jueves, 5 de septiembre de 2024

De las entradas del blog de hoy jueves, 5 de septiembre de 2024

 




Hola, buenos días de nuevo a todos y feliz jueves, 5 de septiembre de 2024. ¿Dónde están los valores? ¿Dónde hay que ir a buscarlos? ¿Cómo pueden ayudar a acabar con el nihilismo?, se pregunta en la primera de las entradas del blog de hoy la periodista cultural Pilar Gómez Rodríguez. En la segunda, un archivo del blog de septiembre de 2014, hace diez años años, el autor del blog se preguntaba por qué la democracia, o por resultar menos beligerante en la expresión, que las instituciones democráticas no estaban funcionando correctamente y cuál y cómo debería ser el funcionamiento correcto de esas instituciones en una democracia moderna. La tercera de ellas es hoy el poema Retrato de mujer, del poeta Gonzalo Rojas. Y la cuarta, como siempre las viñetas de humor del día. Espero que todas ellas les resulten interesantes. Y ahora, como decía Sócrates, nos vamos. Nos vemos mañana si la diosa Fortuna lo permite. Sean felices, por favor, o al menos inténtenlo. HArendt








De valores en tiempos nihilistas

 







En uno de sus últimos libros, escribe la periodista cultural Pilar Gómez Rodríguez [Valores para tiempos nihilistas. Nueva Revista, 30/08/2024]  la catedrática de Ciencias Políticas de la Universidad de California Berkeley, Wendy Brown, se fija en el nihilismo contemporáneo para hablar de valores. ¿Dónde están los valores? ¿Dónde hay que ir a buscarlos? ¿Cómo pueden ayudar a acabar con el nihilismo? En los textos de la contraportada del libro, editado por Lengua de Trapo, se halla un buen resumen: «Surgido en la modernidad europea, tras la sustitución de Dios y la tradición por la ciencia y la razón, el nihilismo socava los cimientos sobre los que se asientan los valores, incluida la verdad, al tiempo que politiza el conocimiento y reduce la esfera de la política a las muestras de narcisismo y a los irresponsables juegos de poder que hoy tan bien conocemos. El nihilismo convierte, en fin, lo profundo en trivial, el futuro en intrascendente y la corrupción en banal».

La autora articula su reflexión acudiendo a Max Weber para pensar con y contra él. Se fija, sobre todo en sus conferencias La ciencia como vocación y La política como profesión de los años 1917 y 1919, respectivamente. En esos ámbitos, en esa época, ve rasgos que tienen su reflejo en esta: «[…] una esfera política sin verdaderos líderes, poblada de demagogos y burócratas y dominada por las maquinarias de los partidos y las masas manipuladas. Describió la democracia como inviable más allá de su forma y función plebiscitarias». Optimista ante el capitalismo y el poder del Estado y no solo realista sino profundamente antiidealista —como refiere la propia autora— Brown lo reivindica, desde sus postulados de izquierda y su influencia, por su complejidad, sutileza, originalidad y por poner en valor el puro conflicto intelectual de donde surgen las propuestas, la savia nueva de las soluciones. No se puede teorizar de novo, como viene de decir la autora, y Weber, desde el pasado y desde el otro plano de la esfera ideológica, tiene elementos que se pueden rescatar. Brown lo hace y coloca entre las expresiones contemporáneas de nihilismo político el «estridente enfrentamiento epistemológico entre la derecha y la izquierda […], sin que ninguno de los dos espacios dé cuartel ni reconozca las arenas movedizas en las que están plantadas sus banderas y sobre las que se libra la batalla». Es más, apunta a la hiperpolitización de todos los aspectos de la vida —desde la dieta, hasta los programas escolares pasando por la forma de consumo o de familia— como síntoma de nihilismo: «Cuando el nihilismo está en pleno apogeo, los valores últimos se politizan de un modo trivial». Y, sin embargo, ahí está la paradoja: una esfera política asolada por el nihilismo puede ser el lugar indicado para superarlo porque es, esencialmente, el terreno de los valores.

Un sobrio héroe político…  casi imposible. Dando por bueno que la política sea el terreno donde se da y se supera la crisis nihilista, la siguiente pregunta es por el cómo. La respuesta la dio Weber en su conferencia La política como profesión y la encarnó en un tipo específico de líder carismático, pero de unas características que en nada se parecen a las habituales con las que se asocia este temperamento. Weber quiere líderes sobrios, desapasionados, muy pegados al contexto y a las circunstancias de cada embate. Escribe Brown: «El sobrio héroe político de la modernidad no lucha contra ejércitos o tiranos, sino contra la torpeza burocrática, las maquinaciones de los partidos, la estupidez de las masas, el cinismo, el derrotismo y las tentaciones del poder despojado de su conexión con la integridad, la responsabilidad, la perspectiva y el compromiso».

Su ética es la de la responsabilidad, la de echarse a las espaldas las cargas de los fines y de los medios. Rechaza una ética absoluta, ligada indefectiblemente a unos principios morales o a designios históricos, puesto que en estos casos se desconoce o ignora la «tragedia de la acción» y no se hace cargo de las consecuencias o efectos indeseados de sus decisiones o acciones.

Conviene incidir en que Weber acude a la responsabilidad por encima de la razón. De esta manera no solo se combate la instrumentalización sino la vanidad, la «embriaguez personal» que considera uno de los más poderosos enemigos de la política. Así que sí, Weber, como recuerda Wendy Brown, «ha construido una figura casi imposible: una personalidad carismática con un fuerte instinto de poder, pero motivada exclusivamente por su preocupación por el mundo». 

Lo que Weber pretende y propone es algo así como un santo laico que, en el desempeño de su profesión, en su reivindicación de la política como vocación (ambas palabras se dan como traducción de Beruf) se vacía adquiriendo compromisos «casi sobrehumanos de desinterés, madurez, moderación y responsabilidad combinados con una dedicación apasionada a una causa ajena al yo. Beruf no presenta al sujeto como un mero recipiente de una profesión, ni como servido o gratificado por ella, sino como realizado a través de ella».

Educar el deseo. Hay un problema: los líderes carismáticos asustan, crean «ansiedad en los demócratas» cuando no provocan repugnancia, miedo. Frente a ellos, con ellos, los dos lados del espectro político tienen sus estrategias, pero Brown —en este punto habla desde la izquierda y para la izquierda— advierte de que prescindir del elemento carismático es un error. Lo que se ha de hacer es prestar más y mejor atención al deseo que este moviliza moviliza. Recuerda que el deseo no es «infinitamente maleable», pero sí se puede «moldear y reconducir» y reivindica «el compromiso de despertar el anhelo humano de algo en lo que creer y esperar». Este propósito, este vocabulario incluso, es o son o pueden ser «elementos fundamentales de una política de izquierdas y su combinación es especialmente importante para dejar de lado el fatalismo y resistir al nihilismo». Unas líneas más abajo, la filósofa escribe: «Si Weber tiene razón en que hoy las visiones políticas del mundo, los ‘valores’, surgen de complejos apegos y deseos, y si el nihilismo representa una crisis del deseo, un estancamiento del amor por esta vida y este mundo, entonces la educación del sentimiento o del apego se convierte en un aspecto fundamental para construir un futuro posibilista».   

El nihilismo en la academia. Uno de los principales síntomas del nihilismo en el ámbito educativo es el «tráfico» de y con los valores: se les juzga, se les manosea, se les pone a competir, son objeto de disputa… Weber quiere erradicar todo eso y se propone hacerlo extirpándolos de ese juego y tratándolos como meros objetos de estudio que se analizan con lupa en un campo neutro y, de nuevo, desapasionado. Utiliza una imagen muy gráfica, la del secadero: quiere drenar la academia de valores porque «la erudición exige dejar de lado las propias creencias y preocupaciones por el mundo».

Esta exclusión radical de los valores trabaja en beneficio de la radical separación que Weber quiere entre la política y la academia, pero también entre esta y la religión. Para Weber, escribe Brown, «la amenaza existencial de una actitud religiosa en el mundo académico reside no solo en la sustitución de la razón o las pruebas por la fe, sino en la voluntad del académico de satisfacer el gran apetito de sentido de los estudiantes en una época desencantada». Para Weber ese no es el sitio adecuado: «En lugar de recurrir a la academia para abordar las crisis de sentido que desencadenan las fuerzas perturbadoras de su época, su objetivo es protegerla de esas mismas fuerzas».

La autora no está de acuerdo en este enfoque aséptico, aislacionista y empobrecedor de la academia y del conocimiento. Reprocha a Weber romper el vínculo ilustrado del conocimiento con la emancipación y la transformación social que tanto interesa a Wendy Brown. En la parte final del ensayo enumera sus críticas.

Acuerdos y desacuerdos. La evisceración de valor planteada por Weber en el mundo del saber es un paso en falso, dejó entrar a la bestia, escribe Brown: «Al someter lo que quedaba de valor a los engranajes del desencanto en el ámbito del conocimiento, cambió las perspectivas de transformación del mundo por la fuerza mágica del liderazgo carismático en el ámbito político» y favoreció seguramente la aparición de líderes populistas. La separación radical de las esferas académica y política desacreditó asimismo la educación como vía para la transformación social, renunció a una ciudadanía informada… Pero, como la misma autora dice, no ha ido de la mano de Weber tanto tiempo solo para corregirle. Este autor puede —aquí Brown se pone metafórica— «ayudarnos a enderezar nuestro propio barco o, al menos, ofrecernos ayuda para navegar en la tormenta».

Porque, por ejemplo, no le vendría mal cierto aislamiento, protección y distancia a la vida académica. Escribe Wendy Brown: «Además de mantener las agendas políticas y el didactismo lejos de los planes de estudio, la erudición requiere hoy protección para no ser adquirida o comprada por los poderosos, valorada solo por sus aplicaciones comerciales o su formación laboral ni devaluada por los antidemócratas». Y recuerda el grito de guerra de Trump en la campaña de 2016: «¡Me encantan los que tienen poca formación!».

Wendy Brown está con Weber en que la política es el terreno donde los valores se pelean, pero, al contrario que este, no cierra las puertas a una comunicación entre esta y la vida académica. Con reservas, pues «del mismo modo que no hay nada más corrosivo para el trabajo intelectual serio que estar regido por un programa político (ya sea el de un Estado, una empresa o un movimiento revolucionario) no existe nada más inapropiado para una campaña política que la incesante reflexividad crítica y la autocorrección que requiere la investigación académica».

Reaviva el valor de los valores. Para Brown, la academia no solo es terreno propicio para los valores sino para el sentido. Propone una batería de preguntas posnihilistas para dispersar entre un alumnado desencantado:

¿En qué mundo quieres vivir? ¿Cómo deberíamos o podríamos los humanos ordenar nuestros acuerdos comunes […]? ¿Qué escala de valores debe organizar nuestra existencia? […] ¿No es la Universidad el lugar de las preguntas? Pues esas son capitales, solo que un ansia rentabilizadora del tiempo y de cada movimiento —a las que han sucumbido los alumnos en las últimas décadas— las ha terminado por arrinconar. Tienen que volver las grandes preguntas. «De este modo, no solo estaríamos ocupándonos de la ansiedad de los estudiantes, en lugar de dirigirla a la creciente industria del asesoramiento universitario, sino iniciando a los estudiantes en prácticas básicas de ciudadanía reflexiva».

Una vida significativa no pasa por las respuestas sino por el planteamiento de las grandes preguntas hasta llegar a «posiciones de valor profundas y ponderadas», que esquiven pensar «que el orden existente de valores hegemónicos o de valores superficiales e hiperpolarizados es todo lo que hay». Wendy Brown es consciente de que esta medidas y, en general, la reorientación que propone para la vida académica, choca contra las «fuerzas actuales que dan forma a la cultura de la educación superior. Y, sin embargo, fue el viejo y conservador Weber quien la inspiró». A la búsqueda o recuperación de valores, él subrayó sus dos vertientes: por un lado, una procedencia surgida al calor de la reflexión y la vida interior y, por otro, su capacidad de salir a flote y guiar la vida en común. «A pesar —escribe Brown finalizando el epílogo— de sus evidentes limitaciones a la hora de definir el tipo de teoría social y política necesarias para comprender nuestra coyuntura actual […], comprendió que reavivar el valor de los valores en el contexto de su deterioro o destrucción nihilista implicaba volver a comprometerse con nuestra humanidad en un doble sentido. Los valores son el reflejo de nuestra capacidad claramente política de crear el mundo de acuerdo con los propósitos elegidos y de hacerlo cuando esa capacidad parece casi extinguida por las fuerzas que gobiernan». Pilar Gómez Rodríguez es periodista cultural.










Sobre la democracia. [Archivo del blog. 15/09/2014]












Que la democracia, o por resultar menos beligerante en la expresión, que las instituciones democráticas no están funcionando correctamente es un hecho incontrovertible. Que deberían hacerlo, el funcionar, también. Ahora bien, ¿cuál y cómo debería ser el funcionamiento correcto de esas instituciones en una democracia moderna? Ahí estoy convencido que caben opiniones varias, todas respetables, aunque unas resulten más respetables que otras. No seré yo quien resuelva la ecuación, entre unas razones porque no tengo la respuesta, y entre otras porque lo que yo piense al respecto no es relevante. 

En cambio, sí tengo algunas ideas claras sobre la democracia. Así, en plan informal, sin afán de verdad absoluta, que no tengo reparos en compartir con ustedes: 1) La democracia moderna es representativa o no es democracia. 2) La democracia directa no existe; es un mito. 3) No hay democracia posible sin partidos. 4) La soberanía pertenece al pueblo en su conjunto, pero no se ejerce directamente por éste, sino a través de los órganos constitucionalmente previstos, normalmente, el Parlamento. 

Ni siquiera la Confederación Helvética (Suiza), que con tanta asiduidad recurre al referéndum como vía de participación política directa del pueblo en los asuntos de Estado, pone en cuestión la premisa de la democracia representativa.

Corolario de la anteriormente expuesto es: 1) Que los miembros de los parlamentos, sea cual sea su forma de elección y el partido o formación política por la que se presentan, representan a la nación en su conjunto y no sólo a los electores de su circunscripción, sus votantes o su partido. 2) Que no están sujetos a mandato imperativo alguno, ni del pueblo, ni de sus electores ni votantes, y mucho menos de su partido. Y 3) que en el ejercicio de sus funciones parlamentarias no están ligados por ningún tipo de disciplina de voto, sino que cuando las ejercen, lo hacen en conciencia y bajo su exclusiva responsabilidad personal.

Si esto no se acepta, sobran los parlamentos y cualesquiera instituciones representativas de las que se dotan las sociedades democráticas, pues bastaría con elegir al hipotético líder de la nación por el pueblo, sin intermediación de partidos, y delegar en él todo el poder del Estado para funcionar. Ni siquiera los regímenes fascistas y de dictadura proletaria se han atrevido a tanto y han guardado alguna apariencia formal de representación política.

Lo ideal sería establecer procedimientos democráticos por los cuales, en casos tasados, los representantes elegidos pudieran ser apartados de sus cargos antes de la finalización de sus mandatos, bien por aquellos mismos que los han elegido o por los órganos jurisdiccionales correspondientes. Pero en el ínterin, no deberíamos rasgarnos tanto las vestiduras ante casos de transfuguismo de un partido a otro, o de rompimiento de la disciplina de voto, porque no siempre están motivados por razones espurias. O por citar otro ejemplo: ¿no exigimos a jueces y magistrados que voten en conciencia sin sujeción a mandato imperativo alguno de aquellos por los que han sido designados? Si es así, ¿por qué nos resulta tan difícil admitir lo mismo de nuestros representantes políticos?

Por supuesto, habría que obligar constitucional y legalmente a los partidos a dotarse de estructuras y procedimientos internos democráticos abiertos a los afiliados, simpatizantes y votantes, y a celebrar congresos donde rendir cuenta periódica y tasada de sus actividades y financiación.

En los estados medievales peninsulares, los procuradores que eran enviados por las ciudades con representación en ellas a las Cortes convocadas por el rey, lo hacían bajo mandato imperativo, y sujetos estrictamente a las órdenes dadas por escrito por sus conciudadanos, y cuando volvían de ellas, si no se habían atenido al mandato recibido, se arriesgaban a ser colgados de las almenas de la ciudad. No creo que ese sea el procedimiento idóneo hoy día de exigir responsabilidades políticas, aunque nunca se sabe... Sean felices por favor, y ahora, como también decía Sócrates, "Ιωμεν": nos vamos. Tamaragua, amigos. HArendt 












El poema de cada día. Hoy, Retrato de mujer, de Gonzalo Rojas

 






RETRATO DE MUJER

Siempre estará la noche, mujer, para mirarte cara a cara,
sola en tu espejo, libre de marido, desnuda
con la exacta y terrible realidad del gran vértigo
que te destruye. Siempre vas a tener tu noche y tu cuchillo,
y el frívolo teléfono para escuchar mi adiós de un solo tajo.

Te juré no escribirte; por eso estoy llamándote en el aire
para decirte nada, como dice el vacío: nada, nada,
sino lo mismo y siempre lo mismo de lo mismo
que nunca me oyes, eso que nunca me entiendes nunca,
aunque las venas te arden de eso que estoy diciendo.

Ponte el vestido rojo que le viene a tu boca y a tu sangre,
y quémame en el último cigarrillo del miedo
al gran amor, y vete descalza por el aire que viniste
con la herida visible de tu belleza. Lástima
de la que llora y llora en la tormenta.

No te me mueras. Voy a pintarte tu rostro en un relámpago
tal como eres: dos ojos para ver lo visible y lo invisible,
una nariz de arcángel y una boca de animal, y una sonrisa
que me perdona, y algo sagrado y sin edad que vuela en tu frente,
mujer, y me estremece, porque tu rostro es rostro del Espíritu.

Vienes y vas, y adoras al mar que te arrebata con su espuma,
y te quedas como inmóvil, oyendo que te llamo en el abismo
de la noche, y me besas lo mismo que una ola.
Enigma fuiste. Enigma serás. No volarás
conmigo. Aquí mujer, te dejo tu figura.


Gonzalo Rojas (1916-2011). Poeta chileno









Las viñetas de hoy jueves, 5 de septiembre de 2024

 

















miércoles, 4 de septiembre de 2024

De las entradas del blog de hoy miércoles, 4 de septiembre

 






Hola, buenos días a todos y feliz miércoles, 4 de septiembre de 2024. Qué lástima no haber sabido antes que en Núremberg hay una escuela, comenta en la primera de las entradas del blog de hoy el escritor Fernando Aramburu, donde enseñan a discutir de manera constructiva. En la segunda, un archivo del blog de abril de 2009, el autor mostraba su disgusto por las críticas de la escritora Almudena Grandes a la alcaldesa de Córdoba, Rosa Aguilar, al aceptar un puesto en el Gobierno de Andalucía. La tercera reproduce hoy, en el poema de cada día, el titulado Ternura de tigre, del poeta Carlos Barral. Y la cuarta, como siempre, son las viñetas de humor de hoy. Espero que resulten de su interés. Y ahora, como decía Sócrates, nos vamos. Sean felices, por favor, aun contra todo pronóstico; al menos inténtenlo. Nos vemos mañana si la diosa Fortuna lo permite. Tamaragua, amigos míos. HArendt





De la discusión educada

 






Qué lástima no haber sabido antes que en Núremberg hay una escuela (Streitschule Nürnberg) donde enseñan a discutir, comenta el escritor Fernando Aramburu [Cursos avanzados de discusión. El País, 03/09/2024]. Precisemos: a discutir de manera constructiva. Desde que milito en la soledad, el asunto me tira poco (ya ni siquiera polemizo con las paredes); pero confieso que hace unos años me habría complacido matricularme en los cursos de la susodicha escuela. Sea como fuere, me apresuro a darle publicidad en vista de cómo andan a la greña gentes políticas que dicen trabajar (sic) en la mejora de nuestras vidas. Uno viene instruido de casa gracias al ejemplo paterno, el de un hombre que conocía las ventajas de no estar atado al prurito de pronunciar la última palabra en cualquier debate. Sin personarme en Núremberg, he estado leyendo indicaciones y consejos de indudable utilidad que allí se ofrecen. Discutir con respeto, ya sea en el marco de las relaciones personales, ya delante de un semáforo o en la tribuna parlamentaria, es un arte que no todo el mundo domina. Lo habitual al desatarse la disputa es que el respirante de turno saque lo más feo de sí, se sulfure, ruja o dé rienda suelta, sacudido por huracanes internos, al insulto, la vejación o, en fin, a algún tipo de violencia que bien puede conducir por el atajo a la ruptura, si no a algo mucho peor. No menos letales para la convivencia (cito a John Gottman, psicólogo terapeuta) son el sarcasmo, la burla o el desdén. En cambio, un conflicto llevado con provecho para los implicados puede afianzar sus lazos emocionales. Debe prevalecer, eso sí, el juego limpio. A este respecto, la escuela de Núremberg sugiere que se adiestre a los menores en todo lo que de positivo pueden tener las discusiones. Yo soy partidario de discutir de vez en cuando con las personas que de verdad me importan, no para imponerles mi punto de vista ni para estropearles la tarde; aunque a veces apetece un poquillo. Me mueve el gusto que da después hacer las paces. Fernando Aramburu es escritor.










Sectarismos. [Archivo del blog. 27/04/2009]










La gente de izquierda es muy dada a los sectarismos, y contra más a la izquierda, más sectaria. Me aplico el cuento a mí mismo, y eso que yo me autoubico en una izquierda moderada, socialdemócrata, que ya no pretende transformar el mundo, y bastante tiene con que el mundo no acabe fagocitándola por entero. Por eso no me extraña el sectarismo maleducado y chillón de buena parte de la militancia de Izquierda Unida, pero sí me duele en cambio el sectarismo, educado, pero sectario, de mi admirada escritora Almudena Grandes  refiriéndose ("Siempre Rosa", El País, 27/04/09) a la marcha de la ex-alcaldesa de Córdoba, Rosa Aguilar, al gobierno de Andalucía como independiente.
En el siglo XX, comienza diciendo Almudena Grandes, la palabra preferida por los políticos españoles para definir su propia tarea fue el verbo "servir", a veces a palo seco, como lo consumían los falangistas, y otras, siempre a la izquierda, combinado en expresiones como "estar al servicio de". Eran otros tiempos, en los que la política era el noble arte de conducir a los pueblos hacia su futuro, la ideología, otro nombre propio, y la lealtad, un compromiso íntimo, más poderoso que los carnés y las cuotas mensuales. El tiempo no ha restado importancia a la relación del verbo "servir" con la trayectoria de los políticos españoles, pero ha cambiado su manera de conjugarlo. Quienes antes la servían, ahora se sirven de ella. Hasta para hacerse trajes.
No hablo solamente de Rosa Aguilar. Muchos de sus ex correligionarios, que ahora se llevan las manos a la cabeza y se muerden la lengua para no pronunciar la palabra "traición", de tan siniestros ecos, han sido capaces de hundir la organización a la que pertenecían sólo por no tener que volver a fichar en una oficina de nueve a cinco. Consciente de que es muy improbable que la izquierda vuelva a ganar unas municipales en Córdoba, Rosa Aguilar ha buscado una salida personal distinta, en apariencia más brillante, pero también más deshonrosa, si llamamos a las cosas por su nombre. Porque es vergonzoso que un cargo público elegido en las listas de un partido abandone su responsabilidad en medio de una legislatura para integrarse en un gobierno de otro partido, contra el que votaron sus electores al votar por ella. O, mejor dicho, en otras épocas habría sido vergonzoso. Ahora, hasta habrá quien lo califique como sentido del Estado. Rosa Aguilar ha demostrado que es una mujer de su tiempo. No me ha sorprendido. Cada país, en cada momento, tiene los políticos que se merece. Últimamente, parece que en España se llaman Rosa.
A mí no me parece que cambiar de idea (política, social, religiosa, cultural, económica...) sea algo malo en sí ni motivo de vergüenza o escarnio. Ayer mismo, en el programa "Redes" de la Segunda Cadena de radio-televisión española, Eduardo Punset , un excelente divulgador científico, comentaba -sin referencia alguna a Rosa Aguilar- que si hasta la materia cambia de estado, como es posible que todavía haya quien se extrañe de que las personas cambien de idea... En esas estamos. Sean felices. Tamaragua, amigos. HArendt













El poema de cada día. Hoy, Ternura de tigre, de Carlos Barral

 








TERNURA DE TIGRE


La lengua sobre todo, afectuosa,

áspera y cortesana en el saludo.


Las zarpas de abrazar, con qué cuidado,

o de impetrar afecto, o daño, a quien lo doma.


La caricia con uñas, el pecho boca arriba

para mostrar el corazón cautivo.


La piel toda entregada, la voz ronca

retozando en su jaula de colmillos,

y los ojos enormes, de algas, sonriendo

a la muerte inmediata

a que fue sentenciado.



Carlos Barral (1928-1989)

Poeta español









De las viñetas de hoy miércoles, 4 de septiembre de 2024

 



















martes, 3 de septiembre de 2024

De las entradas del blog de hoy martes, 3 de septiembre de 2024

 




Hola, buenos días a todos y feliz martes, 3 de septiembre de 2024. Hay quien ha definido a nuestra sociedad actual como una sociedad del odio, comenta en la primera de las entradas del blog de hoy el filósofo Manuel Cruz, de tan extendido como se encuentra este sentimiento entre los individuos. En la segunda, un archivo del blog de octubre de 2016, el sociólogo Ignacio Urquizu, comentaba que el principal problema del Partido Socialista no es tanto ideológico como de conexión con sectores representativos de los valores de progreso. La tercera reproduce hoy en el poema de cada día el titulado La balada de los esqueletos, del poeta estadounidense Allan Ginsberg. La cuarta, como siempre, son las viñetas de humor de hoy. Espero que resulten de su interés. Y ahora, como decía Sócrates, nos vamos. Sean felices, por favor, aun contra todo pronóstico; al menos inténtenlo. Nos vemos mañana si la diosa Fortuna lo permite. Tamaragua, amigos míos.








De la sociedad del odio

 





Hay quien ha definido a nuestra sociedad actual como una sociedad del odio, comenta en la primera de las entradas del blog de hoy el filósofo Manuel Cruz [Una sociedad de ingratos. El País, 01/09/2024] de tan extendido como se encuentra este sentimiento entre los individuos. La definición es en lo sustancial correcta, pero tal vez se refiera a la fase final de una evolución o deriva que pasa por momentos previos, asimismo dignos de atención si queremos entender adecuadamente el desenlace al que estamos asistiendo. Pues bien, si de eso se trata, tal vez uno de los momentos que más convenga resaltar sea el que bien pudiéramos denominar como el de la ingratitud generalizada.

Ejemplos ilustrativos de lo efectivamente generalizado de dicha actitud abundan por doquier. Así, hace tiempo que parece haberse instaurado por parte de muchas personas la tendencia a hacer, especialmente en el momento de la celebración de algún éxito, una especie de declaración de principios autobiográfica que se diría orientada a resaltar el valor de los propios méritos. Los términos de la declaración suelen ser prácticamente los mismos siempre: “Yo no le debo nada a nadie”. Tanto parece haberse generalizado la afirmación que ha llegado un momento en el que fácilmente la damos por buena, sin reparar en los supuestos —alguno de ellos completamente falaz— que contiene.

Y a pesar de que el “nadie” genérico de la declaración no señala a ningún “nadie” en particular, lo más frecuente es que aluda, de forma más o menos explícita, a aquellos a quienes una tercera persona podría considerar como los auténticos responsables de la fortuna que el declarante en cuestión reclama como resultado de unos méritos exclusivamente suyos, pero que desde fuera alguien podría pensar que no se hubiera podido producir sin el concurso o la ayuda de personas que, pongamos por caso, le proporcionaran los medios o le brindaran la oportunidad de hacer valer tales méritos. Con frecuencia —aunque no siempre ni de manera necesaria—, el vínculo entre ambos sectores se plantea en términos abiertamente generacionales. Cuando ello ocurre, el resultado es que son los miembros de las generaciones más jóvenes los que se niegan a aceptar la existencia de ningún tipo de deuda con los miembros de las generaciones precedentes.

Habría que decir, a modo de consideración previa, que la existencia de alguien que no le deba nada absolutamente a nadie es casi un imposible ontológico. La vida social y la consecuente interacción entre individuos y grupos implica, de manera poco menos que inevitable, tanto la realización como la recepción de comportamientos difícilmente reductibles al mero interés particular o, si se prefiere, que no quedan entendidos de manera adecuada si los analizamos en los exclusivos términos de cálculo coste-beneficio o similares (por más que siempre haya gentes que, con manifiesta impropiedad semántica, utilice expresiones del tipo “me debe un favor”, tan odiosas como autocontradictorias —el favor por definición se regala, sin esperar nada a cambio—).

En todo caso, lo que convierte en relevante y significativa esta resistencia a asumir la menor deuda es precisamente que se produce en muy diversos ámbitos. Sin ir más lejos, en el intelectual y, más en concreto, en el académico, donde la antigua afirmación “somos una generación sin maestros”, ha perdido la condición de lamento —o incluso de queja— que tenía en sus orígenes para convertirse en una presunta descripción no exenta de una cierta carga reivindicativa. Hasta el punto de que no es solo que se rechace el concepto de maestro en cuanto tal (y ya no digamos el de discípulo), sino que se pone en cuestión la naturaleza del propio vínculo que se establece en la transmisión del saber.

Sin duda, inciden sobre este resultado diversos factores, de naturaleza heterogénea. Parece claro, por ejemplo, que el cuestionamiento que viene sufriendo desde hace ya un tiempo la idea de autoridad explica buena parte de las reticencias comentadas. De la misma forma que tampoco hay que descartar que estas puedan obedecer a un reflejo defensivo por parte de quienes temen que, en la comparación con sus predecesores, quienes les han sucedido puedan resultar malparados. Pero ni la idea de autoridad es una idea de la que podamos prescindir sin graves consecuencias teóricas (de ininteligibilidad), ni reconocer, en especial en el ámbito de la actividad intelectual, cuánto hemos aprendido todos de quienes nos precedieron debería significar el más mínimo desdoro.

Acaso deberíamos buscar en otro lugar el factor causal que en mayor medida explica esta extendida tendencia a la ingratitud. En concreto, deberíamos buscarlo en la propia evolución que ha ido siguiendo nuestra sociedad en la dirección de una creciente y casi exasperada competitividad, sustentada a su vez en un feroz individualismo. En este contexto de una realidad regida por la lógica de la exclusiva persecución del propio interés, la gratitud no es ya que constituya una inútil anomalía: es que impugna dicha lógica de manera frontal, hasta el extremo de que, precisamente por ello, podríamos llegar a considerar que va a contrapelo del mundo. De nada se obtiene menos beneficio que de dar las gracias. Quizá sea por eso por lo que darlas nos hace mejores y nos ayuda a hacer mejores a aquellos con los que nos relacionamos. Manuel Cruz es catedrático de Filosofía.