viernes, 19 de septiembre de 2025

DEL POEMA DE CADA DÍA. HOY, TODO LO BUENO ENTRE EL HOMBRE Y LA MUJER, DE CAROLYN D. WRIGHT

 







TODO LO BUENO ENTRE EL HOMBRE Y LA MUJER




Todo lo bueno entre el hombre y la mujer

ha sido escrito en lodo y mantequilla

y salsa barbecue. Las paredes y

los pisos solían ser bellos.

Los calcetines amarillentos y casi iguales.

El membrillo quemado por la plaga

pero dándonos cuatro tazas de mermelada

al final. Largas caminatas para fortalecer

la espalda. Tú con fuego labial

yo con orzuelo. Ojos

tenemos y somos presa eterna

de los dientes del otro. Las corrientes

marchan sobre nosotros. El trueno no ha dañado

a nadie que conozcamos. El río que nos

atraviesa es sucio y profundo. La mano

izquierda protege al ritmo. Cuida

tu cabeza. El fuego no debe ser

desatendido. Más si hay viento. Cada uno

recibe gratis una navaja suiza.

Las primeras lenguas son para

prepararse. La huella

que dejó la tuya me la llevo a la tumba. Es

tan triste tan macabra tan hermosa.

Bendita sea. Tenemos tan poco tiempo

para aprender, tantas cosas… El río

corre sucio y profundo. Cubre la lechuga.

Ya descansa. Oh alma. Sigue fluyendo. Mejor.




CAROLYN D. WRIGHT (1949-2016)

poetisa estadounidense



























DE LAS VIÑETAS DE HUMOR DE HOY VIERNES, 19 DE SEPTIEMBRE DE 2025

 
































jueves, 18 de septiembre de 2025

DE LAS ENTRADAS DEL BLOG DE HOY JUEVES, 18 DE SEPTIEMBRE DE 2025

 







Hola, buenos días de nuevo a todos y feliz jueves, 18 de septiembre de 2025. Importa, en tiempos de relatos, preservar los significados para que las palabras no se vacíen del todo, porque tras ellas solo vendrá algo peor, comenta en la primera de las entradas del blog de hoy el escritor José Luis Sastre. En la segunda, un archivo del blog de septiembre de 2018, el escritor Gonzalo Torné contaba la leyenda de que un presidente de la comunidad autónoma de Cataluña, tras disfrazar una consulta popular de referéndum por la independencia se disponía a convocar elecciones para encontrarle una salida al aparente callejón sin salida en el que se había metido cuando un diputado de su coalición de gobierno le acusó de ser un Judas, y de haber vendido la independencia por un puñado de monedas. El poema del día, en la tercera, se titula Gran Vía, 27, es de la poetisa española Inés Montes, y comienza con estos versos: Nada ha sido como esperabas,/y ahora sólo tienes un lugar/al que has llegado sin poseer/más que lo que te ha sido dado. Y la cuarta y última, como siempre, son las viñetas de humor, pero ahora, como decía Sócrates, "ἡμεῖς ἀπιοῦμεν" (nos vamos); volveremos a vernos mañana si las Euménides y la diosa Fortuna lo permiten. Sean  felices, por favor. Tamaragua, amigos míos. HArendt













DEL NOMBRE DE LAS COSAS

 







Importa, en tiempos de relatos, preservar los significados para que las palabras no se vacíen del todo, porque tras ellas solo vendrá algo peor, escribe en El País [El nombre de las cosas, 17/09/2025] el periodista y escritor José Luis Sastre. Sucedió en Macondo, comienza diciendo Sastre, que el mundo era tan reciente que habían de señalar las cosas con los dedos, y eso explica que nos hagan falta los nombres, con los que parece que seamos objetivos y asépticos si a las mesas las llamamos mesas y a los coches, coches; aunque esas son convenciones que aceptamos ya de niños para que la vida nos parezca finita y abordable: del tamaño de un diccionario. El nombre que usamos para mencionar el mundo implica nuestro modo de señalar las cosas con los dedos.

La fama la tienen los adjetivos, que delatan enseguida si algo nos parece grande o pequeño, sincero o mezquino. Pero son los nombres los que describen nuestra manera de estar en el mundo si incluso se usan como pretexto. Ocurre, por ejemplo, cuando se dice que el deporte es deporte, como si eso fuera un argumento en vez de una repetición. El deporte es deporte, claro, lo mismo que Brexit era Brexit: si se repite el nombre para dar explicaciones es porque, lejos de una idea ambigua, se tiene un juicio concreto de su definición. El deporte llevaba asociados unos valores, o eso se pretendió siempre; y cada vez que se gritaba en contra del racismo o de la discriminación a nadie se le ocurría replicar que el deporte era deporte y nada más.

Se habla también de política, cuando se dice que esto no es política o que la política es para los políticos, como si ellos fueran los profesionales y el resto fuéramos los que miran y castigan o premian al cabo de cuatro años. Esa definición de la política es interesada, de quienes confunden o quieren que se confunda la política con la brega partidista. La intención de voto interesará a cada líder político, pero lo que hagan con ella no. La Constitución y todas las demás leyes se hicieron para el conjunto de los ciudadanos, que ese nombre importa como el que más. Ese nombre es, en verdad, el que más define nuestra manera de estar en el mundo.

Antes que votantes, antes que contribuyentes, antes que clientes, antes que pacientes, antes que consumidores, antes que aficionados, antes que lectores y espectadores, antes que seguidores del Barça o del Madrid, antes que socios del Athletic o de la Real, lo que somos encaja en esa palabra que lleva asociada un compromiso: ciudadanos. De esa palabra —cuyo intento de apropiación partidista fracasó— dice la RAE en su tercera acepción: persona considerada como miembro activo de un Estado, titular de derechos políticos y sometido a sus leyes.

Importa el nombre que demos a las cosas, mucho más que los adjetivos. Importa que llamemos mesas a las mesas y coches a los coches. Importa, en tiempos de relatos, preservar los significados para que los nombres no se vacíen del todo porque, si se vacían, después de las palabras solo vendrá algo peor. Importa distinguir entre una matanza, una guerra y un genocidio e importa usar las palabras en sus justos términos, porque esa capacidad guardará hasta el final nuestra libertad: la de poder mencionar las cosas por su nombre. José Luis Sastre es escritor y periodista.























ARCHIVO DEL BLOG. SUSPENDER EL REPLIQUISM0. PUBLICADO EL 22/09/2018

 







Cuenta la leyenda que un presidente de la Generalitat, tras disfrazar una consulta popular de referéndum por la independencia (pese a no contar con un censo operativo y pese a que ninguno de los observadores, más o menos independientes, allí desplazados, considerase que aquello cumpliese los mínimos) se disponía a convocar elecciones para encontrarle una salida al aparente callejón sin salida en el que se había metido cuando un diputado de su coalición de gobierno (pero de otro partido) le acusó con una piulada (un tuit, en catalán) de ser un Judas, de haber vendido la independencia (pues la promesa era proclamarla justo terminado el recuento o su simulacro) por un puñado de monedas. Lo dice el escritor Gonzalo Torné en un reciente artículo publicado en el diario El Mundo.

Al estadista, sigue contando la leyenda, empezó a temblarle el pulso, desandó el camino de sus propósitos, y ante una opinión pública conmocionada por la inesperada irrupción de la violencia, y pese a la oposición explícita de la Unión Europea, declaró unilateralmente la República Catalana. Lo que viene a continuación se lo saben ustedes al dedillo: celebración fúnebre, caras largas, horas y días esperando sin el menor éxito que alguno de los casi 200 países que se reparten el mundo reconociese la declaración, traiciones internas, fugas, suspensión temporal de la autonomía, privación de libertad de una docena de políticos acusados de delitos que otras judicaturas europeas son reacias a reconocer, parálisis parlamentaria, un juez instructor con causa abierta en Bélgica... y para terminar con una cerecita cómica: la liza del lazo amarillo.

Un pollo de dimensiones formidables que si le seguimos la corriente a la leyenda se originó por un miserable tuit, emitido por un diputado, de los que leemos docenas a diario, por suerte sin consecuencias de estas proporciones. Pero allí les tienen, hoy mismo, seguro: aquel se hace eco de una agresión falsa, esta la tergiversa, el de más allá miente con descaro, la de más acá falta el respeto de un colega y la inteligencia de todos los demás. Reducciones, batallitas, peleas, espasmos verbales, contracciones de la argumentación. La denuncia intempestiva, la exhumación de otros tuits buscando contradicciones intrascendentes, exigencias al minuto de pureza. Todo esto desde todos lados, a diario, como la cosa más normal del mundo. ¿Para qué querría un político tener y gestionar él mismo un perfil de usuario en las redes sociales? Si les parece que la pregunta se responde sola es que quizás hace demasiado que no se formulan. Se me ocurren dos motivos: dar a conocer las políticas propias y las opiniones sobre las ajenas, y para mantener un contacto o trato más o menos personal con sus votantes potenciales (en principio: todos los censados mayores de edad). Lo primero tiene sentido si uno pertenece a una fuerza extraparlamentaria o a una facción disidente en el interior del partido, de otro modo, ¿no salen todos los días en el telediario? ¿no dispone su partido de cuentas oficiales? Lo segundo cuesta leerlo sin morirse uno de risa, la práctica diaria ofrece un saldo contrario: las versiones políticas de nuestros diputados apenas responden a las preguntas directas y tienen el dedo facilísimo para bloquear (si al menos alguien les hubiese enseñado a silenciar). Una cosecha pírrica si la comparamos con la panorámica de deterioro que les he señalado en el párrafo anterior.

Pero no todo es cuestión de imagen. Los perfiles de nuestros políticos electos degradan también las prácticas parlamentarias. El debate parlamentario está basado en un juego de exposición, de réplicas y de contrarréplicas, de enmiendas y esperas (muchas esperas) que conducen a una votación; si bien su resultado es casi siempre previsible (pero no siempre, la pasada moción de censura fue un momento estelar de parlamentarismo imprevisible) este tempo lento posibilita una maduración de ideas, decretos y leyes que la réplica y la contra réplica de Twitter y sus respuestas cortantes en tiempo real imposibilitan. El nervio del parlamentarismo podría definirse como un intento de dar tiempo a los discursos sucesivos y en principio enfrentados de que muestren todos sus lados, a ver si algún otro partido puede encontrar una zona o un flanco donde (pese a no estar del todo conformes, pese a no convencernos por completo) llegar a acuerdos o a entendimientos. La expectativa parlamentaria de llegar a descubrir similitudes o inesperadas complicidades queda abortada en Twitter donde la acción de las versiones digitales de nuestros diputados (como se aprecia en el tristísimo ejemplo que abre el artículo) se basa en el "repliquismo": en atajar cuanto antes cualquier posibilidad que el discurso ajeno penetre lo más mínimo en la zona esponjosa donde se puede llegar a acuerdos, que enseguida suene como algo intolerable, como una vergüenza, un "cómo se le ocurre" o "no sabe con quién está hablando", "con componendas a mí", "bueno soy yo"... El repliquismo es un anti parlamentarismo.

El siguiente prejuicio es algo más abstracto (pero no lo dejen aquí, les prometo que lo abstracto puede llegar a ser muy divertido y todavía nos queda la conclusión): nuestros diputados, como no se cansan de repetir, actúan en representación de la soberanía popular. Desde luego que llegan al Parlamento en representación de los intereses de sus votantes, (que pertenecen a una provincia, aunque en el juego parlamentario español, si el partido es "de ámbito estatal", el detalle no se nota mucho), pero se acepta y asume de manera más o menos tácita que el presidente y sus ministros gobiernan para todos los españoles, que sus leyes nos afectan a todos, que no se las puede uno saltar o esquivar amparándose en que él no votó a estos señores. Al empezar a gobernar los ejecutivos nos recuerdan que pretenden beneficiar a la mayoría de españoles y a representarlos a todos. Y lo mismo se aplica, aunque sea de manera implícita, a los miembros de la mesa (que velan por el cumplimiento de las normas en beneficio de todos) o del jefe de la oposición, quien no sólo defiende las políticas predilectas de sus votantes, sino que controla la acción del gobierno en beneficio de todos; y lo mismo podría decirse cualquier diputado que trabaja en una comisión o en afinar un proyecto de ley... Este espíritu de servicio colectivo lo pisotean a diario las versiones digitales de sus señorías, quienes en lugar de apostar por incluir más usuarios en sus proyectos políticos, parecen exclusivamente dedicados a demostrarles a los suyos que son los suyos, a recordarles a diario sus señas distintivas y esencias irrenunciables (que de tanto insistir terminan luciendo como autoparodias que firmarían con gusto sus rivales), en no tolerar que ni por un momento ni bajo ningún concepto se les pueda "tomar por otros". La impresión es que a las redes sociales el diputado va a cerrarse en banda, a contribuir a la futbolización del debate parlamentario. Los políticos y diputados suelen recordarnos los sacrificios que les supone dedicarse a la función pública. Quizás no sería mucho pedir que añadieran uno que además les liberaría de trabajo no remunerado: que se privasen en beneficio de todos (militantes, simpatizantes, críticos y antagonistas) de sus cuentas digitales en cuanto asuman un acta de diputado. Que se privasen de este entrañable canal abierto con el ciudadano durante el tiempo que sus responsabilidades parecen exigirle otros tonos y también, ay, otros disimulos. 

En un artículo inolvidable Juan Benet aseguraba que "a lo que de verdad se dedica el político es a la política, como no podía ser menos; a sus entresijos, a sus intrigas a sus juegos y conjuros; dedica mucho más tiempo al nombramiento del subsecretario que a poner en marcha las obras de un canal". Sabemos todo esto, pero ya sea desde un cinismo rampante (la convicción de que tras "el aura de solemne y secreta trascendencia» amparan «la tendencia del bobo a vivir en el juego y la futilidad") o desde ciertas prevenciones del gusto y la educación, quizás fuese conveniente no exhibirlo a diario de manera tan descarnada. Y ahora, como decía Sócrates, Ιωμεν: nos vamos. Sean felices, por favor, a pesar de todo. Tamaragua, amigos. HArendt

















EL POEMA DE CADA DÍA. HOY, GRAN VÍA, 27, DE INÉS MONTES

 






GRAN VÍA, 27

 

Nada ha sido como esperabas,
y ahora sólo tienes un lugar
al que has llegado sin poseer
más que lo que te ha sido dado.
Caminas por la antigua ciudad
que albergó tu infancia,
y aún resuena el eco de tus pasos
por las calles y plazas.
El rumor de sus fuentes
te recuerda
que hay un tiempo
de inocencia
que flota en el aire
igual que las nubes
cuelgan del cielo
con ingrávida armonía.
Un viento frío
acaricia las horas.
Ni los días ni las noches,
sólo el presente que era
un espacio de cobijo,
de secretos rincones
que redoblaban tu alegría
de niña sola.
Las preguntas que volaban
y el deslumbramiento
que brotaba de cualquier cosa,
como una blanca azucena.
Pero nada ha sido como esperabas.
De repente te sobresalta un ahora
oculto entre los destellos del sol.
Ya no eres la que fuiste,
y tu mano no alcanza
lo que nunca llegó a ser.
Aceptas que
cuanto has perdido
lo perdiste para siempre.



INÉS MONTES, poetisa española



















DE LAS VIÑETAS DE HUMOR DE HOY JUEVES, 18 DE SEPTIERMBRE DE 2025

 





























miércoles, 17 de septiembre de 2025

DE LAS ENTRADAS DEL BLOG DE HOY MIÉRCOLES, 17 DE SEPTIEMBRE DE 2025

 







Hola, buenos días de nuevo a todos y feliz miércoles, 17 de septiembre de 2025. Los ‘tecnosolucionistas’ prometen un mundo sin incertidumbres ni controversias, es decir, sin democracia, escribe en la primera de las entradas del blog de hoy el filósofo Daniel Innerarity. En la segunda, un archivo del blog de septiembre de 2018, HArendt hablaba de George Steiner y decía lo siguiente: Yo no había oído hablar de George Steiner en mi vida hasta que, va a hacer veinte años ya, leí su obra autobiográfica titulada Errata: El examen de una vida (Siruela, Madrid, 1998). Un excepcional libro que me impresionó profundamente. El poema del día, en la tercera, se titula Abismos, está escrito por el poeta chileno Claudio Bertoni y comienza con estos versos: lo/que/vemos/pasar por/la vereda son/abismos. Y la cuarta y última, como siempre, son las viñetas de humor, pero ahora, como decía Sócrates, "ἡμεῖς ἀπιοῦμεν" (nos vamos); volveremos a vernos mañana si las Euménides y la diosa Fortuna lo permiten. Sean  felices, por favor. Tamaragua, amigos míos. HArendt













DE LAS FALACIAS DEL TECNOSOLUCIONISMO

 







Los ‘tecnosolucionistas’ prometen un mundo sin incertidumbres ni controversias, es decir, sin democracia, escribe en El País [Autoritarismo digital, 17/09/2025] el filósofo Daniel Innerarity.  Resulta curioso, comienza diciendo Innerarity, que quienes más esperanzados están con la técnica menos confían en la democracia. Al grupo de los autoritarios conocidos se añaden ahora tecnólogos de alta reputación. ¿Hay alguna razón que explique el hecho de que quienes formulan las promesas tecnológicas más audaces sean quienes menos creen en las promesas democráticas de la conversación igualitaria y la soberanía popular? ¿Existe alguna conexión entre el autoritarismo digital y el pesimismo respecto de la condición humana? En mi opinión, el nexo conceptual entre ambas disposiciones se encuentra en el modo como los tecnófilos conciben la relación de los seres humanos con el futuro.

La técnica está hoy sobrevalorada por los tecnosolucionistas que la consideran apropiada para resolver muchos problemas cuya naturaleza parecería requerir otro tipo de procedimientos y lógicas. Uno de los optimismos más audaces consiste en suponer que los problemas de naturaleza política tienen una solución técnica y que no es necesaria una intervención de otro tipo para que desaparezcan como problemas. La técnica se presenta así como un sustituto de la política; la democracia sería innecesaria, sus procedimientos de deliberación y decisión representan un estorbo cuando disponemos de los instrumentos, cálculos y velocidades que proporciona la tecnología; el debate es una pérdida de tiempo, la regulación un freno al avance tecnológico y la soberanía popular una consagración de la incompetencia. La versión digital de la expertocracia consiste hoy en la pretensión de los desarrolladores tecnológicos de decidir por nosotros, sin perder el tiempo en otras consideraciones.

Hay distopías tecnológicas, pero también un tecnosolucionismo exagerado. Ray Kurzweil lleva años augurando el adelanto de la inteligencia artificial a la humana y, entre otras cosas, la solución al envejecimiento. Sam Altman, el fundador de OpenAI, anuncia otros triunfos como la reparación del clima, el establecimiento de una colonia en el espacio y el descubrimiento de la totalidad del mundo físico. Estos y otros anuncios similares se apoyan en la convicción de que nuestro futuro se decidirá en la técnica. No es solamente que la técnica resolverá nuestros problemas, sino que disolverá el carácter problemático del porvenir en general, las angustias y temores que produce un futuro que desconocemos y que no logramos dominar. Por supuesto que el desarrollo de la técnica ha ido resolviendo muchos de nuestros problemas (al mismo tiempo que planteaba algún problema ella misma), pero la gran promesa de los nuevos señores tecnológicos no es tanto resolver como disolver los problemas y, por consiguiente, hacer que desaparezca ese futuro problemático, con su incertidumbre e imprevisibilidad. La misma idea de acabar con el envejecimiento e incluso garantizar la inmortalidad pretende salvarnos del porvenir, que eso es precisamente aquello de lo que carecen los seres inmortales.

La inteligencia artificial también está prometiendo la inmortalidad digital de los otros y propone convertir a nuestros difuntos en avatares con los que chatear. Y que lo hacen, por cierto, sin su consentimiento. Porque, ¿qué tipo de interacción es la que se establece entre un humano vivo y ese ser que los llamados “embalsamadores digitales” han reconstruido a partir de las huellas digitales que dejó antes de que pareciera morir? Tendríamos así un simulacro de pariente inmortal e interactivo que perfecciona la vieja superstición de quien creía oír la voz de sus ancestros. Podríamos llegar a convencernos de que ese otro no ha muerto del todo, de que las despedidas ya no son definitivas, como si la muerte fuera un mero cambio de estado y la digitalización pudiera proporcionarnos una cierta inmortalidad.

Cualquier promesa de inmortalidad digital implica una mutación de nuestra condición humana, que incluye temporalidad limitada, futuro indeterminado y libertad para configurarlo. Librarse del porvenir no es solo librarse de lo que está por venir, sino también no tener que decidir. Si nuestra vida fuera prolongada ilimitadamente gracias a la técnica, no tendríamos que tomar ninguna decisión relevante, ni nos encontraríamos frente a opciones en las que se jugara nuestra supervivencia o la de nuestras instituciones. Estaríamos en un presente continuo en el que solo nos correspondería la tarea de optimizarlo, sin cuestionamientos radicales. Una técnica así entendida no solo nos protege de posibles males futuros, sino que nos libra del porvenir en general en el que puedan irrumpir esos posibles males. Nos convertiríamos en seres a los que, en el fondo, no puede pasarles nada. Ciertas promesas de los tecnófilos, además de que no alcanzan a todos, tienen como objetivo terminar con una condición humana que consideran deplorable y todo su cortejo de incertidumbre, complejidad y necesidad de decidir. Se trataría de escapar de esa indeterminación que nos caracteriza: la del porvenir. Gracias al desarrollo de la técnica, la humanidad llegaría por fin a un estadio fijo y determinado, sin incertidumbre ni controversias, protegida de los riesgos de la decisión, es decir, sin humanidad.

El mito de Prometeo en el que se narra el origen de la técnica, comentado por Platón, se inicia con la constatación de una deficiencia que nos caracteriza a los humanos: no tener garras, ni pelaje, ni alas, disponer de un cuerpo tan poco especializado para una tarea determinada, nos convierte en los únicos seres cuyas facultades no son decididas de antemano. El malestar de no ser como los animales lo calmamos con un robo que hacemos a los dioses: el del fuego que posibilita la técnica de forjar, que es un poder divino de crear y moldear las propias facultades, convertir nuestra originaria inutilidad en versatilidad. El robo prometeico compensa nuestra falta de animalidad predeterminada con el poder de hacer casi cualquier cosa gracias a la técnica. No somos animales a los que la biología ha dotado con una específica habilidad, pero gracias a esa indeterminación podemos desarrollar habilidades inauditas. Hemos robado el poder de hacer, pero no hemos dejado de ser animales, es decir, seres vivos cuya vida depende de lo que hagamos, una supervivencia que no está garantizada por naturaleza, sino que se asegura artificialmente. El futuro que tendremos depende de nosotros, no está prefijado. Los humanos no podemos asegurar el porvenir ni con la fijación natural de los animales en un mundo determinado ni por asimilación a los dioses; nuestra viabilidad futura debe ser continuamente creada, protegida, decidida, y mediante una técnica que no está inscrita en nuestra naturaleza, sino que será siempre el resultado de un robo, que es una metáfora para designar nuestra artificialidad.

Tal vez ahora se entienda mejor la coherencia de los autoritarios digitales: se comienza confiando a la técnica que nos haga inmortales y se termina dando muerte a la democracia. No es una casualidad el hecho de que Xi Jinping y Vladímir Putin estuvieran hablando de la inmortalidad en su reciente encuentro en Pekín. Para hacer frente a los autoritarios tenemos que abordar ciertas preguntas básicas. ¿Por qué razón únicamente los seres mortales tienen democracia? La democracia solo tiene sentido en un ser que no está predeterminado, que tiene que decidir, cuyo futuro depende de una decisión. Por eso los señores tecnológicos tratan de convencernos de que algo se va a producir inexorablemente (una inevitable disrupción, el adelantamiento de la inteligencia artificial, las innovaciones tecnológicas que solo se producirían si no hay regulación, es decir, si no decidimos colectivamente acerca de cómo las queremos) y que empeñarse en decidir entre todos el futuro deseable es una pérdida de tiempo cuando ellos, investidos de su autoridad digital, pueden convertir esa técnica que según la mitología empezó con un robo, en una propiedad que adquirimos para toda la vida, eso sí, pagando el precio de que en ella todo esté decidido y predeterminado, que abandonemos esa condición humana cuya indefinición es lo que nos obliga a discutir, negociar y decidir, aquellas cosas que hacíamos en los viejos tiempos de la indeterminación democrática. Daniel Innerarity es catedrático de Filosofía Política (Ikerbasque / Instituto Europeo de Florencia). Su último libro es Una teoría crítica de la inteligencia artificial (Galaxia Gutenberg), Premio Eugenio Trías de Ensayo.