martes, 12 de mayo de 2026

DE LA TARDE QUE CAE. ESPECIAL UNO. SOBRE EL SUICIDIO CON SUPERPODERES, POR TIMOTHY SNYDER. 12 DE MAYO DE 2026

 






Estados Unidos acaba de gastar miles de millones de dólares en una guerra que enriquece a sus oligarcas, empobrece a la ciudadanía, sabotea sus alianzas y fortalece a sus enemigos. Para justificar esta insensatez autodestructiva, la Casa Blanca alude a Jesús y al genocidio.

El 20 de abril me invitaron a hablar en Nueva York sobre ética y poder. Mi opinión, que expresé en una conversación en el Consejo de Relaciones Exteriores , en este breve video y en los medios de comunicación , era que nuestra guerra, totalmente inmoral, también era totalmente autodestructiva. La guerra, una catástrofe en sí misma, sugiere el principio rector de la política exterior de Trump: el suicidio de la superpotencia. El término se ha popularizado desde entonces, y algunos lectores me han pedido que lo explique con más detalle .

Antes han surgido y caído imperios, pero que yo sepa, ningún estado ha optado jamás por aniquilar su propio poder y haberlo logrado con tanta rapidez.

Resulta difícil percibirlo con claridad. Aun cuando nos oponemos a las iniciativas individuales de Trump, esperamos que, de alguna manera, se basen en una comprensión del interés nacional. No es así. Para comprender la naturaleza de este autodestrucción antiestratégica, conviene considerar trece fundamentos tradicionales del poder estatal.

1. Condición de Estado. Una superpotencia debe, como mínimo, ser un Estado moderno. Esto significa que debe ser una entidad que incluya, mediante leyes y otras instituciones, a un mayor número de ciudadanos en un esfuerzo común. No hay indicios de que la administración Trump considere a los Estados Unidos de América como un Estado. Trata la existencia de los Estados Unidos como una oportunidad comercial para un selecto grupo de personas, estadounidenses o de otras nacionalidades.

2. Interés nacional. Otro requisito mínimo para una superpotencia sería comprender por qué debe usarse ese poder. La administración Trump no muestra interés alguno en el bienestar del pueblo. Los teóricos de las relaciones internacionales han discrepado sobre cómo los líderes entienden los intereses nacionales; sin embargo, no estamos preparados intelectualmente para una situación en la que al líder simplemente no le importa ni el Estado ni la nación.

3. Sucesión. Para que un Estado se mantenga como superpotencia, debe perdurar en el tiempo. El requisito fundamental de dicha continuidad es un principio de sucesión, un mecanismo mediante el cual la autoridad se transfiere de unas personas a otras mientras las instituciones siguen funcionando. En Estados Unidos, la democracia permite la sucesión. Históricamente, existen mecanismos de sucesión, por ejemplo, por dinastía (o adopción dinástica, como en la Roma del siglo II) o por decisión de un politburó, como en China o la URSS (en Estados Unidos, este sería un politburó capitalista, el tipo de círculo oligárquico que nos trajo a JD Vance). Pasar de la democracia a sistemas tan diferentes acabaría con la república estadounidense. Trump aspira a permanecer en el poder indefinidamente, y así lo afirma. Al poner en entredicho el voto, pone en entredicho a Estados Unidos y, por ende, su poder.

4. Élites. Para que los estados prosperen y acumulen y mantengan el poder, las personas adecuadas deben estar al mando. No existe una fórmula infalible para lograrlo, y existe la inevitable tensión, como señalaron los estoicos romanos y otros, entre las habilidades necesarias para ascender a la cima y las aptas para servir a un interés general. Y quienes alcanzan una posición de autoridad intentarán transmitirla a sus hijos; la Iglesia Católica Romana llegó al extremo de insistir en el celibato sacerdotal para frenar esta tendencia. Históricamente, los estados poderosos buscan maneras de permitir que personas cualificadas ocupen puestos de autoridad, independientemente de su origen. La antigua China tenía un sistema de exámenes. Napoleón estableció el principio del mérito tanto en la vida civil como en la militar. Estados Unidos tenía una administración pública envidiada por el mundo, así como unas fuerzas armadas que eran su institución más meritocrática. La administración Trump optó por desmantelar la administración pública y purgar el mando militar de personas incompetentes. Este proceso fue llevado a cabo por personas que, a su vez, carecen por completo de las cualificaciones necesarias para ocupar cualquier cargo, y mucho menos puestos en el gabinete. Para comprender la situación actual, debemos entender que personas como Tulsi Gabbard, Kash Patel y Pete Hegseth, sobre quienes se podrían plantear otras objeciones, no tenían por qué aceptar sus nominaciones, ya que carecen de las cualificaciones necesarias. El mero hecho de que se considerara a tales personas, y mucho menos que fueran designadas, es un claro indicio de un suicidio político de las superpotencias.

5. Educación. En un sentido más profundo, una superpotencia debe contar con un mecanismo para revitalizar su sociedad y, por ende, su política y administración, preparando a su población para comprender los desafíos del mundo. Esta administración ha hecho lo contrario. Se prohíbe a los estudiantes universitarios reunirse y expresar sus opiniones; las administraciones universitarias son amenazadas con represalias si permiten que sus profesores impartan clases libremente; las bibliotecas de todo el país, incluidas las de las academias militares, son despojadas de libros útiles; la educación pública en general se reemplaza con estafas mediante las cuales el dinero de los impuestos se transfiere de los más pobres a los más ricos mientras las propias escuelas sufren recortes presupuestarios; se permite e incluso se fomenta un internet sin regulación que transforma la esfera pública en un ámbito de emociones y recriminaciones.

6. Ciencia. El ascenso de las grandes potencias suele implicar una alianza entre la política y la ciencia. Los antiguos mesopotámicos fueron astrónomos cuyos sistemas de descripción de los cielos aún influyen en nuestra forma de pensar; lo mismo ocurrió con los mayas. Los romanos lograron aplicar la ciencia griega para construir, defender y curar. El Renacimiento fue, no por casualidad, también la era de la exploración. Las potencias imperiales modernas crearon instituciones estatales para financiar la ciencia y atraer científicos; Estados Unidos, a partir de la década de 1940, fue el ejemplo más destacado de esta tendencia, y la ciencia (a menudo practicada por inmigrantes) fue la base más importante del poderío estadounidense. La política actual de Estados Unidos consiste en financiar la ciencia basándose en tabúes ideológicos primitivos y en desalentar la inmigración de jóvenes científicos al país. Los científicos de mayor trayectoria también se marchan; un colega con un puesto central en la ciencia estadounidense me comentó recientemente que se va del país, en parte, porque el ambiente general es mejor en otros lugares. Asimismo, la política estadounidense consiste en sembrar dudas sobre observaciones científicas básicas, como la del cambio climático antropogénico.

7. Energía. Los grupos humanos que impulsan nuevas tecnologías energéticas prosperan; los que no, fracasan. Esta podría ser la verdad más profunda de nuestra historia; un magnífico libro de próxima publicación demuestra la importancia de las transiciones energéticas en su nivel más profundo: el de la historia misma de la vida en la Tierra. Los humanos que dominaron el fuego pudieron consumir más energía. Los humanos que domesticaron perros pudieron usar su energía para cazar mamuts. Los humanos que domesticaron plantas pudieron aprovechar la energía solar para sus propios fines. Los humanos que comprendieron el clima y la meteorología pudieron utilizar la energía eólica para la exploración y la conquista, como hicieron los vikingos. Estados Unidos se fundó en el umbral de una transición hacia la energía de hidrocarburos: carbón, petróleo, gas natural. Estas formas de energía se están volviendo obsoletas, no solo en términos ecológicos, sino también económicos. Y, sin embargo, esta administración ha optado por cancelar la transición energética de Estados Unidos y subvencionar tecnologías sin futuro. Esto es, quizás, un suicidio de superpotencia en su forma más básica. Y nada podría beneficiar más al principal rival de Estados Unidos, China, que esta decisión.

8. Tecnología. No se requiere mucho esfuerzo para asociar la tecnología con el ascenso de las grandes potencias. El éxito militar está íntimamente ligado a la innovación; desde el espolón hasta la ametralladora, la relación causal es prácticamente indiscutible. Si bien Estados Unidos gasta enormes cantidades de dinero en armamento, la administración Trump ha optado por centrarse en armas del pasado en lugar de las del futuro. La idea de Trump consiste en acorazados que lleven su nombre, basados ​​en lo que recuerda de una película. Los planes para los acorazados de la "clase Trump" son una mezcla de ficción y vulnerabilidad, lo cual refleja la personalidad del hombre. La idea es invertir cantidades incalculables de dinero en un tipo de arma que se considera obsoleta desde 1943 y que, de construirse, sería altamente vulnerable a las armas que otros países poseen actualmente. Este atavismo estratégico aleja a Estados Unidos de la seguridad nacional en su sentido más básico. La naturaleza de la guerra moderna se revela en la guerra de alta tecnología entre Rusia y Ucrania, especialmente en la exitosa autodefensa de Ucrania. La administración Trump optó por ignorar las lecciones de esa guerra y por menospreciar y retirar la financiación al aliado ucraniano de Estados Unidos, en detrimento de los intereses estadounidenses y de la capacidad bélica estadounidense.

9. Diplomacia. Este arte, celebrado por las grandes potencias, ha sido pisoteado por Estados Unidos. No puede practicarse sin comprender a otros países, como han recalcado los diplomáticos estadounidenses más centrados (por ejemplo, Henry Kissinger, a quien difícilmente se le puede excusar de sentimentalismo). Se ha basado, en el caso estadounidense y en otros, en la construcción deliberada de un cuerpo diplomático donde las personas se capacitan en idiomas y comercian con conocimientos. Bajo la administración Trump, el servicio exterior ha sido pisoteado. El principio de la diplomacia, tal como es, es que otros países harán lo que queremos porque somos grandes y malos. Esto no ha funcionado. La extraña noción de que el presidente puede "hacer tratos" él mismo es señal de un culto religioso; como la mayoría de los cultos, su actividad es la generación de excusas cada vez más creativas para la falta de desempeño. No hay evidencia de que Trump sepa negociar, y abundante evidencia de que no lo hace: por ejemplo, la derrota en las guerras comerciales con China; La vulnerabilidad personal ante las preferencias de los líderes rusos y el desastre del enriquecimiento nuclear iraní, del cual Trump es el principal promotor, han puesto en manos de dos personas, Steve Witkoff y Jared Kushner, con estrechas relaciones personales con el presidente y evidentes intereses económicos en los conflictos en cuestión, la diplomacia de los hunos era mucho más sofisticada. Es difícil exagerar lo primitivo que es el enfoque estadounidense actual y la satisfacción que esto produce en los enemigos de Estados Unidos.

10. Alianzas. Las grandes potencias tienen aliados. Ciertamente, pueden cambiar estas alianzas rápidamente por razones de interés, como lo hizo el Imperio Romano de Oriente (Bizantino). De hecho, toda la historia del Imperio Romano se caracterizó por una diplomacia activa con los pueblos bárbaros vecinos (desde la perspectiva romana); la arqueología da testimonio de los acuerdos alcanzados. La historia de los imperios europeos modernos también se caracterizó por las alianzas, como entendieron los artífices de la superpotencia estadounidense. Bajo la administración Trump, los aliados útiles son ridiculizados y marginados sin otra razón que el capricho personal y el resentimiento. Al no existir un sentido de interés estatal o nacional, no se comprende que las alianzas sean útiles. Trump se siente molesto porque está perdiendo una guerra y retira las tropas estadounidenses de Alemania; esas tropas están allí para que Estados Unidos pueda ganar guerras. Personalmente, no recuerdo ningún otro ejemplo en el que los líderes de una gran potencia se hayan comportado de esta manera, presumiblemente porque este tipo de decisiones son incompatibles con el mantenimiento del poder. Ahora parece que Estados Unidos está tratando como "aliados" a países de Oriente Medio que no tienen nada que ofrecer salvo sus propios intereses en el uso de las fuerzas armadas estadounidenses en su propia región, la participación permanente en la desastrosa política del petróleo y las oportunidades financieras para personas cercanas a Trump.

11. El sistema internacional. La América de la posguerra logró algo mucho más impresionante que construir un sistema de alianzas; esencialmente creó un conjunto de leyes, reglas y normas que permitieron al poder estadounidense mantenerse y expandirse. La Unión Europea y la OTAN, tan criticadas hoy por los seguidores de Trump, fueron resultados directos e indirectos de políticas estadounidenses inteligentemente diseñadas para maximizar los intereses comerciales y de seguridad de Estados Unidos. Pero el logro fue mucho más amplio, e incluso sin precedentes históricos: la construcción de leyes y convenciones que mantuvieron a un país en el centro del mundo. Hoy, los seguidores de Trump se presentan en el Foro Económico Mundial, la Conferencia de Seguridad de Múnich y reuniones similares quejándose de que las reglas están en su contra; la realidad era justo la contraria, porque Estados Unidos creó las reglas. Al destruir deliberadamente su propio sistema internacional, este gobierno estadounidense está mejorando la posición de sus rivales, China y Rusia, quienes han estado pidiendo precisamente esto, pero carecían de la capacidad para llevarlo a cabo.

12. La idea de la victoria. Una superpotencia gana en los enfrentamientos, al menos algunas veces. Esta administración pierde una y otra vez, y otros la perciben como perdedora. Trump anunció que su principal arma de influencia serían los aranceles, pero luego perdió su guerra comercial con China, dejando a Pekín más poderosa y envalentonada. La guerra ruso-ucraniana es un caso curioso. A los intereses de Estados Unidos en materia de prosperidad y estabilidad les convendría que Ucrania ganara; pero bajo el mandato de Trump, Estados Unidos cambió su política de apoyo a Rusia a apoyo a Ucrania. Así, perdió en ese sentido. Pero desde que Estados Unidos realizó ese giro, Ucrania ha tenido un desempeño cada vez mejor en la guerra, y Rusia un desempeño peor. Y así, sorprendentemente, Estados Unidos ha logrado ser el perdedor en la misma guerra en un doble sentido: por no ver sus propios intereses y por no fracasar. La guerra con Irán es una clara derrota estratégica en todo sentido tradicional; en la medida en que existían objetivos estadounidenses, no se lograron. Las políticas de Trump han dejado a Irán con más uranio enriquecido en manos de un régimen más radical que ostenta nuevas fuentes de poder económico en el mundo. En la situación actual, en la que las opciones militares se han agotado de forma humillante, los instrumentos útiles serían aquellos que implicaran la comunicación con el pueblo iraní o la influencia en la sociedad iraní. Dichas instituciones existieron hasta hace muy poco; fueron desmanteladas deliberadamente, con gran pompa, a principios de 2026.

Estados Unidos está gobernado actualmente por personas que celebran la derrota en términos simbólicos, propios de estados en decadencia. Consideremos la descripción que hizo el secretario de Defensa, Hegseth, del rescate de un piloto estadounidense como la resurrección de Jesús. La flagrante blasfemia de esta afirmación podría distraernos de su impotencia estratégica. Este tipo de imágenes cristológicas se utilizan como propaganda para transformar la derrota en el mundo real en una victoria en un mundo imaginario. Estados Unidos perdió la guerra en Irán. Entre otras cosas, no fue capaz de sostener una campaña aérea. El derribo de un caza estadounidense significó el fracaso de una misión individual. Es una buena noticia, por supuesto, que el piloto sobreviviera. Pero la idea de que se trató de un «milagro literal», como afirmó Hegseth, introduce a Estados Unidos, lamentablemente, en la tradición de los perdedores que utilizan a Jesús para proclamarse vencedores. Un ejemplo histórico de esto fue el Romanticismo polaco, con su idea de que el colapso de una república (debido principalmente a la desigualdad económica) convirtió a Polonia en el «Cristo de las Naciones». La autodeificación de Donald Trump debe interpretarse en términos similares: un presidente capaz de ejercer poder en este mundo no tendría por qué alegar que su verdadera autoridad proviene de otro. Sus fantasías sobre la destrucción total de la civilización iraní forman parte de un panorama apocalíptico incompatible con una política decente.

13. Finanzas. Si bien no es el tema histórico más interesante, el desastre presupuestario subyace a muchos de los colapsos más notables del poder estatal, tanto antiguos como modernos. Bajo la administración Trump, nuestra deuda nacional se acerca a los 40 billones de dólares. Por primera vez desde el final de la Segunda Guerra Mundial, la deuda nacional supera el PIB del país. Este es un punto de comparación significativo: es normal incurrir en grandes déficits al enfrentar un desafío de la magnitud de una guerra mundial. Sin embargo, estamos registrando enormes déficits por una razón completamente diferente: porque nos negamos a gravar a las personas y corporaciones adineradas. Este enfoque no es compatible con la guerra y la victoria, ni con el mantenimiento de los servicios sociales que permiten el funcionamiento de una sociedad moderna. Más profundamente aún: refleja una concepción de la política —el gobierno como servicio al cliente para los más ricos— que nos aleja del poder y nos aleja de la ética.

La guerra puede llevarnos a un diagnóstico de suicidio de superpotencia. Las guerras no pueden ganarse por personas que no tienen ni idea de lo que hacen, porque carecen de un marco de referencia (como la nación o el Estado) más allá de sus propios sentimientos. No se pueden librar con éxito cuando las decisiones diarias las toman las personas equivocadas y se utilizan las armas incorrectas. No se pueden poner fin de manera razonable cuando no existe la práctica de la diplomacia, ni la noción del valor de las alianzas, ni la preocupación por la corrupción.

Pero incluso un enfoque estricto en el poder nos llevará de vuelta a la justicia. Sin embargo, así como la guerra es solo un síntoma del suicidio de las superpotencias, este suicidio es solo un síntoma de un problema aún más profundo, uno que debe abordarse.

Incluso si lo único que nos importara fuera el poder estadounidense, tendríamos que preguntarnos cómo revertir las distorsiones de la democracia y las drásticas desigualdades que propiciaron niveles de insensatez estratégica sin precedentes . Tras un año de Trump, nos encontramos ante una situación en la que reforma y reparación ya no son las categorías pertinentes. Y, en cierto sentido, esto resulta útil. El hecho de haber llegado a este punto, el hecho de que tan solo un año de Trump pudiera provocar el suicidio de una superpotencia, demuestra que el statu quo anterior era insostenible.

Los sistemas que convirtieron a Estados Unidos en una superpotencia no pueden reconstruirse tal como eran, ni deberían: implicaban injusticias estructurales que hicieron posible el actual intento de autodestrucción. Desde nuestra perspectiva actual, existen dos caminos a seguir: uno es la autodestrucción de la república estadounidense; el otro es reconsiderar los ideales estadounidenses y reestructurar la política del país para otorgar al pueblo mayor poder sobre un futuro más justo.

PD: Si desea ayudar a los ucranianos a defenderse de la guerra de agresión criminal de Rusia, considere contribuir a la campaña Defensa del Cielo . Para bien o para mal, como nos han demostrado los ucranianos, este es un momento en que las campañas de la sociedad civil pueden contribuir a la seguridad general. Timothy Snyder es historiador. Substack, 9 de mayo de 2026.



























DEL CAFÉ DE SOBREMESA. “STRUWWELPETER”, POR LEILA GUERRIERO, 12 DE MAYO DE 2026

 







Uno de mis parientes más jóvenes viene a cenar a casa. Se concentra en el camión de juguete que le regalo, se mantiene en un silencio tozudo. Cuando terminamos de cenar le digo que vayamos a mi estudio. Se levanta, pide que le dé la mano para atravesar el pasillo. Ya en el estudio, le muestro libros de mi infancia, de esos que llaman pop up y despliegan figuras en tres dimensiones. Él pasa las páginas mirando construcciones de papel que tienen más de 50 años, ajadas por el toqueteo de mis manos infantiles, un rastro fósil que no puede percibir. Bajo de un placard un perro de plástico blando, Pluto, con el que aparezco en una foto, tomada en la galería de la casa de mi abuela alemana, a los dos años. Un perro que tiene mi edad. Le toca las orejas, habla como un loro: leeme ese cuento, quién es el señor de esa foto (no sé cómo explicarle que la única foto que hay en mi estudio es de mi editor uruguayo, Homero Alsina Thevenet, entonces le digo que era mi maestro). De pronto mira un libro viejo que está en un estante. Lo señala. Se lo acerco. Le digo: “Es el Struwwelpeter, me lo contaba tu bisabuela”. Pasa las páginas, acaricia la melena de ese muchacho que se negaba a cortarse el pelo y las uñas. Dice. “Contame”. No sé alemán, recuerdo la historia porque mi abuela me la tradujo cientos de veces. La dulcifico, no le digo que el muchacho terminó con los dedos mutilados por negarse a un corte de uñas. Él se sienta en mi regazo en un movimiento inesperado y conmovedor. ¿Por qué se acerca así, como si yo le perteneciera? Me pregunto si este pequeño instante quedará grabado en sus recuerdos como quedará en los míos. Ese lazo de sangre y memoria, yo contándole el cuento que me contaba mi abuela. Le digo que hay helado, pregunta si es de chocolate, le digo que sí. Se baja de mi regazo, me extiende la mano y vamos juntos por el pasillo, atravesando las grandes, las hermosas aguas, hacia nuestros futuros inciertos. Leila Guerriero es escritora. El País, 9 de mayo de 2026.
























DEL ASUNTO DEL DÍA. EL BUQUE FANTASMA, POR SANTIAGO ALBA RICO. 12 DE MAYO DE 2026

 






La dramática aventura del crucero MV Hondius tiene una vertiente sanitaria respecto de la cual los ciudadanos apenas podemos hacer otra cosa que informarnos y confiar en nuestras instituciones. Pero tiene otra antropológica y política que vale la pena analizar. Todo lo que en los últimos días hemos aprendido sobre esta nueva amenaza —la existencia de los hantavirus, el carácter excepcional de la variante Andes, su baja morbilidad y su alta mortalidad— ha activado en nosotros la memoria reciente de la pandemia del coronavirus y reeditado temores muy radicales de los que aún no nos hemos curado, pues están demasiado cerca y forman parte además, me atrevería a decir, de la condición humana.

El primer temor tiene que ver, en efecto, con la idea de la zoonosis; es decir, con la transmisión a los humanos de enfermedades propias de los animales. La larga convivencia neolítica con especies domésticas (porque nos servimos de ellas o porque nos parasitan) lleva siglos erosionando una frontera que para los humanos es fundamental conservar y que, bajo la presión del capitalismo y de la globalización, se ha vuelto más frágil que nunca. ¿Por qué nos asusta ese salto —del murciélago, de la gallina, del ratón— al cuerpo humano? Porque revela una continuidad interespecista que cuestiona nuestra exterioridad dominante: formamos parte inconsútil de la naturaleza, como puntita periférica de un gran arbusto bacteriano. No creo que un ser humano sea más especista que una ardilla o un escarabajo; más bien, al contrario, hay que recordar que somos los únicos animales que podemos ser también antiespecistas; que podemos considerarnos cúspide de la creación o de la evolución, sí, pero también reconocernos como una especie más, y no la menos dañina, en el seno de un gran telar biológico.

Ahora bien, forma parte inalienable de nuestra especie, y de nuestro particular especismo, la voluntad taxonómica. Quiero decir que nos distinguimos de los otros animales porque solo los humanos hacemos clasificaciones: reino, filo, clase, orden, familia, género, etc., según el conocido esquema de Linneo. Las hacemos para comprender el mundo circundante; pero las hacemos también para defendernos de él. Conocer, sí, es nuestra forma de defendernos del entorno; y el conocimiento, por tanto, está siempre lastrado por nuestros miedos y nuestros deseos, socialmente determinados. Una clasificación es un procedimiento mediante el cual ponemos fronteras —nombres— a las criaturas y que nos permite, al mismo tiempo, afirmar nuestra diferencia frente a un abanico de diferencias bien definidas. Pues bien, la idea de zoonosis nos desasosiega porque viene a destruir o disolver nuestras clasificaciones: el salto de la enfermedad entre especies amenaza la condición humana no tanto porque pueda matar nuestros cuerpos individuales sino porque revela de pronto inútiles todos nuestros esfuerzos por nombrar y mantener separadas las diferencias. La continuidad entre virus, ratones y seres humanos nos aterra, pero no porque demuestre el fracaso de nuestra ciencia y nuestra medicina sino porque debilita la singularidad de nuestra especie: la voluntad de establecer y defender límites mentales.

El otro temor es aún más poderoso. Es la idea del “intruso”. Ratones y ratas, lo sabemos, siempre han viajado como polizones en los largos viajes marítimos. Es verdad que en un crucero de lujo, perfectamente desinfectado, no hay intrusos animales. Pero uno de los pasajeros del MV Hondius, después fallecido, llevaba en su cuerpo un ratón metonímico (el virus de un roedor contraído quizás en Ushuaia), de manera que con él introdujo en el barco el monstruo que ahora puebla desde allí todas nuestras pesadillas. ¿A qué nos recuerda esto? A lo que sucedió en el Nostromo, la nave espacial de la mítica película de Ridley Scott Alien (1979), cuyo subtítulo acertadísimo nos produce una y otra vez un escalofrío: “el octavo pasajero”, ese que no debía estar ahí, la criatura de más que, por eso mismo, amenaza la supervivencia de los otros siete. Ese octavo pasajero es la otra fuente de terror del MV Hondius: el otro que, de pronto, está entre nosotros. En el caso del hantavirus y en razón de esa continuidad entre las especies que mencionábamos, ese otro no es extraterrestre sino intraterrestre.

Es este “intruso intraterrestre” el que ha volteado de manera siniestra un crucero de placer y lo ha hecho por tres vías simultáneas. En primer lugar ha convertido el océano infinito (el lugar terrestre más parecido al universo) en un recinto cerrado, claustrofóbico, del tamaño de un dedal: el barco entero es ahora él mismo un roedor, un diminuto cuerpo intruso que pretende entrar en nuestro territorio. En segundo lugar, ha convertido un espacio multinacional (en el que hay representantes de 23 nacionalidades) en una otredad homogénea y amenazadora: el virus los ha igualado a todos, incluidos los 14 españoles, al menos a los ojos de Fernando Clavijo, el presidente del Gobierno de Canarias. Por último, ha convertido una comunidad de gente adinerada (las tarifas del viaje oscilan entre los 8.000 y los 25.000 euros) en una amenaza migratoria: el MV Hondius se ha llenado de pronto ―digamos― de subsaharianos clandestinos, de esos que no queremos que lleguen a nuestros puertos.

Esto último, creo, es muy importante. En 1966, la antropóloga británica Mary Douglas escribió un libro aún fundamental, Pureza y peligro, en el que se ocupaba precisamente de la voluntad clasificatoria de las sociedades humanas: las liturgias, las reglas alimenticias, los tabús dejan siempre fuera ciertos objetos que, por eso mismo, se consideran sucios o impuros y que, por eso mismo, se experimentan como peligrosos. La idea de Douglas es que hay un reflejo especular entre el cuerpo y la sociedad, y que la prácticas corporales que protegen los límites de nuestro cuerpo —las higiénicas o profilácticas, por ejemplo— intentan proteger también los límites sociales. El intruso, según el cliché racista más común, es al mismo tiempo, y de manera indiscernible, sucio y amenazador. Fuera de nuestras clasificaciones, pasa a representar una amenaza biológica.

Quiero decir que los humanos solemos tender a biologizar el peligro o lo que percibimos como tal. Y que este es el verdadero peligro social. Por eso es bueno contar con instituciones sanitarias que nos recuerdan que un enfermo merece cuidados y compasión; y por eso es bueno contar con instituciones democráticas que nos recuerdan que los migrantes forman parte de nuestra especie y, por lo tanto, tienen los mismos derechos que cualquier otro ciudadano, cualquiera que sea su origen o su color. Esas instituciones, no lo olvidemos, son antiguas decisiones nuestras que deben primar luego sobre nuestros temores o deseos coyunturales. Lo inquietante del insolidario e interesado discurso de Clavijo en Canarias contra la acogida del MV Hondius es que reproduce con fidelidad casi religiosa los argumentos de la derecha española y europea contra los inmigrantes. Al explotar políticamente el temor “ancestral” de los ciudadanos, aupado en medias verdades y alarmas populistas, Clavijo está tratando a los enfermos como intrusos intraterrestres, como aliens, como inmigrantes. ¿No debería servirnos esta crisis —y ese discurso— para revisar desde ahí la monstruosidad de las políticas migratorias europeas? Primero los españoles, primero los sanos, primero los arios. Así empezó todo hace 90 años. Quizás nos cueste trabajo imaginarnos a nosotros mismos “negros” o “pobres” o “trans”, pero seguro que nos resulta más fácil imaginarnos enfermos, al menos después de la pandemia de 2020. Tengo la esperanza de que los supervivientes de esta aventura aciaga se pongan luego en la piel de un africano que, a merced de las olas en una frágil patera, son rechazados en todos los puertos de Europa.

El ser humano es el único animal que hace clasificaciones; y el único que se rebela contra ellas. No hay intrusos, ni extraterrestres ni intraterrestres, en la nave común. Santiago Alba Rico es filósofo. Acaba de publicar Elogio de la literatura. Obras paralelas (Akal). El País, 11 de mayo de 2026.


























DEL POEMA DE CADA DÍA, AMOR MAYOR, POR WILFRED OWEN

 






AMOR  MAYOR

 


No es tan intenso el rojo de unos labios

como el de aquellas piedras que besan nuestros muertos.

El dulce lamentar de plañideras

sólo inspira vergüenza a su amor puro.

¡Oh, Amor, tus ojos pierden todo encanto

cuando veo otros ojos, por mí ciegos! (…)


Tu voz, aunque yo pueda compararla

al viento que murmura en los tejados,

aunque amada por mí, no es tan amable,

tan clara y delicada como aquella

de los hombres que ahora nadie escucha

pues la tierra ha acallado el ruido de sus toses.


Corazón, corazón, no has sido nunca

grande como el que recibe un disparo.

Y, aunque tu mano sea pálida,

lo son aún más aquellos que secundan

tu carrera a través de llamas y alaridos.

Puedes llorar, pues no puedes tocarlos.




***




GREATER LOVE



Red lips are not so red

As the stained stones kissed by the English dead.

Kindness of wooed and wooer

Seems shame to their love pure.

O Love, your eyes lose lure

When I behold eyes blinded in my stead!


Your slender attitude

Trembles not exquisite like limbs knife-skewed,

Rolling and rolling there

Where secondary flesh comes de-vined and bare,

Lifting graves’ patches in shocks of white hair.


Your voice sings not so soft,—

Though its own music weeds my heart of sin,—

As their throats, after shouting into hollow of hills,

Are lullaby-bellied, sealed of the winds’ will.


Heart, you were never hot

Nor large as theirs burns now with shouts of fire;

And though your hand be pale,

Paler are all which trail

Your cross through flame and hail:

Weep, you may weep, for you may touch them not.




WILFRED OWEN (1893-1918)

poeta británico




***





Wilfred Edward Salter Owen (Oswestry, Shropshire, 18 de marzo de 1893 - Ors, 4 de noviembre de 1918) fue un poeta y un soldado británico. Su mentor, Siegfried Sassoon, fue una clara influencia en su chocante y cruda poesía acerca de los horrores de la Primera Guerra Mundial, que contrastaba con la percepción general que se tenía de la misma. Entre sus obras más conocidas figuran "Anthem for Doomed Youth", "Dulce Et Decorum Est", "Insensibility", "Strange Meeting", "Futility" y "The Parable of the old man and the young".




















DEL ARCHIVO DEL BLOG. SOBRE EL FASTIDIO DE ESPAÑA Y LA GENÉTICA DE LOS ESPAÑOLES, POR HARENDT. PUBLICADO EL 7 DE DICIEMBRE DE 2013

 







En la entrada de hoy, como es uso y costumbre de un servidor, voy a mezclar churras con merinas trayendo a colación lecturas antiguas y recientes, serias y menos serias, personales y universales, para tratar un tema tan antiguo como es de la propia existencia de España y de los españoles: el de su esencia íntima, su fastidio generalizado a admitirse como son, a no aceptarse como tales, y sobre todo la ignorancia supina que mantienen sobre su propio origen genético. 

En resumen, sobre el inacabable debate en torno al "Ser de España". Y lo hago no para rebatir argumentos en contrario de los que dicen que España es un asco, o que no es una nación, o que los españoles somos un pueblo de borregos, o que "este" país nuestro no tiene solución, etc., etc., etc. No voy a molestarme en rebatir esas opiniones porque no son mas que eso, opiniones. Tampoco pretendo demostrar nada, ni a favor ni en contrario de esas tesis; si acaso, al que sea capaz de terminar de leer esta entrada, que le quede al menos la quisicosa de tener que admitir la posibilidad de que no seamos tan distintos como suponemos, ni tan desastre como país y pueblo respecto de cualquier otro pueblo o país de Europa o del mundo de los que han pasado por él (por el mundo) a lo largo de la historia. Si me permiten el atrevimiento, les animo a la lectura de dos ensayos al respecto: "El secreto de España" y "La novela de España. Los intelectuales y el problema español", de los historiadores Juan Marichal y Javier Varela, respectivamente, y ambas publicadas por Taurus (Madrid, 2008).

Para los lectores "no españoles" del blog les aclaro la expresión anterior de churras y merinas, que forma parte del refranero nacional, y que alude a la inconveniencia de mezclar cuestiones distintas en un mismo debate, al igual que no debían mezclarse churras y merinas en un mismo rebaño; ambas son dos tipos o razas de ovejas españolas históricamente dedicadas a la producción de carne y leche, las primeras; y de lana, excelente lana, origen de la expansión del comercio castellano durante siglos, las segundas.

Comencemos por la genética. El país que hoy conocemos como España, situado en la península ibérica, en el extremo sudoeste de Europa, ha sido colonizado y habitado por pueblos diversos a lo largo de los siglos, pueblos que han dado a su nueva patria nombres también diversos. Tras sus primeros pobladores conocidos, los iberos y los celtas, fenicios y cartaginenses la conocieron como Ispani; los griegos la dieron el nombre de Iberia; romanos y visigodos el de Hispania; los judíos, que llegaron a ella en el siglo III a.C., le dieron el nombre de Sefarad; y por último, los musulmanes, el de al-Andalus. A partir del siglo XIII d.C. los reinos cristianos del norte de la península, en contraposición a los musulmanes del sur, considerándose herederos directos del reino visigodo, le dan ya el nombre de España al conjunto de los reinos que la ocupan.

Todos ellos se fueron asentando e integrando en el territorio peninsular y mezclándose con la poblaciones anteriores. Así ocurrió entre romanos e iberos, y entre visigodos e hispanorromanos. La invasión musulmana propicia una conversión masiva de la población aborigen al islam, quedando como únicos reductos cristianos la cornisa cantábrica y los pirineos.

Aunque los historiadores no se han puesto de acuerdo en el número de los judíos españoles, se supone que a finales del siglo XV podían ser unos 400.000. Es el momento en que los reyes católicos, Isabel I de Castilla y Fernando II de Aragón, decretan la conversión forzosa de los judíos al catolicismo, y la expulsión inmediata para los que no lo hagan, con confiscación de todos sus bienes y propiedades. Aproximadamente la mitad del total de los judíos españoles optan por el exilio.

Cien años más tarde, Felipe III ordena la expulsión tajante y definitiva de los moriscos de todo los territorios de la Corona. Los moriscos eran los cristianos de origen musulman que se habían convertido al catolicismo durante el período de la reconquista. Aproximadamente otros 300.000 españoles son obligados a exiliarse sin opción contraria alguna.

Cientos de miles de españoles desarraigados, desterrados, exiliados por la voluntad de otros españoles... La historia se ha repetido después en numerosas ocasiones; la última hace apenas 70 años. Pero eso es ya historia reciente; la pregunta de ahora es: ¿Cuántos judíos conversos y moriscos quedaron en la península y cuantos son sus descendientes? Hasta ahora no hubo forma de dar una respuesta concreta, pero el estudio genético de los españoles realizado por la American Journal of Human Genetics, que presentó sus datos en Madrid a finales de 2008, vino a confirmar que unos ocho millones de nuestros compatriotas son descendientes directos de judíos conversos (aproximadamente el 20 por ciento de la población total de España), y unos cuatro millones y medio lo son de moriscos (el 10 por ciento del total). 

Todo lo anterior lo contaba el historiador Javier Sampedro en un artículo de El País de esas fecha titulado "Sefardíes y moriscos siquen aquí". No deja de ser curioso en un país en el que el antisemitismo campa a sus anchas, que uno de cada cinco de sus pobladores sea descendiente directo de esos judíos a los que detesta; y uno de cada diez, descendiente de esos "moros" que le atemorizan, pero necesita...

Una anécdota personal: En el otoño de 1956 yo acababa de comenzar los estudios de primero de bachillerato en el colegio "Infanta María Teresa" de Madrid. Era el primer día de clase de la asignatura de Historia de la Música, que impartía un joven profesor muy atildado, al que siempre conocí vestido de riguroso traje negro, con corbata de colores chillones y camisa blanca. Podría tener unos cuarenta y pocos años, y lamento no recordar su nombre. Lo que no voy a olvidar nunca fue ese primer día de clase, pues nada más comenzar la misma se dirigió a mi, me preguntó mi nombre y apellidos, y me soltó: "Usted es de origen judío, ¿verdad, señor Campos?". Me quedé sorprendido pues era la primera vez que alguien me mencionaba tal cosa; le respondí con sinceridad que no tenía la menor idea, pero que pensaba que no, puesto que yo, mis padres, mis hermanos y toda mi familia eran católicos. Él me contestó que los rasgos de mi cara y mi apellido paterno decían que sí, y que se lo preguntara a mis padres. Nunca lo hice, pero mucho más tarde, por otras vías, vine a confirmar que formo parte orgullosa de ese veinte por ciento de españoles de origen judeo-converso; y que, al menos para mí, Américo Castro y no Sánchez Albornoz tenía razón en cuanto a la famosa polémica sobre el "Ser de España". Castrista como soy, les recomiendo leer su monumental "España en su historia. Cristianos, moros y judíos" (Círculo de Lectores, Barcelona, 1989).

En cuanto a, en palabras de Pedro Laín Entralgo, "la dramática inhabilidad de los españoles desde hace siglo y medio, para hacer de su patria un país mínimamente satisfecho de sus instituciones políticas y sociales", escribía el también historiador Rafael Núñez Florencio en el número de octubre de 2005 de Revista de Libros, un enjundioso artículo titulado "Sobre el fastidio de España y la incomodidad de ser español", cuya lectura les recomiendo encarecidamente. El artículo constituía una acerada crítica de sendos libros publicados en aquel año por José Luis Abellán: "El problema de España y la cuestión militar" (Dykinson, Madrid); Manuel Azaña y José Ortega y Gasset: "Dos visiones de España. Discursos en las Cortes Constituyentes sobre el Estatuto de Cataluña. 1932" (Círculo de Lectores, Barcelona); Suso de Toro: "Otra idea de España" (Península, Barcelona); y de Vicente Palacio Atard: "De Hispania a España. El nombre y el concepto a través de los siglos" (Temas de hoy, Madrid). 

Termino, o casi, con otras palabras del hispanista Gerald Brenan en su "El laberinto español. Antecedentes sociales y políticos de la guerra civil española" (Ruedo Ibérico, París, 1962), escritas en 1943, y citadas por José Luis Abellán en su "Historia crítica del pensamiento español. Tomo 6. La crisis contemporánea I. 1875-1897" (Círculo de Lectores, Barcelona, 1993), de cuya lectura estoy disfrutando ahora mismo, palabras en las que Brenan se preguntaba por la falta de arraigo que el liberalismo económico y el capitalismo habían tenido históricamente en España. 

Su reflexión no podía ser más elocuente. Decía Brenan: "Nadie puede suponer que una raza tan activa e inteligente como los españoles no pudiera, si lo desease, aplicarse a hacer fortuna; la explicación de este fenómeno no pueda ser otra que, como observó un embajador veneciano hace dos siglos, nunca se lo propusieron ni desearon. Verdaderamente, esto es obvio para cualquiera que haya vivido en España. Cada clase tiene su especial modo de mostrar la repugnancia que siente por la civilización capitalista moderna. Los alzamientos de los carlistas y anarquistas son una forma de ello. La ociosidad del rico, la ausencia de empresas y de hombres de negocios, la pereza de los banqueros son tantas otras formas de esa repugnancia. Así, hallamos también el fenómeno de la empleomanía, con la superabundancia de funcionarios del gobierno y de oficiales del Ejército. Aparte de cualquier causa histórica que se pueda asignar a este espíritu refractario, queda el hecho de que los españoles viven para el place o los ideales, pero nunca para el éxito personal ni para hacer fortuna". 

No estoy seguro de que Brenan siguiera pensando hoy lo mismo sobre los españoles que aquello que decía sobre nosotros en 1943, pero como retrato de la idiosincrasia profunda de lo que somos, no andaba muy desviado.Creo que por hoy es bastante. Quizá en otra ocasión volvamos a tratar sobre España y los españoles. Sean felices, por favor. Y como decía Sócrates: "Ιωμεν", vámonos. Tamaragua, amigos. HArendt