jueves, 3 de septiembre de 2026

DEL ASUNTO DEL DÍA. EL UNIVERSO PRIMITIVO DE ANTÓN BALEATO, POR ELVIRA LINDO (EL PAÍS). 3 DE SEPTIEMBRE DE 2026

 







Me disponía a comenzar esta semblanza del brillante cosmólogo Antón Baleato con la imagen de un niño subiendo al monte coruñés a observar el espacio con el telescopio regalo de su madre, pero Baleato me advierte de que, aun siendo cierto el recuerdo, jamás ha querido responder a la idea del científico que desde pequeño fuera un prodigio porque esa es, a su juicio, una imagen dañina. Cada vez que comparte su experiencia con un grupo de estudiantes les confiesa que él sufrió a los 10 años el síndrome del impostor, un impostor precoz que ya temía no emular a Einstein. Insiste en desterrar la idea del genio infantil, que castiga a quien teniendo facultades innatas podría disfrutarlas sin sufrir ese tipo de competitividad malsana. Lo cierto es que este cosmólogo que ha organizado esta semana en A Coruña el congreso Nuevas fronteras de la cosmología, que ha reunido a eminentes astrofísicos de más de 50 nacionalidades, ya destacó en el instituto. Fue una profesora la que lo animó a presentarse a una beca de Colegios del Mundo Unido, y tras superar la prueba, se fue a terminar el Bachillerato en Vancouver a los 17 años. Ya no volvió a España. De allí a Columbia, en Nueva York, de donde salió siendo físico y, apurando al máximo el sistema de probabilidades, se enamoró de su hoy esposa el último día de carrera en una fiesta en el metro. Esa chica, Julia Peck, lingüista, aprendió gallego gracias a un manual escrito por el abuelo de Antón. Hoy los dos albergan el sueño de convertir Galicia en su hogar definitivo y en su sede de investigación.

Ha trabajado cinco años en el Centro de Física Cosmológica de la Universidad de Berkeley, California, el más puntero en el estudio del universo primitivo, que en los últimos tiempos se ha distinguido por publicar resultados impactantes que cuestionan el ritmo de expansión de la energía oscura, ese 70% que conforma el universo y que es la causante, como temía el niño de Woody Allen en Días de radio, de su agrandamiento. Que se expande se sabía, pero no siempre con la misma densidad y al mismo ritmo, con lo cual esta fascinante historia nuestra que comenzó con un Big Bang bien podría cerrarse con un Big Crunch, pero por qué ser agoreros: “Siempre podemos adelantarnos nosotros en la destrucción del planeta”, dice con una ironía cargada de verdad. Lo interesante de este joven científico es la manera en que define la disciplina a la que ha entregado su vida. Mientras le entristece que el futuro de muchos de sus compañeros de Columbia se definiera por el dinero, Baleato se sintió atraído desde siempre por los saberes elegantes, por lo intangible. Estudiar para saber, algo que no tiene nada de superfluo. Además del inglés, el castellano y el gallego, la lengua en la que el cosmólogo soñó desde jovencillo fue las matemáticas: “Hasta calculando los símbolos de Christofell, que se tienen por unas ecuaciones tediosas, yo me dejaba llevar por esos cálculos, me servían casi de terapia”.

Es todavía más fascinante la manera en la que relaciona el estudio del telescopio DESI, para el que ha trabajado cinco años, con una idea tan terrenal como la igualdad de oportunidades, la justicia social, algo que heredó de su bisabuelo, por el que sentía devoción, Manuel Mora, anarquista que lideró una división en la batalla del Ebro, y que solía decirle “crece para llegar a ser una persona de bien”, algo que jamás ha olvidado y que sirve de inspiración para cualquiera de las decisiones que han determinado su carrera. Es un consejo que dio a su vida un propósito, plantando como ha hecho, por ejemplo, 200 castaños en el concello de Trazo. Toda una declaración de intenciones.

Su facilidad para sentirse responsable le ha hecho padecer porque los científicos que convocó no vieran con la suficiente exactitud deseada el eclipse del día 12. Ya se sabe que las nubes en Galicia juegan al cucú trastrás, pero, dejando a un lado su espíritu perfeccionista, acaba reconociendo que el encuentro ha sido un éxito, que la belleza atlántica de su tierra, la comida, la calidez han disipado las nubes, y todo indica que este ha de ser el primer paso para que tanto A Coruña como Santiago sean lugares de peregrinación para aquellos que más que fe albergan dudas. “¿Y qué crees que había que ver en este eclipse?“, pregunto. “Me gustaría pensar”, dice, “que es un fenómeno natural sublime que nos recuerda la realidad cósmica, que nuestro planeta es un astro, que vivimos en una bola de roca flotando en el espacio”. Algo tan trascendente y tan insignificante como eso.

Le entristece a Baleato esta carrera espacial que contamina el cielo impidiendo a menudo el estudio del universo en un mundo rendido a un capitalismo carente de regulaciones. Ahí están, en vez de estrellas, los satélites en los que viajan nuestros whatsapps, nuestras redes tóxicas, nuestras múltiples señales que nos vigilan o nos atacan o nos crean la fantasía de estar en permanente conexión. Sus palabras me recuerdan aquellas célebres del Jefe Seattle (de la tribu suquamish) enviadas por carta al presidente Franklin Pierce en 1854: “¿Cómo se puede comprar o vender el cielo o el calor de la Tierra? Esa es para nosotros una idea extraña. Si nadie puede poseer la frescura del viento ni el fulgor del agua, ¿cómo es posible que ustedes los puedan comprar?”. Lo terrible es que este cielo que estudia nuestro brillante cosmólogo les está saliendo gratis a estos nuevos colonizadores. Hoy como ayer se apoderan de lo que es de todos siendo de nadie. Elvira Lindo es escritora.



















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