese reducto personal e intransferible que, según suponemos, siempre será privado e inaccesible al conocimiento empírico. David Chalmers, Daniel Dennett y muchos otros pensadores consideran que el “problema difícil” para entender la consciencia es el asunto de los qualia, que tiene que ver con los sentimientos privados. Por ejemplo, un neurólogo te puede mostrar qué neuronas de tu cerebro se activan cuando ves el color rojo, pero no lo que tú sientes al verlo, la rojez del rojo, su qualia (qualium, supongo que habría que decir en singular, pero no compliquemos aún más las cosas).

La rugosidad que sientes al tocar una piel seca,continúa diciendo Sampedro. la embriaguez de un perfume y el sufrimiento de un dolor son otros ejemplos de qualia, percepciones subjetivas que solo podemos expresar con metáforas y que son nuestras, íntimas e inaccesibles a los demás. En un tiempo en que nuestros datos circulan por la nube y estamos poniendo todo perdido de nuestro ADN, los qualia son el último reducto de nuestra privacidad, el ascua ardiendo a la que podemos agarrarnos para preservar nuestros secretos y adoptar un aire enigmático que resulte disuasorio para la cotillería ajena.

Y es curioso porque, en sentido estricto, la subjetividad no existe, y un filósofo debería ser el primero en saberlo, a menos que siga creyendo en almas, fantasmas y dualismos cartesianos, como hicieron sus predecesores. Todo lo que percibimos, pensamos y sentimos consiste en la activación de ciertos circuitos neuronales, y eso incluye la rojez del rojo, la aspereza de una piel, el sufrimiento de un dolor y todo el resto de nuestra consciencia, esa cosa que perdemos al dormirnos y recuperamos al despertar. No hay ningún ectoplasma en tu cráneo que sea inaccesible al conocimiento objetivo. Solo hay neuronas disparando señales a otras, y, por tanto, la subjetividad no existe en un sentido filosófico. Otra cosa es que la ciencia actual se quede corta para entender los qualia, pero no hay ningún problema de principio para que llegue a hacerlo.

Un equipo internacional de 39 neurólogos y neurocientíficos acaba de publicar una investigación importante sobre 353 pacientes en coma, estado vegetativo y otros trastornos de consciencia. Les han hecho pruebas clínicas, de comportamiento y de registro de la actividad cerebral con resonancia magnética funcional (fMRI) y electroencefalografía (EEG). Algunos pacientes (112 de 353) muestran respuestas observables a las demandas de los médicos, como levantar el pulgar cuando se lo piden. Los otros 241 no muestran ninguna respuesta observable ni a ese ni a ningún otro test. El resultado principal es que, entre estos últimos, las imágenes de las neuronas en acción revelan que una cuarta parte de ellos están conscientes. Por chocante que resulte, hay alguien ahí dentro.

Esos datos sugieren un montón de cosas, ¿no es cierto? Algunas son terroríficas, porque hasta ahora hemos tenido a esos pacientes almacenados en las salas más aburridas del hospital, simplemente a la espera de que alguno de ellos pudiera despertar algún día. Saber que hay alguien ahí, una consciencia como la tuya o la mía, y aunque solo sea en uno de cada cuatro casos, debería conducirnos a replantearnos los protocolos actuales. Y, desde luego, será importante investigar si los actuales implantes cerebrales que se usan experimentalmente para personas paralizadas, y que les permiten comunicarse a través de un ordenador, pueden ayudar a estos pacientes a recuperar el contacto con el mundo, empezando por sus amigos y familiares.Otra consecuencia de una naturaleza admitidamente más académica es que Chalmers, Dennet y sus seguidores filosóficos van a ver sus qualia y sus teorías de la consciencia seriamente averiadas. Todo lo que pasa en tu mente es un fenómeno físico que se puede detectar desde fuera. Dicho esto, dicho todo. Javier Sampedro es genetista.











De las entradas de hoy lunes, 19 de agosto de 2024

 





Hola, buenos días de nuevo a todos y feliz lunes, 19 de agosto de 2024. El miedo al que el neoliberalismo ha condenado a amplias capas de la población, comenta en la primera de las entradas del blog de hoy la psicoanalista y escritora Lola López Mondéjar, han incrementado el odio y el regreso a la creación de chivos expiatorios. En la segunda de ellas, un archivo del blog del 7 de agosto de 2019, el escritor Jorge Freire comentaba que toda tentativa de ilustración era, en último término, una suerte de desencantamiento. En la tercera, el poema del día es hoy el titulado Conjuro, del poeta Pere Gimferrer. Y la cuarta, como siempre, cierra las entradas de hoy con algunas de las viñetas de humor de la prensa diaria nacional. Espero que todas ellas les resulten de interés. Y ahora, como decía Sócrates, nos vamos. Sean felices, por favor, aun contra todo pronóstico; al menos inténtenlo. Nos vemos mañana si la  diosa Fortuna lo permite. Tamaragua,  amigos míos. 









Del desprecio al otro

 






Cuando el rey Lear, comenta en El País la psicoanalista Lola López Mondéjar [Despreciar al otro: la derrota del diálogo - 16/08/2024], decide preguntar a sus hijas si lo aman por encima de todas las cosas para repartir entre ellas su reino, las mayores le responden con panegíricos, pero la honesta Cordelia afirma que ama a su padre, pero ofrecerá a su esposo la mitad de su amor. Defraudado, el iracundo Lear la aleja de inmediato de sí. Ya no eres mi hija, afirma, Fuera de mi vista. Con su gesto impulsivo, continúa diciendo, Lear responde como hiciera el hombre premoderno: actúa, y al hacerlo recupera la omnipotencia que la respuesta de Cordelia ha herido, pero niega también el sufrimiento de esa decisión: la hija amada es repudiada, y Lear ha escindido el amor del odio que la herida narcisista le produjo, borrando aquél. La ira, ya dijo Homero, es más dulce que la miel.

La modernidad consistió, entre otras cosas, en intentar suprimir esas respuestas inmediatas, y los ideales ilustrados apuntaban en la dirección contraria. Aquel sapere aude kantiano, Freud lo colocó como ideal de la cura psicoanalítica al afirmar: “Allí donde estaba el ello, el yo debe advenir”. O lo que es casi sinónimo: allí donde reinaba el inconsciente, la sinrazón, la irreflexividad impulsiva de la ira de Lear, el yo, la razón y la demora, debe advenir. Hamlet es el personaje que ejemplifica el paso del soldado actuador medieval que representan Lear o Macbeth al hombre ilustrado, que duda, habla y demora la acción.

Es buena costumbre dudar, requiere fortaleza, soportar la incertidumbre, tolerar las palabras de Cordelia y asimilarlas, admitir que no eran una afrenta, sino la consecuencia lógica de su honestidad. Aceptar la duda exige escucha y consideración, tomar en cuenta las opiniones del otro, explorarlas y reflexionar sobre ellas, aunque esto nos aleje de nuestra anterior certeza. Tolerar la duda es fruto de una madurez personal y social que supone el ejercicio de la diplomacia, de la negación y de la pérdida de omnipotencia, poder aceptar que nuestros deseos no se cumplan o que nuestras opiniones estén equivocadas.

La psicoanalista Melanie Klein, preocupada por los mecanismos más primitivos del ser humano, describió dos posiciones que hoy nos servirán para explicarnos a Lear y el mundo: la posición esquizoparanoide y la posición depresiva. En la primera, el niño organiza su universo mediante una ingenua separación entre buenos y malos, de forma que puede agredir a los malos sin temer la pérdida de los buenos, pues todavía no observa que aquellos que le frustran son también quienes le aman y le proporcionan los cuidados necesarios para su supervivencia. Los cuentos infantiles dan cuenta de esta disociación, y están llenos de madres buenas y madrastras malas, hadas y ogros, bien separados. Después nos damos cuenta de que la madre buena es también la que nos hace mal, aunque solo sea porque nos educa mediante el ejercicio del trauma benéfico del límite, aunque solo sea porque frustra algunos de nuestros deseos. Poco a poco, el niño y la niña comprenden que las experiencias buenas y malas se las proporciona la misma persona, que dañar a quien lo frustra lleva consigo perder también a quien nos da su amor, a quienes amamos, y aprende a controlar la ira entrando en la posición depresiva, más reflexiva, más diplomática, llamémosla así, dialogante. A lo largo de nuestra vida nos esforzaremos por sostener esta posición evolucionada, pero que siempre estará en peligro, porque cuando la incertidumbre y el miedo se hacen fuertes, el retorno a la escisión esquizoparanoide es una tentación demasiado fuerte, como nos ha enseñado la historia y como hoy nos lo sigue, lamentablemente, enseñando. El miedo y la inseguridad a la que el neoliberalismo depredador ha condenado a amplias capas de la población, sometiéndolas a la pobreza, han incrementado el odio, y con este el regreso a posiciones escindidas, donde lo malo se proyecta en un objeto construido (inmigrantes, palestinos, homosexuales, mujeres, históricamente los judíos; para Israel, ahora, los palestinos), al que alejamos de nosotros con un gesto rotundo, Fuera de mi vista, como le ordena Lear a Cordelia.

La posición esquizoparanoide es contraria a la diplomacia, pues esta apela a una premisa previa, el reconocimiento de la vulnerabilidad y dependencia mutuas. Hablamos y negociamos porque partimos del sentimiento de que nos necesitamos mutuamente, de que somos interdependientes y, por tanto, el bien de uno es también, aunque de distinto modo, el bien del otro. Reconocer la vulnerabilidad propia y ajena inhibe la agresividad, pero sin el reconocimiento de esta interdependencia la diplomacia se hace innecesaria y la ley del más fuerte se impone: si creo que no te necesito, eres superfluo para mí, no me molesto en considerarte. Lo vemos en el actual genocidio de Gaza, en el supremacismo sionista de Netanyahu, en la xenofobia de Trump.

La ultraderecha, en ascenso en Europa, no reconoce la interdependencia, pretende destruir derechos sociales que protegían a los más débiles, privatizar la sanidad y la educación, mantener un orden patriarcal que asesina a mujeres y niños, porque niega la fragilidad. Y esta negación es profundamente antidiplomática, pues huye de la reflexión de la posición depresiva y del argumento y practica el insulto. Cuando Abascal grita “más muros y menos moros”, ejerce un populismo simplificador que niega los derechos humanos de los más vulnerables, así como que la envejecida Europa necesita 60 millones de inmigrantes para superar sus bajas tasas de natalidad y el envejecimientos de su población, una población longeva que es cuidada, precisamente, por esos moros que Abascal reduce a un objeto malo, escindido, maniqueísta y violento, propio de la Edad Media en la que parece instalar sus propuestas, como los niños de pocos meses, como el rey Lear. Y sus votantes, angustiados, secundan ese odio.

Por el contrario, “el compromiso del diplomático, las exigencias que asume su práctica, las obligaciones que le ponen en riesgo, lo convierten en representante no de un ideal general y hueco de paz universal, sino de una paz posible, siempre local, precaria y cuestión de invención”, escribe Isabelle Stengers.

Reconocer nuestra interdependencia nos ayuda a explorar el terreno de lo posible, porque no tenemos un planeta b, no podemos decir al distinto, convertido en chivo expiatorio, Fuera de mi vista, sino que estamos obligados a compartir este mundo.

Los totalitarismos se basan en el desprecio del otro, en la convicción de que sólo los ciudadanos que se consideran de los nuestros tienen derecho a existir, y el capitalismo extractivista se comporta como un totalitarismo desmesurado que en su afán de riqueza traspasa cualquier límite, y en su soberbia autárquica consume autofágicamente el planeta que le sirve de sostén. Anselm Jappe lo compara con el mito de Erisictón, el rey que al talar un árbol sagrado fue castigado a experimentar un hambre insaciable y, cuando acabó con todas sus riquezas, comenzó a devorar su propio cuerpo. En esas estamos hoy.

El capitalismo, junto a las ideologías de ultraderecha que lo defienden, no reconoce la necesidad de esa diplomacia de las interdependencias de las que nos habla Baptiste Morizot, basada en una ética de la consideración que respete las vidas de todos los seres vivos de la Tierra; una diplomacia que hoy es más necesario que nunca practicar. Lola López Mondéjar es psicoanalista y escritora.











Romper el hechizo. [Archivo del blog - Publicado el 07/08/2019]








Hay que romper el hechizo. Toda tentativa de ilustración es, en último término, una suerte de desencantamiento. Pero el mundo es hoy más ancho y rico, comenta el escritor Jorge Freire. Ya nada es lo que era, comienza diciendo Freire: ni el ciclismo, ni nuestro barrio, ni la democracia siquiera. Los tomates han perdido el sabor, el cine abusa de los remakes y los domingos ya no son los de nuestra infancia… ¡Ni siquiera el kilo es ya un cilindro de platino iridiado! A uno se le ensombrece el ánimo oyendo estas jeremiadas, variaciones del adagio manriqueño que rezaba que todo tiempo pasado fue mejor. Sigue cundiendo la nostalgia una vez que los científicos han puesto rostro a un agujero negro, algo que solo parecía posible en la ciencia ficción, y han enviado una sonda más allá de Neptuno, hasta un asteroide apodado Ultima Thule que rebasa con mucho lo que los romanos imaginaron al acuñar dicho término. ¿Por qué nos dejamos llevar por la melancolía?
No es una actitud nueva. La retórica del “desencantamiento del mundo”, por decirlo con Weber, hunde sus raíces en una larga tradición intelectual, surgida al rescoldo de la Revolución Industrial y afianzada sobre el viejo pesimismo político. Keats lamentaba en su poema Lamia que se hubiera destejido el arcoíris, como si, al enunciar la teoría corpuscular de la luz, Newton hubiera robado el enigma a un fenómeno que era mejor no comprender del todo. No han sido pocos los autores que, desde entonces, han tratado de convencernos de que el precio del progreso es la pérdida del sentido. Argumentan que la misma técnica que nos ha permitido medir y pesar el mundo es la misma que nos distancia de él, convirtiéndolo en una suerte de mariposa clavada en el alfiler, fácilmente analizable pero carente de vida.
Lo cierto es que toda tentativa de ilustración es, en último término, una suerte de desencantamiento. Abierta la tramoya de par en par, contemplamos las bielas y los pistones que accionan el decorado, y en ese momento el misterio se desvanece. Quienes protestan contra esto no tratan de recuperar la inocencia, una empresa cuanto menos ímproba, sino que más bien ejercen su derecho al pataleo. Ocioso es tratar de recomponer el hechizo una vez que se ha roto. Sería, en expresión de Wittgenstein, como intentar reparar una tela de araña con los dedos.
Tampoco el mercado laboral es ya lo que era. Sostienen los expertos que, de cara a la Cuarta Revolución Industrial, nuestras sociedades van a requerir de propuestas creativas que garanticen la protección de los más desamparados. Como ha escrito Lucía Velasco, no basta con oponerse a la tecnología, como al calor del maquinismo hicieron los luditas y los conmilitones del “capitán” Swing, rompiendo telares mecánicos y trilladoras agrarias. Dormirse en los laureles del pesimismo, la más irresponsable de todas las actitudes, sería a este respecto como ponerse a quemar almiares mientras el tren de la historia nos pasa por encima.
Mantenernos despiertos es un imperativo moral. En un artículo de 1945, Josep Pla escribió acerca de la perplejidad que le causaba la contemplación de gorriones en su Palafrugell natal: a su juicio, estos realizaban una serie de expediciones que parecían contravenir su naturaleza sedentaria. Ocho décadas después, no es poco lo que hemos descubierto acerca de las migraciones de las aves estacionarias, que ocupan una extensión mucho mayor de lo que intuíamos.
Entretanto, ¿se ha roto definitivamente el hechizo? Quizá, pero hoy el mundo es más ancho y más rico. Sirvan de ejemplo los pájaros de Pla, considerados entonces autómatas sin raciocinio, cuya función consistía en regalarnos el oído con “esa música numerosa como el espacio pero aledaña al día”, en expresión de Emily Dickinson. Hoy sabemos que el exiguo tamaño de su cerebro se debe a motivos de aerodinámica, y que la evolución les ha permitido prescindir del neocórtex igual que prescindieron de la vejiga. ¿Cómo explicar, si no, que el propio carbonero, con su cerebro de medio gramo, sea capaz de recordar los miles de apostaderos en que esconde las semillas? Hasta hemos conseguido averiguar el funcionamiento del vuelo en bandada, un bellísimo misterio que, a pesar de los denodados esfuerzos de un sinnúmero de ornitólogos, permanecía sin esclarecer.
Al arrimo de la ilustración y la ciencia, el mundo se recompone a la luz de nuestra mirada, como si de un caleidoscopio se tratase. Desaparecen los arcanos indescifrables, pero no los motivos para el asombro: basta con observar un nido de golondrinas, oculto bajo un alféizar o sobre un aparato de aire acondicionado, y pensar que sus inquilinos lo han localizado después de un viaje de 3.000 kilómetros. Sostiene Menno Schilthuizen en Darwin viene a la ciudad (Turner), que para apreciar la evolución de las aves urbanas basta con fijarse en el pájaro carbonero de Barcelona: resulta que la estrechez de su corbata, una mancha de color negro relacionada su virilidad, no es un asunto meramente ornamental, sino que denota que la ciudad es refugio para los machos menos agresivos y más débiles. ¿Quién lo hubiera imaginado? Nos rodea un mundo fascinante que exige una mirada atenta. Y ahora, como decía Sócrates, Ιωμεν: nos vamos. Sean felices, por favor, a pesar de todo. Tamaragua, amigos. HArendt 














El poema de cada día. Hoy, Conjuro, de Pere Gimferrer (1945)

 




CONJURO

Los guerreros más augustos ya son sombras
bajo la sombra del viejo encinar.
Cárdena crepita la noche.
Latigazos, ladridos, remotos rayos.
Chirrían las cornejas en el pozo ciego.
Guiarán al manso corcel de hielo.
La tormenta. El sol verde de aguas negras.
No me conozco. Es un lago el pecho muerto.
Bajel de oro, cadalso prieto del día.
Mi cuerpo, como la cuerda de un arco.
Ya labora el invierno, cuando rasga
las cortinas, teatro del mar.
Se enmascara tras las nieblas densas.
Arquero negro, detén tu paso.
Petrifícase el arquero de azabache.
La saeta conoce el derrotero.
Palmo a palmo mensuramos la fosa.
Fango y hojas nos daban la yacija.
Arde y arde el guante de oro del barquero.
La laguna, de nieve y azafrán.
No pensabas que fuera así de blanca.
Ahora vienen las huestes. Cielo allá,
las huestes vienen. Verdor de la encina
en los ojos vacíos, de cal llenos.

Pere Gimferrer (1945). Poeta español