lunes, 18 de diciembre de 2023

De la pasividad como esperanza

 






Hola, buenos días de nuevo a todos y feliz lunes. Mi propuesta de lectura para hoy, del poeta Alejandro Simón, va de la pasividad como esperanza. Se la recomiendo encarecidamente y espero que junto con las viñetas que la acompañan, en palabras de Hannah Arendt, les ayude a pensar para comprender y a comprender para actuar. Sean felices, por favor, aun contra todo pronóstico. Nos vemos mañana si la diosa Fortuna lo permite. Tamaragua, amigos míos. harendt.blogspot.com







Ser pasivo, una declaración unilateral de esperanza
ALEJANDRO SIMÓN PARTAL
27 NOV 2023 - El País - harendt.blogspot.com

Muchos de nuestros peores problemas o preocupaciones nacen por el afán de vivir. El afán de vivir es preocupación, ocupación desatada y precipitada por algo. El acoso diario a la sede de un partido político, activismo que amenaza con extenderse hasta Nochevieja según sus organizadores, responde a esa preocupación anticipada que es el miedo y que invita a vivir en la metáfora, es decir, ver una cosa con las cualidades de otra cosa: la libertad como muerte, el desprecio como verdad. Y sobre ese globo mental algunos vuelcan sus días. Si realmente leyeran la vida, sus vidas, en clave poética, herramienta humana elemental que se atreve a trascender lo meramente utilitario y que parecen desconocer, sabrían que es más importante saber terminar que saber arrancar. La vida, queramos o no, siempre está por hacer y, por eso, casi todo queda sin explicar. El pensador Manuel García Morente lo resumía de la mejor manera: la esencia de la vida es no indiferencia. Es decir, implicación, compromiso. Y podríamos afirmar que ese afán de vivir, que esa no indiferencia, nos está matando en vida. Cierto es que ese afán a veces nos salva, como el del casi ahogado que no se rinde y consigue llegar hasta la orilla cuando ya todos en la orilla lo daban por muerto. Otras, sin embargo, nos hunde. Nos asfixia. Nos ahoga. Dicen los vigilantes de nuestras playas que cuando estamos atrapados en una corriente es mejor dejarse llevar y no hacer sobresfuerzos innecesarios, no intentar aferrarse a la vida, sino abandonarnos a la voluntad de la corriente; esa es la oportunidad que nos da el mundo, no aferrarnos a él. Pocos le atienden. Todos chapoteamos. Respetar la decisión de la naturaleza, no contradecirla, “dejar a Dios que sea Dios”, pedía san Juan de la Cruz.
Esto me lleva a la tarde en que mi padre estaba a punto de entrar en coma, un enfermero del 112 nos reunió a mis hermanos y a mi madre en la cocina —en la que apenas cabíamos los cinco y ahí pensé en la vida tan austera que habían llevado mis padres— y nos pidió, mirando a mi hermano mayor a los ojos, que respetásemos su voluntad. “Respetad su voluntad”, repitió ya volviendo al salón y recogiendo sus cosas. Aquella fue la revelación más alta de mi existencia hasta hoy. La vida es angustiosa. Y lo es por impedir a toda costa, a costa de la vida, que no lo sea, por no aceptar su voluntad que es salvación, por no dejar que la indiferencia nos meza hacia la nada. Ese temor a no ser o a dejar de ser, este temor a la nada, nos empuja al activismo, que es una forma de convicción, compasión y amistad; ahora parece que su mayor y única conquista es la amistad, que no es poca cosa porque desde la amistad nos completamos y de ella dependen las ciudades, donde se celebran las manifestaciones. George Santayana apuntaba que nosotros, y el universo entero, existimos solo por el apasionado intento de retornar a la perfección. “El que es perfecto no se manifiesta”, añade Pessoa en La educación del estoico. El activismo busca la perfección de lo que nosotros, un grupo normalmente mayor de 50 personas, considera como perfección o justicia. Y salimos a buscarla. Así lo hicieron la puertorriqueña Sylvia Rivera y la afroamericana Marsha P. Johnson, activistas travestidas callejeras que impulsaron la revuelta de Stonewall y abrieron el camino a los derechos civiles; las movilizaciones de protesta por el asesinato de Miguel Ángel Blanco que aceleraron el final de ETA; o las movilizaciones feministas del 2018 que han conseguido, por ejemplo, que los abusos sexuales a las mujeres dejen de ser una forma aceptada de nuestro comportamiento cotidiano.
Pero el activismo nunca está completo, como tampoco lo está el capitalismo. Su base sería la igualdad entre los seres humanos, que el beneficio de unos no suponga el sometimiento o muerte de otros, y esa igualdad remota no hará que renunciemos al activismo, que renunciemos a la amistad ni a las ciudades. Etty Hillesum escribió en su diario desde el cautiverio en Auschwitz que la grandeza del hombre está en lo que queda una vez extinguido lo que le confería brillo exterior. ¿Qué le queda? Sus recursos íntimos y nada más. Y esos recursos pueden llegar a completar la esfera del sujeto pasivo, aquel que no se aísla, pero tampoco se impone. El pasivo interrumpe toda tristeza. La pasión está asociada a la pasividad, mientras que la acción es virtud predecible del activo. La pasión integra tanto la emoción como el padecimiento.
Por eso, declararse pasivo es una rotunda declaración unilateral de esperanza, el activismo más solvente en muchos escenarios. El pasivo es el ser despojado, y solo desde ese vaciamiento puede entrar la luz, una luz que no deslumbra, sino que alumbra, ofrece lumbre, fueguecito, proximidad. Quien es pasivo brinda desde su espera la posibilidad de transformación, posibilidad que nos mantiene aquí, que nos saca de la cama y nos empuja a la calle de otra manera, proponiéndonos, como el que es capaz de multiplicar los peces y los panes sin necesidad de enseñar al mundo lo gordo de sus peces y de sus panes. El pasivo está dotado para el Misterio. El pasivo es el más capacitado para olvidar la obsesión de lo que no es, de lo que no llegará a ser.
Ser un buen pasivo es un merecimiento. Es un destino, una forma de relacionarse con la naturaleza y con el propio cuerpo. Hay que trabajar mucho ese destino, eso sí, igual que el bueno trabaja cada día la inocencia. El pasivo encarna la vulnerabilidad más atrevida, la vulnerabilidad cómplice. Ser pasivo es una ficción, y la ficción salva de la insoportable solemnidad de la vida activa. De esa manera, La vida activa, tituló uno de sus textos Chuang Tzu, textos recogidos por Thomas Merton, y en unos de sus versos dice: “Quien busca seguidores, quiere poder político”. Lo contrario a eso sería la vida pasiva, cuyas conquistas no se alimentan de poder, sino de sombras, donde habitan los santos, los que no pretenden ser vistos. Así lo entendía el poeta místico alemán Angelus Silesius: “La rosa es sin porqué, florece porque florece”.
No actuar, no participar, no supone necesariamente irresponsabilidad. En todo caso será decisión desacertada, renuncia, pero no irresponsabilidad moral. Recordemos que la palabra moral procede del sustantivo latino mos-moris, que significa precisamente “hábito, costumbre”. La quietud puede ser otra forma de no indiferencia, de hábito, de sana costumbre. La quietud es la antesala de la plenitud cuando está formada de autolimitación, de consideración, de política, de lo que el teólogo Karl Rahner definió como “hacer sitio”, o san Benito como la “sabia mesura”, madre de todas las virtudes. Lo contrario, la desmesura, la voluntad borracha de sí misma, era para los antiguos griegos el peor defecto de las personas. No deberíamos enorgullecernos de nada de lo que somos o hacemos. En los últimos años, lo viral, normalmente motivado por inercias como la declaración de un torero tertuliano o el chuminero, ha desinflado la urgencia de lo multitudinario, que ahora tiene más de tumulto que de multitud. El sociólogo Émile Durkheim ya dijo que toda representación colectiva tiene algo de delirio. Y de delirio se alimenta el fanático, el fundamentalista, el hombre de la cosa segura, como Javier Milei. Lo contrario, sería la duda, la incertidumbre moderada, la humildad. Y la gratitud. El neurólogo Oliver Sacks se fue de este mundo con un magnífico texto en el que daba las gracias por haber vivido muchas cosas, algunas maravillosas y otras horribles. Irene Montero podría haber seguido sus pasos y marcharse de su puesto de trabajo sin reproches y pidiendo perdón por los posibles errores cometidos. Así lo hacían los primeros cristianos antes de empezar el día y certificar su unidad, se pedían perdón unos a otros. La defensa de la igualdad se sostiene mejor desde una humildad verdadera. Parece que solo desde ahí podemos llegar a aquel escenario donde lo injusto no sea la última palabra. El mal seguirá cuando no estemos aquí, pero la compasión —vivir la intensidad del otro—, y la pertenencia —ser propio de los demás—, aliviarán su tufillo criminal.
Muchos de los extremos que recogen esa forma de estar en el mundo, de esa vida íntima, pasiva, apasionada, los entrega la directora lituana Marija Kavtaradze en Slow, su nuevo trabajo coproducido por España que llegará a los cines el 5 de enero y que con toda probabilidad será una de las películas más necesarias que pasen por nuestras salas el próximo año. La directora recuerda que puede existir algo más estimulante que el amor o el sexo: la complicidad. Slow confirma que pocas cosas más sucias en este mundo que el amor propio. La cinta recoge la relación íntima entre Dovydas, un chico que trabaja como intérprete de personas sordomudas, y Elena, bailarina de danza contemporánea, ambos se conocen tras una clase de baile que ella imparte y crean un universo que parece inexplorado cuando están juntos, cuando se entregan; el espectador es testigo de esa intimidad tan frágil, tan vulnerable y completa, tan labrada en las sombras de la condición humana. Slow es una película que gira en torno a la asexualidad. También en torno a la eternidad, que aquí rompe las formas del tiempo, y que parece la verdadera misión, lo eterno, lo divino sin pirotecnia. Ellos, sujetos pasivos, nos convierten a nosotros en sujetos sensibles y nos convocan a esa transcendencia inalcanzable que se da cuando los dos se atienden.
Pero insistamos en la etiqueta de película asexual. Porque algunas etiquetas nos posicionan en el mundo, nos comprometen con la verdad. Por fin esta identidad tiene un referente en la ficción que no caiga en el almíbar de la idealización. Por fin esta identidad —incomprendida, desconocida o ridiculizada por casi todas las identidades— cuenta con una narrativa cruda y certera como la que aquí se cuenta. Ir al cine a ver Slow podría considerarse como otro acto pasivo, ejercicio de resistencia contra la finitud. En un momento de la película, tras masturbarse en la ducha, Dovydas le dice a Elena: “No necesito centrar mi sexualidad en alguien”. La vida hecha de voluntades: no indiferencia.
































[ARCHIVO DEL BLOG] La democracia resistirá. [Publicada el 20/10/2019]








La resiliencia. Esta ha sido mi respuesta esta semana en Roma a una pregunta de una periodista de la RAI sobre la principal característica de la democracia española. Sin dudarlo. Y máxime en vísperas de la sentencia del procés. La democracia española ha mostrado, en sus poco más de cuarenta años de vida, una extraordinaria capacidad de superar situaciones traumáticas, -escribe el profesor de Ciencias Políticas de la UNED, José Ignacio Torreblanca-.
Recordemos cómo tuvo desde el principio que hacer frente a múltiples y poderosos enemigos, incluido la convergencia de varios frentes terroristas, de extrema izquierda, extrema derecha y nacionalista radical, cuyo objetivo ha sido forzar la capitulación ante sus demandas, romper la convivencia o, lo que a punto estuvieron de conseguir en varias ocasiones, lograr que las Fuerzas Armadas o los cuerpos de seguridad se volvieran contra ella. Pero, recordemos, España no solo ha resuelto la cuestión militar de forma ejemplar sino que ha derrotado sin concesiones al último grupo terrorista de la Europa democrática.
También merece la pena destacar, ya en una clave más reciente, que España ha superado una agudísima crisis económica, política, social y territorial. La desafección política asociada a la corrupción, el incremento de las desigualdades derivadas del aumento del desempleo, la reducción y precariedad salarial y los recortes en bienestar social han tensado pero no fracturado la cohesión social, la solidaridad intergeneracional y la estructura territorial. Y el sistema político, que ha sufrido nada menos que tres asaltos populistas; desde la izquierda a manos de Podemos, por el independentismo catalán y a manos la derecha radical representada por Vox, no ha visto implosionar su sistema de partidos, como ha sido el caso en algunos países de nuestro entorno, como Francia o Italia, donde el eje izquierda derecha y los partidos tradicionales han dejado en gran parte de ser reconocibles.
Esa capacidad de resistencia no tiene tanto que ver con algún secreto o característica oculta de los políticos españoles. Al contrario, el sentir mayoritario de muchos españoles es que hemos navegado una crisis económica muy profunda (y quizá nos adentramos en otra) de la mano de políticos muy superficiales y cortoplacistas. Así que ese éxito tendría más que ver, aventuro, con el profundo arraigo en la ciudadanía de la convicción democrática y la voluntad generalizada de convivencia en una sociedad organizada en torno a la solidaridad y la tolerancia. Cada generación de españoles ha vivido un reto, su reto, democrático, y lo ha superado satisfactoriamente. Esta vez no creo que vaya a ser diferente. Y ahora, como decía Sócrates, Ιωμεν: nos vamos. Sean felices, por favor, a pesar de todo. Tamaragua, amigos. HArendt












domingo, 17 de diciembre de 2023

De la Europa que se hace mayor

 






Europa se hace mayor
FERNANDO VALLESPÍN
17 DIC 2023 - El País - harendt.blogspot.com

Todos los líderes de extrema derecha se parecen, pero cada uno de ellos actúa a su manera. El talante de Orbán en particular va más allá que ningún otro en la Putin-filia, en su impulso por contentar a Rusia. Al menos si lo comparamos con Meloni, el otro caso de dirigente de esta corriente política que gobierna en otro país de la UE. El líder húngaro no pudo evitar la apertura de conversaciones para la entrada de Ucrania (y Moldavia) en la UE, pero fue eficaz en su bloqueo de los 50.000 millones de ayuda a ese país, que tendrán que ser reprogramados en los próximos meses. Pero su ya famoso paseíllo de salida de la reunión para buscarse un café y evitar así su voto en contra no nos va a salir gratis. A cambio parece que obtendrá el levantamiento de los fondos que la Unión había congelado a Hungría por su vulneración del Estado de derecho. Si esto es así, el primer balance de esta manifestación de unidad europea es que las decisiones geoestratégicas se imponen sobre las exigencias de la salvaguarda de la limpieza democrática.
Eso por un lado. Por otro, Orbán no ha ocultado que aprovechará el largo y sinuoso camino hasta la integración plena de Ucrania al club de los Veintisiete para hacer descarrilar el proceso. Con la esperanza, quizá, de que Rusia para entonces ya habrá dejado a este país demediado con ulteriores éxitos militares y un eventual veto en última instancia del propio Parlamento húngaro. Aun así, casi todos los comentaristas de la pasada reunión del Consejo Europeo tienden a ver la botella medio llena. Hay algunas buenas razones para ello. La primera y fundamental es que la UE parece haber madurado como potencia geoestratégica, a pesar de la jauría de voces que la integran y sus muchos intereses discrepantes. Y a pesar de su altísimo coste. Ucrania se convertirá en el único receptor neto de fondos europeos de cohesión y todos los demás tendrán que rascarse el bolsillo. Lo más irónico de todo esto es que el milagro se lo debemos a Putin, no a un renacido interés por el espíritu europeísta o el liderazgo sobresaliente de algunos Estados. A pesar de sus últimas bravuconadas, el dictador ruso está consiguiendo exactamente lo contrario de lo que se proponía. Y, en la sombra, al fantasma de un potencial retorno de Trump. Hace un frío ártico fuera del paraguas defensivo de los Estados Unidos del que tanto tiempo habíamos gorroneado.
Las próximas elecciones al Parlamento Europeo, así como el ulterior avance del proceso de expansión e integración de los nuevos Estados, nos permitirán calibrar con más finura el recorrido efectivo de este gran salto adelante. Nos une el espanto ante la agresión rusa, las cuestiones de seguridad; no necesariamente el amor a los valores y la causa de una democracia cosmopolita como la UE. Por eso mismo, la pregunta inevitable es si esta nueva Europa seguirá siendo tan resiliente una vez despejado el miedo hobbesiano y con varios primos de Orbán al frente de otros gobiernos. Pronto lo sabremos. Fernando Vallespín en politólogo.











De la libertad ilimitada

 








En contra de la libertad ilimitada
ELVIRA LINDO
17 DIC 2023 - El País - harendt.blogspot.com

Recuerdo que hace apenas tres años, justo antes del confinamiento, un amigo más joven que yo y de naturaleza sensible desdramatizaba el porno consumido hoy por los chavales, comparándolo con las revistas y pelis que la generación millenial veía a espaldas de los padres, razonándome que eran entretenimientos casi educativos que servían a los adolescentes para hacerse unas pajillas, sin que eso introdujera un elemento patológico en su desarrollo sexual. Las cosas que se hacen a escondidas también educan, decía. Eso puede ser una gran verdad; como no serlo. Recuerdo haber rumiado dudas sobre si sería lo mismo aquel porno que este, porque la alarma sobre el creciente acceso adolescente a contenido violento llevaba sonando desde hacía tiempo, pero me callé, como se calla una ante el temor de quedarse atrás en la comprensión del mundo, sea por razones de edad, del célebre aburguesamiento o qué sé yo. En mi descargo diré que a las chicas de la generación ochentera se nos debió quedar clavado a fuego en algún lugar de la memoria aquel calificativo tan usado entonces: estrecha, que más bien era una amenaza, la de expulsarte del dudoso pódium de chica liberada, progre. Ahí permanece aquel miedo estúpido a no estar a la altura de tu época. Ha hecho falta que profesionales de veras preocupados por la situación real y no cegados por el papanatismo tecnológico nos hayan abierto los ojos ante una realidad que debería estremecernos: el confinamiento sirvió para que los adolescentes reafirmaran su dependencia de las pantallas, y con ella comenzaron las fobias a la interacción social, se acrecentaron los problemas de autoestima, sobre todo en chicas, y aumentaron las visitas a los vídeos de pornoviolencia, que recrean escenas de humillación colectiva de un grupo de varones a una chica indefensa. La consecuencia de este porno popular ahora entre algunos adolescentes varones (aún no sabemos cuál es el porcentaje de población estudiantil que accede a esto) no son unas saludables pajillas sino la emulación de una “hazaña” sexual que contiene la excitación de reunir a colegas con los que perpetrarla, eligiendo a una víctima que suele ser conocida, del mismo barrio y todavía más joven que el grupo atacante (una de las chicas violadas en Badalona tenía apenas 11 años).
Engolfados en la idea, válida para adultos experimentados en el consumo cultural, de que el espectador entiende la diferencia entre la ficción y la realidad, nos hemos olvidado de cómo asimila ese tipo de escenas una mente aún tierna que sobrevive a su libre albedrío en una zona degradada económicamente, no goza del amparo de una comunidad o de su propia familia, está siendo adiestrado por contagio social en un ambiente de una masculinidad agresiva y, para colmo, no recibe en su centro educativo algo parecido a la tan reivindicada por unos, o demonizada por otros, educación sexual.
Está claro que los movimientos de padres y madres que tratan de prohibir o limitar el uso del smartphone son progenitores implicados en la educación de sus hijos que asumen su responsabilidad y estudian de qué manera podrían contrarrestar el influjo de este elemento disruptivo en la vida de los adolescentes, pero reducir este asunto a aquello que les sucede a nuestros hijos sin abordarlo como un tema social que afecta más aún a quienes menos armas tienen es un nuevo paso en la creciente segregación entre muchachos de primera o de segunda categoría, con la indeseable consecuencia de reservar a las chicas el papel de víctimas cuando provienen de un entorno desestructurado. Urge tomar medidas, dejar a un lado nuestros hermosos principios de blindaje de la libertad, y aceptar que poner límites es una manera de proteger a quien carece de un amparo básico. No podemos cederlo todo al castigo cuando se produce un hecho condenable, hay que ser valientes, comprometerse con una abierta educación sexual, tanto en los centros públicos como en esos concertados a los que permitimos que acuda un exministro a dar el mitin contra el aborto. Elvira Lindo es escritora.










Del consentimiento

 






Contra el consentimiento
MÁRIAM MARTÍNEZ-BASCUÑÁN
17 DIC 2023 - El País - harendt.blogspot.com

Que tal afirmación se incluya en el título de un libro inequívocamente feminista es un pequeño terremoto. El título completo es La violación redefinida. Hacia la igualdad, contra el consentimiento, y lo firma un icono de la lucha de las mujeres, nada menos que la creadora del concepto de acoso sexual en el derecho estadounidense, y quien logró el reconocimiento de la violación como crimen de guerra en el derecho penal internacional. Hablo de la profesora y jurista Catharine MacKinnon, referente de la Segunda Ola en Estados Unidos y del feminismo radical, quien ha irrumpido como un vendaval en el debate francés sobre la definición del concepto de violación. Lo hace, además, cuando la propia Francia y Alemania se niegan a ratificar la definición de violación basada en el consentimiento en el proyecto de directiva europea contra la violencia machista. Es un debate muy interesante, sobre todo cuando parecía que la ola global feminista del #MeToo (o de nuestro #SeAcabó) había ungido al consentimiento como el elemento central de las relaciones sexuales y, sobre todo, del delito de agresión sexual.
MacKinnon dice que el problema del consentimiento es colocar “el peso de la prueba legal en la víctima y no en el acusado”. Se pregunta por qué hemos de centrarnos en el deseo o la voluntad de la víctima en lugar de poner el foco donde toca: en el comportamiento del victimario. La vieja leona del feminismo se pregunta (y nos pregunta) si de veras creemos que, al incluir el consentimiento en una ley, conseguiremos que la sociedad, o los tribunales, crean a una mujer que afirme: “No consentí”. Una cultura como la nuestra, donde la mujer sigue sexualizada, opera simbólicamente reproduciendo los mitos de la violación: se insinuó porque quería, se me puso a huevo, lo estaba deseando, lo hizo para aprovecharse… ¿Acaso estos prejuicios machistas quedarán mágicamente en suspenso porque una mujer haya dicho previamente “no”? Como señala la autora, ser sexualizado, algo que también sucede con menores, implica que “el poder atribuye a personas impotentes la idea de que de verdad lo quieren”. Por eso centrar todo el debate en el consentimiento significaría hacerlo sobre “una proyección del punto de vista masculino”. MacKinnon propone un salto a lo estructural: frente al paradigma liberal del consentimiento, donde todo se subjetiviza, reclama regresar al paradigma de la igualdad, porque las desigualdades sí son hechos objetivables. Es una elegante vuelta a Marx, una propuesta audaz, casi antigeneracional: regresar a la mirada sistémica, a la denuncia y la lucha contra las condiciones que permiten una violación.
Según MacKinnon, la principal lectura del #metoo no debería haber sido que el sexo debe ser consentido, sino que la sexualidad tiene lugar en un contexto de desigualdad estructural de poder. Piensen en nuestro #SeAcabó. Si el debate lo centramos en el beso no consentido de Jenni Hermoso, ignoramos algo mucho más objetivable, la posición de poder de Rubiales, y evitamos juzgar cómo aprovecha una situación de desigualdad para lograr su propósito. Para MacKinnon, lo que verdaderamente fortalecería la definición de la violación o de la violencia sexual no es, en fin, incluir el consentimiento, sino añadir el reconocimiento explícito de las desigualdades de género, clase, raza o edad. A sus 77 años, nos da así una buena sacudida, recordándonos que nuestra palabra está condicionada por un contexto de desigualdad y es ahí donde hay que mirar: al lugar de siempre. Máriam Martínez-Bascuñán  es politóloga.












De un café como antesala del paraíso

 








Hola, buenos días de nuevo a todos y feliz domingo. Mi propuesta de lectura para hoy, del escritor Ignacio Peyró, va de un café como antesala del paraíso. Se la recomiendo encarecidamente y espero que junto con las viñetas que la acompañan, en palabras de Hannah Arendt, les ayude a pensar para comprender y a comprender para actuar. Sean felices, por favor, aun contra todo pronóstico. Nos vemos mañana si la diosa Fortuna lo permite. Tamaragua, amigos míos. harendt.blogspot.com












El café perfecto sí que existe
IGNACIO PEYRÓ
25 NOV 2023 - El País - harendt.blogspot.com

Vivo en un lugar donde el café es tan bueno que, a veces, al dejar la taza sobre el plato, lo que a uno le sale del corazón no es irse del bar sino comenzar un aplauso. Informarles a ustedes de que el café en Italia es bueno está a la altura, en materia de revelación de secretos, de comentarles que Venecia es una maravilla, Florencia el no va más y que, si van a Roma, no deben dejar de ver cierta ermita llamada Vaticano. Asumida esta culpa, sin embargo, debo recurrir para justificarme a la mezcla de estupidez y autoridad que da el haber probado el café de las Galápagos y del Nepal, de Santa Lucía y las Canarias y hasta de la azarosa isla de Santa Helena. Al final, he llegado a agradecer que no haya café en Marte. También les hablo como converso: durante años y años he militado en el café de filtro, en el café que parece té, en los hervidores de complicadas marcas japonesas y básculas capaces de clavar el peso de un protón de uranio. Todo esto, por supuesto, lo he llevado en el mayor secreto, como si en lugar de comprar café me dedicara al menudeo de heroína: podemos soportar que nos tengan por poeta de la calle, filósofo de Instagram o especialista en lifestyle, pero parecer uno de esos modernos que gentrifican barrios con su pan de espelta y su Etiopía Yirgacheffe ya sería un destino humano en exceso cruel. Aún tomamos ese café de filtro en casa: nos gusta por la delicadeza, por eso que expertos y repipis llaman notas aéreas y florales; incluso por un color que deja ver, al modo dieciochesco, una escena chinesca o pastoril al fondo de la taza. Pero ahora no hay mañana en Roma que no me levante con el contento de saber que me espera un café —un espresso— como el abrazo momentáneo de Dios.
Oh, sí, Italia es el país de los cafés institucionales, y es bueno haber pasado el suficiente tiempo para distinguir el color de las chaquetillas —blanco o crema— de los camareros de Florian y Quadri allá en Venecia. En Roma está el Greco, cuyos precios harían titubear a Rockefeller. De estos cafés literarios, como se ha escrito, uno salía directo a la cárcel o al Parlamento. Pero el café italiano es el café de oficinista. Aquí lo llaman “bar”, a despecho de que nunca nadie —Italia es país morigerado— ha tomado allí una copa: tampoco es que una botella de Punch al mandarino tiente mucho. Tiene la barra de metal. Servicio de simpatías algo ásperas. Cafeteras como el V12 de un Lamborghini. Los profesionales beben el café en la barra, pero quienes vamos por el mundo como turistas de Wichita lo podemos tomar en la terraza: son menos de dos minutos de recogimiento moral, en los que la vida y el mundo vuelven a cuadrar, el buen humor reúne a sus tropas y, con algo de suerte, un gorrión pica las migas de bollo en la otra mesa. Que nadie pida aquí specialty coffee: Italia sigue siendo un reino en lo que respecta a los tostadores del café, gremio opaco y de secretos ancestrales. Eso explica que sea siempre bueno, pero también que —­cosas de la irregularidad— solo a veces sea sublime. Por otra parte, llegar a esta armonía de las esferas —cremosidad, densidad, olor, temperatura— es de una sofisticación tan infinitesimal que un solo paso en falso arrasa con ella: un poco más o menos de agua, una molienda demasiado fina o no demasiado gruesa, y adiós.
Nos vigilamos el vino, partimos peras con el tabaco, y una mala tarde con los carbohidratos nos puede sumir en una crisis moral, pero la misericordia de los médicos lo último que nos va a quitar es el café. Incluso, como toda felicidad tiene su sucedáneo, también se puede tomar —pecado capital— descafeinado. Orwell dedicó largas páginas a imaginar en Inglaterra el pub perfecto: en Italia, el café perfecto, por suerte, no hay que imaginarlo. Peregrino por el país, no he encontrado ninguno mejor que el Bar del Corso en L’Aquila, pero en Roma uno puede ir a Natalizi o Strabbioni, donde será el único extranjero del lugar, o bajarse a Nápoles a esa cátedra que es Il Professore. Español expatriado, uno a veces se pregunta si no nos saldría más a cuenta tener una recogida de basuras deficiente con tal de generalizar un buen café: en tanta crispación, en tanta polarización, en tanto malhumor, alguna culpa ha de tener nuestro apego al café incierto. Si queremos que España deje de dolernos, empecemos por dejar atrás la acidez de estómago que provoca el torrefacto.






























[ARCHIVO DEL BLOG] Demografía o historia. [Publicada el 16/09/2019]