domingo, 6 de septiembre de 2026

REVISTA DE PRENSA DOMINICAL: LA CRISIS DE CEUTA, UNO. 6 DE SEPTIEMBRE DE 2026

 






¿QUIÉN RECUERDA A LOS MUERTOS? ¿QUIÉN LOS LLORA?, POR JUAN JOSÉ TAMAYO

Según el informe de la Asociación Marroquí de Derechos Humanos fueron 141 las personas que murieron a ambos lados de la frontera por la entrada masiva de marroquíes y de otros países a Ceuta por mar. Recientemente acaba de ser rescatada otra víctima. Sobre ellos se ha tendido un tupido y ominoso velo de silencio. No se habla de ellos, no se les recuerda, no se les llora. No se siente dolor por su pérdida. Sus vidas no importan, carecen de valor. Sus nombres son silenciados. Han muerto en el más absoluto anonimato. Ninguna lápida que haga memoria de su paso por este mundo.

No faltan quienes hacen responsables a las personas fallecidas de su propia muerte alegando que es el precio pagado por la invasión de nuestro territorio. “Invasión”: así llaman falsa e injustamente a la entrada masiva de miles de personas inmigrantes a Ceuta, cuando muchos perdieron la vida en el intento y el resto llegó exhausto. Todos ellos, decenas de miles —familias enteras, hombres y mujeres, niñas y niños, adolescentes y jóvenes—, se vieron obligados a emigrar por el hambre, el desempleo, la pobreza, la búsqueda de una vida digna, de una vivienda, de un trabajo humano que les permitiera vivir; en definitiva, de un futuro mejor. 

Nadie ha asumido su responsabilidad por las personas fallecidas. El Gobierno español se escudó en la falta de información y en que sucedió por sorpresa para eludir la responsabilidad de los 142 náufragos. A su vez, eximió cínicamente de toda responsabilidad a Marruecos, quien, a su vez, se presentó enseguida como un “socio fiel y responsable” de España. Una fidelidad que desmienten sus frecuentes llamadas a la ciudadanía marroquí a saltar la frontera por tierra y mar como arma política contra el Gobierno español cuando no le gustan sus políticas.

Marruecos apuntó como causante de la masiva entrada a Ceuta a la sentencia del Tribunal Supremo que establece la prohibición de devolver de forma sumaria —“devolución en caliente”— a las personas migrantes interceptadas en el mar en su intento de llegar a nado a Ceuta y Melilla. Falso, ya que la mayoría de los migrantes desconocía la existencia de dicha sentencia. La entrada masiva no pudo hacerse sin la colaboración necesaria de Marruecos.

En su primera comparecencia pública, el presidente español, Pedro Sánchez, cargó toda la responsabilidad de la entrada de miles de inmigrantes en Ceuta sobre las mafias que comercian con vidas humanas y que, lógicamente, no pueden dolerse del trágico final que ellas mismas fomentan. No puede negarse el importante papel de las mafias en tan masiva entrada y su desprecio por la vida humana, pero tampoco el apoyo de Marruecos, que nuestro Gobierno sigue negando por razones políticas difícilmente justificables.

Numerosos países de la Unión Europea han hecho fuertes reproches y críticas contundentes a España por la falta de control y de protección de la frontera norteafricana de acceso a Europa. La presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen, fue más allá y llegó a calificar de “inaceptables” las imágenes de la llegada masiva de inmigrantes a Ceuta. Algunos países atribuyeron dicha llegada masiva a la reciente regularización española de inmigrantes, calificada de “efecto llamada”.

Tal acusación es compartida por los partidos de la derecha y la extrema derecha españolas, que han calificado la entrada de los inmigrantes de invasión del territorio español. De ellos no se puede esperar ni recuerdo de los muertos, ni compasión, ni dolor por las pérdidas de vidas humanas, ya que para ellos lo que rige es la “prioridad nacional”, que conlleva la negación de todos los derechos humanos a las personas migrantes, ¿también el derecho a la vida? A los hechos me remito.    

Hay otros dos actores que vienen demostrando complicidad con Marruecos: Estados Unidos e Israel, Trump y Netanyahu que, lejos de compadecerse de los muertos, han echado más leña al fuego. Trump ha recurrido a la “invasión” de Ceuta para alertar de que algo parecido pasaría si ganara las elecciones el Partido Demócrata en Estados Unidos. Él mismo en su país está practicando la caza de inmigrantes, su expulsión y el envío a sus países de origen o a otros países, esposados, como si fueran delincuentes, para ser encarcelados en prisiones terroríficas, por ejemplo, en El Salvador, con la complicidad de su presidente, Nayib Bukele.  

El propio Trump da órdenes al ICE (Servicio de Control de Inmigración y Aduanas) de detener a los inmigrantes de manera salvaje y a quienes los defienden, hasta matarlos. ¿Qué compasión con los muertos de Ceuta va a tener un gobernante xenófobo y racista como Trump, que ordena la “caza” de los migrantes de su país, incluidos niñas y niños, allí donde se encuentren: casas, hospitales, centros de salud, templos, calles, aeropuertos o centros comerciales, y que invade países y secuestra o detiene a sus presidentes?

¿Qué compasión con los muertos de Ceuta va a tener un gobernante xenófobo y racista como Trump, que ordena la “caza” de los migrantes de su país?

Otro de los cómplices de la política autócrata del rey de Marruecos, Mohamed VI, insensible a las muertes de sus propios conciudadanos y de otros países, es el primer ministro de Israel, Benjamín Netanyahu. Ningún dolor puede sentir Netanyahu, genocida que ha asesinado a más de 72.000 gazatíes que, tras el alto el fuego, ha seguido matando impunemente de manera indiscriminada a la población de la Franja, especialmente a mujeres, niños y niñas. Está asesinando a miles de libaneses y apoya la violencia de los colonos judíos contra los palestinos de Cisjordania. Netanyahu es un asesino en serie y, como tal, disfruta matando a sus víctimas.

En su exhortación Apostólica La alegría del Evangelio el papa Francisco pronuncia un “no a una economía de la exclusión y la inequidad que mata” (n. 53). Es la economía vigente en Marruecos, donde el rey detenta una gran fortuna que le convierte en uno de los monarcas más ricos del mundo y la quinta persona más rica del continente africano, mientras el pueblo vive en la miseria, en la indigencia, en condiciones infrahumanas y se ve obligado a emigrar poniendo en peligro su vida hasta perderla.

Dicha economía mata, es cierto, pero no metafóricamente, sino de manera real y de múltiples formas segando vidas humanas, como comprobamos el 30 y 31 de julio. Y esas muertes han sucedido sin viso alguno de compasión por parte del Gobierno de Marruecos, de la Unión Europea, que endurece cada vez sus políticas contra la inmigración, de las redes sociales, convertidas en discursos de odio y de los partidos y organizaciones de la extrema derecha que llaman a la “caza del inmigrante”.

Esta economía, sigue diciendo Francisco, impone la “cultura del descarte”, que va más allá del fenómeno de la explotación y la opresión y no se limita a dejar en la periferia a la gente, sino que la deja fuera, “son desechos, ‘sobrantes’”. Por eso su vida resulta prescindible. Es el caso de las vidas de los migrantes que buscaban llegar a Ceuta huyendo del hambre y de la pobreza y murieron en el intento sin conseguir su sueño. Pero no solo ellos, sino “grandes masas de la población”, que “se ven excluidas y marginadas: sin trabajo, sin horizontes, sin salida” y avocadas a la muerte. Es la crónica de una muerte anunciada.

En La alegría del Evangelio Francisco se refiere a la “globalización de la indiferencia” que nos vuelve incapaces de compadecernos ante los clamores de las personas sufrientes y de llorar ante el drama de quienes el sistema neoliberal conduce derechamente a un final fatal. Critica la “cultura del bienestar” que nos anestesia y convierte las vidas truncadas por falta de posibilidades no en motivo de denuncia y de protesta, sino en un espectáculo que ni nos incomoda, ni llama a las puertas de nuestras conciencias.

¿Y qué pasa con las personas muertas a ambos lados de la frontera? Ya lo advirtió el filósofo Walter Benjamin en su tesis 6 Sobre el concepto de historia: “Tampoco los muertos estarán seguros ante el enemigo cuando este venza. Y este enemigo no ha cesado de vencer”. Los enemigos son hoy el necrocapitalismo, que sigue venciendo y extendiendo la muerte por doquier, sobre todo en el sur global, y la necropolítica, que consiste en la coalición y la complicidad de todos los poderes para decidir quién puede vivir y quién tiene que morir.

Si la historia la escriben los vencedores, y llevan siglos escribiéndola, los sufrimientos de las víctimas serán olvidados y a la violencia de sus muertes se sumará la violencia del olvido. Frente a ella no cabe otra respuesta que la memoria subversiva de las víctimas y el reconocimiento de la razón de los vencidos, la rehabilitación de su dignidad negada y el compromiso de no repetición, el juicio de la historia contra los victimarios, tanto personales como colectivos, y su condena. Juan José Tamayo es teólogo de la liberación. Sus últimos libros son Cristianismo radical (Trotta, 2026) y Política y religión (Tirant, 2026). Publicado en InfoLibre el 29 de agosto de 2026.














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CEUTA Y EL NUEVO ORDEN EMOCIONAL, POR CARMELA RÍOS

Como si fuera una onomástica de los tiempos modernos, cada mediados de agosto recuerdo que tengo que añadir un año más a mi vida en las redes sociales. El 13 de agosto de 2009, creé la cuenta de Twitter que le dio un revolcón a mi vida profesional y me enredó en una senda que aún sigo recorriendo. Si las cuentas de redes sociales tienen denominación de origen, la mía es de Ceuta pata negra. Ceuta es la ciudad donde me crie, de donde viene mi familia y adonde vuelvo cada vez con más frecuencia. Mi cuenta de X nació allí, hace 17 años a las 17.41, en mitad de unas de esas apacibles tardes de verano que dan paso a atardeceres rojizos y noches cuyos recuerdos desbordan en nuestro archivo sentimental de tiempos felices.

Qué graciosillo el destino al colocar este agosto a Ceuta, mi kilómetro cero, en el epicentro de un terremoto geopolítico, social y humano, convertida en el más doloroso y completo rosario de enseñanzas sobre la mutación del mundo en la era de las redes sociales. Las plataformas digitales constituyen la columna vertebral que sostiene y acompaña cada etapa de esta crisis migratoria y su caos posterior. Y ello antes incluso de que todo estallara. ¿Cómo apagar las esperanzas de prosperidad de miles de jóvenes marroquíes que no ven futuro en su país y siguen en Instagram o TikTok a otros chavales que cruzaron la frontera y muestran orgullosos sus nuevas vidas en alguna ciudad europea? En un reciente reportaje del diario Le Monde, uno de esos chavales explicaba que arriesgar la vida merece la pena: “O me hago rico o muero”.

El denominado efecto llamada toma forma en los entornos más íntimos y es aprovechado en las redes por los negociantes de la esperanza para quienes no hay nada más sencillo que construir un enjambre de perfiles y grupos de Facebook, Instagram, WhatsApp o Telegram. Un mercado que ofrece todo lo necesario para el gran salto: rutas seguras, trajes de neopreno o transportes a la frontera. Leer los comentarios de sus publicaciones permite comprender cómo la temperatura emocional sube, la euforia y los deseos de un futuro mejor se vuelven contagiosos. Un sentimiento que se retroalimenta y que resulta difícil de analizar y cuantificar con una estrategia de seguridad convencional.

En el contexto de una crisis como la de Ceuta la desinformación se revela como un elemento transversal a todo el proceso. Es endémica, se mezcla rápida y naturalmente con los hechos reales y, sobre todo, conduce la conversación global al entorno donde es menos controlable, el entorno de las emociones. Como señalaba recientemente el politólogo Dominique Moïsi, entramos en un nuevo orden emocional del mundo en el que el miedo es un arma cuya onda expansiva crece exponencialmente en la transmisión de datos, caótica y vertiginosa, que experimentan las redes sociales de un ciudadano común.

Para la comunicación oficial resulta una dificultad añadida gestionar el perverso binomio que componen el miedo y el peligro real. Entre negar un riesgo con argumentos racionales y dejar a toda una población expuesta a miles de vídeos y audios, rumores y mensajes contradictorios, existe un espacio intermedio enorme para una comunicación pública rápida, creíble y eficaz.

La frontera puede recuperar la calma, pero las redes no cierran. Y si una movilización ha tomado forma una vez, debemos asumir que puede volver a suceder. Más aún cuando los movimientos migratorios son utilizados como instrumentos de presión política. En ese escenario, el objetivo de los enemigos, tantos externos como internos, puede consistir tan sólo en generar descontrol, incertidumbre y miedo; instalar a una población en la duda de si sus autoridades son capaces de protegerla.

El caso de Ceuta nos ha cambiado de pantalla. Ya no basta con que Interior vigile la frontera, que Exteriores gestione la relación con Marruecos, que los servicios de inteligencia busquen amenazas y que los periodistas verifiquemos bulos cuando aparecen. Hace falta algo más parecido a una capacidad permanente de escucha, interpretación y respuesta digital de toda la sociedad ante las crisis. Carmela Ríos es periodista. Publicado en El País el 29 de agosto de 2026.













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LA CRISIS DE CEUTA ES UNA CRISIS EUROPEA Y NO SOLO ESPAÑOLA, POR ALICIA GARCÍA HERRERO

Después de que unas 72.000 personas, en su mayoría marroquíes, llegaran a Ceuta, principalmente nadando o vadeando, Madrid las devolvió a casi todas en el plazo de una semana. El asunto parece estar zanjado, o al menos eso es lo que Europa quiere creer. Pero no es así.

Ceuta sigue siendo un problema no solo para las autoridades españolas, sino para Europa en su conjunto. Y lo es por dos razones. En primer lugar, Ceuta ha puesto de manifiesto la profunda desconfianza entre los jefes de Estado y de Gobierno europeos, especialmente entre aquellos con diferentes ideologías políticas. Por otro lado, la Unión Europea no parece comprender del todo lo que realmente estaba en juego: no se trataba de una crisis migratoria, sino de un ataque a la integridad territorial de Europa.

Otra posibilidad, aunque bastante improbable, es que los Estados miembros de la UE reconocieran que en realidad no se trataba de una crisis migratoria, pero tuvieran demasiado miedo de admitirlo, ya que supuestamente carecían de los instrumentos necesarios para resolver el problema.

La reunión extraordinaria de ministros del Interior sobre la crisis de Ceuta, celebrada recientemente, solo cambió una cosa: los 22 Estados miembros que antes habían criticado duramente —y quizás con demasiada rapidez— reconocieron tras la videoconferencia que esta crisis es un problema europeo. Todos los asuntos de fondo se aplazaron hasta la reunión del Consejo Europeo de octubre.

La UE ya dispone de todos los instrumentos necesarios para responder con determinación a un ataque híbrido en el que se utilice a los migrantes.

Europa debería actuar en tres niveles

El primer paso para tomar medidas de inmediato es una investigación independiente sobre las causas de la llegada masiva a Ceuta. El hecho de que no se tratara de una crisis migratoria queda demostrado, entre otras cosas, porque casi todos los que cruzaron la frontera eran ciudadanos marroquíes. Precisamente por eso, casi todos pudieron ser devueltos al otro lado de la frontera en pocos días.

Esta afluencia masiva de marroquíes recuerda mucho a la "Marcha Verde", iniciada por el entonces rey marroquí Hassan II en 1975, cuando Franco agonizaba. En aquella ocasión, envió a 350.000 marroquíes al Sáhara español para presionar a España para que cediera la colonia a Marruecos.

El segundo nivel es la consecuencia de esta búsqueda de causas. Si la UE concluye que la invasión de Ceuta constituye un ataque a la integridad territorial de España —y, por ende, de Europa—, debería reaccionar en consecuencia.

Desde el 1 de julio de este año dispone de un instrumento adecuado para este fin. La cláusula sobre crisis e instrumentalización del Pacto sobre Migración y Asilo se creó precisamente para los casos en que un Estado impulsa a las personas hacia las fronteras europeas como arma política. Bielorrusia perfeccionó esta táctica contra Polonia en 2021 y Marruecos ya la ha utilizado dos veces contra España.

Que la UE aplique o no la normativa y clasifique formalmente a Marruecos como un Estado que utiliza la migración como arma es decisión exclusiva suya. España, con razón, no tiene derecho de veto en este asunto. Madrid depende de Marruecos para la seguridad de sus fronteras y no tiene ningún interés en tensar la relación. El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, fue, de hecho, el primero en hablar de un «ataque» contra la integridad territorial de España, pero evitó cuidadosamente mencionar a Marruecos por su nombre.

El tercer nivel es el que Europa evita una y otra vez. Ceuta y Melilla quedan fuera de la garantía de defensa colectiva de la OTAN. La llegada masiva de personas a estos territorios no es ni un fenómeno migratorio típico ni una operación militar encubierta en el sentido clásico. Se sitúa en una peligrosa zona gris.

En este sentido, la UE tiene más que ofrecer que la OTAN: su cláusula de asistencia mutua, que no establece fronteras geográficas y que, generalmente, se interpreta que también cubre estas ciudades.

Además, a diferencia del instrumento de la UE para la instrumentalización de los migrantes, esta cláusula ya ha sido utilizada por Francia en 2015. La cláusula de asistencia mutua proporciona el marco para que Europa responda colectivamente a un ataque híbrido contra uno de sus Estados miembros. Esto no tiene  por qué implicar necesariamente el uso de tropas, sino que también puede traducirse en solidaridad política y operativa.

Marruecos ha aprendido lo poco que cuesta intimidar a Europa: un fin de semana y una playa pública. Mientras la Unión Europea no trate su frontera más expuesta como territorio soberano europeo que requiere protección jurídica y una estrategia de defensa clara, la crisis de Ceuta podría repetirse. Al fin y al cabo, no fue la primera: en 2021, Marruecos abrió brevemente su frontera con Ceuta y permitió el paso de unos 10.000 migrantes. La Unión Europea debe afrontar este desafío. Alicia García-Herrero es economista jefe de Natixis para Asia-Pacífico e investigadora principal en Bruegel. Publicado en Tribuna el 29 de agosto de 2026.















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TRES VECES ADIÓS, POR AMANDA MAURI

Perder el rostro de alguien querido es un miedo primitivo. Que se desvanezca, que no podamos recordarlo. Cuando Beltrán desapareció, creía verle en todas partes. Le imaginaba en lugares a los que habíamos ido juntos y también en aquellos que empecé a frecuentar después con la esperanza de labrarme un nuevo paisaje en la ciudad. Su rostro era un fantasma que rondaba mis pasos, pero no al revés, yo a él no podía seguirle. Aparecía y desaparecía de nuevo. Su presencia no era estable ni fija, en cuanto me acercaba, descubría que no era él. Lo único que me quedaba era el vídeo del último ensayo.

Escenario rojo. Butacas rojas. Cubículo de paredes falsas también rojas. Luz cobriza. Solo el tocadiscos es verde botella. Mi vestido es rojo, largo, ajustado, y llevo unos tacones de charol negro que me hacen perder el equilibrio. Beltrán y yo nos movemos de un lado a otro, improvisamos la escena final de la obra para buscar ese algo que no estamos encontrando. Estrenamos en menos de 48 horas.

Decidimos probar con un baile. Nuestros gestos se vuelven espasmódicos, es una danza animal, extraña. El equipo se ríe desde las butacas. Estamos todos cansados. La cámara graba para montar un making of. De pronto, Beltrán apaga la música y me mira en silencio, luego se aleja, agarra el picaporte cromado de la puerta que permite entrar y salir del cubículo. Parece dudar un momento. Se vuelve hacia mí. “Nunca te he querido”.

El portazo resuena. Durante unos minutos, no se oye nada salvo el zumbido de la grabación. Yo parezco petrificada. El equipo empieza a removerse, intranquilo. “¿Pero qué cojones…?”, susurra alguien. Tardan en entender lo que yo he sabido al instante, no es una improvisación más.

Volví a esa escena una vez y otra después de su desaparición. Digo desaparición y no ruptura porque entonces me parecía absurdo (y una distorsión, un rebajamiento de lo que fuimos) meternos a Beltrán y a mí en el molde de la ruptura amorosa, de la relación de pareja. Nada en nuestra relación fue fruto de una decisión pensada. Durante un tiempo, al principio, parecía que la gente a nuestro alrededor esperaba que anunciáramos algo. Una confirmación quizá. “¿Cómo os va a Beltrán y a ti?” o “Y con Beltrán, ¿qué? Estáis bien, ¿no?” Sonrisas de expectación. Siempre tenía la sensación de estar a punto de suspender un examen, mis respuestas no daban en el clavo, no eran las correctas.

También nos preguntaban por qué nos empeñábamos en vivir cada uno en un estudio diminuto si juntos podríamos tener más espacio. Nunca estuvo sobre la mesa, yo no quería vivir con él ni él conmigo, más allá de los días febriles en que nos instalábamos uno en casa del otro para escribir y ensayar, parir una idea, preparar un papel complicado. Eran periodos breves y espontáneos, en los que el tiempo se suspendía y nos escupía al término de lo que fuera aquello en lo que trabajábamos, no con la sensación de haber compartido una domesticidad sino de habernos montado sobre una calabaza voladora, un tren mágico, un unicornio, y haber salido ilesos, hambrientos, algo desquiciados, muy felices. 

A Beltrán y a mí no nos movía el compromiso, sino la adicción a lo extraordinario. No decíamos “soy su mujer, soy su amiga, soy su amante, soy su compañera de creación”, ni tampoco “soy suyo, soy su futuro, soy la otra mitad de lo que escribe”. No éramos nada el uno del otro ni para el otro, yo no era de ni con Beltrán, Beltrán no era de ni conmigo. El verbo falla. Beltrán y yo estábamos, hacíamos, pasábamos horas, días, años hablando, follando, escribiendo, y el tiempo pasaba con nosotros y nos impulsaba. 

Su desaparición rompió el pacto. “Ahora soy sin Beltrán, y Beltrán es sin mí,” me repetía. Ese ahora marcaba un nuevo tiempo definido por la negación. Su “nunca te he que querido” sonó como un sortilegio, como el talaq musulmán que, pronunciado tres veces, rompe el matrimonio. Yo me divorcio de ti, yo me divorcio de ti, yo me divorcio de ti. Beltrán no repitió su sentencia, pero en el escenario el eco entretuvo sus palabras, y las hizo sonar otras dos veces cuando él ya no estaba allí. Nunca te he querido. Nunca te he querido. Nunca te he querido.

Dicen quienes estudian el cerebro que la memoria y la imaginación comparten procesos cognitivos. Recordar algo que hicimos en el pasado es muy parecido a proyectarnos en un mundo hipotético y ficticio. La memoria es un territorio de especulación, lo que creemos aprehender como prueba irrefutable de un hecho que sucedió no es más que una aproximación parcial, teñida por nuestros sentimientos, nuestros conocimientos e ignorancias. El así fue y el podría ser no están delimitados por fronteras sólidas. Las historias se escurren por las grietas entre uno y otro, se tocan, se contaminan con distintos tonos de luz. El rayo del recuerdo, la chispa de la imaginación. Distintos fuegos en un mismo cerebro.

No sé cuánto de lo que ocurrió en los días y semanas que siguieron al talaq fue real; cuánto lo recuerdo y cuánto lo inventé. Sé que reproduje la grabación del ensayo hasta que la escena perdió sentido y empecé a sospechar que lo que en ella se veía no podía ser real. La secuencia de movimientos se desarrolla con claridad: Beltrán se aleja, me mira, abre la puerta y pronuncia su talaq limpiamente, sin ensañarse ni perder los nervios. Luego se va y deja que el portazo y el eco de sus palabras se entretengan entre las paredes del escenario. La mujer que soy y no soy al mismo tiempo, disfrazada de otra con el vestido rojo y los tacones de charol, no se mueve, ningún gesto ni ademán ni siquiera un fugaz cambio de expresión alteran su parálisis. Sé que esto es lo que ocurrió porque así puede verse, pero al mismo tiempo sé, con igual convicción, que no es exacto o no es todo. No se ve pero yo recuerdo a Beltrán desenfocar la mirada cuando se volvió hacia mí. Fue rápido, como si por un momento dejara de ver lo que tenía delante y viera otra cosa, con mayor profundidad. 

Tampoco se me ve a mí agachando la cabeza. En el vídeo, la mujer de rojo se queda tiesa con los ojos clavados en Beltrán. Sin embargo, recuerdo perfectamente descubrir un pegote blanco en la punta de mi zapato izquierdo en los segundos de tensión que precedieron a la enunciación del divorcio. Me dio tiempo a pensar en un fideo de arroz aplastado, pegado al charol. No habíamos comido nada en el ensayo y los zapatos estaban limpios antes de empezar. Cuando levanté la cabeza todo había cambiado o estaba a punto de hacerlo, que es lo mismo.

Esa mancha se convirtió en una visión recurrente, me asaltaba sin aviso y sin tregua, como el rostro ausente de Beltrán; imágenes inconexas y erráticas que no me decían nada. Había perdido la capacidad de interpretarlas, nada de lo que ocurría a mi alrededor era traducible. La pérdida, el vacío, la parálisis y el miedo eran conceptos sin forma, gigantescos e infinitos, que se apoderaban de mis días y me sumían en una desesperación callada. Sin Beltrán, las palabras habían desaparecido. Las obras y los personajes que inventamos pertenecían a un mundo irrecuperable, el talaq había segado una parte de mi memoria. No podía seguir escribiendo y aun así sabía que escribir sería la única forma de salir del dolor.

La noche en que nos conocimos, hablamos de tantas cosas que me pareció estar estrenando el lenguaje, como si las palabras fueran nuevas o su efecto en mí fuera completo por primera vez. Me contó que estaba terminando un monólogo sobre un hombre que acaba de perder a su mujer en un accidente de tráfico. Le pedí que me leyera fragmentos. Era un texto oscuro, críptico, pero la soledad de ese hombre ficticio brillaba con una claridad aterradora. Beltrán era así, un poco de luz y otro mucho de sombra. “Es extraño cómo nacen las historias le dije”, y quise preguntarle: “¿Cuándo crees tú que decidimos empezar a contar algo? ¿Por qué una historia y no otra?”, pero no lo hice, me había acercado tanto a su boca que cerré los ojos y me pareció que también el oído se me apagaba, tal vez para no interferir en mi tanteo.

Es posible que si supiéramos por qué contamos algo no contaríamos nunca nada. Cuando una historia está terminada es fácil adivinar las razones que nos llevaron a desenterrarla, a limpiar los huesos, encerarlos, disponerlos bajo el foco de nuestra inquisición y examinarlos, y poco a poco insuflarles vida de nuevo, hacerlos cantar, como flautas prehistóricas, hilar sus memorias y darles cuerpo, pero estas son razones que inventamos en retrospectiva, con el trabajo de la narración hecho, y por tanto son solo parte de la verdad. Contar historias es trabajar con lo visible para intentar sacar a la luz lo invisible. Las explicaciones que nos damos a nosotros mismos al terminar una historia no están completas, pertenecen solamente al reino de lo que se ve, a lo que puede entenderse y representarse. Por el contrario, las otras razones, las más profundas, siguen escondidas. 

Con las personas ocurre lo mismo, acercarse mucho a alguien ayuda a descifrarlo, pero nunca llegamos a conocerle del todo. El Beltrán que había afirmado quererme infinitas veces era el mismo que me negaba no solo su amor sino también la verdad de nuestro tiempo juntos. Era el mismo y, sin embargo, a ese último Beltrán, al que le bastó un instante para cambiar cinco años de recuerdos, yo no le había conocido nunca. Ahora ya no podría desentrañar el misterio. Beltrán no volvería a hablarme ni a amarme, y yo tampoco podía hablarle a él en mi cabeza, ni al revés, hablarme a mí misma con su voz, ensayar un diálogo espectral entre dos personajes muertos. Lo estábamos. Estábamos vivos, pero al mismo tiempo habíamos muerto. Él vivía por su lado y yo por el mío, pero el tercer espacio o ser o tiempo que habíamos creado juntos ya no existía. Mis palabras no llegaban al lenguaje porque estaban atrapadas en un habla fantasmal.

¿Por qué una historia y no otra? ¿Por qué el talaq? ¿Por qué esas palabras y por qué la desaparición?

Tenía que aceptar que no resolvería estas preguntas. Nada que pudiera hacer o decir desharía el talaq, igual que el talaq no podía pese a su rotundidad deshacer el amor que Beltrán me había pronunciado antes. La negación y la afirmación coexistirían para siempre, pero ese nudo tenía que quedar atrás. No resolvería las preguntas –¿por qué?, ¿por qué?, ¿por qué?– pero quizá llegaría un tiempo en que sus interrogantes dejaran de asaltarme y yo podría atraparlos y darles otra forma, otro uso. Hacer flautas de los huesos hallados. Rellenar los vacíos. Inventar respuestas, razones, verdades para paliar el no saber. Convertiría a Beltrán en un cuento y luego lo dejaría flotar en mi conciencia, lo perdería de vista, lo olvidaría un poco o lo recordaría solo de vez en cuando, y cada vez más pálidamente. Su final daría paso a otros principios, nuevos cuentos.

Primero dolor, luego rabia y, enseguida, otra cosa. Un cosquilleo. El origen de todas las historias: la curiosidad por el vacío. 

No sé en qué momento empecé a escribir una palabra y luego otra, pero sé que hubo un día en que la mujer del vestido rojo salió de la pantalla y abandonó la grabación, y sobre el escenario no había nadie. Pensé, “¿Adónde ha ido?”, y de pronto me pareció más interesante perseguir esa respuesta, recordar o inventar sus peripecias, que seguir atada al eco de un adiós triple cuya voz ya no reconocía. Amanda Mauri es autora de ‘Museo de las ausentes. Usos políticos del duelo’ (Paidós, 2024). Publicado en InfoLibre el 29 de agosto de 2026.


















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