jueves, 22 de enero de 2026

¿DE LA TIERRA VERDE?

 







Monty Python tendría un día de campo, escribe en Substack (29/01/2026) el economista y profesor de la Universidad de California en Berkeley, Robert Reich. Amigos, comienza diciendo, podría tratarse de un sketch de Monty Python de hace 40 años: un presidente estadounidense demente exige que Noruega le conceda el Premio Nobel de la Paz (que inicialmente escribe "Noble" y que, de todos modos, no le corresponde a Noruega otorgarlo), después de convertir el nombre del Departamento de Defensa en Departamento de Guerra, enviar tropas a ciudades estadounidenses, amenazar a Canadá y secuestrar por la fuerza al presidente de un país latinoamericano.

Al no obtener el premio de la paz, declara que ya no le interesa la paz y decide tomar Groenlandia. Cuando Groenlandia se niega, y Dinamarca y el resto de Europa arman un escándalo, monta en cólera, aumenta los aranceles a Europa (lo que les cuesta caro a los estadounidenses) y amenaza con la guerra a la OTAN. El presidente de Rusia está encantado.

¿No lo ven? Eric Idle interpreta al presidente estadounidense, un hombre engreído y completamente desquiciado. John Cleese es el cruel y desventurado presidente latinoamericano secuestrado. Terry Gilliam es el desconcertado e incrédulo líder de Groenlandia. Terry Jones interpreta al recto líder de Dinamarca, Graham Chapman a un perplejo dignatario de la OTAN, y Michael Palin al excéntrico pero triunfante presidente de Rusia.

El equipo de Monty Python era muy divertido porque se inventaban situaciones completamente absurdas, las manejaban con total seriedad y las llevaban hasta el límite.

Pero esta situación absurda en particular no tiene gracia. Está sucediendo de verdad. Y Trump está, trágica y aterradoramente, loco.

















ENTRADA NÚMERO 7954

DEL ARCHIVO DEL BLOG. HOY, ¿CÓMO GOBERNARÁ TRUMP? PUBLICADO EL 18 DE ENERO DE 2017

 







¿Cómo gobernará Trump? Carece de programa, porque ni él mismo pensaba ganar. Para él, será fácil abandonar el acuerdo TPP o endurecer la política de inmigración; pero será más difícil abolir el ‘Obamacare’ o denunciar el Tratado nuclear con Irán, escribe en El País de hoy, Jorge Dezcallar, exembajador de España en Estados Unidos. La elección de Donald Trump plantea el problema crucial de intentar saber cómo va a gobernar, si va a hacer lo que ha dicho durante la campaña más polarizada y bronca de la historia norteamericana, o si el ejercicio del poder le va a moderar y la respuesta no es fácil. Como ha dicho Kissinger, este es el primer presidente que llega “sin maletas” a la Casa Blanca. Lo que se sabe es que va a tener mucho poder porque controlará el Ejecutivo, el Congreso (Obama perdió la Cámara en 2010 y el Senado en 2014) y, cuando nombre al sucesor de Antonin Scalia, se garantizará también un Tribunal Supremo afín que le ayude a poner en marcha esa gran revolución conservadora que muchos esperan.

El principal problema para cualquier observador es que probablemente ni el mismo Trump esperaba ganar, y eso le hace no tener un programa definido y explica las dudas que rodean la formación de su equipo de gobierno. Esa es la explicación amable. La otra es que Trump no tiene ideas claras, todo para él es negociable, dice una cosa y la contraria, se deja influir por la última persona que le visita y se guía más por su instinto que por la reflexión ponderada. Su problema no es tener un mal programa de gobierno sino no tener ninguno, vivir en una improvisación constante a base de tuits que nadie controla, porque eso genera inseguridad. Así, su rechazo de la política de “Una Sola China” plantea la duda de saber si es un órdago antes de abrir una complicada negociación comercial, si es un cambio radical y preparado con cuidado de la política que Estados Unidos defiende desde Nixon, o si Trump contestó la llamada de la presidente de Taiwán sin consultar antes con nadie. También parece dispuesto a dar un giro radical a la política seguida hasta ahora sobre el conflicto israelo-palestino.

Por eso es legítimo que preocupen su arrogancia, su ignorancia, su adanismo (I alone can fix it), su improvisación, la influencia que en sus decisiones de gobierno puedan tener los negocios que tiene repartidos por el mundo y de los que no se separa y, por fin, quiénes le vayan a asesorar... cuando se deje, una vez que ya se ha peleado con las agencias de Inteligencia. Los que ya conocemos inspiran muchas dudas. Tampoco aclaran mucho su primera rueda de prensa o las discrepancias internas que asoman tras la presentación de Tillerson ante el Senado.

La esperanza es que el sistema logre moderar alguna de las iniciativas del nuevo presidente

Las ideas que conforman el núcleo duro de su pensamiento no son muchas y se centran en un acendrado proteccionismo que le hace rechazar los tratados de libre comercio, y en una desconfianza de los foros y alianzas internacionales que considera obsoletos y un estorbo a su libertad de acción, desde una mentalidad de empresario que busca beneficios inmediatos sin comprender que son un seguro antes que una inversión. Piensa que el cambio climático es un fraude, admira a líderes fuertes y autoritarios y no va a perder el tiempo en tratar de extender la democracia en el mundo o en defender los derechos humanos. También será reacio a embarcarse en aventuras exteriores porque cree con el 86% de sus compatriotas que las guerras emprendidas en Oriente Medio desde 2001 no han servido para nada y tampoco han hecho al país más seguro.

Además de este catálogo básico, Trump ha dicho que haría muchas otras cosas, algunas de las cuales parecen más factibles que otras, mientras que algunas son imposibles. Entre las más fáciles están las de reducir impuestos; abandonar el Transpacific Partnership (TPP), lo que echará a toda la cuenca del Pacifico en brazos de China y de su Asociación Regional de Libre Comercio, que excluye a los EEUU; endurecer la política migratoria y abolir las restricciones medioambientales de Obama. Más complicado será echar abajo su reforma sanitaria, algo que Trump considera absolutamente prioritario, porque dejaría sin cobertura a treinta millones de americanos pobres que, como dice Krugman, son quienes le han votado. No está claro que el Congreso le vaya a dar el billón de dólares que necesita para renovar las infraestructuras, porque eso aumentaría el deficit, ni que quiera pagar el muro con México, sin que sea previsible que lo levanten los mexicanos. Denunciar el Acuerdo Nuclear con Irán simplemente no depende de Washington porque se trata de un tratado multilateral, los demás firmantes no están por la labor y además Teherán está cumpliendo con sus obligaciones. Y la promesa de doblar el PIB hasta el 4% anual no es realista, como tampoco parece fácil crear empleo en los altos hornos o en las cuencas de carbón.

De otras cuestiones polémicas, Trump simplemente ha dejado de hablar o ha dado marcha atrás, como la absurda pretensión de procesar a Hillary Clinton o su inicial entusiasmo con la tortura y, en especial, el waterboarding. También parece haber moderado su postura ante el cambio climático. Algo es algo.

Trump parece dispuesto a favorecer un mundo multipolar, con varios centros de poder

La elección de Trump señala el final de la época de la PostGuerra Fría basada en el “consenso de Washington” (democracia liberal y la economía de mercado) con instituciones multilaterales fuertes y el respaldo militar de los EEUU como gendarmes del planeta, una combinación que Fukuyama creía imbatible. Porque aunque la globalización ha conducido a un enriquecimiento y aproximación macroeconómica entre los países (en 1960 EEUU, Europa y Japón representaban el 70% del PIB mundial y hoy rondan el 50%), sus excesos, la falta de vigilancia y de regulación (o las mismas sinvergonzonerías de los reguladores) han creado dentro de los países bolsas de miseria, desempleo y aumento de las desigualdades. Es contra esto que Trump ha construido su victoriosa estrategia electoral, porque ha captado mejor que nadie el fracaso de las democracias liberales para distribuir mejor la riqueza y porque ha jugado con los miedos de las clases medias a perder el empleo por la tenaza de la deslocalización empresarial y la llegada de inmigrantes que, si además hablan otra lengua o tienen otra pigmentación, son percibidos como una amenaza.

Trump parece dispuesto a abandonar la política multilateralista de Obama para ir hacia un mundo multipolar con varios centros de poder en tensión recíproca, en un contexto de proteccionismo y de debilidad de las instituciones internacionales encargadas de la resolución de conflictos. Un mundo que será menos seguro si Washington abandona el sistema de alianzas que ha construido desde 1945, y que será más pobre si se encierra detrás de muros proteccionistas, que abren la puerta a guerras comerciales. Barry Eichengreen, profesor de Economía Internacional en Berkeley ha acuñado el término híper-incertidumbre que quizás habrá que extender al terreno político. Y eso no es bueno.

La esperanza es que las cosas se vean de otra forma desde el Despacho Oval o que el sistema logre moderar algunas de las iniciativas del nuevo presidente, al estilo de la serie británica Yes, minister, donde celosos funcionarios evitan que el ministro de turno haga más tonterías que las estrictamente necesarias; en caso contrario habría que gritar aquello de ¡mujeres y niños primero!













ENTRADA NÚMERO 7953

DEL POEMA DE CADA DÍA. HOY: TOMA MIS PALABRAS Y TÍRALAS, DE D.H. LAWRENCE

 







DESACUERDO



Como quieras.

Toma mis palabras y tíralas

sobre el mostrador;

fíjate si suenan.

Cuela mis miradas y expresiones

y ve cuál es la proporción

de arena en mi dudoso azúcar

de verdades.

Haz un inventario exacto

de mi pecho viril;

averigua si soy solvente o estoy en quiebra,

o me he vuelto en el mejor caso un pobre hombre.

Pues soy del todo indiferente

a tu incertidumbre

sobre si encontraste en mí una fortuna

o un insignificante destino.


Investiga bien

todo lo que hay

y luego, si tiene valor, agradécelo;

si no, desespérate.

Si la desesperación es lo que nos toca,

entonces desesperémonos.

Parezcámonos al sauce llorón.

No me importa.



D. H. LAWRENCE (1885-1930)

escritor británico


























ENTRADA NÚMERO 7952

DE LAS VIÑETAS DE HUMOR DE HOY JUEVES, 22 DE ENERO DE 2026

 


























ENTRADA NÚMERO 7951

SALUTACIONS A LES LLENGÜES DE LA MEVA PÀTRIA. AVUI DIJOUS, 22 DE GENER, AL CATALÀ

 







Hola, bon dia de nou a tots i feliç dijous. Un mes d'hivern ja, i el fred ens cala fins als ossos. La majoria de familiars i amics amb qui he parlat diuen el mateix: no recorden un hivern tan fred com aquest a les Canàries des de fa molts, molts anys… Però anem al que anem. A la primera de les entrades del bloc d'avui, l'afamat professor Robert Reich diu que podria tractar-se d'un esquetx de Monty Python de fa 40 anys: un president nord-americà dement exigeix ​​que Noruega li concedeixi el Premi Nobel de la Pau després de convertir el nom del Departament de Defensa en Departament de Guerra, enviar tropes a ciutats nord-americanes, amenaçar Can llatinoamericà. L'arxiu del bloc d'avui, a la segona, és del gener del 2017, i l'exambaixador Jorge Dezcallar comenta que L'elecció de Donald Trump planteja el problema crucial d'intentar saber com governarà, si farà el que ha dit durant la campanya més polaritzada i bronca de la història nord-americana, o si l'exercici del poder li va fer. El poema del dia, a la tercera, és del poeta i escriptor britànic D.H. Lawrence i es titula Pren les meves paraules i llença-les. I la quarta i darrera, com sempre, són les vinyetes d'humor. Només per ara. Sigueu feliços, si us plau malgrat la que ens està caient a sobre, lluitin per la seva felicitat. Que la deessa Fortuna els sigui favorable. Tamaragua, amics meus. Els vull. Petons.













ENTRADA NÚMERO 7950

miércoles, 21 de enero de 2026

DE CANADÁ Y TRUMP. ESPECIAL URGENTE DE HOY MIÉRCOLES, 21 DE ENERO DE 2026

 







Un sincero agradecimiento al Primer Ministro de nuestro norte que dice la verdad, escribe en Substack (21/01/2026) el exsecretario de Trabajo estadounidense, economista y profesor de la Universidad de California en Berkeley, Robert Reich. Amigos, comienza diciendo, el primer ministro canadiense, Mark Carney, recibió una ovación de pie tras su discurso de ayer en el Foro Económico Mundial. A diferencia de la pomposidad de Trump de hoy, vale la pena leer el discurso de Carney. Aquí está completa, la transcripción oficial: "Cada día se nos recuerda que vivimos en una era de rivalidad entre grandes potencias. Que el orden basado en reglas se desvanece. Que los fuertes hacen lo que pueden y los débiles sufren lo que deben. Este aforismo de Tucídides se presenta como inevitable: la lógica natural de las relaciones internacionales se reafirma.

Y frente a esta lógica, existe una fuerte tendencia de los países a aceptar para llevarse bien. A adaptarse. A evitar problemas. A esperar que el cumplimiento compre seguridad. No lo hará. Entonces, ¿cuáles son nuestras opciones?

En 1978, el disidente checo Václav Havel escribió un ensayo titulado El poder de los impotentes . En él, planteaba una pregunta sencilla: ¿cómo se sostenía el sistema comunista?

Su respuesta comenzaba con un verdulero. Cada mañana, este tendero coloca un cartel en su escaparate: "¡Trabajadores del mundo, uníos!" Él no lo cree. Nadie lo cree. Pero coloca el cartel de todos modos: para evitar problemas, para indicar obediencia, para llevarse bien. Y como todos los comerciantes de cada calle hacen lo mismo, el sistema persiste.

No solo mediante la violencia, sino mediante la participación de la gente común en rituales que, en secreto, saben que son falsos.

Havel lo llamó "vivir dentro de una mentira". El poder del sistema no proviene de su verdad, sino de la disposición de todos a actuar como si fuera cierto. Y su fragilidad proviene de la misma fuente: cuando una sola persona deja de actuar —cuando el verdulero retira su cartel— la ilusión comienza a resquebrajarse.

Es hora de que las empresas y los países retiren sus carteles.

Durante décadas, países como Canadá prosperaron bajo lo que llamamos el orden internacional basado en normas. Nos unimos a sus instituciones, elogiamos sus principios y nos beneficiamos de su previsibilidad. Podíamos implementar políticas exteriores basadas en valores bajo su protección.

Sabíamos que la historia del orden internacional basado en normas era parcialmente falsa. Que los más fuertes se eximirían cuando les conviniera. Que las normas comerciales se aplicaban asimétricamente. Y que el derecho internacional se aplicaba con distinto rigor según la identidad del acusado o la víctima.

Esta ficción era útil, y la hegemonía estadounidense, en particular, ayudó a proporcionar bienes públicos: rutas marítimas abiertas, un sistema financiero estable, seguridad colectiva y apoyo a marcos para la resolución de disputas.

Así que colocamos el cartel en la ventana. Participamos en los rituales. Y en gran medida evitamos señalar las deficiencias . Entre la retórica y la realidad.

Este acuerdo ya no funciona.

Seamos directos: estamos en medio de una ruptura, no de una transición. Durante las últimas dos décadas, una serie de crisis financieras, sanitarias, energéticas y geopolíticas pusieron de manifiesto los riesgos de una integración global extrema.

Más recientemente, las grandes potencias comenzaron a usar la integración económica como arma. Los aranceles como palanca. La infraestructura financiera como coerción. Las cadenas de suministro como vulnerabilidades explotables.

No se puede vivir bajo la falsa creencia del beneficio mutuo mediante la integración cuando esta se convierte en la fuente de la subordinación.

Las instituciones multilaterales en las que se apoyaban las potencias intermedias —la OMC, la ONU, la COP—, la arquitectura para la resolución colectiva de problemas, se han visto enormemente mermadas.

Como resultado, muchos países están sacando las mismas conclusiones. Deben desarrollar una mayor autonomía estratégica: en energía, alimentos, minerales críticos, finanzas y cadenas de suministro.

Este impulso es comprensible. Un país que no puede alimentarse, abastecerse ni defenderse tiene pocas opciones. Cuando las reglas ya no te protegen, debes protegerte.

Pero seamos claros sobre adónde conduce esto. Un mundo de fortalezas será más pobre, más frágil y menos sostenible.

Y hay otra verdad: si las grandes potencias abandonan incluso la apariencia de reglas y valores para perseguir sin trabas su poder e intereses, las ganancias del «transaccionalismo» se vuelven más difíciles de replicar. Las potencias hegemónicas no pueden monetizar continuamente sus relaciones.

Los aliados diversificarán sus estrategias para protegerse de la incertidumbre. Contratarán seguros. Aumentarán sus opciones. Esto reconstruye la soberanía —que antes se basaba en reglas—, pero que se anclará cada vez más en la capacidad de resistir la presión.

Esta clásica gestión de riesgos tiene un precio.

Pero ese costo de autonomía estratégica, de soberanía, también puede ser compartido. Las inversiones colectivas en resiliencia son más económicas que construir cada uno su propia fortaleza.

Los estándares compartidos reducen la fragmentación. Las complementariedades son una suma positiva.

La pregunta para las potencias intermedias, como Canadá, no es si debemos adaptarnos a esta nueva realidad. Debemos hacerlo. La pregunta es si nos adaptamos simplemente construyendo muros más altos o si podemos hacer algo más ambicioso.

Canadá fue uno de los primeros en escuchar la llamada de atención, lo que nos llevó a cambiar radicalmente nuestra postura estratégica.

Los canadienses saben que nuestra vieja y cómoda suposición de que nuestra geografía y la pertenencia a alianzas conferían automáticamente prosperidad y seguridad ya no es válida.

Nuestro nuevo enfoque se basa en lo que Alexander Stubb ha denominado «realismo basado en valores»; o, dicho de otro modo, aspiramos a ser íntegros y pragmáticos.

Basados ​​en nuestro compromiso con los valores fundamentales: soberanía e integridad territorial, prohibición del uso de la fuerza excepto cuando sea compatible con la Carta de las Naciones Unidas, respeto por los derechos humanos.

Pragmáticos al reconocer que el progreso suele ser gradual, que los intereses divergen y que no todos los socios comparten nuestros valores. Nos involucramos de forma amplia, estratégica y con los ojos abiertos. Afrontamos activamente el mundo tal como es, sin esperar a que sea como deseamos.

Canadá está calibrando nuestras relaciones para que su profundidad refleje nuestros valores. Priorizamos una amplia participación para maximizar nuestra influencia, dada la fluidez del mundo, los riesgos que esto conlleva y lo que está en juego en el futuro.

Ya no dependemos solo de la fuerza de nuestros valores, sino también del valor de nuestra fuerza.

Estamos fortaleciendo esa fuerza en casa.

Desde que mi gobierno asumió el cargo, hemos reducido los impuestos sobre la renta, las ganancias de capital y la inversión empresarial, hemos eliminado todas las barreras federales al comercio interprovincial y estamos acelerando un billón de dólares de inversión en energía, inteligencia artificial, minerales críticos, nuevos corredores comerciales y más.

Duplicaremos nuestro gasto en defensa para 2030 y lo haremos de manera que impulse nuestras industrias nacionales.

Nos estamos diversificando rápidamente en el extranjero. Hemos acordado una alianza estratégica integral con la Unión Europea, que incluye la adhesión a SAFE, el sistema europeo de adquisiciones de defensa.

En los últimos seis meses, hemos firmado otros doce acuerdos comerciales y de seguridad en cuatro continentes. En los últimos días, hemos concluido nuevas alianzas estratégicas con China y Qatar. Estamos negociando pactos de libre comercio con India, la ASEAN, Tailandia, Filipinas y el Mercosur.

Para contribuir a la solución de los problemas globales, buscamos una geometría variable: diferentes coaliciones para diferentes temas, basadas en valores e intereses.

En cuanto a Ucrania, somos un miembro fundamental de la Coalición de la Voluntad y uno de los mayores contribuyentes per cápita a su defensa y seguridad. En cuanto a la soberanía del Ártico, apoyamos firmemente a Groenlandia y Dinamarca y apoyamos plenamente su derecho único a determinar el futuro de Groenlandia. Nuestro compromiso con el Artículo 5 es inquebrantable.

Trabajamos con nuestros aliados de la OTAN (incluidos los 8 países nórdicos y bálticos) para reforzar la seguridad de los flancos norte y oeste de la alianza, mediante inversiones sin precedentes en radares transhorizonte, submarinos, aeronaves y despliegue terrestre.

En materia de comercio plurilateral, impulsamos iniciativas para tender un puente entre el Acuerdo Transpacífico y la Unión Europea, creando un nuevo bloque comercial de 1.500 millones de personas. En materia de minerales críticos, formamos clubes de compradores con base en el G7 para que el mundo pueda diversificar su oferta, alejándose de la concentración de la oferta. En materia de inteligencia artificial, cooperamos con democracias afines para garantizar que, en última instancia, no nos veamos obligados a elegir entre potencias hegemónicas e hiperescaladoras.

Esto no es multilateralismo ingenuo. Ni se trata de depender de instituciones debilitadas. Se trata de construir coaliciones que funcionen, tema por tema, con socios que comparten suficientes puntos en común para actuar juntos. En algunos casos, esta será la gran mayoría de las naciones.

Y se trata de crear una densa red de conexiones en el comercio, la inversión y la cultura, de la que podemos aprovechar los desafíos y las oportunidades futuras. Las potencias intermedias deben actuar juntas porque, si no estás en la mesa, estás en el menú.

Las grandes potencias pueden permitirse actuar en solitario. Tienen el tamaño del mercado, la capacidad militar y la influencia para dictar las condiciones. Las potencias intermedias no. Pero cuando solo negociamos bilateralmente con una potencia hegemónica, negociamos desde la debilidad.

Aceptamos lo que se nos ofrece. Competimos entre nosotros para ser los más complacientes. Esto no es soberanía. Es ejercer la soberanía aceptando la subordinación.

En un mundo de rivalidad entre grandes potencias, los países intermedios tienen una opción: competir entre sí por favores o combinarse para crear una tercera vía con impacto.

No debemos permitir que el auge del poder duro nos impida ver que el poder de la legitimidad, la integridad y las normas seguirá siendo fuerte si decidimos ejercerlo juntos. Esto me lleva de nuevo a Havel. ¿Qué significaría para las potencias medias "vivir en la verdad"?

Significa nombrar la realidad. Dejar de invocar el "orden internacional basado en normas" como si todavía funcionara como se anuncia. Llamar al sistema por su nombre: un período en el que los más poderosos persiguen sus intereses utilizando la integración económica como arma de coerción.

Significa actuar con coherencia. Aplicar los mismos estándares a aliados y rivales.

Cuando las potencias medias critican la intimidación económica desde una dirección, pero guardan silencio cuando proviene de otra, mantenemos el cartel en la ventana. Significa construir aquello en lo que decimos creer. En lugar de esperar a que la potencia hegemónica restablezca un orden que está desmantelando, crear instituciones y acuerdos que funcionen como se describe.

Y significa reducir la influencia que permite la coerción. Construir una economía nacional fuerte siempre debería ser la prioridad de todo gobierno. La diversificación internacional no es solo prudencia económica; Es la base material de una política exterior honesta. Los países se ganan el derecho a adoptar posturas basadas en principios al reducir su vulnerabilidad a las represalias.

Canadá tiene lo que el mundo desea. Somos una superpotencia energética. Poseemos vastas reservas de minerales esenciales. Tenemos la población más educada del mundo. Nuestros fondos de pensiones se encuentran entre los inversores más grandes y sofisticados del mundo. Contamos con capital, talento y un gobierno con la inmensa capacidad fiscal para actuar con decisión.

Y tenemos los valores a los que muchos otros aspiran.

Canadá es una sociedad pluralista y funcional. Nuestra esfera pública es ruidosa, diversa y libre. Los canadienses mantienen su compromiso con la sostenibilidad. Somos un socio estable y confiable —en un mundo que no lo es—, un socio que construye y valora relaciones a largo plazo.

Canadá tiene algo más: un reconocimiento de lo que está sucediendo y la determinación de actuar en consecuencia. Entendemos que esta ruptura exige más que adaptación. Exige honestidad sobre el mundo tal como es. Estamos retirando el cartel de la ventana.

El viejo orden no regresará. No debemos lamentarlo. La nostalgia no es una estrategia. Pero a partir de la fractura, podemos construir algo mejor, más fuerte y más justo.

Esta es la tarea de las potencias intermedias, quienes tienen más que perder en un mundo de fortalezas y más que ganar en un mundo de cooperación genuina.

Los poderosos tienen su poder. Pero nosotros también tenemos algo: la capacidad de dejar de fingir, de reconocer la realidad, de fortalecernos en casa y de actuar juntos.

Ese es el camino de Canadá. Lo elegimos con apertura y confianza.

Y es un camino abierto para cualquier país dispuesto a recorrerlo con nosotros".













ENTRADA NÚMERO 7949

¿DE QUÉ HABLAMOS?, ¿DEL FIN DE LA DEMOCRACIA LIBERAL?

 






Vivimos el momento de la gran contestación populista, escribe en la revista ETHIC (09/01/2026) su fundador y editor, Pablo Blázquez, del festival mundial del delirio y la crispación. Un conjunto de fuerzas heterogéneas repartidas por el mundo busca un objetivo común: llevar a cabo una contrarreforma iliberal que acabe con el legado de la Ilustración.

Fue un éxito arrollador. La música de las ideas de Francis Fukuyama sirvió de banda sonora durante la caída del Muro de Berlín. Y, sin embargo, qué mal ha envejecido El fin de la historia. Unas pocas décadas después de la publicación del libro que le convertiría en una rockstar del pensamiento liberal, la moda es el líder populista e histriónico, a veces mesiánico, por supuesto radical, que miente como un condenado, se pasa por el arco del triunfo el principio de contradicción y coloniza, una por una, cada institución.

Quizá un paseo rápido por estos años de perro —que diría García Aller— nos ayude, si no a comprender, quizá sí al menos a recordar por qué zigzagueantes caminos hemos llegado hasta aquí. Hasta este momento peliagudo en el que la teoría del eterno retorno parece haberse zampado los ingenuos vaticinios de una victoria ad aeternam de la democracia liberal. Permitidme, pues, que recorra con brevedad los meandros que nos han traído hasta este lugar:

El lobo de Wall Street. La codicia de los directivos de ciertos bancos no se dejaba regular y en 2007 nos estalló en la cara una devastadora crisis internacional. Eran los días del walking dead financiero en los que Sarkozy, condenado ahora por una corrupción y tráfico de influencias, proclamaba solemnemente que había que refundar el capitalismo. No sirvió de nada tanta pomposidad: las semillas del malestar y la desconfianza habían germinado ya. En España, Zapatero se tiró años negando la crisis y, entre desahucio y desahucio, nuestras plazas se llenaron de olas de indignación. De ahí saldrían los primeros experimentos de agitación y propaganda contra eso que algunos ultras insisten en llamar «el régimen de la Transición». A río revuelto, ganancia de demagogos. El populismo empezaba a apuntalarse como fenómeno global. En cada país, iría adoptando la forma y el corpus ideológico que fuese necesario para triunfar.

Don’t Look Up. Tras las continuas advertencias de la comunidad científica, en 2015 se firmaba el Acuerdo de París para atajar uno de los problemas más acuciantes de nuestra época: el calentamiento global. Ese año se firmaron también los Objetivos de Desarrollo Sostenible en Nueva York, que de alguna forma se empapaban del ideal ilustrado de Kant y que abordaban cuestiones decisivas para cualquier democracia liberal: igualdad de oportunidades, educación, medio ambiente, salud, equidad de la mujer, etc. En las sociedades abiertas que aspiran a estas metas tan loables empezó a producirse, sin embargo, un efecto burbuja en torno a la sostenibilidad. Vinieron entonces días de inflación moral, de sobrecarga ideológica, de imposturas y sobreactuación. El caldo de cultivo idóneo para un fenómeno que ya estaba en marcha: la cultura woke. Una legión de puritanos y torquemadas prendían las hogueras de lo políticamente correcto y de la cancelación. Por supuesto, tan dogmáticos como ellos resultan los antiwoke, convertidos a estas alturas en otra «minoría identitaria, monomaniática y pesadísima», como ha advertido Diego S. Garrocho. Mientras los chalecos amarillos hacían arder Francia, enfurecidos tras un impuesto medioambiental decretado en algún despacho de la capital, el ecologismo más fervoroso y sentimental ponía a una niña al frente de la manifestación.

Stranger Things. Y con esas, estalló la guerra de Ucrania: un durísimo baño de realidad para esa Europa que predicaba el Pacto Verde mientras le compraba el gas a un dictador. Draghi dio entonces un golpe en la mesa y la partió en dos. El mensaje era contundente: la UE no puede seguir perdiendo competitividad. Y así hemos llegado hasta aquí. Al momento de la gran contestación populista. Al festival mundial del delirio y la crispación. Un conjunto de fuerzas heterogéneas repartidas por el mundo con un objetivo común: llevar a cabo una contrarreforma iliberal que acabe con el legado de la Ilustración. «Ser libre y actuar son la misma cosa», escribió Arendt en La condición humana. La historia se recorre solo a través de quiebros y sinuosos zigzags. Los años que vienen no serán fáciles y una pregunta esencial se posa sobre el calendario ahora que echa a andar 2026: ¿seremos capaces de salvar la democracia liberal?










ENTRADA NÚMERO 7948

DEL ARCHIVO DEL BLOG. HOY, VOLTAIRE Y ROUSSEAU DISCUTEN EN EL SIGLO XXI. PUBLICADO EL 24/01/2018

 







Los ‘philosophes’ encarnan la discusión actual sobre si es mejor hacer reformas o liquidarlo todo para empezar de cero, comenta en El País (24/01/2018) el historiador y escritor José  Andrés Rojo. ¿Tienen todavía los ilustrados algo que contar en los tiempos que corren? ¿O son ya nada más que unos cadáveres empelucados que siguen pontificando sobre las bondades de la razón?, comienza diciendo. Hace no mucho se ha publicado una breve antología de la Enciclopedia que reúne “las entradas más significativas del magno proyecto que dirigieron Diderot y D’Alembert y que fue uno de los hitos de la Ilustración” (el entrecomillado forma parte del título). La selección la ha realizado Gonzalo Torné, que ha preparado un exquisito menú que hará las delicias de cuantos disfruten del brillo de la inteligencia. “La Enciclopedia fue un símbolo”, escribe Fernando Savater en el prólogo, “el estandarte de una forma de pensar distinta a la tradicional, la leva de la veda para desacreditar los dogmas más acrisolados, el final del respeto”. He ahí la cuestión: ¿hace falta volver a la Ilustración cuando llevamos siglos faltándoles el respeto a los dogmas de la tradición?

Otra cita actual con los enciclopedistas tiene lugar en el teatro. Voltaire/Rousseau. La disputa, de Jean-François Prévand, pone en escena algunos profundos desacuerdos que existieron entre dos de las grandes figuras que participaron en aquella “magna obra”. Josep Maria Flotats (V.) y Pere Ponce (R.) están magníficos, y saben llenar de matices un conflicto que sigue vivo. El hilo conductor no es lo más relevante: Rousseau acude al castillo de Ferney, donde vive Voltaire, para intentar averiguar quién es el autor de un libelo anónimo que circula por Ginebra y que lo desacredita gravemente.

No ha pasado un minuto, y ya están enzarzados en la disputa (nunca directa, siempre a dentelladas). Esa disputa que estalla con especial virulencia tras un periodo de crisis y en la que, hoy mismo, seguimos metidos hasta las trancas. Cuando las cosas no van bien es cuando más claramente se definen esas dos maneras antagónicas de lidiar con los asuntos que nos rodean. Voltaire entiende que habrá que arremangarse para combatir los errores, pero reconoce los logros culturales y científicos que la humanidad ha ido conquistando. Rousseau piensa, en cambio, que esa humanidad es buena por naturaleza y que es la sociedad la que la ha corrompido: no hay problemas que arreglar, hay que cambiarlo todo. ¿No les suena? Aquí en España, por ejemplo, hay quienes reconocen que la Constitución de 1978 igual necesita algunos retoques; otros la tienen, al contrario, como la armadura que sostiene ese régimen putrefacto heredado de la Transición.

Tanto Voltaire como Rousseau están llenos de contradicciones, no son de una pieza y, además, los dos son brillantes. El conflicto entre ambos es antiguo. Ya Nietzsche le hablaba a su amigo Heinrich Köselitz, en una carta de 1887, a propósito de los enemigos de aquel canalla, Voltaire: todos esos románticos que bebían de Rousseau (y del resentimiento). Y le decía, citando unos versos del propio Voltaire, que compartía por completo: “Un monstruo alegre es preferible / a un sentimental aburrido”. Pues eso.













ENTRADA NÚMERO 7947