Anoche soñé que Trump escribía una novela de verdadero genio literario. Una de esas novelas introspectivas que exploran a fondo las debilidades y contradicciones del personaje, una de esas que no esquivan las verdades incómodas, precisamente porque hablan a través de la ficción. En la jerga editorial las llaman “novelas literarias”. En las librerías, “ficción para adultos”. En mi sueño, veo a Donald sentado en un sillón de orejas leyendo, muy concentrado, el séptimo volumen de la obra de Proust. Junto a él, una pila de libros: Kafka, Cioran, Camus, Clarice Lispector, Virginia Woolf… Por momentos, en una de esas metamorfosis oníricas que sólo ocurren en los sueños, el rostro de Trump muta en el de Netanyahu, y luego en el de Nasralah, difunto líder terrorista de Hizbulah.
Yo sé (no me pregunten cómo) que él o ellos están leyendo alta literatura por primera vez. Subrayan atentamente. Leen con una entrega conmovedora: puedo apreciar cómo su mirada se torna más tolerante, más sensible, más inclusiva... De repente, mi sueño cambia: Donald ya no lee. Ahora, escribe. Lo hace con una Pelikan de alta gama a la luz de un candil, en una sencilla cabaña de los Adirondack.
Su rostro es mutante: como antes, alterna con el de los otros dos líderes, hombres que fueron fanáticos delirantes y que ahora han decidido verter en el papel sus más oscuras motivaciones para tomar las decisiones que tomaron. A través de su alter ego, cuentan sus dudas, relatan cómo se levantaban de noche bañados en sudor preguntándose: “¿Me habré pasado de rosca?”… Y, finalmente exploran el remordimiento y la culpa, a la manera de Raskólnikov, con una prosa de intensidad dostoyevskiana.
Al final del sueño, los veo en la fase de promoción del libro. Donald y Beniamin aparecen por separado, cada uno en su silla, en un programa de gran audiencia (la Fox no ha invitado al de Hizbulah). El entrevistador, que es Johnny Carson (aunque yo descubro que se trata de Nicole Kidman recién operada), pregunta: “¿Por qué, en lugar de escribir sus memorias o contratar a un negro, han optado ustedes por la ficción?”. Donald responde que, tras una larga temporada leyendo en secreto, la suerte lo bendijo con la vocación literaria. Dice que explorar sus debilidades a través del personaje principal (que en su novela se llama Ronald Pump) le ha proporcionado un placer nunca antes experimentado. Y añade: “Creo en una literatura que sirva para crear lectores, no para contarlos”.
Carson-Kidman le interrumpe: “¿Pero podrá usted vivir de la creación literaria?”. Trump responde: “El oro del plumín de mi Pelikan es el único que ahora necesito. De mi vida anterior, no conservo ni un gramo: doné personalmente mis grifos de Mar-a-Lago a unos cuantos sintecho”. Él mismo lee un párrafo de su novela: me parece sublime.
Netanyahu es más parco. A la pregunta de por qué ha escrito ahora una novela de ficción, responde con un aforismo machadiano: “Por falta de fantasía, mentía más de la cuenta: también la verdad se inventa”. Al preguntarme de qué me suena la voz de Netanyahu (es la del doblador de Woody Allen al castellano), me despierto desesperanzada: la sabiduría les ha llegado cuando ya no están en activo y nada puede ser enmendado.
Como son las cuatro y sé que no volveré a conciliar el sueño, me entretengo con antiguas preguntas cuya respuesta es “no”. ¿Podría la literatura, el mejor antídoto contra la simplificación y el maniqueísmo, mejorar la sensibilidad de los que ejercen el poder, en especial la de los más cafres? ¿Podría incluso convertirse la inspiración literaria en un requisito para los candidatos a déspotas? Sería hermosísimo… Pero la respuesta, repito, es no.
Precisamente la empatía con el otro y la complejidad de la mirada es lo que le falta al tirano fanático. Ha habido buenos escritores capaces de entrar en la piel de psicópatas: Bret Easton Ellis se metió en la del yuppie de American psycho. Jonathan Littell se metió en la del oficial nazi Max Aue. Pero ni un solo déspota, a lo largo de la historia, ha dado a la literatura una novela de ficción con un personaje tan potente como el de Ronald Pump. Y es que estas cosas solo ocurren en los sueños, nunca en las pesadillas. Imma Monsó es escritora. La Vanguardia. 30 de agosto de 2026.



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