viernes, 12 de junio de 2026

DEL CAFÉ DE SOBREMESA. DEBERÍAMOS ESTAR TODOS MUERTOS, POR JAIME RUBIO HANCOCK. 12 DE JUNIO DE 2026

 





Según una tuitera, yo debería haber muerto el 31 de mayo, igual que otros siete mil millones de personas. El mensaje es del 10 de febrero, pero por suerte no lo vi hasta hace unos días porque menudos cuatro meses más malos habría pasado. La tuitera, @maryaamss_, advertía de que las personas vacunadas de covid no llegaríamos a junio. Y daba una fuente: “La BBC lo ha confirmado”.

Por supuesto, la BBC no había confirmado nada, pero algunos se guardaron el tuit y llevan unos días contestando con choteo a este perfil que escribe mensajes por lo demás inofensivos. En las respuestas, un médico británico recordaba que estas amenazas de muertes en masa por culpa de la vacuna nos acompañan desde la pandemia. Como no nos morimos, la fecha del apocalipsis se va desplazando hacia el futuro y al final nos moriremos todos, pero de viejos o de otra cosa, y si queda algún conspiranoico aún se atreverá a soltar un “os lo dije”.

Esa frase tan tuitera de “dato mata relato” no es cierta ni de lejos. Si nos queremos creer un relato, le encontramos explicación a cualquier dato que nos pongan delante. Porque datos sobre las vacunas tenemos muchos, comenzando por los estudios que prueban que han servido para prevenir contagios y evitar muertes, y siguiendo con la constatación de que casi todas las personas que tenemos cerca se han vacunado y siguen tan tranquilas.

Recordemos otro fin del mundo a modo de ejemplo: según los cálculos del estadounidense William Miller, la mañana del 22 de octubre de 1844 sería el día de la segunda venida de Cristo y, por tanto, del juicio final. Pero el 23 de octubre se dieron cuenta de que Cristo tenía otros planes. La mayoría renunció a las creencias de Miller, pero algunos se negaron a admitir el error y prefirieron justificarse con la idea de que esa era la fecha en la que Jesucristo había comenzado a juzgarnos. Así fundaron la Iglesia Adventista del Séptimo Día, que en la actualidad cuenta con más de 20 millones de miembros que creen que el fin está (más o menos) cerca.

El mundo tampoco terminó el 21 de diciembre de 1954, que es la fecha que anunció Marian Keech para una catástrofe mundial de la que se salvaría su grupo de fieles, a quienes rescataría una nave espacial. El psicólogo Leon Festinger decidió seguir a este grupo y el 22 de diciembre constató un comportamiento similar al de los adventistas: los seguidores de Keech más comprometidos con la causa, los que habían vendido sus propiedades confiando en que dejarían el planeta en platillo volante, aumentaron su fe en raptos futuros.

Festinger inició así los estudios sobre la disonancia cognitiva: cuanto más nos comprometemos con una idea, más nos cuesta renunciar a ella por muy evidente que sea nuestro error. Hacemos toda clase de malabares mentales para rechazar los datos que nos contradicen o para reducirlos a excepciones y mentiras.

La disonancia cognitiva no es algo que pase solo a gente metida en sectas o a víctimas de teorías de la conspiración: nos afecta a todos y nos afecta todos los días. Siempre tenemos excusas a mano para justificar nuestro comportamiento, ya sea encender otro cigarrillo o tirar un papel al suelo.

Y en política la cosa es terrible. Un estudio publicado el pasado marzo en el Journal of Social and Political Psychology muestra que tendemos a rechazar o a intentar explicar las acusaciones de corrupción dirigidas a políticos que apoyamos, asegurando que son mentiras, que no tienen importancia o que todos los políticos son iguales. El estudio se hizo con seguidores de Trump. Sí, sé que Trump nos parece a todos un caso especial, y lo es, pero nosotros no lo somos y por eso caemos en estas actitudes y excusamos los errores de los nuestros con alegría mientras condenamos los ajenos sin dificultad.

Esto no quiere decir que debamos creernos toda la información que nos llega. Pero sí debemos recordar que es muy fácil reírnos de los conspiranoicos y de los trumpistas, pero bastante más difícil ser críticos con nosotros mismos y tener presente que todos estamos a un paso de ponernos un gorro de papel de plata en la cabeza. Jaime Rubio Hancock es escritor. El País, 11 de junio de 2026.
















DE LAS VIÑETAS DE HUMOR DEL BLOG DE HOY VIERNES, 12 DE JUNIO DE 2026

 































DEL ARCHIVO DEL BLOG. LOS DENISOVANOS TAMBIÉN TENÍAN SEXO, POR ALEX GRIJELMO. PUBLICADO EL 2 DE DICIEMBRE DE 2018

 





Quizás haya más formas de denominar el acto sexual que de practicarlo. La última en llegar al español habitual de los medios de comunicación ha sido “tener sexo” (documentada ya en 1975, pero de escaso uso hasta hace poco).

Algunos meses atrás se acusó a la actriz Asia Argento de haber tenido sexo con un actor de 17 años. Y en el mismo día se nos informaba de que hace 50.000 años una mujer neandertal y un hombre denisovano también tuvieron sexo, lo que dio lugar a la primera hija de dos especies humanas distintas.

La locución verbal “tener sexo” no se ha fabricado genuinamente en el ámbito del español. Procede del puritanismo anglosajón, que pretendía esquivar expresiones más crudas (to have sex, dicen en esa lengua). Tampoco fue creación hispana la fórmula “hacer el amor”, copiada del inglés o del francés; o de los dos a la vez: make love y faire l’amour. (Sí: suena mucho mejor en francés).

Las dos opciones arrastran problemas. “Tener sexo” choca con la realidad de que todo el mundo tiene sexo aunque no se coma un colín (“barra de pan pequeña, delgada y alargada”, por cierto). Tener sexo no es una elección, sino que nos viene de serie. De ese modo, si alguien dice “a fulano le gusta mucho tener sexo”, se le podría contestar “será que lo usa”. Por su parte, la palabra “amor” encaja regular con el omnipresente verbo “hacer”, porque éste se vincula con algo mecánico que se produce, se ejecuta o se fabrica, y no tanto con algo que se da, se disfruta o se comparte.

Mientras esas expresiones progresaban, quedaron arrinconados los verbos castizos “copular”, “coitar”, “ayuntarse”…; además de “fornicar” (que se aplica cuando el acto excede la circunscripción del matrimonio). No obstante, todos ellos siguen en la memoria colectiva junto con otras posibilidades que no reproduciremos aquí por si esta columna se lee en horario de protección infantil.

Antes de que llegara a nosotros en el siglo XX esa influencia anglofrancesa, “hacer el amor” significaba “galantear”, “cortejar”, “enamorar”. Un personaje de Galdós dice en Fortunata y Jacinta (siglo XIX): “Todavía sostendrá que yo le hice el amor. No hay quien se lo quite de la cabeza. Y todo porque me solía parar en la esquina de la calle de Tintoreros”. Si uno desconoce el antiguo significado, se quedará muy extrañado de que dos personas puedan discutir sobre si hicieron el amor o no, sobre todo si el acto había ocurrido en plena calle de Tintoreros.

Del mismo modo, siglos atrás dos personajes de una novela hacían el amor incluso en presencia de sus padres; lo cual, leído ahora, puede provocar una impresión equivocada sobre la promiscuidad de nuestros antepasados.

Ahora bien, no hemos asumido estas nuevas formas por casualidad. El hueco a los dos extranjerismos hoy en boga se abre porque ninguna alternativa propia nos convence. Unas nos suenan a eufemismo rancio (“¿nos acostamos?”). Otras parecen una impertinencia (“¿quieres que copulemos?”). Y también las hay que son una cursilería que hasta quita las ganas (“cariño, ¿practicamos el coito?”). Por no hablar de las opciones soeces (“¿…?”). Y entre unas razones y otras, se usan poco (los verbos, digo).

El mecanismo sigue igual desde hace milenios, pero después de tantos siglos no hemos terminado de dar con las palabras adecuadas para nombrarlo sin eufemismos y quedarnos tan panchos. Álex Grijelmo es escritor. El País, 2 de diciembre de 2018.






















DEL POEMA DEL DÍA. SI YO PUDIERA MORDER LA TIERRA TODA, POR FERNANDO PESSOA. 12 DE JUNIO DE 2026

 







SI YO PUDIERA MODER LA TIERRA TODA



Si yo pudiera morder la tierra toda

y sentirle el sabor sería más feliz por un momento…

Pero no siempre quiero ser feliz

es necesario ser de vez en cuando infeliz para poder ser natural…

No todo es días de sol

y la lluvia cuando falta mucho, se pide.

Por eso tomo la infelicidad con la felicidad.

Naturalmente como quien no se extraña

con que existan montañas y planicies y que haya rocas y hierbas…

Lo que es necesario es ser natural y calmado en la felicidad o en la

infelicidad.

Sentir como quien mira. Pensar como quien anda,

y cuando se ha de morir,

Recordar que el día muere y que el poniente

es bello y es bella la noche que queda.

Así es y así sea.



FERNANDO PESSOA (1888-1935)

poeta portugués




***




Fernando Pessoa (Portugal, 1888 - 1935) fue una de las figuras literarias más importantes del siglo XX. Se destacó por tener más de 70 heterónimos, personalidades literarias con una identidad y estilo diferente al suyo. En este poema busca demostrar la importancia del equilibrio en la vida. Así, destaca la necesidad de conocer los sinsabores de la existencia para luego ser capaz de valorar la felicidad más pura.














DEL ASUNTO DEL DÍA. LA POBREZA SE FABRICA: TAMBIÉN PUEDE ERRADICARSE, POR OLIVER DE SCHUTTER, THOMAS PIKETTY Y JOSEPH E. STIGLITZ. 12 DE JUNIO DE 2026

 







Vivimos en una era de escasez fabricada. En un mundo más rico que nunca, más de una décima parte de la población mundial sigue viviendo en la pobreza extrema. Millones de personas no pueden permitirse alimentos suficientes, vivienda o atención sanitaria básica, mientras una ínfima minoría acumula niveles sin precedentes de riqueza y poder. Al mismo tiempo, las sequías, los megaincendios, las inundaciones y las olas de calor nos recuerdan que nuestras economías están empujando al planeta más allá de sus límites.

No se trata de crisis separadas. Son síntomas de un modelo económico que ha llegado al final del camino. La pobreza y la desigualdad no son accidentes; son resultados previsibles de decisiones de política pública: cómo diseñamos los sistemas tributarios, regulamos los mercados laborales, valoramos los cuidados, estructuramos los servicios públicos y decidimos qué necesidades y qué voces importan. Cuando se niega a las personas los medios para vivir con dignidad y participar como iguales en sus sociedades, se vulneran sus derechos humanos. Lo crucial es que si los gobiernos pueden fabricar pobreza, también pueden desmantelarla.

Durante décadas, la receta fue sencilla: hacer crecer la economía y la pobreza desaparecería gradualmente. Pero no se ha cumplido la promesa de que el crecimiento económico “elevaría todos los barcos”. Mientras los ingresos nacionales aumentaban, los salarios se estancaban, el trabajo precario se expandía y se recortaban los servicios públicos. En la cúspide, las fortunas se disparaban; en la base, las familias recurrían a los bancos de alimentos. El crecimiento se ha desvinculado de la prosperidad compartida.

También se ha vuelto ecológicamente insostenible. Los científicos advierten que nos acercamos a una “Tierra invernadero”, en la que el aumento de las emisiones y la pérdida de biodiversidad están desestabilizando las condiciones que sustentan la vida humana. Alrededor del 80% de las emisiones mundiales de carbono pueden atribuirse a los países más ricos, y el 10 % más acaudalado de la población es responsable de casi la mitad de las emisiones globales, mientras que las personas en situación de pobreza son las primeras en afrontar la pérdida de cosechas y el aumento de los precios de los alimentos. Un modelo económico que depende de una expansión sin fin en un planeta finito no solo es injusto; es peligroso.

Muchos países de ingresos bajos siguen necesitando crecimiento para construir carreteras, hospitales, escuelas, energías renovables y empleos decentes. Pero la senda dominante hacia el crecimiento —basada en la extracción de recursos, la mano de obra barata y dócil, la dependencia de las exportaciones y un endeudamiento cada vez mayor— ha ampliado la desigualdad y degradado el medio ambiente. La verdadera pregunta hoy no es si el crecimiento continúa, sino qué tipo de economías estamos construyendo, a quién sirven y si permiten que todas las personas vivan con dignidad dentro de los límites planetarios.

Por eso nos reunimos para desarrollar y respaldar la Hoja de ruta para erradicar la pobreza más allá del crecimiento, que fue lanzada recientemente en Ginebra en la Organización Internacional del Trabajo, bajo los auspicios de la Coalición Mundial para la Justicia Social. La Hoja de ruta ofrece una serie de alternativas para ir más allá del enfoque estrecho centrado en “crecer-gravar-transferir” que ha moldeado las políticas durante décadas. No es un plan elaborado por un pequeño grupo de expertos. Es exactamente lo contrario: durante 18 meses, más de 400 personas —organismos de las Naciones Unidas, gobiernos nacionales, personas expertas del ámbito académico, organizaciones de la sociedad civil, sindicatos, actores de la economía social y solidaria y movimientos de base, tanto del Norte como del Sur globales— trabajaron para responder a una pregunta sencilla: ¿cómo podemos poner fin a la pobreza y reducir las desigualdades sin tratar el crecimiento del PIB como nuestra condición principal para el progreso?

No coincidimos en todos los detalles de política. Pero nos une la convicción de que nuestras economías deben rediseñarse para organizar la producción, la distribución y el consumo en torno a la realización de los derechos y al bienestar colectivo dentro de los límites planetarios, en lugar de maximizar la producción a cualquier costo. Los derechos humanos no son aquí una ocurrencia tardía; son el principio organizador de cómo medimos el progreso, fijamos prioridades y resolvemos las disyuntivas.

Es una prioridad absoluta garantizar una protección social universal basada en los derechos y el acceso universal a servicios públicos de calidad; en muchos países, esta sigue siendo la primera y más urgente tarea. Pero una economía basada en los derechos humanos va más allá de la redistribución y la compensación posteriores al mercado. La protección social y los servicios públicos son esenciales, pero no pueden compensar indefinidamente economías que, por diseño, generan salarios de pobreza, empleos inseguros y viviendas inasequibles.

Necesitamos cambiar las reglas desde el origen. Eso significa, por ejemplo, trabajo decente y sistemas de garantía de empleo, salarios dignos y una remuneración justa, sindicatos más fuertes y democracia en el lugar de trabajo, combatir la discriminación y valorar el trabajo de cuidados remunerado y no remunerado del que dependen nuestras sociedades. Significa invertir en la infancia, la vivienda, la salud, la educación y el transporte mediante una provisión pública universal, de modo que la pobreza se prevenga en lugar de transmitirse de generación en generación. Significa control público de los activos estratégicos, orientación del crédito para dirigir la inversión hacia prioridades sociales y ecológicas, y apoyo al desarrollo de la economía social y solidaria.

Aplicar esta visión significa cambiar las reglas de una economía mundial que todavía organiza las capacidades productivas de los países de ingresos bajos y medianos en función del consumo del Norte, en lugar de atender las necesidades locales. Hoy se reprocha a los gobiernos del Sur Global no hacer lo suficiente para combatir la pobreza, al tiempo que se les asfixia con sanciones unilaterales, acuerdos comerciales restrictivos, intercambio desigual y cargas de deuda arraigadas en siglos de despojo colonial. Unos 3.400 millones de personas viven en países que gastan más en el servicio de la deuda que en salud o educación. A los países fuertemente endeudados las instituciones financieras internacionales los presionan para recortar el gasto social y debilitar la protección laboral en nombre de la “competitividad”. Mientras tanto, las cadenas mundiales de suministro permiten una vasta transferencia neta de trabajo y recursos del Sur al Norte, en una escala que bastaría para poner fin a la pobreza extrema muchas veces.

La solidaridad internacional es, por tanto, una obligación jurídica y moral arraigada en la realidad histórica de que muchos países ricos construyeron su riqueza empobreciendo al Sur mediante patrones de extracción que hoy continúan bajo nuevas formas. Una transición justa más allá del crecimiento debe incluir justicia de la deuda, una mayor cooperación Sur-Sur, financiación climática reparadora y restaurativa y apoyo a los pisos de protección social universal, sobre la base de los principios de no dominación y autodeterminación, de modo que los países puedan trazar sus propios futuros económicos de manera Soberana.

Igualmente crucial es quién puede dar forma a esta transición. Con demasiada frecuencia, las políticas que afectan a las personas en situación de pobreza se diseñan sin ellas, y a veces en su contra. Cuando los sistemas de bienestar se construyen en torno a la sospecha, las sanciones y condiciones humillantes, profundizan el estigma y disuaden a las personas de reclamar las prestaciones que les corresponden. Cuando las reformas agrarias o los programas de vivienda social están contaminados por la corrupción y el favoritismo, o excluyen a quienes viven en asentamientos informales, no logran llegar a quienes necesitan el apoyo con mayor urgencia. Quienes viven en la pobreza saben mejor que nadie cómo pueden fallar los sistemas en la práctica. Su experiencia debe orientar el diseño, la aplicación y el seguimiento de las estrategias de lucha contra la pobreza, desde los consejos locales hasta los parlamentos y los foros internacionales.

No partimos de cero. En todo el mundo, las luchas Indígenas, la organización feminista, los sindicatos y los movimientos por la justicia climática están defendiendo y construyendo futuros alternativos arraigados en el cuidado colectivo y los derechos territoriales. Nuevas coaliciones de Estados están impulsando nuevas visiones de la gobernanza económica mundial, y distintos gobiernos están experimentando con estrategias de lucha contra la pobreza basadas en los derechos, asambleas ciudadanas y creación de riqueza comunitaria. La ONU y muchos aliados están explorando indicadores de “Más allá del PIB” y nuevas instituciones, como un Panel Internacional sobre la Desigualdad, para ayudar a orientar este cambio.

Nuestra hoja de ruta se apoya en esos esfuerzos, los conecta y los impulsa aún más. La ofrecemos ahora como un punto de referencia común para quienes se niegan a aceptar que la pobreza y el colapso ecológico sean el precio que hay que pagar por la manera en que actualmente definimos el “éxito” económico. De cara a la Cumbre de los ODS de 2027 y a otras importantes negociaciones mundiales sobre financiación, fiscalidad y clima, los gobiernos y las instituciones multilaterales tienen una elección: redoblar la apuesta por un modelo fallido centrado primero en el crecimiento, o comprometerse a erradicar la pobreza transformando las reglas económicas que la producen.

La pobreza se fabrica. Esa es la mala noticia, y también la buena. Lo que ha sido fabricado puede desmantelarse y sustituirse. Con la Hoja de ruta para erradicar la pobreza más allá del crecimiento, ponemos sobre la mesa opciones concretas, cada una respaldada por detallados “perfiles de políticas” que exponen la evidencia, los pasos para su aplicación y ejemplos del mundo real. Hacemos un llamamiento a las y los dirigentes políticos de todos los niveles para que las utilicen, escuchen a quienes más se ven afectados y consideren el fin de la pobreza, la reducción de las desigualdades y la realización efectiva de los derechos humanos como la medida con la que debe juzgarse la política económica.

Olivier de Schutter es relator especial de Naciones Unidas sobre la extrema pobreza y los derechos humanos y presidente de New Economies for Eradicating Poverty (NEEP). Joseph E. Stiglitz es premio Nobel de Economía, catedrático de la Universidad de Columbia y economista jefe del Instituto Roosevelt; Thomas Piketty es profesor de la Escuela de Altos Estudios en Ciencias Sociales (EHESS), catedrático de la Escuela de Economía de París y codirector del World Inequality Lab, y 360 firmas más. El País, 12 de junio de 2026.























BONS DIES. SALUTACIONS A LES LLENGÜES DE LA MEVA PÀTRIA. AVUI DIVENDRES, 12 DE JUNY DE 2026, EN CATALÀ

 





Hola, bon dia de nou a tots i feliç divendres. Avui, última jornada del papa Lleó XIV a Canàries ia Espanya, amb comiat dels reis Felip i Letizia a l'illa de Tenerife. Demà a la tarda els explico com va passar el dia a l'illa germana. Tamaragua, amics meus. Que la deessa Fortuna i les benvolents Moiras els siguin favorables. Que passin un bon dia. Espero que les entrades del bloc d'avui siguin del vostre interès. I ens veiem demà de nou si la deessa Fortuna ho permet. Per cert, avui 12 de juny del 2026 es compleixen 41 anys de l'entrada d'Espanya a la Unió Europea. Feliç aniversari a tots els meus compatriotes canaris, espanyols i europeus. HArendt
















ENTRADA NÚM. 10764

jueves, 11 de junio de 2026

GAU ON, ATSEDAN ON ETA AMETS GOZOAK IZAN. GAUR, OSTEGUNA, 2026KO EKAINAK 11, EUSKARAZ

 






Kaixo berriro, lagunok. Gau on, atseden on eta amets gozoak izan guztioi ostegun gau honetan, 2026ko ekainaren 11-12. Leon XIV.a Aita Santuak Kanariar Uharteetara egindako bisitaren lehen eguna, gaur Gran Canaria uhartean, Bartzelonatik iritsi den 10:50ak aldera. Berehala joan da Gandoko Aire Basetik, non lehorreratu zen, Arguineguíngo portura, uhartearen hegoaldean, bertan ostatu hartzen ari ziren afrikar etorkinekin biltzera. Han, Espainiako Gobernuko presidente Pedro Sánchezen aurrean, migratzaileen diskriminazioaren aurkako eta haiei harrera egitearen aldeko diskurtso sendoa eman du: "Iristen den bizitza orok galdetzen digu zer geratzen den gure gizatasunetik", esan du, eta gaineratu du: "Ezin gara ohitu hildakoak zenbatzen. Giza duintasunak ez du pasaporterik". Ondoren, 14:00ak aldera, Las Palmas de Gran Canariako Santa Ana katedralean, Kanariar Uharteetako Elizbarrutiko eliz komunitatearekin bildu zen. Atsedenaldi labur baten ondoren, Meza Santua ospatu zuen Gran Canaria estadioan, 35.000 fededun baino gehiagoren aurrean, bero hartu zutenak. Eta bihar, goizean goiz, Tenerifera itzuliko da hegazkinez. Tamaragua, lagunok. Fortuna jainkosa eta Patu onbera zuekin egon daitezela. Bihar arte. Maite zaituztet. Musuak. HArendt















DE LA TARDE QUE CAE. VILHELM HAMMERSHOI, LA BÚSQUEDA DE UN LUGAR EN EL MUNDO, POR MARÍA ESCRIBANO. 10 DE JUNIO DE 2026

 





«Cada época deja a la siguiente un legado de fuerzas latentes, de formas por desarrollar y de preguntas incómodas. Y eso es precisamente lo que encierran de manera especial la obra de Friedrich, Hammershøi y Vallotton».(Florian Illies)

De la pared del comedor de la casa de mis abuelos colgaba un cuadro que me fascinó durante toda mi infancia. Representaba una de esas escenas tan frecuentes en la pintura neerlandesa, en la que se veía una mujer de espaldas, tal vez leyendo, tal vez cosiendo, en una habitación ordenada y silenciosa, casi en penumbra, iluminada débilmente por un ventanal. Sobre el suelo y abandonados de cualquier forma, aparecían sus zuecos. Aquellos zuecos abrían inexplicablemente una especie de secreto pasaje en el tiempo que permitía trasladarse de un modo asombroso, casi tangible, hasta aquella habitación del siglo XVII. Hasta mucho después no supe que aquel cuadro era una copia de una tabla de Jacobus Vrel (1617-1662), un pintor de cuya biografía apenas se sabe nada, aunque sus obras hayan sido comparadas e incluso confundidas a veces con las de Vermeer.

Puede decirse que tanto el paisaje como la presencia de mujeres en interiores han sido dos temas que la pintura nórdica no solo inventa y cultiva durante todos sus años de esplendor, sino que tendrán después un largo recorrido en la modernidad, incluso más allá de sus propias fronteras. Svetlana Alpers dedica un libro a tratar de explicar el origen de este impulso que llevó a los pintores holandeses de la Edad de Oro a tomar nota precisa tanto de la realidad exterior como de la de los interiores de sus casas y lo pone en relación con el espíritu de observación que habría descubierto y difundido, muy especialmente en los países del norte, el gran desarrollo de la ciencia en el siglo XVII1. Una nueva sociedad burguesa y protestante nacida al amparo del gran desarrollo económico promovido por el pujante comercio transatlántico, comenzará a desarrollar gustos y valores diferentes a los de los católicos países del sur. Los nuevos burgueses ya no desean colgar en las paredes de sus casas imágenes de dioses o héroes, ni escenas fantásticas, ya fuesen recreaciones del más allá o de antiguos relatos épicos. Prefieren cuadros de pequeño y mediano formato que representen escenas edificantes pero reconocibles, con las que puedan identificarse fácilmente. Así los paisajes de su entorno, las calles de sus ciudades o el ordenado y limpio interior de sus hogares.

Foucault, tan atento a los modos de percibir y a su influencia en la forma de pensar, distingue entre la primacía de la vista y de la observación directa en los países del norte y la recreación de acciones humanas imaginadas a partir de la lectura y de la memoria de sus hazañas o sus mitologías en los países del sur. Es decir, frente al conocimiento cultural, textual, la paulatina imposición del conocimiento visual; frente a la ventana abierta a una realidad imaginaria, grandiosa e idealizada, el espejo reflejando una naturaleza amena o una materialidad cotidiana exaltadora de la moral puritana y discretamente amable. Miguel Ángel despreciará esta pintura tan opuesta a sus ideales, hecha según él «sin selección ni valentía, sin sustancia ni nervio»: «Pintan en Flandes propiamente para engañar a la vista exterior» y «Su pintura se compone de telas, construcciones, verduras de campo, sombras de árboles y ríos y puentes, que ellos llaman paisajes»2.

Aunque no hay que olvidar el prestigio que la cultura clásica seguirá teniendo para tantos artistas, desde los flamencos como Rubens hasta los holandeses como Rembrandt, lo cierto es que esta pintura hecha para gustar a «mujeres viejas o muy jóvenes o a personas devotas», según Miguel Ángel, anuncia, bajo su intención moralizante, una forma distinta de contemplar la realidad, fruto del nuevo sistema cultural que estaba surgiendo en los países del norte y que, con idas y venidas, acabará por extenderse de modo general al resto de Europa.

Es posible que fuera sobre todo el gusto de la nueva burguesía acomodada la que condicionara en gran parte la temática de los artistas holandeses, como condicionaron la aristocracia y la Iglesia la pintura italiana, pero en ambos casos los grandes artistas han sido siempre capaces de saltar por encima de cualquier imposición para llevarnos a lugares que traspasan ampliamente el encargo de sus clientes o los límites del gusto o los valores de su época. De cualquier forma, cuando el planeta empezaba a ser conocido y recorrido hasta sus últimos confines, la pintura holandesa descubrió la belleza de la naturaleza por sí misma, un camino que seguirían los pintores románticos y que —a través de Caspar David Friedrich, Philipp Otto Runge, William Turner y tantos otros— llevaría según el historiador Robert Rosenblum hasta el expresionismo abstracto en el siglo XX3. Del mismo modo, aquellos interiores domésticos que tan orgullosos hacían sentir a sus dueños, empezaron a revelar el potencial plástico de la luz traspasando estancias a través de las puertas y las ventanas, o la serenidad que emanaba de la contemplación de aquellas domesticadas formas geométricas. Se trataba en principio de pintar el orden y la limpieza porque Delft, la ciudad de Vermeer y de Pieter de Hooch, se jactaba de ser la ciudad más limpia de Europa y sus amas de casas las más hacendosas; y tanto el orden como la limpieza, según un proverbio holandés, se consideraban virtudes cercanas a la santidad4.

Pero lo que quizás comenzó siendo el simple deseo de reflejar la novedad visual de las imágenes que componían los interiores de los nuevos hogares y las virtudes de una civilizada forma de vivir, acabó abriendo puertas insospechadas a otra realidad. Aquellas casas tenían ya estancias delimitadas por los diferentes usos, en las que el orden doméstico cuidadosamente construido parecía proteger del caos externo, cualquiera que este fuese. Como reducto frente a los males del mundo, emergían los encantos de la privacidad y la intimidad del hogar y dentro, invariablemente, como parte consustancial, se situaba a una mujer. Mujeres que en el siglo XVII holandés ya no serán vírgenes ni santas ni venus, ni heroínas, sino una nueva figura femenina, el ama de casa burguesa, artífice de este orden, aunque con tiempo suficiente para tocar el clavecín o bordar o leer la Biblia, o quizás escribir misteriosas cartas, porque al fondo una sirvienta se afana en barrer y dejar el suelo inmaculadamente limpio.

Hasta mediados del siglo XIX no empezó a valorarse la calidad técnica y estética de esta pintura denominada de género, aunque de manera despectiva. En el siglo XVIII todavía el pintor inglés Joshua Reynolds decía que toda interpretación del arte nórdico era inútil, que no significaba nada, ni nos enseñaba nada, que lo único que podía hacerse con él era contemplarlo. Podría añadirse que esta contemplación todavía sigue transportándonos a otro lugar y descubriéndonos otra dimensión de la visión, porque pronto nos damos cuenta de todo lo que late bajo esa fidelidad a la apariencia que parecía ser su único objetivo.

Svetlana Alpers dice que la pintura holandesa apenas evolucionó a lo largo de toda su trayectoria y es verdad que hubo varios artistas nórdicos que todavía en el siglo XIX siguieron inspirándose en su inagotable fuente de sugerencias técnicas y formales, pero ninguno como el danés Vilhelm Hammershøi (1864-1916) supo recoger todo aquel mundo inquietante que de algún modo latía ya bajo lo que se presentaba como pura descripción de la realidad. Partiendo de tres de los temas más clásicos de la pintura neerlandesa, los paisajes, las arquitecturas y los interiores, pero depurados ya de los condicionantes sociológicos de su momento histórico, Hammershøi remarca a través de la desnudez extrema de sus interiores, la vocación de eternidad de la materia, la rebeldía frente a la finitud de aquellas estancias quizás fundadas desde el principio para permanecer, pero las pinta en un momento en el que esta vocación de permanencia empieza a revelar su fragilidad. Pintarlas, pese a todo, podía ser atrapar ese instante de temporalidad irrepetible, concederles un poco de inmortalidad, sin poder evitar que acabe envolviendo todo la melancolía que acompaña cualquier lucha contra el tiempo, contra el caos, o lo que es lo mismo, contra la muerte, de tal modo que los despojados interiores de Hammershøi pueden ser leídos como una nueva modalidad de vanitas. El propio pintor decía que la geometría, la pureza de líneas de los espacios vacíos, eran su principal motivación para pintar y es justamente esa nostalgia del orden lo que, según Jean Clair, mejor define al melancólico: «El melancólico es aquel que contiene el pensamiento en los límites de lo mensurable y de lo localizable»5.

Los interiores de Hammershøi utilizan muchas de las imágenes del arte holandés como el juego de habitaciones superpuestas que crean una sugerente sensación de penetrabilidad hacia algún lugar al que se nos incita a llegar (y que nunca alcanzamos), a la vez que como Johannes Vermeer o Emanuel de Witte dan pie a que el artista muestre su maestría con la luz. Ramón Andrés señala en uno de los textos del catálogo de la exposición en la Fundación Thyssen de Madrid, cómo las escenas de interior holandesas son «una premonición de lo que el pintor danés crea bajo los cielos de Copenhague»6. Hammershøi las conocía y las admiraba, pero las utiliza para contarnos una historia distinta o quizás para continuarla, a través de nuevos capítulos mucho más oscuros. Como lo recogió en su momento la pintura, la casa burguesa surgió en la Edad Moderna como creación de una sociedad emergente, segura de sí misma y habitada por un nuevo modelo de mujer, el ama de casa bien colocada entonces como la familia, en su lugar en el mundo. Dos siglos después, toda aquella seguridad empieza a tambalearse y aunque la casa pueda seguir aspirando a ser un refugio, un lugar donde construir un reducto de orden frente al caos, este apenas puede ya contenerse y es inevitable que acabe trascendiendo en la atmósfera de esos interiores, que se revelan ahora como espacios ensimismados, reflejando una inquietante clima de incertidumbre donde resulta mucho más difícil ubicarse.

Como en los cuadros de Johannes Vermeer, Emanuel de Witte o Jacobus Vrel, entre otros, en sus interiores también aparece muy frecuentemente una mujer, en este caso Ida, la esposa de Hammershøi y hermana de su amigo el pintor Peter Ilsted. Ramón Andrés escribe en el texto citado «que nada confiere tanta presencia a lo que fluye callado como la presencia de una mujer resuelta en sus cosas». El escritor alemán Florian Illies, entrevistado por Sandra Gianfreda en el catálogo, comenta sobre esta enigmática presencia de Ida, que su función en el cuadro suele ser completamente incierta y la compara con el papel igualmente enigmático de la mujer en las pinturas de Edward Hopper7. Dejando al margen los retratos, la pintura occidental ha ido reflejando diferentes imágenes de mujer a lo largo de toda la historia del arte, hasta llegar a las amas de casa neerlandesas del XVII, contempladas muchas veces de espaldas, como si lo verdaderamente importante fuera su función y su sola presencia. Hammershøi recoge en sus obras la herencia formal de sus modelos, pero no puede evitar que aflore ya el desdibujamiento en la modernidad de la imagen tradicional de la mujer, que adquiere ahora en sus cuadros una presencia casi fantasmal y quizás nostálgica. Se trata de un proceso de deconstrucción tanto de su cosificación como de una posible sublimación, que puede seguirse a través de las obras de muchos artistas del siglo XX hasta alcanzar un significativo momento en el famoso collage del artista pop Richard Hamilton de 1956, ¿Qué es lo que hace que los hogares de hoy sean tan diferentes, tan atractivos? También allí aparece una mujer en un interior, pero es una especie de pin-up rodeada de electrodomésticos, desmitificada e incluso ridiculizada en su papel de reina del hogar y convertida en un chisme más. Hamilton utilizará la misma fórmula en muchas de sus obras.  

Al igual que los interiores, los bellísimos paisajes de Hammershøi también partieron de antiguos referentes, pero depurándolos, buscando siempre la esencialidad. Predominan en ellos sobre todo la distribución de las formas en bandas de color horizontales pintadas en los verdes y grises de su país natal y con su especial manejo de la luz. Según sus propias palabras «Lo que me lleva a escoger un tema son las líneas, lo que yo llamo el contenido arquitectónico de una imagen». Famoso en vida pero olvidado después, Hammershøi ha sido redescubierto recientemente, coincidiendo con la puesta en cuestión de muchos de los dogmas de la modernidad y quizás con la libertad de criterio propiciada por la posmodernidad. Florian Illies, uno de sus estudiosos más entusiastas, piensa que «es de la resistencia al fenómeno de la aceleración de la modernidad, de donde surgen una y otra vez, obras con gran fuerza propia»… porque «hay una historia del arte que hace mucho ruido y otra que es más bien silenciosa»8. Hammershøi pertenece sin duda a esta corriente silenciosa que ha seguido fluyendo durante todo el siglo XX a su propio ritmo, subterráneamente, y continúa haciéndolo hasta hoy al margen de modas más ruidosas.

Coincidiendo con la exposición de la Fundación Thyssen, la editorial Nórdica ha editado Un lugar en el mundo, un libro ilustrado con imágenes de Hammershøi y con dos cuentos de dos escritores contemporáneos suyos, Henrik Pontoppidan y Hans Kirk, y dos más de escritores actuales, Suzanne Brøgger y Peter Høeg. Los cuatro relatos, de estructura tradicional en principio, sorprenden con finales estremecedores, desesperanzados e incluso crueles. Son cuentos sin final, que es lo más perturbador que puede ofrecer un relato donde uno espera encontrar el sentido del que carece casi siempre la vida. Leyéndolos, uno piensa que el insondable atractivo de la obra de Hammershøi puede tener que ver también con algo que todos compartimos, con una búsqueda incesante de un lugar en el mundo. María Escribano es licenciada en Historia Moderna y Contemporánea, guionista de los programas de artes plásticas de TVE Trazos e Imágenes y editora y responsable de la sección de libros de la Revista Arte y Parte (1996-2016). Colaboradora en medios como Zoom, El País, Letra Internacional y Claves de la Razón Práctica. Autora del libro de poesía Deleites y asperezas en la editorial Ars Poética (2019). Revista de Libros. 19 de mayo de 2026.