domingo, 27 de agosto de 2023

De los mundos compartidos

 







Hola, buenos días de nuevo a todos y feliz domingo. Mi propuesta de lectura de prensa para hoy, del escritor Rafael Narbona, va de los mundos compartidos. Se la recomiendo encarecidamente y espero que junto con las viñetas que la acompañan, en palabras de Hannah Arendt, les ayude a pensar para comprender y a comprender para actuar. Sean felices, por favor, aun contra todo pronóstico. Nos vemos mañana si la diosa Fortuna lo permite. Tamaragua, amigos míos. harendt.blogspot.com









Karl Jaspers: edificar un mundo compartido
RAFAEL NARBONA 
13 JUN  2019 - Revista de Libros - harendt.blogspot.com

Karl Jaspers no es un filósofo de moda, pero durante la dictadura nazi se puso de manifiesto su extraordinario temple moral. Casado con una judía, se mantuvo a su lado, aceptando toda clase de penalidades, incluida la pérdida de su cátedra. Su vida es una confirmación de su filosofía: sólo es posible conocer lo que somos cuando nos enfrentamos con experiencias límite, como el sufrimiento, la culpabilidad o la muerte.
Karl Jaspers consideraba que, en la filosofía, lo esencial no son las respuestas, sino las preguntas. No todas las preguntas poseen la misma importancia. Entre las que consideramos esenciales, hay una que no se cansa de exigir una explicación: «¿Por qué existe el mal?» En una conferencia de 1935, Jaspers nos recordaba que –según Kant– el mal radical surge cuando la conciencia subordina el cumplimiento de la ley moral a la satisfacción de nuestras exigencias particulares de felicidad. El mal no es un objeto ni un hecho, sino una intención afincada en la dimensión inteligible de la condición humana. Su morada está en el fondo íntimo del ser personal. Karl Jaspers observa que la ley incondicionada de Kant es un principio carente de objetivación. La objetivación sólo se plasma por medio de una legislación positiva o, en un sentido trascendente, como amor a Dios, entendido como «la totalidad de mi amor, de donde dimana la posibilidad de amar todo lo que es ser verdadero y por el que nada se pierde, dado que cada partícula queda imantada hacia el sitio que le corresponde por su propio rango».
Hay en el mal radical un profundo nihilismo, una complacencia con la muerte, que incluye el desprecio del ser en todas sus manifestaciones. Hitler profetiza el fin de la humanidad si su «gran política» fracasa y Stalin, con una filosofía de la historia semejante, entiende que la muerte como fenómeno de masas no es un problema moral, sino una «cuestión de Estado» que no puede juzgarse en términos éticos sin incurrir en una reprobable ingenuidad. El Estado totalitario no legisla para garantizar derechos, sino para asegurar la supervivencia de una idea, el cumplimiento de una misión trascendental, que resolverá las contingencias del presente. Este planteamiento se ajusta a la definición kantiana de mal radical, pues afecta al principio del «querer». Hay una voluntad pervertida que ignora la norma moral, alegando la prioridad de una ideología, donde la humanidad –reelaborada por la política totalitaria– conseguirá al fin la felicidad. Una felicidad excluyente, pero definitiva.
No es un razonamiento original. De hecho, siempre se ha considerado que la realización histórica del bien no puede estar lastrada por consideraciones individuales. Lo infinitamente pequeño no puede condicionar la consumación de un proyecto político que afecta a generaciones enteras. El hombre sólo es un punto insignificante en la marea de la historia. No se condena a un gobierno por los accidentes sufridos en la consecución de los objetivos, sino por la meta obtenida. La razón respalda una forma de argumentar que despierta una repugnancia invencible en el terreno moral. Hay que aceptar, por tanto, que «la esencia del mal radical está en nuestra racionalidad, pero razón es también el fundamento del acto moral y razón es la visión de lo bello». Es lo que sostiene Jaspers al explorar las paradojas de la reflexión kantiana sobre el origen del mal radical y la posibilidad de sustraerse a ese querer negativo, donde el anhelo de felicidad posterga la obligación moral. No importa que, con un falso altruismo, se apele a la felicidad ajena o al bienestar de la humanidad. Es inaceptable aplazar o postergar el bien por una necesidad inmediata, que justifica acciones basadas en el desprecio de la vida. Este es el horizonte donde convergen Auschwitz, Hiroshima y las fosas de Katyn. La sangre de inocentes nuca puede ser el precio de un futuro más justo.
Auschwitz no pertenece a nadie, salvo a las víctimas que murieron entre sus alambradas. Se concibió como una fábrica de procesamiento de residuos, pero la connivencia de la tecnología industrial con el crimen sólo acentuó el desprecio por la vida. Auschwitz pretendió convertirse en un desagüe que limpiara el mundo de la imperfección y lo indeseable, pero si la derrota de Alemania no se hubiera producido, habría continuado su labor hasta vaciar el mundo y autodestruirse. Hitler se quitó la vida para no caer en manos del Ejército Rojo. Su suicidio era inevitable con independencia de los hechos. Pese a sus proyectos faraónicos, esbozados en las maquetas de Albert Speer, apenas podía encubrir la inanidad de su proyecto político, una distopía que se sostenía en un estado de excepción permanente. Para el totalitarismo, no hay inocentes. Quienes están al otro lado de la alambrada siempre son candidatos potenciales a la reclusión y el exterminio. El totalitarismo representa la muerte de la política, es decir, del diálogo con el otro, del entendimiento mediante la palabra. El yo necesita al otro para existir, expandirse y crecer. Fuera del diálogo –necesario, constituyente–, lo que resta ya no es humano. El mal radical es la antesala de esta situación, donde el «querer» se convierte en «padecer» y el verdugo se perfila como el último hombre, pues es el único que conserva la condición de sujeto en un sistema basado en una relación asimétrica con el otro. En una dictadura, el yo sólo se relaciona con el otro para cosificarlo, justificando de ese modo su dominación y aniquilación. La historia deviene en naturaleza, regresando a un estado premoral. Es el fin de la política, la actividad que ha rescatado al hombre del automatismo del instinto.
El primer paso de la política es reconocer el derecho del otro a la vida y a la libertad. La política es una creación estrictamente humana. Por eso, es un humanismo radical que combate la deshumanización de los regímenes totalitarios. Si Auschwitz representa el apogeo de lo inhumano, la concepción del hombre como absoluto moral implica fundir el ejercicio de la memoria con la esperanza de un futuro siempre abierto al diálogo y la diversidad. La recuperación del pasado no es mera arqueología, sino responsabilidad con la humanidad ausente. Si las víctimas caen el olvido, su dolor se hará banal. Habrán muerto para nada, pues no serán nada para los vivos. Los genocidios nacen con el propósito de destruir a comunidades enteras, borrando de la faz de la tierra su historia y tradiciones. Cualquier programa de exterminio incluye entre sus objetivos el idioma, la literatura, la arquitectura, la religión, las leyes civiles, los símbolos y los mitos. El propósito final es no dejar nada, revertir la historia hasta el extremo de borrar cualquier vestigio, logrando que no sobreviva ninguna prueba de que el pueblo masacrado alguna vez existió. La memoria debe mantenerse alerta, conspirar contra esa intención criminal, rescatando los restos que han sobrevivido a la voluntad de exterminio. Se trata de una especie de arqueología moral que intenta hacer justicia a los muertos. Para preservar los derechos de las generaciones futuras, hay que garantizar la presencia de las víctimas, frenando cualquier maniobra orientada a minimizar los crímenes y propagar el olvido.
La misión de la política es «edificar un mundo compartido», afirma Karl Jaspers. Sólo será posible mediante la palabra. La palabra permitirá avanzar hacia un mañana en el que «la dignidad humana coincidiría con la condición humana en la Tierra» (Hannah Arendt). En una época en la que el populismo y el nacionalismo han unido sus fuerzas, conviene releer a Karl Jaspers, que nos recuerda una y otra vez que lo más valioso del ser humano es su capacidad de hablar, razonar y amar.
































[ARCHIVO DEL BLOG] Sic transit gloria mundi. [Publicada el 06/10/08]











"Sic transit gloria mundi" es una locución latina que significa literalmente: Así pasa la gloria del mundo, y que se utiliza para señalar lo efímero de los triunfos. El origen de la expresión parece provenir de un pasaje de la Imitación de Cristo de Tomás de Kempis(1380-1471) en la que aparece la frase "O quam cito transit gloria mundi" (Oh, qué rápido pasa la gloria del mundo"). Es una frase que se utiliza durante la ceremonia de coronación de nuevos papas, en donde en cierto momento un monje interrumpe el acto, muestra unas ramas de lino ardiendo y cuando se han consumido dice "Sancte Pater, sic transit gloria mundi" (Santo Padre, así pasa la gloria del mundo) recordando al Papa que a pesar de la tradición y la grandilocuencia de la ceremonia, no deja de ser un mortal. También se puede encontrar la expresión en muchos cementerios inscrita en la tumba de personajes famosos o populares en su época.
El economista e historiador Raimundo Ortega, publica en el último número de Revista de Libros un interesante artículo "Greenspan y la crisis financiera", en el que aprovecha, para hacer un sabroso comentario crítico de dos libros de reciente aparición: LA ERA DE LAS TURBULENCIAS. AVENTURAS DE UN MUNDO NUEVO, de Alan Greenspan, Ediciones B, Barcelona, y THE TRILLION DOLLAR MELTDOWN. EASY MONEY, HIGH ROLLERS, AND THE GREAT CREDIT CRASH, de Charles R. Morris, Public Affairs, Nueva York) y dejar constancia de sus propias reflexiones sobre la crisis del sistema financiero estadounidense. No digo que lo disfruten porque el horno no está para bollos, pero al menos sirve de reflexión, no cae en la demagogia y pone las cosas en sus justos términos. HArendt















sábado, 26 de agosto de 2023

Del secularismo nacional

 






Hola, buenos días de nuevo a todos y feliz sábado. Mi propuesta de lectura de prensa para hoy, del filósofo Bernat Castany, va del secularismo nacional. Se la recomiendo encarecidamente y espero que junto con las viñetas que la acompañan, en palabras de Hannah Arendt, les ayude a pensar para comprender y a comprender para actuar. Sean felices, por favor, aun contra todo pronóstico. Nos vemos mañana si la diosa Fortuna lo permite. Tamaragua, amigos míos. harendt.blogspot.com










Secularismo nacional
BERNAT CASTANY PRADO
21 AGO 2023 - El País - harendt.blogspot.com

El federalismo y el plurinacionalismo son dos propuestas legítimas para tratar de desactivar las disputas entre los nacionalismos —con y sin Estado, en este y en otros países—, que tanto nos distraen y desgastan. Mas son insuficientes, pues siguen manteniendo la idea de Estado-nación en el centro de la vida política. Por eso, si se impusiesen, los diversos nacionalismos en conflicto acabarían utilizándolas en su favor. No es fácil adivinar la alternativa que la historia, sin duda, acabará encontrando. Pero nada mejor, para vislumbrar el futuro, que remontarse lo suficiente en el pasado. Por ejemplo, al año 1594, cuando, tras ocho guerras de religión, el líder de los protestantes, Enrique IV, logró hacerse rey de todos los franceses, tras convertirse, con escándalo, al catolicismo. En mi opinión, el “París bien vale una misa” que se le atribuye no ­­debe ser visto como la cínica confesión de que sólo le importaba el poder, sino como la constatación de que la cohesión política de aquella sociedad no podía seguir basándose en la unanimidad religiosa. De ahí que él mismo firmase, en 1598, el Edicto de Nantes, que, autorizando la libertad de conciencia, dará inicio al proceso de sustitución del Estado-religión por el Estado-nación, en tanto que unidad política básica.
Siglos después, la transformación del nacionalismo en un credo teológico-político y la creciente heterogeneidad de las sociedades han hecho que la cohesión política tampoco pueda seguir basándose en la unanimidad nacional. Necesitamos, pues, un nuevo Edicto de Nantes, que defienda la libertad de culto nacional, y relegue los sentimientos nacionalistas a la esfera de lo privado. ¿Cómo? Mediante un proceso de secularización nacional, cuyo objetivo sería la separación del Estado y la nación en todas las partes. Lo cual parece imposible en estos tiempos de exaltación nacionalista. Pero nadie habla tanto de la salud como el enfermo, y el paradigma nacional parece una costra a punto de saltar, o de infectarse. Eso sin contar que, en el pasado, muchos creyeron también imposible separar a la Iglesia y al Estado, y al final se logró. Lamentablemente, pasarán muchas “guerras de religión” antes de que exploremos esta vía. Mientras tanto, podríamos tratar de promover otras formas de cohesión política, como la justicia social, que es una fuente de lealtad y de orgullo, o la democracia, que es un valor menos frío de lo que quieren hacernos creer. Y también dialogar, y a veces transigir, pues París bien vale una misa.




































[ARCHIVO DEL BLOG] Sobre utopías y otras cosas. [Publicada el 10/11/2012]











Utopía: palabra griega que significa "lugar que no existe"... Una buena amiga de muchos años con la que he compartido vida académica, estudios, intimidades, complicidades y muchas otras cosas, tenía la palabra "utopía" grabada a fuego en su corazón. Yo, no; me resulta imposible después de ver lo que las dos grandes utopías del pasado siglo, el fascismo y el comunismo le han hecho a la humanidad. A pesar de ello, pienso, como mi amiga, que no se puede vivir sin ella.
El libro Invitación a la utopía. Estudio histórico para tiempos de crisis (Trotta, Madrid, 2012), escrito por el teólogo español Juan José Tamayo,  que acabo de leer hace unos días, comienza su primer capítulo con una cita del escritor británico Oscar Wilde, que no me resisto a transcribir: "Un mapa del mundo que no incluya Utopía, no merece la pena ni echarle un vistazo, pues deja fuera el país en el que la Humanidad está siempre desembarcando. Y al desembarcar allí la Humanidad y ver un país mejor, vuelve a poner proa hacia ella. El progreso es la realización de las utopías".
Quizá sean las citas de otros autores, que Tamayo pone encabezando los distintos capítulos de su obra, y algunas de las otras que aparecen a lo largo de la misma, lo que más me ha gustado de ella. Iré poniéndolas a lo largo de mi comentario.
El capítulo que me ha resultado más interesante es el primero: "Viaje in terram utopicam" (págs. 15/142), un recorrido por lo que ha sido y significado la utopía a lo largo de los siglos, desde Platón en la antigüedad,  a los medievales Joaquín de Fiore, Agustín de Hipona o Pedro Valdo, y de estos a los renacentistas Campanella, Müntzer, Moro o Bacon. Interesantísimas también las reflexiones sobre Owen, Saint-Simon, Fourier, Marx, Proudhon y Bakunin, todos ya en el siglo XIX,  así como las utopías sobre la liberación femenina, protagonizadas por Olympia de Gouges, Elizabeth Cady, Mary Wollstonecraft, la "Declaración de Seneca Falls", o más modernamente por Simone de Beauvoir.
En la página 108 hay una reflexión sobre el marxismo que me parece necesario citar en su integridad: "El marxismo en sus orígenes fue una utopía racional vinculada a la lucha de los trabajadores por una sociedad más justa. Ahora bien, el marxismo incurriría en irracionalidad si, tras la caída del socialismo real mantuviera intacta su formulación originaria. El socialismo como utopía puede resumirse hoy en los siguientes principios: compromiso con la libertad y la democracia, la justicia y la igualdad, fortalecimiento del Estado de derecho y su papel redistributivo; participación de la ciudadanía en la vida política a través de una democracia participativa de base, y no solo representativa; protección especial de los sectores más desfavorecidos del capitalismo". Una reflexión inobjetable.
El capítulo se cierra con un interesante apartado dedicado a las distopías, las utopías "contrautópicas", centrado como era de esperar en Zamyatin, Huxley y Orwell.
El segundo capítulo: "La utopía en la reflexión filosófica" (págs. 143/182)   viene encabezado por una cita de Ernst Bloch, que va a ser en gran medida el eje conductor del capítulo: "La razón no puede florecer sin esperanza; la esperanza no puede hablar sin razón". Ha sido para mí el más complejo de leer dada mi escasa formación filosófica. La obra del filósofo  citado, el alemán Ernst Bloch, y su denominado "principio esperanza" es como decía, el tema central del capítulo, sin que falten referencias y comentarios a la obra de Marcurse, Mannheim, Davis, Kolakowski, Horkheimer, Tillich, Alves, Ricoeur, Adorno o los españoles Ortega, Muguerza y Cortina.
En la página 150 hay una cita muy interesante de Marcuse: "Yo creo que esta concepción restrictiva de la utopía debe ser revisada, y que la revisión aparece insinuada, e incluso exigida, por la evolución concreta de las sociedades contemporáneas. La dinámica de su productividad despoja la utopía de su tradicional contenido irreal: lo que se denuncia como utópico no es ya aquello que no tiene lugar ni puede tenerlo en el mundo histórico, sino más bien aquello cuya aparición se encuentra bloqueada por el poder de las sociedades establecidas".
El capítulo tercero: "La utopía en la Biblia y en la reflexión teológica" (págs. 182/236), sin cita de encabezamiento, está dedicado a estudiar y plantear el innegable contenido utópico de gran parte de la Biblia hebreo-cristiana. Renglón aparte merece su comentario sobre la persona y el mensaje de Jesús de Nazareth y el contenido utópico-mesiánico del mismo. La mención de autores como Metz, Moltmann, y de nuevo Bloch, resulta imprescindible. El último apartado del capítulo está dedicado a la "Teología de la Liberación" como utopía y esperanza de los pobres, y es, quizá, el más interesante del capítulo.
Para Tamayo, la teología de la liberación nace como tal en 1968, un año "emblemático" -dice- por muchos otros acontecimientos, con la celebración en la ciudad colombiana de Medellín de la II Conferencia General del Episcopado Latinoamericano. La figura central del apartado es el jesuita español, asesinado en noviembre de 1989 en San Salvador, Ignacio Ellacuría. En la página 229 hay una cita sobre el pensamiento de Ellacuría que dice así: "Ellacuría recurre al lenguaje utópico de la Biblia y habla de la creación de un nuevo ser humano, una nueva tierra y un nuevo cielo. El ser humano nuevo se caracteriza por la solidaridad con la causa de los oprimidos, la protesta activa y la lucha permanente contra la injusticia estructural, además de por la misericordia y el amor como motores de la lucha, la esperanza en las posibilidades de construir un mundo más justo, la aoertura a otros proyectos utópicos liberadores, el respeto a la naturaleza y la actitud contemplativa".
El capítulo termina con un comentario sobre las utopías de los pueblos originarios americanos, que algunas comunidades indígenas intentan revivir, tales como la andina "Sumak Kawsay" (la utopía del Buen Vivir), o la guaraní "Abya Yala" (la utopía de la Tierra Sin Mal).
"Críticas contra la utopía" (págs. 237/257) es el título del penúltimo capítulo. Lo encabeza una cita de Mario Benedetti: "Si tenemos ánimo, paciencia y un poco de ilusión, podemos navegar en la barcaza de la utopía, pero no en el acorazado de lo imposible". Esas críticas que Tamayo reseña están centradas en la obra de filósofos y escritores como Comte, y contemporáneos como Cioran, Hinkelammert, Popper, Berger, Hayek, Vattimo o Saramago; y muy especialmente en Günther Anders, el que fuera primer marido de mi admirada Hannah Arendt. De él es una cita (págs. 238/239) que dice así: "La nueva condición humana se caracteriza por una excesiva confianza en el progreso y la máquina, y tiene que responder a un nuevo imperativo: Actúa de tal manera que sirva a la necesidad de la máquina. Los seres humanos se convierten así, en piezas de la máquina, las noticias son mercancía y quienes nos las transmiten componen un todo falso a partir de verdades parciales. Resultado: el mundo no es otra cosa que una cárcel de siervos felices". ¿Será casualidad que esa misma expresión de "esclavos felices" es la que daba título al artículo de Raimundo Ortega que comentaba en mi entrada del blog de hace unos días titulada "¿Capitalismo y Estado de Bienestar, son incompatibles?" No lo creo...
De Popper hay otra cita que me parece muy significativa: "No podemos construir el cielo en la tierra. ¿Qué hacer, entonces? Algo tan vaporoso como lograr que la vida sea un poco menos injusta en cada generación, resolver, al menos parcialmente, los problemas más acuciantes de la humanidad, trabajar para eliminar los males concretos y no para realizar los bienes abstractos. ¿Y algo más? Sí, ayudar a aquellos que necesitan nuestra ayuda, pero no... hacer felices a los demás, puesto que esto no depende de nosotros y más de una vez significaría una intrusión en la vida privada de aquellos hacia quienes nos impulsan nuestras buenas intenciones".
Y llegamos al último capítulo: "Rehabilitación crítica de la utopía" (págs. 259/271), que se abre con dos citas. Una, de Eduardo Galeano: "¿Para qué sirve la utopía? Para eso sirve... Para caminar". La otra, de Adela Cortina: "Sin futuro utópico en el que quepa esperar y por el que quepa comprometerse, carece de sentido nuestro actual presente". En este quinto y último capítulo Tamayo se va a centrar en autores como Jonas, Boff,  Rawls, Lévinas, Benjamin o West.
Al inicio del mismo (págs. 259/260) hay dos largos párrafos de Juan José Tamayo que me resulta imposible soslayar. Dice el primero: "¿Qué hacer ante las críticas? Creo que hay que tomarlas en serio, analizar su fundamento, valorarlas en su justo término, saber de dónde vienen y qué intereses las mueven. A su vez, caben varias actitudes ante la utopía. Una muy extendida hoy consiste en declararla muerta, y no hacer nada por su recuperación, ya que se mueve en el horizonte de los grandes mitos a los que debemos renunciar. Yo creo, sin embargo, que a pesar de las críticas, algunas de ellas bien fundadas, la utopía no está tan muerta como se nos quiere hacer ver. Esa es precisamente la estrategia del pensamiento antiutópico: alegar que ya no es necesaria la utopía porque se ha hecho realidad y ya no cabe esperar más. Pero la utopía está suficientemente enraizada en la realidad y en el ser humano como para que pueda morir, y menos aún por un decreto del neoliberalismo, su principal adversario hoy".
El segundo, unas líneas más adelante, lo dedica nuestro autor a explayar cuál "debe" ser la función de la utopía en nuestro tiempo: ""La utopía debe responder a una visión dialéctica y abierta, no determinista, de la realidad, como ya indiqué en el capítulo segundo al hablar de la filosofía de la esperanza. Ha de responder, y mantenerse fiel, a la intención ética que la anima, consciente de la distancia entre cómo es el mundo y cómo debe ser, pero con el propósito de aproximar el ser al deber ser. Intención ética que debe traducirse en imperativo ético según las diferentes formulaciones que ha recibido en las distintas filosofías morales. La más conocida es la de Kant, en sus varias fórmulas: Actúa de tal manera que trates a la humanidad, tanto en tu persona como en la persona de cualquier otro, siempre y en todo tiempo como fin y nunca como simple medio, actúa de tal manera que la máxima de tu acción se convierta por tu voluntad en ley universal. El imperativo ético para Kant no es hipotético, es decir, no somete el bien a un deseo, ni hace depender el deber del interés que pueda sacarse de su cumplimiento, sino categórico. Obliga tanto a uno mismo como a los demás, y tiene carácter universal e incondicional".
Y unas líneas antes de la conclusión de su libro (pág. 278), una frase que me deja absolutamente descolocado y con un sabor amargo en la boca: "Utopía descolonizada: por ahí parece avanzar el socialismo del siglo XXI en países latinoamericanos como Venezuela, Ecuador y Bolivia". No entiendo que ha querido decir...
El vídeo que acompaña la entrada lleva el título de "Siete utopías para cambiar el mundo". Está realizado por la Universidad Nacional de Educación a Distancia (UNED) en 2011. Espero que entrada y vídeo les resulten de interés. Y sean felices, por favor, a pesar del gobierno. Tamaragua, amigos. HArendt