miércoles, 29 de abril de 2026

SAÚDOS NAS LINGUAS DA MIÑA PATRIA. HOXE, MÉRCORES, 29 DE ABRIL DE 2026, EN GALEGO

 






Ola, bos días de novo a todos e feliz mércores. Israel está a impoñer o modelo de Gaza ao Líbano e a acelerar a limpeza étnica en plena tregua. O exército israelí está a arrasar ducias de aldeas para expulsar a Hezbollah nun proxecto que os expertos denuncian como desproporcionado e contrario ao dereito internacional. O Consello de Seguridade, as Nacións Unidas e a Unión Europea gardan silencio… Imos ás entradas do blog de hoxe. A primeira, na sección "Edición diaria", está escrita polo filósofo Pau Luque, e nela analiza a diferenza clave entre as dúas primeiras campañas presidenciais de Trump e a súa terceira: a vergoña; ou mellor dito, a desvergoña. A entrada do blog de hoxe é deste día de 2013, na que Arendt relatou como e con que tema gañou un premio literario en 1969 mentres facía o servizo militar. O poema do día, na terceira sección, é do poeta mexicano Arturo Lorea e titúlase "Fila" (Rema), e trata sobre a morte e a dor de perder aos seres queridos. A cuarta sección, como sempre, presenta as viñetas humorísticas do día. O segmento do café de despois de cear está escrito por Luis Montero e titúlase "Eu son un poeta", no que fala doutros poetas como Cernuda, Celorio e Elena Garro. E no primeiro especial, "Do caer da noite", o economista Robert Reich fala sobre a cea dos correspondentes da Casa Branca onde estalou o caos. No segundo especial, o politólogo Damon Linker escribe sobre a tradición reaccionaria que se estende polos Estados Unidos. E no especial tres, Robert Reich volve escribir sobre os dous almorzos que o vergoñoso director do FBI deixou. Espero que os disfrutedes todos. Tamaragua, amigos meus. Ata mañá, se a sorte quere. Sede felices, prégovos: merecédelo. Bicos. Quérovos. HArendt
















DEL ASUNTO DE CADA DÍA. LA VERGÜENZA, LA IZQUIERDA Y TRUMP, POR PAU LUQUE. 29 DE ABRIL DE 2026

 







Fue quizá Susie Wiles la primera que lo entendió. La actual jefa de gabinete de Trump y directora de su tercera campaña electoral se dio cuenta de algo aparentemente contraintuitivo. En las dos primeras campañas electorales de Trump, en 2016 y en 2020, su equipo, asesores y allegados se la pasaban intentando contener su parte más impresentable, luchando para que inhibiera sus instintos y haciendo control de daños.

Wiles, en cambio, cambió de estrategia. Al tomar el mando de su tercera campaña electoral, decidió no ponerle cortapisas, desinhibirlo y dejar que se mostrara exactamente como se le antojara (suponiendo que su comportamiento sea fruto del más frívolo antojo y no de un trastorno hipomaníaco). El resultado es conocido: en 2024, a diferencia de lo ocurrido en 2016 y 2020, Trump ganó el voto popular. Desconcertante. O no.

La clave que diferenció a las dos primeras campañas electorales de la tercera fue la vergüenza. O mejor dicho: la desvergüenza. Wiles entendió que cuando la política se convierte en el intento constante de avergonzar al adversario, mucha gente se sentirá atraída no por aquel que menos avergonzado haya quedado ―que sería tal vez lo más intuitivo―, sino por el más desvergonzado, aquel a quien, le acusen de lo que le acusen, jamás se le cae la cara de vergüenza. Trump. Cuanto más desvergonzado, mejor. Incluso al precio de mostrarse, a menudo, como un sinvergüenza siniestro.

La vergüenza como reproche moral se ha contrapuesto históricamente a la culpa. Ambas son reguladores sociales. Algunas sociedades de la etapa tardía de la Antigua Grecia eran sociedades de la vergüenza. En griego antiguo, existe una cercanía entre las palabras aidós, que significa vergüenza, y aidoia, que significa genitales. De ahí que sentir vergüenza consista en que los demás te vean los genitales, es decir, que te vean desnudo. El antiquísimo rastro de la conexión entre desnudez y vergüenza llega hasta nuestros días.

He aquí una primera diferencia entre vergüenza y culpa: uno puede sentir culpa a solas; pero uno solo siente vergüenza ante la mirada del otro. Por eso se dice que la culpa es una emoción más individual y la vergüenza una más social: esta última necesita de la existencia de una sociedad para que surta efecto.

La culpa reinó en Occidente durante muchos siglos, primero con el advenimiento del cristianismo y luego con el de su hermano agnóstico: la Ilustración. La motivación del agente moral ya no era fruto de las interacciones sociales, la voluntad de conservar una buena reputación y el reconocimiento de sus pares, como ocurría en las sociedades de la vergüenza. Ahora había que actuar con arreglo al deber, ya fuera este un mandato de Dios o el producto de usar la razón. Ya no se necesitaba que el otro te desnudara con la mirada para que tú actuaras correctamente. Bastaba con hacer introspección, abstenerse de pecar o, sencillamente, ser racional.

Hasta que llegó el siglo XXI. La militancia en la corrección política, la cancelación (tenga o no las consecuencias que la histeria anti-woke le atribuye, cancelar es algo más que criticar: es avergonzar) o el señalamiento público fueron ganando espacio popular. Y en materia ética solo importa lo pop. Estos fenómenos consistían, entre otras cosas, en poner al desnudo el comportamiento o la opinión de alguien con la esperanza de que rectificara y mejorara o, de lo contrario, fuera desalojado al tenebroso reino del ostracismo, que en pleno siglo XXI se traduce en una especie de zona fría pública, alejada de todas las áreas de influencia. Un propósito muy parecido alimentaba a quienes usaban la vergüenza en la Antigua Grecia.

¿Por qué, tras siglos de práctica hegemonía de la culpa, se recuperó la vergüenza como mecanismo de regulación social? Hay factores que se me escapan, pero hay al menos uno que es identificable. Las sociedades griegas de la vergüenza eran sociedades donde existían canales de socialización que, si no eran exactamente democráticos, sí eran al menos relativamente horizontales. Dicho mal y pronto: el ágora. A principios del siglo XXI, ¿qué canal de socialización se creía que era, si no democrático, sí al menos relativamente horizontal? Las redes sociales.

En las sociedades occidentales del siglo XX había unos pocos conglomerados comunicativos que filtraban de arriba a abajo qué era socialmente relevante y qué no. La vergüenza como regulador social era, en aquellos contextos jerárquicos, inoperante. Y es que la vergüenza opera de manera horizontal: quien te observa desnudo desde encima de ti, no ve, por el ángulo de su mirada, tus genitales.

¿Resultó exitoso el reverdecer de la vergüenza en el siglo XXI? El Trump de 2024 nos conmina a ser muy escépticos. Había un factor que estaba presente en las antiguas sociedades de la vergüenza que está ausente en el siglo XXI. Uno solo siente vergüenza ante aquellos con los que comparte ideas políticas, un imaginario ético o un trasfondo cultural muy semejante. En las sociedades premodernas, esto era relativamente fácil: eran culturalmente más homogéneas y apenas existía pluralismo político o moral.

Pero en sociedades marcadas por el pluralismo, como lo son las nuestras, no deberíamos suponer que avergonzar a alguien surtirá el mismo efecto que surtía ―idealmente― en las sociedades de la vergüenza de la Antigua Grecia. Si la persona a la que se quiere avergonzar tiene una opinión diferente y fundamentada sobre una cuestión, ¿por qué debería sentirse avergonzada?

Ha terminado ocurriendo lo contrario. La persona a la que pretendía avergonzarse se ha atrincherado. Y se ha plantado así la larva del resentimiento: a nadie le gusta que lo avergüencen cuando ha invertido tiempo en pensar lo que sinceramente afirma. Su reacción será más bien la de sentirse humillado. Y cuando esto ocurre a gran escala, y las redes sociales permiten que todo esto ocurra a muy gran escala, uno acaba buscando abrigo en aquel que es inmune a la vergüenza. Trump. Y sus sucedáneos.

Cuando leo que la izquierda tendría que ser más anti-inmigración o menos feminista me dan ganas de saltar por la ventana. La izquierda no tiene que cambiar de ideas, tiene que cambiar de actitud. Debe abandonar la soberbia moral con la que defiende sus ideas (en un encuentro reciente entre Gabriel Rufián e Irene Montero, ambos, con una ironía tan mediocre que solo podía ser falsa ironía, confesaron sentirse “hartos de tener razón”, qué grima). Y debe dejar de intentar avergonzar a los demás por no tener sus mismas ideas. En una sociedad plural, solo la soberbia que da estar harto de razón puede convencerlo a uno de que aquel que discrepe merece ser desnudado por ser irracional.

No querría sin embargo generar ninguna confusión. Esto no es un canto a la tolerancia del “todas las opiniones son respetables”. Es una petición para respetar la poca capacidad de convencer y criticar que poseamos. Pero también es una llamada a respetar lo que ocurre tras un genuino conflicto de ideas. Y lo que sucede, entonces sí, es la diversidad de puntos de vista. Y es que el pluralismo no es lo que ocurre antes de entrar en el intercambio de argumentaciones, sino lo que queda después, cuando hemos agotado todas las razones, todas las pasiones y todas las consideraciones.

Todo esto es más costoso que avergonzar a alguien o regocijarse en el onanismo del estar “hartos de tener razón”. Pero es un poco más prometedor: tratar de convencer a alguien es hacerlo sentir interpelado. Y es más difícil que quien se sienta interpelado termine reclutado por un ejército de resentidos dispuestos a encumbrar a un sinvergüenza. Susie Wiles fue quizás la primera en entenderlo. No deberíamos dejar que fuera la única. PAU LUQUE es filósofo. Publicado en El País el 27 de abril de 2026.




























DEL ARCHIVO DEL BLOG. 29 DE ABRIL DE 1483. GRAN CANARIA ENTRA EN LA HISTORIA, POR HARENDT. PUBLICADO EL 29 DE ABRIL DE 2013. (REEDITADA)

 





En diciembre de 1969 me faltaban a penas unas semanas para terminar mi servicio militar. Estaba destinado en el Batallón de Infantería del Ministerio del Ejército, perteneciente al Regimiento "Inmemorial del Rey, Núm. 1", el regimiento de infantería más antiguo del mundo, que tenía su acuartelamiento en el Palacio de Buenavista, en la madrileña plaza de Cibeles, hoy sede Cuartel General del Ejército de Tierra. Yo tenía 23 años, llevaba dos años casado, y mi hija mayor, Myriam, con 13 meses de edad, y su madre, vivían en nuestra casa de Las Palmas de Gran Canaria.

Con motivo de las fiestas de la Inmaculada, la patrona de la Infantería española, el batallón convocó un concurso de relatos literarios entre sus miembros. El 8 de diciembre, día de la Inmaculada, me dieron un diploma en el que me declaraban ganador del tercer premio por un relato titulado: "29 de abril de 1483: Gran Canaria entra en la Historia". No guardo copia del relato, aunque sí el diploma. Y nunca, hasta mucho después de tal fecha, me había parado a reflexionar si la concesión del premio pudo estar influenciada por el hecho, aparte de la mucha o poca valía literaria del texto, de que el teniente-coronel jefe del batallón era un laureado militar grancanario llamado Antonio Alemán Ramírez, que llegaría más tarde al grado de teniente general del ejército, prefiero pensar que no fue por eso, pero ya no podré aclararlo nunca..

Sobre mi pasión filial por Gran Canaria, la tierra en la que vivo desde 1967, y la fecha del 29 de abril de 1483 de la que mañana se cumplen 530 años, en que culmina la conquista y pacificación de Gran Canaria por los Reyes Católicos y queda incorporada la isla a la corona de Castilla, ya he escrito en otras ocasiones.

Fue la Fiesta Mayor de Gran Canaria durante siglos; los justos hasta que el nacionalismo bananero llegó al poder en el Cabildo de la isla y proclamo a voz en grito que no podía seguir siendo fiesta una fecha que conmemoraba el infausto hecho de que nuestros antepasados celebraran haberse incorporado a la Corona de Castilla. Hoy quisiera remitirles de nuevo a mi entrada de esta misma fecha del pasado año (2012), y por sus especiales connotaciones históricas, recomendarles una relectura crítica de la misma.

No modifico lo que contaba en ella ni un ápice; al contrario, ahora más que nunca creo que somos un gran pueblo, canarios y españoles, que no nos merecemos la clase política gobernante que padecemos. Que sí, de acuerdo, que están ahí porque les hemos votado nosotros, canarios y españoles, no neozelandeses ni marcianos, pero que también se mantiene en sus poltronas, pegados como con poxipol, por un sistema electoral hecho a la medida de sus mediocres intereses de partido, cuando no meramente personales, en los que los generales de sus conciudadanos no cuentan para nada. Por mi parte no va a quedar el moverles la sillas en lo que pueda y sepa hasta que se las despegue. Feliz día a todos los grancanarios, los del archipiélago y los de la diáspora, que son muchos. A pesar del gobierno. A pesar del mundo. A pesar de todo. Les invito a disfrutar de esta hermosísima versión del himno oficial de Gran Canaria, "Sombra del Nublo", cantada al alimón por Los Sabandeños y el universal tenor grancanario Alfredo Kraus en 1993. [https://youtu.be/-AanNc-2vfw?si=wY2x6YSx_HC6DZfd]. Espero que la disfruten. Tamaragua, amigos. HArendt














 







DEL POEMA DE CADA DÍA. FILA, POR ARTURO LOERA

 







FILA




Te duele la muerte de los tuyos, sí.

Algo de cariño, claro.

El tiempo, dicen resignadamente, no pasa

en vano.


Te duele, por supuesto.

Los recuerdas, es lo justo.

¿Acaso no ven tu traje negro?


Alguna anécdota idiota saca de ti

una sonrisa agrietada.


En el fin hay paz, pero tú sabes,

lo sabes bien,

que te duelen en parte esas muertes tan cercanas

porque ves cómo avanza la fila

y tú ya estás a dos pasos

de pagar todas tus cuentas.




ARTURO LOREA (1987)

poeta mexicano




***




Arturo Loera es una de las voces más sólidas y premiadas de la poesía mexicana contemporánea. Su estilo suele explorar temas descarnados como la pérdida y la incertidumbre, pero con una agudeza crítica muy moderna. Nació en Chihuahua, México, en 1987. Estudió Letras Españolas en la Universidad Autónoma de Chihuahua. Ha sido un autor muy apoyado por las instituciones culturales en México.






















DE LAS VIÑETAS DE HUMOR DEL BLOG DE HOY MIÉRCOLES, 29 DE ABRIL DE 2026



































martes, 28 de abril de 2026

REVISTA DE PRENSA. ESPECIAL NOCHE TRES. EL VACÍO EN LA IZQUIERDA: SIN LÍDER, SIN ATAJO, SIN RELATO, POR EDUARDO BAYÓN. 28 DE ABRIL DE 2026

 






Hay momentos políticos en los que lo decisivo no es lo que ocurre, sino lo que falta. La izquierda española —entendida aquí como el espacio a la izquierda del PSOE— atraviesa uno de esos momentos. No hay un acontecimiento fundacional, ni una derrota épica, ni un cisma generacional. Hay algo más difícil de narrar y, por eso mismo, más revelador: un agotamiento acompasado por una sucesión de pequeños vacíos que, sumados, dibujan un problema mayor. Una líder que se va sin relevo. Unos resultados autonómicos que confirman lo que las encuestas llevaban meses anticipando. Una candidatura unitaria andaluza cosida con prisas y desconfianza. Y el atajo de Gabriel Rufián, que cada vez parece menos un proyecto y más una operación de supervivencia personal dentro de su propio partido.

En paralelo, y aquí está la lectura interesante, el PSOE no solo ha resistido el desgaste: lo ha convertido en oportunidad. Sánchez ha capitalizado un terreno que históricamente disputaba la izquierda alternativa —el rechazo a la guerra, la denuncia del genocidio en Gaza, el liderazgo del progresismo internacional— con la complicidad pasiva de quienes ahora descubren que se les ha quitado la bandera sin que nadie protestara. Lo que ocurrió en Barcelona los días 17 y 18 de abril fue una transferencia de capital político en directo.

Cada una de estas capas merece análisis propio. Cada una explica una cara distinta del mismo problema. Y, sumadas, anuncian un futuro que ya no admite optimismo fácil.

Cuando Yolanda Díaz anunció el 25 de febrero que no se presentaría a las generales de 2027 —y ratificó después, en una entrevista en Radio Galicia, que tampoco aparecería en ninguna lista, «en absoluto, para nada»—, la noticia tuvo escasa capacidad de sorpresa. Dentro de Sumar la daban por amortizada desde mucho antes: ni había logrado articular un paraguas organizativo para el conjunto de la izquierda, ni sus valoraciones personales ni la estimación electoral de su formación se acercaban a las cifras de 2023. El primero en decirlo en voz alta fue Antonio Maíllo, que ya en enero exigió un cambio total de rumbo y un frente amplio desvinculado del PSOE. Es decir: el coordinador federal de IU le pidió públicamente un giro de proyecto a la candidata de la coalición a la que su propio partido pertenece. Pocos diagnósticos políticos son más elocuentes.

Su marcha cierra un ciclo que comenzó en julio de 2023 con un resultado que se quiso leer en clave épica: 31 diputados, más de tres millones de votos, quince formaciones unidas y un pacto de Gobierno con el PSOE. Tres años después, lo que parecía la consolidación de un nuevo polo se ha desmoronado en una secuencia previsible —fugas, con Podemos en cabeza, implosiones internas y resultados decrecientes—. Díaz se va con el aval indiscutible de su gestión en Trabajo —subida del SMI, derechos laborales ampliados, reducción de jornada en debate—, pero deja atrás el proyecto político que la encumbró convertido en una alianza sin candidato y sin relato. La paradoja es cruel: una ministra que ha sido referente es también la dirigente que ha asistido a la descomposición de su propio espacio.

Lo relevante, sin embargo, no es su marcha. Es el silencio que deja detrás. ¿Quién hereda el espacio? La pregunta lleva meses formulándose y no encuentra respuesta convincente. Pablo Bustinduy ha sido apuntado por algunos —incluido Rufián, que lo definió como «de las mejores cabezas»—, pero su perfil, sólido en gestión y discreto en exposición, carece de la proyección estatal que exige una candidatura nacional. Mónica García y Ernest Urtasun cumplen con sus carteras, pero ninguno genera el voltaje necesario para reagrupar a un electorado disperso. Maíllo es un dirigente fiable y un articulador eficaz —como demuestra la unidad andaluza, una operación de coordinación más que de arrastre electoral—, pero no se proyecta como líder estatal. Irene Montero conserva fervor militante en una fracción de Podemos, pero su techo electoral está acotado y su capacidad de costura interna, muy mermada.

El problema no es de nombres. Es de patata caliente. Nadie quiere asumir una pieza que, en el escenario más probable, conduce a una derrota electoral en 2027 con la responsabilidad histórica añadida de haber facilitado, una vez más, la fragmentación. Y mientras nadie la asume, el espacio se enfría.

Los datos de las dos primeras citas autonómicas del ciclo son demoledores y conviene leerlos sin atenuantes. En Aragón (8 de febrero), la coalición IU-Movimiento Sumar consiguió un único escaño con un 2,94 % de los votos, replicando el suelo de 2023. Podemos, que llegó a tener catorce diputados en su ciclo álgido de 2015, desapareció directamente del Parlamento autonómico —y quedó por detrás incluso de Se Acabó la Fiesta, el partido de Alvise Pérez, que tampoco entró pero la superó en votos—. El espacio a la izquierda del PSOE se sostiene allí, paradójicamente, gracias al regionalismo: Chunta Aragonesista duplicó representación, pasando de tres a seis diputados. Un dato que merece atención: en Aragón lo que funciona no es la marca estatal, es la marca aragonesa.

En Castilla y León (15 de marzo), el resultado fue todavía más severo. Por primera vez en quince años, la izquierda situada a la izquierda del PSOE no obtuvo representación en las Cortes. IU-Sumar-Equo logró 27.605 votos (2,23 %) y Podemos-Alianza Verde apenas 9.225 (0,74 %). Ni juntos habrían alcanzado escaño alguno bajo la fragmentación provincial castellano-leonesa. El PSOE resistió incluso con ligera mejoría, lo que confirma que el problema no es de ola sino de marca: el voto progresista está, pero ya no se canaliza por la izquierda alternativa.

Dos comunidades, dos retratos del mismo problema. El bloque de la derecha avanza con holgura mientras el espacio a la izquierda del PSOE no encuentra suelo. Y todo esto, conviene recordarlo, ocurre tras una legislatura en la que ese mismo espacio ha tenido carteras ministeriales, gestión visible y agenda propia.

El acuerdo in extremis que cerraron IU, Movimiento Sumar y Podemos para concurrir juntos a las elecciones andaluzas del 17 de mayo bajo la coalición Por Andalucía, con Maíllo como cabeza de lista, es una unidad por miedo, no por convicción. Las bases de Podemos en Andalucía avalaron la integración con un 81,4 % de apoyos, una cifra que indica menos entusiasmo del que parece. Lo que ratificaron, en realidad, fue que el escenario alternativo —concurrir por separado y arriesgarse a quedar fuera del Parlamento andaluz, repitiendo el desastre aragonés— resultaba sencillamente impensable.

Y aun así, la unidad andaluza es la mejor noticia que ha tenido el espacio en lo que va de ciclo. Sumar plantea ya replicar el «modelo andaluz» en otros territorios. La pregunta es si la fórmula resiste cuando se aplica a contextos donde no hay un liderazgo aglutinador como el de Maíllo o cuando la presión del calendario no fuerza el acuerdo. El mapa de las generales de 2027 no se parece al de Andalucía: faltan articuladores.

Aquí entramos en el episodio más revelador del trimestre. Los actos de Rufián —primero en Madrid junto a Emilio Delgado en febrero, después en Barcelona junto a Irene Montero el 9 de abril— se vendieron como el arranque de algo nuevo. Un nuevo «bloque histórico», una izquierda capaz de condicionar el rumbo político y disputar escaños a la derecha en clave territorial. La narrativa funcionó durante unas semanas. Hubo titulares, datos favorables, especulación sobre operaciones, alineamientos y giros. A día de hoy, ese horizonte se ha disuelto. Y conviene explicar por qué con precisión.

Primero, porque Rufián nunca pasó del condicional. En el acto con Delgado dejó todas las puertas abiertas y todas las definiciones aplazadas. En el de Barcelona con Montero subió un peldaño retórico —apeló a ERC para «liderar» un frente de izquierdas— pero sin proponer nada que implicara ruptura con su partido. La ambición declarada y la ejecución contenida son incompatibles. Ya lo apuntamos en estas mismas páginas en febrero: si la promesa era desborde, lo que hubo fue contención calculada.

Segundo, porque ERC ha cerrado la puerta. La dirección de Oriol Junqueras mantiene una posición «firme e imperturbable» contraria a cualquier frente estatal. La argumentación interna es nítida: ERC no se concibe como izquierda al PSOE, sino como «izquierda nacional de Cataluña», con vocación de ocupar todo el espacio del centro a la izquierda manteniendo su carácter independentista.

Tercero, porque Sumar, IU, los Comuns, Bildu y la propia ERC han rechazado las condiciones planteadas por Rufián. Sumar, IU, Más Madrid y los Comuns lanzaron el 21 de febrero su propia escenificación, en parte como maniobra defensiva frente al ruido rufianista.

¿Qué queda entonces de la operación? Una hipótesis razonable: lo que probablemente fue desde el principio, una maniobra de reposicionamiento personal dentro de ERC. En la formación republicana hay sectores que dan a Rufián por amortizado y estudian renovar la cabeza de lista para las próximas generales. Construir desde fuera un capital político transferible —audiencias, encuestas, presencia mediática— es una vía clásica para revalorizarse internamente. Si ese era el objetivo, la operación ha funcionado a medias: ha generado ruido suficiente para mantenerlo en el centro del debate, pero no ha modificado la correlación interna en ERC. Lo que se vendió como un movimiento de fondo, ha terminado siendo un movimiento de pieza.

Mientras la izquierda alternativa se consume en sus debates internos, el PSOE ha hecho algo aparentemente sencillo y políticamente decisivo: ocupar el terreno simbólico que tradicionalmente disputaba con esa izquierda. Y lo ha hecho a través de dos vectores muy claros: la oposición a la guerra desencadenada por Estados Unidos e Israel contra Irán y la denuncia del genocidio en Gaza.

El «no a la guerra» de Sánchez. Tras el inicio de los bombardeos el 28 de febrero, el Gobierno español negó el 2 de marzo el uso de bases en territorio español para operaciones contra Irán, lo que provocó la amenaza de Trump de romper lazos comerciales y, según filtraciones publicadas en medios estadounidenses, la apertura de un debate interno en el Pentágono sobre castigos a los aliados de la OTAN considerados «problemáticos». No hay forma más rotunda de marcar una posición geopolítica que sostenerla cuando tiene coste. Y, fundamentalmente, esa posición reactiva un significante histórico de la izquierda española, el del «no a la guerra» de 2003, que entonces enfrentó a millones de personas con el PP de Aznar. Hoy ese eslogan no lo sostiene una manifestación: lo sostiene un presidente del Gobierno desde Moncloa. Quien quiera entender la transferencia de capital simbólico entre familias de la izquierda no necesita más metáfora.

La cumbre de Barcelona del 17 y 18 de abril fue la escenificación más rotunda. Allí confluyeron dos eventos —tres sin incluímos la cumbre bilateral entre España y Brasil— deliberadamente solapados: la IV Reunión en Defensa de la Democracia —foro creado por España y Brasil en 2024— y la Global Progressive Mobilisation, convocada por la Internacional Socialista, el Partido de los Socialistas Europeos y la Alianza Progresista. Más de 6.500 personas movilizadas y una veintena de mandatarios, a los que se sumaron Mensajes pregrabados de personalidades como Bernie Sanders o Zohran Mamdani. Un dispositivo simbólico de primer orden.

Sánchez clausuró con una sentencia que merece ser leída con atención: «El tiempo de la internacional ultraderechista y la derecha lacaya ha llegado a su fin». Y añadió, en la misma intervención, que la alianza progresista debía estar orgullosa de ser «pacifista, ecologista, sindicalista y feminista». Conviene fijarse en los cuatro adjetivos. Son, históricamente, los significantes de la izquierda alternativa al PSOE. Sánchez los reclamó para el polo socialdemócrata global con naturalidad.

Hay un detalle más, y es probablemente el más significativo. A la Global Progressive Mobilisation no acudieron solo cuadros del PSOE. Acudió, en sentido amplio, gente del bloque de la izquierda. Perfiles vinculados a Sumar, dirigentes de los Comuns, cuadros de Más Madrid, miembros de IU, sindicalistas, intelectuales y figuras culturales que históricamente habrían orbitado más cerca del espacio de la izquierda alternativa que del PSOE. La cumbre funcionó como casa común del progresismo.

Esto modifica la geometría política española. Durante una década, la pregunta dominante en el espacio alternativo era cómo construir una izquierda capaz de condicionar al PSOE desde fuera. Barcelona sugiere que esa pregunta puede haber quedado obsoleta. Cuando el PSOE ocupa simultáneamente el espacio de la gestión, el del rechazo a las guerras imperiales, el de la condena del genocidio en Gaza, el del feminismo institucional y el del progresismo global, la izquierda alternativa pierde el suelo desde el que se construía como alternativa. No porque el PSOE haya virado a la izquierda, sino porque ha sabido capitalizar el relato. Y en política, ya se sabe, quien pierde el relato pierde el horizonte.

La izquierda española, entendida como espacio plural a la izquierda del PSOE, atraviesa una crisis que combina cuatro dimensiones simultáneas.

Es crisis de liderazgo: Díaz se va y nadie quiere ocupar el centro del cuadrilátero. A esto se suma una escasez de cuadros políticos de referencia. Es también crisis de representación: Aragón y Castilla y León confirman que la marca estatal se evapora donde antes había suelo, y que solo las coaliciones cosidas con prisas (Por Andalucía) consiguen retener algo. Es crisis de proyecto: el atajo Rufián evidencia que cuando se busca un acelerador externo, el resultado es un quiero y no puedo que se desinfla por su propia incoherencia. Y es crisis de relato: el PSOE ha ocupado el terreno simbólico del progresismo internacional.

Hay quien piensa que este diagnóstico es transitorio y que el ciclo electoral de 2027 reordenará las piezas. Es posible. Pero también hay una hipótesis más incómoda: que la izquierda alternativa española esté entrando en su versión particular del ciclo italiano, ese paisaje donde la fragmentación deja de ser un accidente y se convierte en una condición estructural. Donde cada elección genera una nueva sigla, cada sigla un nuevo desencanto, y el partido socialdemócrata —como antes el PD italiano— absorbe progresivamente todo el espacio progresista útil mientras la fragmentación a su izquierda se vuelve folclore electoral.

La diferencia entre uno y otro escenario depende, fundamentalmente, de tres variables. La capacidad del espacio para producir un liderazgo que no sea defensivo ni residual. La voluntad real —no retórica— de construir confluencias estables más allá de la urgencia de cada cita electoral. Y, sobre todo, la honestidad para asumir que el problema no es la falta de unidad: es la falta de una razón compartida para querer estar unidos. EDUARDO BAYÓN es politólogo. Publicado en InfoPolítica el 25 de abril de 2026.