miércoles, 19 de junio de 2024

[ARCHIVO DEL BLOG] Adanismo. [Publicada el 13/06/2018]











Adán se nos va haciendo mayor, escribe en El País el profesor Manuel Cruz, catedrático de Filosofía Contemporánea en la Universidad de Barcelona. Nada es nuevo de manera indefinida, señala, y aunque algunos recién llegados se resisten a aceptar que en este mundo todo pasa a gran velocidad, se han encontrado con que tienen que responder por lo que hacen y no por lo que habían dicho que soñaban hacer. Por chocante que les pueda parecer a los más jóvenes, comienza diciendo Manuel Cruz, a quienes pasamos la mayor parte de nuestra vida en el siglo XX se nos hace cuesta arriba todavía denominarlo “el siglo pasado”. Una parte de la resistencia tiene que ver, claro está, con la costumbre: para nosotros “el siglo pasado” fue durante demasiados años el siglo XIX y utilizar ahora la misma expresión para designar al siguiente nos resulta tan extraño como aceptar el cambio de nombre de una calle a la que siempre llamamos de diferente forma. Pero tal vez otra parte de la resistencia tenga que ver precisamente con la condición de pasado —esto es, superado o abandonado— que le atribuimos a cada uno de esos siglos.
Considerar como pasado al siglo XIX nunca nos costó gran cosa, además de por la distancia temporal, porque determinados acontecimientos históricos (una revolución, la soviética, llamada a cambiar la faz del planeta, dos guerras mundiales, la descolonización...) permitían visualizar claramente un antes y un después, cumplían la función de dibujar una nítida y rotunda frontera cualitativa, nos hacían sentir, en fin, por completo ajenos a quienes vivieron antes de esos traumas históricos.
El siglo XX se aleja imparable, es cierto. Como también es cierto que, tras la caída del Muro, se han ido produciendo acontecimientos de suficiente impacto histórico (terrorismo global, crisis económica...) como para autorizarnos a pensar que hemos inaugurado un tiempo nuevo. Pero ello no parece resultar suficiente. Y el hecho es que, una y otra vez, seguimos recurriendo a categorías, discursos e incluso acontecimientos del siglo XX para entender lo que nos va pasando. La referencia permanente a Hitler para descalificar al adversario político podría ser un ejemplo, mínimo pero significativo, de esta persistencia del pasado en el imaginario colectivo actual.
Nos estaríamos resistiendo entonces a tipificar como “pasado” al siglo XX porque consideraríamos que sigue muy presente, porque entenderíamos que el grueso de cosas que ocurren en nuestros días tuvieron su diseño originario en dicha centuria. O, formulando esto mismo apenas con otras palabras, que al siglo XX no se le podría aplicar todavía aquello de que “lo pasado, pasado”, sino más bien al contrario.
Lo cual en modo alguno pretende negarle toda especificidad al presente que ahora estamos viviendo, o reducirlo a mero epígono de los momentos históricos fuertes que quedaron atrás. Deslizarse hacia esta actitud probablemente significaría recaer en una variante, más o menos actualizada, del rancio “cualquier tiempo pasado fue mejor”, solo que reformulado en términos de “cualquier tiempo pasado fue más intenso”. Pero si hay un debate tan caduco como estéril es el que se empeña en plantear el devenir de la historia en términos de rotunda contraposición entre lo viejo y lo nuevo, los antiguos y los modernos, los parmenídeos y los heraclitianos o, en fin, entre los partidarios del nihil novum sub sole y los convencidos de que no hay forma humana de bañarse dos veces en el mismo río (porque a la segunda ya son otras sus aguas).
Probablemente la incesante recaída en estas inútiles disyuntivas tenga que ver con un planteamiento simplista de las cosas, que rehúye no solo atender a su real complejidad sino también, y más importante, introducir el más mínimo matiz. Al respecto, valdrá la pena señalar al menos un par de ellos. Por un lado, habría que recordar a los más reticentes ante cualquier novedad que conviene no confundir el acierto en los anuncios o la correcta lectura de los indicios de lo por venir con el hecho de que todo esté ya contenido in nuce en lo precedente. Quienes hace unas décadas anticiparon buena parte de lo que hoy sucede no acertaron porque detectaran aquellos elementos eternos, inmutables, que atraviesan la historia, sino porque reconocieron, de entre las contingencias posibles en aquel momento, las que tenían mayor recorrido. Otras contingencias posibles (¿alguien se acuerda de las profecías sesenteras de que en un futuro próximo viviríamos una existencia regalada en medio de una sociedad de ocio?) nunca tuvieron lugar por la misma razón por la que hubo las que sí se materializaron: como resultado de la acción humana y no de ninguna metafísica histórica.
Pero, por sorprendente que pueda parecer, en parecida metafísica histórica incurren también quienes, desde una perspectiva aparentemente opuesta, dan por descontado que su condición adánica, su ausencia de pasado, les pone a salvo de cualquier reproche, como si con ellos hubiera empezado todo y el hecho mismo de ser los presuntos portadores de la novedad les garantizara no estar contaminados de ningún mal pretérito. Pero valdrá la pena recordar que la potencia de lo nuevo se acredita precisamente por su capacidad de llegar a viejo.
Nuestros adanistas tienen, desde luego, esa pretensión. Pero para que ella se materialice hace falta que cumplan algunos requisitos, los mismos que cumplieron aquellos planteamientos antiguos cuya onda expansiva ha llegado hasta nuestros días. Requisitos que se podrían sustanciar en uno solo: entender radicalmente su presente, esto es, tanto lo que hay en cada momento como las posibilidades de todo tipo que alberga. No basta con declarar algo, por lo demás tan viejuno, como “hemos venido para quedarnos” para merecer esa permanencia.
Y tal vez una de las lecciones más relevantes que cabe extraer del presente que estamos viviendo es la de que no se puede ser Adán eternamente, por la misma razón que, por definición, nada es nuevo de manera indefinida. Algunos recién llegados parecen resistirse a aceptar que en el vertiginoso mundo en el que vivimos todo pasa a gran velocidad y, por tanto, también el pasado crece, como una joroba en la espalda, incluso para quienes creían carecer de él cuando empezaron y bien pronto se han encontrado con que tienen que responder por lo que hacen y no por lo que habían dicho que soñaban hacer.
No deja de sorprender el estupor de aquellos que nunca contemplaron la posibilidad de que el mismo viento que, cuando soplaba a su favor, los trajo hasta aquí, pudiera terminar arrumbándolos. A fin de cuentas, tampoco era tan difícil de imaginar que esto podía acabar sucediendo, sobre todo si miramos a nuestro alrededor y vemos que nada ni nadie se queda para siempre. También ellos lo podían haber pensado, aunque solo fuera porque se trata de una cuestión de la que suelen hablar mucho: ya no hay indefinidos, ahora somos todos precarios. Es cierto, pero, añadamos, absolutamente en todos los ámbitos. No lo duden: un filósofo le llamaría a esto el imperio de la contingencia. Es el signo de nuestro tiempo. Y ahora, como decía Sócrates, Ιωμεν: nos vamos. Sean felices, por favor, a pesar de todo. Tamaragua, amigos. HArendt














El poema de cada día. Hoy, con Nostalgia, de Mario Benedetti (1920-2009)

 








Nostalgia

¿De qué se nutre la nostalgia?
Uno evoca dulzuras
cielos atormentados
tormentas celestiales
escándalos sin ruido
paciencias estiradas
árboles en el viento
oprobios prescindibles
bellezas del mercado
cánticos y alborotos
lloviznas como pena
escopetas de sueño
perdones bien ganados
pero con esos mínimos
no se arma la nostalgia
son meros simulacros
la válida la única
nostalgia es de tu piel.

 Mario Benedetti, 1920-2009













Las viñetas de hoy

 

























martes, 18 de junio de 2024

De la tradición revolucionaria

 






Hola, buenos días de nuevo a todos y feliz martes, 18 de junio. En la primera de las entradas del blog de hoy martes, el historiador Iván Garzón reseña en Revista de Libros dos libros de actualidad sobre la tradición revolucionaria; la segunda, el Archivo de hoy, de estas mismas fecha de 2018, va de la docilidad con la que los humanos nos hemos adaptado para dar como buenas las noticias falsas que inundan nuestras publicaciones día sí, día también; la tercera, por su parte,  reproduce el poema titulado Recuerda, de la poetisa inglesa de la segunda mitad del siglo XIX, Christina Rossetti; y para terminar, como siempre, las viñetas del día. Espero que todas ellas sean de su interés. Sean felices, por favor, aun contra todo pronóstico. Y nos vemos mañana si la diosa Fortuna lo permite. Tamaragua, amigos míos. harendt.blogspot.com
 













La tradición revolucionaria
IVAN GARZÓN
05 JUN 2024 - Revista de Libros - harendt.blogspot.com

Reseña de los libros Revolución. Una historia intelectual, de Enzo Traverso (Akal, 2022) y  Los pasados de la revolución. Los múltiples caminos de la memoria revolucionaria, de Edgar Straehle (Akal, 2023).
Se podría especular que cuando Carl Schmitt señaló que todos los conceptos políticos son polémicos estaba pensando específicamente en el de «revolución», pues pocos conceptos en la ciencia política y en la historiografía concentran tal nivel de polaridad cognitiva y emocional, pocos significan por sí mismos y por sus reminiscencias una épica o una tragedia a la vez, pocos son usados y abusados de modo tan prolífico como impune.
Por eso, la reciente aparición de dos monumentales obras que explican, recrean y analizan su historia, intelectual en un caso y cultural en el otro, es pertinente y diría que hasta imprescindible en un tiempo de revueltas por doquier. Dos historiadores, uno veterano italiano y otro joven español asumieron la ardua labor de desentrañar los múltiples usos y significados del concepto de «revolución» a partir de su tradición gráfica y escrita, es decir, a partir de su experiencia imaginada, sufrida y derrotada, es decir, vivida, pues de eso se trata la historia cultural. Conceptualmente, ambos parten de la tradición marxista según la cual la revolución es una interrupción repentina y casi siempre violenta del continuo histórico, una ruptura del orden social y político que, cual bisagra, titubea entre «rescatar el pasado o inventar el futuro» y proponen una conversación crítica con el autor de El Capital.
En Revolución. Una historia intelectual, Enzo Traverso traza un perfil desde «el poder emocional de las revoluciones» entendidas como «acontecimientos esencialmente sociales y políticos en los cuales el afecto está siempre entrelazado con otros elementos constitutivos» (p. 37). Ante este universo de afectos, el observador social debe situarse en una suerte de punto medio, toda vez que «pasar por alto la carga tormentosa y febril de las revoluciones es simplemente malentenderlas, pero, al mismo tiempo, reducirlas a estallidos de pasiones y odios sería igualmente engañoso» (p. 36). Su metodología se despliega a partir del concepto de «imagen dialéctica», la cual aprehende al mismo tiempo una fuente histórica y su interpretación (p. 49), lo que le sirve para rastrear las huellas de las ideas y las pasiones a partir de 98 ilustraciones históricas que revelan por sí mismas la insondable variedad de representaciones revolucionarias.
Traverso explica que, aunque la palabra «revolución» era utilizada en la astronomía para designar una rotación que significaba el restablecimiento de instituciones estables luego de un período de turbulencias, solo después de 1789 adopta en todas las lenguas su significación moderna de cambio o transformación radical. Y luego, en el siglo XIX, será Karl Marx quien apuntalará su comprensión intuitiva como locomotora de la historia, que se popularizará hasta nuestros días.
En Los pasados de la revolución. Los múltiples caminos de la memoria revolucionaria, Edgar Straehle reivindica la revolución como fenómeno político y social, pero advierte que no hay que concebirla como si fuera «un todo intocable o igualmente defendible en todos sus aspectos. Al revés. Se la puede reivindicar de una manera crítica y selectiva, reconociendo sus méritos, logros y causas legítimas al mismo tiempo que admitiendo y siendo plenamente consciente de los errores, así como de las injusticias o crímenes que se deberían evitar en el futuro» (p. 492). Así, al igual que Traverso, el aporte del historiador catalán no solo consiste en su capacidad recopilatoria sino en su mirada con matices. Por eso propone una mirada crítica y selectiva en la cual se pueda «separar la historia del mito, distinguir lo simbólico de lo real, y saber diferenciar el “pasado pasado” del “pasado potencialmente presente y futuro”» (p. 492). La hipótesis principal de su trabajo es que toda revolución está atravesada de múltiples maneras por una rica y profunda relación con el pasado (p. 22).
Como se ve, ambos textos problematizan la relación de un hecho o proceso histórico con el pasado y sus emociones. Y en efecto, al escribir sobre la historia y la memoria de la revolución es inevitable intentar explicar la carga emocional que el concepto trae consigo en una época posutópica. Así, mientras Traverso ya había explorado este tema en su libro Melancolía de izquierda, planteando que este sector ideológico había recibido una herencia marcada por las derrotas y los fracasos de los proyectos insurgentes de los dos últimos siglos, Straehle, por su parte, sentencia que «buena parte de la nostalgia revolucionaria no lo es tanto por hechos concretos como por la sensación de que entonces se podía transformar la historia y encaminarla hacia un futuro otro» (p. 48). Esta dimensión de la revolución como proceso de cambio social es la que ambos libros reivindican.
Ambos, por lo demás, tejen sus argumentos al tiempo que narran con erudición los pasajes de la historia cultural revolucionaria, pues a fin de cuentas las revoluciones modernas han dejado un legado tan vasto en lo artístico y teórico como en lo político y lo social. Eso explica que Traverso y Straehle repasen con versatilidad los libros de Marx, Lenin, Trotski, Tocqueville, Hegel, Voltaire, Jefferson, Benjamin, Gramsci, Bloch, Lefebvre y Arendt, así como las pinturas de Rivera, Meissonier, Testard, Picasso, Chagall y Strakhov, además de los panfletos, fotografías, retratos, carteles y demás vestigios de la riqueza simbólica legada por estos acontecimientos fundadores del mundo que conocemos y cuya iconografía habla tanto del pasado como del presente y de los posibles futuros. En este sentido, ambos trabajos estudian las revoluciones no como reliquias de un pasado de horrores, sino como experiencias colectivas que imaginaron un futuro utópico y tuvieron sinuosos devenires.
Los dos libros recorren con solvencia los tres últimos siglos de historia intelectual en Occidente para recrear, documentar, y analizar, pero sobre todo para tratar de explicar las múltiples expresiones de la tradición revolucionaria, una expresión que, solo al asomarnos a su historia y a sus memorias, entendemos porqué no es un oxímoron. De hecho, tiene total sentido si se consulta su procedencia etimológica: del latín revolutio y revolvere que significa retornar a los orígenes. Mientras Straehle pone su foco en el carácter plural, heterodoxo, dinámico, contradictorio y pragmático de la memoria revolucionaria, Traverso hace hincapié en cómo el concepto de revolución ha gravitado sobre la historia europea y americana en los tres últimos siglos y cuyo legado se puede rastrear en las «figuras del pensamiento» anidadas en nuestra historia cultural.
En ambos autores se echa de menos una lectura detenida del modo en que las revoluciones iberoamericanas (salvo la haitiana) contribuyeron a enriquecer la tradición revolucionaria occidental. Aunque es innegable el repertorio insurreccional que histórica y conceptualmente aportaron las revueltas francesas posteriores a la gran revolución de 1789 (esto es, las de 1830, 1848 y 1871), solo una mirada eurocéntrica (que el mismo Straehle cuestiona) podría considerar que estas tres insurrecciones fallidas superan en trascendencia histórica lo que ocurrió en las nacientes repúblicas iberoamericanas desde el año 1810. En esta perspectiva, y aun a pesar de su anticipación cronológica, es imposible no ver en el estudio marginal de la revolución haitiana en ambos textos una ratificación de la pertinencia de los estudios poscoloniales como una suerte de ajuste de cuentas con pasados soslayados.
El libro de Traverso tiene además una omisión atronadora: la del papel de la violencia en los procesos revolucionarios. Aunque es comprensible su explicación metodológica ―que la haría inabarcable―, no se puede dejar de advertir que omitir el papel de la violencia en las revoluciones modernas, especialmente en la francesa y la rusa, que son en las que se detiene el profesor de la Universidad de Cornell, supone silenciar, ni más ni menos, el aspecto que más opaca el legado revolucionario y que hoy en día suscita tanta polarización en el debate público sobre acontecimientos del pasado. Esta omisión parece aún más incomprensible si se tiene en cuenta que cuando Traverso historiza el comunismo señala que, si bien la Revolución de Octubre es la matriz común de todas sus expresiones, en el siglo XX hay cuatro formas en que el papel de la violencia puede ser comprendido y evaluado: como revolución, como régimen, como anticolonialismo y como variante de la socialdemocracia. Dicho de otro modo, el historiador italiano defiende no reducir el comunismo a sus purgas y gulags. Tal aclaración se agradece, más aún ahora que el anticomunismo ha devenido en memes y caricaturas en redes sociales y arengas políticas. Pero justamente esta claridad deja abierta la pregunta de si en la historia conceptual de la revolución la violencia fue paja o viga. Este fue, precisamente, el problema que Hannah Arendt formuló en los años sesenta sobre la revolución francesa y americana y que a día de hoy sigue siendo crucial a la hora de evaluar cualquier empresa insurreccional, esto es: el carácter necesario o instrumental de la violencia como fundadora de un nuevo orden político, así como sus límites y consecuencias. O dicho de otro modo, si es justo que las revoluciones modernas sean vistas como estallidos de tribus enardecidas y sedientas de sangre a las que sobreviene el dominio de un déspota.
En cualquier caso, ambos libros constituyen un lúcido elogio de la tradición revolucionaria, puesto que, desde una postura que se insinúa socialdemócrata o de izquierda crítica, encuentran en el legado revolucionario no solo las claves para comprender los avances y retrocesos del mundo contemporáneo, sino también para revitalizar esa «memoria de la acción» que, según Strahle, el concepto trae consigo. Los dos le hacen un guiño a los nuevos movimientos progresistas, hijos millenials del Mayo francés de 1968, para que tomen del amplio repertorio revolucionario las herramientas necesarias para dotar a su épica transformadora de una memoria de victorias y derrotas que les ayuden a perfilar su identidad, pero sobre todo para aprender del pasado, para hacerle el duelo al fracaso revolucionario y superar el talante victimista.
Se trata, en fin, de dos elogios acompañados de críticas, como lo son los elogios honestos. Y ciertamente, el aspecto más notable de ambos textos es el descriptivo, lo que hace que se lean como dos eruditas narraciones que se detienen pacientemente en pasajes revolucionarios o memoriales que están documentados por innumerables fuentes. Ambos libros sirven como constancia de que las disputas por la historia y la memoria no pueden ser tema de conversación ciudadana solo cuando lo ponen sobre la mesa las campañas electorales o las sesiones del Congreso de los Diputados.
Por lo tanto, en este tiempo político desprovisto de perspectiva histórica y excedido de memoria blandida partisanamente a punta de lugares comunes, ambos libros ofrecen una notable documentación, pero también una lección paradójica: que la tradición revolucionaria no es homogénea ni monolítica, ni puede reducirse a las consignas propagandísticas de quienes la romantizan o la demonizan, y que ha revisitado las ruinas del pasado tanto como ha imaginado las utopías futuras de liberación e igualdad. Iván Garzón Vallejo es profesor de la Universidad Autónoma de Chile. 















[ARCHIVO DEL BLOG] La pesadilla. [Publicada el 20/06/2018]











El gran triunfo de las máquinas sobre los humanos en el siglo XXI no son las noticias falsas, sino la docilidad con la que nos hemos adaptado a ellas. Ya no es importante decir la verdad, sino que te crean, comenta en El País el escritor Jordi Soler reseñando al poeta William Blake. 
William Blake, comienza diciendo Soler, fue hijo y detractor de la Revolución Industrial. El tránsito del siglo XVIII al XIX lo hizo asombrado por la velocidad con la que Europa empezaba a mecanizarse y la rapidez con la que las máquinas comenzaban a desplazar a las personas de sus puestos de trabajo. Como también harían Byron o Shelley, el poeta Blake comenzó una resistencia artística, propiamente romántica, contra la mecanización de Europa, que pronto sería la de Occidente, y que a él le parecía un derrotero nefasto de la civilización.
Veía con toda claridad que entregarse a la industria y al progreso era una opción poco afortunada, y en todo caso pensaba que la revolución de la industria debía tener el contrapeso de una revolución cultural, para que la civilización occidental no quedara atrapada en la pura mecanización, en la producción en masa, en la acumulación de capital, en el progreso a toda costa.
Sin el antídoto de la revolución cultural que intentaron los poetas románticos, el mundo que quedó es precisamente el que tenemos ahora, un mundo cada vez más mecanizado en donde las máquinas no solo siguen desplazando a los hombres, sino que ya las tenemos incrustadas en la rutina cotidiana; no solo hacen buena parte de nuestro trabajo, sino que, además, en el caso de los ordenadores, con la humanidad entera prisionera de sus redes, han conseguido que la ciudadanía piense, opine, se exprese y actúe dentro del marco que establece la máquina.
El ordenador con sus redes hubiera sido, seguramente, la pesadilla más espesa de William Blake; en una sola sesión con esta máquina, el poeta hubiera podido comprobar el triunfo inapelable de la Revolución Industrial y la ingenuidad romántica de su revolución cultural. Además, hubiera podido verificar esa realidad diabólica que los habitantes de este milenio vivimos con una desenfadada normalidad: la máquina que piensa por ti acaba contagiándote su forma de pensar. ¿Cuántas veces al día Google, o Waze, o Shazam, o el iluminado de turno en Twitter, piensa por nosotros?
“Debo crear un sistema o ser esclavizado por el de otro hombre. No me interesa razonar y comparar: lo mío es crear”. Esta idea de Blake es toda una invitación a pensar fuera de la máquina, a desconfiar de la fuente de la que todos abrevan y a crear nuestros propios pensamientos. Las redes sociales han pasado de ser el espejo del mundo a convertirse en su directriz, comenzaron reflejando la vida real y ahora son ellas las que nutren la realidad con sus modos, sus formas y sus tics; es como si el ordenador nos devolviera nuestra propia realidad jerarquizada de otra forma, como si la máquina, como temía el poeta, nos indicara qué pensar y a qué parcela de toda la información que circula de red en red nos está permitido asomarnos.
La brevedad que imponen las redes ha cambiado ya, por ejemplo, la manera de comunicarnos con otra persona; la brevedad del whatsapp empieza a desterrar al e-mail, que ya es visto como una no práctica antigualla que venimos arrastrando desde el siglo XX, aunque en su tiempo fue la maravilla hipermoderna que aniquiló las cartas de papel. La secuencia de la carta, el e-mail y el whatsapp es cristalina, e indica que cada vez se escribe menos en mensajes más cortos que llegan más rápido; ya no importan la forma, la sintaxis, ni el estilo, ni la ortografía, lo que importa es que el mensaje, que es invariablemente urgente, llegue rápido, tan rápido que a veces ni siquiera hay que escribirlo, basta con insertar un emoticono. Pero quizá lo que de verdad indica esta secuencia es que la máquina nos señala el camino.
La brevedad en Twitter es imprescindible, la idea que triunfa en esta red social es la que va encapsulada en una frase corta y contundente, y la longitud y la contundencia están por encima de la verdad, un valor que a estas alturas del milenio ya ha perdido un buen porcentaje de su jerarquía. Si la frase es deslumbrante, pero rebasa los 100 caracteres, tendrá menos quórum que una breve, aunque sea opaca; y si lo que se ha tuiteado es un linka un texto largo ya podemos despedirnos de la mayoría de nuestros seguidores.
Los periódicos, uno de los últimos bastiones de la prosa larga, han adoptado ya la frase eficaz de Twitter, la nota condensada y la promiscuidad temática característica de la red social. Los nuevos lectores ya son incapaces de orientarse en las enormes hojas de papel de los periódicos, necesitan la eficacia del link y la velocidad y la ligereza con la que viajan de una noticia a la otra.
En unos cuantos años, la velocidad y la eficacia se han implantado como los valores supremos de nuestro tiempo, se nos inoculan cada vez que dejamos que entre el wifi, y ya han llegado a territorios tan aparentemente ajenos como el del tenis; este deporte ha cedido a la presión, y hoy un tenista, para triunfar, más que talento necesita potencia, resistencia y agresividad, la misma eficiencia que se le exige al tuitero o al periodista o al político para que logren obtener muchos seguidores; porque la máquina nos adiestra cada día con la idea de que el éxito se mide por la cantidad, por el número. En el tenis de este milenio ya no hay espacio para los golpes artísticos, el revés a una mano; la suerte más hermosa de este deporte está en un acelerado proceso de extinción, porque la mayoría de los jugadores eligen el revés a dos manos, que es menos plástico, pero tiene más potencia, es simple y eficiente como un tuit. ¿A quién le importa hacer un golpe bello cuando lo único que importa es triunfar?
¿Y a quién le importa decir la verdad cuando lo único que importa en el siglo XXI es que te crean? El gran triunfo de la máquina sobre nosotros no son las fake news, las mentiras que se multiplican hasta que se convierten en verdad, sino la docilidad con la que nos hemos adaptado a ellas. William Blake, ese poeta que era capaz de vislumbrar el mundo entero en una flor, vería con desconcierto cómo la máquina ha conseguido ya imponernos la brevedad y la velocidad como valores primordiales, y cómo va consiguiendo poner en entredicho la verdad y normalizar la mentira en la vida pública sin que nadie se escandalice. Y, desde luego, no le gustaría nada la devaluación que ha sufrido la palabra, que ya vale poco si no va montada en un tuit. Y ahora, como decía Sócrates, Ιωμεν: nos vamos. Sean felices, por favor, a pesar de todo. Tamaragua, amigos. HArendt











El poema de cada día. Hoy, con Recuerda, de Christina Rossetti (1830-1894)

 






RECUERDA

Recuérdame cuando haya marchado lejos,
muy lejos, hacia la tierra silenciosa;
cuando mi mano ya no puedas sostener,
ni yo, dudando en partir, quiera todavía permanecer.
Recuérdame cuando no haya más lo cotidiano,
donde me revelabas nuestro futuro planeado:
solo recuérdame, bien lo sabes,
cuando sea tarde para los consuelos, las plegarias.
Y aunque debas olvidarme por un momento
para luego recordarme, no lo lamentes:
pues la oscuridad y la corrupción dejan
un vestigio de los pensamientos que tuve:
es mejor que me olvides y sonrías
a que debas recordarme en la tristeza.

Christina Rossetti 1830-1894
















Las viñetas de hoy

 























lunes, 17 de junio de 2024

Del final del siglo XX

 






Hola, buenos días de nuevo a todos y feliz lunes, 17 de junio. En la primera de las entradas del blog de hoy lunes el escritor Joaquín Luna comenta en La Vanguardia que la misión del siglo XX parecía clara: la vacuna definitiva contra los extremismos y los nacionalismos, pero que no es así, que el siglo XX ha caducado y ya no se frena a la extrema derecha desde el silencio o la corrección política. En la segunda, un Archivo de 2015, se hablaba ya del cambio climático y del G-7; nueve años después vamos a muchísimo peor y los unos y los otros siguen sin hacer nada tangible. La tercera es un poema del joven y laureado poeta tinerfeño Félix Francisco Casanova, fallecido en extrañas circunstancias a los veinte años de edad. Y la cuarta, como siempre, y para terminar, las viñetas de cada día. Espero que todas ellas sean de su interés. Sean felices, por favor, aun contra todo pronóstico. Y nos vemos mañana si la diosa Fortuna lo permite. Tamaragua, amigos míos. harendt.blogspot.com
 






 



El siglo XX ha caducado
JOAQUÍN LUNA
11/06/2024 - La Vanguardia - harendt.blogspot.com

Cada uno llega a grandes conclusiones –o al matrimonio– por caminos inverosímiles. Los hay que piensan y se estrujan, a otros nos puede lo anecdótico. Aclarado esto, el mundo del siglo XX ha caducado, nos pongamos como nos pongamos. Capri c’est fini ...
La misión del siglo XX parecía clara: la vacuna definitiva contra los extremismos y los nacionalismos. De ahí, la tentación enternecedora de recordar las vidas sacrificadas en Normandía hace 80 años horas antes de las elecciones europeas del domingo.
Murieron jóvenes para derrotar al fascismo. Y ahora los jóvenes votan para resucitarlo. No es una cuestión de buenos y malos, solo que lo del siglo XX les resulta tan ajeno como a los de mi generación las guerras carlistas. Los jóvenes no están hechos para vacunas...
Dos anécdotas personales. Hace una semana me hablaron de Se Acabó la Fiesta. Solo el nombre y la suficiencia intelectual que gastamos los de entonces hicieron que lo tomase por un chiste de las redes. Tres eurodiputados, toma castaña, Joaquinito.
Este domingo, un torero ajeno al sistema, Fernando Adrián, salía a hombros por la puerta grande de Las Ventas. Es decir, a lomos de alguien con el suficiente humor y fuerza para cargar a un tipo al que todos zarandean. Normalmente, la tarea corre a cuenta de los capitalistas, término con guasa (son mercenarios en busca de la gratificación). ¿Quiénes le sacaron por la puerta grande? Todo jóvenes, veinteañeros a lo sumo, que se están apuntado al espectáculo más denigrado, vituperado y restringido de cuantos se celebran legalmente en España. ¡Es la reacción! Prohíba usted, imparta lecciones de progreso y renovará la alicaída afición a los toros.
Fueron jóvenes los que derrotaron al fascismo, son jóvenes los que hoy lo resucitan
El resurgimiento de la extrema derecha y los nacionalismos carcomen la Unión Europea, creada precisamente para acabar con ellos. Los cordones sanitarios, el silencio displicente sobre coñas como Se Acabó la Fiesta y la convicción de que dejamos vacunada a la humanidad contra los errores del pasado han fracasado. No se frena ya a la extrema derecha desde el silencio o la corrección política. Al contrario. Joaquín Luna es escritor.













[ARCHIVO DEL BLOG] El G-7 y la encíclica del papa Francisco. [Publicada el 18/06/2015]










«Laudato si’, mi’ Signore» – «Alabado seas, mi Señor», cantaba san Francisco de Asís. En ese hermoso cántico nos recordaba que nuestra casa común es también como una hermana, con la cual compartimos la existencia, y como una madre bella que nos acoge entre sus brazos: «Alabado seas, mi Señor, por la hermana nuestra madre tierra, la cual nos sustenta, y gobierna y produce diversos frutos con coloridas flores y hierba». Esta hermana clama por el daño que le provocamos a causa del uso irresponsable y del abuso de los bienes que Dios ha puesto en ella. Hemos crecido pensando que éramos sus propietarios y dominadores, autorizados a expoliarla. La violencia que hay en el corazón humano, herido por el pecado, también se manifiesta en los síntomas de enfermedad que advertimos en el suelo, en el agua, en el aire y en los seres vivientes. Por eso, entre los pobres más abandonados y maltratados, está nuestra oprimida y devastada tierra, que «gime y sufre dolores de parto» (Rm 8,22). Olvidamos que nosotros mismos somos tierra (cf. Gn 2,7). Nuestro propio cuerpo está constituido por los elementos del planeta, su aire es el que nos da el aliento y su agua nos vivifica y restaura. Nada de este mundo nos resulta indiferente. Hace más de cincuenta años, cuando el mundo estaba vacilando al filo de una crisis nuclear, el santo Papa Juan XXIII escribió una encíclica en la cual no se conformaba con rechazar una guerra, sino que quiso transmitir una propuesta de paz. Dirigió su mensaje Pacem in terris a todo el «mundo católico », pero agregaba «y a todos los hombres de buena voluntad ». Ahora, frente al deterioro ambiental global, quiero dirigirme a cada persona que habita este planeta. En mi exhortación Evangelii gaudium, escribí a los miembros de la Iglesia en orden a movilizar un proceso de reforma misionera todavía pendiente. En esta encíclica, intento especialmente entrar en diálogo con todos acerca de nuestra casa común". 
No es mal comienzo ese para una encíclica, Laudato si, la primera del papa Francisco, que se estrena con un llamamiento a la solidaridad entre los hombres y entre estos y nuestra casa común, nuestra madre Tierra. La pueden leer en el enlace anterior. 
La profesora Teresa Ribera, secretaria de estado para el cambio climático en el último gobierno socialista de Rodríguez Zapatero, se hace eco de la misma en un artículo de hoy en El País titulado El G7, la ministra republicana y Su Santidad, en el que se pregunta si se ha acabado el tiempo para que la política convencional resuelva con firmeza el reto del cambio climático. Una pregunta a la que responde que no, pero que, ciertamente, se van a necesitar unos cuantos revulsivos fuera del contexto habitual, una gran dosis de coherencia y mucha inversión en capital político por parte de quienes tienen capacidad para hacer la diferencia.
El Papa subraya en su encíclica, sigue diciendo, que el cambio climático no es un asunto científico o tecnológico sino una amenaza para la justicia y la paz, una vergüenza para la gran familia humana a quien corresponde gestionar temporalmente los recursos de la creación con vocación solidaria y de justicia. ¿Quiere esto decir que la Iglesia mantiene su capacidad para seguir pensando y que su máxima autoridad afirma su voluntad de conectar con los problemas de la gente y la injusticia en el mundo? Eso parece.
El G7 es más prosaico, añade, y fija su atención allí donde su actuación debería tener más incidencia en la realidad mundana: la energía y las finanzas. En el comunicado final de Elmau, sus líderes invocan el desarrollo sostenible y la seguridad alimentaria como argumentos centrales para la reacción colectiva. Sus conclusiones no incorporan nuevos objetivos climáticos pero constituyen desarrollos prácticos imprescindibles para abordar con éxito esta crisis: un perfil energético sin carbono, alineamiento coherente de las medidas y políticas para conseguir economías bajas en emisiones y referencias claras a la financiación climática más allá del cumplimiento del compromiso de movilizar 100.000 millones de dólares año a partir de 2020. Todavía les falta un paso: no se trata sólo de asegurar la disponibilidad de una cantidad abultada de recursos sino de conseguir que cualquier decisión de inversión, cualquier valoración financiera incorpore un nuevo entendimiento de los riesgos y las oportunidades basados en la intensidad de carbono que lleva aparejada y la resiliencia a los impactos de un clima distinto. Un aviso para navegantes: ¡ojo con sobrevalorar sus inversiones en combustibles fósiles porque podrían llevarle a la ruina!
Sentido de la justicia, necesidad de seguridad, solidaridad y cobertura de riesgos climáticos para los más vulnerables, energía y finanzas…, añade como conclusión, son todos ellos asuntos que van más allá del espacio negociador del clima en Naciones Unidas. Es importantísimo alinear mensajes y políticas más allá de las negociaciones, pero ahora queda descender del comunicado y la encíclica a la realidad: a la instrucción concreta para resolver problemas y alinear de forma congruente las políticas en el caso de unos; para que la moral y el sentido de la solidaridad y la justicia se impongan sobre el prejuicio interesado o ideológico en el caso de otros. Corresponde a esos mismos líderes ahora pasar del dicho al hecho… Esperemos, eso sí, que lo hagan acortando rápidamente el trecho. Y ahora, como decía Sócrates, "Ιωμεν", nos vamos. Sean felices, por favor. Tamaragua, amigos. HArendt







El poema de cada día. Hoy, Eres un buen momento para morirme, de Félix Francisco Casanova (1956-1976)

 






ERES UN BUEN MOMENTO PARA MORIRME Amaneciendo y anocheciendo a un mismo tiempo, cariño, ¿no es ésta la forma en que te gustaría vivir? En mi cabeza hay un álbum de fotos amarillentas y lo voy completando con mis ojos, con los más leves ruidos, atrapando olores en el aire y en cada sueño que sueño. ¿Sabes una cosa, pequeña? La última página de mi álbum tiene tu boca lluviosa mordiéndome un labio, un disco de rock’n’roll y calcetines de colores. Mis ojos han sido rápidos, te he hecho el amor con la ropa puesta a través de una larga pajita dorada mientras cruzabas la calle con el cabello ardiendo. Pero ahora son tus pies quienes dan mis pasos, ¡así que no te equivoques pues me caería! Te bebo en cada vaso de agua que sacia mi sed, mis palabras son claras como niños pequeños o espesas como semen empapando cortinas, pero hoy tengo que inventar un nuevo idioma para conversar con tus tiernos maullidos eléctricos y los gritos de euforia de la gente que vive en tu cabeza. Debes saber que a veces soy como un entierro interminable, siempre triste y azul subiendo y bajando por la misma calle. Pero otras veces soy un río de risa corriéndome por toda la ribera, haciendo el amor a la mar, una felicidad contagiosa, un revólver de amor, nena, y voy a disparar justo a tu corazón ¡bang, bang! ¿te di? Quiero arrollarte, enrollarte y arrullarte, montaña de aguardiente y tarde rojiza. Eres un buen momento para morirme.

Félix Francisco Casanova, 1956-1976