sábado, 28 de marzo de 2026

DE LAS VIÑETAS DE HUMOR DEL BLOG DE HOY SÁBADO, 28 DE MARZO DE 2026

 





























viernes, 27 de marzo de 2026

LA CONSCIENCIA, AL OTRO LADO DEL ESPEJO. ESPECIAL TRES DE LA NOCHE DE HOY VIERNES, 27 DE MARZO DE 2026

 







No es ninguna novedad que el yo y la consciencia siguen siendo, después de miles de años, elementos clave de un eterno filón literario. Es la base del quiénes somos, así que desde que el ser humano se reconoció a sí mismo en un espejo (por supuesto, después de haberlo inventado), no halla la paz hasta que no encuentre unas respuestas o, más bien, las respuestas que espera encontrar. Bueno, tampoco hay que generalizar: una grandísima parte de la humanidad ni se plantea la pregunta, y vive automáticamente su programa evolutivo sin más, ejecutando los dictados de la selección natural sin necesidad de considerar o contemplar cuestiones que, al fin y al cabo, no aportan directamente al éxito reproductivo. No olvidemos que los animales que más éxito siguen teniendo en este planeta (como las cucarachas, las moscas, o el plancton) con toda probabilidad no se rompen la cabeza con acertijos filosóficos. Sin embargo, otros tenemos una misteriosa inquietud por meternos donde no nos llaman y, perteneciendo a un linaje que ha invertido en un gran cerebro, sentimos una compulsión profunda hacia asuntos que ponen a prueba nuestros límites intelectivos. En el caso de la consciencia, por el momento, sin grandes resultados: a pesar de que las mentes más brillantes se hayan enfrentado a sus pesquisas en los últimos milenios, no han logrado ningún acuerdo, ni de lejos. De hecho, estas mentes brillantes han llegado a conclusiones a menudo opuestas e incompatibles, antagonistas, la mayoría de las veces siguiendo un proceso lógico que tira más de intuición y de corazonadas que de evidencias. Así que tenemos que reconocer que, si decidimos deleitarnos con el tema de la consciencia, es mejor hacerlo sin demasiado afán, sin demasiadas expectativas y, sobre todo, tratando de evitar frases tajantes y concluyentes.

En el panorama actual sobre neurociencia de la consciencia, Anil Seth (Oxford, 1972) es, sin duda, uno de los actores principales. Tras graduarse en ese templo que es la Universidad de Cambridge, desarrolló parte de su formación con Gerald Edelman, un premio Nobel de inmunología que, además, dejó una huella importante sobre la ciencia y la filosofía de la mente. En su libro La creación del yo (Sextopiso, 2023), Seth resume muchos años de investigación y de perspectivas sobre la que llama «una nueva ciencia de la conciencia». El libro (una ampliación de su propia Ted Talk sobre el tema) se divide en cuatro partes, que abordan el problema del nivel de conciencia, del contenido de la conciencia, del yo, y de la interacción con los otros. En la traducción en español, se omite el eterno problema lingüístico del castellano, que confunde consciencia (con «s») y conciencia (sin «s»), usando, en este caso, el segundo término. En inglés, sin embargo, se pueden emplear los términos consciousness y awareness para definir la identificación metacognitiva de uno mismo y la capacidad atencional de darse cuenta, respectivamente. Esta «s» en español genera mucha confusión, porque los dos términos acaban usándose como sinónimos. Para más inri, a veces se añade un matiz moral que aumenta el margen de desconcierto semántico. Desde luego, está bien conocer esta diferencia, por lo menos para estar en alerta a la hora de leer una traducción, o cualquier otra fuente escrita en español sobre este tema.

El libro presenta la consciencia como un equilibrio cognitivo entre orden y azar, o mejor, entre orden y desorden, por lo que atañe al flujo de información que manejan nuestros sentidos, y a la diversidad de señales que llegan a nuestro cerebro. Evidentemente no sería un proceso asociado a un elemento concreto de nuestra biología, sino un conjunto de elementos, enraizados en la experiencia, en la fenomenología del ser y en la exploración de la realidad. Estados alterados de consciencia, condiciones patológicas y drogas se usan mucho para considerar qué pasa cuando los patrones normales sufren alteraciones de este conjunto de percepciones. Seth considera atentamente estos tipos de evidencias, confiando tal vez demasiado en ellas. Al fin y al cabo, habría que tener cuidado a la hora de evaluar cómo funciona un proceso complejo tomando como referencia, precisamente, los estados en los que ¡no funciona!

La mente que propone Seth es informativa (intenta discriminar lo que es de lo que no es) e integrativa (intenta juntar todas las informaciones en un modelo único y sensato). Sobre todo, es esa máquina predictiva que muchos están intentando perfilar en estas últimas décadas. Una máquina entrenada para minimizar el error de predicción, y producir así su «mejor conjetura». Esta máquina, según una visión materialista y reduccionista, es un cerebro que, encerrado a oscuras en una caja, intenta adivinar el mundo sobre la base de las señales bioquímicas de los sentidos, transductores imprecisos pero muy funcionales de lo que pasa ahí fuera. El resultado de este proceso es una alucinación, controlada y controladora. Controlada porque está garantizada por millones de años de evolución y por un chequeo constante de toda la información, llevado a cabo en múltiples niveles. Controladora porque nos creemos ciegamente sus resultados, respondiendo como marionetas a sus escenarios y a sus conclusiones.

Por supuesto, todo ello no se puede ver ni tocar, así que no queda otra que buscar trazas indirectas de este proceso misterioso. De hecho, nadie investiga «la consciencia», sino sus correlatos biológicos, es decir, las respuestas asociadas que presentan las células y las moléculas de la vida. Y esto delata un problema de fondo: las teorías sobre la consciencia son especulativas, con lo cual «creer» en una de ellas es muchas veces más una cuestión de confianza que de demostración. Creemos en una u otra teoría porque nos suena, porque avala algún sesgo o algún prejuicio que tenemos, porque decidimos pertenecer a su grupo intelectual o, sencillamente, porque es chula y está de moda en un determinado momento.

Dicho esto, confieso que no he logrado disfrutar de este libro, y que más bien lo he vivido como una monumental recopilación de vicios que, en mi personalísima opinión, aumentan la confusión sobre temas tan importantes como la consciencia y, sobre todo, el yo. Para empezar, llevo años haciendo notar cómo muy frecuentemente (por no decir casi siempre) quien habla de consciencia o de yo, en un contexto tanto divulgativo cómo técnico, lo hace sin haber dado previamente una definición de estos términos. No hablo de «la» definición, sino de una definición cualquiera, una suya, que, por muy imprecisa, incompleta o incluso equivocada que sea, nos ayude a entender, lexical y semánticamente, a qué se refiere el autor cuando, en su texto, utiliza estas palabras. Sin una definición, es difícil interpretar el mensaje o la teoría de alguien, sobre todo si hablamos de conceptos tan complejos, vagos y, sobre todo, polisémicos como estos. Empecé el libro con la curiosidad de ver cuál era su estrategia en este sentido, y me quedé bastante extrañado cuando leí, al principio del libro, que no iba a dar ninguna definición, para no sesgar la búsqueda, para no influir en el lector, y porque sería demasiado complicado. Es decir, Seth, al contrario de los que entran a saco sin definiciones, sí que menciona el problema, pero solo para declarar que va a pasar de él. Desde luego, discrepo: sin una definición, cualquier afirmación puede ser sensata o no, cualquier resultado se puede interpretar de una forma u otra y, por supuesto, ninguna hipótesis científica podrá ser valorada.

Otro aspecto que creo que no ayuda mucho es el nivel de resolución de todo el ensayo que, en trescientas y pico páginas de reflexiones, no llega a ninguna novedad en concreto. Confieso ser una persona muy pragmática: me gusta llevar los conceptos y los criterios a la vida real, a algún tipo de transformación cognitiva o cultural que altere (y mejore) la forma de relacionarse con el mundo. Es un camino intermedio entre dos extremos que no llego a apreciar: el reduccionismo más materialista y simplón de las células y de las moléculas, y la filosofía más abstracta y general de la lógica conceptual descolgada de la experiencia real. Este libro, sin embargo, está integralmente basado en estas dos aproximaciones extremas. Seth declara apoyar una visión fisicalista y materialista de la consciencia, lo cual es normal, siendo un «hombre de laboratorio» hecho y derecho. Y se deshace de las alternativas con pocas palabras, una crítica rápida y superficial, y pocas justificaciones, supuestamente avaladas por el rigor de la ciencia. En el libro, el materialismo reduccionista se lleva a sus clásicos excesos, con tediosos experimentos descritos con todo detalle, sobre aspectos tan específicos y concretos del mecanismo neuronal que difícilmente pueden restituir un resultado significativo sobre algo tan complicado como la consciencia, a no ser que uno le eche mucha fantasía y una avalancha de especulaciones. Lo cual nos recuerda que, aunque el reduccionismo usa la palabra «ciencia» como escudo para todo, al final sus conclusiones necesitan algo que se parece demasiado a la «fe», si uno quiere defender sus ideas sin cuestionarse mucho los métodos. Al mismo tiempo, en este libro, este reduccionismo intenso se acompaña con su opuesto: la más abierta y generalizada especulación filosófica. Como se estila en los tradicionales contextos de evangelización, se abusa de la analogía como panacea para sesgar la visión más que para orientarla. Desde la molécula se pasa de repente a lo terriblemente general, abstracto, posible, en un vaivén continuo entre lo infinitamente pequeño y lo infinitamente vago. Un proceso anclado en aquella posibilidad de la lógica, de la religión y de la política, que frustra la más sana y sensata probabilidad de los científicos rigurosos.

Además, a lo largo de todo el libro hay una estrategia bastante impropia para un científico. Por un lado, todo se presenta por lo que es: una especulación, una corazonada. Hay muchos «tengo la sensación de que», «yo intuyo», y confesiones de que las conclusiones son el fruto de una apuesta a ciegas. Pero luego, pocas páginas después, las mismas afirmaciones ya se presentan como certezas, como hechos, como conocimientos claros y adquiridos, y los «tengo la sensación de que» se sustituyen por un «ahora sabemos que». No creo que esta forma de presentar las evidencias científicas sea muy rigurosa, y me ha dejado un poco con un sabor de manipulación poco respetuosa. Certezas basadas en creencias, donde las segundas son legítimas, y las primeras, no.

Todo esto viene aliñado con un tono coloquial (quizá demasiado) pero muy complicado (embebido de filosofía densa y cábalas matemáticas) y glamurosos momentos autobiográficos donde el autor recorre sus intercambios con la crema del mainstream internacional. No ayuda, en esta edición, un doble sistema de notas, algunas a pie de página y otras al final del libro, que hace la lectura aún menos coherente y fluida.

En resumidas cuentas, Seth está convencido de que existe una verdad que podemos descubrir viajando en un laberinto lógico-filosófico muy especulativo mezclado con reduccionismo y materialismo científico. Lo cual, en mi forma de ver, acaba delatando que este libro no es sobre la consciencia, sino sobre su propia y personal aproximación a ella. Considerando el peso de este autor a nivel académico, y su indudable experiencia, este libro es una importante fuente de información, pero hay que tener cuidado en no leerlo como fuese, literalmente, una biblia.

Además de estas críticas generales, quiero también mencionar cuatro puntos que, en mi opinión, representan carencias importantes de este ensayo. El primero es, precisamente, el que atañe al «yo», que Seth considera una ilusión al interpretarlo (o sentirlo) como indivisible e inmutable. Tampoco en este caso se proporciona definición alguna, y se concluye que el yo no es más que otra alucinación controlada y controladora. Como a menudo ocurre en este tipo de literatura, en mi opinión también en este caso se confunde el yo (la unidad consciente) con el ego (el protagonista ficticio de nuestra vida), dando además por hecho que si una entidad es impermanente e interconectada entonces no puede existir. Quien trabaja con la ecología o con las teorías de sistemas sabe perfectamente que no es así. Dicho sea de paso, esta misma actitud (el yo/ego como ilusión) está presente en muchas tradiciones filosóficas, sobre todo en el budismo, y sorprende un poco no encontrar ninguna mención a ello a lo largo de todo el libro. Finalmente, con una aproximación estrictamente lógica, Seth relaciona el yo (sin definir) con la consciencia (sin definir), introduciendo aspectos que podrían tener un peso en su recíproca relación. Entre ellos, lenguaje e inteligencia (sin definir), factores cruciales para el yo pero que, según él, no son necesarios para la consciencia. Lo cual lo lleva inevitablemente a mojarse sobre la condición no humana (animales e inteligencia artificial), con un lacónico y politically-correct «creo que todos los mamíferos son conscientes».

La segunda carencia tiene que ver directamente con el marco neurobiológico: como en las tradiciones más convencionales, conservadoras y ortodoxas, todo el proceso neuronal se focaliza en la centralidad de estos mágicos y todopoderosos lóbulos frontales, sede impepinable de la razón, del buen sentido, y de la sensatez. Esta actitud, contra toda evidencia, ha aguantado un siglo, pero ya a estas alturas la mayoría de los neurocientíficos saben que el cerebro actúa como una orquesta, y no es sabio intentar localizar funciones y habilidades de una forma demasiado estricta. Por ejemplo, hoy en día se reconoce la importancia del sistema fronto-parietal, donde la corteza parietal proporciona algo fundamental para el ego, el yo, la consciencia y la percepción: un cuerpo. De hecho, por fin la comunidad científica reconoce que el proceso cognitivo puede que no se limite a un cálculo cerebral, sino que necesite de un flujo de información entre cerebro, cuerpo y ambiente (lo cual incluye la cultura y la tecnología). Conceptos como el embodiment o la extensión cognitiva representan grandes ideas de las ciencias cognitivas modernas, al poner el cuerpo y las herramientas directamente en el marco del sistema mental. Pero de todo ello no hay rastro en este libro. Seth admite que sentir, pensar y actuar forman parte de un mecanismo integrado, pero sin llegar a mencionar la posibilidad de un yo que vaya más allá de la frontera del cráneo, una opción probablemente demasiado esotérica para un «materialista fisicalista». Curiosa la situación del cerebelo: a pesar de tener cuatro o cinco veces el número de neuronas del cerebro, parece que a la consciencia no le aporta mucho.

La tercera laguna atañe a un nervio descubierto de la ciencia y de la filosofía: el libre albedrío. Como ocurre con la consciencia, también en este caso grandes mentes han llegado a conclusiones opuestas, y no esperamos que un libro desvele sus íntimos secretos. Pero me habría gustado leer en este ensayo algunas afirmaciones más originales, por muy especulativas que fueran. Sin embargo, el autor no se moja, aunque deja caer un impersonal «depende». Habla de la volición o, mejor dicho, de su supuesta percepción, la cual depende de lo que quiero hacer, de que podría haber hecho algo distinto y de que esta sensación viene «desde dentro». Para luego desmontar (junto con el yo) la libertad de esta cadena, no sin dejar claro que, de todas formas, aún queda un espacio para la decisión. Es decir, guiñando un ojo a la moda corriente que rechaza la existencia de una libre voluntad, deja abiertas las puertas, sabiendo que estas modas siempre son pasajeras.

Finalmente, la última carencia tiene que ver con una total ausencia de perspectiva evolutiva. Sabemos que al reduccionismo le interesan más las causas próximas (células y moléculas) quelas remotas (la historia evolutiva), pero he echado en falta por lo menos un marco general. De hecho, todavía no sabemos si la consciencia, sea lo que sea, es una «adaptación» (es decir, un rasgo seleccionado para aumentar el éxito reproductivo) o un imprevisto (por ejemplo, una función emergente de un sistema evidentemente complejo). Seth se limita a insistir en que todo lo que la biología de un ser viviente genera tiene el único fin de «mantenerlo vivo». Poca cosa para un tema donde grandes mentes como Stephen Jay Gould u Oliver Sacks han sentado cortésmente las bases para un análisis algo más profundo.

En 1973, el mismo año en que recibió el premio Nobel para la etología, Konrad Lorenz publicó el excelente ensayo La otra cara del espejo, donde consideró las bases del comportamiento animal, humano y social. Lorenz interpretaba el comportamiento como un proceso de adquisición y procesamiento de información, orientado a optimizar la integración entre un animal y su medioambiente. Estas funciones cognoscitivas tienen escalas diferentes, pero en realidad también comparten bases comunes que moldean, con muchos parecidos, la evolución de los protozoos y de las grandes civilizaciones humanas. A la hora de enfrentarse a este reto intelectual, Lorenz invocaba la necesidad de un realismo hipotético, un equilibrio entre realismo científico y escepticismo, mediado por la poderosa herramienta de la humildad epistemológica: nuestros modelos son funcionales (sirven para mejorar nuestras interpretaciones) y provisionales (duran lo que duran, hasta que vengan modelos mejores). Medio siglo después de aquel ensayo, sigo pensando que esta es la mejor forma de acercase al yo y la consciencia. Sin considerar que, como recuerda Seth hablando del misterianismo de Colin McGinn, no podemos olvidar que puede que haya cosas que nuestra mente, excepcional pero limitada, no pueda ser capaz de modelar. Lo cual nos lleva al viejo chiste sobre los excesos de la lógica: hay que tener cuidado cuando se busca un gato negro en un cuarto oscuro, porque puede que, sencillamente, no esté ahí. Reseña del libro La creación del yo. Una nueva ciencia de la conciencia, de Anil Seth. Ciudad de México, Sextopiso, 2023. EMILIANO BRUNER es investigador del Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC). Publicado en Revista de Libros del 20 de marzo de 2026.






















PENSAR CON LA HISTORIA DE ESPAÑA. ESPECIAL DOS DE LA NOCHE DE HOY VIERNES, 27 DE MARZO DE 2026





 


Pensar con la historia no es lo mismo que pensar sobre la historia. Así lo indicó hace algún tiempo el historiador estadounidense Carl E. Schorske en una obra de título homónimo y elegante factura académica que compilaba algunos de sus trabajos dedicados al estudio del significado de la civilización europea en el tránsito a la modernidad. En el último de los supuestos ―nos dice Schorske―, pensar con la historia supone reflexionar sobre la historia como método general de construcción de pensamiento, como vienen haciendo los filósofos y teóricos de las distintas corrientes historiográficas que surgieron en Europa tras la Primera Guerra Mundial como revulsivo a la hegemonía intelectual que representaba el positivismo impulsado por el historiador alemán Leopold von Ranke. Y en su primera deriva consiste en utilizar los materiales del pasado (documentos oficiales y de curso restringido, obras literarias y de arte, testimonios orales) y los marcos con los que los interpretamos, para orientarnos en el presente que vivimos, escurridizo y sujeto a interpretación cuasi constante por el uso que de él hacen algunos políticos. En este sentido, la historia se manifiesta como un objeto estático (un cuadro o una escultura), o como un proceso dinámico (la creación de un estado y una nación, el desarrollo de una revolución), donde los elementos inmóviles se enlazan o disuelven dentro de un modelo narrativo de cambio que busca una explicación razonada y perdurable en el tiempo.

Breve Historia de España (en adelante BHDE), obra de Juan Sisinio Pérez Garzón (Gójar, Granada, 1950), catedrático emérito de historia contemporánea de la Universidad de Castilla-La Mancha y experto en historia política de España del siglo XIX y de los movimientos sociales, se enmarca en ese modelo de análisis dinámico de los acontecimientos históricos que menciona Schorske, y ofrece respuestas novedosas y ponderadas a una serie de hechos de primera categoría sujetos a interpretaciones metahistóricas por parte de ciertos pseudohistoriadores que no parecen conocer las reglas del oficio o métier de historiador, que estableciera Marc Bloch en su Apologie pour l’histoire (París, 1949). Este sería el caso, por ejemplo, de las brillantes páginas que dedica Pérez Garzón a la cultura andalusí, a la expulsión de España de varios cientos de miles de españoles que profesaban distinta fe (judíos y moriscos) e ideas (austracistas, liberales y republicanas) al poder hegemónico del momento; o el de aquellas otras que se ocupan de la naturaleza de la revolución liberal, del fracaso de la segunda república o del actual clima de polarización política, resultado este último de la sustitución ―hacia 2018, señala Pérez Garzón― del bipartidismo del PP y PSOE por el bibloquismo1. 

El punto de partida para el análisis de los hechos descritos se le proporciona al lector en las páginas introductorias de esta BHDE. El resultado es esclarecedor y oportuno. Frente a otras historias de España, nucleadas en las gestas de los reyes o en los excluyentes esencialismos que proporcionan los mitos fundacionales, las banderas y otros símbolos identitarios, BHDE hace una apuesta firme por una historia desde abajo, au niveau du sol, de sus habitantes ―hombres y mujeres― y de las distintas formas de organización que adoptaron (gremios, sindicatos, partidos políticos, asociaciones vecinales) con el propósito de obtener derechos y libertades que les eran negados desde la estructura política, económica y social vigente en cada momento. Es esta una postura honesta y valiente, quizá demodé paraalgunos críticos, pero sin duda acorde a lo que nos encontramos de principio a fin: algo más de tres mil años de historia de España desde la óptica que proporciona la llamada «gente sin historia» (célebre expresión del antropólogo estadounidense Eric R. Wolf) y sus ganas y voluntad de progresar.

Ya sea privilegiando los acontecimientos políticos, o los económicos, sociales y culturales, otros historiadores de generaciones distintas a la de Juan Sisinio Pérez Garzón también han proporcionado notables síntesis de historia de España, resultado de una larga experiencia docente e investigadora. Este sería el caso de Pierre Vilar (Histoire de l’Espagne, París, 1947), Jaume Vicens Vives (Aproximación a la historia de España, Barcelona, 1952), Antonio Domínguez Ortiz (España, tres milenios de historia, Madrid, 2000), Juan Pablo Fusi (Historia mínima de España, Madrid, 2012) y Eduardo Manzano Moreno (España diversa, claves de una historia plural, Barcelona, 2024). Sin embargo, acaso la síntesis más sintética que caracteriza nuestro pasado se condensa en las dos palabras que hiciera célebre Ramón Carande: «demasiados retrocesos». BHDE se entronca en este patrón que propuso Carande, sobre todo para el siglo XIX, un continuo tejer y destejer de pronunciamientos y contrapronunciamientos, de constituciones que nacen y mueren. Así lo advertían en su correspondencia cruzada el Conde de Toreno y Juan Valera, espectadores de excepción de este periodo.

Tiene toda la razón Juan Sisinio Pérez Garzón cuando, al final de su libro, en el apartado dedicado a las orientaciones bibliográficas, apunta que los estudios e investigaciones en Historia Contemporánea realizados durante estas primeras décadas del siglo XXI, a diferencia de otras cronologías, han crecido exponencialmente. Entre las razones que explican este fenómeno se encuentran la buena acogida que ofrecen ciertos sellos editoriales de peso mediático para publicar «nuevos» trabajos (tesis doctorales, sobre todo) acerca de la guerra civil y el franquismo. Gracias a ello, un público más o menos amplio e interesado puede conocer los más recientes debates académicos y las distintas posturas defendidas por los historiadores sobre las cuestiones indicadas.

Naturalmente, BHDE glosa algunos de estos resultados. Pérez Garzón, por ejemplo, señala que la mayoría de los españoles en 1936 no quiso hacer la guerra. Los voluntarios en la zona republicana fueron 120.000, y unos 100.000 en la sublevada. De un país de 24,7 millones de habitantes, dos millones y medio de jóvenes fueron forzados a enfrentarse (1,3 por los republicanos, y 1,2 por el bando sublevado), lo que obliga a matizar el relato épico de la guerra. Ello no es óbice para insistir también en una cuestión que resultó extraordinariamente nociva para el régimen republicano: la captación de jóvenes para la acción violenta, tanto en las izquierdas (FAI y milicias socialistas) como en las derechas (FE de las JONS). E incluso para subrayar que el ganador de la guerra, el general Francisco Franco, tras su proclama de política económica autárquica de 1939 («España es un país privilegiado que puede bastarse a sí mismo. No tenemos necesidad de importar nada»), hizo uso de la hambruna para terminar de rematar a una población ya de por sí muy dañada (recordemos que en la guerra civil española hubo más pérdidas humanas que las ocurridas en Francia e Italia durante la Segunda Guerra Mundial). El dato aportado es escalofriante: de 200.000 muertos en el momento álgido (1939-1942), un 10% murió por inanición, y el 90% restante por enfermedades agravadas por la malnutrición.

Es probable que los capítulos que abarcan los siglos XVI y XVII ofrezcan menos «novedades» a un lector especializado que las páginas dedicadas al XX y XXI, o al resto de las etapas históricas (prehistoria, épocas romana, antigua y medieval). El enrocamiento en el que han caído algunos debates sobre la Edad Moderna («¿existió un estado y una nación antes de la constitución de 1812? ¿Sí o no?»), unido al interés político con el que algunos sectores conservadores reconducen y rebajan otras fascinantes disputas intelectuales («España, generadora de la primera globalización») explica en parte este fenómeno. Ello no obsta para señalar que, además de ocuparse de esas «gentes sin historia» y de sus relaciones, hubiera sido deseable encontrar en BHDE alguna alusión a los «dependientes» que había en las casas nobiliarias españolas, es decir, todos aquellos hombres y mujeres que eran libres pero que en muchos casos trabajaban y vivían en condiciones inferiores a los esclavos. Hasta ahora, desconocemos cómputos locales y globales, lo que no significa que su repercusión en la economía y cultura de la época fuera desdeñable (véanse las investigaciones de Roser Salicrú i Lluch y Fabienne P. Guillén). Y lo mismo hay que advertir a propósito de los cientos de miles de españoles que permanecieron en las poblaciones del islam Mediterráneo (Marruecos, Argel, Túnez y Turquía) de resultas del enfrentamiento entre la monarquía de los Austrias, el Imperio otomano y sus aliados, las regencias berberiscas. En recientes trabajos se demuestra que las condiciones de vida y el horizonte de expectativas entre los «infieles» no eran peores que las que dejaron atrás en sus poblaciones de origen, todo lo cual quizás explica el alto número de renegados que hubo en el Mediterráneo durante la Edad Moderna (un millón proponen Lucetta Scaraffia y Salvatore Bono).  

A pesar de esto, BHDE es una sólida síntesis con tesis, como apuntábamos al comienzo de estas páginas. Que quema entre las manos y se lee casi de un tirón gracias a lo bien escrito que está («lo que se sabe sentir se sabe decir», Miguel de Cervantes dixit), al margen de los tecnicismos a los que somos tan propensos los especialistas. Josep Fontana, uno de los historiadores españoles más importantes y preocupados por la metodología, ya anunció las consecuencias que se derivarían de realizar una historia solo para los miembros de la tribu de historiadores, y reivindicó ese compromiso cívico en el análisis de «la compleja articulación de trayectorias diversas que se enlazan, separan y entrecruzan, de bifurcaciones en que se pudo elegir entre diversos caminos posibles, y no siempre se eligió el que era mejor en términos del bienestar de la mayor parte de los hombres y mujeres, sino el que convenía a aquellos grupos que disponían de la capacidad y la persuasión y la fuerza represiva necesaria para imponerla»2. Juan Sisinio Pérez Garzón sigue esta fecunda línea de trabajo y demuestra que la interacción entre pueblos distintos entreteje diversos presentes. Ya sea en el romano, el andalusí o en el reciente pasado, presente o futuro, lo que caracteriza a la historia de España no es una identidad eterna, sino el cambio y la lucha constante por el progreso. Reseña del libro Breve Historia de España, de Juan Sisinio Pérez Garzón. Madrid, Los Libros de la Catarata, 2025. JOSÉ ANTONIO MARTÍNEZ TORRES  es catedrático de Historia Moderna en la UNED. Publicado en Revista de Libros el 20 de marzo de 2026.


























LA CORRUPCIÓN DE TRUMP, LA ESTAFA DE LOS DE DENTRO. ESPECIAL UNO DE LA NOCHE DE HOY VIERNES, 27 DE MARZO DE 2026

 







Amigos, Margaret Ryan, la máxima responsable de la aplicación de la ley en la Comisión de Bolsa y Valores (SEC), el organismo encargado de investigar el uso de información privilegiada y otras actividades ilegales en los mercados financieros, dimitió abruptamente la semana pasada, tras solo seis meses en el cargo.

Según se informa, Ryan quería ser más enérgica en la persecución de cargos de fraude y otras irregularidades, incluso contra el círculo íntimo de Trump. Pero el presidente de la SEC, Paul Atkins, y otros miembros republicanos designados para la comisión no se lo permitieron.

Cuando Trump nombró a Atkins presidente de la SEC, este era copresidente de la Token Alliance, un grupo que promueve las criptomonedas, y poseía activos por valor de 6 millones de dólares en empresas relacionadas con las criptomonedas.

Durante la gestión de Atkins en la SEC, la comisión ha desestimado o resuelto numerosas demandas con empresas de criptomonedas y ha adoptado un enfoque regulatorio laxo en materia de fraude.

También ha evitado casos políticamente delicados, como, me atrevo a adivinar, el uso de información privilegiada por parte de la familia y los allegados de Trump.

¿Por qué menciono el uso de información privilegiada por parte de la familia y los allegados de Trump?

Porque el lunes 23 de marzo a las 7:05 am ET, Trump publicó en su plataforma Truth Social que Washington había mantenido "CONVERSACIONES MUY BUENAS Y PRODUCTIVAS" con Teherán sobre una "RESOLUCIÓN COMPLETA Y TOTAL" a las hostilidades.

Inmediatamente, la bolsa de valores cobró vida. Los futuros del S&P 500 se dispararon más de un 2,5 por ciento antes de la apertura. Y los futuros del petróleo (apuestas sobre los precios futuros del petróleo) se desplomaron, cayendo un 14 por ciento en cuestión de minutos.

Pero algo muy peculiar ocurrió 15 minutos antes de la publicación de Trump.

Les pido disculpas de antemano por mostrarles tantos gráficos, pero es importante que vean exactamente lo que sucedió a las 6:50 de la mañana, hora del este, del lunes.

A las 6:49 a. m. (hora del este), los operadores realizaron 734 apuestas sobre contratos de petróleo crudo en la Bolsa Mercantil de Nueva York. Un minuto después, a las 6:50 a. m., esa cifra había aumentado a 2168, lo que equivale a unos 170 millones de dólares.

Al mismo tiempo, 15 minutos antes del anuncio de Trump, los futuros del West Texas Intermediate también experimentaron un enorme aumento en la actividad comercial.

Se observó el mismo patrón en los contratos de crudo Brent, el otro referente petrolero importante. Entre las 6:48 y las 6:50 (hora del este), el volumen de operaciones aumentó de 20 a más de 1650, lo que representa aproximadamente 150 millones de dólares en contratos.

Un repunte similar en las operaciones se produjo entre las 6:49 y las 6:50 de la mañana (hora del este) en los contratos de futuros del índice bursátil Standard & Poor 500, el Euro Stoxx 50 y otros mercados de valores.

A las 6:50 AM ET, se compraron contratos de futuros del S&P 500 por un valor nominal de 1.500 millones de dólares.

En otras palabras, 15 minutos antes de que Trump anunciara que Estados Unidos aplazaría los ataques contra la infraestructura energética de Irán, el volumen de operaciones bursátiles aumentó misteriosamente y el precio del petróleo se desplomó con la misma misteriosa rapidez.

Sin embargo, en ese momento —15 minutos antes del anuncio de Trump— no había indicios públicos de que se estuvieran llevando a cabo conversaciones serias entre Estados Unidos e Irán.

Por lo tanto, este enorme repunte en las operaciones bursátiles y la caída de los futuros del petróleo deben haber sido provocados por alguien, o por algunas personas, que tenían conocimiento previo del anuncio de Trump.

Esta persona o estas personas ganaron muchísimo dinero gracias a esta información privilegiada.

Pero, ¿quién fue el informante, o los informantes, que hicieron apuestas tan enormes a que Trump haría exactamente lo que hizo?

¿Podría tratarse, por ejemplo, de Jared Kushner, yerno de Trump, quien es una de las personas que representan a Estados Unidos en las negociaciones con Irán, y que además dirige una firma de capital privado con más de 6 mil millones de dólares en inversiones, financiada en gran medida por fondos soberanos de Oriente Medio, especialmente el Fondo de Inversión Pública de Arabia Saudita?

¿O Steve Witkoff, que también representa a Estados Unidos en estas negociaciones y que además tiene su propia empresa de inversiones? ¿O Howard Lutnick? ¿O Melania? ¿O todos ellos? ¿Quién sabe?

La Comisión de Bolsa y Valores (SEC) es la encargada de controlar este tipo de operaciones con información privilegiada. Basándome en las operaciones que mencioné anteriormente, normalmente la SEC ya habría iniciado una investigación. Pero hasta ahora, nada.

Esta no es la primera vez que se producen picos en las apuestas justo antes de que Trump haga algo inesperado.

En enero, las apuestas se dispararon en Polymarket, una plataforma de predicciones basada en criptomonedas, ya que se apostaba a que el presidente venezolano Nicolás Maduro dejaría el poder antes de que terminara el mes. Horas después, fue capturado por las fuerzas estadounidenses. (Una cuenta ganó más de 436.000 dólares con una apuesta de 32.537 dólares).

¿Por qué deberíamos preocuparnos de que personas con información privilegiada obtengan beneficios en el mercado de valores, los mercados de futuros o incluso los mercados de predicción basados ​​en criptomonedas?

Para empezar, es injusto. Perjudica a los inversores promedio mientras aumenta la riqueza de ciertas personas que saben, por ejemplo, lo que Trump está a punto de hacer (incluidos Trump y miembros de su familia).

Por otro lado, este tipo de manipulación socava la confianza pública en la equidad del mercado, lo que a la larga lo destruye. En pocas palabras, si el público cree que el mercado está amañado a favor de personas privilegiadas, es probable que retire sus inversiones.

Por eso, se supone que la Comisión de Bolsa y Valores (SEC) debe controlar el mercado para evitar el uso de información privilegiada.

Y por qué deberíamos estar todos preocupados de que la principal funcionaria encargada de la aplicación de la ley en la SEC renunciara abruptamente la semana pasada porque el presidente de la SEC y otros designados republicanos no le permitieron ser más enérgica en la persecución de cargos de fraude y otras conductas indebidas contra el círculo íntimo de Trump.

Y por qué lo ocurrido el lunes por la mañana, 15 minutos antes del anuncio público de Trump, resulta tan terriblemente preocupante.

Amigos, hay una palabra para esto. Se llama corrupción. ROBERT REICH es profesor de la Universidad de California en Berkeley. Publicado en Substack el 25 de marzo de 2026.



















EL SABOR DEL CAFÉ: SU QUERIDA JEFA ETARRA. ESPECIAL TARDE DE HOY VIERNES, 27 DE MARZO DE 2026

 





No faltará quien haga sentir a Soledad Iparraguirre que, si bien sus asesinatos no lograron su objetivo, el camino ha merecido la pena. Del régimen en semilibertad del que ya disfruta Soledad Iparraguirre, Anboto, de la utilización sibilina de un artículo (100.2 del reglamento penitenciario) que suele disponerse para facilitar la vida de los terroristas, hay algo aún más grave y mezquino que esto último: salga cuando salga, más pronto que tarde, no le faltará a la exjefa etarra, condenada a 793 años de cárcel por su vinculación con 14 asesinatos, gente que vaya a las puertas de la cárcel a recibirla, ciudadanos que promuevan su nombre y su cara para camisetas, pintadas callejeras o carteles, fiestas populares en reconocimiento a su trabajo por la libertad del pueblo vasco, empresas que le ofrezcan empleo en caso de quererlo, ventajas académicas en caso de que quiera estudiar, aprecio y respeto y admiración de vecinos que la hagan sentir, a Soledad Iparraguirre, Anboto, que si bien el objetivo que perseguían sus asesinatos no se ha conseguido, el camino ha merecido la pena. Cuando muera, lo hará entre honores.

Acaba de publicarse Plomo, la novela que José Luis Sastre ha escrito sobre un escolta y una concejala que aceptan un trabajo, el de ponerse en una diana terrorista y social, que podían haber evitado. De esos que se multiplicaron anónimamente en Euskadi cuando no solo no comprometían su vida sino la paz de su familia no hay mucho rastro. Es seguro que esos escoltas y concejales no cuentan con una red que les recuerde que su trabajo mereció la pena, y es sabido que las instituciones para ciertas cosas son muy secas.

No, de Anboto lo doloroso no es su temprana reinserción, acaso por la costumbre de que las ventajas penitenciarias lleguen sin que haya resolución de asesinatos ni peticiones de perdón como moneda de cambio: lo doloroso, por recurrente, es la gente que mira atrás y siga viendo como héroes a los que ponían bombas y como sospechosos a los que en el conflicto ponían la carne quemada.

Se celebró este domingo la 24ª edición de la Korrika, una carrera en favor del euskera. En un tramo de la carrera, en Pamplona, el testigo lo cogió un niño con la foto estampada en su camiseta del asesino de Tomás Caballero, y a su lado varios adultos corrían con la foto de otro asesino de Caballero y de Francisco Casanova: raro sería que entre esas miles de personas no corriese junto a ellos algún familiar de los asesinados. Así estamos.

La decena de personas que fueron a recibir a Anboto a la cárcel se dispusieron frente a ella para tapar su cara y así no ser grabada: la vida sigue, el pasamontañas también. MANUEL JABOIS es escritor. Publicado en El País del 25 de marzo de 2026.





















SAÚDOS NAS LINGUAS DA MIÑA TERRA. HOXE, VENRES, 27 DE MARZO DE 2026, EN GALEGO

 









Ola, bos días de novo a todos e feliz venres. O sol parece estar gañando a batalla contra a tormenta Teresa, que tanta devastación desatou na miña terra natal, as Illas Canarias. Aínda quedan os seus últimos vestixios, pero derrotámola; devastación, si, e moita, pero sen vítimas mortais. Os deuses estiveron do noso lado e o pobo canario sairá adiante unha vez máis. Imos ás entradas do blog de hoxe. A primeira, titulada "Ti es a árbore, ou as preguntas dun libro", é do escritor Lorenzo Luengo e comeza así: Nas marxes do libro, onde se falan de cultos antigos e visións sagradas, hai unha árbore que irradia luz propia. Aparece vestida de hedra, toda iluminada, case como o Deus dun poema de Rilke: "Como El, vestida de xoias de ouro / e sentada como nun trono do sol". A segunda é unha entrada de blog datada neste día hai sete anos, titulada "Concurso de demagogos", escrita polo xornalista Guillermo Altares, que comezaba: "A carta de López Obrador é moi desafortunada, como o é o ton dalgúns dos arrebatos na súa contra. Os problemas coa historia comezan cando se usa o pasado para manipular o presente, non para explicalo. E iso é o que está a suceder coa controversia que rodea a carta que o presidente Andrés Manuel López Obrador enviou ao rei Felipe VI pedíndolle que se desculpase pola conquista de México hai 500 anos". A terceira é o poema do día, titulado "Alquimia esencial", escrito pola poeta española Natalia Iglesias. A cuarta, como sempre, son as viñetas de humor, e para rematar, como todos os días, o sabor do café da tarde e os especiais da noite, se é que os hai —e hainos, como as bruxas desta vella terra que é España. Tamaragua, amigos meus. Ata mañá, se a sorte quere. Sede felices, prégovos: merecédelo. Bicos. Quérovos. HArendt












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