El blog de HArendt (2006-2026). Pensar para comprender, comprender para actuar
martes, 24 de septiembre de 2024
lunes, 23 de septiembre de 2024
De las entradas del blog de hoy lunes, 23 de septiembre de 2024
Hola, buenos días de nuevo a todos y feliz lunes, 23 de septiembre de 2024. Este muchacho que no ha cumplido ni 19 años, se cuenta en la primera entrada del blog de hoy, va de un lado a otro por Madrid cargado con secretos que nadie podría sospechar mirando una cara juvenil en la que todavía no hay huella alguna de sufrimiento ni experiencia; lleva panfletos subversivos, libros de divulgación marxista clandestinos, manuales para fabricar explosivos, para agitar la lucha urbana y lleva también una pistola. En la segunda de ellas, un archivo del blog de septiembre de 2011, se hablaba del valor y utilidad de las democracias y sobre si eran mejores las democracias representativas o las directas. La tercera la ocupa hoy el poema La dulce queja, de Federico García Lorca. Y la cuarta, como siempre, son las viñetas de humor del día. Espero que sean de su interés. Y ahora, como decía Sócrates, nos vamos, y nos vemos de nuevo mañana si la diosa Fortuna lo permite. Y sean felices, por favor, aun contra todo pronóstico. Tamaragua, amigos míos. HArendt
De intelectuales y criminales
Este muchacho que no ha cumplido ni 19 años va de un lado a otro por Madrid cargado con secretos que nadie podría sospechar mirando una cara juvenil en la que todavía no hay huella alguna de sufrimiento ni experiencia, cuenta en El País [Los maestros macabros, 21/09/2024], el escritor Antonio Muño Molina. Lleva panfletos subversivos impresos a multicopista. Lleva libros de divulgación marxista que en esa época estaban en los escaparates de todas las librerías. Lleva otros más peligrosos, clandestinos, manuales para fabricar explosivos, para agitar la lucha urbana. Lleva también una pistola. Cruza Madrid con el corazón agitado, menos de miedo que de pura expectativa, porque le han anunciado que va a encontrarse con jóvenes héroes de la clandestinidad que vienen del Norte, o de Francia, y a los que tendrá que guiar por Madrid. A uno de ellos incluso tendrá que alojarlo en su casa. El recién llegado, que tiene un aspecto tosco y receloso, cena en silencio en el comedor familiar. Los padres no se fían del extraño invitado. Pero desde hace tiempo se resignan a la deriva ideológica de su hijo, las cosas que hace y no les dice. Son antifranquistas, en la órbita ilustrada del PCE en aquellos años, pero el hijo radicalizado los acusa de moderación y reformismo, pues él se inclina hacia esa extrema izquierda cuya hostilidad obsesiva se vierte no contra la dictadura, sino contra los comunistas que ahora hablan del Pacto por la Libertad y no de la dictadura del proletariado y parecen limitar su estrategia a un proyecto de democracia burguesa pactado con las derechas.
El héroe y sus camaradas llegados del Norte, con la aureola de la lucha armada, van por los bares de Madrid con metralletas en las mochilas y exhibiendo fajos de los billetes verdes de entonces. Para sorpresa del joven que los acompaña, que tiene serias aficiones literarias y dedica mucho esfuerzo al estudio del marxismo, los héroes etarras resultan ser unos bravucones que se emborrachan y dicen piropos groseros a las mujeres. Para distraerse mientras esperan algo, una misión importante tal vez, como el asesinato de Carrero Blanco hace unos meses, los héroes, aparte de emborracharse, le piden al joven guía que los lleve al cine. Pero lo que les gustan no son las películas que entonces empezaban a estrenarse, las de Saura o Erice o Bergman. Ellos quieren ver una de John Wayne, en la que el actor interpreta a un policía bronco y matón que dispara una metralleta idéntica a las que ellos guardan en sus mochilas. En la sala a oscuras, gritan y aplauden cada vez que John Wayne dispara a quien se le pone por delante.
Quien actúa de enlace con los evidentes pistoleros, y quien sin la menor duda participa de sus planes, es esta mujer a la que en los documentos de la organización incautados después por la Policía sus cómplices vascos llaman La Rubia y también La Tetona. Es menuda y sonriente, y el muchacho le tiene casi tanta admiración como a su marido, el dramaturgo eminente, el patriarca barbado de cara bonachona que además es un teórico de la Revolución, con mayúsculas, tan radical en su defensa de la necesidad de la violencia que los revisionistas del PCE lo han expulsado. El dramaturgo eminente y la esposa menuda y activista son amigos antiguos de los padres del joven, y además padres de su mejor amigo en el instituto. Los padres de él comprenden que su hijo está siendo abducido por esta pareja: un adolescente entusiasta y politizado de aquellos años, encrespado contra la mezcla de brutalidad y aburrimiento de la dictadura, se siente más atraído por la épica de las armas que por la prudencia táctica de quienes en esa época tantean salidas verosímiles y no violentas del franquismo.
Nada es más temible que el influjo de los adultos hacia los que un joven proyecta su necesidad de aprender y admirar, padres vicarios que se le presentan como la antítesis del conformismo de los padres verdaderos, y que pueden apoderarse vampíricamente de su voluntad, y arrojarlo a peligros y a veces a crímenes de los que ellos mismos se abstienen con sórdida cautela. Un día, este joven, alentado por ellos, está muy cerca de cometer un asesinato; y poco a poco se da cuenta de que lo están enredando en una trama terrorista cuya finalidad no es acabar con el régimen, sino ahogar en sangre cualquier esperanza de cambio democrático; y también matar, por el gusto de hacerlo, como esos brutos que no tienen la menor noción de libertad ni de justicia y aplauden las ráfagas de metralla de John Wayne y de Clint Eastwood.
Y otro día descubre con horror y vergüenza que sus dos mentores, la mujer y el marido, han sido cómplices en la matanza indiscriminada de la cafetería Rolando, en la calle del Correo de Madrid. “¿Has visto, Eduardo?”, le grita ella al día siguiente al encontrarlo por la calle, “¡en el corazón del régimen! ¡Les hemos dado duro!”. El marido, oracular, dictamina: “Ha sido la acción revolucionaria más importante desde la Guerra Civil”. Fue ella quien tuvo la idea de atentar contra la cafetería, imaginando que la frecuentaban sobre todo policías, tan cerca de la Dirección General de Seguridad. De las 13 personas que murieron en la explosión, solo dos tenían algo que ver con la Policía: un inspector jubilado que tomaba una caña en la barra y una auxiliar administrativa. De todos los muertos y los heridos, de los supervivientes que llevan toda la vida arrastrando aquel dolor, casi nadie se ha acordado en medio siglo. El joven, Eduardo Sánchez Gatell, fue delatado sin ningún escrúpulo por la amiga y mentora, Eva Forest, y vivió momentos de terror y tortura en las celdas de castigo de la prisión de Carabanchel. El dramaturgo eminente, Alfonso Sastre, lo trató con desprecio cuando se dio cuenta de que al discípulo se le habían abierto los ojos y ya no estaba dispuesto a seguir a ciegas su macabro izquierdismo, ni a mancharse con la vileza de las matanzas justificadas por elucubraciones doctrinarias que no han escondido nunca otra cosa que ambición de poder, odio de la democracia e indiferencia al dolor de los que no son como ellos.
A Sánchez Gatell lo imagino en sus ensoñaciones políticas y literarias por aquel Madrid de 1974 que yo conocí. Lo imagino mejor porque a los 18 años fui parecido a él; él con mucho más arrojo, yo solo y perdido: en su memoria de aquel tiempo, El huevo de la serpiente. El nido de ETA en Madrid, Sánchez Gatell describe con exactitud los sótanos de la DGS que yo sigo recordando, y la sensación de bajar esposado a otro mundo gobernado por el miedo: “Me invadía el miedo, ese miedo que te empapa hasta los huesos”. Después de la cárcel militó en partidos de la izquierda democrática, ejerció como psicólogo, ha sido diputado socialista en la Asamblea de Madrid: un ciudadano libre en un país libre a pesar de los criminales de la extrema derecha y de la extrema izquierda, y de los turbios intelectuales que han seguido celebrando el asesinato y la tiranía cuando se ejercen en nombre del Pueblo, de las Masas, de la Humanidad. A los seres humanos concretos a veces es inevitable eliminarlos. Alfonso Sastre, luchador siempre contra la opresión española de su Euskal Herria adoptiva, no tuvo dificultad en aceptar estrenos en los teatros públicos y premios nacionales, ni en cobrar su importe. Eva Forest, protectora y asesora de terroristas hasta el final de su vida, disfrutó las muchas comodidades de un escaño en el Senado, y fue recordada como una gran defensora de los derechos humanos en un homenaje póstumo que le rindió el Ateneo de Madrid. Como bien sabe Eduardo Sánchez Gatell, los puros y radicales de la izquierda macabra tienen además un gran talento para colocarse. Él ha cumplido la tarea de contar las cosas tal como fueron, como nunca puede imaginar el que no las vivió. Antonio Muñoz Molina es escritor y académico de la RAE.
La democracia participativa en Hannah Arendt. [Archivo del blog, 26/09/2011]
El poema de cada día. Hoy, La dulce queja, de Federico García Lorca (1898-1936)
LA DULCE QUEJA
Tengo miedo a perder la maravilla
de tus ojos de estatua, y el acento
que de noche me pone en la mejilla
la solitaria rosa de tu aliento.
Tengo pena de ser en esta orilla
tronco sin ramas; y lo que más siento
es no tener la flor, pulpa o arcilla,
para el gusano de mi sufrimiento.
Si tú eres el tesoro oculto mío,
si eres mi cruz y mi dolor mojado,
si soy el perro de tu señorío,
no me dejes perder lo que he ganado
y decora las aguas de tu río
con hojas de mi otoño enajenado.
Federico García Lorca (1898-1936)
Poeta español
domingo, 22 de septiembre de 2024
De las entradas del blog de hoy domingo, 22 de septiembre de 2024, equinoccio de otoño
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Hola, buenos días de nuevo a todos y feliz domingo 22 de septiembre, equinoccio de otoño. Aristóteles avisó hace veinticinco siglos que la única verdad es la realidad, se comenta en la primera de las entradas del blog de hoy, pero a menudo los políticos parece que vivan en una realidad paralela, lo que los aleja no solo de la verdad, sino también de los ciudadanos. Los sentimientos no pueden discutirse, pero sí respetarse, se decía en la segunda de las entradas, un archivo del blog, justamente de hace siete años, y lo que está sucediendo entre Cataluña y España es una cuestión de sentimientos, así que tendremos que sentarnos de una vez con respeto, no para hablar de sentimientos sino para negociar de lo que sí se puede: poderes, competencias y recursos. La tercera de las entradas no es hoy, en sentido estricto, un poema, sino una carta, ¿de amor, admiración?, dirigida por una escritora a un filósofo en la primavera de 1980 que se acerca mucho a los sentimientos poéticos. Y la cuarta, como siempre, son las viñetas de humor del día. Espero que sean de su interés. Y ahora, como decía Sócrates, nos vamos, y nos vemos de nuevo mañana si la diosa Fortuna lo permite. Y sean felices, por favor, aun contra todo pronóstico. Tamaragua, amigos míos. HArendt
De la realidad
Woody Allen dijo en una ocasión que odiaba la realidad, pero reconocía que era el único sitio donde se puede comer un buen filete, comenta en La Vanguardía [Las goteras de la realidad. 20/09/2024] el escritor y editor de La Vanguardia, Màrius Carol, y Aristóteles avisó hace veinticinco siglos que la única verdad es la realidad, pero a menudo los políticos parece que vivan en una realidad paralela, lo que los aleja no solo de la verdad, sino también de los ciudadanos.
El martes Junts se puso estupendo en el Congreso y votó al lado del PP y Vox en un asunto que resulta material sensible, como son los alquileres. Más allá de que nadie entendió nada, pues los posconvergentes habían avalado la limitación de los alquileres de temporada y en el último momento cambiaron el voto para castigar al presidente Pedro Sánchez. Sin embargo, lejos de gozar a la vuelta los aplausos de los ciudadanos, se encontraron con una manifestación de centenares de personas a las puertas de su sede, convocada por el Sindicat de Llogateres. Se quejaban de que el secretario general, Jordi Turull, se había comprometido a abstenerse para dejar tramitar la norma. En medio de la ruidosa protesta, Carles Puigdemont hizo un tuit desde Waterloo (donde solo se oía el piar de los pájaros), avisando de que el PSOE no puede dar sus votos por descontados y que con Junts no funcionan los chantajes ideológicos.
A veces, los partidos tienen un montón de goteras en su realidad. La vivienda figura, según el CIS, entre los principales problemas de los españoles, así que resulta un tanto temerario hacer juegos de manos con ellos porque fácilmente se les ve el truco. Junts se muestra como un partido permanentemente enfadado, poco previsible, que deberá definirse en el congreso del 27 de octubre. Sería oportuna una definición ideológica más clara. Se entiende que su prioridad es la independencia, como repiten sus dirigentes, pero en el entretanto los ciudadanos tienen problemas que esperan que la política contribuya a resolver. Puigdemont no puede decir como el general Henrik en la novela El último encuentro, de Sándor Márai: “La realidad no es lo mismo que la verdad, la realidad son solo detalles”. Màrius Carol es escritor.
Respeto a los sentimientos, pero a la Constitución también. [Archivo del blog, 26/09/2017]
El poema de cada día. Hoy, Carta de amor a Jean-Paul Sartre, de Francoise Sagan (1935-2004)
Querido señor:
Y le llamo «querido señor» pensando en la interpretación infantil que de esta palabra hace el diccionario: «un hombre cualquiera». No voy a llamarle «querido Jean-Paul Sartre» porque resulta demasiado periodístico, ni «querido maestro» porque sé que es algo que usted detesta, ni «querido colega» porque resulta demasiado abrumador. Hace años que deseaba escribirle esta carta, de hecho, casi treinta años ya, desde que empecé a leerle, y especialmente diez o doce años, desde que la admiración, a fuerza de tanto ridiculizarla, se ha convertido en algo tan infrecuente como para que casi nos felicitemos por el ridículo. Quizá haya envejecido o rejuvenecido lo suficiente como para que en este momento no me importe nada ese ridículo al que usted, soberbiamente, jamás ha prestado la menor atención.
Tenía especial interés en hacerle llegar esta carta el 21 de junio, un día afortunado para esta Francia que vio nacer, con varios lustros de intervalo, a usted, a mí y, más recientemente, a Platini, tres personas excelentes que han sido llevadas a hombros o pisoteadas salvajemente -gracias a Dios, en su caso y en el mío, solamente en sentido figurado- por excesos de honor o inexplicables indignidades. Pero los veranos son cortos y agitados y se marchitan. He terminado por renunciar a esta oda de aniversario, y sin embargo sentía la necesidad de decirle lo que voy a decirle y que justifica este título sentimental.
Pues bien, en 1950 empecé a leer de todo, y Dios o la literatura saben a cuántos escritores he admirado y cuántos me han gustado desde entonces, sobre todo escritores vivos, de Francia y de otros países. Después he conocido a algunos, también he seguido la carrera de otros, y si bien todavía quedan muchos a los que admiro, usted es sin duda el único al que sigo admirando como hombre. Todo lo que me prometió a mis quince años, una edad a la vez severa e inteligente, una edad sin ambiciones precisas y por tanto sin concesiones, todas esas promesas las ha cumplido usted. Ha escrito los libros más inteligentes y honrados de su generación, ha escrito incluso el libro más rebosante de talento de la literatura francesa: Las palabras. Al mismo tiempo, siempre ha acudido humildemente al socorro de los débiles y de los humillados, ha creído en la gente, en las causas, en las generalidades, en ocasiones equivocándose como todo el mundo, aunque (y en esto, contrariamente al resto del mundo) habiéndolo reconocido en todo momento. Se ha negado obstinadamente a aceptar los laureles morales y todas las gratificaciones materiales de su gloria, ha rechazado el supuestamente honorable Nobel cuando nada tenía, tres veces fue objeto de atentados con explosivos durante la guerra de Argelia, se vio en la calle sin pestañear, ha impuesto a los directores de teatro las mujeres que le gustaban para papeles que no eran exactamente los que más se adecuaban a ellas, dando así fe con todo fasto de que, para usted, el amor podía ser, al contrario, «el duelo clamoroso de la gloria». En resumen, ha amado, escrito, compartido y entregado todo lo que podía dar y que era en realidad lo importante, al tiempo que rechazaba todo lo que se le ofrecía en nombre de la importancia. Ha sido usted hombre tanto como escritor, jamás ha pretendido que el talento del segundo justificara las debilidades del primero ni que la felicidad de crear autorizara de por sí a despreciar ni descuidar a sus allegados ni a los demás, a todos los demás. Tampoco ha afirmado nunca que equivocarse con talento y de buena fe legitime el error. De hecho, no ha buscado usted refugio tras la famosa fragilidad del escritor, esa arma de doble filo que es su talento, evitando con ello caer en el común de los narcisos, que no es sino uno de los tres roles reservados a los escritores de nuestra época, junto con los de pequeño señor y gran lacayo. Al contrario, lejos de blandir, como tantos otros, entre delicias y clamores, esa supuesta arma de doble filo, ha pretendido que fuera eficaz, ágil y ligera en su mano y se ha servido bien de ella, la ha puesto a disposición de las víctimas, de las auténticas víctimas, de las que no saben escribir, ni explicarse, ni pelear, ni siquiera a veces quejarse.
Al no pedir a gritos justicia porque no era su deseo juzgar, al no hablar del honor porque no deseaba ser objeto de honra, al no evocar siquiera la generosidad porque ignoraba que era usted la generosidad misma, ha sido el único hombre de justicia, de honor y de generosidad de nuestra época, trabajando sin cesar, dándolo todo por los demás, viviendo sin lujos y sin austeridad, sin tabúes y sin celebración alguna, salvo, claro está, el triunfal júbilo de la escritura, haciendo el amor y dándolo después, seduciendo aunque siempre presto a dejarse seducir, desbordando a sus amigos con sus opiniones en todos los frentes, consumiéndoles con su velocidad, su brillo y su inteligencia, aunque volviendo siempre a ellos para ocultárselo. A menudo ha preferido ser utilizado, manejado, a ser indiferente, y también a menudo ha preferido verse decepcionado a negarse a una expectativa. ¡Qué vida tan ejemplar para un hombre que nunca ha deseado ser ejemplo de nada!
Y aquí le tenemos, privado de la vista, según dicen incapaz de escribir, y a buen seguro sintiéndose tan desgraciado como cabe imaginar. Quizá le guste saber que en los últimos veinte años, allí donde he estado -en Japón, en Norteamérica, en Noruega, en provincias y en París- he visto como hombres y mujeres de todas las edades hablaban de usted con la misma admiración, confianza y gratitud que le expreso aquí.
Este siglo ha revelado ser loco, inhumano y podrido. Usted ha demostrado ser un hombre inteligente, tierno e incorruptible. Y sigue siéndolo. No sabe cuánto se lo agradecemos.
Françoise




















































