martes, 23 de junio de 2026

DEL CAFÉ DE SOBREMESA. UNA INUSITADA CAMARADERÍA, POR MARIUS CÀROL. 23 DE JUNIO DE 2026

 





Emmanuel Macron siempre ha intentado llevarse bien con Donald Trump, porque cree que Francia y Estados Unidos están llamados a entenderse en cualquier escenario. El presidente francés ha aguantado, además de profundas diferencias políticas sobre las guerra de Ucrania e Irán o sobre sus amenazas arancelarias, algunas desconsideraciones personales, como cuando divulgó que Macron y su esposa, Brigitte, se llevaban fatal, tras hacerse público un vídeo del avión presidencial, donde la primera dama apartaba con la mano a su esposo.

Napoleón escribió en el margen de su ejemplar de El Príncipe de Maquiavelo que “el fin justifica los medios”, Macron le ha hecho caso y ha aparcado sus disputas y ha agasajado a Trump, tras la reunión del G-7, donde al concluir las sesiones les largó una arenga de media hora a los convocados para glosar el pacto alcanzado con Irán. Como escribió Andrea Rizzi, todo estaba pensado para proyectar fuerza, pero en cambio proyectó debilidad. Trump ha conseguido la reapertura del estrecho de Ormuz y la promesa de diluir el uranio enriquecido, pero a cambio de que Irán vuelva a exportar crudo, la exigencia del alto el fuego en el Líbano, la promesa de inversiones para la reconstrucción del país, el levantamiento de sanciones y la recuperación de sus fondos congelados. Intentó vender una hazaña, cuando en realidad solo ha salvado los muebles.

El abrazo por la espalda entre Trump y Macron, en Versalles, es un signo de esperanza

Macron le ofreció presentar el pacto con Irán en el palacio de Versalles, donde se firmó en 1919 el tratado que puso fin a la I Guerra Mundial. La cena no fue el fast food que entusiasma a Trump, pero incorporó langosta y caviar a los espárragos para hacérselos más llevaderos y se sirvió pollo asado, que sí le encanta, pero con trufas para darle un toque de distinción. La tarta caliente con helado de vainilla la devoró con sumo gusto.

Pero lo mejor del día fue ese momento de camaradería de Trump y Macron abrazados por la espalda, a solas, avanzando por el salón de los espejos de Versalles. Esa foto, portada en la prensa de todo el mundo, pareció reflejar un momento de flaqueza y, a la vez, de conexión emocional de Trump. Debe de ser agotador esconderse tras su máscara de gran depredador las 24 horas del día. Marius Càrol es consejero editorial de La Vanguardia. 20 de junio de 2026.























DE LAS VIÑETAS DE HUMOR DEL BLOG DE HOY MARTES, 23 DE JUNIO DE 2026

 





























DEL ARCHIVO DEL BLOG. CUANDO ÁFRICA DESPIERTE, POR MAURIZIO RICCI. PUBLICADO EL 19 DE JUNIO DE 2017

 






La amenaza social es como la crecida de un río que se acerca, imparable, a un dique cada vez más frágil. En África viven mil millones de personas, que serán 2.400 millones en 2020, en su mayoría jóvenes y adolescentes. La ONU prevé que, en las próximas décadas, al menos medio millón intentará llegar a Europa cada año. En la otra orilla, hay 700 millones de europeos, que serán aproximadamente 600 millones en 2050, con una edad media de 50 años y un gran componente de centenarios.

La oportunidad económica inmediata es la que ofrece un mercado de mil millones de personas al lado de nuestras fronteras, de las que 600 millones no tienen electricidad. Si conseguimos llevársela, quizá con paneles solares, ¿cuántos frigoríficos podremos venderles, antes de que lo hagan los chinos? Para ahuyentar la amenaza y aprovechar la oportunidad, debemos encauzar el río. Conocer el gran reto de este siglo para Europa. Lo primero es aceptar que los europeos necesitamos a los inmigrantes. Hoy, en Europa, la pensión mensual de un jubilado la pagan cuatro personas en edad laboral. Con las tendencias demográficas actuales, en 2050, esa proporción será de 2 a 1: 38 millones de trabajadores y 20 millones de jubilados en Italia, 41 millones y 24 millones en Alemania, 24,4 millones y 15 millones en España. O aumentan los trabajadores o se duplican las aportaciones o se recortan las pensiones.

Con estos datos debería ser fácil hacer un ejercicio de realismo. La ola migratoria es un fenómeno histórico que no va a detenerse en las playas griegas o italianas, y mucho menos en las libias. Ni siquiera por motivos de seguridad. Las experiencias en Francia, Bélgica e Inglaterra demuestran que la principal amenaza contra la seguridad está en la segunda generación. Es decir, tiene que ver con la integración más que con la acogida. Está claro que, si es un fenómeno histórico, hace falta una solución a largo plazo, que imagine Europa y África más allá de 2025.

En Alemania, que en 2015 recibió un número de inmigrantes sin precedentes, el número de empresas que da trabajo a refugiados se ha triplicado en un año. En el primer trimestre de 2016, eran solo el 7%; a principios de 2017, el 22%. Son contratos de prácticas, fundamentalmente, pero es un principio. ¿Es mérito de Angela Merkel? No, más bien de los refugiados. Los que llegaron a Alemania procedían sobre todo de Oriente Próximo y especialmente de la clase media siria: ingenieros, arquitectos, profesionales cualificados, que huían de la guerra y de El Assad. En África, en cambio, las clases medias y privilegiadas se quedan allí, y los que llegan a las playas sicilianas vienen de las zonas rurales.

Es decir, es un problema cuantitativo, pero también cualitativo. Las perspectivas son favorables: en el continente africano, hoy, existe más paz que guerra, y hay firmes indicios de un despegue económico espontáneo. Es la situación idónea para poner en marcha una especie de Plan Marshall con el que Europa se garantice también su futuro. La idea ha sido planteada hace unos días en la reunión del G20 en Berlín, pero solo se ha concretado en apenas una promesa de esbozo.

África es el principal destinatario de la ayuda al desarrollo aportada por los países de la UE: más de 140.000 millones de euros entre 2013 y 2017, casi el 40% de la ayuda total. Antes de decidir si es mucho o poco dinero, hay que comprender para qué sirve. Si el objetivo es filtrar no solo cuántos sino quiénes emigran al otro lado del Mediterráneo, parece lógico pensar en programas de formación financiados por Europa. Si nuestros países siguen perdiendo población y necesitan fontaneros y enfermeros, formarlos sobre el terreno puede suponer una vía alternativa para la emigración, más atractiva que la travesía desesperada en una lancha desinflada.

Pero lo más importante son las inversiones privadas. En 2012, las empresas europeas invirtieron en África 11.600 millones de dólares; en 2015, 30.900 millones. Aunque son cifras engañosas, porque incluyen las dedicadas a prospecciones petrolíferas y porque, de esos 30.000 millones, 25 se invirtieron en Sudáfrica, la Suiza africana. Una lástima, porque las inversiones privadas pueden contribuir más que las públicas, y son el principal detonante de un desarrollo económico cada vez más visible. El FMI prevé para los próximos años un crecimiento del 3,5-4% e inversiones del 20% del PIB. La economía africana no va a ser siempre el gigante dormido, y Europa debe atreverse a estar presente cuando despierte. Maurizio Ricci es analista económico y del medio ambiente en La Repubblica.






















DEL POEMA DE CADA DÍA. EL NEGOCIO DE LA CHATARRA, POR PEDRO FLORES. 23 DE JUNIO DE 2026





 



EL NEGOCIO DE LA CHATARRA




Estoy en el negocio de la chatarra.

Poseo un camión viejo y un olfato de cerdo metálico

con el que venteo una brizna de plata

entre el clamor chirriante de la quincalla.

Los nuevos poetas conducen mudos coches eléctricos,

cuando me adelantan en la carretera

aprietan el acelerador con la sonrisa

y me digo admirado ahí va un poeta de hoy.

Conducen dictando poemas a sus dispositivos,

poemas sobre la pureza del horizonte, luego,

en casa, se masturban con la voz de sus navegadores.

Yo soy el hojalatero, rebaño el óxido de las palabras,

soy una hiena con una prótesis en la risa,

escarbo en los vertederos a por los caparazones

de las máquinas que emponzoñaban el aire,

abrevo en las charcas de metal pesado

y me la casco mirando el viejo póster del Playboy

que cuelga de la pared de un taller mugroso;

miss octubre del ochenta y seis,

ese año nacieron muchos poetas,

algunos de ellos se ríen de medio lado

cuando me adelantan en la carretera.




PEDRO FLORES (1968)

poeta español




***




Pedro Flores (Las Palmas de Gran Canaria, 25 de noviembre de 1968) es un poeta y escritor español. Cuenta con numerosos premios en su haber, como el Premio Internacional de Poesía Generación del 27,[1] el Premio Nacional de Poesía José Hierro, el Premio Internacional de Poesía Miguel Hernández,[2]el Premio de poesía Tomás Morales, o el Premio de poesía Jaime Gil de Biedma, entre otros. Fue finalista del Premio Nacional de la Crítica en su edición de 2010















DEL ASUNTO DEL DÍA. EUROPA NO NACIÓ PARA ESTO, POR SALVADOR ILLA. 23 DE JUNIO DE 2026

 





Esta semana, en Estrasburgo, el Parlamento Europeo ha aprobado el Reglamento de retornos, que permite crear centros de deportación en terceros países, también para familias con niños. Y ha fijado una cifra difícil de aceptar: un Estado que no quiera acoger a un solicitante de asilo podrá no hacerlo a cambio de pagar 20.000 euros por cada persona que rechace. 20.000 euros por mirar hacia otro lado. Una cifra inmoral que atenta contra los valores europeos.

Europa no nació para esto. Nació de las ruinas de la guerra, del dolor de sus propios exiliados y deportados, con una promesa escrita sobre las cenizas: nunca más. Se levantó sobre unos valores —la dignidad de cada persona, la solidaridad, la acogida— que no son un adorno para los buenos tiempos, sino el cimiento mismo del proyecto. Una Europa que pone precio a un ser humano y levanta campos más allá de sus fronteras no se protege: renuncia a aquello que la hizo nacer. Y vale la pena recordarlo, porque ningún pueblo, y tampoco Europa, tiene futuro sin acogida, sin solidaridad y sin valores. No podemos ir contra nosotros mismos. Contra nuestra memoria. Contra nuestro propio futuro.

No ignoro las preocupaciones de la gente; sería un error hacerlo. Quien ve que cuesta encontrar vivienda o que la escuela de su barrio se masifica tiene derecho a una respuesta. Pero a las dificultades reales se responde con más justicia, no con menos humanidad. El miedo es mal consejero, y quienes lo agitan señalan siempre al más débil —al que acaba de llegar— para que no miremos las causas verdaderas. No nos dejemos arrastrar por los discursos extremistas y las propuestas que no resuelven nada, como se ha demostrado ya en Italia. Ni en Cataluña ni en Europa.

La acogida, antes que un deber, es nuestra historia. Cataluña es hoy un país de ocho millones de personas gracias a quienes vinieron, y uno de cada tres niños tiene ya un padre o una madre nacidos fuera. Ese es nuestro presente, y será nuestro futuro. Y el futuro no se deporta: se educa, se cuida y se integra.

Por eso, frente a quienes construyen la puerta trasera de la deportación, otros hemos elegido la puerta delantera de la dignidad. España ha reconocido derechos a cientos de miles de personas que ya vivían y trabajaban entre nosotros, aceptando lo que ya eran: parte de esta sociedad. Frente a los centros de internamiento, España ha mantenido su rechazo casi en solitario entre los grandes países de la Unión, y es una posición que nos honra.

La regularización es buena para el conjunto del país. Es buena desde el punto de vista moral. Es buena desde el punto de vista social. Y es buena desde el punto de vista económico.

Cataluña sabe de qué habla. Ya fuimos capaces, hace medio siglo, de integrar a quienes llegaban de toda España, y tuvimos entonces la sabiduría de decidir que no habría dos Cataluñas, ni catalanes de primera y de segunda, ni un “ellos” frente a un “nosotros”. Como escribió Paco Candel, esta tierra ha de ser la casa común de cuantos viven y trabajan en ella, hayan nacido o no aquí. Quien viene a mejorar Cataluña es catalán, con los mismos derechos y los mismos deberes que cualquiera de nosotros. Y esa convicción se sostiene con hechos —con escuelas, con vivienda, con barrios cuidados, de Rocafonda a la Trinitat Vella—; por eso ampliaremos la Ley de Barrios. Pero se sostiene, antes que nada, con una elección: la del diálogo frente a la fuerza, y la de la esperanza frente al miedo.

Europa está aún a tiempo de ser fiel a sí misma; de recordar para qué nació. Cataluña, tierra de acogida, estará siempre del lado de la inmensa mayoría de europeos y europeas que, no tengo ninguna duda, creemos en los valores humanos. Valores que no se compran ni se venden. Porque ninguna persona, jamás, tuvo precio. Salvador Illa Roca es presidente de la Comunidad Autónoma de Cataluña. El País, 21 de junio de 2026.
























BUENOS DÍAS. SALUDOS EN LAS LENGUAS DE MI PATRIA. HOY MARTES, 23 DE JUNIO DE 2026, EN ESPAÑOL

 





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Hola, buenos días de nuevo a todos y feliz martes. Mañana es fiesta en mi ciudad, Las Palmas de Gran Canaria, que cumple 548, pero Desde el trópico de Cáncer sale igualmente al amanecer. Vamos con las entradas del blog de hoy. La primera, con el asunto del día, la firma el presidente de la comunidad autónoma de Cataluña, se titula Europa no nació para esto, y se muestra muy crítico con la reciente ley del parlamento europeo que refuerza su ya de por sí crítica postura antiinmigración. La segunda, es del poeta canario Pedro Flores y se titula El negocio de la chatarra.  El archivo del blog de hoy es de junio de 2017, lo escribió el analista político italiano Maurizio Ricci, y llevaba por título Cuando África despierte. Luego, como todos los días, vienen las viñetas de humor. El café de sobremesa de hoy lo firma el exdirector de La Vanguardia,Marius Càrol, y se titula Una inusitada camaradería (entre Macron y Trump). El de la tarde que cae de hoy es de Llàtzer Moix, crítico literario, que escribe sobre la cada vez más insoportable precariedad laboral y vital de los jóvenes europeos, carnaza para la ultraderecha. Y la última, como siempre, es el Buena noches diario del autor del blog a sus lectores, deseándoles de corazón que la diosa Fortuna y las benevolentes Moiras les sean favorables. Que pasen un buen día. Espero que las entradas del blog de hoy sean de su interés. Y nos vemos mañana de nuevo si la diosa Fortuna lo permite. Besos. Les quiero. HArendt





















ENTRADA NÚM. 10866

lunes, 22 de junio de 2026

BONES NITS, FELIÇ DESCANS I DOLÇOS SOMNIS. AVUI DILLUNS, 22 DE JUNY DE 2026, EN CATALÀ

 






Hola de nou, amics. Bona nit, feliç descans i dolços somnis a tots aquesta nit de dilluns, del 22 al 23 de juny del 2026. Espero que hagin passat un bon dia en companyia de les seves famílies i amics. Gràcies de tot cor per haver-se fet una volta pel bloc. M'alegraria creure que han gaudit de la visita. Tamaragua, amics meus. Que la deessa Fortuna i les benvolents Moiras els siguin favorables. Fins demà. Els vull. Petons. HArendt















DE LA TARDE QUE CAE. LAS POSESIONES DE LOS INDIGENTES, POR ANTONIO MUÑOZ MOLINA. 22 DE JUNIO DE 2026

 





Desposeído de un espacio propio con muros o cortinas que lo protejan, habitando una perpetua intemperie a la vista de todos, el indigente disfruta de una intimidad paradójica, porque nadie lo mira, y ni siquiera registra su existencia, a no ser los guardias que lo despiertan al amanecer en el banco de un parque, o los bárbaros beodos que amenizan una noche de juerga jugando a prenderle fuego. Que la Policía Municipal vaya al amanecer de banco en banco del Retiro sacudiendo a los mendigos dormidos quizás tenga la finalidad moral de disuadirlos de la pereza, según el precepto de que a quien madruga Dios le ayuda. En mi desnortada juventud, a los mochileros que pernoctábamos malamente en el suelo de las estaciones de ferrocarril italianas los carabinieri nos expulsaban sin miramientos en cuanto amanecía. Gracias a eso, tuve una vez el privilegio imborrable de caminar por una Florencia desierta con las primeras claridades violetas de una mañana de agosto, con el estómago vacío, el pelo sucio y el espíritu exaltado, llegando por puro azar a la plaza de Santa Croce, delante de los mármoles como de fichas de dominó de la iglesia. Providencialmente, estaba levantándose la persiana metálica de un café en el que el amigo que me acompañaba y yo pudimos tomarnos un capuchino que nos confortó el alma y nos saqueó nuestra mísera bolsa compartida. Todo era tan caro y nosotros tan pobres que nos alimentábamos de cartones de leche, mortadela y pan. En las afueras de las ciudades buscábamos los campings para plantar al lado nuestra tienda. Lo más fatigoso era levantarla todas las mañanas, llenar las dos mochilas con nuestro equipaje, ir a dejarlo hasta la noche en la consigna de la estación. No tener casa era llevarla siempre encima.

Yo también aparto la vista cuando paso cerca de las madrigueras de los indigentes, pero los miro de soslayo, y cuando ellos no miran me fijo en las cosas que tienen, en sus tentativas o simulacros de vida doméstica. A veces sigo a alguno cuando emigra de un lado a otro empujando su carro tambaleante de supermercado, colmado hasta arriba de todo tipo de cosas, bolsas de ropa, pares colgantes de zapatos, un colchón mugriento, un saco de dormir. Los indigentes parecen nómadas, pero en realidad tienen el mismo apego al sedentarismo que nosotros, los que vivimos al otro lado de la frontera invisible delante de la cual se extinguen las miradas. Aparecen un día en una esquina, en un cierto banco, arrastrando una maleta demasiado grande, o cargando una escueta mochila, y allí se quedan; rondan por las calles cercanas, y alguno toma tanta confianza que si hace buen tiempo tiende su colchón en medio de la acera, con una bolsa o una almohada sin funda como cabecero, y ahí se tumba con las dos manos en la nuca, en la intimidad de su dormitorio sin paredes, quizás con un brillo de delirio o de alcohol en los ojos entrecerrados.

En mi vecindario de clase media creo que los conozco de vista a todos, y es probable que ellos me conozcan a mí. Llegó uno nuevo hace años, arrastrando una maleta enorme, sin ruedas, y se instaló en un banco, sobre el que tenía siempre una pila de libros muy usados, que se pasaba gran parte del día leyendo. Le di una vez algo de dinero, y me contó su vida. Hablaba español con la solvencia peculiar de los inmigrantes rumanos. Me dijo que era ingeniero, y que una serie de desgracias, entre las que se incluían el matrimonio roto y el alcohol, lo habían expulsado a la calle. A veces me veía y a veces no. Nos cruzábamos y él iba arrastrando su maleta excesiva, con el agobio de quien ha acumulado más cosas de las que en realidad necesita, avaro y codicioso de su misma indigencia. En Nueva York hay homeless que son así, que llenan tanto los carros metálicos que apenas pueden empujarlos, de modo que parece que viven esclavizados por ellos, como los millonarios aplastados por lo descomunal de sus fortunas. Volví a ver al exingeniero rumano en una acera más ancha, en una zona de más pujanza, la calle de Alcalá. Ahora, los libros los tenía desplegados sobre un banco y sobre una parte de la acera, no sé si con el propósito de vender alguno, con una ambición de progreso en su miseria, el pelo y la barba ahora más desordenados, los ojos más huidizos, como en un descenso gradual hacia la locura.

Hay otro vecino a la intemperie en quien he observado un declive semejante. Hace unos años, lo veía sentado tras la repisa de un café que daba a la calle, junto al ventanal, escribiendo siempre en una libreta, muy absorto. Tomaba un café con leche, y tenía junto a él una pequeña maleta y un maletín de ángulos metálicos, como de ejecutivo. Por las noches lo veía, siempre solo, mirando la televisión en un bar de tapas y raciones, siempre con el cuaderno, con una taza al lado, nunca un plato de comida. Ahora la maleta es más grande, y más deteriorada. El maletín ha desaparecido. El hombre tiene mucho peor aspecto, y ya no lo veo entrar a los bares. Una noche lo descubrí tapando con unos cartones el rincón de acceso al semisótano de una tienda de cosméticos. Ahora lo veo allí cada noche, encogido tras la pantalla de cartones, con su maleta, sus cartapacios como de archivadores, las extrañas láminas en las que escribe columnas de números y listas de palabras. Resulta que era eso lo que escribía cuando yo lo imaginaba poseído por una solitaria inspiración.

No tener nada ya no es garantía de que uno no pueda ser aún más despojado. Álvaro Sánchez-Martín ha contado en el periódico la historia de Badr El Merroun, un muchacho marroquí de 19 años que llegó a España en patera cuando tenía 14, y que en el tiempo que lleva en la calle ha aprendido unas cuantas habilidades necesarias para la supervivencia. Sabe que en los barrios de la periferia es más fácil encontrar ropa en los contenedores, pero que la comida es más abundante en los cubos de basura del centro de Madrid, aunque también es mayor la competencia: hay más gente rebuscando, y es probable que otro indigente te robe lo que poseías. Pero el peligro mayor, según la experiencia precoz de El Merroun, son los servicios municipales de limpieza. El Ayuntamiento de Madrid no le ofrece plaza en un albergue, ni acceso a los servicios sociales; la Comunidad ha establecido que los extranjeros no empadronados no tienen derecho a la tarjeta de transporte. Pero, según una nueva directiva municipal, los servicios de limpieza están autorizados a quitarles sus pertenencias a los indigentes, y a tirarlas sin que ellos estén delante. Es una perversidad administrativa parecida a la de poner bancos con extrañas formas oblicuas en las calles, o en forma de sillones, con el fin de que se luzca algún diseñador afecto al municipio y se lucre algún concejal o allegado; y también, sobre todo, para que quienes no tienen casa ni tienen nada tampoco tengan un banco en el que tenderse, igual que se ponen pinchos o excrecencias metálicas en escalones o bordillos en los que pudiera sentarse una persona exhausta que no puede pagarse una silla en un bar.

Dice Badr El Merroun que a él le han quitado y tirado tres veces las cosas que tenía. “Le han tirado su ropa, su saco de dormir, su tienda de campaña, los documentos de un curso de comercio que estaba siguiendo y un collar que le regaló su madre”, escribe Sánchez-Martín. En el Madrid de los especuladores urbanos y los ricachones eximidos de pagar impuestos, donde las aceras de todos desaparecen bajo la invasión de las terrazas, y las calles son pistas de velocidad para coches y motos de lujo, verse forzado a dormir en la calle cuando no se tiene dinero ni para alquilar la más pobre habitación ya no es la última ignominia. Vigilaré esta noche por si a mi vecino sin techo lo han desahuciado de su domicilio de cartones. Antonio Muñoz Molina es escritor y miembro de la Real Academia Española. El País, 20 de junio de 2026.
























DEL CAFÉ DE SOBREMESA. MUERTE DE UN SIMPLE GATO, POR JUSTO BARRANCO. 22 DE JUNIO DE 2026

 





Era simplemente un gato. ¡Simplemente! Neruda lo escribió como nadie: “Pequeño emperador sin orbe, conquistador sin patria, mínimo tigre de salón”. Y más: “Arrogante vestigio de la noche, perezoso, gimnástico y ajeno, profundísimo gato, policía secreta de las habitaciones”. Y mucho más. Pero eso ya es su Oda al gato. En este caso el gato se llamaba, sí, claro, por qué no, Félix. Y Félix tenía una casa.

Wislawa Szymborska, la gran Nobel polaca a la que siempre hay que leer como un oráculo, escribió el poema Un gato en un piso vacío. El gato, en realidad ella cuando perdió a su pareja, esperaba a un amo que no llegaba. Pasaban los días y las rutinas cambiaban, otras personas le ponían la comida y él se inquietaba, y tramaba. Los gatos son así, y si se trata de ignorar y mostrarse indiferentes, son los reyes: “Se va a enterar­ de que eso no se le puede hacer a un gato. Irá hacia él como si no quisiera, despacito, con las patas muy ofendidas. Y nada de saltos ni maullidos al principio”, acababan los versos. Félix sabía administrar también los regresos.

¿Qué silla, sillón, reposapiés, banqueta, respaldo, cama o mesa no se habrá convertido en trono temporal del pequeño emperador de la casa?

Pero en realidad, por qué no escribir Un piso vacío sin un gato. ¿Qué silla, sillón, reposapiés, banqueta, respaldo, cama o mesa no se habrá convertido en trono temporal del pequeño emperador de la casa? Más sus mil escondrijos. Desde qué lugar no habrá mirado. Su mirada. La de Félix era vieja, eterna, de haber vivido mucho, desde pequeño. Él, los gatos son así, decidió un día, bastante desnutrido, que la vida del bosque no rendía y que le iban a adoptar. Y tras sentarse decidido unos cuantos días en el porche de la masía de una familia, lo logró. Después de todo, como casi todo, a los gatos, se les debe.

¿Quién camina y se sienta con esa elegancia? Silenciosos, ágiles, elásticos y limpios hasta la extenuación, con su lengua y sus patitas obran prodigios. Lo contaba otra Nobel, Doris Lessing, en el relato La vejez de El Magnífico. Su gatito, tras perder una pata con la que se lavaba la cara, le lamía el dedo a Lessing para que le lavara ella. Félix también era exhaustivo en sus largas toilettes. Y pese a guardar casi siempre las distancias, era fácil amanecer por sorpresa con él hecho una pequeña caracola. También obsequiaba con monerías a quien lo mereciera.

En su pequeño, silencioso e indescifrable misterio, era toda una presencia. Félix tenía una casa. Y toda la casa era Félix. Ahora, simplemente, será otra. Justo Barranco Martín es periodista. La Vanguardia, 18 de junio de 2026.