El blog de HArendt (2006-2026). Pensar para comprender, comprender para actuar
sábado, 17 de agosto de 2024
viernes, 16 de agosto de 2024
De las entradas del blog de hoy viernes, 16 de agosto de 2024
Hola, buenos días de nuevo a todos y feliz viernes, 16 de agosto de 2024. No solo es perfectamente razonable que un chaval de 16 años pueda participar en política, dice en la primera de las entradas de hoy el escritor Sergio del Molino, también es necesario para contrarrestar el peso de los tramos altos de la pirámide poblacional. En la segunda de ellas, un archivo del blog de agosto de 2016, el autor del blog reflexiona en voz alta sobre el federalismo, algo de lo que lo suelen hablar todos sin mucho fundamento ni conocimiento de causa. La tercera de hoy la ocupa el famoso poema Adiós del poeta español Claudio Rodríguez. Y para terminar, como siempre también, la cuarta con las viñetas de humor de la prensa del día. Espero que todas ellas les resulten de interés. interesantes. Y ahora, como decía Sócrates, nos vamos. Sean felices, por favor, aun contra todo pronóstico; al menos inténtenlo. Nos vemos mañana si la diosa Fortuna lo permite. Tamaragua, amigos míos. harendt.blogspot.com
Del voto a los 16
Que voten los jóvenes para evitar la gerontocracia
SERGIO DEL MOLINO
14 ago 2024 - El País - harendt.blogspot.com
Todo el mundo habla de los jóvenes, pero pocos los han visto. En este proyecto de geriátrico llamado Europa, la juventud será pronto un exotismo, pura mitología. La gente dirá “he visto a un joven” como antes juraban ver licántropos, cuélebres, hadas y elfos. Correrán historias de tiempos antiguos en que las manadas de jóvenes galopaban libres por las calles de París levantando adoquines, y casi nadie se lo creerá. Aún no hemos llegado a eso, pero los jóvenes empiezan a ser huidizos: criaturas extrañas que bailan en TikTok y lloran cuando Taylor Swift les hace el símbolo del corazón.
No es extraño que muchos viejos se estremezcan ante la idea de que esos seres incomprensibles puedan votar. Sumar ha presentado una proposición no de ley para que se acometa una reforma de la ley orgánica electoral que adelante la edad de ejercicio del sufragio activo a los 16. La cosa, aprobada con apoyo del PSOE, ha pasado medio inadvertida entre tanto episodio de Mortadelo y Puigdemont, pero promete ser uno de los espectáculos políticos del curso que viene. La bancada del PP y de Vox ya se ha puesto a gruñir que no. Se entiende la oposición popular. La de Vox, no, pues tiene muchas simpatías entre los varones jóvenes y saldría beneficiado.
Que los jóvenes son tarugos sin ideas políticas será un argumento que muchos aplaudirán, pero de tarugos sin ideas políticas está Europa llena, y nadie les niega el derecho a votar monstruosidades. Un chaval de 16 años en España ya puede trabajar, puede emanciparse, tiene una autonomía notable para decidir sobre muchas cuestiones y puede exigírsele alguna responsabilidad penal desde los 14. No solo es perfectamente razonable que pueda participar políticamente en los asuntos de una nación que tanto le exige, también es necesario para contrarrestar el peso insoportable de los tramos altos de la pirámide poblacional. Si no ampliamos el censo electoral por abajo, España y Europa se convertirán en gerontocracias, y la democracia representativa no recuperará jamás su prestigio ni su vigor.
En un censo dominado por viejos, serán los problemas de los viejos los que marquen la agenda, como de hecho ya sucede: las pensiones reciben más atención que los salarios. Así, ¿cómo van a sentir los jóvenes que participan en el presente y construyen el futuro? Y en términos globales, ¿cómo va a afrontar los debates existenciales un sistema político conservador, asustadizo y despreocupado de un mañana que no va a vivir? Antes de que los jóvenes se conviertan en criaturas mitológicas, urge incorporarlos a la república. Cuanto antes. Mañana ya es tarde. Sergio del Molino es escritor.
El poema de cada día. Hoy, Adiós, de Claudio Rodríguez (1934-1999)
ADIÓS
jueves, 15 de agosto de 2024
De las entradas del blog de hoy jueves, 15 de agosto de 2024
Hola, buenos días de nuevo a todos y feliz jueves, 15 de agosto de 2024. ¿Vivimos en el presente dando por reales las sombras?, se pregunta en la primera de las entradas del blog de hoy la escritora Raquel C. Pico. Si los esclavos en la caverna de Platón debían descubrir que las sombras no eran la verdad, comenta en ella, en el mundo actual habría que discernir qué hace parte del juego de espejos que crea una sociedad hiperconectada. La segunda de las entradas de hoy es antecedente directo del archivo del blog de ayer sobre la reforma de la Constitución. Publicada el 9 de septiembre de 2015 expresa las opiniones del autor del blog al respecto. La tercera de hoy es un bello poema, como casi todos los suyos, del poeta francés Charles Baudelaire (1821-1867) y lleva el sugerente título de A la una de la mañana. Y para terminar, como siempre también, la cuarta con las viñetas de humor de la prensa del día. Espero que todas ellas les resulten interesantes. Y ahora, como decía Sócrates, nos vamos. Sean felices, por favor, aun contra todo pronóstico; al menos inténtenlo. Nos vemos mañana si la diosa Fortuna lo permite. Tamaragua, amigos míos. harendt.blogspot.com
Del mito de la Caverna en el siglo XXI
Platón y el mito de la caverna (en el siglo XXI)
RAQUEL C. PICO
13 ago 2024 - Revista Ethic - harendt.blogspot.com
Desde que creó en el siglo V a. C. la Academia de Atenas, la voz de Platón ha sido uno de los pilares de la filosofía universal. El filósofo griego bebió de las bases de sus predecesores, sentó las nuevas para quienes lo siguieron y, especialmente, buscó llevar a la práctica su pensamiento filosófico. Al fin y al cabo, Platón tenía claro que la filosofía era fundamental para el buen gobierno.
Y es ahí donde se enmarca su emblemática caverna, ese mito que aparece en La República y que sirve a Platón para hablar de forma alegórica de dos mundos que capturan la profundidad del conocimiento. Por un lado, está el mundo de las ideas, ese que solo se conoce gracias a la razón, y, por otro, el mundo de lo sensible, que se captura por los sentidos y que, precisamente por eso, no es del todo fiable.
Dos voces —la de Sócrates, su maestro, y la de Glaucón, el aprendiz de gobernante— desgranan la historia. «Imagina una cueva subterránea que tiene a lo largo una abertura que deja paso libre a la luz», dice Sócrates. Ahí viven «encadenados desde la infancia» unos hombres. Son, de modo literal y de modo figurado, esclavos. Solo pueden ver lo que tienen delante, las sombras de las cosas que pasan por delante de la luz (y que otras personas hacen y escogen desde fuera de la cueva). Esa es su realidad.
Pero ¿qué ocurre cuando esa realidad choca con la real, es decir, con la del mundo de las ideas? Si uno de los esclavos fuera «arrancado» de la caverna y lanzado al mundo que está más allá de las sombras, accedería al fin a los conocimientos: vería por primera vez el sol; descubriría que lo que estaba viendo eran solo simulaciones; que la verdad es otra. Una verdad que a lo mejor querría compartir con sus compañeros de cueva, pero hacerlo no será tan sencillo.
Acostumbrado a ver la luz real, cuando vuelva a la caverna le costará volver a ver en el mundo de las sombras. Sus compañeros, al ver su difícil reincorporación, desconfiarán aún más del mundo exterior, les parecerá peligroso. En lugar de aceptar que el retornado ha descubierto que la vida en la caverna es un eco deformado del mundo real, percibirán que salir de la oscuridad solo causa problemas e intentarán evitarlo. «Si a alguien se le ocurriese liberarlos para sacarlos de allí y llevarlos a la región superior, ¿no intentarían capturarlo para darle muerte?», pregunta Sócrates a Glaucón. «Seguro que sí», responde. «Esa es, querido Glaucón, la imagen de la condición humana».
La historia de la caverna aborda los diferentes niveles del conocimiento, el enfrentamiento entre el mundo sensible y el mundo de la razón. El sol se convierte en un símbolo de «la idea del bien», de aquello que lo ilumina todo y permite captar la verdad, que se produzca la aletheia, ese momento en el que se desvela la esencia. Platón no solo cuenta cómo se produce el descubrimiento del conocimiento, sino también el complejo camino hacia la ética. Y quizá sean todas estas capas —y lo que nos lleva a pensar sobre las zonas grises de lo que sabemos y lo que no— lo que hace que el mito de la caverna siga todavía resonando.
Sin embargo, hablar de mito no es exactamente correcto, de acuerdo con Aida Míguez, profesora de Filosofía de la Universidad de Zaragoza, pues Platón usa imágenes, símiles y alegorías en sus obras, no mitos: «Esa imagen de la caverna forma parte del proyecto de denuncia: Platón denuncia la mercantilización del saber en general». La caverna es un «artefacto»; un relato que ayuda a comprender el punto que elabora el filósofo, según explica Bernat Torres, profesor de la Facultad de Humanidades de la Universitat Internacional de Catalunya. La caverna está en un contexto concreto. La República habla al futuro gobernante, se centra en cómo educarlo y cómo debe aprender a serlo. Y «no podemos aprender la tradición occidental sin Grecia», apunta Míguez.
¿Podemos usar la alegoría de la caverna para entender el presente? Hoy en día, el mundo parece, cada vez más, un juego de espejos, en el que lo que es y lo que se ve no son exactamente lo mismo. Si tuviésemos que resumir la actualidad en palabras clave, se usarían términos como policrisis, incertidumbre, desconfianza, fake news o posverdad. Así, la alegoría parecería un atajo potencial para entender los matices de un contexto cada vez más complejo.
No obstante, Míguez es reacia ante la idea de rescatar del pasado para comprender el presente, de escudriñar claves que solventen los problemas y las preguntas del ahora en un escrito de la Grecia antigua. Para la profesora, los diálogos de Platón «son obras de arte» y, según su postura, no usamos otras obras de arte como palanca para entender el hoy. Por eso, afirma que deberíamos «tener conciencia del abismo histórico que separa a los griegos de nosotros» y no atribuir elementos al pensador, puesto que, por ejemplo, lo que leemos no es su voz sino la de sus personajes: «No se puede reducir a Platón a tres tesis». Así, sostiene que: «Lo que la gente conoce hoy es un cliché cultural».
Por el contrario, Torres señala que «leer a Platón siempre ayuda»: sus palabras son una palanca para tener una visión más crítica, para pensar y cuestionar. Esto pues, al fin y al cabo, la esencia de la caverna es invitar a reflexionar sobre la realidad, intentar ir al origen de lo que se sabe y de lo que no. Y sí, Torres también recuerda que el tiempo ha pasado y que hay cosas inconmensurables, que entre lo que era normal entonces y lo que lo es ahora puede haber abismos, pero la esencia sigue siendo la misma: «Platón nos hace reflexionar sobre muchas cosas, casi todas las importantes de la vida». Puntualmente, en la alegoría de la caverna, nos está diciendo que hay que ser suspicaces; invita a sustraerse de la vida política para mirarla desde fuera y volver a entrar en ella con la conciencia de sus complejidades.
En un mundo que se siente cada vez más polarizado y en el que los matices inevitables de la realidad cada vez son más pasados por alto, esta interpretación es especialmente atractiva. Lo que La República captura es que no puede existir una pasión por el poder y el dinero a la hora de acercarse a la política, sino que debe hacerse desde la honestidad. Platón, recuerda Torres, conocía muy bien la corrupción, que está muy lejos de ser un invento moderno, y apunta que La República puede ser un diálogo sobre lo que debería saber un gobernante de hace dos milenios, pero «ahí está retratando la vida política de cualquier sociedad». Raquel C. Pico es escritora.
[ARCHIVO DEL BLOG] Sobre la reforma de la Constitución. Cuestiones previas. [Publicada el 09/09/2015]
El poema de cada día. Hoy, A la una de la mañana, de Charles Baudelaire
¡Por fin solo! No se ve más que el volante de unos coches gastados y cansados. Durante una hora, si no hay descanso, todavía hay silencios. ¡Al final de la pérdida de la dignidad humana, sólo hay una manera de que pueda sufrir!
¡Para el final! Me permites descansar en un baño de tinieblas. La primera, doble vista del círculo. Esta segunda nota, creo, ha de amentar mi soledad, fortalecerá los muros que me separan del mundo.
¡Vida horrible! ¡Ciudad horrible!
Recapitula el día: ver a varios hombres de letras, uno de los cues me preguntó si se puede ir a Rusia por tierra —sin duda tomaba a Rusia por isla—; disputo generosamente con el director de una revista, que ante cada objeción repitió: ésta es la fiesta de los honrados; Por tanto, sugiero que ya están escritos por sobornos.
Saludar a unas veinte personas, quince de ellas desconocidas; Salir con apretones de manos, en igual proporción, sin tener que tener cuidado de comprar unos guantes.
Sufrir, ver el tiempo durante la lluvia, en casa de una corsetera, lo que me hizo preguntarme si sería un traje. Hablando con el director de un teatro, para que, a petición suya, me dijera: “Prueba el acero dirigido a Z; es, de todos mis autres, el más pesado, el más tonto, el más celebre; con el podría usted conseguir algo.
Alabarme, ¿por qué?, de diversas acciones que nunca llegan y dejan de cobardemente otras fechorías que sitúan al estudiante en Cabo, delito de fanfarronería, delito de respeto humano; Negar a amigo cierto favor easy y dar una recomendación por escrito a un cabal tunante cabal.
Descontento de todos, descontento de mí, quisiera rescatarme y recobrar a poco de orgullo en el silencio y en la soledad de la noche.
Almas de los que amé, almas de los que canté, fortalecedme, sostenedme, alejad de mí lamenta y los vahos corruptos del mundo.
Tú, Señor mío, concédeme la gracia de producir algunos versos de gente buena, que mi mismo pruebe que no somos los últimos de los hombres, que no somos inferiores a los que desprecian.
Charles Baudelaire (1821-1867). Poeta francés
miércoles, 14 de agosto de 2024
De las entradas del blog de hoy miércoles, 14 de agosto
Hola, buenos días de nuevo a todos y feliz miércoles. Cansada de golpearse contra la misma pared de huesos descarnados, dice en la primera de las entradas de hoy la escritora Marta Perezagua, ha tomado una resolución: se va de Nueva York y vuelva a su tierra andaluza para que su hija corra libre por las calles. La segunda es un archivo del blog de septiembre de 2015 en la que tres pensadores, Joseba Arregi, José María Ruiz Soroa y Gabriel Tortella, conversaban sobre la necesidad de reformar la Constitución de 1978, pero una década después esa reforma ni está ni se la espera. La tercera viene hoy con un bello poema del poeta alemán Friedrich Hölderlin titulado A las parcas. Y para terminar, como siempre también, la cuarta, con las viñetas de humor de la prensa del día. Espero que todas ellas les resulten interesantes. Y ahora, como decía Sócrates, nos vamos. Sean felices, por favor, aun contra todo pronóstico; al menos inténtenlo. Nos vemos mañana si la diosa Fortuna lo permite. Tamaragua, amigos míos. harendt.blogspot.com
La vida es así
He vivido más de la mitad de mi vida en Nueva York, me emociona hasta la médula cuando veo sus luces desde el avión, y esa oscuridad guarecida en la misma luz. El grito animal, la querencia apasionada de futuro a golpes de empeño, caídas hacia arriba: la esperanza. Tengo la sensación de que cuando el avión desciende, es la propia ciudad la que tira de la máquina.
Llegué con veinte años, trabajé como mula, pasé por una depresión y por la de otros amigos en condiciones similares. Descubrí que el sexo es diferente según la diversidad de culturas. Asimilé el feminismo activo, sin caretas. Terminé mi doctorado. Todos los libros que he escrito los he escrito en Nueva York. Formé mi familia elegida. Me enfermé gravemente varias veces. Descubrí la compasión en una megápolis. También aprendí de violencia. Una noche, un taxista no quiso que una amiga salvadoreña se montara en su coche. La humilló. Me acerqué a la ventanilla, le cogí la cabeza y como endemoniada tiré hacia fuera como si quisiera desraizar una calabaza. No me enorgullece. Sólo lo cuento porque en esta ciudad se te acumula dentro la metralla cotidiana y un día explota. Pero también sucedían actos de profunda solidaridad. Una mañana un indigente se montó en el autobús. Pagó su billete, pero su olor era tan fétido que el conductor le pidió que se bajara. Presencié atónita cómo todos los pasajeros, uno por uno, también se apearon, en silencio.
Esto sucedió hace años. La ciudad era cruel y bondadosa al mismo tiempo. Ese contraste la hacía única porque debías enfrentarte al acto más humano: cuestionarte cada día. Ya no es así. Las ideas son como los rascacielos, fachadas de un arquitecto que parece haber abandonado a sus hijos de cristal y hierro. El racismo está en un punto álgido. Condenan a pena de muerte a personas con enfermedades mentales tan graves que ni siquiera entienden que van a ser ejecutados. El encarcelamiento sin juicio de menores o inocentes. Personas que mueren porque no pueden pagar la insulina. En las escuelas los niños tienen que pasar por simulacros de tiroteos, pero no les advierten de que son simulacros, con lo cual el trauma de ver a su profesor con un tiro falso en la cabeza equivale al trauma de una situación real. Todo esto ya pasaba, pero empeora a un ritmo frenético. Se ha incrementado el número de indigentes muriendo en las calles. Hace tiempo que no veo un gesto de solidaridad. Incluso los intelectuales de izquierdas son, en su mayoría —con notables excepciones— masas de desidia, murientes acaudalados.
Cansada de golpearme contra la misma pared de huesos descarnados, he tomado una resolución: vuelvo a mi tierra andaluza. Dejo un trabajo que solía adorar cuando me sentía útil, doy un salto al vacío, sin apenas ahorros, trabajo, ni apoyo familiar. Nací en Sevilla, pero he elegido Istán, en la provincia de Málaga, en el centro de una reserva de la biosfera, paraíso de la escalada, fresco. Por todo el pueblo hay fuentes de agua, el oro de Andalucía y la mayor parte del planeta. A 25 kilómetros el mar marca el horizonte de África. Las calles están limpias y los enrejados de los balcones se entretejen con todo tipo de plantas. En otoño las setas crecen como flores de primavera. Me siento española y norteamericana, pero mi hija jugará en una plaza llena de niños y niñas, donde mi vecina Nati se la lleva a comer con su nieta cuando me ve muy apurada. Irá a un colegio de pueblo.
Algunos se indignan. Cómo voy a cambiar el nivel cultural newyorkino —maravilloso, cierto—, por el de un pueblo. Muy simple: si tengo que elegir entre que mi hija conozca uno de los mayores planetariums del mundo, asista a los mejores conciertos, siga con sus clases de trapecio, o que corra libre por las calles sin riesgo de secuestros, tiroteos, y vaya a una escuela sin adoctrinamiento y censura de libros escolares, no tengo duda. Sin olvidar que en este pueblo no se conoce el método educador de pequeños monstruos llamado “gentle parenting”. Para quien no lo sepa, consiste en que a los niños no se les puede decir la palabra “no”, y hay que pedirles su opinión antes de que sepan hablar. Hace unos meses, mi hija de dos años le dio un abrazo a una amiga. En ese momento, la madre se levantó del sofá como si fuera a apagar fuego, corrió hacia su hija, la agarró de los hombros y le preguntó: “¿Cómo te ha hecho sentir el abrazo?”. En Istán he reaprendido a decir “no” sin sentirme juzgada. Es liberador. Despedirme de mi trabajo, de la que también es mi tierra, de mis grandes amigos. El miedo y la tristeza de esto sólo lo puede entender quien lo ha vivido. Pero también me lanzo a la excitación del cambio, a la cercanía de mi cuna. La vida es sencilla. Huele a jazmín por las noches. El rumor del agua que corre arrulla como el ulular de las lechuzas. He elegido un lugar donde las estrellas son visibles y siguen perteneciendo al cielo, y lo más importante: las personas de Istán han sabido mantener los pies en la tierra. Gracias a Manhattan por lo que fue, y a Istán por lo que será. Marina Perezagua es escritora.
















































