El blog de HArendt (2006-2026). Pensar para comprender, comprender para actuar
martes, 17 de junio de 2025
lunes, 16 de junio de 2025
DE LAS ENTRADAS DEL BLOG DE HOY LUNES, 16 DE JUNIO DE 2025
DEL ELOGIO DE LA DIFERENCIA
El ensayo de Armando Zerolo “Contra la tercera España. Una defensa de la polaridad (Barcelona, Deusto, 2025, 224 págs.), escribe en Revista de Libros [Elogio de la diferencia, 28/05/2025] la jurista Belén Becerril Atienza, constituye, ante todo, un elogio del pluralismo político. Su lectura deja tras de sí la impresión de que el pluralismo no sólo es hijo de una realidad social, sino que es además un bien, en tanto que alimenta al sistema y le da vida. Requiere reconocimiento y tolerancia, y no puede ni debe ser suprimido. Es este un mensaje valioso, comienza diciendo Becerril, y hasta cierto punto reconfortante, en estos días difíciles para la democracia liberal. Nos recuerda que la diferencia no debe ser anulada. Bien al contrario, la convivencia de distintas visiones, de diversos caminos para buscar el bien común, es una riqueza. Lo importante es construir y salvaguardar unas instituciones y unos procedimientos que nos permitan gestionar esa diversidad.
Para aproximarnos a este ensayo conviene hacer dos precisiones. En primer lugar, es preciso señalar que la polaridad que Zerolo valora y defiende, la sana tensión entre los polos, es distinta de la polarización. Esta última constituye ―¡esta sí!― una amenaza para la democracia liberal. En un entorno de creciente fragmentación, la polarización permite a los partidos antisistema acceder al gobierno y, lejos de construir un espacio para el encuentro y el consenso, tratar de imponer su propia ideología desde los extremos.
En su prólogo, Ángel Rivero nos recuerda por qué la democracia se resiente cuando se quiere prescindir del acuerdo como forma de gobierno, cuando no se reconocen como legítimas las diferencias, sino que se busca forzar desde los extremos un orden social prefigurado como justo: «La polarización es consecuencia de la política ideológica, de la política dirigida no a la búsqueda de un acuerdo entre aquellos que son diferentes, sino a la imposición sobre la realidad de un esquema prefigurado de lo que es una sociedad feliz, sacrificando la realidad existente, incluidas las personas que la integran, a un cuadro imaginario».
El pluralismo no es el problema, nos advierte Zerolo; el problema es la polarización. Pero ante ese problema, nos dice, la democracia liberal sigue siendo la mejor solución. En nuestros días, cuando crece la desconfianza hacia la política y se ataca a las instituciones, Zerolo escribe en defensa de la democracia liberal para evitar que, como señala Rivero con sentido del humor, la degradación institucional de nuestra democracia nos acabe llevando no a una tercera España, sino a una España de tercera.
La segunda precisión tiene que ver con el concepto de la «Tercera España». Lo que Zerolo denuncia cuando escribe contra la Tercera España no son las ideas de aquellos intelectuales que compartieron el sueño de un país renovado, de un futuro de convivencia y democracia, lejos de todo extremismo. No; el autor no escribe «contra los Marañones, Ortegas y Chaves Nogales». De hecho, su crítica a la Tercera España no disipa la sospecha de que el autor bien pudiera ser, precisamente y a su pesar, un buen exponente de la misma.
Si Zerolo cuestiona la idea de la Tercera España es porque también cuestiona la de las otras dos. La idea de «las dos Españas» deteriora la conversación pública, niega el vínculo existente entre los polos y justifica las actitudes más intransigentes. Zerolo escribe contra la Tercera España porque esta da por buena la falsedad de que existen dos Españas y, también, porque en alguna medida esta vuelve a proponer la eliminación de la polaridad, que precisamente constituye la causa del problema. Como si hubiese una única solución al conflicto, una nueva utopía. Como si la forma de resolver nuestras diferencias pudiese encontrarse en un nuevo dogmatismo angelical. «No se puede pretender eliminar el conflicto de naturaleza política ―escribe―. Sería como quitarle la corriente a la electricidad. El conflicto no es malo y, lo que sí es realmente malo, es pretender eliminarlo».
Lo importante, señala, es el proceso. Aprender a andar juntos; a valorar al otro, al radicalmente diferente. Tomarse en serio el juego, el marco normativo, pues el sometimiento a la fuerza de la ley es la condición para la convivencia pacífica. La política «es el modo en que se gesta la vida en común, y no una photo finish, al final de una carrera». Es un proceso, no un resultado.
El ensayo de Zerolo aborda temas diversos, siempre con el debate en torno al pluralismo como telón de fondo. Asoman reflexiones que no se olvidan sobre el peso de la familia en la biografía, sobre la tensión creadora del desacuerdo, sobre el diálogo entre Habermas y Ratzinger… Hay en su escritura algo marcadamente personal, sereno y armonioso, que fluye alejado de toda afectación y casi sin notas al pie. Hay también una singularidad, una nueva mirada a los temas de nuestro tiempo, tantas veces visitados.
En lo que a mí respecta, la perspectiva que aporta Zerolo sobre el proceso de integración europeo, que es el objeto habitual de mi estudio, arroja una nueva luz. En particular, destaca la reconciliación de Francia y Alemania tras la Segunda Guerra Mundial a partir del reconocimiento mutuo. La voluntad de aquellos padres fundadores de echar a andar, de hacer algo juntos, descartando o posponiendo el proyecto de resolver de inmediato todas las diferencias. El criterio es empezar por lo que parecía más difícil: la gestión común de las industrias del carbón y el acero. Algo que constituye poco más que la intención de, a partir de ese momento, decidir juntos. El proyecto europeo como un espacio organizado de pluralismo, en el que la diversidad se multiplica, pero con unas instituciones y unas reglas aceptadas por todos que permiten definir juntos un interés común. Mil veces se ha dicho que la unidad europea es un proceso, no una foto fija. Un proceso iniciado en los años cincuenta y que evolucionó en dos dimensiones. La primera, de profundización: desde el carbón y el acero a la política comercial, la agrícola, el mercado único, la moneda… La segunda, de ampliación: de los seis países fundadores a los veintisiete de nuestros días. Más países, haciendo más cosas juntos. No hay, ni puede haber, un final preestablecido; la Unión será siempre lo que los europeos hagamos de ella. Decía Jean Monnet que lo necesario para hacer Europa era «que los estados miembros aceptasen las mismas instituciones y reglas». Y no había leído a Armando Zerolo. No cometan ustedes el mismo error. Belén Becerril Atienza es profesora titular de Derecho de la Unión Europea en la Universidad CEU San Pablo. Es vicepresidenta de la revista Política Exterior y miembro del consejo asesor del Real Instituto Elcano de Estudios Internacionales y Estratégicos. Sus últimas publicaciones son «Las instituciones europeas ante la crisis del Estado de derecho en Hungría y Polonia», Historia y Política, 2020 y «Helmut Kohl. Una Alemania europea», Estudio introductorio y edición, Ediciones Encuentro y Fundación Konrad Adenauer, Madrid, 2020.
[ARCHIVO DEL BLOG] MARKETING. PUBLICADO EL 27/06/2020
DEL POEMA DE CADA DÍA. HOY, Δεν ηρθαν οι θεατες που περιμεναμε/NO VINIERON LOS ESPECTADORES QUE ESPERÁBAMOS, DEL POETA CHIPRIOTA COSTAS MONTIS
Δεν ηρθαν οι θεατες που περιμεναμε
Δεν ήρθαν οι θεατές που περιμέναμε
Δεν ήρθαν οι θεατές που περίμεναν τ΄αναμμένα φώτα
Και ματαιώθηκε η παράσταση
Και καθήσαμε μονάχοι στην πλατεία
Τριγυρισμένοι απ΄τ΄άδεια καθίσματα
Με πολλή κατάθλιψη
Και μ΄έναν παράξενο ηδονισμό,
Μ΄ένα εντελώς ανεξήγητο ενδόμυχο ηδονισμό.
***
·
NO VINIERON LOS ESPECTADORES QUE ESPERÁBAMOS
No vinieron los espectadores que esperábamos
no vinieron los espectadores a los que esperaban las luces encendidas
y se canceló la función
y nos sentamos solos en la platea
rodeados de asientos vacíos
con mucho dolor
y con un extraño placer
con un completo, inexplicable y profundo placer.
***
COSTAS MONTIS (1914-2004)
poeta chipriota
domingo, 15 de junio de 2025
PEDRO LAÍN ENTRALGO: ANTROPOLOGÍA DE LA ESPERANZA. ESPECIAL DE HOY DOMINGO, 15 DE JUNIO DE 2025
En el momento en que aspira a 'ser siempre', la esperanza humana rebasa el límite de la existencia, «trasciende a la muerte» afirma en El País [Pedro Laín Entralgo: «Antropología de la esperanza», 27/05/2025] el escritor Alfonso Basallo. Pedro Laín Entralgo. (1908–2001), comienza diciendo Basallo, médico y humanista, fue catedrático de Historia de la Medicina y director de la Real Academia Española. Obtuvo el Premio Príncipe de Asturias de Comunicación y Humanidades. De su amplia producción cabe destacar El médico y el enfermo, Qué es el hombre, España como problema, La espera y la esperanza, Descargo de conciencia y las biografías de Ramón y Cajal y Marañón.
La indagación filosófica que Laín Entralgo hace sobre la esperanza es profundamente optimista: el hombre no puede no esperar. Hasta el suicida, solo que este «espera un modo de ser más satisfactorio que la vida que le desespera», o en palabras de Baudelaire, «yo me mato porque me creo inmortal y espero». Como dice el filósofo francés Gabriel Marcel, cuyos pasos sigue Laín: «La esperanza es la estofa de la que está hecha nuestra alma». La forma primaria de la esperanza es la espera, en la medida en que la existencia humana es temporal y el futuro, imprevisible; y el ingrediente que eleva la espera a la esperanza es la confianza. Cuando falla la confianza y predomina la sospecha surge el sentimiento de la angustia. Esta última, muy presente en el hombre occidental del siglo XX, responde, en última instancia, al miedo ante la nada (el no ser). ¿Por qué hay gente desesperanzada?, se pregunta el autor. Acaso por una vida familiar tormentosa, una educación inadecuada, una biografía marcada por el desengaño, etc. Y como la vida no es fácil para nadie, siempre será necesaria una voluntad tenaz para hacer al hombre esperanzado, independientemente de las circunstancias. Viene bien para ello meditar sobre la muerte y considerar la vida como una prueba, en la que el dolor y el fracaso tienen un papel para ejercitar la paciencia, que «consiste en dar tiempo a lo real».
La meta u objeto de la esperanza no es otra que la felicidad y el apetito de esta «nos proyecta siempre hacia la trascendencia», porque nuestras aspiraciones solo son verdaderamente personales «cuando aspiran a ser siempre y a ser todo». ¿Y qué son estas expresiones sino «modos humanos de nombrar lo trascendente»? En el momento en que aspira a ser siempre, la esperanza humana rebasa el límite de la existencia, «trasciende a la muerte». El autor da paso así a la esperanza cristiana. Esta virtud teologal sería la culminación de la esperanza natural que interpela y acucia a todos los hombres. Gracias a esta brújula trascendente y tras-natural, el hombre «arroja en Dios su cuidado de existir» o, como dice san Agustín, «la carne descansa en la esperanza».
Solo desde esta perspectiva es posible mantener la esperanza en un mundo marcado por las crisis, las guerras y la pérdida de fe en el ser humano. Para el hombre contemporáneo, afirma Laín, existir consiste «en aceptar con resignación trágica el deber de crear, día a día, su realidad propia, bajo un cielo sin Dios y dentro de un mundo sin sentido». Cree Laín, sin embargo, que es posible escapar de esa trampa. Instalado en su libertad, «el hombre creador y esperanzado confía en la creatividad del Tú absoluto que yace en el fondo mismo de lo real y entrevé como posibilidad el remedio de su deficiencia». Porque, como anticipó san Agustín, «la zona de la esperanza es también la zona de la plegaria».
Pedro Laín Entralgo es uno de los pensadores del siglo XX que se han dedicado a reflexionar sobre la esperanza, junto con el francés Gabriel Marcel y los alemanes Ernst Bloch y Josef Pieper. El español la estudió, de forma sistemática, en cuatro ensayos elaborados a lo largo de casi cuatro décadas. El primero fue La espera y la esperanza (Historia y teoría del esperar humano) (1957), al que seguiría en 1978 Antropología de la esperanza, que recoge, sintetizada por su discípulo Diego Gracia, la tesis del anterior más un epílogo comentando las aportaciones de Bloch y del teólogo protestante Jurgen Moltmann. En los años 90, Laín completaría este ciclo con otros dos ensayos, Creer, esperar, amar y Esperanza en tiempo de crisis.
Esa indagación filosófica fue, en cierto modo, una respuesta al análisis realizado por Heidegger en Ser y tiempo, señala Antonio Piñas en el prólogo a la Antropologia de la esperanza, que acaba de reeditar Encuentro. Si el pensador alemán enfatizaba la angustia, el español considera más acertado enfatizar la esperanza.
Laín Entralgo parte de una observación: es imposible vivir sin esperanza. «Lo primero que debe afirmarse acerca de la esperanza es la hondura y la universalidad de su implantación en el corazón del hombre», constata. Y la forma primaria de la esperanza es la espera, en la medida en que la existencia humana es temporal, y el futuro, imprevisible. «Toda sala de espera es siempre de algún modo sala de esperanza», afirma el filósofo, en alusión a las estaciones de tren. El hombre no puede no esperar. Hasta el que acaricia la idea del suicidio: «Espera un modo de ser más satisfactorio que la vida que le desespera», o dicho por Baudelaire: «Yo me mato porque me creo inmortal y espero».
A su vez, «la forma primaria de la espera es el proyecto; y el hábito de la espera se actualiza, de modo concreto, en el acto de aguardar». El modo más operativo de la espera es la creación; el más receptivo es la expectación (que viene de ex-pectare, mirar atentamente hacia algo); y el más auténtico y radical es la entrega. En esta el hombre no aspira al simple logro de un objeto deseado, «sino al cumplimiento de una vocación personal».
El otro elemento fundamental de la esperanza es la confianza, porque es «la que eleva la espera a esperanza». Por eso, cuando falla la confianza y predomina la «defianza» o la sospecha, surge el sentimiento de la angustia. Esta última, muy presente en el hombre occidental del siglo XX, responde, en última instancia, al miedo ante la nada (el no ser). Mi angustia ante la muerte consiste en un «no saber lo que va a ser de mí», señala el autor. Sin embargo, «ni la angustia aguda de la desesperación ni la angustia mitigada y crónica de la desesperanza anulan totalmente la esperanza en el alma, tan solo la reducen«.
Una confianza meramente expectante y pasiva no es sino «una forma de presunción […], quien confía en la ruleta no es un esperanzado, sino un iluso». Por el contrario, la confianza del esperanzado exige de este «actividad y osadía, le mueve a la magnanimidad y a la concepción de proyectos altos y arriesgados».
De todo esto se sigue que «la esperanza es la estofa de la que está hecha nuestra alma», como decía Gabriel Marcel. Laín añade dos ingredientes más: la condición creyente (o pística) y la amorosa (o fílica). Las tres corresponden a las virtudes teologales: fe, esperanza y caridad. Gracias a la creencia, la esperanza y el amor —continúa Laín—, puede superar el hombre sus cuatro primordiales indigencias: necesidad de mundo cósmico, necesidad de saber, necesidad de los otros y necesidad de un fundamento último.
El sujeto de la esperanza es el hombre, «ser inteligente y finito que no se conforma con su propia finitud». De suerte que vivir humanamente es vivir en precario, en instancia de la plenitud que se espera. El proyecto, la pregunta y la creación son las formas naturales de la precariedad humana; la plegaria —o precaria, cuya raíz es la voz latina prex (ruego)— es su forma religiosa. Pero en el acto de esperar, advierte Laín, no está el hombre solo: la espera es siempre co-espera; y el que espera es un yo en nosotros. Un nosotros que, por lazos tenues, se extiende a toda la humanidad, desde Adán hasta el fin de los tiempos, como apunta Gabriel Marcel. «Mi esperanza —argumenta Laín— me hace amar a los hombres porque esperamos juntos, y mi amor a los hombres me mueve a esperar con ellos y para ellos». En este sentido, la historia es el inmenso despliegue temporal de la esperanza humana, como enseñó san Agustín.
La esperanza se puede debilitar, se puede perder y también se puede recuperar. Es lo que el médico humanista llama «la dinámica de la esperanza». ¿Por qué existe gente desesperanzada? Influyen factores varios: una vida familiar tormentosa, una educación inadecuada o cínica; una biografía marcada por el desengaño, «dispondrán el alma a la espera desesperanzada». Y como la vida no es fácil para nadie, siempre será necesaria una voluntad tenaz para hacer al hombre esperanzado, independientemente de las circunstancias. Es lo que Laín llama «la ascética de la esperanza». Es verdad que los factores externos influyen, pero solo la acción de una voluntad libre hace posible una existencia confiada, esperanzada y amorosa en lugar de una marcada por la duda, la desesperanza y el odio.
Para preservar la esperanza son necesarios cuatro recursos, explica el autor: «Considerar la vida como prueba, practicar el sacrificio, ejercitar la creación y meditar sobre la muerte». El dolor, la limitación, el fracaso ponen a prueba la vida y es preciso hacerlos nuestros. Ante ellos solo caben dos actitudes: «la resignación», que consiste en «apropiarse el fracaso», es decir «su incorporación positiva a la vida personal como ocasión para reordenarla»; y la paciencia, que «consiste en dar tiempo a lo real, esperar el futuro con la confianza puesta en la realidad, que siempre merece crédito».
El sacrificio, segundo recurso, supone «ofrecimiento y renacimiento». Los romanos llamaban mortificatum granum a la semilla que deja de ser semilla, por haber germinado ya. Análogamente, «la mortificación sacrificada mata parcialmente el hombre, haciéndolo nacer […]». Lo expresaron los versos de Unamuno:
—la vida, esa esperanza que se inmola
y vive así inmolándose en espera—
y los del poeta inglés Shelley:
… amar y soportar, esperar hasta que la esperanza cree de su propio naufragio la cosa que contempla.
Vivir vocacional y creadoramente es el tercer camino para mantener la esperanza, sobre todo cuando «la creación cobra forma de magnanimidad o “razonable empresa de cosas altas”». Lo cual no es exclusivo de genios, advierte Laín, pues todo hombre puede ser creador y magnánimo hasta en las tareas más humildes.
Y, por último, meditar sobre la muerte. Puesto que se trata del término de nuestra vida proyectable, «el hecho de pensar en ella nos descubre la consistencia real de los proyectos que llenan esa vida». Se pregunta Laín qué es el acto personal de morir sino un «definitivo poner a prueba nuestro personal modo de sentir y entender “la prueba de la vida” y la hondura y el alcance de nuestra esperanza».
En esa dinámica, en esa sucesión de esperas, lo que el hombre persigue no es otra cosa que la felicidad, el objeto de la esperanza. «La consecución de lo que espero —nos dice Laín— me traerá la posesión de un modo de ser en el cual mi vida será más rica que antes; y en consecuencia, una nueva etapa en el camino del ser que mi persona ansía». El hombre espera la felicidad a través de los sucesivos algos que sus proyectos tienen. Ese apetito de felicidad «nos proyecta siempre hacia la trascendencia, hasta cuando más inmanente parece, porque nuestras aspiraciones solo son verdaderamente personales —esto es, creadoras— cuando secretamente aspiran a ser siempre y a ser todo», y ¿qué son estas expresiones sino «modos humanos de nombrar lo trascendente»?
En el momento en que aspira a ser siempre, la esperanza humana rebasa el límite de la existencia proyectiva, «trasciende a la muerte»; y en cuanto que existe apoyada sobre una donación gratuita, «la esperanza —que siempre es interrogación confiada o confianza interrogante— supone el coloquio metafísico y transversal con un Tú absoluto. Esperando así, el hombre da figura a la realidad de su religación: espera en lo que haya, en la Divinidad». La esperanza —deduce de todo esto el autor— «solo puede ser genuina cuando nos abre la existencia al ámbito de una realidad trasnatural […] siendo, de alguna manera, religiosa; lo cual incluye la perspectiva cuasi religiosa del marxismo auténtico o la formalmente religiosa del cristiano o del musulmán verdaderos».
Observa el pensador que esa sed de transcendencia estaba latente en los griegos y, de alguna manera, en el panteísmo, el deísmo e incluso en el ateísmo. Y considera formas de religiosidad la de los científicos contemporáneos que ponen su esperanza en «la Divina Naturaleza» y en la de los materialistas, dialécticos o no dialécticos, que la ponen en «la Divina Materia». Ahora bien, si el espíritu humano es consecuente, ¿podrá dejar la esperanza a ese nivel? «¿No sentirá ese hombre, en la intimidad del alma, que todo su ser debe elevarse a una manera de esperar esencialmente superior a la naturaleza humana?», se pregunta Laín.
El autor da paso así a la esperanza cristiana, la beata spes, de la que habla san Pablo. La virtud teologal sería la culminación de la esperanza natural que interpela y acucia a todos los hombres. Si bien la esperanza cristiana no es una simple coronación de los deseos humanos, matiza Laín; sino que es «el fruto de una regeneración de nuestra naturaleza, adquirida por la Resurrección de Cristo, infundida por el bautismo, sostenida por la fe y conservada por la vida sacramental».
Se trata de un salto cualitativo en la escala de la esperanza, algo a lo que tiende el hombre: a la suma felicidad, al Sumo Bien, pero a lo que no puede llegar sin la ayuda de ese Sumo Bien. Limitado a los puros recursos de la naturaleza, el hombre no podría esperar la vida eterna. Como apunta Gabriel Marcel, para que se pueda hablarse de esperanza, el hombre tiene que fiarse de algo externo a él, que le viene dado de forma gratuita, y ese algo no es otra cosa que la «gracia». «En la raíz de la esperanza, hay algo que nos es literalmente ofrecido», afirma en su obra Homo viator.
Y el motivo de la esperanza cristiana es la fidelidad de Dios a sus promesas, puesto que Dios es la misma verdad. «Solo cuando la esperanza de los bienes futuros y transitorios se ordena dentro de la expectación del bien supremo, trascendente y eterno […] se puede decir que el hombre ha arrojado en Dios su cuidado de existir», indica Laín. Como expresa san Agustín en La ciudad de Dios, es entonces cuando «la carne descansa en la esperanza».
Dicho esto, ¿es posible la esperanza en medio de un Occidente secularizado, que no solo ha perdido la fe en Dios sino también en el propio ser humano, tras el Holocausto y las dos guerras mundiales? ¿No suponen un test de estrés para la esperanza la crisis del hombre contemporáneo y el fin de las certezas filosóficas? Así lo plantea el propio Laín: «¿No es a veces heroico esperar in spe contra spem, como san Pablo aconsejaba?».
Ante esa tesitura solo caben tres salidas, considera Laín Entralgo: suicidarse, convertirse a una nueva esperanza o hacer de la desesperanza un hábito. Y eso es, exactamente, lo que ha pasado en el siglo XX: han aumentado los suicidios; y también las conversiones religiosas (al cristianismo) o pseudo religiosas (al marxismo); y destacados intelectuales han hecho del «heroísmo desesperanzado la forma suprema de la vida humana». Singularmente Camus o Sartre. Este último subraya que «el hombre es un deseo de ser Dios; pero Dios es impensable e imposible, no existe y no puede existir; luego el hombre es una pasión inútil». Para el hombre contemporáneo existir consiste «en aceptar con resignación trágica el deber de crear, día a día, su realidad propia, bajo un cielo sin Dios y dentro de un mundo sin sentido —afirma Laín—. Al Yo soy Dios de sus abuelos ha opuesto el Yo soy mi libertad, de los que en ser libres cifran todo su haber».
Pese a todo, sostiene el autor que el alma humana puede salir de esa trampa a lomos de la esperanza. El mero hecho de interrogarse propia de los filósofos —incluidos los actuales— es un motivo para confiar, pues «si no hubiera esperanza de obtener una respuesta, la pregunta sería absurda». Instalado en su libertad, añade Laín, «el hombre creador y esperanzado confía en la creatividad del Tú absoluto que, activamente, yace en el fondo mismo de lo real y entrevé como posibilidad el remedio de su deficiencia. Como dice Marcel y había anticipado san Agustín, “la zona de la esperanza es también la zona de la plegaria”».
Postdata.- Completa este trabajo un epílogo en el que Laín Entralgo glosa las aportaciones de Ernst Bloch, desde una óptica marxista, y del teólogo Jurgen Moltmann desde la perspectiva protestante. Valora el español el notable ensayo El principio de la esperanza, del primero, y afirma que esta opción y la suya deberían cooperar intelectual y socialmente entre sí, pese a sus radicales diferencias, para promover la justicia en el mundo. Y destaca cómo La teología de la esperanza de Moltmann retoma el El principio de la esperanza de Bloch y busca un fundamento trascendente, apoyándose en la resurrección de Cristo y la promesa del reino futuro de Dios, como argumentos últimos de la esperanza. Imagen de cabecera: El Tiempo vencido por el Amor, la Esperanza y la Belleza (1627), óleo sobre lienzo de Simon Vouet. Museo del Prado. Alfonso Basallo es Doctor en Comunicación. Periodista y escritor.
















-kEmG--268x188@La%20Rioja.webp)
































-kEmG--268x188@La%20Rioja.webp)





