martes, 1 de septiembre de 2026

DEL CAFÉ DE SOBREMESA. UN AMOR LIMPIO, POR MARTA PEIRANO. 1 DE SEPTIEMBRE DE 2026

 





Mi primer gato apareció escondido entre dos coches dos semanas después de mudarme a un cuarto piso en la calle del Carmen. Él tenía tres o cuatro meses, y yo 19 años. Era un tigre patilargo, de color gris, con el pecho blanco y los ojos verdes. Me lo llevé al café donde entonces trabajaba de camarera y me esperó en el almacén. Cuando cerramos, lo envolví en mi chaqueta y con él en brazos crucé el centro de Madrid. Ronroneó mirándome todo el camino. Ese día comió una lata que compré en la gasolinera y recorrió la casa varias veces hasta quedarse dormido en el ángulo interior de mis rodillas. El resto de su vida durmió enroscado a mi brazo con las cuatro patas y la nariz enterrada en mi cuello. Lo llamé como me llamaba mi padre cuando era muy pequeña: Tatín.

Era un gato revoltoso e intrépido. Se escurría por la ventana y arriesgaba el pellejo por la cornisa hasta llegar al tejado, donde yo lo imaginaba persiguiendo palomas y mirando la Luna como los gatos en los dibujos, hasta que yo volvía de trabajar. Un verano descubrí que en mi ausencia se colaba en la casa de los vecinos. Empezó con la ventana contigua a la mía, donde una octogenaria que, según el portero, había sido “señorita” me contó que se sentaban juntos a ver Esmeralda, un novelón mexicano sobre una ciega muy pobre y muy bella que sufría por el amor de un señorito sin saber que la matrona la había cambiado de cuna al nacer. Al parecer lo convenció poniendo galletitas danesas en la ventana, como si fuera el reno de Santa Claus. Tatín no tocó las galletas, pero aceptó su gesto como volante de libre circulación por el espacio Schengen de la cornisa. La siguiente ventana conducía a unos niños que crecían prácticamente solos y que lo invitaban a merendar mientras veían Bola de Dragon Z y Pokemon. Descubrí sus escarceos el día que se coló en casa de una mujer a la que no le gustaban los gatos y amenazó con envenenarlo si lo volvía a ver.

Era un atorrante sin defectos, un dispensador natural de oxitocina, una máquina incombustible de jugar y de ronronear. Un fin de semana en el pueblo de mi novio hizo migas con la siamesa del vecino y, pocos meses después, dejaron en la puerta un bebé de rayas grises y patitas blancas igual que él. Tatín estaba castrado, pero la familia aceptó noblemente la responsabilidad del bastardo. Repartió sus dones con abandono y dejó una huella mucho más grande que su vida. Murió de un tumor cinco años más tarde, el día de Nochebuena. Yo hubiese preferido perder un riñón.

Pensé que no volvería querer tanto a nada ni a nadie y por suerte no fue verdad. En mi vida ha habido muchos otros gatos y he aprendido a dejarlos ir con menos sufrimiento pero nunca sin dolor. Son pérdidas que no por predecibles son más fáciles. No hay amor que atraviese la imposibilidad de explicarnos lo que les duele, cuánto o dónde. No saber si sufren es una falta de certeza con la que nunca aprenderé a convivir. Pero me consuela saber que nunca volvieron a pasar miedo ni hambre, que pudieron crecer y jugar. Que conocieron la luz de un amor limpio y profundo. Que recibieron al menos una parte de lo que dieron. No pido más. Marta Peirano es escritora. (El País).
























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