viernes, 17 de julio de 2026

ESPECIAL 2 DE HOY. EL NACIONALSOCIALISMO DE TRUMP, POR ROBERT REICH. 17 DE JULIO DE 2O026

 





Amigos: En silencio y sin hacer alarde, el régimen de Trump se está convirtiendo en accionista o participante en los beneficios de una serie de corporaciones consideradas cruciales para la seguridad nacional.

Por ejemplo, en una de las recuperaciones más notables de la historia empresarial, las acciones del fabricante de chips estadounidense Intel han cuadruplicado su valor desde marzo de 2025. Las acciones se han disparado un 464 por ciento en los últimos 12 meses, y la compañía ha alcanzado una capitalización de mercado de 608.700 millones de dólares.

Hace un año, Intel estaba al borde de la quiebra. Muchos predijeron su desaparición. ¿Qué sucedió? El resurgimiento de Intel se debe en parte al auge de la IA, que requiere enormes cantidades de chips informáticos conocidos como CPU, la especialidad de Intel.

Pero un factor mucho más importante en el asombroso resurgimiento de Intel han sido las intervenciones directas del régimen de Trump, no solo en Intel, sino también en otras corporaciones tecnológicas: Apple y el gigante fabricante de superchips Nvidia.

El régimen de Trump lo ha justificado en nombre de la seguridad nacional. Pero es socialismo porque los riesgos que conlleva son compartidos en gran medida por la ciudadanía.

Sin embargo, la ventaja es que los beneficios van a parar al gobierno estadounidense y a los principales inversores y ejecutivos de las empresas.

Y esto centraliza aún más el poder y el control sobre industrias clave en manos de Trump. Llámenlo nacionalsocialismo.

En agosto de 2025, en una de las medidas más audaces jamás tomadas por una administración, el gobierno estadounidense convirtió 9.000 millones de dólares en subvenciones federales a Intel en una participación del 10% en la empresa, convirtiéndose así en el mayor accionista individual de Intel.

¿Se imaginan si la administración Obama hubiera convertido sus rescates a Wall Street, GM y Stellantis en participaciones accionariales en los grandes bancos y fabricantes de automóviles? Los republicanos habrían estado en los tejados gritando: ¡Socialismo! ¡Comunismo!

Pero el régimen de Trump cerró el trato sin que los republicanos dijeran ni una palabra. Casi al mismo tiempo, el director ejecutivo de Apple, Tim Cook, viajó a Washington para intentar convencer al gobierno de Trump de que abandonara su plan de imponer aranceles del 100% a todas las importaciones de semiconductores. Dichos aranceles habrían incrementado drásticamente el costo del iPhone y otros productos de Apple, que dependían de semiconductores importados.

Finalmente, Apple consiguió una exención del arancel a los semiconductores, con una condición: Apple colaboraría con Intel; se comprometería a comprarle a Intel ciertos chips utilizados para iPhones y Macs, a utilizar las plantas de fabricación (o fábricas) de Intel para fabricar algunos de los chips de Apple y a colaborar con Intel en el diseño y la producción de chips.

En enero, Jensen Huang, director ejecutivo de Nvidia, viajó a Washington para solicitar la aprobación del gobierno de Trump para la venta a China del chip H200 de Nvidia para inteligencia artificial .

Huang estaba desesperado por acceder al gigantesco y potencialmente lucrativo mercado chino, pero la venta requeriría una exención a la política estadounidense de no vender ni licenciar a los chinos nuestra avanzada tecnología de IA, para minimizar cualquier riesgo para la seguridad de Estados Unidos.

Huang consiguió lo que buscaba tras aceptar dos condiciones. Primero, el gobierno de Estados Unidos recibiría el 25% de todas las ganancias de las ventas de Nvidia en China. Segundo, Nvidia invertiría 5 mil millones de dólares en Intel y compraría sus chips personalizados para centros de datos. Huang calificó el acuerdo como una alianza "histórica".

Esto no es capitalismo, amigos. Es el gobierno convirtiéndose en el principal accionista del mayor fabricante de chips de Estados Unidos, para luego otorgar una exención arancelaria a otra importante corporación tecnológica con la condición de que compre los productos de la primera y colabore con ella, y otorgar una exención por motivos de seguridad nacional a una tercera empresa tecnológica clave con la condición de que también compre los productos de la primera y entregue al gobierno una parte de sus ventas en China.

¿Y quién sabe qué se embolsaron Trump y Howard Lutnick, el secretario de comercio que lideró estos acuerdos, para sí mismos o para sus familias en el proceso?

El nacionalsocialismo de Trump no termina aquí. Bajo su mandato, el gobierno estadounidense también se ha convertido en el mayor accionista de MP Materials, que opera la única mina de minerales de tierras raras en Estados Unidos, tras invertir 400 millones de dólares de los contribuyentes en la corporación.

Y cuando Nippon Steel adquirió US Steel en junio de 2025, se anunció que Trump controlaría personalmente la llamada "acción de oro" que su régimen obligó a US Steel a aceptar como parte del acuerdo.

Resulta irónico que Trump esté criticando a los demócratas por elegir y nominar a un grupo de jóvenes que se autodenominan socialistas democráticos, cuando él mismo ha estado llevando a Estados Unidos hacia el nacionalsocialismo.

Resulta doblemente irónico porque el nacionalsocialismo de Trump está generando fortunas para un pequeño grupo de altos ejecutivos que ya eran fabulosamente ricos, mientras que los socialistas democráticos del Partido Demócrata quieren gravar a los ricos para proporcionar fondos para mejores escuelas, mejores salarios y atención médica para todos.

El nacionalsocialismo de Trump concentra cada vez más poder en sus manos. Se están tomando decisiones sobre la economía estadounidense sin supervisión del Congreso ni conocimiento público. ¿Qué corporaciones reciben importantes inyecciones de dinero de los contribuyentes a cambio de una participación estatal? ¿Cuáles obtienen exenciones arancelarias y bajo qué condiciones? ¿Cuáles obtienen exenciones para comerciar con China y bajo qué condiciones?

Todo depende de Trump y sus lacayos en la Casa Blanca y en el Departamento de Comercio. Y esto ayuda a explicar por qué las empresas estadounidenses harán lo que Trump les pida, dirán lo que él quiera y obedecerán lo que él exija.

El resultado no difiere mucho del último gran experimento mundial con el nacionalsocialismo, que tuvo lugar en Alemania en la década de 1930. Robert Reich es economista. Substack, 16 de julio de 2026.

























BOAS NOITES, DESCANSADE E DOCES SOÑOS. HOXE, VENRES, 17 DE XULLO DE 2026, EN GALEGO

 





Ola de novo, amigos. Boas noites, descansade e doces soños a todos esta noite de venres/mañá de sábado, 17-18 de xullo de 2026. Espero que tivérades un bo día coas vosas familias e amigos. Grazas de corazón por pasarvos polo blog. Alégrame pensar que disfrutastes da vosa visita. Tamaragua, meus amigos. Que a deusa Fortuna e o benévolo Destino vos acompañen. Ata mañá. Quérovos. Bicos. HArendt















DE LA TARDE QUE CAE. CONFIANZA DE CASTA, POR IMMA MONSÓ. 17 DE JULIO DE 2026

 





El fenómeno del intrusismo en el delicado ámbito de la salud mental encarna algunas de las derivas más preocupantes de la posmodernidad: el auge del negacionismo, las espiritualidades new age y un renovado oscurantismo de ecos medievales se entremezclan con píldorillas de psicología rigurosa para dar lugar a formas de pensamiento pretendidamente alternativas, cuyas señas de identidad tienen que ver (oh, casualidad), con la ley del mínimo esfuerzo y la máxima jeta.

Ahora el Col·legi de Psicòlegs de Catalunya investiga a la terapeuta de los Andic por posible instrusismo profesional y mala praxis. Lejos de ser la vidente de un canal de madrugada que atiende por teléfono por una módica tarifa a gente sin recursos para elegir a una profesional más solvente, Julia Lüderwaldt nos ha sido presentada como “la terapeuta de la alta burguesía catalana”.

Así, al inquietante retrato que nos pintan de ella, hay que añadir el no menos inquietante retrato de una alta burguesía catalana medio boba. O al menos, tan boba como para confiar en una persona hasta ahora incapaz de demostrar nada que avale sus conocimientos y garantice los principios éticos y metodológicos exigibles. ¿Cómo interpretar tanta inge­nuidad? ¿Cómo comprender tanta ­ceguera?

La clave está en Urdangarin. Nadie ha expresado mejor este candor de alcurnia, ese panfilismo que tan fácilmente puede darse en el interior de una burbuja de privilegios. En ese “no me enteraba”, en ese “yo confiaba” que a menudo repitió en sus recientes entrevistas, Iñaki explicó muy bien cómo se siente uno cuando se deja seducir por la casta y transmitió con llaneza y de forma convincente cosas muy interesantes acerca del comportamiento que se cultiva en los grupos cerrados.

Aisladas en su propio círculo, las élites se exponen a una desconexión progresiva de la realidad para acabar refugiadas en realidades paralelas. El dinero no basta para protegerlos: la endogamia social favorece siempre la sustitución de la realidad por otra consensuada por el grupo. Confiar casi exclusivamente en un entorno de iguales nos encierra en una cámara de eco, lo que fácilmente conduce al devastador camino del delirio. Y eso, por cierto, ocurre en cualquier colectivo. También en el de los plebeyos, que somos mayoría. Imma Monsó es escritora. La Vanguardia, 16 de julio de 2026.





















DEL CAFÉ DE SOBREMESA. LA JUSTICIA COMO TRAGEDIA, POR MÀRIUS CAROL. 17 DE JULIO DE 2026

 







Manuel Marchena es un magistrado tan inteligente como sibilino, que ha aprovechado su participación en un curso organizado por la universidad CEU San Pablo, en El Escorial, para hacer una serie de reflexiones sobre la justicia en España. Marchena calificó de “tragedia” la desconfianza que los españoles muestran en las encuestas hacia los tribunales. Y se lamentó: “La convivencia se lamina si se generaliza la idea de que en España la justicia no la imparten los jueces, sino fachas con toga y esto es gravísimo”. Ciertamente, una sociedad no puede vivir desconfiando de sus jueces, porque eso, a la larga, pone en crisis el sistema democrático. Pero si sucede, habrá que analizar bien por qué pasa.

El magistrado del Tribunal Supremo mostró su preocupación por la politización de la justicia, pero cargó el peso de la culpa en los políticos y salvó a los jueces del empeño. Por ello, está a favor de la acción popular, es decir, de la personación de ciudadanos o entidades en procesos penales que no les afectan directamente para defender la legalidad, pero en contra de que la ejerzan los partidos.

En cualquier caso, este derecho es una rareza en el entorno europeo, que algunos juristas discuten. No se refirió Marchena a las marcas blancas de la extrema derecha (Hazte Oír, Manos Limpias, Abogados Cristianos...), que se han personado en casos como el de la esposa de Pedro Sánchez, el de su hermano David, el del fiscal general o el de Zapatero para tener acceso a los sumarios y filtrarlos a la prensa amiga, antes incluso de que les llegue a los interesados.

Dice acertadamente Marchena que la batalla política tiene que dirimirse en el Parlamento y no en los tribunales, pero no parece ser la norma. A su juicio, la mala imagen de la justicia se debe a que cada año hay entre cinco y diez juicios que son los que condicionan la percepción ciudadana.

Y eso es una tragedia, como la Orestíada de Esquilo, donde dudaba de la justicia y de si podemos evitar el destino. Tuvo que ser una diosa, Atenea, quien buscara para el tribunal que juzgó a Orestes a los ciudadanos más justos e insobornables. Y es que ya entonces había togas cuestionadas, porque los sesgos son tan antiguos como la democracia. Màrius Carol es consejero editorial de La Vanguardia. 16 de julio de 2026.




















ESPECIAL 1 DE HOY. LA GUERRA CULTURAL ESPAÑOLA, POR JULIÁN CASANOVA. 17 DE JULIO DE 2026

 




Las malas políticas de la Segunda República, el odio y la violencia de la izquierda, fueron las principales responsables de causar la Guerra Civil española. El general Franco y sus compañeros de armas salieron legítimamente al rescate de la patria con una sublevación militar. Lo que siguió fue una locura colectiva, con crímenes reprobables en los dos bandos en lucha. Todos perdieron la guerra, todos fueron víctimas, y pasados los peores años de hambre y sufrimiento, Franco se convirtió en el gran modernizador de España en el siglo XX.

El párrafo anterior resume el relato de los vencedores elaborado durante la larga dictadura y que ha rebrotado con vigor en los últimos años en algunos espacios públicos, instituciones políticas, medios de comunicación y redes sociales.

Tras la muerte de Franco, en los años de la transición a la democracia, el “pacto de olvido” se convirtió en una estrategia pragmática de la política para facilitar la reconciliación. El término “trauma colectivo” se utilizó para envolver en la misma categoría a todas las manifestaciones de violencia y barbarie, para igualar a todas las víctimas.

Examinar con precisión ese pasado oculto fue tarea casi exclusiva de un variado grupo de historiadores que revelaron nuevas fuentes, discutieron sobre las diferentes formas de interpretarlas y abrieron el debate a la comparación con lo que había ocurrido en otras sociedades. Esas investigaciones, difundidas en círculos universitarios, en congresos científicos, libros y revistas especializadas, modificaron y enriquecieron sustancialmente el conocimiento de ese largo periodo de la historia contemporánea de España, pero sus tesis y conclusiones no llegaban a un público amplio.

Esa indiferencia política y social hacia la causa de las víctimas de la represión franquista comenzó a cambiar desde mediados de los años noventa, con una reorientación desde el modelo del “olvido”, de sellar el pasado infame, hacia el “recuerdo”. Coincidió ese cambio con la importancia que en el plano internacional iban adquiriendo los debates sobre los derechos humanos y las memorias de guerras y dictaduras. Una parte de la sociedad civil comenzó a movilizarse, se crearon asociaciones para la recuperación de la memoria histórica, se abrieron fosas en busca de los muertos que nunca fueron registrados y los descendientes de los asesinados por los franquistas se preguntaron qué había pasado, por qué esa historia de muerte y humillación se había ocultado y quiénes habían sido los verdugos.

Las acciones para que esas víctimas tuvieran un reconocimiento público y una reparación moral encontraron, sin embargo, muchos obstáculos. Lo que había sido imposible en Europa antes de 1989, la aparición de posiciones ultranacionalistas y neofascistas, ganó fuerza después de que el fin del comunismo fuera presentado como la muerte de todas las ideologías izquierdistas que derivaban del pensamiento de la Ilustración. El juego de “equiparación” de responsabilidades de víctimas del fascismo y del comunismo ha dominado desde entonces la mayoría de las representaciones sobre el siglo XX divulgadas en los medios de comunicación y ha sacado a la luz una clara confrontación entre las narraciones y los análisis de los historiadores y los usos políticos y recuerdos.

En España, los relatos y las memorias de la Guerra Civil y de la dictadura se han manifestado en un campo de batalla cultural y político, de apropiación de símbolos, con disputas sobre calles, memoriales y monumentos, con el Valle de los Caídos y la exhumación de Franco, hecha realidad el 24 de octubre de 2019, en el centro de la disputa. Franco estuvo allí 44 años, como símbolo poderoso e intacto de la interpretación de los vencedores de la Guerra Civil y de la dictadura.

Los recuerdos y conmemoraciones de pasados difíciles y violentos plantean enormes desafíos a los historiadores que intentamos diferenciar entre historia y memoria, entre conocimiento documentado y subjetividad. Al contrario que las luchas heroicas, los triunfos militares o las celebraciones de la grandeza patriótica, los pasados sucios o infames se perciben divisivos y perjudiciales para la imagen oficial o mitología de la nación.

El crecimiento de Vox y el apoyo del Partido Popular a la derogación de las leyes de memoria democrática han cuestionado la gran renovación historiográfica que se ha producido en las últimas décadas sobre la Guerra Civil española: las versiones de los vencedores, amos y señores de la historia durante la dictadura, quedaron desmontadas y desfasadas y surgió una nueva interpretación de la historia plural y diversa, fiel con las fuentes, que trataba de indagar los hechos más relevantes y de construir relatos con los principales actores que habían sido despreciados o denigrados por los ideólogos del franquismo.

Lo que hemos intentando muchos historiadores es ofrecer una variedad caleidoscópica de lecturas sobre ese pasado incómodo. Porque dentro de esa guerra civil hubo varias y diferentes contiendas. En primer lugar, un conflicto militar, iniciado cuando el golpe de Estado enterró las soluciones políticas y puso en su lugar las armas. Fue también una guerra de clases, entre diferentes concepciones del orden social; una guerra de religión, entre el catolicismo y el anticlericalismo; una guerra en torno a la idea de la patria y de la nación, y una guerra de ideas, de credos que estaban entonces en pugna en el escenario internacional. Una guerra imposible de reducir a un conflicto entre comunismo o fascismo o entre fascismo y democracia. En la Guerra Civil española cristalizaron, en suma, batallas universales dirimidas en un marco internacional desequilibrado por la crisis de las democracias y la irrupción del totalitarismo.

España comenzó los años treinta con una República y acabó la década sumida en una dictadura fascista. Bastaron tres años de guerra para que la sociedad española padeciera una oleada de violencia y de desprecio por la vida del otro sin precedentes. Por mucho que se hable de la violencia que precedió a la Guerra Civil, para tratar de justificar su estallido, está claro que en la historia del siglo XX español hubo un antes y un después del golpe de Estado de julio de 1936. Y fue a partir de ese momento, y no antes, cuando se sucedieron, en grado sumo, todas las manifestaciones de violencia que había conocido Europa desde la Primera Guerra Mundial: la revolucionaria, contrarrevolucionaria, paramilitar, fascista/nacionalista, la de los asesinatos masivos, sobre todo en la retaguardia, y la de bombardeos sobre poblaciones civiles. De todas ellas, la violencia más específica y peculiar —en un país donde no había judíos ni conflictos territoriales o étnicos— fue la derivada de la conversión de la guerra en cruzada religiosa y del odio anticlerical.

La guerra como escenario de brutalización fue la que facilitó a Franco el abanico de opciones para pasar de militar prominente a Generalísimo y Caudillo indiscutible. “La Guerra Civil no es una cosa artificial”, declaró en agosto de 1938. “Es la coronación de un proceso histórico, es la lucha de la Patria con la antipatria, de la unidad con la secesión, de la moral con el crimen, del espíritu contra el materialismo, y no tiene otra solución que el triunfo de los principios puros y eternos sobre los bastardos y antiespañoles”. Era el resumen preciso de las razones para levantarse en armas en julio de 1936 y un claro aviso de lo que esperaba a los derrotados en esa maniquea batalla.

Fue la Guerra Civil la escuela del fascismo en España, la que señaló a Franco y sus generales la gloria del poder, la despiadada forma de gobernar, la gestión de ese pasado de muerte y liberación como parte de la grandeza nacional. Desde entonces hasta el final de su vida el Caudillo disfrutó de la plenitud de poderes sin control institucional y sin límites a su autoridad, solo responsable “ante Dios y ante la Historia”.

Noventa años después, la Guerra Civil puede y debe debatirse, con muchas voces y colores. Se trata de explicarla, no de enfrentar la memoria de los unos a la de los otros. Y responder ante los bulos y la propaganda con estudios que aúnen el rigor empírico con el análisis, difundidos en los medios y enseñados en las aulas. Julián Casanova es autor de España partida en dos. Breve historia de la Guerra Civil española (Crítica). El País, 17 de julio de 2026.

























DE LAS VIÑETAS DE HUMOR DEL BLOG DE HOY VIERNES, 17 DE JULIO DE 2026

 



























DEL ARCHIVO DEL BLOG. DEL VALOR DE LA MODERACIÓN, POR JAVIER FERNÁNDEZ. PUBLICADO EL 20 DE JULIO DE 2017

 







La solución al desafío catalán solo se alcanzará mediante la razón, la política y la duda. Y si de algo carecen los independentistas es de dudas. Tratar con gente que siempre va cargada de certeza resulta muy problemático, decía en un reciente discurso el presidente de la Comunidad Autónoma de Asturias y expresidente de la Gestora que ha llevado las riendas del Partido Socialista español hasta la elección de Pedro Sánchez como secretario general, Javier Fernández.

La comunicación sólo es posible mediante el lenguaje. Por eso es tan importante que los políticos hablemos un lenguaje que la gente pueda entender. Para que a partir de la comprensión de lo que queremos decir, la gente decida y entonces apruebe o repruebe, elija o reelija. De ahí que cuando el lenguaje político se desviste de matices para reducirse a clichés, estereotipos y consignas, la esencia misma de la política se desvanece.

Con la inestimable ayuda de la red, donde las mentiras más pesadas se balancean con plena seguridad, como los elefantes en la tela de araña de la canción infantil, hay discursos hoy en día que se abren paso pese a su falta de verosimilitud.

Imagínense la muela de un molino, a vueltas ruidosas sobre el eje. Eso ocurre con algunos discursos de apariencia muy potente, pero incapaces de acercarse al otro. Los clichés son palabras que giran sobre sí mismas, inservibles para el diálogo. En nuestro país, el debate está monopolizado por el eje izquierda-derecha tanto en lo económico, lo social, lo cultural y lo moral como en lo territorial. Y tal es el dominio de ese monopolio que quienes han querido introducir planteamientos más transversales —por ejemplo, en términos de vieja y nueva política, arriba y abajo, o ciudadanía y élites— han abandonado esa pretensión para ubicarse definitivamente en la izquierda de la izquierda. Después de tanto amago, la posición en el eje izquierda-derecha sigue siendo la brújula más socorrida para orientarse políticamente.

¿Por qué es tan importante la moderación? Ser moderado es saber que la política es un aprendizaje de la decepción, porque está incapacitado para ella quien no haya aprendido a dar por bueno lo que no le satisface plenamente. No puede ser moderado ni el político de las reivindicaciones absolutas, ni el que piense que su interés se formula contra otros, ni el de la insobornable intransigencia moral.

No se trata de hacer política a golpe de consenso universal. Ser moderado no consiste en negar el conflicto; de hecho, la política es inevitable justamente porque el conflicto también lo es. La firmeza y la moderación no son enemigas; tampoco la discrepancia y la moderación son incompatibles. Pero la moderación se lleva mal con las categorías absolutas, con el fanatismo, el sectarismo, la confianza en la posesión de la única verdad.

Ser moderado consiste en no interpretar la política como un combate, en no achicarla a un antagonismo que opone un nosotros virtuoso frente a un ellos vicioso. Consiste en desterrar del lenguaje político el tono camorrista, el matonismo, en renunciar a la descalificación ética del adversario al que se describe como un “intocable”. Azaña decía que “el carácter español transforma los problemas en tormentas de pasión” y añadía que ese carácter agregaba “una violencia peculiar a todas las facetas de la vida”.

No me gusta rendirme al tópico, a esa visión exaltada y romántica del carácter español, tan frecuentada en los últimos siglos por los propagandistas de nuestra leyenda negra, tan añorada por el casticismo trabucaire. Pero ochenta años después no puedo más que dar la razón a Azaña. No se trata de que a media España le sobre la otra mitad, sino que la dialéctica amigo-enemigo parece convertirse de nuevo en el eje capital de una idea de la política en la que lo que importa es ser uno de los nuestros. Para ser justos con Azaña, la devastación de las formas alcanza un nivel inédito. Hoy ni siquiera se injuria con buen gusto, quizás porque el insulto parlamentario, uno de los géneros más exigentes, requiere dosis de tacto y refinamiento intelectual de los que carece la actual clase política.

Esa aspereza de nuestra vida pública dificulta el diálogo en la medida en la que la negociación y el acuerdo precisan de un aprendizaje que sólo es posible a partir de una disposición psicológica cada vez más infrecuente. En un país en el que el eje izquierda-derecha lo succiona todo, la política se convierte en un limbo en el que se juega con las necesidades, las emociones, las frustraciones de la gente y las reputaciones de los políticos. La política se sitúa bajo la argumentación emocional sin poder ser replicada con lo que Hayek llamaba “la fatal arrogancia del exceso de razón”.

Un tiempo en el que a los mejores les falta convicción y a los peores les sobra apasionamiento es, en efecto, el tiempo de una democracia sentimental, donde se imponen quienes confunden las realidades sociales con las redes sociales y en la que las apelaciones a la razón, antes entronizada, se desmigan al chocar con el muro de la ciberpolítica.

La política se transforma también en un lugar donde impera la sentencia disyuntiva: “me gusta”, “no me gusta” que suprime de un golpe toda posibilidad de discusión, todo atisbo de duda. Y dudar es muy importante. Créanme, yo siempre tengo dudas. Sé que los doctrinarios tienen el privilegio de no verse afectados por las perplejidades y la inseguridad que asaltan al resto de los mortales, pero para conciliar posiciones, para pactar, para negociar, hay que tener muchas dudas y, eso sí, unas pocas certezas. En la política española ocurre al revés. Los populistas no dudan. Eso sí, cambian, mutan, fluyen. Se contradicen a diario sin que nadie les pida cuentas, porque la solidez nunca les ha importado. El populismo ya era líquido antes de Zygmunt Bauman.

Los nacionalistas tampoco dudan. Ahí siguen con sus naciones, sus soberanías, sus referendos y demás entelequias, ese lenguaje mítico con el que preparan las tisanas que nos marean con sus vapores. Andan también en búsqueda de una emoción, la expectativa colectiva ante una supuesta parusía que inaugurará un mundo nuevo. Dicen que al independentismo no se le puede replicar sólo con la ley porque es un sentimiento, el sentir propio de quienes se consideran nación. Yo respondo que ya lo sé, y que mi preocupación es que no se conteste al sentimiento con el sentimiento, porque los choques emocionales tienen muy mal remedio. No sé cuál será el punto exacto de la solución, pero estoy convencido de que sólo se alcanzará mediante la razón, la política y la duda. Y si de algo carecen los independentistas es de dudas. Tratar con gente que siempre va cargada de certeza resulta muy problemático.

Creo en la duda y en la palabra, y las reivindico como requisitos para el diálogo y la acción política, terminaba afirmando. Las reclamo ante la tensión independentista, ante la falta de consensos básicos como el que es necesario para ordenar la educación, ante la reforma de la Constitución, ante todos los grandes problemas que no pueden despacharse con el encastillamiento de quien se supone dueño de la única razón.




















DEL POEMA DEL DÍA. PENSAMIENTOS DURANTE UN ATAQUE AÉREO, POR STEPHEN SPENDER (1909-1995)

 







PENSAMIENTOS DURANTE UN ATAQUE AÉREO




Por supuesto, todo está en colocarme

fuera del alcance normal

de las llamadas estadísticas. Matan a cien

en los barrios periféricos. Bien, bien, yo continúo.

Mientras que el gran «Yo» se mantenga sobre esta

recia cama que más parece un coche fúnebre,

en un cuarto de hotel con papel de flores en las paredes

que termina en guirnaldas, puedo pasar por alto

la presión de esos nombres bajo mis dedos

duros y negros mientras rozo el papel;

gime la radio al fondo de la sala.

Pero ¿y si una bomba sumergiera el hocico

a través de esta cama en la que estoy?

El pensamiento es obsceno. Con ello y todo hay muchos

para quienes mi muerte sería tan sólo un nombre;

una cifra en una columna. Lo esencial es que todos

los «Yo» permanezcamos aparte,

guardados bajo flores, y que no sufra nadie

por su vecino. Entonces el horror se pospone

para cada uno solo hasta que llega a él

y lo arrastra hacia esa pena no comunicable

que es misterio total o nada.




STEPHEN SPENDER (1909-1995)

poeta británico





***





Stephen Spender (1909–1995) fue un destacado poeta, ensayista y memorialista británico. Integrante del "Grupo de Oxford" junto a W. H. Auden, es reconocido por su poesía de fuerte conciencia social, su lucha antifascista en la Guerra Civil española y su aclamada autobiografía Un mundo dentro de un mundo.