¿QUIÉN RECUERDA A LOS MUERTOS? ¿QUIÉN LOS LLORA?, POR JUAN JOSÉ TAMAYO
Según el informe de la Asociación Marroquí de Derechos Humanos fueron 141 las personas que murieron a ambos lados de la frontera por la entrada masiva de marroquíes y de otros países a Ceuta por mar. Recientemente acaba de ser rescatada otra víctima. Sobre ellos se ha tendido un tupido y ominoso velo de silencio. No se habla de ellos, no se les recuerda, no se les llora. No se siente dolor por su pérdida. Sus vidas no importan, carecen de valor. Sus nombres son silenciados. Han muerto en el más absoluto anonimato. Ninguna lápida que haga memoria de su paso por este mundo.
No faltan quienes hacen responsables a las personas fallecidas de su propia muerte alegando que es el precio pagado por la invasión de nuestro territorio. “Invasión”: así llaman falsa e injustamente a la entrada masiva de miles de personas inmigrantes a Ceuta, cuando muchos perdieron la vida en el intento y el resto llegó exhausto. Todos ellos, decenas de miles —familias enteras, hombres y mujeres, niñas y niños, adolescentes y jóvenes—, se vieron obligados a emigrar por el hambre, el desempleo, la pobreza, la búsqueda de una vida digna, de una vivienda, de un trabajo humano que les permitiera vivir; en definitiva, de un futuro mejor.
Nadie ha asumido su responsabilidad por las personas fallecidas. El Gobierno español se escudó en la falta de información y en que sucedió por sorpresa para eludir la responsabilidad de los 142 náufragos. A su vez, eximió cínicamente de toda responsabilidad a Marruecos, quien, a su vez, se presentó enseguida como un “socio fiel y responsable” de España. Una fidelidad que desmienten sus frecuentes llamadas a la ciudadanía marroquí a saltar la frontera por tierra y mar como arma política contra el Gobierno español cuando no le gustan sus políticas.
Marruecos apuntó como causante de la masiva entrada a Ceuta a la sentencia del Tribunal Supremo que establece la prohibición de devolver de forma sumaria —“devolución en caliente”— a las personas migrantes interceptadas en el mar en su intento de llegar a nado a Ceuta y Melilla. Falso, ya que la mayoría de los migrantes desconocía la existencia de dicha sentencia. La entrada masiva no pudo hacerse sin la colaboración necesaria de Marruecos.
En su primera comparecencia pública, el presidente español, Pedro Sánchez, cargó toda la responsabilidad de la entrada de miles de inmigrantes en Ceuta sobre las mafias que comercian con vidas humanas y que, lógicamente, no pueden dolerse del trágico final que ellas mismas fomentan. No puede negarse el importante papel de las mafias en tan masiva entrada y su desprecio por la vida humana, pero tampoco el apoyo de Marruecos, que nuestro Gobierno sigue negando por razones políticas difícilmente justificables.
Numerosos países de la Unión Europea han hecho fuertes reproches y críticas contundentes a España por la falta de control y de protección de la frontera norteafricana de acceso a Europa. La presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen, fue más allá y llegó a calificar de “inaceptables” las imágenes de la llegada masiva de inmigrantes a Ceuta. Algunos países atribuyeron dicha llegada masiva a la reciente regularización española de inmigrantes, calificada de “efecto llamada”.
Tal acusación es compartida por los partidos de la derecha y la extrema derecha españolas, que han calificado la entrada de los inmigrantes de invasión del territorio español. De ellos no se puede esperar ni recuerdo de los muertos, ni compasión, ni dolor por las pérdidas de vidas humanas, ya que para ellos lo que rige es la “prioridad nacional”, que conlleva la negación de todos los derechos humanos a las personas migrantes, ¿también el derecho a la vida? A los hechos me remito.
Hay otros dos actores que vienen demostrando complicidad con Marruecos: Estados Unidos e Israel, Trump y Netanyahu que, lejos de compadecerse de los muertos, han echado más leña al fuego. Trump ha recurrido a la “invasión” de Ceuta para alertar de que algo parecido pasaría si ganara las elecciones el Partido Demócrata en Estados Unidos. Él mismo en su país está practicando la caza de inmigrantes, su expulsión y el envío a sus países de origen o a otros países, esposados, como si fueran delincuentes, para ser encarcelados en prisiones terroríficas, por ejemplo, en El Salvador, con la complicidad de su presidente, Nayib Bukele.
El propio Trump da órdenes al ICE (Servicio de Control de Inmigración y Aduanas) de detener a los inmigrantes de manera salvaje y a quienes los defienden, hasta matarlos. ¿Qué compasión con los muertos de Ceuta va a tener un gobernante xenófobo y racista como Trump, que ordena la “caza” de los migrantes de su país, incluidos niñas y niños, allí donde se encuentren: casas, hospitales, centros de salud, templos, calles, aeropuertos o centros comerciales, y que invade países y secuestra o detiene a sus presidentes?
¿Qué compasión con los muertos de Ceuta va a tener un gobernante xenófobo y racista como Trump, que ordena la “caza” de los migrantes de su país?
Otro de los cómplices de la política autócrata del rey de Marruecos, Mohamed VI, insensible a las muertes de sus propios conciudadanos y de otros países, es el primer ministro de Israel, Benjamín Netanyahu. Ningún dolor puede sentir Netanyahu, genocida que ha asesinado a más de 72.000 gazatíes que, tras el alto el fuego, ha seguido matando impunemente de manera indiscriminada a la población de la Franja, especialmente a mujeres, niños y niñas. Está asesinando a miles de libaneses y apoya la violencia de los colonos judíos contra los palestinos de Cisjordania. Netanyahu es un asesino en serie y, como tal, disfruta matando a sus víctimas.
En su exhortación Apostólica La alegría del Evangelio el papa Francisco pronuncia un “no a una economía de la exclusión y la inequidad que mata” (n. 53). Es la economía vigente en Marruecos, donde el rey detenta una gran fortuna que le convierte en uno de los monarcas más ricos del mundo y la quinta persona más rica del continente africano, mientras el pueblo vive en la miseria, en la indigencia, en condiciones infrahumanas y se ve obligado a emigrar poniendo en peligro su vida hasta perderla.
Dicha economía mata, es cierto, pero no metafóricamente, sino de manera real y de múltiples formas segando vidas humanas, como comprobamos el 30 y 31 de julio. Y esas muertes han sucedido sin viso alguno de compasión por parte del Gobierno de Marruecos, de la Unión Europea, que endurece cada vez sus políticas contra la inmigración, de las redes sociales, convertidas en discursos de odio y de los partidos y organizaciones de la extrema derecha que llaman a la “caza del inmigrante”.
Esta economía, sigue diciendo Francisco, impone la “cultura del descarte”, que va más allá del fenómeno de la explotación y la opresión y no se limita a dejar en la periferia a la gente, sino que la deja fuera, “son desechos, ‘sobrantes’”. Por eso su vida resulta prescindible. Es el caso de las vidas de los migrantes que buscaban llegar a Ceuta huyendo del hambre y de la pobreza y murieron en el intento sin conseguir su sueño. Pero no solo ellos, sino “grandes masas de la población”, que “se ven excluidas y marginadas: sin trabajo, sin horizontes, sin salida” y avocadas a la muerte. Es la crónica de una muerte anunciada.
En La alegría del Evangelio Francisco se refiere a la “globalización de la indiferencia” que nos vuelve incapaces de compadecernos ante los clamores de las personas sufrientes y de llorar ante el drama de quienes el sistema neoliberal conduce derechamente a un final fatal. Critica la “cultura del bienestar” que nos anestesia y convierte las vidas truncadas por falta de posibilidades no en motivo de denuncia y de protesta, sino en un espectáculo que ni nos incomoda, ni llama a las puertas de nuestras conciencias.
¿Y qué pasa con las personas muertas a ambos lados de la frontera? Ya lo advirtió el filósofo Walter Benjamin en su tesis 6 Sobre el concepto de historia: “Tampoco los muertos estarán seguros ante el enemigo cuando este venza. Y este enemigo no ha cesado de vencer”. Los enemigos son hoy el necrocapitalismo, que sigue venciendo y extendiendo la muerte por doquier, sobre todo en el sur global, y la necropolítica, que consiste en la coalición y la complicidad de todos los poderes para decidir quién puede vivir y quién tiene que morir.
Si la historia la escriben los vencedores, y llevan siglos escribiéndola, los sufrimientos de las víctimas serán olvidados y a la violencia de sus muertes se sumará la violencia del olvido. Frente a ella no cabe otra respuesta que la memoria subversiva de las víctimas y el reconocimiento de la razón de los vencidos, la rehabilitación de su dignidad negada y el compromiso de no repetición, el juicio de la historia contra los victimarios, tanto personales como colectivos, y su condena. Juan José Tamayo es teólogo de la liberación. Sus últimos libros son Cristianismo radical (Trotta, 2026) y Política y religión (Tirant, 2026). Publicado en InfoLibre el 29 de agosto de 2026.
CEUTA Y EL NUEVO ORDEN EMOCIONAL, POR CARMELA RÍOS
Como si fuera una onomástica de los tiempos modernos, cada mediados de agosto recuerdo que tengo que añadir un año más a mi vida en las redes sociales. El 13 de agosto de 2009, creé la cuenta de Twitter que le dio un revolcón a mi vida profesional y me enredó en una senda que aún sigo recorriendo. Si las cuentas de redes sociales tienen denominación de origen, la mía es de Ceuta pata negra. Ceuta es la ciudad donde me crie, de donde viene mi familia y adonde vuelvo cada vez con más frecuencia. Mi cuenta de X nació allí, hace 17 años a las 17.41, en mitad de unas de esas apacibles tardes de verano que dan paso a atardeceres rojizos y noches cuyos recuerdos desbordan en nuestro archivo sentimental de tiempos felices.
Qué graciosillo el destino al colocar este agosto a Ceuta, mi kilómetro cero, en el epicentro de un terremoto geopolítico, social y humano, convertida en el más doloroso y completo rosario de enseñanzas sobre la mutación del mundo en la era de las redes sociales. Las plataformas digitales constituyen la columna vertebral que sostiene y acompaña cada etapa de esta crisis migratoria y su caos posterior. Y ello antes incluso de que todo estallara. ¿Cómo apagar las esperanzas de prosperidad de miles de jóvenes marroquíes que no ven futuro en su país y siguen en Instagram o TikTok a otros chavales que cruzaron la frontera y muestran orgullosos sus nuevas vidas en alguna ciudad europea? En un reciente reportaje del diario Le Monde, uno de esos chavales explicaba que arriesgar la vida merece la pena: “O me hago rico o muero”.
El denominado efecto llamada toma forma en los entornos más íntimos y es aprovechado en las redes por los negociantes de la esperanza para quienes no hay nada más sencillo que construir un enjambre de perfiles y grupos de Facebook, Instagram, WhatsApp o Telegram. Un mercado que ofrece todo lo necesario para el gran salto: rutas seguras, trajes de neopreno o transportes a la frontera. Leer los comentarios de sus publicaciones permite comprender cómo la temperatura emocional sube, la euforia y los deseos de un futuro mejor se vuelven contagiosos. Un sentimiento que se retroalimenta y que resulta difícil de analizar y cuantificar con una estrategia de seguridad convencional.
En el contexto de una crisis como la de Ceuta la desinformación se revela como un elemento transversal a todo el proceso. Es endémica, se mezcla rápida y naturalmente con los hechos reales y, sobre todo, conduce la conversación global al entorno donde es menos controlable, el entorno de las emociones. Como señalaba recientemente el politólogo Dominique Moïsi, entramos en un nuevo orden emocional del mundo en el que el miedo es un arma cuya onda expansiva crece exponencialmente en la transmisión de datos, caótica y vertiginosa, que experimentan las redes sociales de un ciudadano común.
Para la comunicación oficial resulta una dificultad añadida gestionar el perverso binomio que componen el miedo y el peligro real. Entre negar un riesgo con argumentos racionales y dejar a toda una población expuesta a miles de vídeos y audios, rumores y mensajes contradictorios, existe un espacio intermedio enorme para una comunicación pública rápida, creíble y eficaz.
La frontera puede recuperar la calma, pero las redes no cierran. Y si una movilización ha tomado forma una vez, debemos asumir que puede volver a suceder. Más aún cuando los movimientos migratorios son utilizados como instrumentos de presión política. En ese escenario, el objetivo de los enemigos, tantos externos como internos, puede consistir tan sólo en generar descontrol, incertidumbre y miedo; instalar a una población en la duda de si sus autoridades son capaces de protegerla.
El caso de Ceuta nos ha cambiado de pantalla. Ya no basta con que Interior vigile la frontera, que Exteriores gestione la relación con Marruecos, que los servicios de inteligencia busquen amenazas y que los periodistas verifiquemos bulos cuando aparecen. Hace falta algo más parecido a una capacidad permanente de escucha, interpretación y respuesta digital de toda la sociedad ante las crisis. Carmela Ríos es periodista. Publicado en El País el 29 de agosto de 2026.
LA CRISIS DE CEUTA ES UNA CRISIS EUROPEA Y NO SOLO ESPAÑOLA, POR ALICIA GARCÍA HERRERO
Después de que unas 72.000 personas, en su mayoría marroquíes, llegaran a Ceuta, principalmente nadando o vadeando, Madrid las devolvió a casi todas en el plazo de una semana. El asunto parece estar zanjado, o al menos eso es lo que Europa quiere creer. Pero no es así.
Ceuta sigue siendo un problema no solo para las autoridades españolas, sino para Europa en su conjunto. Y lo es por dos razones. En primer lugar, Ceuta ha puesto de manifiesto la profunda desconfianza entre los jefes de Estado y de Gobierno europeos, especialmente entre aquellos con diferentes ideologías políticas. Por otro lado, la Unión Europea no parece comprender del todo lo que realmente estaba en juego: no se trataba de una crisis migratoria, sino de un ataque a la integridad territorial de Europa.
Otra posibilidad, aunque bastante improbable, es que los Estados miembros de la UE reconocieran que en realidad no se trataba de una crisis migratoria, pero tuvieran demasiado miedo de admitirlo, ya que supuestamente carecían de los instrumentos necesarios para resolver el problema.
La reunión extraordinaria de ministros del Interior sobre la crisis de Ceuta, celebrada recientemente, solo cambió una cosa: los 22 Estados miembros que antes habían criticado duramente —y quizás con demasiada rapidez— reconocieron tras la videoconferencia que esta crisis es un problema europeo. Todos los asuntos de fondo se aplazaron hasta la reunión del Consejo Europeo de octubre.
La UE ya dispone de todos los instrumentos necesarios para responder con determinación a un ataque híbrido en el que se utilice a los migrantes.
Europa debería actuar en tres niveles
El primer paso para tomar medidas de inmediato es una investigación independiente sobre las causas de la llegada masiva a Ceuta. El hecho de que no se tratara de una crisis migratoria queda demostrado, entre otras cosas, porque casi todos los que cruzaron la frontera eran ciudadanos marroquíes. Precisamente por eso, casi todos pudieron ser devueltos al otro lado de la frontera en pocos días.
Esta afluencia masiva de marroquíes recuerda mucho a la "Marcha Verde", iniciada por el entonces rey marroquí Hassan II en 1975, cuando Franco agonizaba. En aquella ocasión, envió a 350.000 marroquíes al Sáhara español para presionar a España para que cediera la colonia a Marruecos.
El segundo nivel es la consecuencia de esta búsqueda de causas. Si la UE concluye que la invasión de Ceuta constituye un ataque a la integridad territorial de España —y, por ende, de Europa—, debería reaccionar en consecuencia.
Desde el 1 de julio de este año dispone de un instrumento adecuado para este fin. La cláusula sobre crisis e instrumentalización del Pacto sobre Migración y Asilo se creó precisamente para los casos en que un Estado impulsa a las personas hacia las fronteras europeas como arma política. Bielorrusia perfeccionó esta táctica contra Polonia en 2021 y Marruecos ya la ha utilizado dos veces contra España.
Que la UE aplique o no la normativa y clasifique formalmente a Marruecos como un Estado que utiliza la migración como arma es decisión exclusiva suya. España, con razón, no tiene derecho de veto en este asunto. Madrid depende de Marruecos para la seguridad de sus fronteras y no tiene ningún interés en tensar la relación. El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, fue, de hecho, el primero en hablar de un «ataque» contra la integridad territorial de España, pero evitó cuidadosamente mencionar a Marruecos por su nombre.
El tercer nivel es el que Europa evita una y otra vez. Ceuta y Melilla quedan fuera de la garantía de defensa colectiva de la OTAN. La llegada masiva de personas a estos territorios no es ni un fenómeno migratorio típico ni una operación militar encubierta en el sentido clásico. Se sitúa en una peligrosa zona gris.
En este sentido, la UE tiene más que ofrecer que la OTAN: su cláusula de asistencia mutua, que no establece fronteras geográficas y que, generalmente, se interpreta que también cubre estas ciudades.
Además, a diferencia del instrumento de la UE para la instrumentalización de los migrantes, esta cláusula ya ha sido utilizada por Francia en 2015. La cláusula de asistencia mutua proporciona el marco para que Europa responda colectivamente a un ataque híbrido contra uno de sus Estados miembros. Esto no tiene por qué implicar necesariamente el uso de tropas, sino que también puede traducirse en solidaridad política y operativa.
Marruecos ha aprendido lo poco que cuesta intimidar a Europa: un fin de semana y una playa pública. Mientras la Unión Europea no trate su frontera más expuesta como territorio soberano europeo que requiere protección jurídica y una estrategia de defensa clara, la crisis de Ceuta podría repetirse. Al fin y al cabo, no fue la primera: en 2021, Marruecos abrió brevemente su frontera con Ceuta y permitió el paso de unos 10.000 migrantes. La Unión Europea debe afrontar este desafío. Alicia García-Herrero es economista jefe de Natixis para Asia-Pacífico e investigadora principal en Bruegel. Publicado en Tribuna el 29 de agosto de 2026.







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