viernes, 7 de junio de 2024

Sobre los reequilibrios de Ursula von der Leyen. Especial 3 de hoy viernes, 7 de junio

 







Von der Leyen recalibra su acercamiento a la extrema derecha y vuelve a mirar a Los Verdes
MARÍA R. SAHUQUILLO
Bruselas - 07 JUN 2024 - El País - harendt.blogspot.com

Ursula von der Leyen ha probado las aguas de una posible alianza con la ultraderecha y ha notado que son más turbias de lo que pensaba. La candidata principal de los populares europeos (PPE), que se postula para repetir como presidenta de la Comisión Europea, está recalibrando su acercamiento a la extrema derecha y vuelve a mirar hacia fuerzas más moderadas y europeístas como Los Verdes, que pueden ser decisivos para su posible investidura si los líderes de los Veintisiete la proponen para el cargo tras las elecciones al Parlamento Europeo de este domingo. Von der Leyen es pragmática: los últimos sondeos que manejan los populares apuntan a que Los Verdes y liberales (grupo Renew) pierden fuerza, pero menos de lo esperado, y que si la pauta se mantiene podría construirse, junto a los socialdemócratas, una gran coalición moderada como la que ha sostenido a la UE los últimos 70 años.
La jefa del Ejecutivo comunitario lleva meses coqueteando con la primera ministra italiana, Giorgia Meloni, y con su grupo ultra, el de los Reformistas y Conservadores Europeos (ECR), en el que están, además de Hermanos de Italia, el español Vox y los ultraconservadores polacos de Ley y Justicia (PiS). Von der Leyen considera a los de Meloni una ultraderecha aceptable, frente a Reagrupamiento Nacional, de la francesa Marine Le Pen. Pero su cordón sanitario flexible está contribuyendo a normalizar a los extremistas y está teniendo un coste entre los conservadores tradicionales —cada vez más derechizados—. Además, los partidos progresistas han advertido a la alemana de que no la apoyarán si se alía con la ultraderecha.
Países Bajos votó el jueves en los comicios al Parlamento Europeo, y los sondeos a pie de urna coinciden con los datos europeos que manejan los conservadores. La ultraderecha de Geert Wilders ―que encabezará la nueva coalición de Gobierno tras ganar los comicios generales de noviembre de 2023― ha subido en apoyos, pero la alianza progresista de socialdemócratas y verdes (GroenLinks-PvdA) resiste y gana, según el sondeo a pie de urna de la televisión pública NOS.
Así, Von der Leyen mira ahora de nuevo hacia el grupo europeo Los Verdes, que considera una formación mucho más fiable y constructiva que las formaciones ultras. Los ecologistas, que se abstuvieron hace cinco años en la confirmación en la Eurocámara de la jefa del Ejecutivo comunitario —cuando la alemana salió investida por un margen de nueve votos—, no descartan esta vez apoyarla si con eso tiran del freno de emergencia para evitar alianzas con los ultras, dice su expresidente Philippe Lamberts, que este año no concurre.
A cambio, Von der Leyen tendrá que comprometerse a impulsar la agenda verde. Es algo que la alemana hizo una de sus prioridades durante la legislatura, pero que ha ido relegando en los últimos tiempos —y aligerando— por las presiones de la derecha y la industria. Con los sondeos en la mano, y ante las presiones de Los Verdes y de grandes fuerzas socialdemócratas —como España, que quiere colocar a la vicepresidenta de Transición Ecológica, Teresa Ribera, en uno de los grandes puestos y que sea una cartera verde—, la candidata conservadora podría volver a ponerse la chaqueta ecologista, aunque separada de agricultura.
La situación es extremadamente volátil en Europa. Y pueden tener resultados los movimientos de Marine Le Pen —cuyo partido puede arrasar en Francia— y del nacionalpopulista húngaro Viktor Orbán para crear una gran alianza ultra en la Eurocámara; aunque sea a medio plazo. Un Parlamento Europeo más derechizado y discordante, puede hacer a Von der Leyen y a su Comisión las cosas muy difíciles; aunque la alemana sigue sin descartar alianzas con partidos como el de Meloni —cuyo apoyo también necesita en el Consejo Europeo— para regulaciones.
A esa volatilidad en Europa, con dos guerras, la de Rusia en Ucrania y la de Israel en Gaza, y con las perspectivas de que el populista Donald Trump pueda volver a la Casa Blanca tras los comicios de noviembre en EE UU, se suma que en los últimos días, los polacos del PiS, Vox o incluso Meloni han endurecido sus mensajes ultras.
La UE se juega su credibilidad. Y se ha despertado inquietud en parte de las filas populares. Von der Leyen, que aunque no concurre oficialmente a las europeas se ha embarcado en una intensa campaña con el PPE en varios Estados miembros, salió algo tocada de su visita a Roma hace unos días. En algunos grupos, como Forza Italia, el partido que fundó Silvio Berlusconi, dentro de la familia popular, no han gustado los guiños de la conservadora alemana a su rival, Meloni, reconocen fuentes parlamentarias.
No son los únicos. “Creo que no debemos tener ningún tipo de comunicación con este tipo de grupos [de ultraderecha]”, incide en una entrevista Christiana Xenofontos, candidata por Agrupación Democrática (DISY), el principal partido de Chipre y afiliado al PPE. “Esos grupos políticos representan ideas que están muy alejadas de la democracia en la que creemos y de los valores de inclusividad”, señala Xenofontos, también vicepresidenta del Foro Europeo de la Juventud.
La candidata chipriota reconoce que en su partido —como en el grupo europeo— “no todos piensan igual” y hay importantes debates internos, dado que uno de los vicepresidentes de los conservadores chipriotas ha abandonado DISY para sumarse a las listas europeas de ELAM, la formación isleña ligada al antiguo partido neonazi griego Amanecer Dorado, a la que las encuestas sitúan como tercera fuerza y candidata a escaño europeo por primera vez en su historia. “Es el momento de diferenciarnos de cualquier elemento de la ultraderecha”, remarca Xenofontos, que advierte que hay que poner “límites”.
El expresidente de la Comisión Europea Jean-Claude Juncker, del ala moderada de los conservadores, también ha alertado contra esas alianzas con los ultras. “Veo un giro hacia la derecha dentro del PPE y estoy luchado contra ello. Cualquiera que apoye demasiado a la derecha corre el riesgo de caerse por la ventana”, ha dicho en una entrevista con Luxemburger Wort.
Los últimos guiños a los partidos de extrema derecha están despertando a algunos dentro en un grupo popular en el que las voces discordantes públicas sobre su derechización y sobre el blanqueamiento de la extrema derecha no han abundado. De hecho, los partidos conservadores ya se han aliado con ellos para llegar o sostener gobiernos en países como Suecia, Austria o Croacia —y Ejecutivos regionales y locales en España, con las alianzas entre PP y Vox—.
También el primer ministro conservador polaco, Donald Tusk, está bajo presión por parte del ala progresista de su coalición de Gobierno y ante el PiS, que se mantiene como un rival fuerte. Los partidos ultraconservadores quieren dinamitar el proyecto europeo actual con sus políticas ultranacionalistas y euroescépticas. Y sus mensajes populistas están calando en una parte del electorado traumatizado por las consecuencias de la pandemia, la incertidumbre de las guerras y en busca de identidad en un mundo en proceso de cambio. Y eso está llevando a esas formaciones a rascar votos de la derecha. M aría R. Sahuquillo es periodista.












Sobre la degradación de la democracia. Especial 2 de hoy viernes, 7 de junio

 







La degradación de la democracia
JOSEP RAMONEDA
07 JUN 2024 - El País - harendt.blogspot.com

1. El empeño del PP en degradar la democracia española para disimular la impotencia acumulada durante la gestión de Alberto Núñez Feijóo supera cualquier fabulación. Estamos al final de la campaña electoral de unas elecciones en las que Europa se juega mucho, y, con ella, cada uno de los países que la componen. La extrema derecha tiene cada vez más acorraladas a las derechas tradicionales y ha conseguido situar estas elecciones como un plebiscito para avanzar en la vía del autoritarismo posdemocrático. El PP —cada vez más pegado a Vox— de la mano de Feijóo ha pretendido centrar el final de campaña en el caso de Begoña Gómez, la esposa del presidente Pedro Sánchez, que un juez parece decidido a llevar a juicio con indicios muy escasos. Dudo que estos métodos de populismo vulgar le sirvan al candidato del PP para reforzar su debilitada posición. Incapaz de generar y defender un proyecto político independiente que disipe cualquier sospecha de complicidad con la extrema derecha, su trayectoria como alternativa a Pedro Sánchez se ha centrado casi exclusivamente en la descalificación del presidente. Y cuando lo exigible y deseable sería que el PP defendiera sin complejos su proyecto de derecha democrática, si lo tiene, apuesta por jugar a la confusión entre política y justicia, que es una garantía de deterioro del sistema.
La desesperación con que el candidato Feijóo se ha volcado en el caso Begoña Gómez induce a pensar que sabe que si pincha esta vez su recorrido se habrá terminado, porque el PP ya no aguantará más su quiero y no puedo. Una exhibición de inseguridad que transmite impotencia. Y pone en evidencia las debilidades de esta democracia. Que un juez se apunte al barullo con una actuación judicial más que dudosa en plena campaña electoral confirma los indicios acumulados de la politización de un sector del poder judicial que no honra ni a la política ni a la justicia. Y en este contexto es necesario recordar que pasan los años y el Consejo General del Poder Judicial sigue sin renovarse por la sencilla razón que el PP entiende que tiene allí una mayoría favorable y no la quiere perder. Y, en un claro abuso de posición, sigue negándose a cumplir la ley, dando así un inquietante mal ejemplo a los ciudadanos. Y así estamos: metidos en un nubarrón de sospechas en la relación entre política y justicia que ensombrece la vida pública.
Mientras, Vox sigue haciendo su camino. Y lo que Pedro Sánchez parece haber captado es que este impasse le permite ir capitalizando la situación. Ahora mismo, hay una razón muy poderosa para votarle: es la única vía para impedir que la extrema derecha toque poder. Todos sabemos que el PP, si le necesita, se lo dará como ya se lo dio en las comunidades autónomas. En la medida en que un acuerdo PP-PSOE para aislar a Vox es impensable, los socialistas se hacen más imprescindibles y, en parte, lo pagan los partidos a su izquierda que, ya de por sí debilitados por la eterna psicopatología de las pequeñas diferencias, ven cómo los suyos apuestan al voto útil al PSOE para parar a la derecha radicalizada.
2. Ciertamente, no estamos ante un problema estrictamente local. Es la versión española de una realidad que afecta a casi toda Europa, donde liberales y conservadores van cayendo a la sombra de las derechas neoautoritarias sin que se consiga una reacción ciudadana que actúe como frente de rechazo y frene a la extrema derecha. ¿Por qué la ciudadanía está perdiendo la confianza en los partidos de tradición democrática? O, dicho de otro modo, ¿qué ha cambiado en los últimos años para que la democracia esté en crisis de reputación y confianza y los discursos autoritarios tengan premio?
Tendemos a fijarnos en lo más visible: el rechazo a la inmigración, como expresión de la inseguridad laboral en la que viven muchos ciudadanos, que dificulta entender que los trabajadores que vienen de fuera contribuyen a que podamos seguir pensando en nuestras pensiones; el retorno a los modales machistas, la defensa de las familias tradicionales, la negación del feminismo y de los derechos individuales conquistados en las últimas décadas; el desprecio a la lucha en defensa del medio ambiente como ejercicio elitista en prejuicio de la mayoría, y otros lugares comunes del pensamiento reaccionario que pretende liderar el malestar ciudadano. Pero estos son los efectos de unas causas que los poderes económicos y políticos no quieren afrontar. Y que seguirán erosionando a la democracia si se deja la respuesta en manos del populismo y no se toman decisiones que protejan a la ciudadanía.
La democracia creció y sobrevivió en el capitalismo industrial y en el marco de los Estados nación. Estamos en otra fase en que la nación ya no es la única pieza articular de la política y en las que esta pierde fuerza tanto frente al poder financiero transnacional como frente al universo digital por el que pasa ahora la construcción de las verdades —y las enormes falsedades— del momento, con dificultades cada vez mayores para distinguir el bulo y la farsa de la verdad de los hechos y la realidad de los poderes. Y solo asumiendo esta nueva realidad se puede evitar que la decadencia de la democracia sea imparable. ¿Qué expresa el autoritarismo posdemocrático triunfante? Que muchos ciudadanos ya no viven la democracia como un espacio confortable y apuestan por los que la niegan. Trabajo y vivienda deberían ser las prioridades para reconquistar a la ciudadanía, ciertamente. Pero es imposible si los poderes políticos son impotentes ante los poderes económicos, se adaptan claudicando de sus principios y encuadran a la gente con los viejos tópicos reaccionarios. Josep Ramoneda es filósofo.














Sobre el oasis europeo. Especial 1 de hoy viernes, 7 de junio

 






Oasis Europa
NAJAT EL HACHMI
07 JUN 2024 - El País - harendt.blogspot.com

No quisiera que nuestro mundo se convirtiera en el de ayer. Stefan Zweig me viene a la memoria estos días. Casualidad o no, me acuerdo del escritor austríaco cuando del patio de luces me llega la melodía del Himno a la Alegría tocado por algún niño que se está iniciando en el piano. A mí también me suenan algo desafinadas las notas de la sinfonía de Beethoven que aprendí a tocar con la flauta. En nuestro día a día la Unión parece lejana, un ente burocrático cuya autoridad no terminamos de sentir como propia. Y, en cambio, dando un vistazo a la situación del mundo, la realidad arroja una verdad incuestionable: Europa es una anomalía, un oasis de paz entre los convulsos conflictos que nos rodean y, a pesar de los retrocesos en el Estado del bienestar que ha venido imponiendo el neoliberalismo en las últimas décadas, sigue resistiendo en su defensa de unos valores fundacionales que no surgieron de la nada. Si las naciones del Viejo Continente dejaron atrás sus diferencias históricas y odios atávicos no fue porque se vieran iluminadas por una súbita epifanía pacifista, sino que llegaron a la conclusión de que había que trabajar por la paz ante el horror que dejaron dos guerras mundiales disputadas en buena parte en su propio territorio.
Que las derechas extremas vayan ganando enteros y se propongan una alianza pseudofascista es algo que deberíamos temer tanto como las atrocidades de las que nos hablan los libros de historia. Y debería lanzarnos de cabeza a las urnas este domingo para votar lo que sea que no sea populismo, racismo, misoginia de la más rancia, aunque se encarne en rubias como Le Pen o Meloni. Europa no será Europa si la convierten en un grupo de países encerrados cada uno en su trinchera identitaria o cultural, empequeñecida en un provincialismo anacrónico. Es el miedo lo que explotan estas fuerzas, un miedo opuesto a la alegría que conlleva la esperanza en una pertenencia supranacional robusta. Ojalá ejerciéramos como ciudadanos con la historia en mente e hiciéramos todo lo posible para no perder este mundo de hoy imperfecto que tenemos. “He sido testigo de la más terrible derrota de la razón y del más enfervorizado triunfo de la brutalidad”, resumía Zweig al principio de El mundo de ayer. Ahora somos nosotros quienes estamos siendo testigos de cómo se están plantando las semillas de movimientos antidemocráticos contrarios a los derechos fundamentales. Por los muertos del pasado y por el futuro de nuestros hijos no deberíamos dejar que germinaran en el corazón de este oasis excepcional. Nayat El Hachmi es escritora.













Del síndrome de hubris

 







Hola, buenos días de nuevo a todos y feliz viernes, 7 de junio. El síndrome de hubris, escribe en la revista Ethic la lingüista Patricia Fernández, proveniente del griego ‘hybris’, que significa «desmesura», ha sido caracterizado desde la psicología como una mezcla del trastorno antisocial, histriónico y narcisista. Sean felices, por favor, aun contra todo pronóstico. Y nos vemos mañana si la diosa Fortuna lo permite. Tamaragua, amigos míos. harendt.blogspot.com

 







El síndrome de hubris y la desmesura del poder
Patricia Fernández Martín
24 MAY 2024 - Revista Ethic - harendt.blogspot.com

El síndrome de «hubris» se refiere a una dimensión que caracteriza a ciertas personas que ejercen un poder excesivo, en cualquier disciplina. Viene del término hybris, que significa «desmesura» en griego. Sería lo antagónico a la moderación. El filósofo David E. Cooper lo definió como el exceso de confianza en uno mismo y el rechazo a las advertencias y consejos, tomándose a sí mismo como modelo. Describe a personas omnipotentes, arrogantes y soberbias que magnifican sus recursos o virtudes y se comportan de una forma despectiva hacia las demás personas, sobre todo, hacia aquellas que ejercen un trabajo menos relevante.
José Antonio Marina, en su libro La pasión del poder. Teoría y práctica de la dominación define el poder, a secas, como una capacidad para realizar los proyectos deseados y autorrealizarse. Por ejemplo, un artista, un atleta o una madre cuidando de su bebé pueden sentir este poder sano. Pero esta facultad altruista y desinteresada se convierte, en algunos casos, en poder sobre otros y es entonces, cuando aparece la pasión en el acto de mandar o dominar como ocurre en el síndrome de hubris.
David Owen, psicólogo y expolítico británico, es uno de los autores del libro Hubris Syndrome; junto al psiquiatra Jonathan Davidson, propone que este sea considerado como un nuevo trastorno de personalidad, aunque aún no esté reconocido ni por el DSM-5 ni por la CIE-11. Lo describen con rasgos de personalidad que son una mezcla del trastorno antisocial, histriónico y narcisista. Para Owen, este trastorno es adquirido y desaparece, generalmente, con la llegada y el fin del poder. Adolf Tobeña, sin embargo, apunta en su libro Cerebro y poder que el poder mal ejercido se haría presente entre los sujetos que ya tienen rasgos que les predisponen a servirse del esfuerzo ajeno en provecho propio.
El síndrome de hubris se explicaría, por tanto, según múltiples variables que se interrelacionan como causas y consecuencias. No suele desarrollarse de manera brusca, sino progresiva. Una persona que puede o no haber sido excelente a nivel académico alcanza un puesto importante. Aunque al principio muestre dudas sobre su competencia y sus funciones, poco a poco aparecen fieles que, si las cosas salen bien, le refuerzan con lo que, como líder, interpreta que ha llegado allí solo por méritos propios. En ese momento, empieza a desarrollar una sensación de omnipotencia y comienza a hablar de temas que a veces desconoce y piensa que su éxito durará para siempre. Con el paso del tiempo, aquel que le desafía se convierte en su enemigo, pudiendo incluso llegar a volverse paranoico. Esto le hace aislarse, no se deja asesorar y comienza a tomar decisiones individuales porque se cree en la posesión de la verdad. Si falla, nunca reconocerá que se ha equivocado. Si pierde su cargo, se mostrará sorprendido e incrédulo porque considera que era la persona idónea para ejercerlo y podría causarle un cuadro depresivo.
En todo caso, es importante reconocer que este diagnóstico sobre el poder y quien lo ejerce no está por completo desligado de la época y sus valores dominantes. La propia concepción de lo que es un líder y de cuáles son los límites a respetar ha ido modificándose a lo largo de la historia. Según el historiador, economista y analista de asuntos europeos en LLYC Miguel Laborda, en función de la época y la filosofía de la historia dominante las respuestas a estas preguntas van variando. Para los griegos o el cristianismo medieval, había poco espacio para el rol del individuo. Desde el Renacimiento y la Ilustración, la comprensión de la historia como un proceso más lineal sujeto a leyes susceptibles de ser dominadas incrementó la confianza en la capacidad del líder como motor de cambio. Ese es, por ejemplo, El Príncipe de Maquiavelo, capaz de ejercer un liderazgo despiadado en la medida en que contribuya a un bien superior. Por lo que a la época actual respecta, Laborda cree que hay indicios para pensar que ahora estamos volviendo a una concepción más romántica (en el sentido filosófico) del liderazgo donde el papel de los líderes como Putin, Trump o Xi Jinping se ve sobre todo en la medida en que son catalizadores de un cierto «espíritu nacional».
La prevención y el tratamiento del síndrome de hubris es algo complejo. Lo primero sería reconocer que todos podemos ser presas del poder, aunque hay personas más predispuestas a ejercerlo de manera insana. Por lo tanto, habría que estar preparados para conocer estos mecanismos que se producen de manera automática, como son los sesgos cognitivos o afectivos que se empiezan a desarrollar en el ejercicio del poder. Siendo conscientes de ellos, se pueden controlar con un espíritu crítico y reflexivo que anticipe y mitigue sus consecuencias.
La complejidad creciente del mundo demanda un conjunto de habilidades más diversas a la hora de asumir el liderazgo para evitar el síndrome de hubris, como son la humildad, el autocontrol, la modestia, la habilidad de reírse de uno mismo, la curiosidad, estar abierto al cambio, la capacidad de escucha y saber reconocer las propias limitaciones. Hay escuelas donde apuestan por educar en un liderazgo más humanista como Wander y también hay organizaciones dedicadas a la lucha contra este síndrome, como el Daedalus Trust, fundado por Owen que organiza cursos y conferencias, o el Hybris Project, de la Universidad de Surrey.
Otro campo importante a la hora de prevenirlo y tratarlo es la política. Dice José Antonio Marina en Historia universal de las soluciones que una solución sería que la educación del dirigente le llevara a reflexionar sobre el hecho de que la política es un medio para resolver los conflictos y no un campo para el narcisismo propio. Mandar no es gobernar.
Esa es la verdadera responsabilidad a asumir, como apunta Rodrigo Tena en su libro Huida de la responsabilidad: qué ocurre cuando delegamos en el sistema tanto las responsabilidades colectivas como las individuales, en el que considera que la responsabilidad a exigir en los políticos no se puede reducir solo a la penal.
Por su lado, Laborda considera que un ejercicio del liderazgo más acorde con los imperativos morales vigentes pasaría más por actuar sobre los incentivos que enfrentan quienes ejercen el poder (por ejemplo, mediante un diseño adecuado de mecanismos de recompensa y castigo en la responsabilidad política) que de intentar modificar las propias motivaciones de los líderes, narcisistas o no, mediante apelaciones a la intachabilidad moral.
El poder, por sí mismo, produce un cambio de mentalidad, aunque no se quiera. Cuando se ejerce, se va produciendo una alteración de la perspectiva a la hora de ver la realidad. Por lo tanto, conviene estar preparado para asumir el poder con responsabilidad, entender que siempre hay un otro que no es un medio sino un fin y enfocarse en lo importante, es decir, en solucionar problemas colectivos y no solo disfrutar del poder en sí mismo. Patricia Fernández es lingüista.
























[ARCHIVO DEL BLOG] El invierno en Mendoza, Argentina. [Publicada el 04/07/2012]













Una de las mejores cosas que tienen las redes sociales que se tejen a través de internet es la posibilidad de encontrar "almas gemelas" en los sitios más insospechados. Yo he encontrado varias a lo largo de estos seis años de existencia de Desde el trópico de Cáncer. Una de las más satisfactorias ha sido la del escritor y periodista argentino, de Mendoza, la bella ciudad a los pies del Aconcagua, Alberto Atienza, con cuya amistad me honro desde hace varios años, y cuyas publicaciones asiduas en la revista mendozina La Quinta Pata sigo con interés y placer.
No comparto la ideología de esa publicación, pero eso no empequeñece en lo más mínimo mi afecto por el autor del reportaje titulado Frio, frio..., que, con su permiso, reproduzco más adelante, publicado en dicha revista el pasado 17 de junio.
Es un reportaje frio, duro, desolador; como el invierno mendozino, y al mismo tiempo lleno de humanidad y esperanza y solidaridad hacia los más desprotegidos, que desgraciadamente cada vez son más, mientras los políticos de todo pelaje y condición miran hacia otro lado. Y es que, como bien dice el tantas veces citado por mí en estos días, el filósofo alemán Jürgen Habermas, no se puede prever como las políticas de austeridad, que de todas formas resultan difíciles de imponer desde la política interior, pueden conciliarse con el mantenimiento a largo plazo de un nivel aceptable del Estado social.
Pero no escribo más. Hoy, todo el protagonismo se lo dejo a mi amigo y admirado escritor y periodista Alberto Atienza. Les dejo con él. 
Tres grados bajo cero, atacan a los “sin techo”, comienza diciendo. Vidas humanas en peligro demandan urgente salvataje. El perrito de Alberto Díaz Pérez, 35 años, lo acompañó hasta último momento. Una mujer adoptó a este fiel animal. Detrás de su imagen la “cama” donde dormía el hombre que podría haber sido salvado si se hubieran ocupado de él. El joven murió el 27 de junio de 2011 en el piso de la céntrica Plaza Independencia. Noches de tres grados bajo cero “El poncho de los pobres” según Yupanqui, el astro rey, sale tardío. Manda a la tierra rayos anémicos, sin calor. Parece un elemento de utilería, un sol amarillo, colgado de un ciclorama con un foco de viejas 60 bujías por alma.
Estufas, calefactores, mejoran los climas hogareños. Funcionan a toda vela. No interesa gastar más energía eléctrica o gas si la pasamos bien. Desayuno: unos mates bien calientes, facturas con dulce de leche y crema pastelera, Zopaipillitas en la tarde, con té o, lo mejor: chocolate con leche, bien espeso, como el que tomaba Alvar Núñez Cabeza de Vaca. Que el frío quede afuera. Y así será. Dios sea loado que podemos disponer de un techo y del confort que nos permite dejar al invierno en la calle.
Tres grados bajo cero. Oscuridad total. De las tinieblas emerge el dolor que aprieta las mandíbulas, endurece la piel y la hace tiritar. Frío. Cuando cae sobre un cuerpo deja de llamarse así y se convierte en puro sufrimiento. Si no fuera porque muchos creen lo contrario, podría afirmarse que lo tenebroso y el frío son la esencia del infierno. Cartones abajo que una vez envolvieron a un televisor de 32 pulgadas. Una manta que conoció días sin agujeros por los que pasa gélido aire. Papeles de diarios, con grandes fotos de sonrientes políticos que nunca durmieron bajo la intemperie en noches de junio o julio. Plástico no biodegradable, plástico traidor, casi eterno, que se niega a posar como abrigo y acumula agujas de rocío. 
“Los sin techo” Casi un eufemismo. Mañana será el nombre de un grupo de rock punk. O saldrá una de esas melosas canciones que le cante “al sin techo que dejó tu amor” La única forma de conocer el verdadero significado de la frase, sus plenas connotaciones, la profundidad de su abismo, es dormir al aire libre en una noche de invierno. Nadie, que cuente con un hogar lo hará. Acecha la hipotermia. La muerte en un reposo. El cuerpo va apagándose de a poco. Invade la pulmonía, si se llega a la mañana. El alcohol, barato para abrigar la carne por dentro por un rato y convocar una bella imagen de infancia con una madre, sonriente (no existe algo más bello que la sonrisa de una madre dedicada a su hijo) una mamá abrigadora, que lo cubría de noche con suaves lanas y tibios besos. El sueño, calido, como el viaje en una nube de verano.
Hablando pronto y no mal ¿Qué clase de pueblo es el que permite que seres humanos duerman bajo el crudo cielo de invierno? Muere un desposeído joven en una plaza y es noticia porque antes un fotógrafo registró su doliente imagen. Fallecen por el frío hombres en otros puntos de la provincia y se van de esta tierra llamada Mendoza, que los condenó con la indiferencia, sin boato de prensa. Nadie se entera de que alguna vez existieron. Otros se enferman, por las bajísimas temperaturas que atacan su lecho desde abajo, desde la tierra y que le caen de la negrura de la noche. Agonizan en un hospital y el vago diagnóstico final consigna, sin una línea de historia de ese humano malogrado, que sucumbió por “paro cardiorrespiratorio” Nada más. Nadie envuelve el último suspiro de ese hombre, breve aire, alentado por simples sueños: un techo, una cama caliente, comida y, acaso, algunas carcajadas. Los otros sueños, los de vecinos cubiertos, no son los del viajero que se fue con el frío. Más allá, a pocos metros, en una casa, un joven convoca a cada segundo al amor de su vida. Ella, en otro lugar, lo llama a él. Un señor a mitad de camino entre vigilia y manso sopor, saca cuentas para subirse a un reluciente cero kilómetro. Hay quien vuela bien con poesía en lugar de almohada. Los sueños no tienen frontera para los “con techo” Los de los otros, los “sin nada” son simples. Hasta se pueden traducir en una sola palabra: sobrevivir.
Hablando mal ¿Quiénes somos para ignorar y por ende dejar de lado a alguien que está en peligro de muerte? Hacemos como que no sabemos nada. Miramos al desguarnecido, que permite que lo contemplen sin enojarse, sin reaccionar, como si fuera un manso animal o una planta. Lo miramos y, siempre, estamos tan ocupados Dios que no podemos ir a tu cena. La cena con Dios. Ofrecerle comida, ropa, palabras, algo, a ese ser que todos los días muere un poco más. Estamos tan ocupados Dios que no movilizamos a nuestros amigos y parientes para conseguirle un techo, una cama digna a ese humano que nos ve pasar, con nuestros abrigos, que nos sacan del frío de las calles, como si fuéramos dentro de una burbuja. Nos mira ese hombre quebrado, de pie, pero caído. No nos envidia. No siente rencor. Está en su clima: frío a toda hora. El país de la efímera hoguera que calienta manos, frente y llena los ojos de humo y lágrimas. Más que país es otro mundo en el que se halla. Sabe que el lujoso auto no se detendrá. El conductor lo fija por un segundo en sus retinas y le veda el ingreso a su pensamiento. Le niega existencia. Así hacen todos. Las noches pasan. Hasta que llega la última. Y todo sigue igual. Como si nada hubiera ocurrido. Una vida humana se extinguió en la oscuridad.
Hacemos como que no nos damos cuenta y, sucede, no nos damos cuenta. No interesa que nuestra conciencia se abra para que ingrese un indigente, de ropas sucias, ajadas. Estamos para otra cosa. Vinimos al mundo con otra misión que la de alternar con menesterosos. Nada justifica lo anterior pero es real. Con pocas excepciones. Y surge la pregunta: ¿Qué pasa con los encargados de velar por la integridad de la población? Esos que ganan sueldazos con un tope del 25 por ciento. Nada. Nadie hace nada ¿No se da cuenta esa gente a cargo de áreas bautizadas con importantes palabras, llenas de buenos propósitos: “acción social” “bienestar social” “salud” que no cumplen con el cometido de sus empleos, que están cobrando por lo que no hacen, al dejar librados a su suerte (que es la muerte) a los silenciosos y casi invisibles “sin techo”? ¿Ningún abogado les dijo que posiblemente están incurriendo en un delito calificado como “abandono de persona”? Es simple. Se les paga para prodigar beneficios a la población y les dan espaldas a los que duermen en calles, plazas, en escalones de negocios, hasta en acequias. Existen medios de ayuda, solventados por los contribuyentes ¿Por qué no los aplican en esos casos críticos? ¿Por qué miran los funcionarios (seguramente que los ven) a esos seres sufrientes, como si no fueran humanos? ¿Quiénes son ellos? ¿Por qué los elegimos?
No existen censos creíbles. A nadie le interesan los “sin techo” Algunos, para blanquear tanta frialdad de sentimientos (llevan un invierno perenne en sus almas) dicen: “son borrachos, por eso viven así” En algunos casos es al revés. Otros: el vulgar axioma: “No trabajan porque no quieren” directo antecesor del fallo que aun aparece en álgidos labios: “Algo habrán hecho” Hace cuatro años fueron censados más de 50 desposeídos, dos de ellos mujeres. Eso se debió a que una buena señora, Norma Galar, les preparaba los domingos una sabrosa y nutritiva comida “Es lo único consistente que ingieren una vez a la semana” decía. Las viandas se repartían en plaza Sarmiento, frente a la Catedral de Loreto con sus luces y bocanadas de incienso, dedicada a la misa, en que los comulgantes comían el cuerpo de Cristo. Ni eso les convidaban los curas de ese templo a los abatidos vecinos. No los veían. Los fieles, al término de la liturgia, imbuidos de arrepentimiento y gozo, tampoco reparaban en los “sin techo” con sus bandejas, en esa suerte de desayuno-almuerzo-cena, semanal.
Dicen que las personas, hombres en su gran mayoría, que no tienen donde dormir en toda la provincia son más de 200. Sabemos de algunos, como el que pernocta
en Corrientes entre José F. Moreno y Salta, ciudad. Otros, itinerantes, que se estacionan en plazas. Antes era común verlos pasar la noche en la Terminal de Ómnibus. Los guardias nocturnos no dejaban que se recostaran sobre los desocupados asientos. Debían dormir sentados. De tanto hacer eso uno de ellos, que nunca habló aunque se sabía que no era mudo, Salomón de nombre, dibujante de carteles, a ese muchacho se le edemizaron los pies de una forma gigantesca. Hace rato que no se lo ve por ningún lado. Y así sucede. En una mañana no se divisan y de ahí en más entran para siempre en el mundo del olvido absoluto.
¿Qué se puede hacer para salvarlos? Muy simple. Instalar una casa, como corresponde, con agua caliente, estufas, camas limpias, una cocina, un baño o más de uno. Formar un equipo de especialistas en el auxilio de humanos en crisis y médicos. Cuando estén bien comidos, vestidos, con sus dolencias en vías de curación y hasta contentos, iniciar la posible recuperación de esos seres. Muchos son jóvenes aun. Otros no. Hay que buscar y existen soluciones para todos. Cuando uno de ellos reingrese a la existencia, abandone ese hogar de salvataje e inicie su derrotero de hombre libre y digno, hay que hacer una fiesta. Algo así como el alegre recibimiento popular que se le tributó al primer pececillo que nadó en el Río Tamesis luego de que ese cauce fue descontaminado. La celebración de la vida, que se instala de nuevo en su lugar. Y sean felices, por favor, a pesar del gobierno. Tamaragua, amigos. HArendt











jueves, 6 de junio de 2024

De la sugestión del silencio

 






Hola, buenos días de nuevo a todos y feliz jueves, 6 de junio. En un artículo publicado en 1950 en la revista Science, comenta en Revista de Libros el escritor Diego Malquori, Albert Einstein  reflexionaba así sobre la pregunta fundamental que está en la base de muchos de los problemas éticos relacionados con la ciencia: «¿Cómo debe comportarse el hombre si el Estado le obliga a ciertas acciones, si la sociedad espera de él cierta actitud que su conciencia considera injusta?» Sean felices, por favor, aun contra todo pronóstico. Y nos vemos mañana si la diosa Fortuna lo permite. Tamaragua, amigos míos. harendt.blogspot.com









 



La sugestión del silencio
Diego Malquori
08 MAY 2024 - Revista de Libros - harendt.blogspot.com

Reseña del libro La desaparición de Majorana, de Leonardo Sciascia (Barcelona, Tusquets, 2023)
En un artículo publicado en 1950 en la revista Science, Albert Einstein reflexionaba así sobre la pregunta fundamental que está en la base de muchos de los problemas éticos relacionados con la ciencia: «¿Cómo debe comportarse el hombre si el Estado le obliga a ciertas acciones, si la sociedad espera de él cierta actitud que su conciencia considera injusta?»1. Esta pregunta nacía de la reflexión impuesta por la catástrofe de la Segunda Guerra Mundial: una catástrofe que había tocado cada ámbito de la vida humana, y requería por lo tanto un replanteamiento global de los fundamentos éticos de nuestra cultura.
En ese contexto, la responsabilidad que en aquel momento pesaba sobre los que «construían» la ciencia era particularmente grave, y no haría más que aumentar a partir de entonces. Ya no podían permanecer aislados en sus torres de marfil, porque a partir de sus teorías se había materializado la posibilidad de destruir el mismo planeta en que vivimos. No en vano, la pregunta que Einstein pone en evidencia significó un dilema profundo para toda una generación de científicos. Un dilema «existencial» en el verdadero sentido de la palabra, porque implicaba una incertidumbre sobre la misma posibilidad de existencia, tanto a nivel individual como de la humanidad entera.
Expandiendo el alcance de la pregunta de Einstein, entonces, ese mismo dilema podría leerse así: ¿Cómo debe comportarse un científico frente a la posibilidad de que los resultados de sus investigaciones sean utilizados en una dirección diferente, que contradice o incluso traiciona los principios de su propia conciencia? Además, ¿puede un científico rechazar sus responsabilidades por el hecho de no saber lo que ocurre más arriba de su pequeña esfera? O incluso, sabiendo de ello, por el hecho de ofrecer solo unas ideas, pero no la cerilla para encender la mecha, ni la mano para encender la cerilla… Y, sobre todo, ¿puede un científico aplicar el argumento del «mal menor»? Es este argumento, conviene recordarlo, el que supuso una aceleración en la carrera por la bomba atómica, antes de que los científicos del Tercer Reich pudieran alcanzarla.
Leonardo Sciascia, en su reconstrucción de La desaparición de Majorana, nos ayuda a comprender algunas de estas cuestiones analizando el caso de Ettore Majorana, uno de los físicos que contribuyeron a desvelar la estructura de la materia, entre los años veinte y treinta del siglo pasado. Su enigmático destino nos hace reflexionar sobre los distintos caminos que tomaron los protagonistas de la carrera hacia la bomba atómica ―solo unos años después de aquellos descubrimientos―, como una ilustración de las diferentes posiciones de la ciencia frente a aquel dilema existencial. Basándose en los pocos escritos que dejó el científico italiano y en el testimonio de algunos de los científicos que vivieron aquel momento, la interpretación que Sciascia ofrece de este caso da forma a una historia fascinante, aunque ciertamente dramática. Un libro, como muchos de sus trabajos, que oscila constantemente entre investigación periodística y narrativa, y donde el dilema ético que representa la elección de Majorana está constantemente presente.
En esa carrera, en efecto, hubo quien participó con entusiasmo, al menos inicialmente. Robert Oppenheimer, que dirigía la parte científica del proyecto Manhattan, es sin duda uno de ellos. Como escribe Sciascia, la relación entre el físico estadunidense y el general Groves, que dirigía la parte militar del proyecto, recuerda la del prisionero colaboracionista con los comandantes de los campos de exterminios; no en vano Oppenheimer salió de Los Álamos emocionalmente destrozado. Un caso ligeramente diferente es el de Enrico Fermi, aun siendo él el padre científico de la «pila atómica» y habiendo participado activamente en el proyecto. Fermi era una persona muy pragmática, un científico de laboratorio que no se hacía muchas preguntas sobre el mundo externo. Las ideas y las opiniones eran demasiado ambiguas para su mentalidad, algo que difícilmente encajaba con la exactitud de sus experimentos. Así pues, su postura parece motivada por una pura curiosidad científica; lo que ciertamente no disminuye sus responsabilidades.
El caso de Einstein es más conocido. A pesar de su posición fundamentalmente pacifista ―expresada en muchos de sus escritos―, él también siguió la lógica del mal menor: frente a la posibilidad de que «del otro lado» también estuvieran trabajando en ello, utilizó el peso de su nombre para escribir al presidente Roosevelt, en agosto de 1939, pidiendo apoyar sin reservas el proyecto de la bomba atómica (aunque, como era de esperar, Roosevelt no le hizo mucho caso, y se decidió solo después del ataque de Pearl Harbour). No obstante, del otro lado, el que sin duda hubiera tenido la habilidad científica para llevar a cabo este proyecto, Werner Heisenberg, no solo se negó a colaborar, sino que pasó los años de la guerra con un sentimiento de angustia, imaginando que algunos de sus viejos compañeros hubieran podido utilizar aquellas ideas para producir algo tan espantoso: nada menos que arrancar la energía que compone la materia para volverla contra el mundo. Como dijo Otto Hahn: «¡Dios no puede querer esto!»2.
Y sin embargo, también hubo otras voces que expresaron esa angustia, aunque fuera a través del silencio. Un caso sugestivo es precisamente el de Majorana, uno de los jóvenes discípulos de Fermi en el instituto de física de Via Panisperna, en Roma. Según su propio mentor, Majorana estaba a la altura de los más grandes científicos de todos los tiempos, al nivel de Newton o Einstein. Pero su tiempo fue muy fugaz, y desapareció en la nada en marzo de 1938 ―apenas unos meses antes de que se anunciara el descubrimiento de la liberación de la energía atómica―, cuando solo tenía treinta años.
Evidentemente, no sabemos casi nada de su destino ni de las razones de su huida. Y la idea de que él pudiera haber intuido, antes que los demás, la posibilidad de construir una bomba basada en la energía del átomo siempre ha sido negada en el mundo de la ciencia. Aun así, teniendo en cuenta su asombrosa capacidad para comprender varios aspectos de la estructura de la materia antes que sus propios colegas, no es imposible vislumbrar esa idea. Y, en consecuencia, es posible imaginar que fue precisamente la «revelación» de la posibilidad de destruir el mundo lo que provocó su misteriosa desaparición. Como sugiere Sciascia, entonces, esta misma revelación tiene un gran valor simbólico: ante la destrucción de la estructura natural de las cosas, el silencio es la única respuesta existencial. El silencio del monasterio en el que, según algunos, huyó de la locura del mundo. O, más en general: el silencio como dimensión fundamental, como condición de posibilidad de la existencia y del mismo pensamiento.
Tal vez, pensando en la misteriosa trayectoria de Majorana, se podría concluir recordando un pasaje de una de las obras de Dürrenmatt. En Los físicos, Möbius se opone así a la lógica de una ciencia que se convierte en un peligro para la humanidad: «O permanecemos en el manicomio, o el mundo se convierte en un manicomio. O nos eliminamos de la memoria de la humanidad, o la humanidad se elimina a sí misma»3. En la obra, a la afirmación de Möbius le sigue un significativo «silencio». Para los personajes de Dürrenmatt, la negación de la ciencia significa al mismo tiempo la negación de la razón, pero es la única forma de defender su libertad interior.  Diego Malquori es un escritor e investigador italiano. 






























[ARCHIVO DEL BLOG] Racismo. [Publicada el 15/06/2020]











La forma más eficaz de discriminar es, precisamente, aquella en la que el poder se ejerce de forma tan aparentemente natural que se vuelve invisible, afirma en El País [Necesitamos ver. 6/6/2020] la politóloga Máriam Martínez-Bascuñán.  Resurge con fuerza #BlackLives Matters, comienza diciendo Martínez-Bascuñán- el hashtag que atruena las redes tras el asesinato de George Floyd. Para muchos de nosotros, sería casi insultante que nos tuvieran que recordar algo así: por supuesto que importan, diríamos escandalizados. #Saymyname (“¡Di mi nombre!”) es otro de esos poderosos eslóganes que se oyen estos días en las redes y calles de las ciudades estadounidenses. Nuestro debate sobre la justicia suele estar tan centrado en los bienes que recibimos dentro de un esquema distributivo que, cuando escuchamos reclamos como “Mi vida importa” o “No puedo respirar” (el gráfico mensaje que nos interpela tras la dramática muerte de Floyd ahogado por la rodilla de un policía), nos provocan una sacudida violenta. Que algunas vidas sean reconocidas mientras otras se vuelven indoloras o invisibles, incluso cuando se extinguen trágicamente, es algo difícil de encajar, pero amargamente real.
Hay cierta tendencia a intelectualizar la tragedia, a esconderla tras el velo de abstracciones interesadas pero no todo se explica con conceptos como “guerras culturales” o “la trampa de la diversidad”. Señalar algo tan sencillo como que todas las vidas cuentan, que todas ellas importan, además de hablar de lo que tenemos o merecemos según nuestras normas y estándares éticos, implica volver la mirada a lo real y concreto, a cómo somos tratados, a la posición que ocupamos dentro de los esquemas sociales de poder. Es un buen momento para recordarlo: ejercer y tener poder político, reclamar que tu vida cuenta y vale la pena, aparecer y tener voz, no forma parte de ninguna guerra cultural o identitaria. Esa visión tan primaria e interesada que a veces se quiere imponer sobre lo que es justo, nos advierte el pensador alemán Rainer Forst, dificulta la distinción entre la situación de necesidad material que experimentan las personas después de un huracán, de aquella otra en la que, sencillamente, las personas sufren una situación de explotación o subordinación. Porque esto no va únicamente de lo que atesoramos o resguardamos, sino del poder de influencia que tenemos para transformar la realidad, sus obvios y calcificados parámetros de injusticia.
Poder, visibilidad, reconocimiento... son palabras que deberíamos incorporar a nuestro vocabulario cada vez que pensamos en injusticias sociales. Lo señaló Trudeau al hablar de lo que ha sucedido en EE UU, de lo que sucede a diario en Canadá: “Necesitamos ver”. Porque la forma más eficaz de discriminar es, precisamente, aquella en la que el poder se ejerce de forma tan aparentemente natural que se vuelve invisible, como esas vidas que ahora, avergonzados por nuestros privilegios, repetimos que importan, que cuentan, y que van a ser lloradas si desaparecen". Y ahora, como decía Sócrates, Ιωμεν: nos vamos. Sean felices, por favor, a pesar de todo. Tamaragua, amigos. HArendt