El blog de HArendt (2006-2026). Pensar para comprender, comprender para actuar
lunes, 19 de agosto de 2024
domingo, 18 de agosto de 2024
De las entradas del blog de hoy domingo, 18 de agosto de 2024
Hola, buenos días de nuevo a todos y feliz domingo, 18 de agosto de 2024. "Yo, más que una pregunta, tengo un comentario": La frase, dice en la primera de las entradas del blog de hoy la periodista cultural Pilar Gómez Rodríguez, se repite al término de cualquier conferencia o mesa redonda cuando el público se anima a participar y los ponentes, ante la irrupción de este sujeto, se echan a temblar. En la segunda, un archivo del blog de agosto de 2018, Rafael Bachiller, astrónomo, director del Observatorio Astronómico Nacional (ING), nos decía que los físicos saben bien que, según las leyes de la naturaleza, el futuro es imprevisible intrínsecamente. La tercera recoge el poema Ciudad cero, del laureado poeta español Ángel González. Y la cuarta, como siempre, cierra las entradas de hoy con algunas de las viñetas de humor de la prensa diaria nacional. Espero que todas ellas les resulten de interés. Y ahora, como decía Sócrates, nos vamos. Sean felices, por favor, aun contra todo pronóstico; al menos inténtenlo. Nos vemos mañana si la diosa Fortuna lo permite. Tamaragua, amigos míos. harendt.blogspot.com
Del arte de escuchar
Porque tan importante (o más) que saber hablar es saber escuchar, por Pilar Gómez Rodríguez
12 jul 2024 - Nueva Revista - harendt.blogspot.com
Reseña del libro El arte de saber escuchar, según Plutarco, de Daniel Tubau. Barcelona, Rosamerón, 2024,
«Yo, más que una pregunta, tengo un comentario». La frase se repite al término de cualquier conferencia o mesa redonda cuando el público se anima a participar y los ponentes, ante la irrupción de este sujeto, se echan a temblar. Todo por no leer a los clásicos, a Plutarco en este caso, que caló a esta especie comentarista y le dedicó uno de sus epígrafes en su tratado sobre la escucha: «Las preguntas al orador no deben emplearse para el lucimiento propio», se lee en la edición que acaba de presentar Rosamerón. Se titula Cómo escuchar. Sabiduría clásica en tiempos de dispersión, está cuidada por el escritor y profesor de literatura, experto en el mundo grecolatino, Daniel Tubau, y demuestra que, dejando de lado la técnica, pocas cosas se han inventado en lo humano desde aquellos siglos. A quienes van a hacer «un comentario más que una pregunta» Plutarco les diría que allí se va a escuchar, no a escucharse.
Porque este libro trata de una escucha específica. No del toma y daca que se establece entre amigos o en conversaciones familiares… Se trata, primero, de escuchar a los filósofos, a los que saben, y, después, de que su charla sea nutritiva, alimente y se reciba en beneficio propio. En este sentido, cabe recordar la paideia griega, una educación integral que, más allá de los conocimientos escolares, trata de formar personar solventes desde el punto de vista moral y cívico. Estaba muy presente en la literatura de Plutarco, donde, por otro lado, y como se cita en la obra, resulta evidente «la intención moralizadora, el empeño es convertir cualquier anécdota, poesía o relato en un aprendizaje».
El libro está dirigido a un destinatario concreto y en un momento crítico: el joven Nicandro acaba de dejar atrás la niñez y ha de comenzar a determinarse a sí mismo. Ese cambio no significa, como consideran otros jóvenes, «dejar libres de sujeciones a los deseos», sino que se trata más bien de un «cambio de mentor». El nuevo mentor, la guía definitiva de la vida es la razón: «[…] solo quienes la siguen merecen el nombre de libres; y es que solo viven como quieren quienes han aprendido a querer lo que deben».
En esta nueva etapa no estará solo, el oído le brindará una ayuda inestimable. Es una vía de entrada a la virtud… o todo lo contrario. Por eso es conveniente cuidarlo, guardarlo de las malas palabras y educarlo: tan importante es aprender a escuchar como aprender a hablar. Y es que en el uso de la palabra «recibirla correctamente es previo a emitirla, como concebir y gestar son previos a alumbrar un ser viable». Por ello el consejo es enseñar a los niños a «escuchar mucho y no hablar mucho». La prueba de ello la encuentra Plutarco en la naturaleza que nos ha dado «dos orejas y una sola lengua porque debemos hablar menos que escuchar». Aliado de la buena escucha es el silencio. Solo el que sabe esperar al término del discurso sin interrupciones, sin aspavientos, «guarda las palabras benéficas, pero las inútiles o falsas las distingue y reconoce con facilidad, dejando claro que es amigo de la verdad, pero no aficionado a las disputas ni apresurado ni peleón». En relación con esto, una imagen que se repite en varias ocasiones en la obra es la del necesario vaciamiento de los jóvenes, vaciamiento de «presunción y engreimiento […] si se quiere verter en ellos algo útil, pues de lo contrario, mientras estén llenos de ampulosidad y jactancia, no les cabe otra materia».
Enemiga de la escucha (y un «obstáculo para todo lo bueno»), como precisa el libro, la envidia que hace nacer «modos de ser groseros y perversos»: impide la atención, retuerce lo dicho, pone a competir al envidioso con el orador y se enfada si este encuentra la aprobación del auditorio… Plutarco recomienda cierta dosis de generosidad y benevolencia cuando se va a escuchar porque «oponerse al discurso pronunciado no es difícil, sino muy fácil, pero oponerle otro mejor es sumamente costoso». Recuerda asimismo que lo importante no es la persona ni la brillantez de la elocución sino el provecho obtenido de la sesión. ¿Ha sido transformadora? ¿Ha tenido efecto? Pone un ejemplo inolvidable: salir de una disertación se parece a salir de una peluquería porque, así como nos miramos al espejo y nos tocamos el pelo y la cabeza revisando lo que allí ha pasado, después de una disertación es preciso examinar «cuidadosamente si el alma se ha vuelto más ligera y agradable tras despojarse de algo de lo inoportuno y sobrante. Porque, como dice Aristón, “ni el baño ni el discurso son de utilidad si no limpian”».
¿Qué hacer, entonces, si hay preguntas o dudas tras la lectura? Plutarco recomienda centrar la cuestión, no reclamar al ponente posiciones que no vienen al caso, «cosas en las que ni tiene dotes naturales ni se ha ejercitado». También se debe evitar «formular muchas preguntas o formularlas muchas veces, pues también estos son modales propios del pedante». En el capítulo de los modales, ojo con los comentarios y los jaleos: «Las disertaciones filosóficas no son espectáculos». Recomienda moderación en la alabanza, puesto que si en vez de someter a juicio personal crítico lo que allí se está exponiendo se ensalza a cada paso el contenido, ese comportamiento «ni siquiera agrada a los mismos participantes en el debate y molesta siempre a los oyentes». Hay que mantener la compostura. De igual manera que el ánimo se prepara para recibir lo que de provecho pueda ofrecer la charla (y discriminar lo que no), el cuerpo también ha de prepararse para la escucha atenta: «Deben ser evitadas no solo la gravedad del ceño y el desagrado en el rostro y el desinterés en la mirada, como la postura descuidada del cuerpo y la separación inapropiada de los muslos». Toda una sorpresa, como indica Daniel Tubau en la segunda parte del libro —donde explica, comenta y amplía el texto de Plutarco— que el autor estuviera llamando la atención ya en el siglo I de nuestra era «sobre lo que hoy llamamos manspreading o despatarre».
Y es que escuchar una conferencia no es una actividad pasiva en la que el orador comparece «tras haber meditado y haberse preparado el discurso» mientras los asistentes pueden sentarse «despreocupadamente a pasarlo bien mientras otros trabajan», no. Existe un deber de escucha que pone en juego la actitud, la atención, la corporalidad… «[…] igual que al jugar a la pelota el que la recibe ha de desplazarse moviéndose de acuerdo con el que la tira, así también en el caso de los discursos hay cierta armonía entre el que habla y el que escucha, si cada uno de ellos atiende a su deber».
Finalmente, el capítulo 18 es una especie de recopilatorio sobre la actitud que hay que llevar al asistir a esas sesiones donde el conocimiento entra por el oído. «Rechazando toda esa estupidez y fanfarronería» hay que ir a aprender y, sin perder de vista ese objetivo, ser consciente de que «como dice Focílides, no solo hay que “fallar muchas veces intentando destacar”, sino que además muchas otras hay que ser objeto de burla y tener mala reputación y, tras ser objeto repetidamente de chanzas y bromas, seguir adelante con toda el alma y vencer a la ignorancia». Hay que tomarse la escucha como una tarea que implica dificultad y molestias y estar dispuestos a aceptarla, digiriendo sus enseñanzas con responsabilidad y no como «pollitos que aún no vuelan, siempre con el pico abierto en busca de otra boca y pretendiendo constantemente obtenerlo todo preparado y elaborado por otros». El método no es ese ni el de las preguntas sin fin. Se trata de captar la esencia mediante el raciocinio, establecer relaciones, atar cabos y tomar el mando de la investigación hasta conseguir hacer propio el discurso ajeno y que este se a la vez «principio y simiente». La tarea será entonces alimentarlo y hacerlo crecer. Se despide Plutarco con la imagen de la vasija, que le es tan querida: «La mente no es como una vasija estrecha, que solo necesita llenarse, sino que más bien, como la madera, solo requiere una llama que prenda para crear impulsos descubridores y ansias de verdad». Pilar Gómez Rodríguez es periodista cultural.
El futuro imprevisible. [Archivo del blog - Publicado el 11/08/2018]
No se alarmen ustedes que no hablo del futuro, machaconamente incierto aunque no tenebroso, de España, y lo que es más importante, de los españoles. Hablo del futuro del Universo, o para ser precisos, lo escribe en el diario El Mundo, Rafael Bachiller, astrónomo, director del Observatorio Astronómico Nacional (ING). Y es que los físicos saben bien ya desde hace un siglo que estrictamente hablando el futuro no es predecible. No es que nos falten datos suficientes de las condiciones iniciales para calcular la evolución de un sistema; es que, según las leyes de la naturaleza, el futuro es imprevisible intrínsecamente.
Para examinar posibles respuestas a tal pregunta, para aprender a ser mortal en sentido más amplio o cósmico, no nos queda más alternativa que adentrarnos en las arenas movedizas de la predicción del futuro. Y es que los físicos sabemos bien, ya desde hace un siglo, que estrictamente hablando el futuro no es predecible. No es que nos falten datos suficientes de las condiciones iniciales para calcular la evolución de un sistema; es que, según las leyes de la naturaleza, el futuro es imprevisible intrínsecamente. El principio de incertidumbre de Heisenberg expresa los límites impuestos por la realidad para conocer con precisión la posición y el movimiento de las partículas subatómicas. Tan solo podemos estimar la probabilidad de su presencia en un punto dado del espacio-tiempo. Así, las condiciones iniciales de cualquier sistema están dominadas por innumerables incertidumbres infinitesimales que harán que su comportamiento sea literalmente caótico.
Además, conocer las características de sus componentes no nos permite calcular cómo será la evolución de un sistema complejo, en el que las interacciones entre ingredientes es otro elemento básico. Por ejemplo, a partir de las propiedades de los gases hidrógeno y oxígeno resulta prácticamente imposible deducir el comportamiento del agua. Sin embargo, en sistemas macroscópicos, en los que es posible ignorar su compleja estructura subyacente, y en los que los cambios tienen lugar de manera lenta y progresiva, sí que es posible hacer predicciones fiables. Por ejemplo, es fácil conocer el tiempo que tardará un vehículo en llegar a su destino cuando conocemos la distancia y la velocidad. Incluso es fácil calcular la fecha de los eclipses futuros y el paso de los cometas periódicos. De hecho, el ser humano hace predicciones continuamente, aunque no siempre con el mismo fundamento y acierto. Economistas, meteorólogos, corredores de Bolsa, e incluso farsantes de toda calaña (como astrólogos y otros adivinos) ganan su vida tratando de saber qué es lo que nos deparará el porvenir. Pero hay muchos futuros.
En su obra Mapas del tiempo, David Christian sugiere estructurar los tiempos venideros en tres escalas temporales sucesivamente más amplias. El futuro inmediato se extendería sobre decenas de años, el futuro medio sobre siglos o milenios y, finalmente, el futuro lejano abarcaría millones o miles de millones de años. La primera escala, el futuro inmediato, es particularmente importante, pues el ser humano tendría la posibilidad de influir en los acontecimientos previstos para ese lapso de tiempo. Tratar de imaginar qué sucederá en las próximas décadas - adelantarse, por ejemplo, al cambio climático, al gravísimo deterioro ecológico, a las guerras y otros conflictos potenciales- debería hacernos tomar medidas encaminadas a prolongar, a sostener, según la terminología de moda, nuestro futuro como civilización. Por eso es importante estudiar las tendencias demográficas, controlar el consumo de las materias primas y desarrollar los métodos de obtención de energía más eficaces y perdurables. Para el futuro medio, sobre escalas de varios siglos o milenios, las predicciones se hacen tan sumamente especulativas que quizá no merezca mucho la pena dedicarles esfuerzo. Ciertamente las tendencias tecnológicas -por ejemplo, en ingeniería genética, en inteligencia artificial, o en el desarrollo de nuevas fuentes de energía, como la fusión del hidrógeno- pueden darnos una idea del impacto que tales innovaciones pueden acabar teniendo en el devenir de la humanidad, pero las posibilidades teóricas que se abren son prácticamente infinitas.
Difícilmente puede ayudar en las predicciones el mirar hacia los milenios pasados pues el desarrollo tecnológico es ahora exponencial y resulta muy poco plausible imaginar para el futuro largos períodos de estancamiento como los que acaecieron en el pasado. Gracias a las nuevas y futuras tecnologías, la Tierra podría acabar acogiendo a unos 10.000 o 15.000 millones de seres humanos progresivamente más sanos, más longevos y con excelentes condiciones de vida. Después cabría quizás pensar en la colonización de otros cuerpos del sistema solar (principalmente Marte) pero, como digo, entramos en un terreno de enorme incertidumbre, en el que -además- los acontecimientos catastróficos, como la caída de un asteroide, o inesperados, como el eventual contacto con civilizaciones extraterrestres (si existiesen), empiezan a tener mayores probabilidades.
Para el futuro lejano, las predicciones vuelven a ser mucho más fiables, pues la astrofísica y la cosmología tienen hoy un nivel de conocimiento que nos permite prever, con poco margen de error, lo que sucederá en nuestro entorno en unos miles de millones de años. Sabemos, por ejemplo, que al Sol le quedan unos 5.000 millones de años de vida y que acabará estallando en forma de una gigante roja. Será el fin para la Tierra tal y como la conocemos hoy: los océanos se evaporarán y las condiciones se harán insoportables para toda forma de vida. Quizá sea posible prolongar la vida en el sistema solar emigrando a las lunas de Júpiter o Saturno, pero al final cuando el Sol quede sin energía, tampoco aquello será habitable. Por otra parte, quizá antes de que el Sol estalle, dentro de unos 3.200 millones de años, la colisión de la Vía Láctea con la galaxia Andrómeda, que se dirige por el espacio hacia nosotros a toda velocidad, ya haya ocasionado algún desastre, pues podría suceder que, en la colisión, la Tierra saliese despedida de su órbita para tomar un rumbo errático. El Universo sobrevivirá a la muerte del Sol, pero al cabo de 100 billones de años el hidrógeno, combustible primordial en las estrellas, se habrá consumido, y las estrellas irán convirtiéndose en astros inertes: enanas blancas, estrellas de neutrones y agujeros negros.
A más largo plazo, cabe prever que el universo se convierta en un oscuro gas, muy poco denso, constituido por fotones y partículas subatómicas muy ligeras en el que se encuentren inmersos innumerables agujeros negros. Ese universo futuro, apagado y tenue, continuará su expansión de manera indefinida, diluyéndose cada vez más en el fin de los tiempos. Decía Gomá que el individuo es la forma más excelente de los entes y que "la muerte representa la destrucción objetiva de esa dignidad individual y un empobrecimiento objetivo del mundo, que se convierte en algo injusto". Pero, afirma también el filósofo, ese indigno morir, que a todos y a todo nos aguarda, se ve compensado por una mortalidad indefinidamente prorrogada. Creo que es éste un clavo de esperanza ardiente al que a todos nos conviene asirnos. Y ahora, como decía Sócrates, Ιωμεν: nos vamos. Sean felices, por favor, a pesar de todo. Tamaragua, amigos. HArendt
El poema de cada día. Hoy, Ciudad cero, de Ángel González (1925-2008)
CIUDAD CERO
Una revolución.
Luego una guerra.
En aquellos dos años -que eran
la quinta parte de toda mi vida-,
yo había experimentado sensaciones distintas.
Imaginé más tarde
lo que es la lucha en calidad de hombre.
Pero como tal niño,
la guerra, para mí, era tan sólo:
suspensión de las clases escolares,
Isabelita en bragas en el sótano,
cementerios de coches, pisos
abandonados, hambre indefinible,
sangre descubierta
en la tierra o las losas de la calle,
un terror que duraba
lo que el frágil rumor de los cristales
después de la explosión,
y el casi incomprensible
dolor de los adultos,
sus lágrimas, su miedo,
su ira sofocada,
que, por algún resquicio,
entraban en mi alma
para desvanecerse luego, pronto,
ante uno de los muchos
prodigios cotidianos: el hallazgo
de una bala aún caliente
el incendio
de un edificio próximo,
los restos de un saqueo
-papeles y retratos
en medio de la calle...
Todo pasó,
todo es borroso ahora, todo
menos eso que apenas percibía
en aquel tiempo
y que, años más tarde,
resurgió en mi interior, ya para siempre:
este miedo difuso,
esta ira repentina,
estas imprevisibles
y verdaderas ganas de llorar.
Ángel González (1925-2008)
Poeta español
sábado, 17 de agosto de 2024
De las entradas del blog de hoy sábado, 17 de agosto de 2024
Hola, buenos días de nuevo a todos y feliz sábado, 17 de agosto de 2024. El auto del Supremo que lleva la medida de gracia al Constitucional, afirma sin ambages el exmagistrado del Tribunal Supremo José Antonio Martín Pallín, es incongruente y está lleno de expresiones que atentan contra la división de poderes; pueden leerlo en la primera de las entradas del blog de hoy. La segunda es un archivo del blog de agosto de 2017 en el que la escritora venezolana y fundadora de la editorial Reverso, Ana Nuño, hablaba de la situación política en su país natal, que siete años después sigue a peor. En la tercera de las entradas va hoy el poema En el balcón, del poeta francés Paul Verlaine (1844-1896). Y para terminar, como siempre también, la cuarta con las viñetas de humor de la prensa del día. Espero que todas ellas les resulten de interés. Y ahora, como decía Sócrates, nos vamos. Sean felices, por favor, aun contra todo pronóstico; al menos inténtenlo. Nos vemos mañana si la diosa Fortuna lo permite. Tamaragua, amigos míos. harendt.blogspot.com
Del Supremo, la amnistía y la política
Todas las leyes de amnistía son selectivas y discriminatorias
JOSÉ ANTONIO MARTÍN PALLÍN
15 ago 2024 - El País - harendt.blogspot.com
La ley de amnistía, que entró en vigor el pasado 10 de junio, establece un plazo máximo de dos meses para que los órganos judiciales se pronuncien sobre su aplicación (sin perjuicio de los ulteriores recursos, que no tendrán efectos suspensivos) o planteen cuestiones de inconstitucionalidad ante el Tribunal Constitucional, e incluso sopesen la posibilidad de acudir al Tribunal de Justicia de la Unión Europea suscitando la llamada cuestión prejudicial, es decir si la amnistía es compatible con los Tratados fundacionales de la UE. El plazo se cumplió el pasado sábado.
La amnistía ha sido cuestionada política y jurídicamente desde todos los ámbitos posibles. Se ha dicho que está prohibida por la Constitución, lo que es rotundamente falso. También se alega que ataca el principio de división de poderes porque interfiere en la función de juzgar y hacer ejecutar lo juzgado, que corresponde a los jueces y tribunales. El indulto y una ley de amnistía desmontan esta objeción. Inasequibles al desaliento, algunos esgrimen que ataca el principio de igualdad y no discriminación del artículo 14 de la Constitución. En este último punto centra su argumentación el auto dictado por el Tribunal Supremo el pasado 24 de julio para denegar la aplicación de la amnistía a un recurrente en casación que había sido condenado por desórdenes públicos.
En mi opinión, nos encontramos ante una resolución judicial original, contradictoria, incongruente y salpicada de expresiones que atentan contra el principio de la división de poderes y que no pueden ser vertidas en un texto judicial. Su incongruencia es notoria cuando en sus primeros párrafos admite que “se ha dicho, con razón, que toda ley de amnistía, en la medida en que se trata de una norma excepcional y singular, comporta un tratamiento diferenciado entre ciudadanos”. Sorprendentemente en otra parte de la resolución dice de forma textual: “Consideramos, en fin, que la norma cuestionada repugna al derecho constitucional a la igualdad ante la ley, resultando por entero arbitrarias las razones que se aducen para justificar el tratamiento claramente discriminatorio que la norma impone”. Es difícil encontrar dos párrafos tan radicalmente contradictorios.
El auto admite que no es usual hacer citas doctrinales en las resoluciones judiciales; no obstante, invoca la autoridad académica de 26 catedráticos que cuestionan la constitucionalidad de la amnistía sin analizar críticamente las opiniones favorables. Como era de esperar, tanta cita nos proporciona alguna perla, como la del catedrático Pablo de Lora Deltoro: “En la ley se despliega una exposición de motivos que asume prácticamente por entero el fabuloso —de fábula—, recuento histórico del llamado ‘conflicto catalán’ que propala el nacionalismo y el independentismo en Cataluña”. Lógicamente, el Supremo asume esta tesis.
Nada más lejos de la realidad. Insignes escritores y políticos coinciden en que la cuestión catalana nace de unos conflictos históricos que nunca han sido abordados. Consciente de su existencia, Azaña propugnó la buena vecindad entre Cataluña y España y la posibilidad de una futura independencia. Ortega y Gasset sostenía que el problema catalán era un conflicto que no podía resolverse y que la única solución era que catalanes y el resto de los españoles aprendieran a conllevarse. Antonio Maura reconoce la existencia del conflicto catalán. Manuel Chaves Nogales escribió que el separatismo era la gran sustancia que se utilizaba en los laboratorios políticos de Madrid como reactivo del patriotismo y en Cataluña como aglutinante de las clases conservadoras. José María Gil Robles, Salvador de Madariaga, Joaquín Satrústegui o Iñigo Cavero firmaron en 1962 (Congreso de Múnich) que, cuando en España se instaurase la democracia, se tuviese en cuenta la específica singularidad de Cataluña.
El auto podía habernos ilustrado sobre la existencia, en algún lugar del mundo, de una amnistía que no haya sido discriminatoria y selectiva. Pero no es necesario ir muy lejos. Nuestra ley de amnistía de 1977 es un verdadero monumento a la desigualdad. Como regla general, amnistía solamente los actos de intencionalidad política, cualquiera que hubiese sido su resultado. Amnistía los delitos cometidos por los funcionarios y agentes del orden público contra el ejercicio de los derechos de las personas. En otras palabras, amnistía solo las torturas de los policías de la Brigada Político-Social y no las cometidas por policías y guardias civiles para arrancar confesiones a delincuentes comunes. ¿Cabe mayor desigualdad?
Si se entra en el terreno estrictamente político, el auto recuerda que la soberanía nacional no reside en las Cortes Generales, sino en el pueblo español. Se le olvida decir que, según la Constitución, las Cortes Generales representan al pueblo español y ejercen la potestad legislativa. En una demostración de beligerancia política, olvida el contenido de la sentencia condenatoria de los líderes independentistas y califica lo acontecido como un intento de golpe de Estado felizmente fallido. Sostiene, como el PP y Vox, la existencia de un vínculo inseparable entre la aprobación de la ley de amnistía y la investidura del presidente del Gobierno. Para hacer esta afirmación hay que despojarse de las togas y ocupar los escaños de la bancada de la oposición.
Finalmente, se manejan numerosas sentencias del Tribunal Constitucional que nada tienen que ver con la amnistía y se olvida de la que verdaderamente ha abordado la cuestión de la constitucionalidad de la amnistía. El 12 de enero de 1984, se publicó la Ley 1/1984, de 9 de enero, que añadía un nuevo artículo a la Ley 46/1977, de 15 de octubre, de Amnistía. Su constitucionalidad fue cuestionada por algunas magistraturas de Trabajo y fue resuelta por la sentencia 147/1986 de 25 de noviembre, en los siguientes términos: ”La naturaleza del proceso por el que este Tribunal conoce de las cuestiones de inconstitucionalidad obliga a comenzar nuestro análisis por los problemas estrictamente vinculados a la Ley 1/1984″, es decir, su constitucionalidad.
Recuerda que, como ya ha tenido ocasión de afirmar este tribunal, la amnistía que se pone en práctica y se regula en ambas leyes es una operación jurídica que, fundamentándose en un ideal de justicia (STC 63/1983), pretende eliminar las consecuencias de la aplicación de una determinada normativa —en sentido amplio— que se rechaza hoy por contraria a los principios inspiradores de un nuevo orden político. Esta tesis es aplicable enteramente al caso presente. Pero lo más importante, en mi opinión, es el párrafo en el que descarta la inconstitucionalidad de la amnistía de una manera rotunda argumentando que ”es erróneo razonar sobre el indulto y la amnistía como figuras cuya diferencia es meramente cuantitativa, pues se hallan entre sí en una relación de diferenciación cualitativa”. Como es sabido, el indulto se concede por un real decreto ley firmado por el rey como jefe del Estado, y la amnistía solo puede promulgarse por una ley orgánica aprobada por el Parlamento. La sentencia del Constitucional es terminante: ”La amnistía es siempre una institución excepcional, que en parte desconoce las reglas usuales de evolución del ordenamiento jurídico”. No entiendo las razones por las que el tan mencionado auto elude la cita de esta sentencia.
Por último, yo aconsejaría a mis colegas que no intentasen en vano plantear la cuestión prejudicial al Tribunal de Justicia de la Unión Europea sobre la compatibilidad de la amnistía con los Tratados Fundacionales de la UE. Ya han respondido tácitamente el tribunal y las instituciones europeas. Si no fuera compatible, habría que expulsar a Francia, Portugal e Italia del grupo de países que configuran la Unión. José Antonio Martín Pallin ha sido fiscal y magistrado del Tribunal Supremo.
[ARCHIVO DEL BLOG] Como elefante en una cacharrería. [Publicada el 08/08/2017]
El poema de casa día. Hoy, En el balcón, de Paul Verlaine (1844-1896)
EN EL BALCÓN
En el balcón las amigas miraban ambas como huían las golondrinas
Una pálida sus cabellos negros como el azabache, la otra rubia
Y sonrosada, su vestido ligero, pálido de desgastado amarillo
Vagamente serpenteaban las nubes en el cielo
Y todos los días, ambas con languideces de asfódelos
Mientras que al cielo se le ensamblaba la luna suave y redonda
Saboreaban a grandes bocanadas la emoción profunda
De la tarde y la felicidad triste de los corazones fieles
Tales sus acuciantes brazos, húmedos, sus talles flexibles
Extraña pareja que arranca la piedad de otras parejas
De tal modo en el balcón soñaban las jóvenes mujeres
Tras ellas al fondo de la habitación rica y sombría
Enfática como un trono de melodramas
Y llena de perfumes la cama vencida se abría entre las sombras.
Paul Verlaine (1844-1896). Poeta francés





































