lunes, 20 de julio de 2026

DEL ARCHIVO DEL BLOG. EL APOLO 11 EN LA LUNA, POR HARENDT. PUBLICADO EL 20 DE JULIO DE 2008

 





"Houston, aquí Base Tranquilidad. El Águila ha alunizado". Eran exactamente las 20:17:40 UTC (la hora de Canarias) del día 20 de julio de 1969. El módulo lunar del Apolo 11, tripulado por Neil Amstrong, Edwin Aldrin y Michael Collins, se había posado en la Luna. A las 3.59 (hora peninsular española) del 21 de julio, Amstrong pisa la Luna. Poco después le sigue Aldrin.

A la hora del regreso dejan sobre la superficie lunar una placa en inglés que dice: "Aquí, unos hombres procedentes del planeta Tierra, pisaron por vez primera la Luna en julio de 1969. Vinimos en son de paz en nombre de toda la humanidad".

Yo tenía 23 años y lo ví por televisión, sentado junto a mi madre en el suelo de la sala de estar de su casa en Madrid. No dormí esa noche. A las 9 de la mañana de ese día entraba de guardia en el Palacio de Buenavista, en la plaza de Cibeles de Madrid, la sede del Ministerio del Ejército (ahora del Cuartel General del Ejército) donde cumplía mi servicio militar.

Nunca olvidaré esa noche...Y sean felices. Yo, esa noche mágica de julio, lo fuí hasta el llanto. Nunca podré olvidarla. Y como decía Sócrates, "Ιωμεν". Tamaragua, amigos. HArendt

Nunca olvidaré esa noche...Y sean felices. Yo, esa noche mágica de julio, lo fuí hasta el llanto. Nunca podré olvidarla. Y como decía Sócrates, "Ιωμεν". Tamaragua, amigos. HArendt






















DEL POEMA DE CADA DÍA. ¿TE ACORDÁS, HERMANO?, POR MARIO BENEDETTI (1920-2009). 20 DE JULIO DE 2026

 






¿TE ACORDÁS, HERMANO?




¿Te acordás hermano que tiempos aquellos

cuando sin cortedades ni temor ni vergüenza

se podía decir impunemente pueblo?

cada uno estaba donde correspondía

los capos allá arriba/ nosotros aquí abajo


es cierto que no siempre

logró colarse el pueblo en las constituciones

o en las reformas de las constituciones

pero sí en el espíritu de las constituciones/

los diputados y los senadores

todos eran nombrados sin boato

como representantes de ese pueblo


ahora el requisito indispensable

para obtener curules en los viejos partidos

y algunos de los nuevos

es no pronunciar pueblo

es no arrimarse al pueblo

no soñar con el pueblo


incluso hubo un ministro mexicano

(sabines dixit) que en el sesenta y ocho

unos meses después de tlatelolco

dijo/ con el pueblo me limpio el culo

después de todo el tipo era sincero


por otra parte en las obras más doctas

de los historiadores con oficio

el pueblo aún figura en las notas al pie

y en el último tramo de la bibliografía


pero el voquible pueblo/ en general/

es contaseña de las catacumbas

de los contactos clandestinos

de las exhumaciones arqueológicas


de vez en cuando surge un erudito

que descubre que engels dijo pueblo

que gramsci el che guevara y rosa luxemburgo

que mariátegui y marx y pablo iglesias

dijeron pueblo alguna que otra vez


y ciertos profesores que todavía tienen

en sus armarios el pañuelo rojo

llevan a sus alumnos al museo

para que tomen nota disimuladamente

de cómo eran las momias y los pueblos

y claro los muchachos que absorben como esponjas

se levantan sonámbulos en mitad de la noche

y trotan por los blancos corredores

diciendo pueblo saboreando pueblo


mas como en la vigilia vigilada

ya nadie grita ni murmura pueblo

hay en las calles y en plazoletas

en los clubes y colegios privados

en las academias y en las autopistas

una paz algo densa/ a prueba de disturbios

y un silencio compacto/ sin fisuras

algo por el estilo del que encontró neil amstrong

cuando anduvo paseando por la luna sin pueblo.




MARIO BENEDETTI (1920-2009)

poeta uruguayo





***





Mario Orlando Hardy Hamlet Brenno Benedetti Farrugia González (Paso de los Toros, Tacuarembó, Uruguay, 14 de septiembre de 1920-Montevideo, 17 de mayo de 2009), conocido como Mario Benedetti, fue un escritor uruguayo, integrante de la Generación del 45, uno de los más reconocidos en la lengua española. Su prolífica producción literaria de más de ochenta libros incluye cuento, novela, poesía, ensayo, canción, teatro y crítica cinematográfica. Algunos de sus libros fueron traducidos a más de veinte idiomas y le otorgaron numerosos premios y reconocimientos, entre ellos el Premio Reina Sofía de Poesía Iberoamericana, el Gran Premio Nacional a la Actividad Intelectual de su país, cinco doctorados honoris causa y el nombre del asteroide (5346) 1981 QE3.














DEL ASUNTO DEL DÍA. EL PRIMER POPULISTA, POR ALEJANDRO VILLAMOR. 20 DE JULIO DE 2026

 






Atenas, año 424 antes de nuestra era. Nos situamos en el Teatro de Dioniso. Ahí, durante las fiestas Leneas, un curioso dramaturgo llamado Aristófanes, que ya roza la treintena, hace algo que ningún cómico anterior a él había hecho, por lo menos con tanto descaro. Puso en escena al hombre más poderoso de la ciudad.

Aristófanes había intentado representar Los caballeros sin que ningún actor quisiera prestar su rostro al personaje del Paflagonio, el esclavo intrigante que todos en el público reconocían al momento como Cleón, general durante la Guerra del Peloponeso y político del momento. Así pues, tuvo que interpretarlo él mismo, embadurnándose la cara, ya que ni los fabricantes de máscaras se atrevían a moldear sus rasgos.

Cleón fue hijo de un curtidor, lo que –en una Atenas todavía dominada por los ilustres apellidos de la reciente era de Pericles– traslucía algo nuevo en el paisaje político. A saber, la entrada de la riqueza comercial, sin linaje que la respaldara, directamente al centro de la asamblea. Aristófanes no le perdonó ese origen y se lo recordó sin tregua llamándolo «el curtidor». Hay, evidentemente, clasismo en este desprecio, pero con él Cleón pudo entender que la democracia ateniense no premiaba al más sabio ni al más virtuoso, sino al que mejor leyera el ánimo de la multitud.

Tucídides, que al parecer lo detestaba casi tanto como Aristófanes, dejó constancia de su método. Aseguró que sus discursos no argumentaban tanto como excitaban, apelaban menos a la deliberación que al instinto de masa. En Los caballeros, dicho instinto queda retratado mediante un personaje llamado Demos –el Pueblo en persona– convertido en un viejo caprichoso y manipulable al que dos esclavos rivales tratan de seducir compitiendo en halagos cada vez más desvergonzados. En realidad, Paflagonio no llega a convencer. Lo que hace es amasar cierta simpatía a base de promesas o, según se rumorea, con raciones de pescado regaladas a la salida del teatro de la asamblea.

En este estado de cosas, es importante recordar que el comediógrafo escribía para un público de propietarios acomodados, beneficiarios de un orden que Cleón amenazaba precisamente por defender a los sectores populares frente a la vieja aristocracia terrateniente. Cuando Cleón propuso aumentar el salario de los jueces populares –los célebres tres óbolos ridiculizados en Las avispas– estaba permitiendo que ciudadanos pobres pudieran permitirse el lujo de ejercer la justicia sin morirse de hambre mientras tanto. El populismo, ya entonces, resultaba indistinguible de la redistribución a ojos de quienes preferían que las cosas siguieran como estaban.

A través de fuentes que tenían inquina mutua entre sí pero que coinciden en lo esencial, parece ser que Cleón perfeccionó su estilo mediante la oratoria que renuncia a la mesura aristocrática, que grita, gesticula, recurre a la difamación directa contra sus rivales y promete soluciones rápidas para problemas que llevaban generaciones fraguándose. Plutarco cuenta que fue el primero en gritar en la tribuna y arremangarse el manto como un trabajador, rompiendo deliberadamente el decoro contenido que se espera de un orador.

Es evidente que Cleón no inventó la manipulación de masas, pero sí descubrió que en una democracia directa, donde miles de ciudadanos deciden a mano alzada, por ejemplo, sobre algo tan vital como la guerra, traficar con las emociones colectivas resulta más eficaz que argumentar con ellas. Cuando en el 427 propuso ejecutar a toda la población adulta de Mitilene tras una revuelta fallida, convenció con indignación y la asamblea aprobó la masacre por un voto de diferencia, arrepintiéndose tan deprisa que al día siguiente, en una sesión de urgencia sin precedentes, revocó la orden in extremis.

Esa secuencia –decisión febril y arrepentimiento inmediato– brinda una imagen fiel de los orígenes grecolatinos del populismo. Por supuesto, no como un corpus de ideas fijas, sino como un estado de ánimo colectivo que un orador hábil sabe activar y que, una vez activado, resulta casi imposible de gobernar hasta para quien lo desató. Veinticinco siglos después seguimos discutiendo si los demagogos crean a las masas o si simplemente saben, mejor que nadie, leer lo que ya está ahí, esperando que alguien le otorgue voz. A fin de cuentas, Elon Musk no regala raciones de pescado, pero sí sortea millones de dólares. Alejandro Villamor es filósofo. Ethic, 17 de julio de 2026.























HOLA, BONS DIES A TOTS I FELIÇ DILLUNS, 20 DE JULIOL DE 2026. AVUI EN CATALÀ. FELICITATS, ESPANYA!






 

Hola, bon dia a tots i feliç dilluns, 20 de juliol de 2026. Bé, doncs ja sabem qui va guanyar la Copa del Món de Futbol. Felicitats a la guanyadora, Espanya. A la primera entrada del bloc d'avui, el filòsof Alejandro Villamor ens explica una història d'Aristòfanes: Atenes, any 424 abans de la nostra era. Ens situem al Teatre de Dionís. Allà, durant les festes Leneas, un curiós dramaturg anomenat Aristòfanes, que ja frega la trentena, fa una cosa que cap còmic anterior a ell havia fet, almenys amb tant descarament. Va posar en escena l'home més poderós de la ciutat. Aristòfanes havia intentat representar Els cavallers sense que cap actor volgués prestar la seva cara al personatge del Paflagoni, l'esclau intrigant que tots al públic reconeixien al moment com a Cleó, general durant la Guerra del Peloponès i polític del moment. Així doncs, va haver d'interpretar-ho ell mateix, empastifant-se la cara, ja que ni els fabricants de màscares s'atrevien a modelar els seus trets. El poema del dia és del poeta uruguaià Mario Benedetti i comença amb aquests versos: Et recordàs germà que temps aquells/quan sense cortetats ni temor ni vergonya/es podia dir impunement poble?/cadascú era on corresponia/els capos allà dalt/ nosaltres aquí baix. L'arxiu del bloc d'avui es va publicar per HArendt el 20 de juliol del 2008, i ens relata com va viure ell, emocionat, l'arribada de l'home a la Lluna aquell dia del 1969. Després de les vinyetes d'humor, el cafè de sobretaula, per Màrius Carol, en què retreu al líder del PP la supina ignorància. El de la tarda que cau ho signa l'escriptora Dalia Alonso, i ens parla de l'escriptora Marguerite Yourcenar i la seva obra mestra, Memòries d'Adriano. I finalment, com sempre, van les bones nits diàries de l'autor del bloc als seus lectors, desitjant-los tot el millor de part de la deessa de Fortuna i de les Moires benvolents. Que tinguen un bon dia. Espero que trobin interessants les entrades de hui. Tamaragua, amics. HArendt






















ENTRADA NÚM. 11151

domingo, 19 de julio de 2026

BONA NOX, QUIES BONUM ET DULCIA SOMNIA. HODIE, DIE SOLIS, XIX-XX IULII, MMXXVI, LATINE

 





Salvete iterum, amici. Bona nox, quies bona et dulcia somnia omnibus hac nocte dominica in Lunae, XIX-XX Iulii, MMXXVI, cum tandem cognoscemus quis Certamen Mundanum FIFA MMXXVI vicit. Spero vos diem bonum cum familiis et amicis vestris egisse. Gratias ex imo corde meo ago quod blog visitastis. Libenter existimarem vos visitatione vestra fructum esse. Tamaragua, amici mei. Dea Fortuna et Parca benevola vobiscum sint. Usque ad cras. Amo vos. Oscula. HArendt













REVISTA DE PRENSA, 7. SPOT MUNDIAL DE BARCELONA, POR JORDI JUAN. 19 DE JULIO DE 2026

 





La fábrica de fútbol de la Masia del Barça tuvo un día de gloria para enmarcar en su historia: el 10 de enero del 2011. Aquel día, Leo Messi ganó un nuevo Balón de Oro y los dos jugadores que le precedieron en la votación fueron Andrés Iniesta y Xavi Hernández. Los tres jugadores del Barça, formados en la Masia, copaban el podio.

El spot de lo que representa la cantera blaugrana va a tener hoy un impacto aún mayor. Porque la gran final de la Copa del Mundo, el partido más importante y trascendente de todos, donde cada cuatro años las mejores selecciones se disputan el honor de ser el campeón de un deporte que es el más seguido y el más popular del planeta, tiene como principales figuras a dos jugadores de la Masia.

Ni el publicista mejor de la historia podía haber ideado una imagen tan potente como que el primer partido que vayan a jugar –y seguramente el último– Leo Messi y Lamine Yamal sea disputándose la Copa del Mundo.

El mejor futbolista de la historia, de 39 años, contra un joven de 19 años que aspira a estar en el olimpo de los mejores futbolistas de la historia. Y los dos, con un pasado en la cantera del Barça. Durante esta semana, los memes y vídeos de inteligencia artificial de las fotos reales de un jovencísimo Messi bañando a un bebé llamado Lamine copan los teléfonos y los programas de televisión de todo el mundo.

El destino nos depara sorpresas que ningún guionista o escritor hubiera sido capaz de imaginar. En fin, que los aficionados culés pueden sentirse muy orgullosos. Como lo estuvieron en Sudáfrica en el 2010, donde otros dos canteranos del Barça fueron decisivos para que España ganase su primera Copa del Mundo: Carles Puyol marcó el gol de la semifinal, y Andrés Iniesta, el de la final.

Y, de rebote, Barcelona también. La ciudad que lleva el nombre del club, como se le escapó un día a José Luis Núñez –al que cabe atribuirle el mérito de la Masia–, puede sacar rendimiento de la enorme repercusión que va a tener esta final.

Ahora solo falta que la mejor selección del mundo se imponga al mejor jugador del mundo, como acertadamente titula hoy nuestra crónica en La Vanguardia el gran Luis Buxeres desde Nueva York. Que lo disfruten. Jordi Juan es director de La Vanguardia, 19 de julio de 2026.






















REVISTA DE PRENSA, 6. LA PELOTA NO SE MANCHA, POR JUAN GABRIEL VÁSQUEZ. 19 DE JULIO DE 2026

 






No sé qué pasará en la noche de hoy, cuando termine la final de esta Copa del Mundo, pero sí sé que algo se ha roto este año en el espíritu del campeonato y que tenemos derecho a preguntarnos cómo ha ocurrido. No hablo de fútbol, como entenderá cualquiera: de eso ha habido mucho y muy bueno, y esta noche jugarán dos equipos extraordinarios cuyo recorrido explica por qué los futboleros seguimos viendo los partidos de un Mundial a pesar de la suciedad que lo pueda rodear. Pero he estado pensando, inevitablemente, en lo que dijo Maradona el día de su retiro definitivo. Era el 10 de noviembre de 2001; siete años habían pasado desde que fuera expulsado de su último Mundial por uso de sustancias prohibidas, y allí, en La Bombonera, el estadio del Boca Juniors, habló frente a miles de hinchas que no lo veían como un futbolista, sino como un pequeño dios que había marcado los últimos 15 años de la vida argentina. Con los brazos cruzados, como abrazándose de pura tristeza, Maradona reconoció sus errores. Y entonces añadió: “Porque se equivoque uno, no lo tiene que pagar el fútbol. Yo me equivoqué y pagué. Pero la pelota no se mancha”.

Durante los últimos años hemos asistido a los esfuerzos denodados de la dirigencia de la FIFA, en complicidad con los líderes más deplorables del siglo XXI, por mancharla hasta dejarla irreconocible. Ya sabíamos que Donald Trump, como un Midas al revés, convierte en mierda todo lo que toca; Gianni Infantino, por su parte, lleva varios años dedicado a su propia alquimia: a convertir el fútbol en una mercancía grosera, susceptible de ser explotada o exprimida hasta el último dólar y, sobre todo, capaz de lavarles la cara a los matones y los autoritarios del mundo entero. Sí, lo ha hecho de manera dedicada y recurrente; pero ha caído más bajo que nunca en los últimos años, los de la preparación y ejecución de este Mundial que organizaron tres países pero que giró desde el primer momento alrededor de uno. Y el espectáculo ha sido lamentable.

Vamos por partes. Han pasado varios meses ya, pero todavía me da vergüenza ajena recordar el premio ridículo que se inventó Infantino para lamerle los zapatos (es un decir) al presidente de Estados Unidos: para darle contentillo a ese ego frágil, a esa herida narcisista en forma de ser humano que es Trump. “Premio FIFA de la Paz: el fútbol une al mundo”, se llamaba desfachatadamente aquel trofeo artificial, o así lo llamaba el anuncio risible que hizo la FIFA el día del sorteo. El fútbol une al mundo, háganme ustedes el favor. Esa frase escogió Infantino para premiar al gobernante occidental que con más ahínco ha dividido a la gente, aupado a los xenófobos y alentado la violencia entre sus propios ciudadanos, por no hablar del sabotaje metódico que ha llevado a cabo contra todas las instituciones del multilateralismo —las Naciones Unidas, la OEA, los Acuerdos de París— cuyo empeño es fingir que el mundo no es una selva donde gana el más fuerte.

Para el momento de aquella ceremonia grotesca, ya Trump había humillado a Zelenski en el Despacho Oval de la Casa Blanca (mientras le negaba su apoyo al país agredido o lo sometía a chantajes) y había dicho que convertiría la franja de Gaza en un balneario (mientras condonaba el exterminio que ha llevado a cabo el régimen genocida de Netanyahu y los suyos). Todavía no había agredido a Venezuela para imponer su gobierno de títeres, ni había lanzado su guerra opcional contra Irán, ni había amenazado a la vista de todos con destruir en ese país las estructuras de la vida civil: es decir, con cometer lo que todas las convenciones del mundo consideran crímenes de guerra. Sus palabras de pandillero (pero de pandillero armado con misiles nucleares) quedaron inscritas desde el primer momento en la historia universal de la infamia: “El martes será el día de las plantas de energía, el día de los puentes, todo en un solo paquete para Irán. ¡¡¡No habrá nada parecido!!! Abran el puto estrecho, malditos bastardos, o vivirán en el Infierno”.

(Mi traducción es aproximada. Donde Trump escribe crazy bastards, me debato entre “malditos bastardos”, con su aire inevitable de película de Tarantino, o “locos de mierda”. Las dos responden bien al espíritu del original, creo yo.)

Pero nada de lo anterior nos hubiera podido preparar para lo ocurrido durante el mundial. Como lo sabe todo el que no haya vivido este mes escondido debajo de una piedra, el goleador de Estados Unidos, Folarin Balogun, recibió una tarjeta roja en el partido de su selección contra la de Bosnia-Herzegovina; Trump, que hasta entonces se había mantenido misteriosamente al margen del torneo, intervino al mejor estilo Corleone: levantó el teléfono, llamó al presidente de la FIFA, pidió que la sanción le fuera retirada al jugador. Infantino obedeció, por supuesto, pues no está en sus genes eso de plantarle cara a un poderoso ni mucho menos de defender con las acciones la integridad de un deporte que tanto defiende con las (huecas) palabras. Luego Trump se jactó de la llamada ante las cámaras; y en su respuesta a un periodista hubo tanto de satisfacción de Padrino como de cinismo impune, con un gramo de insinuación cobarde (pues no iba a desaprovechar la oportunidad de mancillar a alguien).

“Yo entiendo los deportes muy bien”, dijo. “Y eso no fue falta. No fue ni siquiera infracción. Y el árbitro, que es un tipo un poco sospechoso, si uno se fija en su pasado… Si usted quiere, le puedo entregar pruebas de ese pasado…” Enseguida, para probar que entiende los deportes muy bien: “Una cosa es sancionar a alguien por un partido. Pero, ¿cómo se le puede sancionar por un partido que aún no se ha disputado? Es muy injusto”.

La sanción le fue retirada a Balogun y el delantero pudo jugar contra Bélgica. Pero el fútbol, el terco fútbol, tiene sus correctivos, o su organismo tiene sus propias defensas: la situación provocada por Trump el marrullero puso a los pobres jugadores en medio de un debate incómodo, tan pesado y venenoso que se les olvidó jugar. Los Estados Unidos fueron ante Bélgica un equipo sin alma ni concentración, como si tuvieran la cabeza en otra parte, y salieron del mundial en medio del caso más agudo de schadenfreude que se haya visto recientemente.

Yo quiero creer que es cierto lo que decía Maradona. Esta noche, uno de los capitanes recibirá el trofeo que ojalá haya merecido, y lo hará en presencia de dos indecentes cuyo comportamiento mafioso ha dejado una mancha indeleble en la historia de los Mundiales: pero la pelota no se mancha. Estoy seguro de que más de un jugador preferirá no tener la obligación cargante de estrecharles la mano, y debo decir que los compadezco a todos: he hablado con campeones del mundo y sé cuántas emociones y cuántas memorias (las de los fracasos pasados, las de los éxitos con sus malentendidos, las de los vivos que los acompañan para ver el momento, las de los muertos que no pueden verlo) les llenarán el cuerpo, como a cualquiera en un momento parecido, y es una lástima que el momento sea menos limpio por la presencia de esos personajes nefastos que son Infantino y Trump. Pero ellos también pasarán, y el fútbol queda. Juan Gabriel Vásquez es escritor. El País, 19 de julio de 2026.


















REVISTA DE PRENSA, 5. EL MUNDIAL VISTO DESDE EL MÁS ALLÁ, POR JOHN CARLIN. 20 DE JULIO DE 2026

 





Las tres de la tarde hoy en Nueva York, cuando arranque la final de la Copa del Mundo, es el momento indicado para que por fin aterricen los extraterrestres y analicen la conducta de la especie dominante del planeta Tierra.

Gracias a su tecnología avanzada observarán que, salvo unas tribus perdidas en el Amazonas o la mitad de aquella nación pagana llamada Estados Unidos, la casi totalidad de Homo sapiens tendrá los ojos pegados religiosamente a un aparato primitivo llamado televisor. 

Su primera conclusión, o teoría, será la que propuso una vez un escritor llamado Geoff Dyer. Que el fútbol es “un fenómeno cultural y deportivo tan absorbente que unos visitantes de otra galaxia podrían concluir, con toda lógica, que nuestro planeta adquirió su forma en deferencia al balón alrededor del cual giran la vida semanal y el ciclo de las tem­poradas”.

Seres impolutamente racionales, los recién llegados de una civilización superior harán –en nanosegundos– un análisis de las reglas del deporte, y de todos los partidos disputados de la historia de los Mundiales, y se quedarán perplejos ante la frecuencia con que los resultados no corresponden ni con la lógica ni con la justicia.

El error –o el pecado– original es que a los árbitros se les otorgan poderes divinos, pero son tan falibles como el resto de estas extrañas criaturas, los humanos, esclavos más de la pasión que de la razón. En vez de actuar juntos por el bien planetario se dividen en tribus, se inventan unas cosas llamadas banderas y no entienden mayor gloria o felicidad que derrotar a aquellos que visten otros colores.

La guerra es una constante de la humanidad. El fútbol, una metáfora de ello: más benigna que la guerra con balas, pero emerge de los mismos sentimientos de odio al prójimo, fenómeno también conocido como nacionalismo. Una radiografía del actual Mundial ofrecerá a los extraterrestres más luz. Particularmente reveladora les resultará la semifinal del miércoles pasado entre Inglaterra y Argentina, dos países que hace no mucho fueron a la guerra de verdad.

Aquel conflicto fue descrito por un humano inusualmente lúcido, Jorge Luis Borges, como “dos calvos peleándose por un peine”. La misma definición se podría atribuir a la mayoría de las carnicerías bélicas que se han organizado a lo largo de los siglos en el planeta azul. Pero en este caso el absurdo se llevó a extremos desconocidos.

Murieron unas mil personas gracias a la disputa entre dos países por unos inhóspitos trocitos de tierra en medio de un océano, cuyo valor para las dos partes no es más que fruto de la vanidad que rige el comportamiento humano. Les cuesta reconocerlo, así que se inventan argumentos para dignificar su pequeñez mental. Las Mal­vinas deben ser argentinas por proximidad geográfica (a 1.800 kilómetros de la capital, Buenos Aires); las Falklands (a 12.800 kilómetros de Londres) deben ser inglesas por lo que llaman fair play democrático.

Argentina perdió esa batalla, pero, de infinitamente mayor importancia para sus ciudadanos, ganó a Inglaterra en un partido de fútbol que se celebró cuatro años después. Esta variante de la guerra por otros medios se libró otra vez esta semana, volvió a ganar Argentina y volvieron los argentinos, y sus jugadores, a celebrar lo que los psicoanalistas que en ese país pululan llamarían la imaginaria recuperación en el subconsciente colectivo del magro territorio malvinense. 

En la final de hoy reaparece Argentina y su rival será España, la una vez madre patria colonial. Otra oportunidad para que los extraterrestres reflexionen sobre los hábitos de nuestra especie. La curiosidad de que tanto dependa de meter una pelotita entre tres palos se extenderá, más allá de Argentina y España, al mundo entero. Los cuatro mil y pico millones que verán el partido­ lo interpretarán como una batalla moral, como siempre con un partido de fútbol. Los míos son los buenos; los tuyos, los malos.

En la final, la mayoría de los telespectadores estarán con España, pero Israel y Trump irán con Argentina

Un rápido repaso intercontinental les dirá a los analistas alienígenas que la gran mayoría de los telespectadores han elegido su tribu y querrán que España venza a Argentina. Israel, eso sí, estará con Argentina por razones reconociblemente coherentes (el Gobierno ar­gentino aplaude las matanzas en Gaza); medio Bangladesh estará con Argentina por razones absolutamente inexplicables, y el gran árbitro planetario, Donald Trump, estará con Argentina también, fervorosamente.

Por un lado, porque el rey naranja ama a su alma gemela en la Casa Rosada, Javier Milei, y apoya su reclamo por las famosas Malvinas. Por otro, porque, de todos los países del mundo, España es el que más aborrece. Rusia, China, Corea del Norte: ni una palabra en contra. Sobre España ha dicho en las últimas dos sema­nas que es un “socio terrible” y que los españoles son “mala gente, sin remedio”.

El resto del mundo irá con España en la final de hoy en parte porque el resto del mundo, o el 90% de él, considera que Trump es terrible, malo y sin remedio. El enemigo de mi enemigo es mi amigo. Y también, o más, porque se ha creado la percepción durante las semanas de este Mundial, justificada o no, de que los jugadores argentinos son unos tramposos y de que la hinchada argentina exhibe una ofensiva chulería, más un aire de militancia fachistoide. Messi, la divinidad más idolatrada del planeta, ofrecerá un contrapeso a este prejuicio en contra, pero no tanto como para inclinar la balanza a favor de Argentina.

Este es el análisis de la situación a la que tendrán que haber llegado, con frialdad forense, los extraterrestres. Si gana España y Trump le tiene que entregar la copa a su capitán, sus sofisticados aparatos medirán impactos sísmicos gracias a las carcajadas que darán la vuelta al mundo. Si gana Argentina, detectarán algunos solemnes aplausos a su capitán, reconocido universalmente como tan responsable de las victorias de su equipo como Aquiles del suyo en la guerra de Troya, otro más de los baños de sangre a los que han conducido las pasiones humanas en los últimos diez mil años bajo el sol.

Lo más lógico, claro, sería que los extraterrestres no esperasen al pitido final. La comedia humana nos entretiene a nosotros, pero para cualquier ser civilizado es para correr volando al más allá. John Carlin es escritor. La Vanguardia, 19 de julio de 2026.