miércoles, 30 de septiembre de 2026

DEL CAFÉ SEMANAL DE LA MAÑANA: ROMEO Y JULIETA SE PELEAN POR RAZONES POLÍTICAS, POR SERGIO DEL MOLINO

 






Dos viajeros a mi lado se hicieron amigos en el AVE, como si fueran personajes de una película antigua. Él le ayudó a ella con la maleta, arrancando una conversación apasionada. Aunque hice esfuerzos por no escuchar, concentrándome en mi libro, me hablaban casi en la oreja y no pude evitar quedarme con retazos de una charla que enseguida cogió tono de confesión íntima. Ahora es cuando él le pide a ella que maten a sus respectivas parejas, me dije. Quienes hemos leído a Patricia Highsmith sabemos que toda charla banal en un vagón termina en un complot de asesinato. Pero ella estaba ya divorciada (dato muy interesante para él), lo que hacía ocioso el crimen, aunque introducía un elemento más inquietante en el relato: dejó a su marido por razones políticas. El hombre era muy de izquierdas. Ella, no tanto. Un día le dijo: o dejamos de hablar de política o nos divorciamos.

Ahí cambiaron el género y el autor. La escena dejó de ser de Highsmith y se convirtió en una de Stephen King. Del suspense al terror.

No puede ser —me dije, reprimiendo las ganas de meter baza—, no caben los divorcios ideológicos, no te dejas de querer por el juez Peinado, la política no tiene el poder de destruir matrimonios. La gente se divorcia por cosas importantes: no fregar los platos, ver demasiado fútbol en la tele, que juzguen con sinceridad la paella de tu madre, alegar que te aburres mucho en verano en el pueblo de tu cónyuge o confesar que fingiste que te gustaban los Hombres G con el único fin de ligar, aunque en verdad te estomagan. Romeo y Julieta murieron por un malentendido, en medio de un plan algo chapucero, aunque dejaba claro que su amor estaba muy por encima del odio entre sus familias. Pero desde que Julieta llamó “invasión” a lo de Ceuta, Romeo prefiere pasar las noches debatiendo en Bluesky en vez de rondar el palacio de los Capuletos.

Si conserváramos el arte de discutir —entendido como una disciplina deportiva, un duelo que se entabla con florete y máscara en un salón elegante—, no dejaríamos que los afectos se viesen alterados por algo tan nimio como tener puntos de vista diferentes. Pero hace tiempo que la brutalidad sustituyó a lo caballeroso, y las discusiones se parecen más a una pelea navajera que a un juego de esgrima. Hay una necesidad de herir y aniquilar al contrario incompatible con el amor, y en ese desgarro se aprecia la verdadera dimensión de la tragedia que vivimos quienes aún creemos en esa cosa tan anticuada y pomposa llamada democracia. Sergio del Molino es escritor. Publicado en El País el 23 de septiembre de 2026.
























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