sábado, 18 de julio de 2026

ESPECIAL 1 DE HOY. SOBRE EL 18 DE JULIO DE 1936 (I), POR ÁNGEL VIÑAS. 18 DE JULIO DE 2026

 






Se cumplen ahora 90 años del hecho que cambió la historia de España. Que se me ocurra, solo el 2 de mayo de 1808 es medianamente comparable en sus repercusiones.

Los historiadores hemos investigado el camino hacia el más reciente. Desde el momento mismo del golpe, los militares y civiles sublevados lo defendieron como la única operación imprescindible para prevenir la “revolución comunista” que estallaría en agosto. Se trataba, nada menos, que salvar a ESPAÑA (con mayúsculas) de caer en las garras de Stalin. Aunque no solo a España: también a la Europa occidental y cristiana e impedir que surgiera un foco de subversión en su retaguardia.

Con su supremo sacrificio, los buenos españoles lo evitaron. No solo para sí mismos, sino también para los demás europeos.

La posibilidad de una revolución en ciernes la había anunciado la Embajada británica en Madrid. No la francesa. La confirmó el recién llegado embajador republicano en Londres. El gobierno británico la aceptó. El cónsul general en Barcelona y el propio embajador en Madrid continuaron echando petróleo al fuego.

La tesis la mantuvo la dictadura y Franco se regodeó en un nuevo título de “Centinela de Occidente”. Todavía hay gente, mucha, que se lo cree. Los denodados esfuerzos de los historiadores militares del régimen intensificaron tal interpretación en tres títulos de obligada consulta publicados en los años cuarenta, cincuenta y sesenta por el Servicio Histórico Militar.

Con las necesarias adaptaciones derivadas de la evolución de las técnicas de comunicación, tales tesis sobreviven hoy. Modernizadas por el creciente énfasis en el supuestamente inmenso y único desbordamiento de asesinatos y asaltos a la propiedad y a las personas en la primavera de 1936.

Coincidiendo con la largo tiempo contenida etapa del desarrollismo en los años sesenta, en el mundo de habla inglesa aparecieron las primeras historias que presentaban la Guerra Civil bajo otro ángulo. Hugh Thomas, Herbert R. Southworth y Gabriel Jackson fueron pioneros en rescatar lo que, en realidad, había ocurrido desde 1931. La dictadura respondió con la censura más abyecta primero y con la “modernización” de la interpretación clásica.

De ello se encargó un avezado técnico de Información y Turismo llamado Ricardo de la Cierva bajo la égida del inolvidable ministro del ramo, Manuel Fraga Iribarne.

Eso sí, los archivos permanecieron celosamente cerrados excepto a los militares (un teniente general glosó las semejanzas entre 1808 y 1936) y consiguió que su panfleto fuera declarado de interés para las Fuerzas Armadas. Le proporcionó un mercado cautivo bastante significativo.

En la retaguardia, el Ministerio de Educación Nacional y la púdicamente denominada Secretaría General del Movimiento), más el aparato policial y judicial en su conjunto, obraron de consuno para que los españoles no se desviaran del camino que se les imponía.

Los años republicanos, en particular, continuaron con la mácula que sobre ellos impusieron los vencedores. Sus tesis, escasamente modificadas siguen empapando la educación y, sobre todo, las nuevas tecnologías de la comunicación. Si acaso no se acentúa tanto que la rebelión del 18 de julio se había adelantado, por meras semanas, a un golpe de Estado comunista teledirigido desde Moscú. A muchos les parece ya un poco exagerado.

Con todo, la vieja interpretación retorna en tiempos absolutamente diferentes. Los desastres de la guerra se achacan básicamente a la izquierda y se desvanecen las hambrunas de la posguerra y la represión en y tras el conflicto. Se ha revivido gran parte de lo señalado por el implacable Abc de la época. Recomiendo echar un vistazo a lo que afirmó el 13 de febrero de 1936.

El general Francisco Franco y el exministro de la Guerra, José María Gil Robles, intentaron dar un golpe blando, hoy todavía muy desfigurado. El presidente de la República, Niceto Alcalá-Zamora, lo impidió y ordenó la lectura por el conducto reglamentario y reservado de un mensaje suyo a todos los generales, jefes y oficiales.

Anticipaba que “hoy un golpe de Estado lejos de ser sin lucha comenzaría por esta en su forma más feroz” y esto “solo puede llevar a la destrucción de España y del Ejército”.Claro que esto importaba un bledo a los conspiradores monárquicos, militares y fascistas. Buscaban otra cosa, algo que desde entonces se ha desfigurado en la gran mayoría de las versiones que las derechas han escrito sobre la supuesta gloria del asalto contra el orden legítimo y legalmente establecido. Forzados, claro, por la necesidad de salvar a la PATRIAAAAAAAA. Ángel Viñas es catedrático jubilado de la UCM y recientemente ha dirigido el libro Al servicio de la democracia (Crítica). El País, 17 de julio de 2026.

























DE LAS VIÑETAS DEL BLOG DE HOY SÁBADO, 18 DE JULIO DE 2026

 























DEL ARCHIVO DEL BLOG. OCCIDENTE EN EL DIVÁN, POR JAVIER SOLANA. PUBLICADO EL 2 DE JULIO DE 2018

 







Ya no cabe la menor duda: Occidente está en crisis. Es cierto que el concepto de “Occidente” siempre ha sido algo difuso y que, históricamente, los países llamados “occidentales” han presentado grados considerables de heterogeneidad en sus respectivas políticas exteriores (recordemos, por ejemplo, las enormes discrepancias que suscitó la guerra de Irak). Pero no es menos cierto que existen múltiples pilares ideológicos sobre los que se sustenta dicho concepto; unos pilares que, durante la presidencia de Donald Trump, se han ido resquebrajando. Las acusaciones plagadas de falsedades por parte de Trump y de sus correligionarios —“no podemos dejar que nuestros amigos […]se aprovechen de nosotros”, repiten incesantemente— están haciendo mucha mella.

Tal vez con la única excepción de Oriente Próximo, donde Trump ha redoblado su apoyo a los aliados tradicionales de Estados Unidos, el presidente estadounidense parece dispuesto a echar por tierra cualquier tipo de entendimiento estratégico, por esencial que sea para su país. ¿Quién hubiese imaginado hace pocos años que Estados Unidos se desmarcaría de una declaración conjunta del G7? ¿O que Estados Unidos y Canadá tendrían un desencuentro público del calibre del que ha generado Trump —y destacados miembros de su Administración— con el primer ministro Justin Trudeau? Trump aseguró tras su cumbre con Kim Jong-un en Singapur que mantiene una “buena relación” con Trudeau, pero añadió acto seguido que mantenía también “una muy buena relación con el presidente Kim”. Hablar en estos términos de Canadá y de Corea del Norte en la misma frase es más que una torpeza: se trata de una absoluta insensatez que refleja una escalofriante falta de perspectiva.

A Trump le pierden las formas, pero sería un alivio que ese fuese el único problema. La cuestión de fondo es que la desconfianza mutua se está propagando como resultado de una sucesión de medidas muy tangibles. Los aranceles impuestos por Estados Unidos al acero y al aluminio —entre cuyos damnificados se encuentran ya Canadá y la Unión Europea, después de que Trump levantara sendas exenciones— dinamitaron toda posibilidad de consenso que pudiera existir todavía en el G7. Con estos aranceles, Trump no está perjudicando únicamente a las exportaciones de otros países, sino que está condenando también a Estados Unidos a sufrir pérdidas cuantiosas. Pero el proteccionismo de Trump parece impermeable a los datos y a la lógica económica. Para justificar sus contraproducentes políticas, Trump se aferra a casos aislados y descontextualizados —como los elevados aranceles canadienses a los productos lácteos— obviando que la tasa arancelaria media ponderada que aplica Estados Unidos es superior a la de la Unión Europea, Japón y Canadá.

Mientras el G7 de Canadá se sumía en la polémica, otra reunión de gran relevancia tenía lugar en la ciudad china de Qingdao. La Organización de Cooperación de Shanghái (formada por China, India, Kazajistán, Kirguistán, Pakistán, Rusia, Tayikistán y Uzbekistán) celebraba su reunión anual de jefes de Estado. El principal diario oficial del Partido Comunista chino no perdió la oportunidad de ahondar en la herida, destacando el ambiente cordial que se vivió en Qingdao —con Xi Jinping y Vladímir Putin como grandes protagonistas— en contraposición con el que se vivió en Canadá.

Puede que Trump no acertara al sugerir que Rusia retornara al formato G8, pero tampoco podemos obviar una realidad que se viene poniendo de manifiesto: la excesiva compartimentación de todos estos clubes propicia una serie de dinámicas cada vez más desfavorables para Occidente. Ante el actual declive de la preponderancia occidental en la esfera internacional, arrinconarse no es la mejor opción. Se hará más sencillo idear remedios sostenibles a nuestros problemas globales si se da un impulso al G20 y a otros espacios de diálogo entre las potencias que definirán el siglo XXI.

Al margen de que la política exterior de Putin genere una comprensible aversión en amplios sectores de Occidente, la propuesta de Trump sobre resucitar el G8 con Rusia se enfrenta a un inconveniente añadido: la Administración estadounidense no ha contribuido, ni a nivel doméstico ni a nivel internacional, a crear las condiciones de confianza necesarias para que prospere. A los recelos que provoca la relación de Trump y su entorno con Rusia se suman los desplantes de Trump a sus aliados europeos, que han afectado también a un ámbito tan sensible como es la seguridad.

Después de algunos titubeos iniciales, Trump ha terminado por manifestar su compromiso con la OTAN, pero las tensiones no se han disipado. Trump no ha cedido un ápice en su insistencia de que otros miembros de la Alianza Atlántica incrementen su gasto militar. La demanda sería legítima si no fuera porque estos fondos adicionales no tendrían que destinarse a engrosar el presupuesto de la OTAN o a “pagar” a los estadounidenses por su protección, como parece entender Trump, sino a mejorar las capacidades de los propios Estados miembros. La Cooperación Estructurada Permanente que ha puesto en marcha la Unión Europea incluye la voluntad de avanzar a nivel europeo en esta dirección, aumentando los recursos y sobre todo utilizándolos colectivamente de manera más eficiente, algo que Estados Unidos debería celebrar.

Desgraciadamente, toda iniciativa conjunta que emprenda la Unión Europea parece destinada a suscitar reticencias en la Administración Trump. Y es que el presidente estadounidense no ha escatimado esfuerzos en debilitar a la Unión Europea. Cuando todavía era candidato presidencial, Trump se mostró partidario del Brexit, y hace unos días el embajador estadounidense en Alemania, Richard Grenell, se apartó de la ortodoxia diplomática al afirmar que su objetivo es “empoderar a otros conservadores en Europa”. Pero los movimientos que Trump y Grenell pretenden empoderar en Europa no son los conservadores, sino los reaccionarios: todos aquellos que pretenden desandar gran parte del camino que los europeos hemos recorrido en nuestro proyecto común.

Trump se siente mucho más cómodo relacionándose con otros Estados de modo bilateral, dando rienda suelta a su estrategia de “divide y vencerás”. No es de extrañar, pues, que la Unión Europea —gran adalid del multilateralismo a escala global— no sea santo de su devoción. Pero cuando más éxito han tenido Europa y Estados Unidos ha sido cuando se han respaldado mutuamente, contribuyendo a construir un entramado normativo e institucional que favorezca la cooperación internacional. En el juego del “divide y vencerás”, Occidente terminará perdiendo, y el mundo en general también. Javier Solana es distinguished fellow en la Brookings Institution y presidente de ESADEgeo, el Centro de Economía y Geopolítica Global de ESADE.




















DEL POEMA DE CADA DÍA. EL ODIO, POR WISLAWA SZYMBORSKA (1923-2012)

 






EL ODIO





Miren qué buena condición sigue teniendo
qué bien se conserva
en nuestro siglo el odio.
Con qué ligereza vence los grandes obstáculos.
Qué fácil para él saltar, atrapar.

No es como otros sentimientos.
Es al mismo tiempo más viejo y más joven.
Él mismo crea las causas
que lo despiertan a la vida.
Si duerme, no es nunca un sueño eterno.
El insomnio no le quita la fuerza, se la da.

Con religión o sin ella,
lo importante es arrodillarse en la línea de salida.
Con patria o sin ella,
lo importante es arrancarse a correr.
Lo bueno y lo justo al principio.
Después ya agarra vuelo.
El odio. El odio.

Su rostro lo deforma un gesto
de éxtasis amoroso.

Ay, esos otros sentimientos,
debiluchos y torpes.
¿Desde cuando la hermandad
puede contar con multitudes?
¿Alguna vez la compasión
llegó primero a la meta?
¿Cuántos seguidores arrastra tras de si la incertidumbre?
Arrastra solo el odio, que sabe lo suyo.

Talentoso, inteligente, muy trabajador.
¿Hace falta decir cuantas canciones ha compuesto?
¿Cuántas páginas de la historia ha numerado?
¿Cuántas alfombras de gente ha extendido,
en cuántas plazas, en cuántos estadios?

No nos engañemos,
sabe crear belleza:
espléndidos resplandores en la negrura de la noche.
Estupendas humaredas en el amanecer rosado.
Difícil negarle patetismo a las ruinas
y cierto humor vulgar
a las columnas vigorosamente erectas entre ellas.

Es un maestro del contraste
entre el estruendo y el silencio,
entre la sangre roja y la blancura de la nieve.
Y ante todo, jamás le aburre
el motivo del torturador impecable
y su victima deshonrada.

En todo momento, listo para nuevas tareas.
Si tiene que esperar, espera.
Dicen que es ciego. ¿Ciego?
Tiene el ojo certero del francotirador
Y solamente él mira hacia el futuro
con confianza.



WISLAWA SZYMBORSKA (1923-2012)

poetisa polaca





***





Wisława Maria Szymborska-Włodek (2 de julio de 1923 - 1 de febrero de 2012) poetisa, ensayista , crítica literaria, traductora , columnista polaca; ganadora del Premio Nobel de Literatura (1996). Desde 1929, Wisława Szymborska vivió en Cracovia, donde debutó en 1945 en " Dziennik Polski " con el poema " Buscando una palabra ". En 1952, publicó su primer volumen de poesía, " Por eso vivimos ", en la Cooperativa Editorial "Czytelnik" , y ese mismo año se convirtió en miembro de la Asociación de Escritores Polacos . Entre 1953 y 1966 dirigió la sección de poesía del semanario " Życie Literackie " , y entre 1967 y 1981 publicó columnas tituladas "Lektury nadosobowy", que escribió hasta 2002. Cofundadora de la Asociación de Escritores Polacos (1989), miembro de la Academia Polaca de Artes y Ciencias (1995).




















DEL ASUNTO DEL DÍA. UN SÁBADO DE JULIO, POR PILAR MERA. 18 DE JULIO DE 2026. EN EL 90º ANIVERSARIO DEL INICIO DE LA GUERRA CIVIL






Era un sábado de julio caluroso. 39º en Córdoba, 10º en León. Vientos moderados y mar en calma. Para la mayoría, el 18 de julio de 1936 empezó como un sábado cualquiera de verano: un día laborable, de limpieza general, de mercado, de cine, de juegos, de verbenas, de citas y bailes arrebatados. Mi abuela Pilar, maestra en la parroquia viguesa de Alcabre, había quedado con sus amigas para ir a las fiestas de Bouzas. Mi abuelo Arturo, maestro en un pueblo de Lugo, había salido de excursión por el monte. A ella los guardias la mandaron de vuelta a casa, sin fiesta ni baile, “por lo que estaba pasando”. Él bajó del monte, supo que lo buscaban y tuvo que huir sin despedidas. Mi abuela Maruja era muy niña, pero tenía una escena grabada. Su padre la llevaba de la mano mientras le pedía que no contase a nadie lo de aquel hombre asustado que huía ni que sabían dónde se escondía. Con seis años supo guardar el secreto tan bien como luego contar historias. Las suyas y las del abuelo Roberto.

Hace noventa años, un golpe contra el Gobierno legítimo partió en dos el mapa. No triunfó ni fracasó. Se convirtió en guerra y la guerra propició la revolución que los conspiradores decían querer evitar y de la que ni ellos veían atisbos previos. No fue un golpe improvisado ni lo desencadenó el asesinato de Calvo Sotelo, quien participó en su preparación. Fue la última de las conspiraciones contra la República, presentes desde 1931 e impulsadas por quienes rechazaban sus cambios y querían volver atrás. Ni tibieza ni piedad fue la consigna de los rebeldes. Por eso, con la guerra y la dictadura, España perdió como país y como sociedad. Casi todos salieron perdiendo, aunque perdieron más quienes perdieron la guerra. Y no todos fueron culpables, porque no se puede igualar a quienes se sublevaron contra la democracia con quienes ejercían el poder de manera legítima dentro del sistema democrático entonces vigente.

Recordar el golpe y la guerra no es nostalgia ni venganza. Es un acto de lealtad y justicia con quienes nos precedieron y un ejercicio de pedagogía para el presente. El 18 de julio de 2021 escribí en este periódico que no estaba mal “recordar que los rivales no son personajes, sino personas, que los derechos civiles y políticos que disfrutamos son tesoros valiosos que se pueden desgastar y que los actos y las palabras tienen consecuencias, para bien y para mal.” Cinco años después me desazona pensar que lo de “enterrar la pólvora y apostar por construir” parece un poco más lejos. Quizás por ello todavía sea más necesario decirlo y, sobre todo, practicarlo. Pilar Mera es politóloga. El País, 14 de julio de 2026.











 





KAIXO, EGUN ON GUZTIOI, ETA LARUNBATA ON, 2026KO UZTAILAREN 18A. GAUR EUSKARAZ

 





Kaixo, egun on guztioi, eta larunbat zoriontsua, 2026ko uztailaren 18a. Gaur ez dut futbolaz hitz egingo, ezta beste larunbat hartaz hitz egin nahi ere, 1936ko uztailaren 18az, duela 90 urte, baina jakin nahiko nuke zer pentsatu zuten espainiar gehienek errukirik gabe elkar hiltzen hasi zirenean. Badakit zer pentsatu zuten nire gurasoek, Bartzelonan bizi zirenek, baina ez dut esango. Ez da gaurko blog sarreraren gai nagusia, baina bai lehen sarreraren gaia, nire alma mater irakasleak, Pilar Merak, idatzia, eta honek dio duela laurogeita hamar urte, gobernu legitimoaren aurkako estatu-kolpe batek mapa bitan zatitu zuela. Ez zuen arrakastarik izan, ez porrot egin. Gerra bihurtu zen, eta gerrak konspiratzaileek eragotzi nahi zutela dioten iraultza bultzatu zuen, beraiek aurretik ikusi ez zuten iraultza. Ez zen inprobisatutako estatu-kolpe bat izan, ezta haren plangintzan parte hartu zuen Calvo Soteloren hilketak eragin ere. Errepublikaren aurkako konspirazioen azkena izan zen, 1931tik zegoena eta haren erreformak baztertu eta erlojua atzeratu nahi zutenek bultzatuta. Ez epeltasuna ez errukia izan ziren matxinatuen leloa. Horregatik, gerrarekin eta diktadurarekin, Espainia galdu egin zuen herrialde eta gizarte gisa. Ia denek galdu zuten, nahiz eta gerra galdu zutenek galdu gehien. Eta ez ziren denak errudunak izan, demokraziaren aurka matxinatu zirenak ezin baitira parekatu orduko sistema demokratikoaren barruan boterea modu zilegian erabili zutenekin. Gaurko poemak ere gorrotoaz dihardu; Wislawa Szymborska poeta poloniarrarena da, eta lerro hauekin hasten da: Begira zein ondo loratzen den oraindik/zein ondo gorrotoa/konserbatzen den/gure mendean./Zein erraz gainditzen dituen oztopo handiak./Zein erraz jauzi egiten duen, zein erraz harrapatzen duen. Blogaren artxiboa 2018ko uztailekoa da, eta bertan, Javier Solana NATOko idazkari nagusi ohiak honakoa esan zuen: Ez dago zalantzarik: Mendebaldea krisian dago. Egia da "Mendebaldearen" kontzeptua beti izan dela lauso samarra eta, historikoki, "mendebaldeko" deituriko herrialdeek heterogeneotasun maila handiak erakutsi dituztela beren kanpo politikan (gogora ditzagun, adibidez, Irakeko gerran sortu ziren desadostasun handiak). Baina ez da gutxiago egia kontzeptu horren oinarrian hainbat zutabe ideologiko daudela; Donald Trumpen presidentetzan zehar, zutabe horiek erortzen joan dira. Eta umorezko marrazki bizidunen ondoren, batzuk nahiko zinikoak eta umorerik gabekoak, afalosteko kafea etorri zen, non Ignacio Peyró idazleak espainiarrak eta gure berezitasunak satirizatu zituen, Espainiako Historia kontatzeko modu bat -ez itxaropentsuena- berandu lortu dugun guztia zerrendatzea dela adieraziz, industrializazioa, kapitalismoa, eskubide zibilak edo japoniar sukaldaritza izan. Batzuetan gehiegizko konpentsazioan ere erori gara: ez al ginen herrialde isolatu bat? Beno, gaur egun atzerriko prentsa harrituta uzten dugu erakusteko gai garen Europako bandera kopuru izugarriarekin. Antzeko zerbait gertatu da kirolekin. Denbora luzez, kirolak, asmakizunak bezala, egiten zuten zerbait ziren. Jauntxoak praktikatzen zuen, nobleak ez: ohoretik entretenimendura igarotzean, kirol zaharra guztiz arrotza zen haien kodeetarako. Baina hemen gaude, bigarren Munduko Txapelketa baten atarian. Nayat El Hacmi idazleak Mariano Rajoy lehen ministro ohiaren azken absurdoa ere satirizatzen du, halako akatsengatik ezaguna dena, nahita edo gizona ezer sakonagorik egiteko gai ez delako: "Nongoa zara?" galdetzen diote begi okertuak eta ile beltza dituen mutikoari. "Hemengoa". "Baina hemen jaio zinen?" "Bai". "Eta zure gurasoak? Nongoak dira zure gurasoak?" Mutikoa bakean jolasean ari zen parkean heldu batek identitate-galdeketa hau egin zionean. Horrelako pertsona bat da Mariano Rajoyk bere zutabean egindakoaren antzeko iruzkin bat egingo lukeena, umoretsua izan arren, iraganean oinarritutako herritartasunaren ikuspegi bat islatzen duena, herrialde bateko biztanleen kanpoko ezaugarrien eta herrialde horretako biztanleen arteko korrelazioa aurresuposatzen duena. Eta azkenik, beti bezala, blog honen egileak gau on bat opa die bere irakurleei, Zortearen jainkosaren eta Patu onaren partetik onena opa die. Egun ona izan. Espero dut gaurko mezuak interesgarriak izatea. Tamaragua, lagunak. HArendt















ENTRADA NÚM. 11130

viernes, 17 de julio de 2026

ESPECIAL TRES DE HOY. EL SAPIENS EN BUSCA DEL SENTIDO, POR DIEGO S. GARROCHO. 17 DE JULIO DE 2026

 






 

Desde hace ya demasiados siglos, los seres humanos han sospechado que la vida inmanente no basta. Que todo cuanto nos toca vivir debiera responder, de algún modo, a un último propósito desde el que reconstruir lo que hemos hecho y lo que nos ha pasado. Esa pregunta antigua, a la que la historia le prestó distintas fórmulas, no es otra cosa que la pregunta por el sentido.

El mundo siempre decepciona. Salvo, quizá, a los muy afortunados, la circunstancia en la que nos encontramos arrojados todos los seres humanos nos condena a un cierto extrañamiento. Y aunque en cualquier biografía existan momentos dichosos, hay una sospecha trágica en toda existencia. Nacimos sin que nadie nos lo preguntara y descubrimos la vida con la misma sorpresa con la que un bebé indefenso repara en sus propias manos. Tocamos, comemos y sentimos, en primer lugar, todas las cosas que nos quedan cerca. Pero, por fortuna, también somos capaces de levantar la barbilla y de mirar más allá.

En no pocas ocasiones, cuando la vista ya no alcanza, somos también capaces de imaginar algo distinto de esta realidad precaria a la que un día fuimos lanzados. A veces, incluso, podemos ser felices. Pero incluso en esos instantes, desde hace ya demasiados siglos, los seres humanos han sospechado que la vida inmanente no basta. Que la realidad no se agota en la precaria proximidad y que todo cuanto nos toca vivir debiera responder, de algún modo, a un último propósito desde el que reconstruir lo que hemos hecho y lo que nos ha pasado. Esa pregunta antigua, a la que la historia le prestó distintas fórmulas, no es otra cosa que la pregunta por el sentido.

Los mejores conceptos filosóficos son los que también aparecen en el lenguaje ordinario. Por el sentido no solo se preocuparon los clásicos o los dolientes filósofos del siglo XX. De ahí que cualquier persona sencilla haya experimentado la urgencia de tener que darle, o buscarle, un sentido a no pocas experiencias de su vida. Por fortuna, el lenguaje siempre nos delata y a veces dice más de lo que quisiéramos. En castellano decimos que las cosas «tienen sentido», pero en inglés ese mismo sentido es consecuencia de una producción: It makes sense. Ni siquiera habría que elegir. El sentido se descubre, se hace, se produce, se da y sobre todo se añora. Porque si insistimos en interrogarnos por el significado de nuestra existencia, es porque barruntamos que nuestra vida no se agota en el aquí y en el ahora. Que el mundo nos decepcione nos obliga a sospechar que quizá hubo un día en el que conocimos otra realidad más justa, más saludable, más bella o verdadera. Si podemos defraudarnos con el presente, es porque en otro tiempo conocimos otra realidad. Platón estaba convencido de ello y por eso identificó el conocimiento con el recuerdo. Borracho de estilo, y quién sabe si de melancolía, Albert Camus lo dijo de una forma mucho más eficaz: «El pensamiento de un hombre es, ante todo, su nostalgia».

Pero ¿qué es ese sentido que añoramos, que buscamos y que incluso a veces inventamos? De nuevo, el lenguaje vulgar nos brinda una pista del todo reveladora. Un sentido es un rumbo, una flecha, la señal que indica una dirección y que nos recuerda que todo, también este presente, debe llevarnos a otro sitio. El sentido es una invocación de la esperanza y del destino. Es un rumbo que se traza desde el presente precario hacia un futuro en el que, ojalá, nos llegue algún tipo de revelación o de explicación para todo lo ocurrido. Es una misión íntima con la que trascender la circunstancia propia, en la confianza de que al final de nuestros días habrá algo que nos permita resolver que la vida valió la pena. Esta expresión es también una bendición, pues nos recuerda que la pena, la tristeza y el dolor tienen un valor y, sobre todo, un significado.

Sabemos con certeza que la vida tiene un final. La muerte de cada uno de nuestros seres queridos lo demuestra. Lo que no siempre constatamos con la misma seguridad es que la vida pueda tener algo parecido a una finalidad. Durante siglos, el linaje familiar, el determinismo laboral o incluso la identidad religiosa brindaron una misión para cada biografía. La conquista de la libertad acarreó consigo una dificultad añadida y convirtió cada vida en un auténtico desafío. La libertad es un don, pero es también una responsabilidad y a veces —Sartre, con perdón— casi una condena. T. S. Eliot recordaba que en todo principio está implícito el final, pero al independizarnos del origen —de la familia, del Dios perdido, de la tradición, de las costumbres— se nos abrió un espectro de posibilidades que nos impidió vivir con rumbo cierto. No es lo mismo, pese a todo, no ser capaces de encontrarle un sentido a la existencia que renunciar a la búsqueda.

Volviendo al lenguaje, es sintomático que tantas veces se confunda el sentido con el significado. Acaso merezca la pena recordar que el significado de algo es, en muchas ocasiones, su propio sentido. Las palabras no se agotan en el trazo de sus letras ni en el sonido de sus fonemas. El significado es siempre una forma de trascendencia, la superación del acontecimiento material e inmanente de un término. Por este motivo, cada vez que leemos la palabra justicia o la palabra verdad no nos conformamos con acoger un conjunto de letras, sino que nos vemos forzados a pensar en todas las cosas que son justas o verdaderas.

Pero la vida casi nunca es justa. Como no lo es el dolor de un inocente ni la desgracia inmerecida. De ahí que sea en el sufrimiento donde más apremie la necesidad de encontrarle un sentido a la existencia. Somos, entre otras muchas cosas, animales ávidos de razones, de causas y de explicaciones. Por eso no podemos conformarnos con vivir, con experimentar el daño o el tedio, y necesitamos buscar siempre alguna suerte de culpable o, cuando no, algún tipo de justificación. La injusticia sin razones es siempre una desgracia agravada, de ahí que volvamos a implorar esa dimensión trascendente que nos permita justificar que lo que ahora nos resulta incomprensible pueda tener, esta vez sí, algún tipo de sentido.

No es casual que la búsqueda del sentido se apure en los contextos más críticos de la humanidad. Rescatamos antes una cita de Camus del año 1942, y en esa misma década, cuatro años después, Viktor Frankl publicó el célebre ensayo que resume nuestro tema de portada. El hombre en busca de sentido es un testimonio íntimo en el que el psiquiatra austríaco describe su experiencia en los campos de exterminio nazi. Ateridos por el frío y la incertidumbre, expuestos a los castigos de sus verdugos y extenuados por el trabajo forzado y la conciencia de una muerte inminente, aquellos hombres se vieron obligados a encontrar un sentido para la vida. La extrema crueldad a la que fueron sometidos no consiguió arrancar —o al menos no siempre— un último reducto de libertad espiritual con el que enfrentar el peor dolor imaginable. También en Auschwitz, Mauthausen o Dachau los seres humanos sintieron la necesidad de rebasar su inaceptable circunstancia para darle algún significado.

Aquella vivencia radical y, en el fondo, un consenso discreto entre todos los genios filosóficos, literarios y espirituales que se han interrogado por el sentido nos enseñan que la vida solo puede explicarse por algo distinto de sí misma. A falta de resolver si el sentido de la existencia se descubre o se inventa, parece claro que nuestra misión siempre estará fuera de nosotros mismos. Explicar la vida desde la vida es un intento tan vano como el del barón de Munchausen, que intentó evitar su hundimiento en un pantano tirando de su propia coleta. El sentido de la vida radica en aquellas cosas por las que estaríamos dispuestos a perderla.

Ese sentido, con todo, no suelen encontrarlo los intelectuales tristes ni la melancolía filosófica. A veces hay destellos de lucidez en las inteligencias superlativas, pero las más de las veces son las personas más sencillas y humildes quienes han desarrollado la bondad y la claridad suficientes para trascender el mundo. Frente a las doctrinas que insisten en el autocuidado y la conquista de triunfos materiales, las vidas logradas suelen conquistar el sentido desde lugares más ciertos y trascendentes.

Es posible que no exista un único sentido de la vida y que a cada ser humano le haya sido dada una verdad que revelar o algo que proteger y custodiar. Hay quien vive toda una vida para escribir un verso, para crear una familia o para cuidar a una persona. En todos estos casos el amor funciona como una premisa indiscutible. Los clásicos hablaron del amor fati, el amor al destino. Pero es, quizá, el amor a los otros lo único que pueda salvarnos de una realidad insuficiente. La vida con sentido es una vida con misión. No en balde, etimológicamente, missio proviene de mittere: estar lanzado, enviado, arrojado. El existencialismo y su pesimismo burgués nos imaginó arrojados al mundo. Pero quizá la pregunta no sea tanto por qué fuimos lanzados, sino hacia quién. Porque si la misión implica un envío, todo envío supone un destino. Y ese destino, las más de las veces, no es más que tener a alguien a quien amar por encima de nosotros mismos. Diego S. Garrocho es filósofo. Ethic, 17 de julio de 2026.