sábado, 23 de noviembre de 2024

De las viñetas de humor de hoy sábado, 23 de noviembre de 2024

 
































viernes, 22 de noviembre de 2024

De las entradas del blog de hoy viernes, 22 de noviembre de 2024

 







Hola, buenos días de nuevo a todos y feliz viernes, 22 de noviembre de 2024. La riada de Valencia está abriendo un nuevo debate sobre la vigencia y utilidad del Estado autonómico, ha dejado en mal lugar al Estado español y ha dado a conocer la ineptitud del actual gobierno regional valenciano, se dice en la primera de las entradas del blog de hoy. En la segunda, un archivo del blog de tal día como hoy de 2011, el autor del blog relataba de forma muy personal como vivió aquel 22 de noviembre de 1963 que hizo historia. La tercera va con el poema del día, que hoy comienza con estos versos: Escribir un poema se parece a un orgasmo:/mancha la tinta tanto como el semen,/empreña también más en ocasiones. Y la cuarta, como siempre, son las viñetas de humor del día. Espero que todas ellas les resulten de  interés. Y ahora, como decía Sócrates, nos vamos. Nos vemos de nuevo mañana si la diosa Fortuna lo permite. Sean felices, por favor, aun contra todo pronóstico. Tamaragua, amigos míos. HArendt









De la imparable tendencia centralizadora

 






La riada de Valencia está abriendo un nuevo debate sobre la vigencia y utilidad del Estado autonómico, afirma en La Vanguardia [La furia centralizadora, 12/11/24] su director adjunto Enric Juliana. Es casi inevitable a la vista de lo ocurrido. Una de las peores tragedias registradas en Europa en los últimos años ha dejado en mal lugar al Estado español y ha dado a conocer la ineptitud del actual gobierno regional valenciano. Los principales medios de comunicación internacionales se han hecho eco de ambas realidades. Durante unos días ha regresado la España trágica y pintoresca. Una tormenta descomunal en el Mediterráneo y un presidente regional perdiendo el tiempo en un ventorro.

La indignación es mayúscula. Lo ocurrido estos días puede reforzar la tendencia a la concentración en la toma de decisiones. La presión para que el Centro tome el mando en Valencia es fuerte y al Gobierno le está costando explicar por qué no lo hace.

La coalición gobernante en España mantiene intactas las competencias de la Generalitat valenciana, pero en la práctica está tutelando su actuación con un comité de emergencias paralelo y el constante envío de ministros. La declaración de emergencia de interés nacional, que no debemos confundir con el estado de alarma, está prevista por la ley del Sistema Nacional de Protección Civil del 2015. El estado de tutela no figura en el ordenamiento jurídico y es el que realmente se está aplicando. Si Pedro Sánchez hubiese tomado el control por decreto ahora le estarían acusando de ‘dictador’. Podemos estar seguros de ello. Mucha gente sospecha que la dirección nacional del Partido Popular, ante la manifiesta incompetencia de sus correligionarios valencianos, quiere traspasar la conducción del drama al presidente del Gobierno,  aun a costa de desautorizar al desacreditado Carlos Mazón. Sánchez a su vez se escabulle apelando al autonomismo.

El Boletín Oficial  del Estado (BOE) ha publicado hoy la declaración de zona gravemente afectada por una emergencia de Protección Civil en el territorio afectado por la DANA en la Comunitat Valenciana, Castilla-La Mancha, Andalucía, Baleares, Cataluña y Aragón. Esta declaración viene acompañada de un paquete de medidas valorado en 10.600 millones de euros destinado a paliar los efectos de la DANA. Según cifras oficiales, solo en la provincia de Valencia, la zona más castigada por la gota fría, hay por el momento 199 muertos y 93 desaparecidos.

La ciudadanía asiste perpleja a esos forcejeos. No se puede pedir a la gente afectada por una terrible riada que tenga nociones de derecho administrativo y derecho constitucional para distinguir en medio de la desgracia a quién le corresponde enviar a los bomberos, a las ambulancias, a la Unidad Militar de Emergencias, a los camiones de desatasco, o discernir a quién le corresponde dar consejos sobre el consumo de agua potable. Los ciudadanos tenemos incumbencias, no competencias. Las competencias son del Estado, sea este autonómico, federal o rigurosamente centralizado.

En primer lugar hay que preguntarse sobre la profesionalidad del personal político. ¿Cómo se recluta el personal político? No es de recibo que la consejera de Interior de la Generalitat valenciana desconociese la tarde de autos, según ella misma reconoció, la existencia de un dispositivo de envío masivo de alertas a los teléfonos móviles, ya probado en otras autonomías. ¿Es normal que la Generalitat valenciana haya tenido tres responsables de Protección Civil en dieciocho meses? En el anterior mandato, ese servicio se hallaba adscrito a la Presidencia. (Ximo Puig). En la nueva legislatura pasó a la consejería de Interior tras el pacto entre el Partido Popular y Vox, grupo al que fue asignada esa cartera. Regresó a la esfera del PP cuando el pasado mes de julio, Vox rompió el pacto con los populares. El actual secretario autonómico de Protección y Emergencias, Emilio Argüeso, es un antiguo miembro del aparato de organización de Ciudadanos repescado por el PP. Hace unos días el periodista Jaume V. Aroca señalaba en La Vanguardia que España es uno de los países europeos que cambia más escalafones de su Administración cada vez que cambia un gobierno, citando un estudio de los politólogos Víctor Lapuente y Carl Dahlström (Organizando el leviatán. Deusto, 2018).

“Para que nos entendamos -escribía Vallés Aroca-, los responsables de Protección Civil valencianos llevan en el cargo desde el pasado mes de julio, cuando la ruptura del Gobierno de coalición con Vox llevó al presidente Carlos Mazón a nombrar a nuevos responsables de las emergencias en Valencia. Como mínimo se nombraron a cuatro políticos en puestos clave de los departamentos que han responder en la gestión de emergencias. Por muy competentes que sean, con apenas tres meses de experiencia es imposible que puedan gestionar esta descomunal crisis humanitaria”.

Una enorme bolsa de cargos públicos a disposición de los partidos está envenenando la política. Un abusivo reparto de cargos de libre designación fomenta el clientelismo y acentúa la aspereza de la vida partidista, aspereza que a su vez ahuyenta de la política a personas con buena formación, puesto que no todo el mundo está dispuesto a inmolarse o a quemar una carrera profesional en las luchas de partido. Esa cucaña aumenta la ferocidad de la pugna entre partidos, de la cual España hoy es un ejemplo cruel.

No nos engañemos. La política es conflicto y confrontación de ideas e intereses. No podemos soñar con una nueva Jerusalén en el siglo XXI, ni con una política seráfica e inmaculada mientras tantas cosas crujen. Pero España se ha situado en el otro extremo y figura en estos momentos como el cuarto país más polarizado del mundo después de Estados Unidos, Argentina y Colombia, por delante de Sudáfrica, Suecia, Japón, Italia, Brasil y Reino Unido, según un estudio de la consultora Edelman presentado en el Foro Económico Mundial de Davos en 2023.









[ARCHIVO DEL BLOG] JFK: Tal día como hoy de hace nosecuantos años... Publicado el 22/11/2011












¿Por qué hay acontecimientos y recuerdos que quedan fijados en la memoria como grabados a fuego y otros, en cambio, acaban difuminándose hasta perderse sin dejar rastro? ¿Cuáles son esos recuerdos preferentes?: ¿La primera experiencia sexual? ¿El descubrimiento de la muerte? ¿El nacimiento del primer hijo?… Para mí, uno de esos acontecimientos que perduran para siempre en la memoria ocurrió tal día como hoy hace cuarenta y muchos años. Fue el 22 de noviembre de 1963, Un viernes. En Madrid eran, más o menos, las siete de la tarde. Yo tengo en ese tiempo 17 años, y estoy llegando a la casa de mis padres, en la calle Chile, en el barrio de Prosperidad, distrito de Chamartín.
Vuelvo andando hasta allí, para ahorrarme el billete de autobús, desde el Hospital Militar de Maudes, en Cuatro Caminos, a unos seis kilómetros de casa, de visitar a mi madre, que está internada en él a la espera de ser operada unos días más tarde de la vesícula biliar. Javier, mi mejor amigo, hijo de guardia civil, como yo, me ha acompañado. Los dos estudiamos en el colegio “Infanta María Teresa”, en la Prolongación de la calle del General Mola (hoy Príncipe de Vergara) Instrucción Pre-Militar Superior. Nuestra ilusión es entrar como alumnos en la Academia General Militar de Zaragoza. Ninguno de los dos sabemos ni intuimos que, apenas un mes más tarde, y después de un conflicto bastante cómico con nuestro profesor de francés en el Colegio, aprovechando las vacaciones de Navidad, abandonaremos los estudios militares y el colegio para siempre. 
Es todavía de día en Madrid. La casa de mis padres está en un segundo piso. Nada más entrar en el portal me encuentro a mi hermano Alberto, diez años mayor que yo, que baja las escaleras saltando los escalones de dos en dos. Al verme, sin apenas detenerse, me espeta: -¡Han matado a Kennedy. Están poniéndolo por la tele!-. No le hago ni caso. Él sabe que admiro a Kennedy; es mi héroe favorito. Le suelto un -”¡!Vete a la mierda, gilipollas!”. En casa solo está mi cuñada Mary, la mujer de mi hermano. No hay nadie más. Mi padre, comandante retirado de la Guardia Civil, se ha quedado en el hospital acompañando a mi madre. La televisión está encendida y, efectivamente, están dando la noticia: El presidente Kennedy ha sido tiroteado en Dallas, Tejas, hace una hora. Me quedo abobado mirando la televisión. El mundo, al menos el mundo que yo conozco, se me ha caído encima de repente, pues nunca he vivido una situación como esta. Llamo por teléfono a mis padres al hospital y me pasan con mi madre: le cuento lo que ha pasado, lo que está diciendo la televisión. Se queda muda, y al instante, no sé si me dice o me pregunta si “eso va a ser otra guerra mundial”. 
Ellos han vivido en Sevilla la proclamación de la República. Estaban en Asturias en octubre de 1934, cuando la revolución obrera. Y en Barcelona, en julio de 1936. Los últimos meses de la guerra civil los ha pasado sola en Barcelona, con mi padre internado en un campo de concentración en Francia. La segunda guerra mundial la han pasado prácticamente en la isla de El Hierro, en Canarias, donde mi padre ha sido destinado, o desterrado -según se vea-, aunque según mi madre, los cinco años allí vividos fueron para ella los más felices de su vida. Es lógico que esté aterrada. Me dice que no le cuente nada a mi padre, que ella se lo dirá ahora. Y cuelga el teléfono entre sollozos. 
Mi hermano, mi cuñada y yo nos pasamos la noche pegados al televisor, como, suponemos, que gran parte de los españoles y del resto del mundo. Al día siguiente, sábado, mi amigo Javier y yo nos encontramos a la puerta del colegio. La calle General Mola está en absoluto silencio a las nueve de la mañana. La gente hace largas colas en los quioscos de prensa, esperando pacientemente para comprar un periódico. No llegamos a entrar en clase. Javier y yo hemos decidido que ese día tenemos cosas más importantes que hacer. Comentamos entre nosotros lo que ha pasado, las noticias que se van filtrando en las colas. Hay miedo en la gente de que hayan sido los rusos, o los cubanos, pues la crisis de los misiles hace pocos meses que ha tenido lugar. Compramos un periódico. Y decidimos ir andando hasta la Embajada de los Estados Unidos, en la calle Serrano, no muy lejos de nuestro colegio. 
Somos “viejos” conocidos de la Embajada pues ambos solemos ir a menudo a leer libros en la Biblioteca de la Casa Americana, una institución cultural dedicada a propagar la imagen y la ideología norteamericana en Europa, de la que somos socios. Nos sabemos los nombres de todos los estados de la Unión y sus capitales respectivas, y jugamos a menudo a irlos nombrando uno a uno, de memoria, siguiendo su ubicación en el mapa. 
La Embajada está fuertemente custodiada en el exterior por la policía española. Entramos en ella mostrando nuestra tarjetas de socios de la Casa Americana y llegamos hasta el acristalado vestíbulo de su entrada principal. La bandera ondea a media asta sobre el techo de la Embajada. Nada más entrar en el vestíbulo, a la izquierda del mismo, han montado junto a una bandera de los Estados Unidos una pequeña mesa cubierta con un paño de terciopelo negro donde hay una bandeja de plata en la que vemos muchas tarjetas de visita. También hay un libro, grande, forrado de cuero azul marino donde vemos que la gente, después de hacer una pequeña cola, deja su testimonio de pésame escrito en el mismo. 
Delante de nosotros hay dos muchachas más o menos de nuestra edad, quizá uno o dos años mayores que nosotros, norteamericanas sin duda, que lloran desconsoladamente. Una es rubia, y la otra pelirroja. La rubia va vestida con falda gris claro y un jersey rojo sin mangas, sobre una blusa blanca. La pelirroja lleva unos ajustados pantalones azules y un jersey blanco. Junto a la mesita, un infante de marina norteamericano, con su uniforme de gala, hace la guardia en posición de descanso; con su brazo derecho sujeta un fusil que se apoya en el suelo, el brazo izquierdo está doblado, a la altura de su cintura, en la espalda. El soldado, sin mover un músculo de su rostro, está llorando, mansamente... Mi amigo y yo nos quedamos impresionados por la escena, y al menos a mi se me forma un nudo en la garganta. Escribimos en el libro un escueto “Nuestro más sentido pésame”, y dejamos nuestras firmas. 
Salimos inmediatamente detrás de las dos muchachas al patio exterior de la Embajada donde está el aparcamiento y vemos que las dos se han parado ante un Wolkswagen amarillo. Lanzados, les preguntamos que si viven en Chamartín. Nos contestan, más serenas ya, que no, pero que si queremos nos alcanzan hasta allí. Les decimos que sí, y subimos los cuatro al coche. Ellas delante y nosotros detrás. Hablan bastante bien español. Nos cuentan que son estudiantes y que están pasando un año académico en España para aprender español. El trayecto es corto hasta Chamartín, por el Paseo de la Castellana hacia el norte hasta llegar a la calle de Alberto Alcocer y de allí, girando a la derecha, hasta la plaza de la República Dominicana, donde nos dejan. Intentamos quedar con ellas, pero nos dicen, amablemente, que no. Nuestro subliminal intento de ligue ha quedado abortado. Volvemos a nuestras casas respectivas después de pasar el resto de la mañana vagabundeando por las calles del barrio. Todo está paralizado, pero hay una gran serenidad en las gentes. 
Los días siguientes los paso pegado a la televisión y leyendo ávidamente los periódicos. Por televisión veo la emotiva escena a bordo del avión presidencial en que el vicepresidente Johnson, camino de Washington con el cadáver de Kennedy en la bodega del aparato, jura junto a la viuda de éste su cargo como nuevo presidente de los Estados Unidos. Más tarde, cuando ya todo el mundo sabe que han detenido al presunto asesino, Lee Harvey Oswald, estoy viendo en directo por televisión como van a trasladarlo desde el lugar donde está retenido hasta el juzgado. Un único pensamiento cruza mi mente en ese momento: ¡Ójala lo maten! Y ante mis ojos un señor con sombrero tejano, Jack Ruby, sale de entre el público con una pistola en la mano disparando a bocajarro sobre él… Esa premonición, cumplida inmediatamente de formulada, me ha acompañado siempre como una maldición y nunca podré olvidarme de ella. Al igual que me acompañará para siempre la imagen vista de nuevo por televisión días más tarde del solitario corcel negro, ensillado, que acompaña los restos mortales de Kennedy por las calles de Washington; y el saludo militar de John-John, su hijo pequeño, acompañado de su hermana y de su madre, al pasar ante ellos el cortejo fúnebre… Ahí están, vívidos como si fueran hoy, todos esos recuerdos. Y supongo que ahí seguirán, mientras yo pueda seguir diciendo que tal día como hoy de hace nosecuantos años… En YouTube puede verse un vídeo, primero de una serie de ellos, sobre el funeral y el entierro del presidente Kennedy, tomados directamente de la televisión. Sean felices, por favor, a pesar del gobierno. Tamaragua, amigos. HArendt














El poema de cada día. Hoy, A veces, de Ángel González (1925-2008)

 






A VECES 


Escribir un poema se parece a un orgasmo:

mancha la tinta tanto como el semen,

empreña también más en ocasiones.


Tardes hay, sin embargo,

en las que manoseo las palabras,

muerdo sus senos y sus piernas ágiles,

les levanto las faldas con mis dedos,

las miro desde abajo,

les hago lo de siempre

y, pese a todo, ved:

¡no pasa nada!


Lo expresaba muy bien Cesar Vallejo:

“Lo digo y no me corro”.


Pero él disimulaba


Ángel González (1925-2008)

poeta español















De las viñetas de humor de hoy viernes, 22 de noviembre de 2024

 






























jueves, 21 de noviembre de 2024

De las entradas del blog de hoy jueves, 21 de noviembre de 2024

 







Hola, buenos días de nuevo a todos y feliz jueves, 21 de noviembre de 2024. El lenguaje es el principal instrumento que tenemos los humanos para comunicarnos y, sin embargo, se encuentra también en el origen de muchos de nuestros malentendidos, se dice en la primera de las entradas del blog de hoy. En la segunda, un archivo del blog de noviembre de 2018, se comentaba que la mayor parte de las veces la patria tiene que ver con cosas inconfesables. La tercera de hoy es un poema de una famosa poetisa uruguaya que comienza con estos versos: ¡Cómo resbala el agua por mi espalda!/¡Cómo moja mi falda,/y pone en mis mejillas su frescura de nieve! Y la cuarta, como siempre, son las viñetas de humor del día. Espero que todas ellas les resulten de  interés. Y ahora, como decía Sócrates, nos vamos. Nos vemos de nuevo mañana si la diosa Fortuna lo permite. Sean felices, por favor, aun contra todo pronóstico. Tamaragua, amigos míos. HArendt


 














De la democracia y la soberanía nacional

 






El lenguaje es el principal instrumento que tenemos los humanos para comunicarnos y, sin embargo, se encuentra también en el origen de muchos de nuestros malentendidos, afirma en Nueva Revista [La democracia y los límites de la soberanía, 15/11/2024] el filósofo Diego S. Garrocho. Ya Platón supo distinguir el riesgo que supone que utilicemos una misma palabra para nombrar cosas distintas y, más de veinte siglos después, Wittgenstein concluyó que todos los problemas filosóficos no son, a fin de cuentas, más que problemas del lenguaje. La política no es una excepción a este respecto, y son muchas las ocasiones en las que creemos estar deliberando, o incluso disintiendo, cuando en el fondo simplemente estamos hablando de cosas que son, sencillamente, distintas.

Uno de los términos que suelen ocupar un lugar preferente en la disputa es la propia idea de democracia, un concepto que tendemos a imaginar como deseable y respecto al cual somos conscientes de que existe una inquietud creciente. Somos conscientes de que las democracias son falibles (no estamos lejos de que el libro de Ziblatt y Levitsky How Democracies Die se venda en gasolineras) del mismo modo que, cada vez que un político reivindica para sí los valores democráticos, sabemos que apuesta a caballo ganador. Es cierto que existen indicadores crecientes de desafección democrática y que las nuevas generaciones ya no cuentan con la traumática experiencia de la Great Generation para conocer la terrible condición de los regímenes alternativos. Sin embargo, más allá de su etimología y de algunas intuiciones más o menos generales, ni siquiera estamos seguros de contar con un consenso sólido acerca de a qué llamamos ordinariamente democracia y por qué deberíamos considerarla como algo deseable.

La democracia es una forma de gobierno, un protocolo práctico para agregar voluntades, un ideal regulativo, una manera de legitimación del poder… y admite definiciones demasiado plurales siempre y cuando se hagan más o menos compatibles con la vacua definición que intenta resumirla en algo parecido al poder del pueblo. A qué llamamos pueblo y qué características adquiera esa forma de poder acabará por ser determinante.

Lo que en demasiadas ocasiones obviamos es que una democracia puede convertirse, también, en un sistema terrible. Los tratadistas clásicos ya definieron la demagogia o la oclocracia como formas corrompidas del poder popular, y todos podríamos imaginar experiencias indeseables de gobierno en las que el poder de una mayoría se impone sobre cualquier minoría de forma amenazante. Al mismo tiempo, tampoco resulta difícil imaginar un régimen en el que las minorías paralizaran una normal legislación o la construcción de mínimos consensos. Es obvio que una cámara legislativa no debería poder legalizar la esclavitud, por más que cuente con una mayoría, así sea reforzada. Del mismo modo, todos podemos entender que es natural que parte de las expectativas máximas de una parte de la población se vean frustradas tras una noche electoral.

La opinión pública está alertada de las pulsiones iliberales que tienen lugar en nuestras democracias y han proliferado indicadores fiables que nos permiten evaluar la salud democrática de nuestras instituciones. Por más que nos hayamos familiarizado con el término iliberal como una forma de amenaza, que sin embargo es tolerada y promocionada por agentes políticos y por no pocos ciudadanos, hemos olvidado qué precisión semántica adquiere la palabra democracia cuando le añadimos el adjetivo liberal, otro término que, desafortunadamente, tiene un significado tan amplio que comienza a generar confusión cada vez que se menciona. Sin embargo, esta condición liberal de la democracia es un ingrediente indispensable para que podamos apreciarla como régimen político y para que lleguemos a considerarla, incluso, como la forma más digna y deseable de cuantas formas de gobierno existen.

El catálogo de rasgos que definen a las democracias liberales es amplio, pero es muy probable que su caracterización más precisa consista en la propia limitación del poder. Siguiendo la clásica disquisición de Sartori, los regímenes pueden ordenarse en torno a la titularidad del poder y a su ejercicio. Una cosa es resolver quién manda y otra, cómo y de qué manera se manda. A partir de esta caracterización, cualquier contexto en el que los muchos ostenten esa soberanía podría considerarse una democracia. Sin embargo, es la condición limitada de ese poder ejercido por los muchos, o incluso por el conjunto total de la ciudadanía, lo que incorpora una nota saludable no solo contra el poder despótico, sino contra el ejercicio absoluto del poder. Creo que nadie lo expresó de una forma más bella o más clara que Benjamin Constant cuando, en sus Principios de política, señaló que «no importa que [la soberanía] se le confíe a uno, a varios o a todos […]. Es al grado de poder, no a sus depositarios, al que hay que acusar. Es el arma a la que hay que atacar, no al brazo que la sostiene. Hay cargas demasiado pesadas para el brazo de los hombres». Es decir, que no importa solo quién ostenta la soberanía, sino que habríamos de garantizarnos que ese poder nunca sea absoluto.

Es verdad que esta intuición es antigua y que la propia democracia ateniense, injustamente idealizada, por ejemplo, se forjó a partir de una sucesiva partición de las magistraturas. Y de forma más evidente, la modernidad consolidó la necesidad no solo de dividir, sino incluso enfrentar —recuerden el Federalist 51— a los distintos poderes. A Montesquieu se le invoca de una forma casi escolar para recordar su separación de poderes, pero con frecuencia se olvida la premisa que exige la construcción de un sistema en el que un poder se oponga frente a otro poder. El autor de Del espíritu de las leyes llegó a señalar que es una experiencia eterna el hecho de que todo hombre que tiene poder siente la inclinación de abusar de él. Y lo que ocurre para un hombre singular habrá de aplicarse también a las grandes masas. El poder tiende a ser ilimitado, y es esa ausencia de límite, y no tanto la titularidad de quien lo ejerza, la que debe acotarse en un contexto en el que la democracia aspire a describirse como liberal. Tal vez sería más atinado hablar no solo de división, sino de limitación de poderes.

La Constitución, «norma normarum». La democracia liberal no es solo una forma de gobierno de poder limitado, sino que la naturaleza y el instrumento de esos límites determinan también su propia definición. Este es el motivo por el que, en muchas ocasiones, Estado de derecho, democracia liberal y democracia constitucional acaban por hacerse sinónimos. En primer lugar, todos entendemos que una democracia próspera es aquella donde determinados derechos civiles no pueden verse menoscabados, aunque existiera una boyante mayoría que respaldara esa agresión. El poder se define también por su extensión y hay esferas de nuestra vida que deberían quedar, en toda circunstancia, protegidas de cualquier tipo de injerencia arbitraria. Ese rango de derechos singularmente relevantes está protegido por una norma de rango superior, como es la Constitución, que no solo es norma fundamental en virtud de su jerarquía y origen, sino que es, además, una norma normarum que rige los ulteriores actos legislativos, no solo limitándolos, sino dotándolos, en tanto que poder constituyente, de su propia legitimidad.

Que las leyes deban hacerse conforme a criterios que pautan las propias leyes es un hecho que parece obvio y, desafortunadamente, esta garantía es amenazada en demasiadas ocasiones por el legislador o incluso por el poder ejecutivo. En la colisión entre la supremacía parlamentaria y el control constitucional, el propio imperio de la ley es una de las expresiones más visibles, y me atrevería a decir que saludables, de las democracias liberales. Siempre y cuando, por supuesto, sea la ley la que prevalezca en esta tensión.

Es en este punto donde las democracias occidentales están comenzando a exhibir una debilidad tan novedosa como inquietante, con la connivencia de una ciudadanía que siempre estará dispuesta a perdonar cualquier exceso, siempre y cuando quien los cometa sean los suyos. La Constitución Española es explícita a este respecto y tanto el artículo 9.3, donde se consigna el principio de legalidad, como en el 97, que establece que la función ejecutiva y la potestad reglamentaria deben operar de acuerdo con la Constitución y las leyes, dejan poco espacio a la interpretación: todos los poderes del Estado, todos los ciudadanos y todas las instituciones deben estar sometidos al imperio de la ley.

Si bien es cierto que autores como Locke y Montesquieu concedieron un papel preponderante, o incluso supremo, al poder legislativo, no existe ninguna conceptualización de dicho poder legislativo como ilimitado que sea, a su vez, compatible con la democracia. Este es el motivo por el que resulta tan inquietante la manera en la que, de un tiempo a esta parte, ha empezado a cundir entre representantes públicos y políticos profesionales la idea de que el Congreso es el titular de una soberanía popular que, además, debería sobreponerse a los límites que impone la propia Constitución y, por ende, cualquier otra norma de rango menor.

Nuestra historia reciente está plagada de ejemplos que demuestran esta querencia preocupante. Probablemente, el más claro tuvo lugar en el año 2022, cuando el Tribunal Constitucional (TC) suspendió la tramitación parlamentaria de la reforma legal que buscaba eliminar el delito de sedición y que incorporaba, en forma de enmienda —para los críticos, enmienda intrusa—, la renovación del propio Alto Tribunal. Lo relevante en este precedente no es tanto el contenido de la resolución del TC, que, en efecto, estuvo dividida y puede ser objeto de leal deliberación, sino la manera en que algunas personas decidieron cuestionar la propia capacidad del tribunal de garantías para paralizar un trámite parlamentario. Independientemente de la opinión sobre ese bloqueo legislativo en concreto, aquel precedente precipitó una serie de declaraciones por parte de no pocos diputados, que resultaron abiertamente contrarias a la breve descripción que, en este texto, hemos intentado esbozar de la democracia liberal.

Fue paradigmática la reacción de Íñigo Errejón, quien sostuvo la existencia de un atropello democrático promovido por «unos magistrados que, saltándose la ley, amordazan a las Cortes elegidas por voto popular». Según señaló el diputado de Más Madrid en la sala de prensa del Congreso, la acción del TC lesionaría los dos componentes de la democracia, ya que se atentaría contra la soberanía popular (sic) y se estaría amordazando al Congreso. Errejón afirmó también que se estaría menoscabando, además, un segundo principio democrático, como es el respeto a las leyes, ya que, según su juicio subjetivo, «algunos jueces, al servicio del Partido Popular, se la estarían saltando». En términos puramente formales, y sin entrar en valoraciones ideológicas, pues el contenido material de la resolución es irrelevante para lo que nos ocupa, resulta sorprendente que Íñigo Errejón fuera capaz de pronunciarse con tan poca precisión en asuntos que deberían ser de su plena competencia, tanto por el hecho de ser diputado como por su condición de doctor en Ciencia Política. En primer lugar, es por todos sabido que el sintagma «soberanía popular» no consta en nuestro ordenamiento jurídico y que la Constitución Española apela a una «soberanía nacional» que reside en el pueblo español y de la que emanan no uno, sino los tres poderes del Estado. Asimismo, cabría añadir que el TC, al no ser un tribunal jurisdiccional, ni siquiera es Poder Judicial y no está compuesto por jueces de carrera. Recordemos que el entonces presidente del órgano era un catedrático de universidad.

El poder debe estar sometido a la legalidad vigente. En términos muy parecidos llegó a expresarse también Carmen Calvo, quien entonces era diputada y que hoy ostenta la presidencia del Consejo de Estado, cargo para el que se exige ser jurista de reconocido prestigio. La doctora Calvo, que es profesora titular de Derecho Constitucional en la Universidad de Córdoba, publicó su opinión en la red social X el 17 de diciembre de 2022. En su tuit afirmó, y citamos con rigurosa literalidad: «A copiar 500 veces y a mano, que se aprende mejor: todos los Poderes e Instituciones del Estado están por debajo de la soberanía del pueblo español, y este se expresa de manera directa en el Congreso y en el Senado».

No creo que existan muchas dudas de que un aserto semejante motivaría un suspenso inmediato en un examen de grado de la materia de la que la diputada socialista es titular. A la ironía mejorable, aunque excusable dado el medio en el que se expresó, se suma una confusión categorial importante que, sin embargo, resulta paradigmática de los modos en que nuestros representantes públicos son capaces de obviar los fundamentos que sostienen nuestro propio sistema democrático y constitucional.

Este texto no aspira a más que a recordar que la democracia en sí misma no es un sistema infalible y a subrayar cómo cualquier poder, sea o no popular, debe estar sometido a los límites que impone la legalidad vigente. De poco importa que nos esforcemos en arbitrar sistemas complejos para decidir cómo se legisla si, después, la propia legislación se vuelve inoperante ante la voluntad política, generalmente interesada de algunas personas. Esa variante personal, puramente subjetiva y arraigada en el factor humano que define a nuestros representantes y a nosotros como representados, creo que ha quedado desactivada y se encuentra en el origen de la crisis de las democracias liberales. Es imposible constituir de forma próspera una arquitectura institucional si se gobierna, siguiendo el símil de Kant, para un pueblo de diablos. Pero aún más imposible será que esa arquitectura resista si los diablos no son solo los gobernados, sino también los gobernantes. Invocar una moralidad mínima es siempre complejo, pero creo que la democracia no sobrevivirá si no recupera un pulso republicano afanado en una promoción activa de determinadas virtudes civiles. A fin de cuentas, creo que Aristóteles estaba en lo cierto cuando afirmó que «para que la ciudad verdaderamente sea considerada tal, y no solo de nombre, debe ser objeto de preocupación la virtud». Empezando, por supuesto, por nosotros mismos.