Imaginemos que una empresa es capaz de enterarse de los momentos de mayor vulnerabilidad de los adolescentes. Por ejemplo, cuando sufren inseguridad respecto a una parte de su cuerpo, si le preocupa a uno el acné o a otra aquella incipiente celulitis… Imaginemos que esa compañía vende esos datos personales a las marcas de cosméticos para hacer llegar a cada chaval el producto que supuestamente les va a resolver el problema. Con esas prácticas, y otras peores, se lucró Facebook (ahora Meta). Estos días se juzga en EE.UU. a la empresa de Mark Zuckerberg por aprovecharse de los menores para su negocio.
Que los directivos de Facebook, y el propio Zuckerberg, conocían la utilización abusiva de datos de los adolescentes era conocido. Hay muchos libros en los que se explican esas y otras tropelías. Sarah Wynn-Williams lo relata muy bien hacia el final de su obra Los irresponsables . Explica cómo se enteró de esas prácticas cuando trabajaba en Facebook a partir de las preguntas de un periodista australiano. Comprobó cómo cuando un adolescente (sobre todo, chicas) colgaba una selfie y acto seguido la borraba, se facilitaba esa información a las marcas de productos de belleza, que a su vez podían bombardear con publicidad a la joven. La autora, que trabajó para Zuckerberg entre 2011 y 2017, relata cómo, al desvelarse este tipo de denuncias, Facebook recurría siempre al mismo comunicado: “Nos tomamos este tema muy en serio y estamos poniendo todo nuestro empeño en remediar la situación”.
TikTok pagará 400 millones de dólares para resolver una demanda que acusaba a la plataforma de infringir las leyes estadounidenses sobre la privacidad online de los niños. La demanda fue presentada por la administración Biden por recopilar y conservar datos de menores sin notificarlo a los padres ni obtener su consentimiento. Para TikTok, 400 millones son un rasguño, pero abre un camino. Lo importante de ese paso y del juicio a Meta es que los intentos de regular estas corporaciones desde Europa o Australia no serán efectivos si EE.UU. no se pone a ello. Los fiscales que ejercen la acusación contra Meta alegan que esas plataformas se diseñaron para ser adictivas y que ello ocasiona daños emocionales en los menores. Lo comparan con el proceso que acabó condenando a las tabacaleras en los noventa. Quizá se quedan cortos. Lola García es Directora adjunta de La Vanguardia, 23 de agosto de 2026.


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