viernes, 21 de junio de 2024

De como se destruye el Estado y la democracia

 






Hola, buenos días de nuevo a todos y feliz viernes, 21 de junio. La ultraderecha cree que la tecnología creará un sistema capaz de ofrecernos la felicidad que el estado solo nos promete, pero la inmigración y el proteccionismo son cortinas de humo que ocultan el objetivo real de destruir al estado y la democracia, dice en la primera de las entradas de hoy el escritor Xavier Mas de Xaxàs. En la segunda, un archivo del blog de julio de 2017, el también escritor José Antonio Millán se preguntaba si era imprescindible tener un ordenador o un teléfono móvil, porque con ellos se puede conseguir prácticamente de todo sin colas y sin largas esperas y si hemos salido ganando cuando todo queda a un golpe de clic. En la tercera reproducimos hoy el poema Cuando cesan los sueños, del poeta paraguayo William Baecker. Y cerramos el día con las viñetas de hoy. Espero que todas ellas sean de su interés. Sean felices, por favor, aun contra todo pronóstico. Y nos vemos mañana si la diosa Fortuna lo permite. Tamaragua, amigos míos. harendt.blogspot.com   











Cómo se destruye el estado y la democracia
XAVIER MAS DE XAXÀS
15/06/2024 - La Vanguardia

La ultraderecha cree que la tecnología creará un sistema capaz de ofrecernos la felicidad que el estado solo nos promete. La inmigración y el proteccionismo son cortinas de humo que ocultan el objetivo de destruir al estado y la democracia.
La extrema derecha libra una batalla cultural por la identidad y los valores, y por eso, cada vez que habla de inmigración y proteccionismo, gana peso parlamentario, como hemos visto en las últimas elecciones europeas. Sin embargo, esta batalla por la pureza y la grandeza del estado nación no es más que una cortina de humo que oculta su verdadera ambición: reducir a la irrelevancia al mismo estado nación que tanto dice amar.
Las máquinas la ayudan. Por un lado, las redes sociales crean el estado de opinión óptimo y, por el otro, la inteligencia artificial y toda la tecnología que deriva de ella, alumbra un nuevo orden basado en el individualismo radical y la supremacía del mercado.
Esta estrategia descansa sobre la convicción de que la tecnología de producción privada creará un sistema infalible capaz de afrontar los retos que el estado no puede porque, precisamente, forma parte del problema, no de la solución.
“El gobierno es el problema” nos repiten los líderes populistas a través de las redes. “Es el problema porque roba el dinero y la libertad del ciudadano”. “Cuanto más grande es, más perjuicio crea a la propiedad y la iniciativa privada”. “Los impuestos y las regulaciones ahogan la libertad del individuo”. El asalto del 6 de enero del 2021 al Capitolio de Estados Unidos fue legítimo porque “devolvimos al Gobierno lo que éste nos había hecho”.
El partido republicano y muchos empresarios del sector tecnológico, empezando por Elon Musk, avalan este punto de vista. Cualquier regulación que frene la innovación es un golpe a su poderío industrial y político.
Ayn Rand, filósofa del libertarismo, es uno de sus referentes. A principios de los años noventa, La rebelión de Atlas , novela que escribió en 1957, era el segundo libro más influyente en Estados Unidos, según un estudio de la biblioteca del Congreso. El primero era la Biblia. La obra defiende que cada hombre debe buscar su propio interés personal porque el bien común no es nada más que la suma de los bienes privados. El pueblo no existe, es una abstracción. Solo existen los individuos y su felicidad depende de su egoísmo. El altruismo no es un principio organizativo de nuestra sociedad. Nadie debe sacrificarse por nadie y nadie debe estar bajo ningún control.
Ayn Rand murió sola y olvidada en 1981, pero sus ideas revivieron en California pocos años después. Los pioneros de Silicon Valley llamaban a sus hijas Ayn y Rand. Anticipaban un mañana de individuos conectados en un orden cibernético que potenciaría sus capacidades personales. No habría un control central y tampoco anarquía porque los algoritmos harían converger los intereses particulares en el bien común.
Las máquinas, por ejemplo, crearon modelos matemáticos que controlaron el riesgo financiero y la economía se disparó. El mercado económico, como decía el economista libertario Milton Friedman, proporcionaba más libertad que el mercado político. La democracia estaba sobrevalorada.
La democracia, entendida como un mercado político, permite la promoción y venta de todo tipo de productos. La satisfacción del consumidor-elector baja cuando la opción política que había comprado no satisface sus demandas. Este individuo defraudado cree que puede proteger mejor sus intereses si adquiere un producto más radical. Está convencido de su libertad y su razón. Nadie puede hacerle callar. Es un héroe que grita a todas horas y las redes lo escuchan y lo animan, lo entretienen y convencen. Se divierte tanto que no se entera cuando le chupan la energía y la personalidad, cuando lo convierten en otra cosa, en un producto hiperemocional, sobre excitado y radicalizado, en carne de cañón de una estrategia para reducir el poder del estado. Ocurrió en los años noventa, cuando Wall Street y no la Casa Blanca dirigía la política exterior de Estados Unidos. Había que corregir los excesos de la “exuberancia irracional de los mercados”. Es decir, había que rescatar con fondos del FMI a los inversores estadounidenses atrapados en la debacle especulativa del sudeste asiático. Traía sin cuidado la suerte de Indonesia, Tailandia y Malasia, condenados a la pobreza.
Los mercados tuvieron entonces el mismo poder absoluto al que ahora aspiran las tecnológicas con ayuda de la derecha libertaria. Intentan debilitar al estado con el mito de que la inteligencia artificial aumentará las capacidades humanas e impulsará un crecimiento más inclusivo porque mejorará el funcionamiento de las empresas manufactureras, de las cadenas de suministros y de los mercados financieros, aparte de la educación, la sanidad, la seguridad y la biodiversidad. En el foro económico mundial de Davos se presentó la AI Governance Alliance, entidad que, sobre estas premisas, promete el mejor de los mundos sin pedir a cambio nada más que el poder de intentarlo.
El poder cambia de manos. Del estado liberal a los mercados financieros y de los mercados financieros a las corporaciones tecnológicas sin que nosotros, idiotizados en nuestro individualismo radical, entendamos el peligro. ¿A qué máquina y a qué magnate le pediremos cuentas cuando nuestra vida no sea tan larga, ni tan sana, ni tan estable y segura como habíamos previsto? ¿Quién nos devolverá la voz cuando las redes nos silencien?  Xavier Mas de Xaxàs
es escritor.








[ARCHIVO DEL BLOG] La gincana digital. [Publicada el 09/07/2017]











¿Es imprescindible tener un ordenador o un teléfono móvil, porque con ellos se puede conseguir prácticamente de todo sin colas y sin largas esperas? ¿Es esto cierto? ¿Hemos salido ganando cuando todo queda a un golpe de clic? Las preguntas anteriores se las formula en un reciente artículo de El País el ensayista y escritor especializado en cultura digital y lengua José Antonio Millán, autor del libro Tengo, tengo, tengo. Los ritmos de la lengua.
Bienvenido al futuro, a una era en la que podrá, sin moverse de su casa, comprar cosas, acceder a servicios y, en una palabra, conseguir prácticamente de todo, pero sin molestos desplazamientos y colas, dice al comienzo de su artículo José Antonio Millán. ¿Está dispuesto? Bien: lo primero que deberá hacer es comprar un ordenador o un teléfono móvil. Sí: es un desembolso, pero ya verá, ya… Luego, claro, deberá contratar un servicio de datos, con un coste mensual, si es que no quiere errar por cafeterías buscando un wifi gratis. ¿La electricidad? Claro: también deberá enchufar su ordenador y cargar su móvil: ¡no van a funcionar solos!
¿Tiene todo ello? Perfecto. Ahora viene la parte más divertida: para lograr estas cosas deberá participar cada vez en una gincana. Por ejemplo: entradas de teatro. En su sitio web nos informan de que debemos “registrarnos”. Piden el nombre, la dirección de correo… ¡Un momento! ¿No querrán luego enviar publicidad? Por fortuna, hay un enlace a “política de protección de datos”, donde unos párrafos farragosos no nos dirán gran cosa. Piden también una contraseña, y damos la de siempre: ¡bastantes líos tenemos para recordar una diferente en cada sitio!…
Entonces nos informan de que mandarán un correo. Con un poco de suerte (a veces no llega), ahí está: hacemos clic en su enlace y, aparentemente, ya estamos “registrados”. Ahora seleccionamos obra, fecha, función y por fin se nos presenta el esquema de un patio de butacas, para seleccionar las nuestras, pero ¡pronto!: si en pocos minutos no lo hacemos, deberemos empezar de nuevo. Hacemos clic sobre las localidades deseadas… ¿qué ocurre? ¡No se marcan! Miramos la página por todas partes: ¡ah! La aplicación está “optimizada” para un navegador que no es el que estamos usando. ¡Perdón, perdón! Abrimos otro navegador, rellenamos nuestros datos, y al llegar a las localidades, las que pretendíamos ya están cogidas. Bueeeeno… Tendremos que seleccionar otras.
A continuación entramos en el “sistema” del banco: ahora el responsable es el gestor de nuestro dinero, no el teatro; bueno: en realidad tampoco era el teatro, sino un intermediario que vende sus entradas. El banco nos pide contraseña: hay que meterla con todo cuidado porque, para “proteger nuestra confidencialidad”, al introducir sus caracteres lo que vemos en pantalla son asteriscos. Luego deberemos usar una clave que nos enviarán ¡por móvil! El ciudadano del futuro no solo tiene que tener ordenador o móvil, sino ambas cosas… Es un incordio, pero así estamos protegidos contra los ciberdelitos que —se nos repite constantemente— acechan por doquier. Claro, esto no impide que de vez en cuando los malos roben millones de datos.
Llega al móvil un mensaje de texto con cifras. Volvemos al ordenador: hay un cuadro de claves, pero como está mal diseñado tardamos un rato en saber si la clave pedida es la de la derecha o la de la izquierda de los números recibidos. Pulsamos el teclado, pero no ocurre nada. Ah, claro: ¡hay que introducirla con el ratón mediante un teclado en pantalla! Para descorazonar a posibles espías (y para prolongar el juego un poco más), los dígitos aparecen desordenados, por ejemplo así: 9 4 6 0 8 / 2 5 1 3 7.
¡La transacción ha funcionado! Nos preguntan si queremos imprimir las entradas o bien enviarlas al móvil. Como a estas alturas nos fiamos muy poco, decidimos imprimirlas. Claro: la impresora también la hemos tenido que comprar nosotros. Y el papel. Y ¿sabían ustedes que la tinta de impresora es más cara que la sangre? Pero hemos triunfado. El proceso entero solo nos ha llevado media hora, pero la próxima vez lo haremos mejor… si es que no han cambiado el sistema; para mejorarlo, claro.
Procesos similares nos esperan al comprar billetes de avión o un libro, al suscribirnos a una publicación, al reservar un hotel o alquilar un coche; al pagar un impuesto o la electricidad. Como no hay un sistema unificado de interacción en pantalla, cada una de estas páginas web tendrá las cosas en lugares diferentes, y funcionará de modo ligeramente distinto. Muchas, además, están sencillamente mal diseñadas, tanto en el aspecto gráfico y tipográfico como en su interactividad.
Cuando nos pidan nuestros datos nunca sabremos muy bien qué quieren: la contraseña deberá tener al menos ocho cifras. O seis. O mezclar letras y números; o además signos de puntuación. El número de nuestra tarjeta de crédito deberá incluir los espacios, o tal vez no. Del DNI pedirán los números, o también la letra, pero en minúscula, o en mayúscula. Todo ello lo descubriremos cuando nos rechacen el formulario, a veces con indicaciones incomprensibles, tipo “Error 479”. Cuando regresemos para rehacerlo, no es infrecuente que tengamos que volver a introducir de nuevo todos los datos.
En las aplicaciones móviles la cuestión puede ser aún más pintoresca, porque cada una puede ser completamente distinta, y la manipulación y la escritura en la pequeña pantalla del teléfono aumentará las posibilidades de error… En cualquiera de estas plataformas, la posibilidad de consultar dudas, o de comprobar si una transacción se ha cerrado efectivamente o queda en el limbo, es remota: en algunas páginas figura una dirección de correo (de resultados ignotos); en otras, la posibilidad de llamar a un teléfono de ayuda, lo que nos costará dinero, claro: ¡no lo van a pagar ellos! Y además nos meterá en el infierno de un call center. Pienso en la población española, cada vez más envejecida, con carencias visuales o cognitivas, debatiéndose en este universo siempre cambiante y que parece que ya no podemos eludir…
Dado que los costes de manipulación de datos se nos han trasladado a nosotros, que además pagamos dispositivos, energía y consumibles; dado que ahorran en taquilleras, agentes de viajes y vendedores, uno podría esperar que los precios de lo que compramos en línea hayan ido bajando. Pues no. Se nos ha intentado convencer de que consultar la factura en la web, en vez de recibirla en papel en casa, es más “ecológico”. Se nos ha dicho que las operaciones bancarias digitales son para nuestra comodidad, pero ya están anunciando que nos las van a cobrar aparte.
Yo, concluye diciendo Millán, como todos aquellos que vislumbramos una realidad en la que las interacciones digitales eran un elemento de progreso, me siento completamente estafado. Y ahora, como decía Sócrates, Ιωμεν: nos vamos. Sean felices, por favor, a pesar de todo. Tamaragua, amigos. HArendt











El poema de cada día. Hoy, Cuando cesan los sueños, de William Baecker (1943)

 








CUANDO CESAN LOS SUEÑOS

Cuando cesan los sueños,        
cuando sus luces huyen de los ojos        
como pájaros sin rumbo;        
cuando regresa el agua al mar        
llevándose los rostros y los besos;    
cuando un viento incesante borra el nombre        
escrito en los abrazos que vivimos;        
cuando cesan los sueños,        
cuando llegan los días del insomnio        
y una lluvia de pétalos marchitos    
se incendia en la nostalgia,        
sólo queda el aroma del recuerdo        
fijado en esta rosa que te dejo.        

William Baecker (1943)















Las viñetas de hoy

 






















jueves, 20 de junio de 2024

De las insuficiencias de la memoria

 






Hola, buenos días de nuevo a todos y feliz jueves, 20 de junio. El recuerdo prefiere lo heroico y lo ejemplar a lo confuso, a lo ambiguo, al horror sin motivo y al sufrimiento sin redención, afirma en la primera de las entradas de hoy el escritor y académico de la RAE Antonio Muñoz Molina sobre las insuficiencias de la memoria. En la segunda de ellas, un Archivo del blog de julio de 2017 el abogado José María Ruiz Soroa escribía sobre los profetas regresivos. La tercera reproduce hoy el Soneto VI, de los Cien Poemas de amor de Pablo Neruda. Y para terminar, en la cuarta, como siempre, las viñetas del día. Espero que todas ellas sean de su interés. Sean felices, por favor, aun contra todo pronóstico. Y nos vemos mañana si la diosa Fortuna lo permite. Tamaragua, amigos míos. harendt.blogspot.com
 










No basta la memoria
ANTONIO MUÑOZ MOLINA
15 JUN 2024 - El País - harendt.blogspot.com

Una tarde desoladora de noviembre, me encontré visitando lo que había sido el gueto de Cracovia, con cielo bajo de llovizna y frío, con una luz como de documental en blanco y negro. En los escaparates de las agencias de viajes, carteles de colores veraniegos ofrecían tours en autobuses climatizados que incluían en programa doble la visita al campo de Auschwitz y unas sesiones de esquí en laderas cercanas. En lo que quedaba del cementerio judío, rudas lápidas verticales de piedra oscura se inclinaban entre la hierba y la maleza. Sobre algunas de ellas, o al pie, había piedras conmemorativas dejadas por visitantes. Al salir a la plaza a la que daba el cementerio me encontré con un grupo grande de turistas, con el aire entre juvenil y provecto de los jubilados americanos, y presté atención a lo que el guía les explicaba, subido a un banco de piedra, con grandes ademanes dramáticos. Pero no contaba la evacuación de los millares de cautivos judíos del gueto, camino del exterminio, arracimados en aquella misma plaza, en marzo de 1943. Estaba describiendo el rodaje de las escenas correspondientes en La lista de Schindler.
Hace unos días, en las ceremonias conmemorativas del desembarco en Normandía, entre dignatarios y veteranos, se ha visto también a Steven Spielberg, y junto a él a Tom Hanks, que si no participaron personalmente en aquella hazaña se han cubierto de gloria, y de dinero, representándola en una ficción tan espectacular y tramposa, como La lista de Schindler, y todavía más incrustada en esa zona crédula de la imaginación visual en la que el cine suplanta a la realidad y la supera en su efectismo, y hasta en su verosimilitud. En los telediarios españoles, las pobres imágenes reales del desembarco, apresuradas, desenfocadas, fragmentarias, se han intercalado sin ningún aviso, con las de Salvar al soldado Ryan, que son en color y mucho más fotogénicas.
Como el cine de Hollywood, la memoria institucional es selectiva, y prefiere lo heroico y lo ejemplar a lo confuso, a lo ambiguo, al horror sin motivo y al sufrimiento sin redención. En Normandía las banderas ondeaban al viento del mar y los dirigentes políticos lanzaban sus arengas delante de veteranos decrépitos en sillas de ruedas, y nunca faltaban las imágenes de los cementerios con pulcras extensiones geométricas de cruces blancas sobre el césped. El cine vuelve imprecisos a los muertos y la memoria elige a aquellos que considera dignos de rememoración. La contabilidad precisa es la tarea de la Historia. Es muy improbable que en los discursos del día 6 de junio se haya recordado a las decenas de millares de civiles que murieron en las semanas y meses después del desembarco, no por culpa de la conocida barbarie de los soldados alemanes, sino por los bombardeos masivos y en gran medida injustificados o simplemente erróneos de la aviación americana y británica sobre ciudades portuarias, como Le Havre y Caen, o sobre pueblos aislados sin ningún valor militar. Las personas salían a la calle para vitorear a los aviones que cruzaban el Canal y a continuación corrían para no morir bajo sus bombas. En un ensayo de la New York Review of Books, los historiadores Ed Vulliamy y Pascal Vannier calculan que entre junio y septiembre de 1944, en lo que se supone el avance glorioso de los aliados, murieron 18.000 civiles franceses bajo las bombas de sus libertadores. En Le Havre, la noche del 5 de septiembre, cayeron 9.790 toneladas de bombas. El 85% de los edificios quedaron destruidos. Murieron 5.781 civiles, pero solo nueve soldados alemanes.
Después de la guerra, todos los muertos fueron olvidados, y los supervivientes guardaron silencio, o no se les dio crédito cuando alzaron la voz. No era decente mostrar resentimiento hacia los aliados salvadores. Y la memoria no admite contabilidades desagradables ni zonas grises entre héroes y malvados, verdugos y víctimas. Al menos 420.000 civiles murieron durante los bombardeos indiscriminados de las ciudades alemanas hasta el final de la guerra en zonas que carecían por completo de valor militar, con el único objetivo de sembrar la destrucción y el terror. Y en las conmemoraciones de la “Gran Guerra Patria” en la Rusia de Putin no habrá nunca un recuerdo para los muchos millares de mujeres alemanas violadas durante el avance hacia Berlín de los soldados soviéticos.
En un país tan propenso como el nuestro a erigir memorias incompatibles entre sí, no nos vendría mal un poco de atención a la ecuanimidad de las cifras. Llevo un tiempo sombríamente sumergido en un libro a la vez apasionante e ingrato, Fuego cruzado, de Fernando del Rey y Manuel Álvarez Tardío (Galaxia Gutenberg), un estudio sobre la violencia política en España en la primavera de 1936, entre la victoria en febrero del Frente Popular y el levantamiento del 17 de julio. En la memoria oficial de derechas, los desórdenes y los crímenes de esos meses convulsos fueron responsabilidad de una izquierda volcada a una inminente revolución comunista: la violencia de extrema derecha, y el golpe militar, habrían sido la respuesta legítima para restaurar el orden y evitar una dictadura soviética; en la memoria de la izquierda, la violencia fue una estrategia desestabilizadora de la derecha y la extrema derecha: la izquierda no habría tenido más remedio que defenderse contra las agresiones, y las organizaciones obreras respondieron al levantamiento militar y fascista con las armas en la mano, en defensa de la legalidad republicana.
Álvarez Tardío y Fernando del Rey han preferido dejar a un lado los testimonios memoriales elaborados al paso de los años, para centrarse en las fuentes primarias, en lo que sucedía en el momento, lo que contaban y ocultaban los periódicos, lo que proclamaban los dirigentes en los mítines y en escalofriantes sesiones parlamentarias; y sobre todo en los números, registrados en informes y archivos judiciales: cuántos atentados con armas de fuego, con navajas, con palos; cuántos asaltos a iglesias o sedes políticas; cuántos tiroteos entre pistoleros de un extremo u otro o entre miembros de sindicatos obreros rivales; en Madrid, en Barcelona, en capitales de provincia, en pueblos apartados, en cualquier lugar donde estallaba de golpe una violencia que se alimentaba a sí misma en espirales de venganza. Militares, monárquicos y ricachones oligarcas como Juan March conspiraban sin disimulo contra la República, pero los partidos y las organizaciones sindicales que hubieran debido defenderla la socavaban con irresponsabilidad y sectarismo, con una violencia verbal y física que no dio un día de tregua durante esos pocos meses. Entre el 17 de febrero y el 16 de junio se quemaron total o parcialmente 325 iglesias. Entre el 17 de febrero y el 17 de julio, hubo 484 muertos y 1.659 heridos graves en un total de 977 episodios de violencia política. Más de la mitad de esos incidentes fueron iniciados por militantes de izquierdas, pero el número de víctimas ocasionados por falangistas y similares fue algo superior: 541 heridos graves y 223 muertos en la izquierda; 381 heridos graves y 147 muertos en las derechas, a todos los cuales hay que añadir los 21 muertos y 91 heridos causados por las fuerzas del orden, y las víctimas colaterales o no identificadas. Un baño de sangre que ni los más exaltados imaginaban en qué espanto derivaría muy pronto: lo que podía, a pesar de todo, no haber sucedido, de no ser por el golpe militar y la ayuda de Mussolini y Hitler a los sublevados, y por la fría sed de castigo y revancha que mantuvieron los vencedores durante una postguerra más larga y más oscura que la postguerra europea. Quién podrá inventar una memoria edificante sobre aquella primavera. Antonio Muñoz Molina es escritor y académico de la Real Academia Española.
















[ARCHIVO DEL BLOG] Profetas regresivos. [Publicada el 05/07/2017]











Sánchez e Iglesias suponen una enmienda regresiva al proceso que se inició hace cuarenta años y que, tras un largo proceso de experiencia, decisión y reflexión, ha permitido perfilar cuáles son los problemas del sistema autonómico. Lo dice en un reciente artículo en El País el prestigioso abogado y ensayista José María Ruiz Soroa, autor del libro El esencialismo democrático (Madrid, Trotta, 2010), unos de los textos más clarificadores e interesantes que he leído recientemente sobre el concepto de democracia.
La coincidencia del desafío secesionista del nacionalismo catalán con la consolidación de nuevos líderes en la izquierda española ha propiciado el pronunciamiento de estos sobre las líneas que debería adoptar la ordenación de España como país, comienza diciendo. Cabe ya alguna apreciación sobre sus propuestas. Y aunque resulte sorprendente, puesto que ambos líderes se presentan como emblemas de la novedad, nos hallamos ante un caso duplicado de lo que Américo Castro calificó como mesianismo regresivo.
¿Regresión en qué? Pues en ese proceso que se inició hace 40 años y que, conflicto tras conflicto, tropezón tras tropezón, ha permitido tanto a la política práctica como a la doctrina académica perfilar los problemas de concepción y funcionamiento del Estado autonómico, de manera que hoy exista una posición común sobre cuáles son y cómo se deben abordar (y cómo no se debe hacer). Pues bien, Sánchez e Iglesias suponen una enmienda regresiva a la totalidad de este fondo común compartido de experiencia, decisión y reflexión a que el sistema había llegado. Y que no era tanto un fondo de substancias como de métodos.
Primera regresión, señala: en los ejes conceptuales del debate sobre el Estado autonómico y su mejora. En lugar de hablar de cuestiones concretas, mesurables, divisibles y negociables (competencias, financiación, órganos, relaciones interinstitucionales), se traen al escenario unos conceptos sociológicos vagos y esencialmente controvertidos, tales como nación, nación de naciones, plurinacionalidad, poder o cosoberanía (las palabras grandes y mágicas) y se intenta encontrar soluciones en su adecuada pronunciación, conjugación o invocación. Típica política de los chamanes, al tiempo que un adanismo que desprecia la historia y la experiencia. Porque no se trata tanto de discutir la corrección de las formulaciones librescas en torno a la idea de nación (a mí me encanta Capmany en el XVIII con su nación de naciones), sino de saber prevenidamente que ese es un camino estéril e improductivo en el campo normativo. La nación no es una realidad ontológica a la que quepa aplicar el criterio de verdadero/falso, sino un hecho social creado por y sostenido en una creencia compartida. Discutir de naciones es tratar con emociones, con creencias, con sentimientos, con historia: bonito para debatir pero altamente confuso como método para ordenar la realidad.
Admitan que España es plurinacional, cerriles derechistas conservadores, decía el mesías Iglesias en el Congreso, comenta. Y casi igual Sánchez en el suyo, aunque introduciendo la diferencia imposible entre las naciones políticas y las culturales. Admitido eso, la convivencia feliz de tinerfeños, ibicenses y demás mediopensionistas ibéricos estará garantizada. Uno diría que eso es algo que ya está reconocido en la Constitución, garantizado incluso. Y desarrollado en las leyes. Algo que la derecha se ha tragado hace mucho. No se ve cómo el proclamarlo enfáticamente una y otra vez mejoraría la gestión de los asuntos conflictivos. Entre otras cosas, porque el verdadero escollo reside en el hecho de que los nacionalistas periféricos se niegan a admitir que España sea una nación (plurinacional o no), pues para ellos es solo un Estado (algo que, por otro lado, es la tesis clásica de la izquierda española, véase Suresnes, a la que vuelven hoy nuestros profetas). De donde nace la ausencia de lealtad federal al conjunto, por un lado, y su empeño en construir desde el poder unas sociedades rígidamente mononacionales ayunas de pluralidad. Impartirles desde Madrid la buena nueva de que por fin son naciones (¡cómo si ellos no lo supiesen!) no cambia el problema básico que aqueja al sistema federal, la ausencia de Bundestreue [lealtad a la federación] y el que no se admita que Cataluña y País Vasco son igual de plurinacionales que España (más, dice Joseba Arregi).
Segunda vía de regresión, continúa diciendo: la cuestión territorial como casus belli contra los conservadores. Si las cosas van mal, si Cataluña se quiere ir, la culpa es de los separadores españoles, no de los separatistas catalanes. Y los separadores españoles son las derechas, para las que no pasa el tiempo: eran centralistas antes de Franco, con Franco y después de Franco. Con este simple pero eficaz planteamiento —Iglesias lo repitió hasta la náusea— matan varios pájaros de un tiro: excluimos a las derechas del juego político (la secular querencia española por la exclusión del adversario) y solucionamos el problema territorial.
Tercera grave regresión, añade: mientras invocamos entelequias metafísicas no hablamos de lo relevante. Parafraseando a Otto Bauer, hablan de la identidad pero en el fondo discuten de la propiedad. De cuánto rinde al bolsillo ser nación. Pero, claro, así enfocada sería una discusión incómoda. Ejemplo impar de camuflaje: el de Iglesias con su nuevo conejo ideológico, la fraternidad entre los españoles como valor fundacional del Estado. Tapar con poesía lírica las carencias lógicas de lo que se propone. Los valores clásicos de la igualdad y la solidaridad, gracias a siglos de experiencia y discurso, se habían concretado bastante: igualdad en esto, no en aquello, solidaridad pero hasta aquí, etcétera. La solidaridad es medible y divisible: basta definir el nivel de servicios públicos bienestaristas a que todos los españoles tienen igual derecho y aquellos en que las naciones pueden tenerlos mejores por razón de su mayor riqueza y su historia privilegiada. Vamos, concretar en euros per cápita lo que vale la nación foral, o la nación centralista, o la nación de naciones. Pues se acabó, adiós a los conceptos mesurables: Monedero definía: “Socialismo es amor”, Iglesias dice “España es fraternidad”. Mesiánico.
Regresión también en la calidad de la legislación, insiste: el maestro Manuel Aragón recordaba al hablar del tratamiento constitucional de las diversas lenguas españolas que el plano del derecho es el de la normatividad, no el de la descripción de lo que existe, es normal, propio o impropio de una sociedad concreta. Para eso están la sociología o la lingüística, el derecho está solo para establecer derechos y obligaciones respecto a la lengua, o respecto a las autoridades territoriales. Llenar la Constitución de definiciones es puro escolasticismo, aquel sistema medieval que creía que la ciencia consistía en definir bien al ente.
Por eso, precisamente por eso, es vacuo y regresivo el volver a invocar las grandes palabras, comenta. Porque no conduce a nada decir que Ruritania es una nación si no se precisa qué consecuencia tiene tal cosa. Salvo la de que, como decía Esquilo, las grandes palabras traen los grandes problemas. En cambio, decir en la ley que todos los ruritanos tienen igual derecho a la medicina, la enseñanza o la asistencia hasta el nivel x, es claro, sencillo, discutible y negociable. Como una Ley de la Claridad para evitar los choques de trenes. No sería poesía ni profecía. Ni populista. Pero sí mejor camino para reordenar la realidad. Y de eso se trataba, ¿no?, concluye diciendo. Y ahora, como decía Sócrates, Ιωμεν: nos vamos. Sean felices, por favor, a pesar de todo. Tamaragua, amigos. HArendt












El poema de cada día. Hoy, Soneto VI, de Pablo Neruda (1904-1973)

 







SONETO VI

En los bosques, perdido, corté una rama oscura
y a los labios, sediento, levanté su susurro:
era tal vez la voz de la lluvia llorando,
una campana rota o un corazón cortado.
 
Algo que desde tan lejos me parecía
oculto gravemente, cubierto por la tierra,
un grito ensordecido por inmensos otoños,
por la entreabierta y húmeda tiniebla de las hojas.
 
Pero allí, despertando de los sueños del bosque,
la rama de avellano cantó bajo mi boca
y su errabundo olor trepó por mi criterio
 
como si me buscaran de pronto las raíces
que abandoné, la tierra perdida con mi infancia,
y me detuve herido por el aroma errante...

Pablo Neruda, 1904-1973













Las viñetas de hoy

 


























miércoles, 19 de junio de 2024

De la pulsión nacionalista

 






Hola, buenos días de nuevo a todos y feliz miércoles, 19 de junio. Del ‘Make America Great Again’ de Trump al ‘Take Back Control’ de los euroescépticos ingleses, pasando por el agresivo irredentismo ruso, el independentismo catalán o el creciente rechazo de la inmigración en buena parte del mundo desarrollado, son malos tiempos para la lírica cosmopolita, dice en la primera de las entradas del blog de hoy el politólogo Manuel Arias Maldonado. En la segunda de ellas, un Archivo de junio de 2018, el filósofo Manuel Cruz, señala que aunque algunos recién llegados se resisten a aceptar que en este mundo todo pasa a gran velocidad, se han encontrado con que tienen que responder por lo que hacen y no por lo que habían dicho que soñaban hacer. En la tercera se reproduce el poema Nostalgia, del uruguayo Mario Benedetti, y para finalizar, como siempre, las viñetas de cada día. Espero que todas ellas sean de su interés. Sean felices, por favor, aun contra todo pronóstico. Y nos vemos mañana si la diosa Fortuna lo permite. Tamaragua, amigos míos. harendt.blogspot.com
 











La pulsión nacionalista
MANUEL ARIAS MALDONADO
03 JUN 2024 - Ethic - harendt.blogspot.com

Que las pasiones nacionalistas sigan teniendo tal fuerza bien entrado el siglo XXI, transcurridos ya más de cien años desde aquel periodo de entreguerras que conoció la instauración de regímenes fascistas en suelo europeo y el agresivo desempeño de un imperialismo japonés de base nacionalista, no deja de causar la mayor de las perplejidades. ¿No se había jurado la humanidad mantener a raya sus inclinaciones etnicistas? Acaso no haya mejor ejemplo de esa aparente incongruencia histórica que el caso catalán: la región más rica de España protagonizó una revuelta contra el orden constitucional de un Estado democrático cuyo poder se encuentra descentralizado desde hace más de cuarenta años. Pero hay más: del Make America Great Again de Trump al Take Back Control de los euroescépticos ingleses, pasando por el agresivo irredentismo ruso, el auge del nacionalismo hindú o el creciente rechazo de la inmigración en buena parte del mundo desarrollado. Malos tiempos para la lírica cosmopolita.
No obstante, convendría distinguir entre las diferentes manifestaciones del fenómeno. De un lado, están los nacionalismos subestatales que exigen autonomía o el derecho a secesionarse. Tienen algo de anacronismo: la formación de las naciones europeas se produce en el periodo que va de la Revolución francesa al final de la Gran Guerra y los separatistas catalanes han tratado de reproducir esa lógica en el marco de una Unión Europea fundada contra los nacionalismos; lo mismo vale para Escocia o Quebec. Del otro, nos encontramos con el reforzamiento de la praxis nacionalista en Estados consolidados: lo hacen gobiernos autoritarios con un pasado imperial (Rusia, China), gobiernos democráticos liderados por partidos de orientación nacionalista (India, Italia, Gran Bretaña, Israel), o bien partidos y líderes políticos —generalmente de derecha— que actúan dentro de las democracias existentes (de Trump a Wilders, pasando por Alternativa por Alemania o Vox). En estos casos, se exalta la nación que sirve de base al Estado; a veces, sufren por ello las minorías que forman parte de él.
Pero ¿por qué sorprenderse? Si bien se mira, el nacionalismo se caracteriza por su continuidad histórica; en lugar de dibujar una trayectoria decreciente acorde con la capacidad de aprendizaje de las sociedades humanas, el nacionalismo mantiene en ellas una presencia constante que exhibe distintas formas según las circunstancias. La casuística es variada: mientras que la Alemania democrática que surge después de la derrota del nazismo se abstiene de manifestar pasiones nacionales e incluso mantiene una relación pudorosa con su bandera, sin que a su vez ello haya generado vocaciones separatistas en ninguno de sus Länder, el debilitamiento del sentimiento nacional en la España posfranquista sí ha venido acompañado del reforzamiento de los nacionalismos interiores. Tampoco debe olvidarse, en fin, que los afectos nacionales poseen su ambigüedad: cuando los jóvenes norteamericanos iban a morir a Europa y el Pacífico, el patriotismo jugaba un papel determinante como motivador del sacrificio; al mismo tiempo, sin embargo, el Gobierno estadounidense recluía a sus ciudadanos de origen japonés en campos de internamiento. Y, como dijo el filósofo norteamericano Richard Rorty adoptando un punto de vista progresista, quizá un país no pueda prosperar si sus ciudadanos no lo aman.
Precisamente, como ha señalado John Kane, el nacionalismo es un objeto de análisis incómodo porque se refiere a las pasiones antes que a las razones; no sabemos bien qué hacer con eso. De hecho, cualquier discusión con un nacionalista está condenada a desembocar en el callejón sin salida del apego sentimental. El problema es que, como la historia nos ha enseñado, el amor a la nación puede adoptar una forma agresiva e incluso violenta. Igual que existe en casi todas partes ese «nacionalismo banal» del que habla Michael Billig, expresado en símbolos y prácticas que nos parecen naturales por habernos socializado con ellas, hay un nacionalismo empeñado en aplicar políticas adoctrinadoras que a menudo transmiten a sus receptores una malsana combinación de victimismo y supremacismo.
Parece así razonable distinguir entre dos tipos ideales de nación —nación cívica y nación étnica— a fin de orientarnos en el confuso panorama que nos presentan las sociedades modernas. La nación cívica o política está asentada sobre los derechos y las libertades constitucionales otorgados por el Estado; su base sentimental ocupa, en principio, un papel secundario. En cambio, la nación étnica o cultural se organiza alrededor de una identidad cultural a la que sus miembros se adhieren afectivamente. A grandes rasgos, es una distinción plausible. Pero no se trata de una oposición excluyente, sino de un continuo que admite gradaciones y solapamientos. Y es que ningún Estado se ha legitimado a sí mismo todavía apelando únicamente a la fría racionalidad de los habitantes de un territorio; el fundamento nacional del Estado remite a un imaginario colectivo —con frecuencia objeto de disputa— que se manifiesta en relatos con fuerza vinculante. De ahí no puede deducirse, sin embargo, que todos seamos nacionalistas por igual o que todas las naciones sean iguales. Porque un Estado liberal respetuoso del pluralismo y de la libertad del individuo para conformar su identidad será preferible a uno que se dedique a socializar a sus ciudadanos en una identidad de carácter excluyente o se muestre agresivo con sus vecinos.
Sigue en pie la pregunta sobre la vigencia del nacionalismo más agresivo: ¿cómo es que continúa ensombreciendo el destino de las sociedades humanas? Quizá no sea tan difícil de responder. No en vano, nos socializamos en entornos particulares y —por más que nacer en un sitio u otro sea la mayor de las contingencias— otorgamos un valor emocional superior a aquello que nos es más familiar o cercano. Nuestra constitución psicobiológica refuerza esa disposición: la evolución natural os ha preparado para buscar la cohesión del grupo del que formamos parte. Aquí está la clave del vigor nacionalista: las pasiones de la pertenencia están latentes en todo momento, a la espera de que un agente político trate de activarlas y movilizarlas. Podrá hacerlo de manera benigna, por ejemplo llamando a la reconstrucción de un país tras una guerra; o todo lo contrario. Y aunque habrá ciudadanos de orientación cosmopolita indiferentes a esas apelaciones, la verdad es que los cosmopolitas no abundan. Así que cuidado: tal vez haya que celebrar que el nacionalismo de corte etnicista no juegue un papel aún más determinante en la vida de nuestras sociedades. Podría ser peor. Y nadie puede descartar que un día no llegue a serlo. Manuel Arias Maldonado es politólogo.