domingo, 9 de junio de 2024

Del olvido y el sueño

 







Hola, buenos días de nuevo a todos y feliz domingo, 9 de junio, día electoral en la Unión Europea. Vivimos inmersos en sociedades cansadas, comenta en El País la escritora Berta Ares, insertos en dinámicas de autoexplotación y ansiedad, enredados en relatos de “fin de mundo”, miedo y odio. Sean felices, por favor, aun contra todo pronóstico. Y nos vemos mañana si la diosa Fortuna lo permite. Tamaragua, amigos míos. harendt.blogspot.com
 











Olvidar para conciliar el sueño
BERTA ARES YÁÑEZ
01 JUN 2024 - El País - harendt.blogspot.com

De él dijo el escritor David Foster Wallace que es una verdadera estrella de la literatura de no ficción, y es cierto. Cuando abrimos las páginas de uno de los libros de Lewis Hyde sentimos esa luz que acompaña el reconocimiento de un saber sanador, que el poeta y ensayista comparte con generosidad. Por ejemplo, sumergirse en su Breviario del olvido (Siruela) es penetrar en las costuras de la imaginación humana, un tejido hecho de recuerdos y de olvidos, y, por tanto, de maneras de experimentar el tiempo, de comprender la historia o de ejercer la política.
Según la etimología del inglés enraizada en el alto alemán antiguo, la palabra con la que se expresa “olvidar” significa abstenerse de agarrar algo, mientras que la que se emplea para “recordar” sugiere aferrarse a algo para retenerlo. Así, olvidar es abrir la mano del pensamiento para dejar caer, y recordar es cerrar la mano del pensamiento para agarrar o para captar ese algo.
De forma diferente, pero igualmente elocuente, en la antigua Grecia el olvido se comprendía como aquello que permanece borrado, oculto o cubierto, como las ruinas del Angelus Novus benjaminiano, mientras que la memoria y el recuerdo referían a aquello que se muestra o se descubre.
n cualquier caso, tanto aquello que permanece oculto o desasido como lo que se muestra o se agarra tienen un estatuto de verdad. La cuestión de fondo es el delicado equilibrio entre olvido y memoria, pues tan valioso es desprenderse del pasado como preservarlo. Hacerlo bien, mal o a medias tiene repercusiones cruciales en la formación de la identidad de una persona, de una comunidad, de un grupo, de un pueblo, de una nación. Y a estas alturas de la historia, del mundo en su globalidad.
Escribe Hyde que, cuando no somos capaces de relegar al olvido verdades que son dolorosas, hechas de un sufrimiento que arrastra ira, las furias nos dominan. Estos espíritus de lo inolvidable provocan que nos aferremos al recuerdo del daño y del dolor, hinchando el presente con un pasado mal digerido. Son afrenta, crueldad, venganza.
Contra el poder de las furias puede levantarse el velo de la amnistía, que no tiene por qué ser un olvidarse de pensamiento, pues es importante que la verdad se muestre para poder dejarla atrás: curar el pasado requiere que se reconozcan las heridas. Sin embargo, la amnistía sí debe ser un olvidarse de la acción de venganza que provoca el recuerdo.
Si olvidar es abrir la mano, podremos comprender el poema de Paul Celan (”Tú / tú enseñas / tú enseñas a tus manos / tú enseñas a tus manos tú enseñas / tú enseñas a tus manos / a dormir”) como un dejar caer las furias, soltarlas, no agarrarse a ellas. Olvidar, no necesariamente para perdonar, pero sí para conciliar el sueño. Concordia y dormir van de la mano, de la misma manera que el sueño está emparejado con el olvido. Dormir cumple la imperiosa necesidad de descartar lo que no necesitamos y retener lo esencial, formatea una mente ágil, una buena salud mental. Según la ciencia, un buen sueño nos hace más saludables, previene el cáncer, el alzhéimer, las depresiones, reduce los efectos del envejecimiento y aumenta la longevidad.
Olvidar también favorece huir de las verdades trilladas, de los prejuicios, de las elecciones realizadas bajo el poder del hábito o de la inercia, de los conceptos definitivos. Nos predispone a abrirnos a nuevas posibilidades y a disfrutar de una memoria más sensorial, como la que ensalzó Marcel Proust, el escritor que más bellamente ahondó en la fuerza redentora del recuerdo involuntario y, a su manera, previno contra la pobreza de los sentidos. En El tiempo recobrado, describe el cerebro como una rica cuenca minera donde hay una extensión inmensa y variada de yacimientos. Cultivar los sentidos, predisponer la mente a la contemplación, proporciona variadas y enriquecedoras formas de ver la realidad. Y la realidad, ya se sabe, o al menos eso escribió el poeta, es sobre todo un estado mental.
Como las manos de Celan, también el mundo necesita dormir, pero parece que se le esté olvidando, por eso se atasca, colapsa, porque deja de soñar. Vivimos inmersos en sociedades cansadas, en sistemas que estimulan la mediocridad, o peor aún, insertos en dinámicas de autoexplotación y ecoansiedad, enredados en narraciones de “fin de mundo”, en plena agitación histórica, entre discursos del miedo y del odio que nos exigen ser hostiles antes que hospitalarios, incapaces de crear nuevas narrativas, otras formas de proyectarnos y de representación.
Solo una imaginación sana y creadora puede ahuyentar a las furias, ayudar a aguzar el criterio, a desconfiar de políticas que tratan de enterrar los recuerdos antes de que las heridas curen, o las que impelen al tribalismo, las que apartan del consuelo, del sueño y de la reconciliación. La imaginación puede ayudarnos a configurar otro modo de ser y de habitar el tiempo. Ahí están las artes y las humanidades, siempre propicias y predispuestas a acompañar al ser humano en su transformación. Berta Ares es periodista e investigadora cultural y doctora en Humanidades.
 




















 






[ARCHIVO DEL BLOG] Contra el antipopulismo. [Publicada el 14/09/2017]











El diputado de Podemos, Íñigo Errejón Galván, doctor en Ciencias Políticas, reseñaba el sábado pasado en la revista Babelia el libro Contra el populismo (Debate, Madrid, 2017) del también politólogo y secretario de Estado José María Lasalle Ruiz, al que califica de un "ensayo vigoroso contra un fantasma de contornos imprecisos", y de artillería intelectual contra el populismo. Nada que objetar, salvo que me resulta un poco cínico. Les dejo con él.
José María Lassalle, comienza diciendo Errejón,  ha escrito un ensayo breve, ágil y vigoroso dedicado a combatir la que en su opinión es la principal amenaza para las democracias contemporáneas, un fantasma de contornos imprecisos que en los últimos años inspira ríos de tinta, gruesos titu­lares y cataratas de adjetivos: el fantasma del populismo. Con un buen olfato intelectual y un explícito compromiso liberal y conservador, Lassalle diagnostica la discusión fundamental de nuestros días: para sectores cada vez más amplios de nuestras sociedades, las certezas de antaño, las promesas de seguridad y prosperidad, están hoy rotas y se han llevado por delante con ellas la confianza de los gobernados en las élites políticas y económicas.
A partir de aquí, y todo en virtud del combate de la demagogia y las “bajas pasiones”, Lassalle no escatima en recursos e imágenes para que compartamos su inquietud: “Entre los escombros de la fe en el progreso (…) repta silenciosa y oculta a los ojos de la opinión pública la serpiente de un populismo que puede convertirse en la columna vertebral de un nuevo leviatán totalitario”. Casi nada. A lo largo del ensayo, la ausencia de demostraciones empíricas que permitan contrastar la encendida prosa con la realidad es compensada por más andanadas retóricas, hasta dibujar un paisaje tenebroso en el que causas y consecuencias se confunden.
El autor acierta en su lectura de la sensación generalizada de fin de ciclo, de pacto social y político resquebrajado. Pero indaga poco o nada en sus causas, en el tipo de políticas concretas que han sustituido la conciencia de los derechos por el miedo al futuro, en la voladura de las instituciones o las políticas públicas que tenían como objetivo limitar el poder de los más fuertes, elevar las oportunidades de los más débiles y garantizar unas reglas del juego compartidas por toda la comunidad política. Este marco de convivencia, en el libro de Lassalle, habría volado por los aires fruto de una “crisis” sin nombres ni apellidos, sin decisiones concretas con ganadores y perdedores de las mismas. Un fenómeno al margen de la política, sobre el que no cabe hacerse preguntas políticas ni, por tanto, pensar alternativas, igual que sucede, por ejemplo, ante un huracán. Así que el problema pasa a ser que sobre ese fenómeno han surgido fuerzas políticas que para Lassalle son más bien “estados de ánimo”, por supuesto irracionales: rencor, venganza, miedo. La fractura social, la jibarización de la democracia por poderes privados no sometidos a control alguno no existían hasta que despiadados tribunos de la plebe la han señalado, de tal manera que el problema es señalarla, no su existencia. Por poner un ejemplo concreto: el desprestigio de las instituciones no tendría tanto que ver con su uso patrimonial —o saqueador— por parte de las élites tradicionales como por la artillería discursiva del populismo.
El constitucionalista norteamericano Ackerman señala que la historia pasa por “épocas frías”, durante las cuales la institucionalidad existente contiene en lo fundamental las esperanzas y demandas de la población, y por “épocas calientes”, de carácter más bien fundacionalista, en las que un excedente popular no contenido o satisfecho en la institucionalidad existente reclama con más o menos éxito la reconstrucción del interés general y una arquitectura institucional acorde. Esto no es resultado de malignas y demagógicas conspiraciones, sino la esencia de la política: los fines de una comunidad, su propia composición, no están dados y es en torno a su definición que se articula la disputa y el pluralismo. También los “antipopulistas” elaboran relatos que explican la realidad, atribuyen responsabilidades, reparten posiciones e identifican a un “nosotros” que quieren mayoritario. La diferencia es que ellos lo niegan.
Nuestros sistemas políticos contemporáneos son hijos de una convergencia, no exenta de conflictos, entre el principio democrático y el principio liberal. Ambos han convivido en un equilibrio siempre inestable. En los últimos tiempos, ese equilibrio se ha escorado claramente hacia el principio liberal por la erosión de los derechos sociales y el estrechamiento de la soberanía popular. De ahí procede el desencanto y la brecha entre gobernantes y gobernados. Sin embargo, a los intentos de reequilibrar esta convivencia Lassalle los mira como afanes revanchistas y rencorosos propios de perdedores. Su solución es protegerse aún más del componente popular y profundizar el desequilibrio en favor del liberalismo. Salir del hoyo cavando.
Una de las mejores hebras del libro es el análisis de la tensión entre la “excepcionalidad” del momento de construcción popular y la “normalidad” del enfriamiento institucional. El problema es que Lassalle no la puede desarrollar pues para él no hay tensión, sino contraposición moral. A pesar de todas las evidencias empíricas, para él se trata de dos fuerzas antagónicas y no de una tensión que genera un movimiento pendular. Al negar todo posible entendimiento entre el momento popular y el momento republicano, Lassalle nos devuelve en lo teórico a la dicotomía simplificada liberalismo versus comunitarismo, y en lo político nos condena a la inmovilidad y la mistificación de lo existente como lo único posible.
Siempre que, tras un momento de dislocación y crisis, hay una nueva reunión de voluntades, un “volver a barajar las cartas”, aparece el pueblo, la gente o el país, como nueva voluntad colectiva. Es el momento fundacional de we the people que a los conservadores de distinto signo ideológico fascina cuando está escrito en un código o expuesto en un museo de historia, pero horroriza cuando asoma la cabeza en el presente. El “pueblo”, por tanto, es entonces algo así como un imposible imprescindible: imposible porque la diversidad de nuestras sociedades —­afortunadamente— nunca se cancela o cierra en una voluntad general plenamente unitaria y permanente, pero al mismo tiempo imprescindible, porque no existen sociedades sin mitos, relatos y metas compartidas en torno a las cuales construir orden y anticipar soluciones a los principales problemas del momento. La hegemonía es la capacidad dirigente para articular un nuevo horizonte general que incluya también a los adversarios. Y hoy está en disputa, lo que inquieta a sus tradicionales detentadores hasta el punto de llevarles a escribir encendidos ensayos.
Los conservadores siempre han desconfiado de “los riesgos que conlleva la arquitectura masiva e igualitaria de la democracia” y en los años dorados del neoliberalismo acariciaron la utopía regresiva de establecer “democracias sin demos”: de electorados y consumidores, fragmentados, solos frente a los grandes poderes, sin pasiones ni identidades compartidas, que se reúnen sólo dentro de los límites y cuando son oficialmente convocados: exorcizar la comunidad. Tal cosa nunca fue posible, pero el estallido de la crisis financiera y el devastador resultado de su gestión en favor de intereses de minorías privilegiadas hacen hoy inaplazable la discusión que de manera certera identifica Lassalle: la refundación democrática de nuestras comunidades políticas para paliar la incertidumbre, la precariedad, la desprotección y el sentido de injusticia e impunidad de los poderosos que se abaten sobre nosotros.
Parece difícil negar que hoy atravesamos un momento caliente. La encrucijada es si sabremos encauzarlo institucionalmente o elegiremos condenarlo moralmente —“los míos son actores políticos legítimos, los otros son un estado de ánimo, una suspensión de la razón”—. Nos jugamos que el impulso popular sirva para ensanchar y robustecer nuestras democracias o que se estrelle contra unas élites atrincheradas y temerosas del futuro... e incluso de una “sobredimensión de la esencia popular de la democracia”. Esta es, como bien señala el autor, la batalla intelectual más relevante del momento, y Lassalle es sin duda de los más lúcidos y preparados para librarla desde el campo conservador. Bienvenida sea. Y ahora, como decía Sócrates, Ιωμεν: nos vamos. Sean felices, por favor, a pesar de todo. Tamaragua, amigos. HArendt











sábado, 8 de junio de 2024

Sobre una Europa federal y posnacional. Especial 3 de hoy sábado, 8 de junio

 


Por una Europa federal y posnacional
JAVIER CERCAS
08 JUN 2024 - El País Semanal - harendt.blogspot.com

Mi Europa ideal es esta: una Europa que combina la unidad política con la diversidad lingüística y cultural. Desde la II Guerra Mundial hemos aprendido que la unidad política constituye la única forma de preservar en Europa la paz, la prosperidad y la democracia, y en los últimos años se han dado pasos relevantes para que la UE deje de ser una confederación y se convierta en una federación, que es lo que debería ser. Pasos políticos y económicos; falta un paso aún más importante: consiste en cambiar la Europa nacional por una Europa posnacional.
La Europa de las naciones se forjó a lo largo del siglo XIX al calor del nacionalismo, que fue el rostro político del Romanticismo y la ideología capaz de cambiar la legitimidad divina del poder, propia de las viejas monarquías absolutas, por la legitimidad popular, propia de las democracias modernas. El problema fue que, en el siglo XX, esa ideología progresista se convirtió en una ideología reaccionaria, que arrasó Europa en dos guerras mundiales que en el fondo fueron una única y dilatada guerra nacionalista. La unión de Europa se concibió tras ese apocalipsis como un antídoto contra el nacionalismo, que pese a ello conserva intacto, todavía hoy, su espeluznante poder destructivo, según demuestran la guerra de Ucrania o el surgimiento de las diversas formas del nacionalpopulismo en toda Europa (empezando por España). Por eso, la mejor forma de culminar el proyecto europeo consiste en trocar una Europa plurinacional por una Europa posnacional, donde el sentimiento de pertenencia nacional no sea una cuestión política sino una cuestión íntima, personal. ¿Una utopía perniciosa? ¿Una ingenuidad? En absoluto: durante siglos, Europa se desangró en inacabables guerras de religión, hasta que, en el siglo XVIII, la revolución ilustrada extirpó el sentimiento religioso de la vida pública y lo confinó en la privada, con lo que muchísimos europeos dejaron de enfrentarse por motivos religiosos (no así los españoles: en parte a causa de la debilidad de nuestra Ilustración, nosotros seguimos matándonos por nuestras creencias hasta la Guerra Civil, que también fue una guerra de religión, como en el siglo XIX lo fueron las guerras carlistas). Necesitamos una nueva revolución ilustrada, que excluya el sentimiento nacional del dominio de lo político y lo confine en el de lo privado, para que los europeos dejemos de matarnos por motivos identitarios, como hemos hecho durante dos siglos y seguimos haciendo (no sólo los europeos, claro: el conflicto palestino-israelí es también, en gran parte, un conflicto identitario, nacionalista). No se trata por supuesto de proscribir el sentimiento nacional (como no se trataba en el siglo XVIII de proscribir el sentimiento religioso); tampoco, de que nadie deje de usar su propia lengua y tener sus costumbres y sentirse lo que quiera (alemán, francés o español, catalán o vasco o extremeño): se trata de que, gracias a un potente Estado europeo que blinde la igualdad ante la ley y proteja las diferencias culturales o identitarias o religiosas, cada uno se sienta lo que quiera sin convertir ese sentimiento en un asunto público, y sin que nadie pueda usarlo como dinamita política. Ni las creencias ni los sentimientos deberían formar parte del debate público, porque se puede discutir sobre razones, pero no sobre creencias o sentimientos: los sentimientos son muy respetables (como las creencias), pero, en cuanto la política se vuelve sentimental (o se convierte en una fe), deja de ser política.
Una nueva revolución ilustrada: eso es lo que necesitamos en Europa. Como la derecha es constitutivamente nacionalista, esta revolución debería abanderarla la izquierda, que es constitutivamente internacionalista: no la izquierda jacobina, incapaz de emanciparse del marco mental nacional, ni mucho menos la izquierda plurinacional, que propone resolver el problema multiplicándolo, sino una izquierda posnacional. Una izquierda racionalista y no sentimental, que vuelva a las raíces de la izquierda —libertad, igualdad, fraternidad— y abogue por la privatización del sentimiento nacional. ¿Hay alguien por ahí? Javier Cercas es escritor.














Sobre Europa y nosotros. Especial 2 de hoy sábado, 8 de junio

 









Europa, ruega por nosotros
LOLA PONS RODRÍGUEZ
08 JUN 2024 - El País - harendt.blogspot.com

“El mentido robador de Europa” era el nombre que Luis de Góngora asignó al gran dios Zeus. En la oscura clave poética de sus Soledades, Góngora lo llamó “robador” porque, en la mitología griega, Zeus se encarnaba en un toro blanco y engañaba a una joven princesa llamada Europa, que paseaba por la playa. Se la ganaba con su mansedumbre para después raptarla y llevarla por el mar hasta Creta. El nombre de esa princesa es el que históricamente se usó para dar nombre a nuestro continente.
¿Quién nos ha robado Europa ahora? En este día de reflexión previo a las elecciones europeas, me pregunto por la presencia de Europa en la campaña electoral que hasta ayer vivimos, porque mucha Europa no he visto. En el sentido más puramente discursivo, los partidos políticos han monopolizado esta campaña con discursos y declaraciones en clave nacional esgrimidos incluso por los cabezas de lista: discusiones en torno al procés y la amnistía, apelación a la imagen del fango, manifestaciones sobre la adhesión personal y supraideológica a los líderes, balance de logros locales aprovechando que se ha cumplido un año desde las elecciones municipales de 2023... ¿Dónde ha quedado Europa? Esto no ha sido una visita a ciudadanos de toda España para atender sus peticiones, escucharlos y darles, si es posible, propuestas en la dimensión europea que puedan tener sus necesidades. Estamos en una perpetua campaña nacional y no ante una verdadera y cabal campaña electoral europea.
El filólogo Dámaso Alonso decía que Góngora escribía pensando en el puro placer de las formas. La elaboración artística y el lenguaje del poeta cordobés son difíciles y hay que saber dirimir qué pasa por debajo de su discurso, en la trama; hacen falta explicaciones para entender que, escondido en el retorcimiento formal, hay un argumento que progresa y que apela al lector. Pero no es lo que aquí ocurre. Aquí lo grande no incluye a lo pequeño, porque lo nacional no es exactamente lo europeo en proporción reducida. Si hablamos de las convocatorias judiciales españolas, de las tensiones de la Cámara baja o de las elecciones catalanas no estamos hablando de Europa sino de España, y esos discursos sobre problemas del país no están forzosamente atravesados por el ángulo de la política continental. No hay un contenido europeo celado bajo la forma del debate doméstico. No hay sublimación posible, a menos que pensemos en Europa como un proyector rutinario de la política interna donde aburridamente nuestros parlamentarios, viejas glorias de los partidos nacionales, pasan los días entre comisiones técnicas menos politizadas que las que conocieron cuando frecuentaban la política española.
Pienso en Europa mientras escribo este texto desde una comarca gaditana, entre el océano Atlántico y el mar Mediterráneo. Redacto estas líneas teniendo cerca el Campo de Gibraltar. El lugar histórico excepcional donde se fundaban las míticas columnas de Hércules es hoy epicentro del tráfico de drogas y del crimen organizado. Este no es un lugar más de España: es la frontera sur de la Unión Europea y está frente a Marruecos; el tráfico de hachís tiene aquí una dimensión distinta a la de cualquier otro lugar de España. El desempleo roza la cifra del abuso, la desfachatez con que opera el narco en el mar está a la altura de la impunidad con que blanquea su dinero en tierra, los cuerpos de seguridad del Estado pierden efectivos cada año porque los matan (quiero nombrar a David Pérez, quiero nombrar a Miguel Ángel González), faltan efectivos judiciales. Aquí no está premiado el decoro de la población que respeta las normas, que contiene a sus hijos de la tentación fácil de ocuparse en el trapicheo o que los educa en política para que no vean en la facilidad del discurso populista la solución rápida a una situación compleja. Y no solo no están premiados socialmente el civismo ciudadano y la madurez política, sino que no están acompañados institucionalmente. Porque aquí, a veces, las noticias hacen mucho ruido pero apenas cascan nueces políticas. En estas elecciones europeas, otra vez poca gente se ha acordado de ellos, de un territorio que no es un lugar más de España, sino la puerta de Europa.
Por eso, por ser la puerta de Europa, en el siglo XIV se levantó en Gibraltar el santuario a la virgen de Europa, una advocación religiosa cuya devoción nació en el Peñón y luego, desde Algeciras, fue difundida a otros lugares del mundo. A la protección de esta imagen mariana se consagra el continente europeo desde la Baja Edad Media, en uno de esos sincretismos ingenuos que hizo que la vieja doncella fenicia raptada se convirtiera en virgen sedente cristiana. Y allí está la pobre virgen de Europa, sola en su santuario, con el olor lejano de los motores de las potentes narcolanchas y de las patrulleras cansadas, el ambiente cargado en el SEPE y las viejas redes de pesca arrumbadas en el ángulo oscuro, mientras que otros se llevan los mítines y las declaraciones a sus prioridades y su agenda. El “mentido robador de Europa” que decía el poeta no se disfraza ya de toro blanco ni rapta princesas, pero hurta muchos debates que importan y que sospecho que seguirán siendo ignorados la semana próxima, pasadas las elecciones. Que Europa ruegue por los de aquí. Lola Pons Rodríguez es filóloga.














Sobre Kate Winslet y los delirios de la ultraderecha. Especial 1 de hoy sábado, 8 de junio

 







Kate Winslet y los delirios de la ultraderecha
BERNA GONZÁLEZ HARBOUR
08 JUN 2024 - El País - harendt.blogspot.com

Cualquier razón es buena para ver a Kate Winslet, pero esta vez hay una excusa formidable para pedir prestada un momento la contraseña de HBO y asomarnos a The regime, una miniserie perfecta para hoy, jornada de reflexión de las elecciones europeas. Interpreta la actriz a la lideresa de un régimen populista en Europa Central tentada a diestra y siniestra por las ofertas de unas potencias —EE UU y China— hambrientas de sus materias primas. La serie es satírica, divertida, visualmente explosiva, muy Stephen Frears y más cosas que no vienen al caso, porque lo que aquí importa es el paralelismo asombroso que despierta en tal día como hoy con mujeres poderosas de la ultraderecha europea cuyas fuerzas pueden ser mañana las más votadas en sus países: Marine Le Pen y Giorgia Meloni. Repito: las más votadas.
La sola idea de que la ultraderecha vencerá en dos grandes países fundadores de la Unión, Francia e Italia, cuando los ecos del Día D aún nos recuerdan el tamaño del sacrificio para doblegar al nazismo, es estremecedora. En total, la extrema derecha puede alcanzar la victoria en nueve Estados miembros, mientras la izquierda y los verdes verán posiblemente menguada su representación hasta desequilibrar la actual balanza de poder.
Pero ningún lamento por este avance ultra es suficiente si no camina de la mano de un análisis profundo sobre el decrecimiento de la izquierda. ¿O acaso basta agitar el espantajo de la ultraderecha para frenarla? La respuesta es no, ya deberíamos saberlo.
El camino recorrido por Reino Unido, Estados Unidos y todos los que se han rendido antes a los populismos presenta ya pistas muy interesantes que, sin embargo, aún no nos han vacunado: la nostalgia de un tiempo que parecía mejor; la promesa de recuperar el control de los destinos; o la llave de la identidad como territorio seguro juegan a su favor. Esas son las claves de su avance mientras, día tras día, los ciudadanos sufren en sus carnes problemas que los gobiernos de partidos convencionales no logran resolver. El precio de la vivienda, por ejemplo, campa a sus anchas en España un año después de que el Gobierno se comprometiera a lo contrario. Y es que, cuidado: la ultraderecha no tiene mejores soluciones, pero a la izquierda y a la derecha convencional más les valdría tenerlas de verdad.
Cuando las cosas empiezan a ir mal para el personaje de Kate Winslet, la tirana envía a invadir un territorio para reavivar apoyos. Esto nos suena. Los delirios de su régimen son de ficción. Pero los de la ultraderecha y los autoritarismos violentos que nos rodean, no. Esta vez, no queremos que se hunda el Titanic. Berna González Harbour es periodista y escritora. 














Del peso de la historia de Rusia

 






Hola, buenos días de nuevo a todos y feliz sábado, 8 de junio. Orlando Figes, escribe en Revista de Libros el también historiador Antonio R. Rubio Plo, es un historiador británico que se nacionalizó alemán tras el Brexit, lo que nos dice bastante de su estilo y personalidad, poco propensa a creer en mitos y populismos. Su estudio La revolución rusa 1917-1924 resulta indispensable para entender cómo llegó al poder y se consolidó en Rusia el régimen bolchevique de Lenin. Faltaba, sin embargo, una historia más completa de Rusia, que el autor ha completado coincidiendo con la invasión de Ucrania. Sean felices, por favor, aun contra todo pronóstico. Y nos vemos mañana si la diosa Fortuna lo permite. Tamaragua, amigos míos. harendt.blogspot.com
 













Rusia y el peso de su historia
ANTONIO R. RUBIO PLO
08 MAY 2025 - Revista de Libros - harendt.blogspot.com

Reseña del libro La Historia de Rusia, de Orlando Figes. Taurus, Madrid, 2023
Orlando Figes es un historiador británico que se nacionalizó alemán tras el Brexit, lo que nos dice bastante de su estilo y personalidad, poco propensa a creer en mitos y populismos, bien se trate de los de Gran Bretaña o los de Rusia. Figes sabe combinar los aspectos narrativos con continuas referencias a la cultura y a la historia de las ideas, aspectos sin los cuales la historia de los acontecimientos políticos es forzosamente fragmentaria e incompleta. En mi opinión, su obra más lograda es El baile de Natasha, la mejor introducción al legado cultural ruso para todo tipo de lectores. Por lo demás, su estudio de La revolución rusa 1917-1924 resulta no menos indispensable para entender cómo llegó al poder y se consolidó en Rusia el régimen bolchevique de Lenin.
Faltaba, sin embargo, una historia más completa de Rusia, que el autor ha completado coincidiendo con la invasión de Ucrania, por lo que esta obra resulta muy oportuna. Aunque más de la mitad del libro abarca los últimos dos siglos de historia rusa, no es una historia incompleta o sesgada porque Figes sabe relacionar muy bien, incluso los sucesos más remotos, con la actualidad más reciente. Para entender Rusia, acaso más que a otros países, hay que conocer bien la historia, porque la historia y la memoria siempre han sido objeto de instrumentalización por el poder ruso hasta el momento presente. Los más brillantes análisis políticos siempre estarán incompletos o, lo que es peor, sujetos a error, si se prescinde de la historia de Rusia. Esta afirmación la compartía, sin duda, el diplomático estadounidense George F. Kennan. Durante los años de la posguerra fue famoso por su «telegrama largo», un informe para su gobierno, con trazos de ensayo literario, y que sirvió de modelo para la política de contención en la guerra fría. Pero precisamente por dar suma importancia a la historia y la cultura, la carrera diplomática de Kennan no desembocó en responsabilidades de gobierno, pues dichas responsabilidades suelen ser cortoplacistas.
Orlando Figes elige como punto de partida para su viaje por la historia de Rusia la ceremonia de inauguración el 4 de noviembre de 2016 de una estatua de bronce de unos 20 metros de altura junto al Kremlin: la de Vladímir, considerado santo por la Iglesia ortodoxa y fundador de la Rus de Kiev, un estado medieval del siglo IX, una figura que el poder ruso de la época zarista, e incluso Gorbachov durante la perestroika, consideró como el fundador de Rusia, o mejor dicho del «mundo ruso», en el que Rusia, Ucrania y Bielorrusia forman un todo, tal y como recordaría Putin en el verano de 2021 en un largo ensayo alojado en la web del Kremlin, en el que la historia y los propósitos políticos iban de la mano. El discurso de Putin en la referida ceremonia estuvo marcado, tal y como era su finalidad, por una inmersión en la trascendencia histórica. En contraste, Figes pone el acento en las palabras pronunciadas entonces por Natalia Solzhenistin, la viuda del escritor, y que no debieron de responder a las expectativas de Putin. Aquella mujer se limitó a recordar que a los rusos nada les enfrenta tanto como el pasado y pidió respeto por la historia, sin dejar de añadir este recordatorio que nunca será del agrado de quienes utilizan la historia como arma arrojadiza: «hay que juzgar el mal con honestidad y valentía, sin justificarlo ni barrerlo debajo de la alfombra para esconderlo». En la fecha del discurso de Putin ya se había producido la anexión de Crimea por Rusia, y por eso el presidente ucraniano, Petro Poroshenko, comentó que Rusia pretendía apropiarse de la historia de Ucrania, pues en Kiev, Vladímir, en ucraniano Volodímir, cuenta con una estatua algo menor en tamaño que la del Kremlin, alzada en 1853. Para el entonces presidente ucraniano, Volodímir era «el creador del estado medieval europeo de la Rus de Kiev». Su percepción de la historia servía para subrayar que Ucrania había hecho una elección por Europa, al considerarse heredera de la civilización cristiana de Bizancio y no sentirse parte de la cultura rusa. Son dos relatos incompatibles de la identidad nacional que ahora se enfrentan en el campo de batalla.
Además, Figes trae a colación una conocida cita de George Orwell: «Quien controla el pasado, controla el futuro… Quien controla el presente, controla el futuro». Es el perfecto ideal de todo totalitarismo, aunque hoy habría que matizar que no es seguro que siempre sea así, porque si el relato del pasado, construido desde el poder, choca con la realidad y las frustraciones del presente, no está garantizada la credibilidad y perdurabilidad de ese relato. En cualquier caso, el estado ruso es un ejemplo de cómo las ideologías dominantes instrumentalizan la historia. En Rusia la historia no se puede separar de la política, y la política no se puede separar de la historia. De ahí que este libro pueda ser interpretado como un rechazo de su autor a las manipulaciones históricas, en las que no resulta fácil distinguir entre la historia completa y la memoria selectiva, pues ese es el objetivo del poder establecido. Putin se ha entregado en cuerpo y alma al historicismo, y cuando esa mentalidad encuentra un amplio eco en la sociedad, las propias categorías de izquierda y derecha se diluyen. Todo es válido para realzar la «epopeya nacional», donde caben toda clase de personajes: desde el príncipe Aleksandr Nevski, vencedor de los suecos y los caballeros teutónicos en el siglo XIII, hasta el propio Stalin, que no solo venció a los invasores nazis, sino que llevó a las tropas soviéticas a Berlín. Es una perspectiva que lo asume todo: la época medieval, pese a la dominación de los mongoles de la Horda de Oro; la época zarista y la época soviética con correcciones, en la que Stalin y su «guerra patriótica» de 1941-45 salen mejor parados que Lenin y sus bolcheviques, pues contribuyeron a disgregar el imperio de los zares.
Uno de los aspectos más interesantes de la obra de Figes es la reflexión que hace sobre el pasado mongol de Rusia. La interpretación histórica de Putin es que Rusia salvó a Europa de la amenaza de las hordas asiáticas, y también la salvó de las dominaciones napoleónica y hitleriana. Europa, por no decir Occidente, nunca se ha mostrado agradecida, y su respuesta siempre ha sido debilitar a Rusia, su cultura eslava y su fe ortodoxa, tratando de imponerle el secularismo e individualismo surgidos en el Renacimiento europeo. Esta era la tesis de los eslavófilos del siglo XIX, opuestos a toda reforma basada en la occidentalización. Sin embargo, Figes no comparte esa percepción acerca de los mongoles, también conocidos como tártaros, y expone una serie de argumentos acerca de la influencia de los mongoles en Rusia. Señala que, en 1680, en la corte del zar, había 915 familias nobles, de las que 156 tenían origen mongol. Ese mismo origen lo comparten destacadas figuras de la cultura como Turguénev, Bulgákov o Rimski-Kórsakov, y no faltan estudios que relacionan a los rusos con una psique oriental caracterizada por la contemplación, el fatalismo o la primacía de lo colectivo sobre los intereses individuales. En la primera mitad del siglo XIV, una época en que los rusos estaban sometidos al kanato de la Horda de Oro, la influencia de las instituciones políticas mongolas era notable, tanto en la administración como el ejército. Estas consideraciones fueron utilizadas por intelectuales críticos con el sistema político en los siglos XIX y XX: Herzen decía del zar Nicolás I que era «un Gengis Khan con telégrafo», y Bujarin opinaba de Stalin que era «un Gengis Khan con teléfono». La conclusión es muy clara. Por mucho que los rusos se hubieran liberado del yugo tártaro, el despotismo oriental no desapareció de la política rusa. Antes bien, se consolidó en forma de una autocracia patrimonial, en la que el estamento noble, los boyardos, no se parecía en nada a los señores feudales de Europa occidental, pues la propiedad de sus tierras podía ser revocada en cualquier momento por el zar, el verdadero soberano de la tierra rusa. La fortaleza del Kremlin, en la que están encerradas varias iglesias al no haber ningún tipo de separación entre la esfera política y espiritual, es uno de los ejemplos más visibles de la autocracia zarista.
Liberados del dominio de la Horda de Oro, aunque persistiera el kanato de Crimea hasta 1783, el estado ruso, o más bien moscovita, se fue expansionado hacia el este por las tierras siberianas, mientras se mantenía a la defensiva en el Báltico frente a suecos y polacos. El final del siglo XVI, tras el reinado de Iván IV el terrible, dio lugar a la «época de los disturbios», un período de inestabilidad que finalizó con la llegada de la dinastía Romanov en 1613. Tiempos de rebeliones, aunque a la vez de expansión territorial, sobre todo con Pedro el Grande, vencedor de los suecos en tierras ucranianas, un episodio también evocado en esa cruzada cultural que es la guerra de Ucrania. Pedro fue además el artífice de una revolución cultural, la de un acercamiento a Europa plasmado en la fundación de San Petersburgo, si bien al mismo tiempo el zar se hacía llamar «imperator» y estaba al frente de un estado policial absolutista. Las revoluciones palaciegas, en la que nos faltan los magnicidios, salpicaron el siglo XVIII, en el que el único reinado a la altura del zar Pedro es el de Catalina la grande. Más revolución cultural en la línea del despotismo ilustrado y más expansión territorial, incluyendo la anexión de Crimea. Sin embargo, el impacto de la Revolución francesa, que sacudió a toda Europa, frenó las supuestas inclinaciones reformistas de zares como Alejandro I, nieto de Catalina y vencedor de Napoleón, y que impulsó la Santa Alianza ante la amenaza de nuevas revoluciones liberales. Su hijo y sucesor, Nicolás I, reaccionará ante los ciclos revolucionarios europeos de 1830 y 1848 con una política basada en los ejes de la ortodoxia, la autocracia y la nacionalidad.  Este reinado terminó, sin embargo, con la derrota de Rusia frente a Gran Bretaña y Francia en la guerra de Crimea (1854-1856). El resentimiento resultante parece haber perdurado hasta el día de hoy.
La incompetencia de los gobiernos, la corrupción, el atraso tecnológico y una creciente brecha social irán socavando a lo largo del siglo XIX el mito de la santa Rusia y del zarismo. La emancipación de la servidumbre, decretada por Alejandro II en 1861, liberó a los campesinos de la sujeción a los terratenientes, pero no convirtió en realidad sus aspiraciones sobre la propiedad de la tierra. Con todo, el sistema de autogobierno de los consejos locales (zemtsvos), establecido en 1864, unido a las nuevas leyes de educación y las reformas judiciales, podían, en opinión de Figes, haber contribuido a una sociedad más liberal, Paralelamente surgió el mito del sencillo pueblo ruso portador de los ideales socialistas y apareció el movimiento populista que idolatraba al campesinado hasta el punto de que muchos estudiantes acudían en los veranos a las zonas rurales con la esperanza de convertir a los campesinos a su lucha revolucionaria. Era una labor que requería paciencia, pues los labriegos se mostraban poco receptivos, si bien otros representantes del populismo decidieron que los campesinos solo se unirían a la causa si se paralizaba a un estado policial por medio de revueltas políticas y actos de terrorismo. En uno de ellos se asesinó al zar en 1881, y la respuesta de su hijo, Alejandro III, fue enquistarse en el sistema autocrático con una serie de políticas represivas que afectaron particularmente al campesinado y a las minorías nacionales. El último de los zares, Nicolás II, siguió considerando su soberanía como absoluta. Cometió el trágico error, como bien apunta Figes, de no escuchar las demandas planteadas por una emergente sociedad civil para desempeñar un papel más relevante en el gobierno hasta que fue demasiado tarde. La revolución de 1905, iniciada con el domingo sangriento de San Petersburgo, desembocó en una huelga general que paralizó Rusia. El zar se vio obligado a firmar el Manifiesto de Octubre, en el que se garantizaba la libertad de expresión, reunión y religión, y se establecía una asamblea legislativa o Duma. Pero de ahí no saldría una constitución, pues las leyes fundamentales seguían otorgando el poder absoluto al soberano. Además, las reformas políticas resultaban insuficientes para quienes defendían las reformas sociales. No había mejora de las condiciones laborales ni propiedad de la tierra para los campesinos.
La entrada de Rusia en la Primera Guerra Mundial, una guerra de desgaste, pese a la extendida creencia en la aplastante superioridad numérica de unos soldados mayoritariamente campesinos, fue la antesala de la revolución. Esta acabó con la monarquía, pero no cuestionó el poder de un único líder, pues el pueblo seguiría pensando que «toda república tiene la necesidad de un buen zar». Una mentalidad que más tarde haría a la población receptiva al culto soviético al líder, y que sigue existiendo en nuestros días. Los bolcheviques declararon la guerra a la vieja Rusia y en los primeros tiempos pretendieron dar al mundo la imagen de haber construido un estado obrero, pero, en cambio, uno de los efectos del gobierno de Stalin fue el apogeo de la gran Rusia, la Madre Patria, que surgió con más fuerza que nunca tras la victoria soviética de 1945. Sin embargo, el estancamiento del sistema político, que no pudo reactivar la perestroika de Gorbachov, contribuyó a despertar los nacionalismos de los pueblos sometidos, que fue lo que contribuyó a la caída de la Unión Soviética en 1991.
Orlando Figes se pregunta por qué de los acontecimientos de 1917 y 1991, con el final de un estado autocrático, no surgió la democracia en Rusia. En el primero de los casos se impuso una minoría organizada dirigida por Lenin, y en el segundo no hubo ninguna revolución anticomunista. Las viejas élites fueron sustituidas por otras, que hasta entonces desempeñaban papeles secundarios y la corrupción salpicó al poder, aunque los líderes occidentales se empeñaban en considerar a Boris Yeltsin como un «reformador democrático». Más tarde llegará Putin, empeñado en la construcción de un estado fuerte y centralizado, y que asume una interpretación estatista y conservadora de la historia rusa. Según Figes, Occidente cometió el error de considerar a los rusos como los perdedores de la guerra fría e inició un proceso de ampliación de la OTAN, sin tener en cuenta las inquietudes geopolíticas de Moscú.
Una de las conclusiones que se pueden extraer de este libro es que Rusia pretende estar luchando por su identidad nacional, o si se quiere por su religión nacional, en la que las ideas de la «santa Rusia» o el «santo zar» parecen estar muy presentes. El discurso del poder pasa también por comparar el conflicto de Ucrania con los de 1812 y 1941, que son las de invasiones francesa y alemana. El detalle de que la invasión, calificada en este caso de «operación militar especial», fue iniciada por los rusos no tiene eco en este mensaje. Como historiador, encuentro una cierta similitud con el argumento del historiador Edward Gibbon sobre la expansión de Roma: sus necesidades de seguridad obligaban a los romanos a las anexiones de territorios vecinos. Por lo demás, la percepción de Moscú sobre su seguridad se expresa muy bien en este detalle: la diplomacia rusa se refirió en febrero de 2022 al derecho de legítima defensa inmanente, reconocido en el art. 51 de la Carta de las Naciones Unidas. Se puede hablar incluso de cruzada cultural contra Occidente, que no tendría derecho a imponer sus criterios sobre la libertad y la democracia en el «mundo ruso», del que Ucrania forma parte. Otra observación de índole personal es que un argumento similar podría encontrarse en la revolución iraní de 1979, surgida como respuesta a los intentos de occidentalización del Sha Reza Pahlevi, y que pudo triunfar gracias a la precisa combinación entre la religión y el nacionalismo.
Si bien el libro de Figes se empezó a escribir antes de la guerra de Ucrania, ahora es un valioso instrumento para comprender lo que está pasando en Rusia, un país en el que la historia se asemeja a una muralla infranqueable. Al terminar de leerlo nos puede quedar la impresión de que Rusia está condenada a ser prisionera de la historia, pero Orlando Figes está ahí para recordarnos que hubo capítulos de esa historia en que Rusia podría haber tomado un camino más democrático: el autogobierno en las ciudades medievales, las comunas campesinas, los hetmanatos cosacos, los zemstvos o consejos locales… El autor insiste en contar de nuevo todas estas historias para contribuir a cambiar el trágico destino de Rusia. Antonio R. Rubio Plo es profesor de Relaciones Internacionales y de Historia del pensamiento político y analista de temas de política internacional.




























[ARCHIVO DEL BLOG] España está más allá de la M-40. [Publicada el 13/06/2015]











Viví en la ciudad de Madrid entre los cuatro y los veintiún años de edad. Amo a esa ciudad y a sus gentes como a pocas otras de las muchas que he conocido. En ella están enterrados mis padres y mis abuelos, y allí vive uno de mis hermanos y toda una extensa familia de tías, primos y sobrinos. Pero no soporto el ombliguismo de sus políticos ni de su política. España es algo más, bastante más, que el mundo que existe y que se percibe desde el interior de la M-40. 
Hace unos días escribí en el blog sobre el lenguaje de los políticos y aunque siempre hay excepciones a la regla general, la verdad es que suelen hablar mucho, con muchos circunloquios, para al final no decir nada. Los filósofos también resultan difíciles de entender a menudo, con una diferencia, la de que utilizan un lenguaje sumamente críptico, sólo para iniciados o miembros de la tribu filosofal, que se compadece muy poco con el del común de los mortales. No siempre es así, Bertrand Russell y Ortega, por ejemplo, pueden leerse con facilidad por la precisión, elegancia y belleza de su lenguaje. Ambos escribieron de política y participaron activamente en la de su tiempo. También lo hizo mi querida y admirada Hannah Arendt, pero como dice su biógrafa, Laura Adler en "Hannah Arendt" (Destino, Barcelona, 2006): "ella, que durante un tiempo ha flirteado con el compromiso en la acción política, se aleja definitivamente de la misma. Desde ahora considera que no está hecha para eso: demasiado emotiva, demasiado a flor de piel, no es lo bastante estratega y se inclina demasiado por la verdad". Sí, es difícil compatibilizar filosofía, acción política y verdad sin acabar pringándose... ¿No cree, señor Savater?
Años atrás, durante el proceso de traslado de la biblioteca familiar de Las Palmas a Maspalomas, un poco en broma y como para tentar al destino -lo mismo hace uno de los personajes de "Los amantes encuadernados" de Jaime de Armiñán- fui guardando al azar dentro de mis libros fotos, cartas, postales, escritos personales, artículos de prensa... Espero que mis nietos se diviertan encontrándolos y recopilándolos, o echándolos a la hoguera, como hacía Pepe Carvalho, el detective protagonista de las novelas de Manuel Vázquez Montalbán.
Me resultó una auténtica sorpresa encontrar, hojeando uno de esos libros, un artículo de prensa, ya amarillo por el paso del tiempo, titulado El derecho fundamental del pueblo canario, publicado en el periódico El Eco de Canarias, de Las Palmas, el 9 de marzo de 1977, y escrito por un tal Néstor David Ramírez, que reivindicaba, siguiendo el pensamiento de Ortega en su "España invertebrada" (1921), la exigencia para nosotros, "como canarios, de las mismas libertades, los mismos deberes, los mismos derechos y privilegios que pedimos para todos los restantes pueblos y países de España, porque forzoso es reconocer que sólo en una España libre, justa y democrática será posible la existencia de un pueblo canario libre, justo, democrático, pacífico y orgulloso". Salvo algunas expresiones un poco ampulosas, propias de la época y el momento, lo suscribo totalmente. Fin de la cita, como suele decir nuestro ínclito presidente del gobierno -de momento- don Mariano Rajoy...
Las casualidades no existen, pero como las meigas, haberlas, haylas... Así que, no es de extrañar que por aquellas fechas El País publicase un artículo del notario catalán Juan-José López Burniol, miembro de la asociación cívico-política "Ciutadans pel canvi", titulado La rebelión de las provincias, que reivindicaba igualmente a Ortega para defender que "la dialéctica centro-periferia viene impuesta por la fuerza de las cosas desde que el Estado Autonómico hizo posible lo que Ortega bautizara como 'la redención de las provincias', es decir, el logro de una progresiva homogeneización social y económica de España". Un brillante y crítico comentario contra los que aún parecen no entender que la rebelión de las provincias no sólo es inevitable sino absolutamente justa. Me ha parecido interesante contraponer ambos textos, separados por treintas y muchos y muchas historia. 
¡Ah, por cierto!, se me olvidaba decir que Néstor David Ramírez era uno de los seudónimos que también utilizaba un tal HArendt en sus escritos políticos de esa época... No voy a rebuscar más textos antiguos entre mis libros; que el Azar y la Fortuna decidan el mañana... Sean felices por favor, y ahora, como también decía Sócrates, "Ιωμεν": nos vamos. Tamaragua, amigos. HArendt