jueves, 18 de mayo de 2023

De certezas y esperanzas

 







Hola, buenas tardes de nuevo a todos y feliz jueves. Mi propuesta de lectura de prensa para hoy, de la antropóloga Mar Padilla, va de certezas y esperanzas. Se la recomiendo encarecidamente y espero que junto con las viñetas que la acompañan, en palabras de Hannah Arendt, les ayude a pensar para comprender y a comprender para actuar. Sean felices, por favor, aun contra todo pronóstico. Nos vemos mañana si la diosa Fortuna lo permite. Tamaragua, amigos míos.









Tibias esperanzas
MAR PADILLA
10 MAY 2023 - El País
harendt.blogspot.com

Se acomoda la primavera con esa cara limpia que tiene, precedida de un aire suave que huele a incógnito, con esa cautivadora expresión que da saber que traes novedades. El negro invierno ya se fue, y ahora los días se alargan como si no quisieran irse más. En las terrazas hay risas nuevas y mandan las cervezas heladas, pequeñas reinonas de corona blanca con ejércitos de móviles a sus pies.
El tráfico aúlla. Se habla de planes de vacaciones y la mesa bulle de ideas. Entonces alguien mira hacia el sol y nombra la sequía. Se hace un silencio, de esos que dentro lleva la pregunta ¿qué va a ser de nosotros? Se va tirando, pero al futuro aún no nos atrevemos a mirarlo de cara, y ya tenemos edad para entender que los finales felices son solo una cosa de Hollywood, mentiras arriesgadas que han provocado un sinfín de malentendidos.
No somos tan jóvenes. Hemos aprendido otras cosas. Por ejemplo, que ya no hay mayúsculas en las que creer. La fe en el Capitalismo, el Comunismo o la Ciencia —en la Religión ni entramos, parece de otro mundo— se ha desvanecido. No hay grandes esperanzas. Queda el libro de Charles Dickens con ese mismo título, leído por millones, en todas partes, lleno de violencia y de golpes de generosidad, de sueños de juventud y de legados. Nadie confía ya en las magnas palabras, y solo nos quedan tibias esperanzas, como a contrapié, a ratos. Queda esa creencia cálida, —invisible pero tenaz—, de que nos tenemos los unos a los otros, que estamos juntos en el mismo bote, ahora casi en llamas.
Podemos divertirnos hasta morir —no es mala opción—, pero el hecho es este: el ser humano solo lleva 30.000 años en la Tierra y ya no está seguro de alcanzar un futuro vivible. Lo leemos en un viejo número de la revista Alternativas Económicas: a lo largo de la historia ha habido 26 civilizaciones que desaparecieron por su cabezonería en negar su inviabilidad. Y en el caso de nuestro turbocapitalismo —tan nuevo, de apenas unos cientos de años, y ya un zombi que avanza en piloto automático—, la regla es simple: no es posible un crecimiento infinito en un planeta con recursos finitos. “La actividad humana desenfrenada trata al planeta como una gran despensa y, a la vez, como un gran vertedero. Y eso no puede ser. Mi hijo de seis años lo entiende”, reflexiona en el artículo Antonio Turiel, doctor en Física Teórica. ¿Qué hacemos, entonces? Habrá que buscar otros caminos.
Hope is everything —la esperanza lo es todo— leemos en el banco de un parque donde apoya las patas del perro de Ricky Gervais en la serie After Life. El desesperado protagonista de la serie se levanta cada día pensando para qué. Pero ahí está cada mañana. Eso lo han visto 120 millones de personas en el mundo. Entienden qué le pasa, y atienden lo que dice. Y lo que explica el protagonista, trasunto de Ricky Gervais —improbable narrador de este tiempo que nos ha tocado vivir, como antes lo fue Dickens en el suyo—, es que olvidemos definitivamente Hollywood, que lo que hay son finales de ceniza. Pero entre la gravedad que dan algunas situaciones hilarantes, entre el lamento y la pena, Gervais también dice: “Creía que no preocuparse era un superpoder. Me equivocaba. Preocuparse por las cosas, eso es lo que realmente importa. La bondad y hacer que los demás se sientan bien. Ese es el verdadero superpoder, y todos lo tenemos”.
El neoliberalismo ya no tiene quien lo pregone en serio. Lo que la naturaleza sabe también lo sabemos nosotros, y ya por poco no lo vamos a negar más: el vínculo, la diversidad y la cooperación lo es todo. Y hay que estar atentos a lo que decía Audre Lorde: no son nuestras diferencias las que nos dividen, sino la incapacidad de aceptar tales diferencias. Hay que dar un paso más. Reconocernos y remar juntos. Ese salto, de la vieja orilla baldía a la otra —territorio ignoto, pero lo imaginamos fresco y acogedor— se está produciendo ante nuestras narices. Es una cierta nueva idea de futuro.
Todo va muy rápido y quizás lo hemos olvidado, pero hemos conseguido hacer cambios más drásticos. ¿Se acuerdan, en su casa, aquella primavera de 2020? Nos miramos unos a otros y nos decidimos responsabilizarnos. Entendimos nuestro papel público. Con miedo, con algunas decisiones políticas de espanto que aún hay que pagar —nuestros más mayores en aquellas residencias—, con dudas, con convencimiento, con aciertos, conseguimos cambiar el modo de vivir. Hay que olvidarse de lo grandilocuente y sus mayúsculas. Dejarse de abstracciones, aterrizar en la tierra, mirarla y ponernos en marcha buscando otras formas de vivir. Y hay que hacerlo con cuidado, prestando atención. Como advierte Paula Farias, médico humanitaria y novelista: la esperanza hay que manejarla como quien maneja nitroglicerina. Mar Padilla es periodista y antropóloga. 




























[ARCHIVO DEL BLOG] "Hablaba y hablaba", de Max Aub. [Publicada el 11/10/2018]










La noción de brevedad ronda siempre las consideraciones sobre la minificción de los minirrelatos. Aunque la brevedad no sea, ni con mucho, el único rasgo que es necesario observar en estas brillantes construcciones verbales, resulta lógico que para el lector común, e inclusive en cierta medida para el escritor, resalte de manera especial. 
Fue, en efecto, la primera característica que llamó la atención de lectores y críticos de esta forma literaria: la que primero produjo desconcierto y, a partir de allí, admiración. Ocurre, sin embargo, que tal noción es eminentemente subjetiva. Se puede considerar breve un relato de ocho o diez páginas, pero también lo será uno de un par de páginas, e igualmente, y con mayor razón, algún texto de extensión aún menor, que podremos describir en función de un determinado número máximo de líneas o de palabras, y no de páginas ni de párrafos. 
Pesan en este sentido la tradición de una literatura, y también la implícita comparación -casi instintiva, casi subconsciente- que formulamos con otros textos que conocemos, o bien con lo que se considera cuento o relato en nuestra propia literatura o en una distinta de ella. ¿Habremos de aceptar una categoría nueva, la del microrrelato brevísimo o hiperbreve, aunque el nombre resulte redundante? ¿O bien entenderemos que hay casos en que el escritor extrema alguna de las características que también tienen otros textos de este tipo, y ese hecho es percibido por el lector como un factor de diferenciación? 
Continúo hoy la serie de Retazos literarios con el relato titulado Hablaba y hablaba, de Max Aub (1903-1972), escritor español, exiliados en México durante más de tres décadas después de la guerra civil. Nacido en París, se afincó en Valencia en 1914 junto con su familia. Su padre, Friedrich Aub, era alemán, y su madre, Susana Mohrenwitz, francesa, de origen judío. Creció en un ambiente privilegiado y bilingüe alemán-francés, y recibió una educación agnóstica en lo religioso. Max aprendió el castellano en un tiempo muy corto, declarando, años después, que no podría escribir en otra lengua. Y en 1916 toda la familia adoptó la nacionalidad española. En 1928 ingresó en el Partido Socialista Obrero Español. Por entonces compaginaba la actividad comercial con la literaria y se inició en el teatro vanguardista con obras como El Desconfiado Prodigioso (1924), Espejo de Avaricia (1927) o Narciso (1928); a esa época pertenece asimismo la novela Luis Álvarez Petreña (1934).
Cuando comenzó la Guerra Civil se encontraba en Madrid y era ya un intelectual reconocido; dirigía en Valencia el grupo teatral universitario El Búho, a cargo hasta entonces de Luis Llana Moret. En diciembre de 1936 fue enviado como diplomático a la legación española en París, puesto desde el que gestionó el encargo y la compra del Guernica de Picasso para la Exposición Internacional de París del año siguiente. A su regreso a España, en agosto de 1937, ocupó el puesto de Secretario del Consejo Nacional del Teatro, y, desde el verano de 1938 hasta su salida del país, colaboró con André Malraux en la realización del filme Sierra de Teruel, adaptación de la novela L'espoir del escritor francés.
En enero de 1939 se exilió a Francia y se instaló en París, donde ultimó el rodaje de Sierra de Teruel y comenzó la redacción de Campo cerrado. En abril de 1940 lo internaron en el Campo de Roland Garros tras ser denunciado como comunista. El mes siguiente lo transfirieron al Campo de internamiento de Vernet, cuyas vivencias escribió en su relato Manuscrito cuervo. Historia de Jacobo, y en noviembre lo desterraron a Marsella. En 1941 fue detenido de nuevo y deportado a Argelia, donde compuso su estremecedor libro de poemas Diario de Djelfa (1945). El 18 de mayo de 1942 abandonó el campo de Djelfa y se dirigió a Casablanca, para embarcarse el 10 de septiembre en el Serpa Pinto rumbo hacia Veracruz, México, país en el que se naturalizó y habitó hasta su muerte. No pudo regresar a Europa hasta 1956 y a España no volvió hasta 1969, por primera vez después del exilio, en lo que fue un reencuentro agridulce del que dejó testimonio en su punzante dietario La Gallina Ciega (1971).​ Realizó un segundo, y último, viaje a España en 1971. Por edad perteneció a la Generación del 27, con cuyos miembros tenía una gran amistad. Les dejo con su relato.


HABLABA Y HABLABA
por 
Max Aub

Hablaba, y hablaba, y hablaba, y hablaba,
y hablaba, y hablaba, y hablaba. 
Y venga hablar. 
Yo soy una mujer de mi casa. 
Pero aquella criada gorda no hacía más que hablar, y hablar, y hablar. 
Estuviera yo donde estuviera, venía y empezaba a hablar. 
Hablaba de todo y de cualquier cosa, lo mismo le daba. 
¿Despedirla por eso? Hubiera tenido que pagarle sus tres meses.
Además hubiese sido muy capaz de echarme mal de ojo. 
Hasta en el baño: que si esto, que si aquello, que si lo de más allá. 
Le metí la toalla en la boca para que se callara. 
No murió de eso, sino de no hablar: 
se le reventaron las palabras por dentro.

Y ahora, como decía Sócrates, Ιωμεν: nos vamos. Sean felices, por favor, a pesar de todo. Tamaragua, amigos. HArendt













miércoles, 17 de mayo de 2023

De las relaciones internacionales

 







Hola, buenas tardes de nuevo a todos y feliz miércoles. Mi propuesta de lectura de prensa para hoy, del editor Nathan Gardels, va de las relaciones internacionales. Se la recomiendo encarecidamente y espero que junto con las viñetas que la acompañan, en palabras de Hannah Arendt, les ayude a pensar para comprender y a comprender para actuar. Sean felices, por favor, aun contra todo pronóstico. Nos vemos mañana si la diosa Fortuna lo permite. Tamaragua, amigos míos.









Biden ha pisado donde Trump sólo tuiteaba
NATHAN GARDEL
08 MAY 2023 - El País
harendt.blogspot.com

Si Joe Biden, que acaba de declarar que volverá a presentarse como candidato a la presidencia de Estados Unidos, no hubiera derrotado a Donald Trump en las últimas elecciones, Ucrania estaría hoy en manos de Rusia. Trump ni habría podido ni habría movilizado a los aliados de Estados Unidos para que se unieran y frustraran la agresión de Putin.
En otros aspectos, como la desglobalización del “America First” y la confrontación con China, Biden ha pisado donde Trump sólo tuiteó. Al hacerlo, ha entrado en un laberinto geopolitico que atrapa a Occidente en una serie de contradicciones de las que no será fácil escapar.
La reacción contra décadas de hiperglobalización, que repartió la riqueza entre los nuevos ganadores de las economías emergentes al tiempo que vaciaba la base manufacturera de los países más avanzados, sobre todo Estados Unidos, ha agotado su primera oleada de populismo reactivo y está entrando en la fase de reconstrucción de la construcción nacional competitiva.
Biden se apoya en un consenso creciente en todo el espectro político estadounidense a favor de lo que solía denominarse “política industrial” para restaurar la destreza perdida de la nación mediante la intervención estatal. Este cambio se manifiesta en sus principales iniciativas: la Ley de Reducción de la Inflación, la mayor inversión en transición hacia la energía verde de la historia de Estados Unidos, y la Ley CHIPS, destinada a reconstruir la autosuficiencia y asegurar las cadenas de suministro para la fabricación de semiconductores.
No es insignificante que múltiples análisis muestren que los principales beneficios de los nuevos puestos de trabajo e instalaciones de producción irán a parar a los bastiones republicanos de los estados rojos, especialmente el Medio Oeste meridional. Esta alineación augura una atenuación de la creciente polarización política que dio lugar al movimiento MAGA. Si las guerras culturales se enfrían en lugar de calentarse, esto es un buen augurio para la reelección de Biden.
Cuando la principal economía del mundo se vuelca en la construcción de una nación que trata de deshacer las dependencias y dislocaciones de la hiperglobalización que una vez fomentó, implica necesariamente desentrañar las estructuras de interdependencia del mercado para aquellos “ganadores” que diseñaron su estrategia económica en consecuencia. Lo que es “nacionalismo económico positivo” para el amplio electorado estadounidense al que apelan las políticas de Biden es visto como “proteccionismo negativo” por aquellos que ahora saldrán perdiendo.
A su vez, se moverán para proteger sus propias economías de las desventajas a las que se enfrentan si se aferran a las reglas de comercio abierto y libre mercado de la era posterior a la Guerra Fría, abandonadas por la potencia hegemónica que una vez lo mantuvo todo unido.
La IRA de Biden ha inquietado profundamente a los aliados de Estados Unidos, especialmente en Europa. Consideran que las subvenciones masivas a la producción nacional de tecnología de energías limpias absorben inversiones y puestos de trabajo del otro lado del Atlántico. Unidos geopolíticamente bajo la OTAN por el momento, Europa y Estados Unidos están enviando conjuntamente sus tanques a Ucrania. Pero, desde el punto de vista geoeconómico, cada uno va por su lado, tratando de implantar firmemente la producción de paneles solares, molinos de viento, baterías y vehículos eléctricos en su propio territorio.
Los líderes de Francia y Alemania persiguen su propio conjunto de subvenciones para contrarrestar las de Estados Unidos. El Plan Industrial Verde de la Comisión Europea ya está relajando las restricciones a las ayudas estatales. Aunque sus respuestas son todavía menos articuladas, los aliados de Estados Unidos en Asia, sobre todo Japón y Corea del Sur, están igualmente inquietos por el planteamiento de Biden.
La gran paradoja de este momento histórico es que la construcción nacional competitiva que pretende reparar los daños internos de la globalización está siendo impulsada por el imperativo planetario de hacer frente al desafío climático común.
El mundo en que vivimos hoy no está convergiendo como en la era de la globalización posterior a la Guerra Fría, ni se aparta totalmente de las premisas de un orden mundial liberal, que alimentó el ascenso de quienes ahora lo desafían. Más bien estamos atrapados en una interdependencia de contrarios en la que el alcance de la integración es en sí mismo territorio de contestación.
Esto ha quedado patente en las últimas semanas, cuando el presidente francés, Emmanuel Macron, y la presidenta de la Unión Europea, Ursula von der Leyen, fueron recibidos en audiencia por Xi Jinping en Pekín, poco después de que Xi fuera agasajado en Moscú por Vladimir Putin, afirmando la amistad “sin límites” que socorre al agresor en Ucrania frente a las sanciones impuestas por un Occidente resuelto.
Mientras Biden intenta contener a China como “rival estratégico” y desvincular los intercambios económicos que fomentaron su rápido ascenso hacia la prosperidad, Macron tomó el té con Xi en Guangzhou y se unió a lo que llamaron “una asociación estratégica global”. Volvió a casa con un gran contrato para que Airbus construya la flota de aviones comerciales de China.
Macron suplicó a Xi que convenciera a Putin para que se retirara de Ucrania, pero, siguiendo el ejemplo de Charles de Gaulle durante la Guerra Fría, también se distanció del conflicto de Taiwán, argumentando en nombre de la “autonomía estratégica” que Europa debería resistirse a convertirse en “vasalla” de Estados Unidos y no verse arrastrada a conflictos que no eran de su incumbencia. Por el contrario, debería esforzarse por convertirse en una “tercera superpotencia” en un mundo multipolar.
El año pasado, el canciller alemán Olaf Scholz también viajó a China con un alegato similar sobre Ucrania, pocos días después de aprobar la venta parcial del puerto de Hamburgo a una empresa china. Dado que el 40% del negocio de Volkswagen está en China, también llevó a sus ejecutivos y a los de otros gigantes industriales alemanes que buscan asegurarse el acceso al mercado en el futuro.
Antes de viajar a Pekín con Macron, von der Leyen expuso una visión más erizada de las políticas de Xi, declarando que están dirigidas a “un cambio sistémico del orden internacional con China en su centro... donde los derechos individuales están subordinados a la soberanía nacional” y “la seguridad y la economía tienen prioridad sobre los derechos políticos y civiles”.
Tratando de enhebrar la aguja transatlántica, ha abogado por “disociar, no desvincular” las relaciones con China para evitar una dependencia del tipo de Rusia en las cadenas de suministro críticas o el suministro de tecnologías de vanguardia al Estado y el refuerzo de su destreza militar.
Fue excluida de la pompa y la intimidad personal que el Emperador Rojo concedió a la Júpiter francesa. Está claro que el líder supremo de Pekín comprende que los poderes relevantes de Europa están en París y Berlín, no en Bruselas.
A su manera, los líderes de Japón nunca se enfrentarían directamente a Estados Unidos como Macron. Pero detrás de toda la postura kabuki, son aún más cautelosos que Francia sobre ser arrastrados a una batalla real en su propio vecindario con China, sobre la que descansa su prosperidad.
Está claro que hay muchos matices que desafían la fácil categorización de Biden de las tensiones globales entre democracias y autocracias. Más bien, existen conflictos entre Occidente y China en torno a unos valores, y luego hay conflictos de intereses entre quienes, dentro de Occidente, comparten los mismos valores.
Navegar por este laberinto vertiginosamente complejo hace casi imposible tanto para Estados Unidos como para sus aliados trazar un camino para salir del laberinto que no esté en contradicción consigo mismo.
Ni la Administración Biden ni los líderes europeos ignoran el nuevo aprieto en el que se encuentran. Pero su margen de maniobra no es amplio y vendrá determinado no sólo por lo que hagan Putin y Xi, sino por las constricciones de los electores en casa que han perdido la fe en que las respuestas a sus problema. Nathan Gardels es redactor jefe de Noema Magazine, cofundador y asesor principal del Instituto Berggruen.



























 




[ARCHIVO DEL BLOG] Sobre niños y dioses. [Publicada el 17/06/2008]











Esta mañana hablaba mi hija pequeña conmigo sobre sus inminentes vacaciones de verano, que está planeando con todo detalle con su marido para que resulten un éxito... Me resultó curioso observar la diferente forma de ver la vida de una generación: la suya, y la mía... Ella organiza su vida como un plan a largo plazo; yo la organizo en plazos de veinticuatro horas y con el horizonte de "cuatro lunas" (que diría el protagonista de "Bailando con lobos") visto casi como una eternidad... 
Vicisitudes personales aparte, el día de hoy me está resultando bastante extraño, así que como suele ser habitual me refugio en mi mujer, mis hijas y, sobre todo, mis nietos, y por supuesto, mis libros... Y no tengo ánimo para graves disquisiciones, y menos aun, teológicas. 
Ayer me reconfortó sobremanera leer "Si leyeran bien la Biblia,dejarían de creer", la entrevista que Jesús Ruíz Mantilla, en El País Semanal, le hacía al profesor italiano Piergiorgio Odifredi, una especie de "bestia negra" para la curia vaticana, que reproduzco en el enlace de más arriba, y cuyos sarcásticos comentarios comparto. Sin beligerancia, eso sí, porque mi descreimiento no es combativo. 
Pero sobre todo disfruté con el bellísimo artículo del escritor Gustavo Martín Garzo titulado "La educación de los niños" que también publicaba El País. Ignoro si Martín Garzo es padre, supongo que sí, por lo que escribe y por como lo escribe. Yo, como abuelo, lo suscribo plenamente. 
En su artículo cita dos libros que recomiendo con énfasis: "El guardian sobre el centeno", de J.D. Salinger (Alianza, Madrid, 1997) y "Habíamos ganado la guerra", de Esther Tusquets (Ediciones B, Barcelona, 2007). He leído los dos y ambos me han parecido excelentes. La primera es una novela de culto entre los alumnos norteamericanos de Secundaria; una lectura obligada en los Institutos de aquel país, que relata en primera persona del singular la iniciación a la edad adulta de un joven inadaptado, caprichoso y consentido. La segunda, son las memorias de juventud de la escritora y editora catalana Esther Tusquets, un relato con el que me sentí absolutamente identificado cuando lo leí por muchas razones, no solo por el relato de vivencias personales muy similares, sino por la coincidencia de tiempo, lugar y circunstancia de muchas de las situaciones que cuenta. Y mañana..., pues será otro día. Espero que mejor. Sean felices por favor, y ahora, como también decía Sócrates, "Ιωμεν": nos vamos. Tamaragua, amigos. HArendt














martes, 16 de mayo de 2023

De la crisis del liberalismo

 






Hola, buenas tardes de nuevo a todos y feliz martes. Mi propuesta de lectura de prensa para hoy, del politólogo Fernando Vallespín, va de la crisis del liberalismo. Se la recomiendo encarecidamente y espero que junto con las viñetas que la acompañan, en palabras de Hannah Arendt, les ayude a pensar para comprender y a comprender para actuar. Sean felices, por favor, aun contra todo pronóstico. Nos vemos mañana si la diosa Fortuna lo permite. Tamaragua, amigos míos.










Al liberalismo le crecen los enanos (a izquierda y derecha)
FERNANDO VALLESPÍN
07 MAY 2023 - El País
harendt.blogspot.com

El marxismo ha muerto, la socialdemocracia ha muerto y el liberalismo no se encuentra del todo bien”. Así podríamos parafrasear hoy el conocido enunciado de Woody Allen sobre la muerte de Dios y Nietzsche, esta vez aplicado a las ideologías. Se trata, no hace falta decirlo, de una exageración. La socialdemocracia sigue con su mala salud de hierro habitual de las últimas décadas, y el liberalismo, al menos en lo que hace a la encarnación institucional de sus principios, opera sin alternativa. Su némesis, eso que hemos dado en llamar “iliberalismo”, ni siquiera es una ideología, es una forma de acción política, que es como Laclau entendía el populismo. Como mucho, ofrece un modelo de democracia distinto al liberal, caracterizado por intentar despejar cualquier límite a la acción de la voluntad mayoritaria, aunque en el camino transgreda valores como el pluralismo, la libertad de expresión y la tolerancia. Solo por el hecho de que su adversario ostente esa denominación, el liberalismo puede presumir de fortaleza; sus supuestas alternativas solo cobran identidad en tanto que espejo negativo de este. Por tanto, ¿de qué crisis estamos hablando? Y, si la hubiera, sería común a todas las demás ideologías.
Eso para empezar. Luego está la dificultad de delimitar a qué diablos nos referimos cuando hablamos de liberalismo. De Friedrich Hayek a John Rawls hay un mundo, pasando por toda una constelación de subespecies. El problema de toda teoría triunfante es que los enanos le crecen más en su interior que en su exterior. Y puede que sea aquí, en el hecho de que en estos momentos empiecen a cobrar fuerza sus enemigos, lo que explica esta nueva retórica de la crisis de lo que, por simplificar, llamaremos la “cultura de la libertad”, el mínimo común denominador que engloba a todas sus variedades. Lo que tiene desconcertados a autores que se predican de liberales, como Fukuyama o el propio Timothy Garton Ash y muchos otros nada sospechosos de no serlo, es que hoy sea atacado tanto por la derecha como por la izquierda. La derecha le acusa de haber abandonado los vínculos de la comunidad nacional, que habría sido reemplazada por un cosmopolitismo global, carecería de “comunidad de destino”. Habría hecho suyos, además, los valores de la élite cultural progresista, imbuida de una política de identidad rayando en lo woke. El resultado es la aparición del resentimiento en amplios sectores de la derecha, la sensación por parte de esta de que, como antiguo grupo cultural mayoritario en la sociedad, es ahora intimidado y preterido, empujándoselo a un papel minoritario.
La queja de la izquierda va en otra dirección. La acusación aquí es que se habría abandonado el principio de igualdad entre personas y grupos sociales, los supuestos principios clásicos de la tradición liberal. La nueva ortodoxia progresista se muestra intolerante hacia posiciones que no coinciden con sus valores y exige la aplicación del poder del Estado para hacerlos efectivos. No ya solo para reclamar nuevos derechos para las minorías, sino también una mayor distribución de recursos económicos y sociales. El enemigo sería, pues, tanto el así llamado neoliberalismo como los valores tradicionalistas.
Como vemos, eso que llamamos liberalismo quedaría sujeto a una pinza que lo presiona desde posiciones antagónicas. Con todo, parece haber coincidencia en que el neoliberalismo ha sido la mayor causa de la pérdida del alma del liberalismo. Edward Luce, del Financial Times, por ejemplo, imputa a sus élites el haber provocado el divorcio entre estas y los más menesterosos, favoreciendo así un casi generalizado grito de guerra contra los plutocrats, aristocrats and other rats. Lo curioso de esto último es que se entona desde ambos extremos del espectro político, no solo por parte de la izquierda. Y por ambos lados se le exige también más sustancia identitaria y menos individualismo privatista, aunque salta a la vista que unos defienden sobre todo la identidad nacional y otros el colorido archipiélago de identidades polimorfas. También menos veleidades tecnocráticas y —esto hay que decirlo en italiano— más passione, más atención a lo emocional.
Lo que se percibe, en suma, es que el liberalismo ha perdido impulso movilizador ilusionante y se ha petrificado escondiéndose detrás de la frialdad del derecho. Se habría reducido, pues, a la idea de un gobierno constitucional, a eso que entendemos por Estado de derecho. Es obvio que en éste han cristalizado sus ideales o principios básicos: la convivencia de individuos libres e iguales bajo un orden jurídico que respeta su dignidad moral y su autonomía y tolera el pluralismo de sociedades cada vez más complejas. Establece, por tanto, las reglas de juego de los sistemas democráticos dentro de las cuales se despliega toda la vida social. Ahora bien, estas imponen límites, pero no prejuzgan cómo hayamos de vivir cada cual. Sería la ideología del árbitro, no la de los jugadores. Y así es como se vive en nuestros días por parte de sus mayores críticos —y enemigos—, como constreñimientos ajenos a la espontaneidad social y limitadora de sus impulsos democráticos y sus convicciones y emociones profundas.
El trasfondo de esta situación es, desde luego, una insatisfacción casi generalizada con el funcionamiento de los sistemas democráticos y la dificultad por ir acompasándonos a la velocidad con la que se suceden los cambios sociales. Pero el que no nos guste el juego no significa que tengamos que apuntar a los árbitros o a las reglas básicas que lo sostienen. Ya dijimos que la fortaleza del liberalismo es que sigue siendo la opción menos mala. ¿Acaso alguna otra tiene una mayor capacidad para integrar el creciente pluralismo y diversidad? Lo que está ocurriendo con el liberalismo puede que tenga menos que ver con el liberalismo en sí que con la propia deriva de la sociedad. La crisis del liberalismo es expresiva del vaciamiento de lo ideológico y, por ahora al menos, de una alternativa clara a la función orientadora que en su día cumplieran las ideologías. Ninguna es capaz de acoger la nueva complejidad. Ahora navegamos sin mapas y por ese hueco se van colando las políticas identitarias y florece el recurso a la emocionalidad primaria. Es de agradecer, por tanto, que quien está al timón durante la tormenta sea una ideología fría y racional.
Con todo, el liberalismo no se encontraría en una posición tan vulnerable si no fuera en parte culpable de su estado actual. Entre las cuestiones desdeñadas se encuentran algunas tan relevantes como la aceptación neoliberal de la creciente desigualdad social, la insuficiente integración social y política de los inmigrantes, los fracasos en la prevención de las migraciones y el cambio climático, etcétera. Las amenazas, no solo las ideológicas, son formidables, y la reacción, teórica al menos, no puede esperar. En su definición de la sociedad abierta, Karl ­Popper afirmaba que la apertura de esta consistía en “liberar los poderes críticos del ser humano”, mientras que las sociedades cerradas estaban “sujetas a fuerzas mágicas”. “Apertura” significaba, por tanto, el ser capaz de aceptar sus propias imperfecciones e insuficiencias y a partir de ahí decidir su propio rumbo, no limitarse a aceptar lo dado. Me temo que el liberalismo contemporáneo, y por tal no me refiero solo al discurso, sino también a sus seguidores, se ha dormido en la complacencia con el statu quo; no ha liberado sus poderes críticos hacia sí mismo, dando así alas a sus enemigos. Quizá porque ignoraba que los tuviera o despreciara su fuerza potencial. No tener que competir en la dispu­ta ideológica lo volvió demasiado acomodaticio. Y ahora observa con horror que ha de reinventarse.
Si se fijan, allí donde el liberalismo cobra más fuerza es cuando se adjetiva, cuando sustituimos liberalismo por “liberal”. Lo sabemos bien porque no hay más democracia que la que se predica como tal. Ahí desaparecen ya los demonios asociados a algunas de sus variedades, como el propio neoliberalismo, y donde también salen a la luz sus virtudes: la promoción de la libertad, la apertura de miras, la tolerancia, la inclusión del otro con todas sus diferencias. Vista así, ¿qué hay de frío en una moral pública que predica las virtudes del pluralismo, del reconocimiento de la igual dignidad de todo ser humano, de la lucha contra la discriminación? Otra cosa ya es que se quede como dimensión declarativa, que no trate de luchar por acercarse en lo posible al ideal. Michael Walzer, el teórico izquierdista más prestigioso de Estados Unidos, en lo que considera que ya será su último libro, ha procedido a hacerles el mayor elogio posible a sus principios. Lo que viene a decir es bien simple: aplicar el adjetivo “liberal” a cualquier concepto político es una forma de ennoblecerlo —como “nacionalismo o socialismo liberal”, por ejemplo—; es lo que permite crear espacios para la saludable competencia política y el desacuerdo. Y concluye: “La lucha por la decencia y la verdad es una de las batallas políticas más importantes de nuestro tiempo. Y el adjetivo “liberal” es nuestra arma más importante”. Ya ven, otra ideología con mala salud de hierro.
¿Por qué no hay grandes teóricos? La respuesta sencilla y un tanto cínica sería decir que tampoco los hay en otros espacios ideológicos. La “gran teoría” (Quentin Skinner) se ha desinflado o ha huido a reductos más seguros, apartándose de los viejos y casi épicos esfuerzos de justificación de los fundamentos normativos de los sistemas políticos. Rawls ha quedado como el último intento por emprender reflexiones de esa ambición y nivel. El problema es que tampoco asoman autores en una escala menor. Al menos en comparación con el británico Isaiah Berlin, el francés Raymond Aron, el austriaco Karl Popper, la letona nacionalizada estadounidense Judith Shklar o el alemán Ralf Dahrendorf, algunos de los más sobresalientes “liberales de la Guerra Fría”, como ahora se les califica. Una respuesta más sólida sería, por tanto, el ubicar tanta y tan excelsa productividad en el marco del conflicto ideológico de posguerra; se correspondería con un momento en el que la disputa por la hegemonía geopolítica se peleaba también en el mundo de las ideas. Desvanecido el enemigo, se afloja la necesidad de justificación teórica.
Sin embargo, todos esos autores liberales, aun siendo plenamente conscientes de lo que había en juego, no pueden identificarse sin más con aquellos otros que sí tenían claro que su labor consistía en racionalizar el lado que ocupaban en el frente de la Guerra Fría, los estadounidenses Arthur M. Schlesinger Jr., Reinhold Niebuhr o el Samuel P. Huntington joven. Para los primeros, la preocupación venía de antes, de las guerras mundiales, el Holocausto y el Gulag, del totalitarismo como pesadilla política. Después de la barbarie tocaba reprimir las ansias utópicas, recelar del discurso del progreso y replegarse a territorios más templados y escépticos, a posiciones más capaces de evitar el mal mayor, la caída en el autoritarismo. Pero defender las “sociedades abiertas” no consistía únicamente en poner al día las conocidas premisas liberales, había que tapar también algunas de sus imperfecciones. Berlin lo hizo dando acogida a un liberalismo más hospitalario con lo identitario y se tomó en serio la crítica del romanticismo político. Shklar y Dahrendorf, por su parte, trataron de inmunizarlo frente a la injusticia económica, algo que acabará cobrando carta de naturaleza en el liberalismo igualitarista de Rawls.
El final del conflicto ideológico parece haberlo dejado desconcertado. Quizá porque el verdadero ganador fueron sus variantes neoliberales, porque su expansión al resto del mundo quedó frustrada y, sobre todo, porque su enemigo es ahora mucho más difuso, taimado e inaprensible; antes provenía sobre todo del exterior, de los países totalitarios, hoy se incuba en nuestros propios países democráticos. Su respuesta ante los nuevos conflictos es defensiva, buscando refugio en un liberalismo constitucional, fusionándose al concepto de democracia misma. Y dando un peligroso salto semántico: liberalismo es democracia, todo lo demás es autocracia. Punto. Como si esto le eximiera de tener que reinventarse. Sigue siendo incapaz de resolver las tensiones entre su ala conservadora y la más izquierdista, lo que a su vez responde a la incapacidad del liberalismo para encontrar respuesta a lo que siempre le ha obsesionado: cómo reconciliar autonomía individual con vida colectiva o la erosión de una cultura política capaz de mediar entre la creciente heterogeneidad de aspiraciones y estilos de vida. Le falta, en suma, la suficiente imaginación sociológica como para saber conectar lo mejor de su tradición a los nuevos desafíos. Una teoría a la altura de nuestros borrascosos tiempos. Fernando Vallespín es Catedrático de Ciencia Política en la Universidad Autónoma de Madrid y miembro de número de la Real Academia de Ciencias Morales y Políticas.