martes, 6 de agosto de 2024

De los extraterrestres y la política

 






No son extraterrestres

JAVIER CERCAS

04 AGO 2024 - El País Semanal - harendt.blogspot.com 


¿Deben los deportistas opinar sobre política? ¿Es conveniente que lo hagan? El debate se abrió este verano a raíz de unas declaraciones de Kylian Mbappé en las que, tras la victoria de la ultraderecha en la primera vuelta de las elecciones legislativas francesas, el futbolista francés llamó a no votar a los extremos en la segunda vuelta; dos exdeportistas españoles, Juanma Iturriaga y María José Rienda, discutieron en estas mismas páginas sobre ese asunto especialmente controvertido en España, donde los deportistas jamás opinan sobre política. ¿Deben hacerlo? ¿Conviene que lo hagan?

Partamos de lo obvio: en una democracia, nadie está obligado a opinar sobre política; un país donde todo el mundo debe pronunciarse sobre política no es una democracia: es una autocracia. Dicho esto, ¿sería saludable que los deportistas opinaran con normalidad sobre política? Se dice a menudo que no porque los deportistas son jóvenes, no están bien informados y suelen equivocarse. Cierto, pero ¿no nos equivocamos los escritores que opinamos sobre política? ¿No se equivocan los periodistas y los politólogos? Por Dios santo, ¿no se equivocan los políticos? Se dice también que los errores de los deportistas son especialmente perjudiciales, porque su popularidad los dota de una influencia enorme; cierto también, pero ¿no tiene influencia un politólogo? ¿No la tiene un político? ¿No son perjudiciales los errores que cometen políticos y politólogos? Y a la inversa: ¿no pueden ser beneficiosos los aciertos de los deportistas? ¿Qué porcentaje de la derrota inesperada de la extrema derecha en la segunda vuelta de las elecciones francesas debemos a la toma de partido de Mbappé? María José Rienda lleva razón cuando afirma que, como deportista, “vas a tener más gente que te siga, te anime y te ayude si no te pronuncias políticamente” y que una causa fundamental de la mudez política de los deportistas es el miedo (“miedo de que, si se sitúan de un lado en un determinado debate, se pongan en contra a la otra parte”, miedo “a perder subvenciones, apoyos de cualquier tipo”); ahora bien, ese mismo miedo es el que tiene o podría tener cualquier profesional que decide opinar sobre política, pese a ganar muchísimo menos dinero que cualquier futbolista de élite… En fin: yo creo que este debate está viciado de raíz, y que el mero hecho de que se plantee revela que, en general, vivimos inmersos en una idea empobrecedora y falaz de la política. Ésta no es un saber especializado, como la física o las matemáticas, ni siquiera como la economía; si lo fuera, no tendría ningún sentido que votásemos todos los ciudadanos: sólo deberían hacerlo los políticos, o los políticos y los politólogos. Ese es el ideal de tantos políticos que sueñan con una ciudadanía integrada por súbditos, palmeros bien retribuidos o, en el peor de los casos, sujetos obedientes y silenciosos (“Haga como yo y no se meta en política”, decía Franco); también, el sueño de los politólogos con ínfulas de científicos (“La ciencia política es a la ciencia lo que la música militar a la música”, decía Javier Pradera). Contra ese sueño, que es nuestra pesadilla, se inventó la democracia. Los deportistas de élite no viven al margen de ella. No son extraterrestres: son ciudadanos comunes y corrientes, con sus deberes y sus derechos, tan responsables como usted y como yo de cuanto ocurre a su alrededor; o quizá un poco más, precisamente porque son unos privilegiados y sus opiniones políticas pueden tener una influencia que no tienen ni la de usted ni la mía. Mbappé pudo no tomar partido, no meterse en problemas, escurrir el bulto o hacerse el sueco, y no lo hubiesen señalado con el dedo; pero si lo normal no fuera que los deportistas se callaran, sino que hablaran, no habría dedos suficientes para señalarlos a todos. Se dirá que eso no garantiza que vivamos en sociedades mejores; falso: eso garantiza que vivimos en sociedades más democráticas, que es la única garantía de vivir en sociedades mejores.

En suma, la política es demasiado importante para dejarla en manos de los políticos. La política es cosa de todos, incluidos los deportistas. Javier Cercas es escritor y académico de la RAE









[ARCHIVO DEL BLOG] Brutalidad y declive. [Publicada el 08/08/2018]











La brutalidad del lenguaje de las instancias de poder, abusando de las expresiones políticamente correctas durante décadas, está provocando el declive de la Unión Europea, decía en El País hace justamente un mes, el que fuera su director y fundador, el periodista, escritor y académico de la Lengua, Juan Luis Cebrián.
Quizá hasta el momento haya sido Martin Schulz, señala Cebrián, el político europeo que con mayor precisión ha puesto el dedo en la llaga sobre el deterioro de las instituciones democráticas en general y las de la Unión en particular. Lo ha definido con una expresión digna de elogio: el lenguaje político brutal, cuando penetra en el debate parlamentario y los centros de gobierno, es una amenaza para la supervivencia de la democracia. Aunque en su reflexión podemos echar a faltar los motivos de esa deriva populista que él denuncia y que afecta a izquierda y derecha. La brutalidad del lenguaje político es reacción casi inevitable frente a las expresiones políticamente correctas de las que han venido abusando durante décadas las instancias de poder.
La mayor parte de los análisis de comentaristas independientes han puesto de relieve el fracaso, apenas mitigado, de la reciente cumbre de Bruselas, en la que se aplazó cualquier medida que pudiera significar un avance en la unión monetaria y fiscal o en los mecanismos de salvaguarda de estabilidad financiera. Pero difícilmente escucharemos un reconocimiento sin matices de esta derrota por parte de los responsables políticos. También se tomaron decisiones sobre la inmigración, como la instalación de plataformas de acogida en países terceros (nuevo eufemismo para describir los campos de refugiados) que hará enrojecer de ira y de vergüenza a cuantos siguen creyendo en que el proyecto de la Unión Europea descansa en la defensa de valores democráticos irrenunciables. De hecho, los compromisos adoptados en este terreno no están dirigidos tanto a resolver el problema como a intervenir en la política interna alemana, en defensa de la continuidad de Merkel en la cancillería, aun a costa de renunciar a sus convicciones de antaño respecto a una política de puertas abiertas para los refugiados.
En una entrevista concedida a varios diarios, entre ellos EL PAÍS, Shulz demandaba una respuesta progresista frente a la ofensiva destructora del populismo. La debilidad de las instituciones europeas no procede sin embargo solamente de las amenazas y demandas demagógicas de los populistas, sino también de la incapacidad de las autoridades de la Unión y de las de los países miembros a la hora de reformar sus propias estructuras, víctimas de la burocracia y el anquilosamiento, y en las que el déficit democrático denunciado tradicionalmente por Reino Unido sigue siendo una realidad.
Todos hemos visto bromear en el pasado al presidente Junker con el primer ministro húngaro llamándole “mi dictador favorito” y es exasperante la lentitud en la toma de decisiones frente a un Gobierno como el polaco, que ha terminado por vulnerar un principio tan teóricamente intocable en las democracias como la separación de poderes. También seguiremos mirando hacia otro lado ante los acontecimientos en Turquía en justa retribución, y previo pago, a la contención de los flujos migratorios hacia nuestras costas. Por lo demás, la deriva autoritaria de los Gobiernos del centro y el este del continente, los vetos de los países nórdicos y Holanda a los avances necesarios en la construcción de la unión monetaria, y las consecuencias del Brexit amenazan con producir la evanescencia del proyecto europeo. A este paso, acabará siendo poco más que una zona de libre comercio tal y como siempre soñaron los británicos.
El recurso al establecimiento de pactos bilaterales o trilaterales para encarar la cuestión migratoria, habida cuenta de la incapacidad de establecer una política común, la ausencia de una estrategia y una acción coordinada en política exterior y de seguridad, hasta el punto de que Francia ya sugiere la creación de un operativo de defensa multilateral al margen de la propia Unión, son otros tantos síntomas que ponen de relieve la debilidad actual de las instituciones, sometidas al cortoplacismo de los intereses de los partidos que integran sus respectivos Gobiernos nacionales.
En recientes visitas a diversas capitales, he escuchado elogios a nuestro país por parte de numerosos líderes extranjeros, habida cuenta de la inexistencia entre nosotros de partidos xenófobos o antieuropeístas. Siendo esto último cierto, lo primero no lo es tanto. El nacionalismo supremacista, como el que abiertamente representa el actual presidente de la Generalitat, es una forma de xenofobia tan denigrante e incivil como cualquier otra. Y la vulneración de la legalidad democrática en algunas resoluciones del Parlamento de Cataluña resulta tan recusable como la que ha llevado a cabo la Cámara polaca con sus leyes sobre la administración de Justicia.
Aunque la restauración del proyecto democrático no es competencia ni deber exclusivo de la izquierda, es verdad que tiene una especial responsabilidad ante la involución conservadora, y una oportunidad también de recuperar el espacio perdido en defensa del modelo europeo de la sociedad del bienestar. Esta es fruto de un pacto ya casi secular entre los democratacristianos y los socialistas, génesis de un bipartidismo del que ahora son víctimas esas mismas formaciones, pues su esclerosis sistémica y su endogamia les han alejado de las preocupaciones de los ciudadanos. Los partidos conservadores aparentan una mayor capacidad de resistencia envueltos en las banderas nacionales y parapetados en el éxito del crecimiento económico.
La contrarrevolución progresista que demanda Shulz exige a la izquierda un renovado compromiso con las instituciones democráticas y un rechazo activo de cualquier nacionalismo excluyente. No solo en la expresión de su solidaridad y respeto para con los desheredados que arriban a nuestras playas. También en la defensa de la igualdad de todos los ciudadanos sin discriminaciones de ninguna especie, incluidas las lingüísticas.
El proyecto europeo se ve amenazado más que por el ascenso de los populismos y nacionalismos excluyentes, por el abandono de los valores clásicos que impulsaron su fundación. La política migratoria será piedra de toque de sus comportamientos. Esperemos que a la brutalidad del lenguaje que ahora nos invade no prosiga la de las acciones en defensa de los intereses del poder. Y ahora, como decía Sócrates, Ιωμεν: nos vamos. Sean felices, por favor, a pesar de todo. Tamaragua, amigos. HArendt













El poema de cada día. Hoy, En el nombre de hoy, de Jaime Gil de Biedma (1929-1990)

 







EN EL NOMBRE DE HOY

Para ti, que no te nombro,

amor mío -y ahora en serio-, 

para ti, sol de los días

y noches, maravilloso

gran premio de mi vida, 

de toda la vida, ¿qué puedo

decir, ni qué quieres que escriba

a la puerta de estos versos?

Finalmente a los amigos

compañeros de viaje

y sobre todos ellos 

a vosotros, Carlos, Ángel, 

Alfonso y Pepe, Gabriel

y Gabriel, Pepe (Caballero)

y a mi sobrino Miguel,

Joseagustín y Blas de Otero, 

a vosotros pecadores

como yo, que me avergüenzo

de los palos que no me han dado

señoritos de nacimiento

por mala conciencia escritores

de poesía social, 

dedico también un recuerdo,

y a la afición en general.


Jaime Gil de Biedma (1929-1990)

Poeta español













Las viñetas de hoy

 





















lunes, 5 de agosto de 2024

Presentación de las entradas de hoy lunes, 5 de agosto

 






Hola, buenos días de nuevo a todos y feliz lunes. Más allá de las diferencias obvias, dice en la primera de las entradas de hoy el politólogo Víctor Lapuente, existe una similitud fundamental entre el expresidente Trump y el joven futbolista Lamine Yamal, que puede ayudarnos a comprender la naturaleza de la política contemporánea, pues son espectáculos competitivos que satisfacen la necesidad humana básica de identificarnos con algo que nos trasciende. La segunda es un archivo del blog de mayo de 2008 en la que el politólogo José Luis Barreiro hablaba sobre las disfuncionalidades de la justicia y los jueces en España. La tercera es un poema de Federico García Lorca titulado Baladilla de los tres ríos. Y la cuarta, como siempre, son las viñetas de humor de la prensa del día. Espero que todas ellas les resulten interesantes. Y ahora, como decía Sócrates, nos vamos. Sean felices, por favor, aun contra todo pronóstico; al menos inténtenlo. Nos vemos mañana si la diosa Fortuna lo permite. Tamaragua, amigos míos. harendt.blogspot.com












Yamal, Trump y la política

 






El secreto parecido entre Trump y Yamal
VÍCTOR LAPUENTE
31 JUL 2024 - Revista Ethic - harendt.blogspot.com

Más allá de las diferencias obvias, existe una similitud fundamental entre el expresidente Trump y el joven futbolista Lamine Yamal, que puede ayudarnos a comprender mejor tanto la naturaleza de la política contemporánea como la clave del éxito en ella, pues tanto el fútbol como la política son espectáculos competitivos que en nuestro tiempo secularizado satisfacen la necesidad humana básica de identificarnos con algo que nos trasciende.
A primera vista, el joven y feliz delantero de la selección española de fútbol Lamine Yamal no tiene nada en común con el viejo y gruñón ariete de la política estadounidense Donald Trump. El primero tiene los orígenes más humildes (cada vez que marca un gol, Lamine muestra el número «304», el código postal de su barrio, Rocafonda, uno de los más pobres del país); el segundo, los más opulentos. Trump, como dicen los anglosajones, nació con una cuchara de plata en la boca. Yamal encarna el triunfo de la diversidad y la solidaridad de un equipo donde los egos individuales estaban subordinados a los colectivos; Trump representa la victoria de los valores reaccionarios y el egoísmo de un proyecto político en el que todo un partido estaba subordinado a un individuo. Aparentemente, lo único que comparten Trump y Yamal es el hecho de que sus fotos levantando el puño son imágenes icónicas de este verano en todo el mundo. ¿O hay algo más?
¿Cuáles son los eventos que reúnen a la audiencia televisiva más masiva y hacen que la gente se reúna en casa de amigos y familiares para seguir con pizzas y cervezas (o sushi y vino si son progres) a ambos lados del Atlántico? Son, casi todos, finales de torneos, ya sea en el deporte (por ejemplo, la Superbowl, las finales de la Liga de Campeones, la Eurocopa y la Copa América, y ahora, los Juegos Olímpicos), en la música (por ejemplo, el concurso de Eurovisión) o en la política (como las noches electorales).
Mientras hace años las fiestas para animar a tu candidato político favorito se limitaban en su mayoría a las contiendas presidenciales de Estados Unidos, ahora son un fenómeno global. Los europeos están consumiendo un número cada vez mayor de programas de televisión, radio y medios digitales dedicados al espectáculo electoral. Incluso las normalmente aburridas elecciones al Parlamento Europeo fueron seguidas animadamente por los ciudadanos de la UE. Las recientes elecciones parlamentarias francesas no solo se celebraron en las calles de París más que si hubieran ganado el Mundial, sino que fueron narradas con interés deportivo por todos los principales medios de comunicación europeos. En suma, nada levanta más el ánimo colectivo de los ciudadanos y acelera los latidos de sus corazones que el deporte y las noches electorales.
Esto nos da una pista importante sobre quién tiene más probabilidades de ganar las elecciones en nuestros días y por qué. Las explicaciones académicas sobre el auge del populismo se dividen en dos campos principales: los que hacen hincapié en las razones económicas (por ejemplo, el aumento de la desigualdad, el menor poder adquisitivo, la pérdida de puestos de trabajo en el sector manufacturero en favor de China) y los que subrayan los factores culturales (por ejemplo, la reacción violenta contra la creciente diversidad). Pero ambos se concentran exclusivamente en el lado de la demanda, es decir, en las peticiones de los votantes que no son atendidas por las élites políticas convencionales. Y, con variaciones, la cura que surge de estos diagnósticos es la misma: los políticos necesitan escuchar más a la clase trabajadora/media, al «Average Joe», a la señora María media. Los populistas nacionales, como Wilders, Le Pen, Milei o Trump, supuestamente escuchan mejor las quejas de los hombres (en su mayoría) y las mujeres (en menor medida). Pero la clave de su éxito no reside tanto en su capacidad de escuchar como en su capacidad de hablar. Los nacionalpopulistas sobresalen electoralmente por la singularidad de sus discursos, no por la comunalidad de sus propuestas. En otras palabras, mientras que los observadores se han centrado en gran medida en los factores del «lado de la demanda» del populismo, han descuidado el «lado de la oferta»: la capacidad que tienen los políticos radicales para atraer votantes.
Los políticos populistas han aprendido una lección básica de los espectáculos deportivos, desde las clásicas carreras de cuadrigas, como la recreada en la pantalla entre el aspirante Ben-hur y el campeón Messala, hasta el gol de Yamal contra el todopoderoso equipo francés en las semifinales de la Eurocopa: la gente ama al underdog, al desvalido que se lo merece. Es decir, la persona que parte en una posición inferior, sea cual sea esta (como Milei contra la maquinaria peronista, Trump contra Washington, o Farage, Le Pen u Orban contra Bruselas), y gracias a su esfuerzo, bate al poder establecido.
Los votantes no eligen a los populistas porque estos sean «gente común» que los «representa», sino todo lo contrario. Al igual que en los deportes o en los concursos de música (basta con recordar la lista de los últimos ganadores de Eurovisión; son todo menos comunes), los espectadores quieren una mejor versión de sí mismos, un campeón. El elegido es una persona que tiene coraje y una historia de superación con la que te puedes identificar. Y, al igual que en la antigua Grecia y Roma precristianas, los campeones (en los deportes, las guerras o la política) son los dioses de nuestro tiempo. No votas por ellos porque te adoren, sino porque tú los adoras. Víctor Lapuente es politólogo.











[ARCHIVO DEL BLOG] A contracorriente. [Publicada el 12/05/2008]










Se que puedo dar la impresión de que la tengo tomada con la Justicia (o lo que queda de ella en este país nuestro), pero no es así. No tengo ninguna queja personal al respecto. Simplemente, me dan miedo muchas de las resoluciones -o la falta de ellas- que se adoptan en los juzgados y tribunales españoles y la indiferencia o jaleo (de jalear) con que se acogen, según de quién vengan o a quién se refieran...
No acabo de entender muy bien si van por ahí "los tiros" del artículo que hoy publica en La Voz de Galicia José Luis Barreiro titulado Si la sal se torna insípida, pero en fin... Les dejo con  él.
Más allá del problema terrorista, comienza diciendo Barreiro, la presencia obsesiva de ETA en los discursos políticos ha servido de coartada para cuatro cosas muy graves: para que nadie advirtiese el crecimiento de la violencia organizada; para que los jueces perdiesen el sentido garantista de su profesión y de las normas procesales; para que las fuerzas de orden público sean casi inmunes a la crítica social y a sus controles internos; y para que los ministros del Interior obtengan un sobresaliente sin necesidad de demostrar su eficiencia. Y así se asentó entre nosotros la idea de que un discurso de Otegi es más grave que la corrupción de un juez o de un policía; o de que la presentación de una moción de censura en Mondragón beneficia más a España que la lucha contra las bandas armadas que operan en Málaga o Madrid.
Hace unos meses comenté con excepcional desagrado la leve sentencia que cayó sobre un grupo de guardias civiles que apalearon hasta la muerte a un gitano que había entrado en el cuartel para solicitar protección. No hace más de dos semanas llamaba la atención sobre el desprecio de la ley que demostraban los policías municipales que, sin más objetivo que el de reivindicar mejoras laborales, colapsan sus propios servicios con bajas médicas fraudulentas. En la misma línea me he pronunciado contra las leves sanciones impuestas a ciertos jueces que abusan criminalmente de su autoridad a favor o en contra de los presos, que mantienen connivencia con mafias criminales o especulativas, o que imponen sus prejuicios morales al margen de la ley. Y ahora llega el caso de la policía municipal de Coslada, donde el sheriff Ginés aterrorizó a la población durante veinte años, al puro estilo de los thrillers americanos, sin que hubiese saltado ningún control judicial, policial o político.
Si la sal se torna sosa ya no hay con qué salarla, y «no sirve para nada más que para ser tirada afuera y pisoteada por los hombres» (Mateo, 5,13). Y eso es lo que sucede en una democracia cuando la policía o los jueces se corrompen, porque ellos son la sal de nuestra libertad. Cuando el terrorista asesina, o el mafioso extorsiona y roba, o el proxeneta trafica, o el machista viola y mata, el Estado tiene respuesta, y toda la sociedad está preparada para defenderse desde la legalidad y sin que el orden social se derrumbe. Pero cuando la Justicia se hace injusta, o la policía ladrona, todo el Estado queda herido, y debe ser restaurado con un enorme rigor y con urgencia. Aunque tengo la impresión de que, bajo la influencia de ETA, hemos perdido el sentido de lo que Xoprioritario e importante en materia de justicia, paz social y orden público. Como si la sal se nos estuviese volviendo insípida. Sean felices, por favor. HArendt













El poema de cada día. Hoy, Baladilla de los tres ríos, de Federico García Lorca (1898-1936)

 






BALADILLA DE LOS TRES RÍOS


El río Guadalquivir
va entre naranjos y olivos.
Los dos ríos de Granada
bajan de la nieve al trigo.
¡Ay amor
que se fue y no vino!
El río Guadalquivir 
tiene las barbas granates.
Los dos ríos de Granada,
uno llanto y otro sangre.
¡Ay amor
que se fue por el aire!
Para los barcos de vela
Sevilla tiene un camino;
por el agua de Granada
solo reman los suspiros.
¡Ay amor
que se fue y no vino!
Guadalquivir, alta torre
y viento en los naranjales.
Darro y Genil, torrecillas
muertas sobre los estanques.
¡Ay amor
que se fue por el aire!
¿Quién dirá que el agua lleva
un fuego fatuo de grito?
¡Ay amor
que se fue y no vino!
Lleva azahar, lleva olivas,Andalucía, a tus mares.
¡Ay amor
que se fue por el aire!

Federico García Lorca (1898-1936)
Poeta español











Las viñetas de hoy

 













domingo, 4 de agosto de 2024

Presentación de las entradas de hoy domingo, 4 de agosto

 






Hola, buenos días de nuevo a todos y feliz domingo. La polarización en Estados Unidos entre republicanos y demócratas es fruto de la falta de valores democráticos comunes, dice en la primera de las entradas de hoy el periodista Jaime Fernández-Blanco reseñando el reciente libro de Michael J. Sandel titulado El descontento democrático. La segunda es un archivo del blog de hace quince años en el que la escritora Luz Sánchez-Mellado recrea con delicioso humor el acontecer diario de una desenfadada socióloga aficionada que busca su lugar al sol. El poema de hoy, la tercera del día, se titula Vengo de una palabra, y es del poeta José Manuel Caballero Bonald (1926-2001)Y la cuarta, como siempre, son las viñetas de humor de la prensa del día. Espero que todas ellas les resulten interesantes. Y ahora, como decía Sócrates, nos vamos. Sean felices, por favor, aun contra todo pronóstico; al menos inténtenlo. Nos vemos mañana si la diosa Fortuna lo permite. Tamaragua, amigos míos. harendt.blogspot.com














Del descontento democrático

 






El descontento democrático
JAIME FERNÁNDEZ-BLANCO
24 JUL 2024 - Nueva Revista - harendt.blogspot.com

La entrada a la arena electoral de Donald Trump cambió muchas cosas en la política estadounidense. Tantas que Michael Sandel, observador privilegiado de la realidad política estadounidense, quiso reflejarlas de alguna manera en su libro El descontento democrático: en busca de una filosofía pública, que había sido publicado en España por Debate, en 1996. La obra se reeditó el año pasado con un nuevo prefacio donde Sandel explica que la actual polarización política estadounidense, no se dio con la llegada al poder del magnate republicano, sino con su salida: no sería la causa sino la consecuencia. La problemática que supone es lo que evidencia: la falta de una columna vertebral de valores cívicos comunes en la sociedad estadounidense.
La obra está vertebrada sobre dos patas. La primera es una crítica a la filosofía liberal imperante y el papel que esta ha jugado en lo social, en lo político, en lo cultural, lo económico… La otra es la defensa del estatismo, esto es, el derecho —y deber— de la expansión del poder y el control del Estado en todos los ámbitos de la existencia del ciudadano, a fin de proveerle de una vida mejor.
En su exposición laten dos pulsiones: democracia liberal vs democracia republicana. La teoría liberal propone la exaltación y defensa de los derechos individuales frente a los derechos colectivos, bajo la premisa (descubierta por los empiristas escoceses del siglo XVIII) de que la búsqueda del bienestar individual conlleva, de hecho, el bienestar colectivo. Sandel no comparte esta visión, pues sostiene que «el triunfo de la concepción voluntarista de la libertad ha coincidido en el tiempo con el aumento de la sensación de desempoderamiento», realizando por ello un análisis de la democracia liberal y las desagradables consecuencias a las que nos ha llevado. La mayor parte de estas críticas las enfoca en el modelo económico, puesto que el indudable enriquecimiento material que el mundo ha evidenciado desde la puesta en práctica del liberalismo económico, el capitalismo, esconde una realidad oscura: la pérdida de los valores cívicos frente a la abundancia material. El Estado, para Sandel, tiene una función mayor que promover el crecimiento económico, puesto que también debería estar entre sus competencias el deber de maximizar el bienestar general.
A la desigualdad económica hay que sumarle varios efectos colaterales, como son la radicalización de los excluidos por el sistema, la pérdida de confianza en los valores democráticos —de ahí el título del libro, pues Sandel sostiene que el común de los ciudadanos no cree que poseer un poder real sobre las cuestiones que les afectan bajo el sistema de la democracia liberal—, la desvirtuación de los valores comunitarios que, en su opinión, han de vertebrar las sociedades, y la excesiva libertad de que disponen empresas y multimillonarios para determinar nuestra calidad de vida sin poderes efectivos que frenen sus prácticas. Básicamente, lo que Sandel trata de explicarnos es que lo que denominamos libertad, hoy, no lo es, y ha de ser sustituida.
A esta imperfecta democracia liberal, Sandel contrapone su «democracia republicana o cívica», que se basa en la premisa de que, para que exista verdadera libertad, ha de existir un ente capaz de articular y controlar las ansias individuales. Esa función ha de desempeñarla el Estado, a través del aumento de sus competencias: el control de la economía y de las relaciones comerciales; y muy especialmente, la educación de la ciudadanía. Un «padre social» que inculque en la ciudadanía las ideas correctas para vivir de manera plena, evitando desmanes personales.
La idea de Sandel no es nueva, pues nace del ideal marxista de la supeditación del individuo al colectivo, representado, teóricamente, por el Estado. De hecho, ese es el fondo de otra de las ideas rectoras del libro, la del autogobierno, pieza clave de la democracia republicana: el Estado no es un conjunto abstracto de individualidades personales, sino que es la encarnación de una colectividad que vela por la participación y el desarrollo de la conciencia crítica de la ciudadanía. No se trata de una oligarquía política que domina la vida de los contribuyentes —como sostienen los liberales—, sino el representante de una «conciencia de destino compartido». De este modo, sostiene el filósofo estadounidense, un mayor poder para el Estado se traduce en un mayor poder para el ciudadano: el ansiado autogobierno.
La propuesta de Sandel conlleva importantes riesgos, y él es consciente de ello. Así, afirma: «La política republicana es arriesgada porque es una política sin garantías individuales», lo que significa la creación de un Estado totalitario. La intrusión del Estado en todas las funciones de la estructura social y la privacidad individual, para defender la libertad ciudadana, puede llevar a la desaparición de la libertad misma. Pero es un riesgo que está dispuesto a correr en aras de lograr «una sociedad justa, que no es sino aquella que proporciona un marco de derechos dentro del que los individuos son libres de elegir y hacer efectivas sus propias concepciones de la vida buena». Michael J. Sandel. Nacido en Minneapolis, en 1953, es uno de los filósofos políticos más famosos de la actualidad. Profesor en Harvard y conferenciante de gran éxito, fue Premio Princesa de Asturias de Ciencias Sociales en 2018. Jaime Fernández Blanco es periodista










[ARCHIVO DEL BLOG] Tinto de Verano: Sociología vital. [Publicada el 06/08/2009]










¡Joder, vaya verano que nos están dando los políticos! ¿No se ha dicho siempre que en agosto "cerraban por vacaciones"? A ver si es verdad... Aunque el cuerpo me pide entrarle al trapo pepero y su deslenguada secretaria general, prefiero entretenerme leyendo los refrescantes relatos cortos de El País. El de hoy, de la escritora Luz Sánchez-Mellado, se titula Socióloga de campo, y es una deliciosa recreación del acontecer diario de una desenfadada socióloga aficionada que busca su lugar al sol... Espero que les guste. Dice así: Lo confieso, soy cotilla. Chafardera, chismosa, alcahueta, entrometida. No es que yo vaya por ahí todo el día buscando información, que también, para eso me pagan, es que me la encuentro, yo qué culpa tengo. Es un don. No me hace falta ni carrera ni master ni nada. Sólo estos oídos y estos ojitos que se va a tragar la tierra. Y un poquito de empatía y de sangre en las venas, que hay algunas tan divinas que parece que ni sudan ni orinan. Que ni sienten ni padecen. Mentira. Todas tenemos nuestro corazoncito y la que no, está muerta y enterrada. O debería estarlo.
La gente está deseando contarte su vida. Tú te pones a tiro y se te abre el prójimo en canal, palabra. Desde la peluquera de tu barrio hasta la vicepresidenta económica si se tercia. Todo consiste en tocar la tecla adecuada y con los años una va afinando. Lo malo es que a mí me pasa lo mismo. Si me das cuartelillo te lo suelto todo. Todo. Y luego tienes que vivir con eso. En el último cumpleaños de la niña invité a las mamás del colegio a un ponche en el jardín. Me confié y me perdí yo solita para los restos. Ahora los papás de las amigas de Rebeca me miran raro. Ésta es la multiorgásmica de las tetas operadas a la que le pone Rubalcaba, piensan, se lo leo en las pupilas. Sus señoras les han ido con el cuento, no me cabe la menor. No las culpo. Yo también lo haría. Y además ¿qué pasa? Cada una tiene sus perversiones.
Te lo digo yo, que me dedico a esto. Aunque sea de chiripa. Fue al año de mudarnos al chalé. Estaba yo tan tranquila de señora de mi casa cuando se me presenta un vecino a ofrecerme un empleo. Resulta que el tipo es un cazatalentos y estaba buscando a una jefa de investigación de mercados para una multinacional de compresas. Llevaba ya cincuenta lumbreras entrevistadas cuando me vio en acción en una reunión de la comunidad y lo tuvo claro. Yo era su mujer. Desde entonces aquí me tienes, sonsacando a mis congéneres. Es un trabajo sucio, pero alguien tiene que hacerlo. Gano un dineral y trabajo en lo mío. No tendré el título, pero para socióloga, servidora. Me río yo de los estudios del CIS. Para qué tanta macroestadística. La verdad está ahí fuera.
Precisamente ahora me voy a hacer un estudio de campo -quien dice campo, dice playa- a la parte norte de Menorca. Pijas catalanas flacas como estacas con sus maridos ideales y sus cachorros de diseño vestidos de impoluto lino blanco. De ésas que se preguntan a qué huelen las nubes. Un filón, o sea. De aquí me sale el informe definitivo. Yo me abro. Ya les cuento. Sean felices, por favor, que ya llegará el otoño. Tamaragua, amigos. HArendt











El poema de cada día. Hoy, Vengo de una palabra, de José Manuel Caballero Bonald (1926-2001)

 






VENGO DE UNA PALABRA


Vengo de una palabra y voy a otra

errática palabra y soy esas palabras

que mutuamente se desunen y soy

el tramo en que se juntan

como los bordes negros del relámpago

y soy también esas beligerancias de la vida

que proponen a veces una simulación de la verdad.

Semejante a la noche, vengo

del negro y voy al blanco y busco

dispensarme de mí con ese blanco y nunca

llego a ser lo que yo más deseo:

esa palabra suficiente que precede a la última.

José Manuel Caballero Bonald (1926-2001)

Poeta español







Las viñetas de hoy