lunes, 25 de mayo de 2026

DEL ASUNTO DEL DÍA. DOS RETRATOS DE HUMANISTAS, POR ANTONIO MUÑOZ MOLINA. 25 DE MAYO DE 2026

 






Hace años, leí que un historiador ponía en duda la veracidad del relato de Marco Polo, porque en él no se mencionaban ni la Gran Muralla ni la costumbre de beber té. Se lo cuento a un amigo que acaba de llegar a Madrid desde China justo en el momento en que bebe una taza de té en una cafetería. Se queda pensando y no dice nada, quizás porque es un hombre muy reflexivo y acostumbrado a evaluar cada vertiente de un problema. Mi amigo es un físico cuántico recién jubilado que no rebaja por eso su actividad divulgadora y docente. Tiene discípulos en universidades y centros de investigación de medio mundo, y siempre que nos encontramos me dice al menos dos cosas que me dejan desconcertado. Nació en México y siente mucho apego a su Jalisco natal y a su familia, pero ha vivido y trabajado en las mejores universidades de California y la Costa Este. Ahora es un road scholar, como esos sabios de los primeros tiempos de la imprenta que andaban de un lado a otro de Europa buscando manuscritos antiguos y preparando ediciones de clásicos griegos o latinos, o de los Evangelios.

Los retratos de humanistas fueron un género cuyo modelo más acabado tal vez sea el retrato que Hans Holbein hizo de Erasmo de Rotterdam. Hasta entonces, el prototipo del varón estudioso era un santo, sobre todo san Jerónimo. A san Jerónimo lo pintan unas veces como un santo penitente, que se golpea el pecho desnudo con una piedra en castigo por el fervor que sintió en su juventud hacia los escritores paganos; pero en otro modelo de retrato, el santo está consagrado serenamente a la lectura en un gabinete confortable y lleno de libros, con la compañía dócil de un león adormilado a sus pies como un perro. Al humanista de la escuela de Erasmo se le representa puramente como un estudioso, leyendo o escribiendo, interesado en la precisión filológica del texto que tiene entre manos, dedicado a escribir no por directa inspiración divina, como un evangelista, sino por un puro afán intelectual.

Viendo a mi amigo recién llegado de China pienso en aquellos retratos. Se me ocurre que mi amigo es un humanista porque aúna sin conflicto el saber y la sabiduría. Cuando ha impartido seminarios sobre partículas subatómicas en una institución de Florencia ha llevado también a los estudiantes a contemplar la cúpula de Brunelleschi en el Duomo, y los frescos de Masaccio en la iglesia de la Trinità y de Fra Angelico en el convento de San Marco, y les ha enseñado los manuscritos originales del santo patrón de la Física, Galileo Galilei, en una biblioteca florentina. En China ha visitado una red de centros de información cuántica situados, me dice, en una ciudad secundaria, de apenas siete millones de habitantes, en los que se hace más ciencia que en toda la Unión Europea. En China uno no compra un billete de tren y lo enseña al llegar a la estación. Basta con que esos sensores de reconocimiento facial que hay por todas partes identifiquen su cara. A cada momento, lo que haga o no haga o diga, o la expresión que ponga un ciudadano, queda registrado a beneficio del Gobierno, y determina automáticamente su posición laboral y sus expectativas vitales, desde la elección de pareja o la duración y calidad de sus vacaciones. “Pero no pienses que tú o yo o cualquiera de la gente que ves en el café con su smartphone en la mano está menos vigilado”. Yo le expreso a mi amigo mi pesimismo sobre las posibilidades de dominación tiránica y robo del alma de la tecnología. Él sonríe casi compasivamente al decirme que es más pesimista todavía, hasta un extremo que me deja helado:

—Tú y yo pertenecemos al mundo del carbono, y el mundo que viene será el del silicio, ya está siéndolo. El mundo del carbono es el de la vida orgánica, que ha prevalecido durante los últimos 3.000 millones de años. El del silicio es el de la computación y la inteligencia artificial. Ya hay más transistores en el planeta que granos de arena en los mares.

Pero a continuación, y no sé cómo, la conversación deriva hacia san Agustín y sus Confesiones, asunto sobre el que mi amigo resulta tener conocimientos y opiniones muy precisos. Así que cuando nos despedimos ando confuso entre la triste invención agustiniana del pecado original y el resumen que hace mi amigo de los dos campos en los que se centra ahora mismo lo más adelantado de la inteligencia artificial: el control de las personas y el reconocimiento de imágenes con el fin de automatizar al máximo la guerra.

Anclado irremediablemente en el universo del carbono, a los pocos días quedo con otro amigo sabio y viajero, que acaba de llegar de la costa noroeste de Canadá, adonde lo llevó va a hacer 20 años la tenacidad de un tribunal de cátedra español resuelto a no reconocer ninguno de los méritos que le correspondían como psiquiatra e investigador de la salud mental. En lugar de té, este amigo bebe despacio, al final de la tarde, un cóctel de color caramelo en una copa pequeña. A juicio de su tribunal, mi amigo carecía de méritos para ser catedrático de una universidad intermedia española, lo cual no fue obstáculo para que lo contrataran de inmediato en una de las mejores universidades canadienses. Eso le abrió un campo de investigación que de otro modo él nunca habría elegido: la salud mental de las poblaciones originarias, marginadas, diezmadas en muchos casos hasta el exterminio, sometidas al robo de niños con el fin de encerrarlos en instituciones despóticas que les arrancaban su lengua y su sentido de comunidad, con los efectos habituales de desarraigo y alcoholismo. Cómo van a separarse las afecciones mentales de las condiciones de vida de quienes las sufren, o de sus valores culturales, sus visiones concretas del mundo, tan ajenas a las de los dominadores blancos. Científico errante también, este amigo ha trabajado con aborígenes de Australia, con inuit del Círculo Polar, con maoríes de Nueva Zelanda. Conoce bien las representaciones visuales y las leyendas sobre el origen del mundo de los nativos australianos, los “trazos de la canción” sobre los que escribió con tanta belleza y respeto Bruce Chatwin. Pero ahora, con el paso de los años, siente lo que es común en tantos desterrados más o menos voluntarios, las ganas de volver, la querencia poderosa de España. Vive en una sociedad que en muchas cosas le parece admirable: el compromiso cívico de las personas, la conciencia culpable y justiciera de los derechos de las minorías oprimidas, la transparencia y el valor del mérito justo en las administraciones. Dice que en la literatura y en el arte se puede aprender más sobre la psique humana que en los tratados de psiquiatría. Bebe un sorbo prudente de cóctel, y opina con pesadumbre sobre la atmósfera política española, que no lo entristece menos por vivir tan lejos. Otra de las tareas que lo llevan por el mundo es la de evaluar la calidad y solidez de sistemas públicos de salud. Dice que el nuestro, que ha sido de los mejores, está ahora al borde del derrumbe. “Lo más que se puede hacer es apuntalarlo para que no se caiga”. Considera la posibilidad de tomar un segundo cóctel, y como está a gusto, en el atardecer de Madrid, de vacaciones, y a punto de volver a sus lejanías canadienses, opta por pedirlo. Sabe que casi ningún problema serio se puede resolver con facilidad, y sin acuerdos imperfectos, y que cada asunto tiene una variedad de aspectos y matices que no pueden reducirse a opciones binarias, al sí o no, al blanco o al negro, simplezas muy queridas en la vida pública española, en un país en el que abunda por igual lo excelente y lo vergonzoso. “Pero es el nuestro, y a pesar de todo lo queremos”. Lo dice con la claridad melancólica del que vive muy lejos. Antonio Muñoz Molina es escritor y miembro de la Real Academia Española. El País, 23 de mayo de 2026.




























SALUTACIONS A LES LLENGÜES DE LA MEVA PÀTRIA ESPANYOLA. AVUI DILLUNS, 25 DE MAIG DE 2026, EN CATALÀ

 






Hola, bon dia de nou a tots i feliç dilluns. Comencem la setmana plens d'esperança que es noti això que els espanyols, com els comentava ahir a la nit, som la 21 societat democràtica del món. Pel que veig, sento i llegeixo cada dia, no m'ho crec, però, encara que sigui cert, fotre, mira que costa de percebre'l en el dia a dia! Espero que les entrades d'avui us resultin d'interès. Que passin un bon dia. Ens veiem. Tamaragua, amics meus. HArendt















ENTRADA NÚM. 10618

domingo, 24 de mayo de 2026

BUENAS NOCHES, FELIZ DESCANSO Y DULCES SUEÑOS. HOY DOMINGO, 24 DE MAYO DE 2026

 




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Buenas noches, feliz descanso y dulces sueños a todos en esta noche de domingo del 24 al 25 de mayo. Termina una semana en la que la actualidad ha estado polarizada por la imputación del expresidente del Gobierno de España, José Luis Rodríguez Zapatero, por posibles delitos de corrupción. Como dije hace unos días, la Constitución establece la presunción de inocencia de los acusados y la independencia judicial; pero ambas son esos, presunciones, que la realidad deja en paños menores cada día, y qué casualidad, cada vez que hay un ciclo electoral a la vista. Y sin embargo, España aparece en la lista de sociedades democráticas del mundo en el puesto 21, por delante, incluso del Reino Unido. Dejémoslo así. Tiempo de sobra vamos a tener para seguir hablando de ambas cuestiones: la presunción de inocencia y la presunción de independencia judicial; ambas, de momento, solo son eso, presunciones. Tamaragua, amigos míos. Que la diosa Fortuna y las benévolas Moiras les sean propicias. Les quiero. Espero que las entradas de Desde el trópico de Cáncer de mañana les resulten interesantes. A partir de las 06:00 (hora de Canarias) las tienen a su disposición en el blog. Hasta mañana. HArendt
















REVISTA DE PRENSA DOMINICAL. ¿POR QUÉ EL FONDO DISCRECIONAL DE TRUMP ES TAN IN DIGNANTE?, POR WALTER OLSON. 24 DE MAYO DE 2026





 


El presidente planea usar el dinero de los contribuyentes para recompensar a sus amigos y asegurarse de que el IRS nunca vuelva a investigarlo. Donald Trump está intentando crear un fondo discrecional de 1.800 millones de dólares, financiado con fondos públicos, para pagar a personas y grupos que tuvieron problemas legales por promover sus intereses. Es una de las historias legales más destacadas de este año (o de casi cualquier otro).

En enero, Trump y dos de sus hijos demandaron al gobierno federal, alegando que su propio Servicio de Impuestos Internos no había impedido que un contratista deshonesto filtrara ilegalmente partes de sus declaraciones de impuestos a la prensa en 2019 y 2020. La jueza de distrito estadounidense Kathleen Williams se mostró escéptica ante la demanda, ya que Trump había nombrado y podía despedir a los funcionarios encargados de defender el Tesoro de los Estados Unidos.

El lunes se anunció que Trump había retirado la demanda, lo que obligó a la jueza a renunciar a su jurisdicción. Horas después, presentó un acuerdo con el IRS, que en ese momento podía proceder sin supervisión judicial. El martes se publicó una adenda al acuerdo, firmada por el fiscal general interino Todd Blanche. El periodista jurídico Roger Parloff fue uno de los primeros en analizar el lenguaje del supuesto acuerdo . Él escribe: El fondo de "acuerdo" entre Trump y Blanche pretende ser impugnable únicamente por aquellos que conspiraron para crearlo.

Para apropiarse de casi 2.000 millones de dólares de nuestros impuestos, los demandantes presentan pruebas al fondo de "conciliación" (guiño, guiño) de que fueron víctimas de "guerra jurídica" o "instrumentalización", términos que no están definidos en ninguna parte.

El fondo es administrado por 5 personas elegidas por el Fiscal General Interino Todd Blanche (" Te quiero, señor "), y pueden ser destituidas a voluntad por Trump.

Las identidades de quienes reciben nuestros impuestos, y la cantidad, se mantendrán en secreto para nosotros, y solo las conocerá Todd ("Te quiero, señor") Blanche.

Los procedimientos para tramitar estas reclamaciones pueden ser tan secretos como decidan los designados por Blanche.

Otras dos disposiciones a tener en cuenta: el fondo debe cesar sus operaciones y liquidarse antes de diciembre de 2028, garantizando así que las administraciones posteriores no puedan hacerse con él (o, más concretamente, sospecho que con sus registros).

Contiene una segunda sección, más extensa, que pretende excluir la revisión judicial: “no habrá apelación, arbitraje ni revisión judicial de las reclamaciones, ofertas u otras decisiones” tomadas por el fondo.

La suma transferida asciende a 1.776 millones de dólares, una cifra simpática que, sin embargo, revela la arbitrariedad del proceso. El argumento de Blanche de que esta es la suma que se habría pagado si los demandantes hubieran seguido los procedimientos legales habituales es una clara mentira. En cualquier caso, ningún juez tuvo nada que ver con esa cifra.

Además, según la adenda al acuerdo del martes , el IRS tiene «PROHIBIDO y IMPEDIDO PARA SIEMPRE» (mayúsculas en el original) presentar demandas civiles o penales contra Trump, sus empresas y su familia por cualquier declaración de impuestos presentada hasta la fecha. Al menos así lo ha confirmado Blanche, quien también fue abogada personal de Trump.

¡Qué buena oferta si la consigues! ¿Quizás puedas conseguirla si "negocias" con alguien que te atienda a tu antojo?

El fondo discrecional no ha estado exento de defensores. La defensa más común es que administraciones anteriores hicieron algo similar, sentando un precedente para el uso creativo de acuerdos a gran escala por parte del gobierno. Como señalan Tad DeHaven y Molly Nixon del Instituto Cato , Blanche cita casos anteriores de las administraciones de Obama y Clinton en los que el Departamento de Agricultura de los Estados Unidos (USDA) “resolvió demandas por discriminación presentadas por agricultores nativos americanos, hispanos y mujeres agricultoras” que alegaban haber sido discriminados en préstamos agrícolas y otros programas.

Blanche afirmó que esos casos se resolvieron "en términos similares" a los del nuevo fondo discrecional.

No, no lo fueron. Los acuerdos por discriminación del USDA merecieron, sin duda, las enérgicas críticas que yo y otros les dirigimos en su momento. Y como escriben DeHaven y Nixon, «efectivamente, recurrieron al Fondo de Sentencias», el fondo permanente establecido por el Congreso en 1956 para pagar las reclamaciones contra el gobierno federal, el mismo fondo del que se nutre el fondo discrecional de Trump.

Pero esas reclamaciones ante el USDA estaban supervisadas por los tribunales y estaban destinadas a personas que habían presentado reclamaciones ante el sistema legal o que se encontraban en una situación similar a la de quienes habían presentado reclamaciones. El problema de fondo era la discriminación por parte del USDA, por lo que los fondos estaban destinados a personas que alegaban dicha discriminación.

Este nuevo fondo discrecional, en cambio, no está estructurado para ayudar a las víctimas de declaraciones fiscales indebidas, que fue la acusación que motivó la demanda original de Trump. Tampoco ha sido supervisado por los tribunales. En su lugar, el nivel de generalidad en cuanto al delito cometido y el daño sufrido es lo suficientemente amplio como para otorgar al fondo una gran discreción para recompensar a los amigos de Trump y rechazar a sus adversarios, siempre que puedan alegar que fueron "objetivos" de la guerra jurídica durante la administración Biden. No existe una administración neutral de terceros, ni apelación, ni rendición de cuentas pública, y por supuesto, ninguna supervisión judicial desde el principio; todo fue diseñado para eludir el escrutinio de cualquier juez. Por lo tanto, no guarda mucha relación con los acuerdos por discriminación del USDA de las eras Clinton y Obama.

También es cierto, por supuesto, que las personas y los grupos que recibieron dinero en esos acuerdos no habían sido procesados ​​por delitos destinados a impedir la transferencia pacífica del poder tras las elecciones. Blanche, por otro lado, se ha negado explícitamente a descartar que parte del nuevo fondo de 1.800 millones de dólares se destine a los alborotadores condenados por el asalto al Capitolio el 6 de enero de 2021.

Para terminar, citaré a Nick Catoggio en The Dispatch : Es un robo simple disfrazado con la palabrería de "instrumentalización" y "compensación". ... El presidente actúa con impunidad porque cree que la mayor parte de su partido defenderá sin pensarlo nada de lo que haga, y tiene razón.

Por su parte, Ryan Enos, profesor de ciencias políticas de Harvard, califica esto como "la acción más descaradamente corrupta en la historia de la presidencia de Estados Unidos".

No estoy preparado para pronunciarme al respecto. Pero me parece justo en lo que respecta a los presidentes que he seguido a lo largo de mi vida. Walter Olson es investigador sénior en el Centro Robert A. Levy de Estudios Constitucionales del Instituto Cato. Substack, 22 de mayo de 2026.



























REVISTA DE PRENSA DOMINICAL. SIN CONFIANZA EN LA INFORMACIÓN, LA SOCIEDAD NO FUNCIONA, POR ESTHER PANIAGUA. 24 DE MAYO DE 2O26

 







La historia no es un espejo retrovisor para melancólicos, sino un laboratorio de soluciones olvidadas. Esta es la premisa de Roman Krznaric, filósofo del Centro de Eudaimonía y Florecimiento Humano de la Universidad de Oxford, autor de ‘Historia para el mañana. Mirar al pasado para caminar hacia el futuro’ (Capitán Swing). En el libro disecciona por qué hemos dejado de aprender de quienes nos precedieron y cómo las innovaciones sociales –como los cafés de la Ilustración o el Tribunal de las Aguas de Valencia– han sido tan determinantes para el progreso humano como la máquina de vapor o el microchip. Frente a la polarización, la inmediatez y la mediación digital de nuestros vínculos más íntimos, Krznaric propone un «renacimiento relacional», y rescatar la sabiduría de nuestros ancestros para navegar el momento de policrisis que vivimos, desde el cambio climático, la guerra y la inestabilidad geopolítica, hasta los riesgos de la inteligencia artificial.

La tesis principal del libro es que no estamos recurriendo al «inmenso caudal de sabiduría» que representa el legado de nuestros antepasados, demasiado absortos en los acontecimientos actuales y las últimas tendencias. ¿No es una afirmación demasiado categórica? ¿Cómo podemos estar tan seguros?

Solo hay que abrir un periódico o escuchar el discurso de un CEO de una empresa tecnológica para darse cuenta de que el sentido de la historia ha desaparecido. Estamos en lo que llamo «la tiranía del ahora». Nuestros políticos no ven más allá de las próximas elecciones o del último sondeo, y los empresarios no miran más allá del informe trimestral o del precio de las acciones. Es obvio que no estamos aprovechando esa sabiduría. Sin embargo, hay una trampa: los políticos sí usan el pasado, pero lo hacen de forma selectiva y nostálgica. Mira a Trump con su movimiento MAGA. Es una nostalgia mitológica. O el Brexit, lleno de esa añoranza de una Gran Bretaña con G mayúscula, como potencia colonial que ya no es. Lo que no estamos haciendo es mirar atrás para aprender de cuando hicimos las cosas bien, no en términos colonialistas sino de cómo superar crisis y grandes retos o desterrar injusticias.

Al hacerlo, perdemos algo fundamental: lo que podemos hacer juntos. En la historia hay ejemplos vivos que ignoramos. El Tribunal de las Aguas de Valencia, por ejemplo, es una de las instituciones democráticas más antiguas de Europa y sigue funcionando casi igual que hace cientos de años. Es historia viva que nos demuestra que la democracia de base puede gestionar recursos comunes de forma eficaz, algo que nuestras democracias actuales parecen incapaces de hacer frente a la crisis ecológica o la escalada de precios. Confío en la capacidad de la gente para organizarse, como vi en las democracias descentralizadas de Suiza en los siglos XVI y XVII o en ejemplos de democracia en África que nunca nos enseñaron en la universidad.

Habla de «historia aplicada», ¿en qué consiste? La historia aplicada trata de usar lo que sabemos del pasado para ayudar a resolver retos actuales, desde la IA hasta la migración. A menudo, la historia se enseña como el estudio de las élites (Napoleón, Churchill, Mandela…), pero a mí me interesa qué podemos hacer en las comunidades, en los sindicatos o en los movimientos sociales. Mira el fin de la esclavitud en Jamaica en el siglo XIX. Lo que lo precipitó fueron los levantamientos de esclavos que intentaron cambiar el sistema desde dentro. Hoy podemos comparar eso con los movimientos climáticos que bloquean carreteras. Los periódicos conservadores los odian y los llaman irresponsables, pero históricamente, esa disrupción es parte de una larga tradición de cambio social, desde las sufragistas hasta el movimiento por los derechos civiles en EE.UU. o la independencia de la India. A veces, para avanzar, hay que molestar a la gente.

Es decir, que el progreso no es un regalo de los políticos o lo empresarios, ni únicamente fruto del desarrollo científico y tecnológico, sino, en buena medida, de conquistas sociales.

Exacto. Los dirigentes industriales no regalan la educación estatal ni el transporte gratuito porque sí, lo hacen porque hay presión desde abajo. Incluso la democracia liberal básica surgió de las luchas sociales.

Como con la imprenta, que erróneamente se cree que trajo el progreso por sí misma, cuando en realidad sus beneficios tardaron siglos en generalizarse y lo hicieron gracias a la alfabetización y a las políticas públicas de escolarización. La tecnología por sí sola no es progreso por definición. De hecho, en su libro defiende que la innovación social es tan importante como la tecnológica.

Absolutamente. La innovación social es la forma en que los humanos nos organizamos para resolver crisis. Los cafés del siglo XVIII fueron «escuelas de democracia». En Londres, hacia el año 1700, había más de 2.000 cafeterías donde la gente de diferentes estratos sociales se reunía para hablar de republicanismo o de antiesclavismo. Eran espacios de diálogo innovador. Jürgen Habermas escribió que en esos cafés aprendimos a ser ciudadanos a través del poder de la conversación. Es una innovación olvidada. Hoy las cafeterías están llenas de estudiantes conectados a internet, con los auriculares puestos. Si en las 30.000 cafeterías que hay en Gran Bretaña, diez extraños hablaran entre sí cada día, tendríamos 100 millones de conversaciones al año. Eso es la democracia.

Hablando de democracia, ¿qué es el «renacimiento relacional» del que habla en el libro?

Consiste en darnos cuenta de que la creatividad surge de lo que hacemos juntos, pero esa riqueza está a menudo enterrada como un tesoro perdido. En la Antigua Grecia, por ejemplo, usaban un sistema de lotería para elegir a los miembros de su consejo. Era una forma de política deliberativa basada en la conversación. Hoy estamos recuperando eso con las asambleas ciudadanas, muy útiles para tener una perspectiva a largo plazo en temas como la ecología o la salud, algo que los políticos atrapados en el «ahora» no pueden hacer. La base de este renacimiento es la empatía: la capacidad de ponerse en los zapatos del otro y entender que nuestra forma de hacer las cosas no es la única.

Menciona la historia de Al-Ándalus como un ejemplo de florecimiento relacional.

No fue una utopía. Había tensiones y violencia, como las masacres de judíos en el siglo XI. Pero la evidencia muestra que la gente lograba vivir junta compartiendo baños públicos, mercados, música o partidas de ajedrez. Nos dice que el choque de civilizaciones no es inevitable. Los seres humanos somos bastante buenos conviviendo si tenemos los espacios para ello. Para un país como España, esto es vital: con la tasa de natalidad actual, para 2100 la población podría reducirse a la mitad, lo que haría insostenible el sistema de salud o educación. España necesita la inmigración, y para que eso funcione, debemos redescubrir la tolerancia y la relacionalidad histórica.

Sin embargo, la historia también nos muestra por qué las civilizaciones se desmoronan. ¿Estamos perdiendo el «pegamento social» que mantiene unida a una sociedad?

Ibn Jaldún decía que la civilización depende de la asabiya, la solidaridad colectiva. Si una sociedad se vuelve muy desigual, la confianza social se rompe. Las próximas décadas en Europa serán turbulentas debido a los incendios forestales, las guerras o el impacto de la IA. Jaldún nos enseña que para sobrevivir a esos momentos necesitamos depender los unos de los otros. Tras el terremoto de San Francisco en 1906 o tras el 11S, vimos a gente de clases sociales distintas trabajar junta.

Frente al «renacimiento relacional», ¿cree que estamos en riesgo de lo contrario? Una suerte de «decadencia relacional» derivada de la tendencia a sustituir el contacto físico y relación directa por conexiones digitales y chatbots de IA?

Ese es el gran desafío. La IA está colonizando las relaciones humanas. La gente ya tiene romances con chatbots porque somos muy susceptibles al lenguaje. Si algo habla, pensamos que es humano. Mis hijos gemelos de 17 años se preguntan qué trabajo podrán hacer que una máquina no pueda. Y la respuesta siempre vuelve a lo que los humanos hacemos juntos: el apoyo mutuo, la hospitalidad, la conversación cara a cara. Nadie pidió una máquina que automatizara la creatividad. Yo disfruto cocinando para mis amigos. Disfruto del acto de hospitalidad, no quiero que un robot lo haga por mí aunque sea más rápido. Escribir o investigar, como hacemos tú y yo, implica un proceso de aprendizaje y pensamiento que una máquina solo puede regurgitar, no experimentar. Una IA no tiene conciencia del tiempo, no tiene remordimientos por el pasado ni miedo a la muerte porque carece de qualia, es decir, de experiencia consciente y subjetiva.

Aunque la industria quiera que creamos que tienen conciencia o sintiencia…

Exactamente. Les conviene que aparenten tener algún tipo de capacidad para sentir. Creo, no obstante, que la IA nos está ayudando de algún modo a recuperar nuestra humanidad. Nos preguntamos ¿qué nos hace humanos? Yo sé lo que es: tenemos sentimientos, tenemos experiencias, podemos meter las manos en la tierra…

Volviendo a la imprenta, la pone de ejemplo como aviso de cómo las tecnologías pueden convertirse en herramientas de persecución y violencia. ¿Podríamos haber evitado los problemas de polarización actuales si los ejecutivos de Meta o X hubieran leído más libros de historia?

Ese es mi sueño: volver a los años 90 y repartir estos libros a los pioneros del puntocom. La imprenta trajo la alfabetización, pero también polarizó a católicos y protestantes y facilitó la quema de 25.000 mujeres por brujería en Alemania porque las imprentas adoraban las fake news sobre brujas. El problema es que, incluso si hubieran leído los libros, los incentivos del sistema económico harían que probablemente ignoraran lo aprendido, porque todos los incentivos del capital de riesgo y del capitalismo accionarial se centran en las ganancias financieras a corto plazo y en asumir riesgos para obtener una mayor cuota de mercado. Todas las empresas de IA quieren lanzar el siguiente modelo lo más rápido posible sin tener en cuenta las medidas de seguridad porque piensan que, si no lo hacen, perderán inversión y porcentaje de negocio, y sus competidores las adelantarán. Así que, incluso con las lecciones de la historia, a veces será muy difícil abordar el funcionamiento de los incentivos del sistema económico. Pero me gustaría tener la esperanza de que pueda marcar la diferencia.

Por último, habla de cómo los medios de comunicación de masas (espacialmente los estatales) sofocaron el pluralismo de la esfera pública. Hoy vivimos en el extremo opuesto: una hiperfragmentación donde no compartimos una realidad común. ¿Cómo reconstruimos la confianza social en la información?

Tenemos un problema en el panorama informativo. Si no puedes fiarte de lo que dice un medio o un vídeo de un político porque puede ser un deepfake, o en un informe bursátil porque podría ser falso, o en una opinión legal porque podría estar generada por una máquina, se erosiona la confianza. Cuando no podemos confiar en la información, no podemos fiarnos los unos de los otros, y no conozco ninguna sociedad que haya podido mantenerse sin confianza social. Sin confianza en la información, la sociedad no funciona. Esther Paniagua es analista y divulgadora científica. Revista Ethic, 21 de mayo de 2026.
























REVISTA DE PRENSA DOMINICAL. LA UNIÓN EUROPEA DE SE ENFRENTA (POR FIN) A SU PASADO COLONIAL DESDE BRUSELAS, POR LUDOVIC LAMANT. 24 DE MAYO DE 2026

 






 La Casa de la Historia Europea de Bruselas dedica una amplia exposición al impacto de la historia colonial en las sociedades de los Veintisiete Desde España hasta Alemania, en los países miembros de la UE se debate desde hace años, con mayor o menor tensión, sobre el legado tóxico de su imperio colonial. Pero la exposición que acaba de inaugurarse en Bruselas, organizada por la Casa de la Historia Europea, adopta un punto de vista diferente: se atreve a ofrecer una historia transnacional de ese periodo, convencida de que los Veintisiete deben, juntos, enfrentarse a esa época de expansión y conquistas.

“Algunos países no se sienten concernidos por esta historia. Alegan que ellos nunca tuvieron colonias”, afirma la franco-togolesa Ayoko Mensah, una de las comisarias de la muestra. “Pero defendemos la idea de que toda Europa está implicada en esta historia. Por ejemplo, a través de las ramificaciones del comercio. O también porque el proceso de integración europea estuvo ligado a la historia colonial.”

En su primera sala, la exposición titulada ¿Postcolonial? presenta un objeto minúsculo, cedido por el Africa Museum de Tervuren, cerca de Bruselas, que resume por sí solo la locura de la época: un pisapapeles de mármol, regalado en 1860 por el que más tarde sería el rey Leopoldo II a su ministro de Hacienda. Grabado en la piedra, como una orden escalofriante, se lee: “A Bélgica le hace falta una colonia.”

Pero si este pisapapeles anuncia la macabra aventura en el Congo Belga, más o menos conocida por el gran público, a partir de 1885, el museo se adentra también en terrenos mucho menos conocidos: el papel de Suecia y Dinamarca en el comercio de esclavos y posteriormente en la expansión colonial (hasta la esterilización forzada de mujeres inuit por parte del Gobierno danés en la década de 1960), o incluso las ambiciones coloniales —que nunca llegaron a materializarse— de Polonia en la década de 1930, evocadas a través del éxito de un colectivo, la Liga Marítima y Colonial.

Sobre todo, la exposición dedica una pared entera a un tema decisivo, pero aún tabú en la burbuja bruselense: la “Eurafrica”, ese concepto geopolítico racista surgido en los años veinte, que quería que Europa y África tuvieran un destino vinculado. En resumen, que a los africanos les convenía, por su propio bien, dejar que los europeos gestionaran sus territorios. En aquella época, era una forma de dar una nueva legitimidad a un proyecto colonial cada vez más cuestionado.

La exposición evoca el proyecto paneuropeo Atlantropa, ideado por un arquitecto alemán, Herman Sörgel, en la década de 1920: la construcción de presas hidroeléctricas en varios puntos del Mediterráneo, que debían hacer emerger nuevas tierras y dar lugar a un continente autónomo, “eurafricano”.

Décadas más tarde, la Declaración Schuman de 1950, acta de nacimiento de la actual UE, retoma elementos inspirados en esta “Eurafrica”, afirmando que el “desarrollo del continente africano” es una de las misiones de una Europa unida. Y Jean Monnet, otro de los “padres fundadores” de la UE, propone ofrecer las colonias francesas “en dote” a Europa. Como recuerda un cartel, cinco de los seis miembros fundadores de la Comunidad Económica Europea, en 1957, son potencias, o antiguas potencias coloniales. “En aquella época, el 90 % del territorio de la nueva organización se encontraba en África”, señalan los comisarios.

Los trabajos de referencia de Peo Hansen y Stefan Jonsson, dos académicos suecos especialistas en esa “Eurafrica”, son prácticamente desconocidos dentro de las instituciones europeas. Salvo una resolución aprobada en 2020, que tipifica la trata y la esclavitud como crímenes contra la humanidad, el Parlamento Europeo, tan blanco como siempre si nos atenemos al perfil de sus miembros, se mantiene discreto sobre estas cuestiones, desde la colonización hasta la lucha antirracista actual.

¿Un punto de inflexión? Desde este punto de vista, la exposición, organizada por un museo financiado en su mayor parte con el presupuesto del Parlamento Europeo, situado a un paso del hemiciclo de Bruselas, marca un punto de inflexión. La expresión puede sorprender, viniendo de una institución inaugurada en 2017, pero la Casa de la Historia Europea asegura incluso que, con esta exposición, inicia su “descolonización”. “La historia del colonialismo europeo está presente en la exposición permanente, pero de forma muy limitada, en una sola sección”, explica Ayoko Mensah. “Ahora queremos mostrar que esta historia se sitúa en los cimientos de la modernidad europea. La exposición es la primera etapa de un proceso.”

El título de la exposición es sin duda engañoso: no se trata tanto de un “poscolonialismo”, tal y como lo teorizó Edward Saïd, ni de los meros efectos de la colonización, sino más bien de un enfoque “descolonial” más amplio, según el cual la “modernidad”, el “capitalismo” y la “centralidad” de Europa proceden de 1492, año en que se iniciaron las conquistas europeas en América. De ahí la presencia, al inicio del recorrido, de una escultura maya, anterior a la conquista y a Cristóbal Colón. De ahí, también, la insistencia en la “colonialidad” de las sociedades europeas actuales.

En apenas 500 metros cuadrados, la sección ¿Postcolonial? intenta así una hazaña y aborda, desde la trata de esclavos hasta el derribo de estatuas tras la muerte de George Floyd, numerosos temas candentes. La exposición puede llegar a dar la impresión de saturación (de textos y carteles), deseosa de decirlo todo sobre realidades que durante mucho tiempo se han silenciado. Los vídeos de europeas y europeos, a menudo mestizos, recuerdan con acierto la actualidad de esas historias de violencia y necesitas muchos respiros profundos durante el recorrido.

Más allá de los objetos históricos, se incluyen obras de artistas contemporáneos, incorporadas a las colecciones del museo para la ocasión. Una gran fotografía del artista congoleño Sammy Baloji, tomada de la serie “Memoria”, sobre los paisajes industriales devastados de Katanga, hace referencia al extractivismo de las materias primas que aún se practica en los antiguos países colonizados.

Hew Locke, el artista criado en Guyana —que presentó una gran exposición en el British Museum de Londres en 2024, pero sigue siendo poco conocido en Francia—, muestra uno de sus sublimes dibujos a color realizados directamente sobre un certificado de la época, una acción emitida por la “Sociedad agrícola e inmobiliaria franco-africana”, una empresa marsellesa que participaba en la financiación de la expansión colonial.

En una última sala muy densa, ¿Postcolonial? documenta la persistencia de un “racismo estructural” en los países europeos y repasa, entre otras luchas, la batalla judicial de los Colston Four, nombre dado a esos cuatro manifestantes de Black Lives Matter en Inglaterra que derribaron la estatua de un comerciante de esclavos. Al final del recorrido, los comisarios se permiten el lujo de evocar no solo la restitución de obras de arte expoliadas, sino también el pago de reparaciones económicas destinadas a los antiguos países colonizados.

En un momento en que la derecha y la extrema derecha se alían cada vez con más frecuencia en el Parlamento Europeo para frenar cualquier iniciativa progresista, la Casa de la Historia Europea, por su parte, parece mirar para otro lado. “Nos financia el Parlamento, pero nuestra independencia académica es total”, insiste Ayoko Mensah. “Nuestro trabajo se basa en la investigación histórica, en colaboración con un amplio comité de expertos, lo que muestra nuestra seriedad.”

Y aunque muchos sectores de la extrema derecha siguen prefiriendo destacar los aspectos positivos del imperio, como la reciente visita de la presidenta de la Comunidad de Madrid, Isabel Díaz Ayuso, a México, la experiodista, que pasó por Africultures, insiste: “Lo que ocurre en el seno de las instituciones europeas no es monolítico. Convivimos con fuerzas opuestas. Los movimientos de extrema derecha están a la ofensiva, pero la coordinadora encargada de la lucha contra el racismo nombrada por la Comisión, Michaela Moua, también consigue incluir estos temas en la agenda.”

La exposición ¿Postcolonial?, comisariada por Kieran Burns, se puede visitar de forma gratuita en la Casa de la Historia Europea, en Bruselas, hasta el 14 de marzo de 2027. Ludovic Lamant (Mediapart) es periodista. InfoLibre, 19 de mayo de 2026.






















REVISTA DE PRENSA DOMINICAL. LO QUE XI SABE QUE TRUMP DESCONOCE, POR FRANCIS FUKUYAMA. 24 DE MAYO DE 2026

 






Fue doloroso y humillante presenciar la cobertura mediática de la reciente visita de Donald Trump a Pekín, pues demostró claramente el declive de Estados Unidos como gran potencia frente a China. Antes de la cumbre, las expectativas eran muy bajas: Trump se encontraba en una posición debilitada, acosado por la inflación y una popularidad en declive, mientras buscaba la ayuda de China para salir de la trampa iraní en la que él mismo se había metido. Xi, por otro lado, había obligado a Trump a ceder en su guerra comercial el año anterior, y China mostró un fuerte crecimiento de las exportaciones ante la débil respuesta de Washington.

Y así fue. Trump regresó a Washington con pocos resultados de su visita: solo dos acuerdos para la apertura de los mercados chinos a los productos estadounidenses y ninguna ayuda política en Oriente Medio. China sí acordó comprar 200 aviones Boeing (menos de lo esperado), pero en el pasado no ha cumplido con anuncios similares. La Casa Blanca también afirmó que China acordó comprar 17.000 millones de dólares en productos agrícolas, pero China no lo ha confirmado. Esto no impidió que Trump afirmara que habían logrado "grandes acuerdos comerciales" y que la reunión había sido " un gran éxito ".

Fue la imagen que proyectó la reunión lo que demostró hasta qué punto Trump ha caído en desgracia ante los ojos chinos. Xi no lo recibió en el aeropuerto. Lo sentaron en el podio en una silla que lo hacía parecer más pequeño que Xi, un desaire que se podría haber evitado si el Departamento de Estado de Trump no hubiera marginado a los funcionarios de protocolo encargados de velar por estos asuntos. Lo peor de la visita fue la constante adulación de Trump, quien exclamó que Xi era un "gran líder", " un verdadero amigo ", alguien "de película"; se deshizo una y otra vez en elogios sobre la belleza e imponencia de China. Como en interacciones anteriores con diversos dictadores, Trump parecía creer que se impresionarían con el mismo tipo de halagos y halagos que a él mismo le encantan. Xi, por su parte, no correspondió a ninguna de estas muestras de amistad, limitándose a decir que Estados Unidos y China "deberían ser socios y no rivales".

El tema más significativo surgido de la cumbre fue Taiwán. Trump había bloqueado un paquete de armas de 14 mil millones de dólares, aprobado por el Congreso antes de la cumbre, y no hay indicios de que la entrega se vaya a reanudar pronto. Xi le dijo a Trump que las futuras relaciones con Washington estarían condicionadas al nivel de apoyo estadounidense a la isla. A Trump se le ocurrió que Taiwán sería una "muy buena baza" en las negociaciones comerciales con Pekín. Trump hizo otros comentarios despectivos sobre la isla, señalando que "se supone que debemos viajar 9.500 millas para librar una guerra" y reiterando su afirmación de que Taiwán ha robado tecnología de chips semiconductores a Estados Unidos.

Su silencio sobre la seguridad de Taiwán contrastaba marcadamente con la clara afirmación de Joe Biden de que Estados Unidos actuaría en su defensa.

Donald Trump es un político incapaz de ver el mundo más allá de su propio interés. Tras su regreso, se enfureció ante la sugerencia de que Obama había recibido un trato más respetuoso que él, aprovechando la ocasión para afirmar que «nadie respeta a Obama», quien, en cualquier caso, era «un factor de división». Los medios chinos llevan tiempo hablando de Estados Unidos como una «potencia en declive»; Xi lo mencionó ante Trump, expresando su esperanza de que sus países pudieran evitar la « trampa de Tucídides » si una América en decadencia cediera el poder con elegancia a una China en ascenso. Trump interpretó inmediatamente esto como una coincidencia de Xi con él en que Estados Unidos estaba en declive bajo el mandato de Joe Biden, pero que ahora era grande de nuevo con él en la presidencia. Como de costumbre, Trump reserva su mayor ira y hostilidad para sus oponentes internos, y no para los líderes de las grandes dictaduras del mundo.

La verdad, que los chinos comprenden perfectamente, es la contraria: el declive estadounidense es consecuencia directa del ascenso de Trump desde 2016. Es como si Trump hubiera decidido hacer todo lo posible por debilitar a Estados Unidos frente a China. Ha polarizado un país ya de por sí polarizado como ningún presidente anterior; ha recortado la financiación para la investigación científica básica y ha atacado a las universidades estadounidenses que eran las mejores del mundo; ha involucrado a Estados Unidos en una guerra innecesaria en Oriente Medio que ha agotado las reservas de armamento avanzado estadounidense; él y sus colegas han declarado abiertamente que sus oponentes internos, los demócratas, representan un desafío mucho mayor para el futuro de Estados Unidos que China o Rusia.

Trump también ha intentado sistemáticamente socavar el sistema de alianzas de Estados Unidos, menospreciando a los aliados e imponiendo aranceles incluso a sus amigos tradicionales más cercanos, y amenazando con apropiarse de territorio danés, un aliado leal de la OTAN. Afirma que Estados Unidos, bajo su liderazgo, goza ahora de un respeto sin precedentes, cuando la realidad es prácticamente la opuesta: tanto amigos como rivales coinciden en que Estados Unidos se ha convertido en una especie de Estado paria que contribuye a la inestabilidad y el desorden globales, además de ser objeto de burla.

Trump le ha facilitado enormemente la vida a Xi Jinping, algo que quedó patente en su comportamiento durante la cumbre. Bajo el mandato de Trump, Estados Unidos se encuentra inmerso en un proceso de autodestrucción tan decidido que China prácticamente no tiene que hacer nada más que observar cómo se desarrolla la situación. Trump predijo que China no atacaría Taiwán durante su presidencia. Puede que tenga razón: Xi no quiere interponerse en el camino de un Estados Unidos en declive. Pero podría verse obligado a actuar con rapidez si finalmente Estados Unidos tiene un presidente que quiera revertir esa tendencia.

Francis Fukuyama es investigador principal de la cátedra Olivier Nomellini en la Universidad de Stanford. Su libro más reciente es El liberalismo y sus descontentos . También es autor de la columna « Frankly Fukuyama », publicada en Persuasion , que anteriormente aparecía en American Purpose.Substack, 19 de mayo de 2026.