domingo, 19 de julio de 2026

DEL MARATÓN DE VIÑETAS DE HUMOR DEL BLOG DE HOY DOMINGO, 19 DE JULIO DE 2026

 






























































































































































SALUTATIONES IN LINGUA COMMUNI DILECTAE NOSTRAE EUROPAE, LATINA, HODIE, DIE SOLIS, XIX IULII, MMXXVI







Salvete, bonum mane omnes, et felicem Dominicam. Vobis praesento marathonem iocorum imaginum et articulorum ex ephemeride diurna Dominicali, quae spero vobis interessantes invenire. De Latina lingua, vos certiores facio eam non esse linguam mortuam, sed potius codicem geneticum Europae. Ita, eam ut linguam francam adoptando, Unio Europaea vocem neutralem, communem et profundam, quae fines transcendit, recuperare posset, hereditatem nostram classicam cum futuro identitatis communis sine hegemonia linguistica coniungens, cum Latina lingua ut symbolo unitatis nostrae. Videbimus vos proxima Dominica, si Fortuna permittit. Tamaragua, amici. Oscula. Amo vos. HArendt













ENTRADA NÚM. 11140

sábado, 18 de julio de 2026

GAU ON, ATSEDAN ON ETA AMETS GOZOAK IZAN. GAUR, LARUNBATA, 2026KO UZTAILAREN 18A, EUSKARAZ

 






Kaixo berriro, lagunok. Gau on, atseden on eta amets gozoak izan guztioi larunbat gauetik igande goizera, 2026ko uztailaren 18-19. Espero dut egun ona izan duzuela zuen familiekin eta lagunekin. Bihotz-bihotzez eskerrik asko bloga bisitatzeagatik. Pozten naiz zuen bisita gustatu izana pentsatzeaz. Tamaragua, lagunok. Fortuna jainkosa eta Moirai onberak zuekin egon daitezela. Bihar arte. Maite zaituztet. Musuak. HArendt
















DE LA TARDE QUE CAE. SIN FRANCESES (NI ESPAÑOLES), `POR NAYAT EL HACHMI. 18 DE JULIO DE 2026





 


“¿De dónde eres?” Le preguntan al niño con los ojos rasgados y el pelo negro. “De aquí”. “¿Pero naciste aquí?” “Sí”. “¿Y tus padres? ¿De dónde son tus padres?” El chaval estaba tan tranquilo jugando en el parque cuando un adulto lo sometió a esa inquisición identitaria. Es el tipo de persona que haría un comentario como el que hizo Mariano Rajoy en su columna, que por muy jocosa que pretendiera ser, refleja una visión de la ciudadanía anclada en un pasado que presupone una correlación entre los rasgos externos de los habitantes de un país y su pertenencia al mismo. En el nuestro ese reconocimiento, la españolidad desde el punto de vista legal, está claramente establecido por el ordenamiento jurídico. Se es español al nacer de padres españoles pero también si uno lleva un tiempo viviendo en territorio nacional y cumple no pocos requisitos.

Si en Francia hace décadas que algunos de sus habitantes no parecen franceses a ojos de quienes llevan las mismas gafas racializadoras que el expresidente, en España la inmigración extracomunitaria tiene ya un recorrido lo suficientemente largo como para que cambie lo que consideramos “español” desde el punto de vista del color de la piel u otros rasgos considerados extranjeros. ¿o a Rajoy le parece que ni Lamine Yamal ni Nico Williams o Ana Peleteiro son dignos representantes del país por el que compiten? Mis hijos, por llevar El Hachmi de apellido, ¿van a tener que estar dando explicaciones toda su vida sobre lo que son y cómo se sienten o podrán vivir algún día sin esa carga? ¿cuántas generaciones de españoles que “no lo parecen” tiene que haber para que de una vez por todas nos demos cuenta de que ni el color de piel ni el pelo ni los rasgos ni la lengua que hablamos con nuestros padres ni los dioses en los que creamos o no tienen nada que ver con nuestra condición de ciudadanos?

De la polémica columna de Rajoy lo único que me alegra es ver que la reacción ha sido casi unánime al rechazar su visión racista de las identidades nacionales, algo que no pasaba hace diez o veinte años, cuando esa concepción excluyente estaba mucho más extendida y normalizada. El colmo es que la extrema derecha francesa llame racista al bueno de Mariano. No es verdad que el Rajoy de ahora diga cosas que no hubiera dicho antes del avance de Vox. Los que venimos conviviendo con el racismo desde pequeños podríamos hacer una lista larguísima de declaraciones como la suya que solo nos indignaban a nosotros. Lo nuevo no es el racismo, lo nuevo es que ya no nos resulte indiferente. Algo que hay que celebrar. Najat El Hachmi es escritora. El País, 17 de julio de 2026.






















DEL CAFÉ DE SOBREMESA. SUEÑO DE UNA NOCHE DE MUNDIAL, POR IGNACIO PEYRÓ. 18 DE JULIO DE 2026







Una manera de contar la Historia de España —no la más alentadora— pasa por enumerar todo aquello a lo que hemos llegado tarde, ya sea la industrialización, el capitalismo, los derechos civiles o la cocina japonesa. Algunas veces hemos caído incluso en la sobrecompensación: ¿no hemos sido un país aislado? Pues bien: hoy pasmamos a la prensa extranjera con la cantidad de banderas europeas que somos capaces de poner. Con el deporte ha ocurrido algo parecido. Durante mucho tiempo, el deporte, como los inventos, era algo que hacían ellos. El gentleman lo practicaba, un hidalgo no: con su traslación del honor al divertimento, el deporte antiguo resultaba del todo ajeno a sus códigos.

Pero el deporte siempre ha sido más que deporte. Ahí está el célebre apócrifo de Wellington, según el cual la batalla de Waterloo comenzó a ganarse en las canchas del colegio de Eton. Con sus reglas y sus exigencias, el deporte educaba el carácter, lo que iba a abrir amplias posibilidades a las pedagogías más crueles. En la Inglaterra liberal, Thomas Arnold, director de la Escuela Rugby, legaría a su país un deporte y también un tipo de hombre diseñado como recrío del Imperio. En la Italia fascista, la obsesión física del Duce le llevó, como escribe Maurizio Serra, a “hacer del propio cuerpo un arma de propaganda”, en tanto que la gimnasia, como “fábrica del Hombre Nuevo”, se iba a generalizar por la fuerza entre las gentes. Poco extraña que en España, donde la pedagoga era la Iglesia, todo esto oliera a protestante o a pagano, porque efectivamente lo era. Y salvo la cremita alfonsina que jugaba al tenis cuando aún se escribía tennis, nuestros deportes iban a ser de esos en los que el mayor esfuerzo recae sobre el otro: la caza, la pesca y, más por marcialidad que por pijerío, el caballo. En fin: Mussolini mostraba sus pectorales en las fotos; Franco solo mostraba sus atunes.

Una particularidad española está en el escultismo patrio, que sirvió literalmente para todas las pedagogías: para el nacionalismo catalán, para los Exploradores de España de la Restauración monárquica, para la OJE del Movimiento y para los paseos krausistas de la Institución Libre de Enseñanza. Otra excepción está en los clubes: en un país de tejido cívico escaso, que Real Madrid y Barcelona sean asociaciones privadas solo se explica porque los socios ponen las entidades en manos —véase Florentino— de un conducator poderoso. Como fuere, cuando en 1961 se instaura la educación física en las aulas, el atraso es evidente: sudar, más que un lujo, seguía siendo un derivado de la siega. Así, a falta de escuela, tuvimos que recurrir, como en la literatura y el arte, a la figura del pájaro solitario: Bahamontes —justamente llamado “el águila de Toledo”—, el saturnino Luis Ocaña, aquel Severiano Ballesteros que entró en el mundo anglosajón como un bandolero irresistible. Solo en 1984, con el baloncesto de Los Ángeles, comienza a cambiar el tópico por el que los españoles éramos esos locos bajitos, con el pecho más poblado que una alfombra de Alcaraz. La proteína barata y la sociedad de consumo tenían su efecto.

Un problema de la épica, con todo, es su cercanía al ridículo, y el fútbol, con nuestros camachos, juanitos y demás empecinados, nos tuvo durante décadas a dieta de pathos: hubo un tiempo en que la leyenda estaba tan barata que ya bastaba con clasificarse en los minutos de la agonía ante Irlanda del Norte. Luego está el heroísmo martirial que más nos gusta: la noche oscura de Arconada, Luis Enrique como un eccehomo, nuestra decadencia y caída ante Corea. Mucha honra, en definitiva, para tan pocos barcos. En un país acostumbrado a medir su autoestima por sus fracasos, animar a la selección requería de la moral de Manolo el del Bombo, quien, según tengo entendido, era de no lejos de Alcoy. Por supuesto, habíamos ganado una Eurocopa con el gol de Marcelino, “a pase de Pereda, constituido de extremo”, pero una Eurocopa es algo que le puede ocurrir hasta a Grecia o Dinamarca. Ni siquiera teníamos una leyenda negra contra la que consolarnos: simplemente, amábamos más al fútbol de lo que él parecía amarnos. Todo cambió en los cuartos de final de 2008: ganar a Italia, país tan favorecido en el rasca y gana de la Historia, en los penaltis.

El fútbol siempre tiene que ver con el pasado. Ya hay generaciones para las que oír hablar de “la maldición de cuartos” es como oír hablar del “desastre de Cuba”. Les envidio la infancia feliz, ese sedimento aristocrático que da a la vida saberse ganadores y que mi generación —1980— no tuvo. Del Mundial de 2010 también empieza a hacer ya mucho tiempo, lo suficiente para sentirnos elegíacos al recordar el waka-waka, el pulpo, la vuvuzela, Iker y Sara, el jabulani. Durante mucho tiempo pensé que ganar un Mundial era lo que necesitaba la autoestima nacional, más aún al jugar con un imperio sereno que poco tenía que ver con aquella “furia española” tan cargante. Que las victorias han sido políticamente indiferentes se demostró bien pronto: España jugó la final un 11 de julio; la manifestación por la sentencia del Estatut, comienzo de tantas cosas, fue el día 10. Es posible que la presencia de la bandera sí se haya normalizado, tanto como el júbilo del indepe cada vez que España perdió. Para la autoestima quizá haya que esperar a ganar Eurovisión. O a que crezca esa bendita generación para la que el orden natural de las cosas no pasa necesariamente por perder. Ignacio Peyró es escritor. El País, 17 de julio de 2026.























ESPECIAL 2 DE HOY. SOBRE EL 18 DE JULIO DE 1936 (II), POR ÁNGEL VIÑAS. 18 DE JULIO DE 2026

 





El artículo anterior no alude a la historia que los investigadores españoles (y algunos extranjeros, en particular sir Paul Preston) hemos ido reconstruyendo penosamente. Nuestro foco de la atención ha ido cambiando, merced a influencias exteriores (de la historia política y militar se ha ido pasando a la social, cultural y de género, con las aportaciones de la medicina, arqueología, ciencia de los suelos, psicología social, etc.) y al desplazamiento hacia los vencidos, a la represión y sus circunstancias.

Sin embargo, ha tardado en darse una respuesta a la pregunta del millón. ¿Quién quiso la Guerra Civil? Para ello hay que volver a la esencia del relato histórico: los comportamientos de los seres humanos, en condiciones dadas, creadas desde el pasado y activadas en su presente, en una mezcla de voluntades y acciones colectivas e individuales, en persecución de unos fines u otros.

Lo que desde hacía tiempo se sabía de la Guerra Civil como producto de una conspiración, hoy se ha identificado, no del todo, pero sí lo suficiente. Fue el resultado de una conspiración de cinco años de duración. Su corte fue monárquico y fascista a la que, por la fuerza, hubo que incorporar desde su comienzo a generales, jefes y oficiales. No es, pues, una tesis nueva. La expuso parcialmente en 1951 uno de sus protagonistas (el piloto Juan Antonio Ansaldo) y abundó en ella un dirigente monárquico (el catedrático Pedro Sainz Rodríguez), en 1978. Ambos dejaron de lado la parte esencial y la que escribió ha sido objeto de cuidadosos trabajos académicos por historiadores muy diversos.

Entre ellos destacan españoles (Ismael Saz, Eduardo González Calleja y otros) y extranjeros (sir Paul Preston y Morten Heiberg, que avanzó más que nadie hasta entonces). Ninguno pudo rematarla. No por incompetencia, sino porque no llegaron a conocer sus resultados.

La documentación imprescindible se encuentra en la Fundación Universitaria Española, en la madrileña calle de Alcalá, y se complementa acudiendo a los Ministerios de Relaciones Exteriores (Farnesina) y de Aviación en Roma, sumados al equivalente del primero y al Archivo Militar en París.

Empezó en serio y en términos operativos en 1934 con la firma de un convenio entre monárquicos, civiles y militares, y carlistas con la Italia fascista. Los primeros al menos aseguraron la continuidad de los contactos. De ellos y de las repetidas demandas de fondos para comprar voluntades y costear los gastos de propaganda se encargó en primera línea el exministro Antonio Goicoechea. En retaguardia se situó siempre José Calvo Sotelo. En junio de 1936 se incorporó a las continuas peticiones de fondos José Antonio Primo de Rivera.

Los contactos corrieron a cuenta de Sainz Rodríguez y de Ernesto Carpi, un banquero fascista, radicado en Barcelona y agente de varios servicios de inteligencia italianos. En 1935 los conspiradores españoles lo nombraron enlace con el Ministerio de Aeronáutica, cuyo responsable era el propio Mussolini. Esto implica que la conspiración se había percatado que necesitaría aviones.

Para entonces Goicoechea planeaba un tercer viaje a Roma y entrevistarse con el Duce en un contacto decisivo. Tuvo lugar en octubre, a pesar de la invasión fascista de Abisinia. Le declaró las intenciones de los conspiradores. Si la izquierda volvía al poder, ellos, los falangistas y los militares se sublevarían. En el interín pidió más fondos.

Ansaldo tuvo que huir a Francia para transportar a los tres intervinientes en el intento de asesinato de Luis Jiménez de Asúa, reputado catedrático de Derecho Penal y vicepresidente socialista de las Cortes surgidas de las elecciones de febrero de 1936.

La ocasión la pintaron calva. Ansaldo quedó disponible para resolver el problema de los aviones. Negoció con una empresa aeronáutica (Società Idrovolante Alta Italia) que, como todas las del ramo, estaba controlada por el Ministerio de Aeronáutica. El 1 de julio Sainz Rodríguez se desplazó a Italia y firmó cuatro contratos de suministro de aviones de bombardeo y de caza, más tres hidroaviones y abundantísima munición, motores, piezas auxiliares y gasolina de un tipo que apenas si entonces había en España. Los contratos completos han sido reproducidos en dos libros publicados por Crítica. El pago lo había asegurado previamente Juan March.

El primer envío debía hacerse antes del 31 de julio y los fascistas empezaron a prepararlos, convenientemente disfrazados, en los días siguientes a la firma. No se echaron atrás en ningún momento durante la guerra.

Pregunta: ¿Con qué apoyo extranjero demostrado contaban quienes no iban a sublevarse el 17 y el 18 de julio? Ángel Viñas es catedrático jubilado de la UCM y recientemente ha dirigido el libro Al servicio de la democracia (Crítica). El País, 18 de julio de 2026.