viernes, 10 de noviembre de 2023

[ARCHIVO DEL BLOG] Comida de pobres. [Publicada el 31/12/2019]








La historia suelen hacerla los desposeídos, esos que no cuentan hasta el día en que deciden contar, escribe el periodista Enric González en el A vuelapluma de hoy, 31 de diciembre, último día del año. 
"El Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas de Argentina (Codicet) -comienza diciendo González- efectúa un experimento interesante. Un politólogo y dos nutricionistas llevan 100 días alimentándose con un presupuesto mensual de 4.886 pesos. Esa cantidad, unos 70 euros al cambio, es la que según el Instituto Nacional de Estadísticas y Censos permite vivir en, digamos, una pobreza digna, sin caer en la indigencia. El experimento durará un semestre, pero harán falta relevos. Las dos nutricionistas se han dado de baja por recomendación médica: han perdido mucho peso y corren riesgo de anemia y osteoporosis. El politólogo sigue de momento, aunque se le hayan disparado los triglicéridos y haya perdido también seis kilos. Para los que siempre ven algo bueno en lo malo, una precisión: ese adelgazamiento es el paso previo a la pérdida de masa muscular y la obtención de nueva grasa, lo que conduce a la desnutrición obesa.
Los 4.886 pesos de la “canasta básica” corresponden a un cálculo que se hizo en 1988, preguntando a gente pobre de los suburbios bonaerenses cuál era su dieta. La suma ha ido actualizándose con la inflación, sin que a ningún especialista en estadísticas se le ocurriera catar la “canasta básica”. El experimento ha permitido comprobar dos cosas. La primera, que alimentarse de harinas, féculas y carne barata es, además de insalubre, desagradable, y requiere muchas horas de cocina. La segunda, que para vivir en una pobreza realmente digna harían falta al menos 7.000 pesos, por lo que en realidad más de la mitad de los argentinos, ciudadanos de uno de los países que más comida produce, viven en la pobreza indigna.
En España, de acuerdo con los baremos de la Unión Europea, una de cada cinco personas sufre “riesgo de exclusión”, es decir, está mal. Y cinco de cada cien ciudadanos sufren la llamada “privación material severa”, también conocida como hambre y frío.
No creo que eso nos quite el sueño. Aunque sepamos que no es así, actuamos como si ellos se lo hubieran buscado. Como si la pobreza fuera electiva. Como si ignoráramos (y no es el caso) que nuestra alimentación y nuestras comodidades dependen casi siempre del azar: dónde nacimos y quién nos educó. Los casos de heroica superación personal son muy pocos; la gran mayoría de las biografías son fruto del azar, de la inercia y de las condiciones sociales.
Seguiremos leyendo que la pobreza se resuelve creando riqueza. Qué más da que no sea cierto. La economía española creció más del 17% entre 2014 y 2018. En ese período, los porcentajes de pobreza se mantuvieron casi idénticos. Pero hablar de distribuir la riqueza, empezando por subir impuestos a quienes más tienen y siguiendo por discutir todo lo discutible en el sistema, se considera de mal gusto. Ni siquiera es progre: es rojo, antiguo y huele a rencor de clase.
La historia la escriben los poderosos. Y la transmitimos correveidiles como yo mismo. Sin embargo, suelen hacerla los desposeídos. Esos que no cuentan hasta el día en que deciden contar. Por eso casi nunca entendemos lo que pasa. Creemos que con nosotros, con nuestra democracia liberal, con nuestro libre comercio y con nuestra paguita culmina la evolución de la humanidad. Que se escondan los pobres, que se vayan los inmigrantes. Que nos dejen tranquilos". Y ahora, como decía Sócrates, Ιωμεν: nos vamos. Sean felices, por favor, a pesar de todo. Tamaragua, amigos. HArendt











jueves, 9 de noviembre de 2023

De la izquierda y los pactos con el independentismo

 






Los pactos con el independentismo no son de izquierdas
DANIEL GASCÓN
09 NOV 2023 - El País - harendt.blogspot.com

Los ciudadanos tienen derecho a manifestarse pacíficamente y el Estado debe actuar contra quienes lo hagan de forma violenta. Un representante público como Santiago Abascal no debe decir a la policía que no actúe. La sede de un partido no es el lugar adecuado para manifestar un desacuerdo con una medida política. No hay nada que celebrar en este clima de discordia. Por otro lado, resulta contradictorio que se pretendan amnistiar unos actos muy graves y que otros menos lesivos se presenten como un peligro para la democracia. Y asimilar a la extrema derecha toda disensión con los acuerdos encaminados a lograr la investidura, o fundir el rechazo de muchas personas a unas decisiones políticas con la actuación violenta de los ultras, es una estratagema cínica y cutre.
La derecha se opone a las cesiones al separatismo, pero lo raro es que no se critiquen también desde la izquierda. La amnistía contradice el principio de igualdad ante la ley. Si eres político o cercano a determinados partidos, puedes cometer sin castigo actos que se castigarían si no fueras político o si no tuvieras esa cercanía. La ley se vuelve caprichosa, personalista y voluble: deja de ser general, abstracta e impersonal. Se quiebra un principio general, y la fractura debería molestar particularmente a quien se preocupa por la igualdad. El Estado de derecho, patrimonio de los débiles porque limita la arbitrariedad del poder, se suspende.
Tampoco es fácil defender desde la izquierda la condonación de 15.000 millones de euros de deuda con el Estado a Cataluña, como propone el pacto entre el PSOE y ERC. Ha habido un cambio de criterio para favorecer a esta comunidad; también se anunció una quita del 20% en la deuda de todas las autonomías. La deuda de Cataluña —que responde a una ayuda para financiarse de manera más barata desde 2012— asciende a 86.000 millones, el 85% de ella con el Estado. “Una condonación homogénea de la deuda en manos del Estado concentraría la ayuda en Cataluña, que se llevaría uno de cada tres euros”, ha escrito Javier Jorrín. Ciudadanos de comunidades autónomas más pobres cargarán con esa deuda. La mala gestión de lo público, que debería importar a la izquierda, no se censura sino que se premia.
Vulnerar el principio de igualdad ante la ley y redistribuir el dinero de los pobres hacia los ricos no son políticas que se puedan defender desde la izquierda. Por eso muchos prefieren callar, esconderse tras falsos dilemas o simplemente mirar hacia otro lado. Daniel Gascón es escritor.












De los complejos de Feijóo

 






Los complejos de Feijóo
JORDI GRACIA
08 NOV 2023 - El País - harendt.blogspot.com

El activismo insurreccional con ribetes predemocráticos que asedió las sedes del PSOE en España y en particular en la calle de Ferraz de Madrid no es hijo de un malestar social o de una tensión política alimentada por la negociación de una amnistía. Es al revés: la negociación de una ley de amnistía por parte del PSOE con Puigdemont es el pretexto último y óptimo para que la escenificación de una calle al borde del estallido social traslade el mensaje de que España está hundiéndose en una crisis institucional insoportable. Vox es el agitador callejero y sin complejos de unas movilizaciones que buscan contagiar la sensación de caos con un culpable directo, “el dictador” Sánchez, como rezaba una de las pancartas de la noche del martes de la ultraderecha. No es fácil saber si la llamada a impedir la “autodestrucción nacional” que pedía José María Aznar hace unos días, en su modo más peligrosamente nacionalpopulista, es esta que estamos viviendo. La condena de la violencia de Elías Bendodo en la mañana de hoy, miércoles, en La 1 ha ido seguida de nuevo de una peligrosísima pirueta en boca de un líder de la derecha conservadora. Según ha dicho Bendodo, Pedro Sánchez quiere amnistiar hoy incidentes violentos más graves de los que está sufriendo estos últimos días ante la sede de su partido. La permisividad o incluso la tácita justificación de la violencia contra un partido es una temeridad de consecuencias imprevisibles que Cataluña vivió ya en carne propia: el apreteu de Quim Torra dirigido a los CDR alentó una violencia insurreccional que cogió su propio rumbo y dejó de estar bajo control de nadie.
Sigue hoy Bendodo la estela que dejó la noche del martes el deplorable tuit de Alberto Núñez Feijóo a las 23.03 en X, cuando ya se habían difundido ampliamente las imágenes del vandalismo: responsabilizó a Sánchez del “malestar social” en lugar de repudiar expresamente y sin paliativos el activismo callejero y matonil frente a Ferraz. La prioridad democrática e institucional de un líder como Feijóo la noche del martes debió ser atajar la violencia ultra en la calle y condenarla categóricamente, sin contemplaciones y sin complejos. Su irresponsable seguidismo ante los ultras delata que Feijóo no ha entendido todavía que la ultraderecha arrastra a la derecha sistemáticamente fuera de los límites de la democracia y de la resignación con los resultados obtenidos. Sus declaraciones de hoy, miércoles, tampoco están a la altura de liderazgo político en el PP: condenar la violencia, pero volver a apuntar a Sánchez por negociar la amnistía —cuando en la calle crece la violencia neofranquista de guerrilla callejera— desvía el centro de la cuestión: la violencia ultra solo puede condenarse, sea el que sea el motivo que la suscite.
La estrategia de deslegitimación que el PP reanudó desde la moción de censura que hizo a Sánchez presidente y prosiguió durante la legislatura del Gobierno de coalición alcanza estos últimos días un nivel de peligrosidad que está fuera de cualquier estándar democrático en la Unión Europea: a nadie se le ocurre que Macron pudiera contemporizar con la violencia callejera y menos aún invocar como justificación la sospecha de que el PSOE fomentase las concentraciones ante la sede de Génova hace casi 20 años. La demonización personal y política del presidente en funciones ha sido el principal argumento político de la oposición conservadora. Núñez Feijóo renunció muy pronto al marchamo de moderado selectivo con el que accedió a la presidencia del PP y prefirió instalarse en las trincheras de la descalificación sistemática e integral del líder de un partido y presidente del Gobierno de España. La frustrante victoria electoral del 23-J ha conducido a una exasperación nerviosa en el PP, sin haber digerido todavía que tener más diputados no se traduce necesariamente en obtener una investidura. Su socio de gobierno en múltiples comunidades y ayuntamientos en España no obtuvo el resultado suficiente como para hacer a Feijóo presidente, pero el líder del PP ni corrije el tiro ni parece sacar las consecuencias de ese fracaso a escala nacional. No es la proximidad hacia la ultraderecha la que puede darle la posibilidad de gobernar, sino el rotundo alejamiento del reaccionarismo y la insubordinación democrática que exhiben los líderes de Vox.
O el PP entiende que su futuro pasa por contener a la ultraderecha y plantar cara a su toxicidad democráticamente letal o cada vez más irá escorándose hacia posiciones que gran parte de sus votantes no comparten, como no comparten el vandalismo contra el PSOE que a sus dirigentes no les parece tan grave. La agitación de la calle y la movilización masiva es inseparable de la democracia, pero alentar la permanente exageración verbal, tensar al máximo la retórica demonizadora y anunciar la demolición de España en cada telediario también condena al PP a ser corresponsable de lo que su ultraderecha busca: la desestabilización militante como escenario deseable. Esa pesadilla es la que Feijóo está obligado a disipar sin complejos por respeto hacia la mayoría de sus propios votantes. Jordi Gracia es catedrático de Literatura.













Del sentido de la comunicación

 







Hola, buenos días de nuevo a todos y feliz jueves. Mi propuesta de lectura para hoy, de la escritora Marina Perezagua, va del sentido de la comunicación. Se la recomiendo encarecidamente y espero que junto con las viñetas que la acompañan, en palabras de Hannah Arendt, les ayude a pensar para comprender y a comprender para actuar. Sean felices, por favor, aun contra todo pronóstico. Nos vemos mañana si la diosa Fortuna lo permite. Tamaragua, amigos míos. harendt.blogspot.com






Veo una voz
MARINA PEREZAGUA 
04 NOV 2023 - El País - harendt.blogspot.com

Aeropuerto de Atlanta. Regreso de la Feria del Libro de Monterrey, México. El primer vuelo se ha retrasado, lo que me obliga a apresurarme para superar los trámites de inmigración y, con suerte, alcanzar el siguiente vuelo hacia Nueva York. En medio de las prisas, con mi equipaje de mano rozo de manera casual y mínima la pierna de un hombre. Me insulta con una violencia desorbitada. No quiero mirar hacia atrás, solo le oigo. Vuelve a insultarme y yo sigo de espaldas contando hasta diez antes de darme la vuelta. Ocho, nueve, y diez. Me giro para responderle y me sorprendo a mí misma. Sin haberlo pensado previamente ni haber recurrido a esta estrategia nunca antes, me dirijo al señor con el lenguaje de signos, una lengua que siempre me ha fascinado. La discusión termina ahí, tal vez debido a una especie de condescendencia absurda hacia la pobre sordomuda o, simplemente, porque el señor carece de estrategias para poder insultarme en lenguaje de signos.
En el libro Veo una voz, hay un pasaje bellísimo en el cual Oliver Sacks narra la historia de Ildefonso, un joven sordo de 27 años que vivió en un estado de confinamiento sensorial en una granja del sur de México. Uno de los rasgos más insólitos del caso es que, a pesar de no haber tenido acceso a ningún tipo de lenguaje, Ildefonso mantuvo su desarrollo mental más o menos estable. En 1987, Susan Schaller, académica e intérprete de signos, le escribió a Sacks una carta en la que le cuenta los progresos con el muchacho. Cuando al principio comenzaron a enseñarle el idioma de signos, el chico no entendía que querían comunicarse con él, y simplemente imitaba los movimientos. Durante meses no hubo avance alguno, sólo una repetición mímica, hueca. Cuando finalmente parecía que Ildefonso había comprendido que se trataba de una tentativa de algo parecido a la comunicación, resultó que carecía de la noción de presente o pasado. El lenguaje nos otorga la capacidad de situarnos en un tiempo, por tanto para él no había diferencia entre la pregunta “qué hiciste ayer” y la pregunta “qué harás mañana”, el sentido del tiempo era un continuo por la ausencia del lenguaje. Debido a su edad avanzada, Ildefonso parecía un caso perdido, hasta que una vez, en clase, apareció un gato. Entonces Schaller le mostró el signo correspondiente a “gato”, y repitió la palabra señalando al animal: gato, gato, gato. En ese momento, como en un chasquido de iluminación, Ildefonso entendió por primera vez que todas las cosas de su entorno, absolutamente todas, y también él, tenían un nombre, de manera que empezó a señalar objetos para averiguar el nombre y así verlos por primera vez. Ildefonso sólo comenzó a ser consciente de su entorno, a verlo, cuando fue capaz de nombrarlo. Tal como lo describe Susan Schaller, Ildefonso “tensa y dilata los rasgos de la cara lleno de emoción […] despacio al principio, luego con avidez, lo va captando todo, como si no lo hubiese visto jamás: la puerta, el tablero de anuncios, las sillas, los estudiantes, el reloj, y a mí... Ha entrado en el universo de la humanidad, ha descubierto la comunión de inteligencias. Sabe ya que él, y un gato, y la mesa tienen nombre”.
Pensaba en esta historia cuando esperaba mi turno en la cola de inmigración. En un mundo en llamas, ¿para qué utilizamos hoy la palabra? Esa palabra inicial, entendida como el gesto primordial que guía hacia las demás y desencadena la liberación de la inteligencia y la mente previamente aprisionadas, esa palabra, ha muerto a base de una reproducción infinita que la ha vaciado de contenido, una metástasis que se extiende por el cuerpo enfermo de un humano global. En el aeropuerto de Atlanta, podría haberle respondido al señor en el mismo idioma en el que me había insultado pero, en cambio y de manera intuitiva, escogí un idioma impenetrable para él. En esta torre de babel en la que los habitantes de hoy nos violentamos en todas las lenguas posibles, le ofrecí, pacíficamente, el silencio, el punto y aparte, el final de la discusión.
¿Pero cuál es el sentido de la comunicación hoy? Uno de los sentidos de la comunicación para cualquier especie es lograr un estado de convivencia que le permita sobrevivir, llegar a acuerdos, negociar de manera que los miembros de su misma especie puedan vivir en un futuro. Pero el humano de hoy parece haber roto cualquier pacto contra la comunicación y aquello que solía llamarse humanidad, y más bien somos como chimpacés perdidos con ametralladoras cargadas que no sabemos usar. Hemos hecho de la palabra un arma de discordia en un mundo hipernarrado y, por tanto, hiperfracturado, donde cada persona habla, habla, habla para no comunicar nada que salvaguarde nuestra vida e integridad como seres humanos. Si fuera posible, tal vez sería necesario olvidar nuestro idioma y aprenderlo de nuevo, para poder ver, para poder mirar por primera vez nuestro entorno, no el gato, o la pizarra, o la profesora que vio Ildefonso, sino los escombros que vamos dejando a nuestro paso, darnos cuenta por fin de que lo que estamos haciendo también tiene un tiempo y un nombre, una palabra, allí donde miremos: exterminio. No sólo contra todo aquello que vive, sino contra nuestro propio ecosistema físico y espiritual.


































[ARCHIVO DEL BLOG] Rosa Park in Catalonia. [Publicada el 19/09/2017]










Habría que tener más cuidado al nombrar figuras históricas que si bien no son dioses tienen rango de santos laicos, comenta el escritor y periodista Sergio del Molino, refiriéndose a la mención hecha por los independentistas catalanes a la mítica figura de Rosa Park.
Como seguramente muchos lectores desconocerán esa historia a la que con tanto cinismo como desvergüenza recurre Puigdemont y sus acólitos, recordemos quien fue Rosa Park. 
Rosa Parks, nacida Rosa Louise McCauley (1913-2005) fue una figura importante del movimiento por los derechos civiles en Estados Unidos. Y todo comenzó el día en que se negó a ceder su asiento en el autobús en el que viajaba a un joven blanco. 
Estamos en la ciudad de Montgomery, Alabama. Rosa Park tenía 42 años cuando el 1 de diciembre de 1955 tomó un autobús para volver a su casa. En ese momento, los vehículos estaban señalizados con una línea: los blancos delante y los negros detrás. Así, la gente de color subía al autobús, pagaba al conductor, se bajaba y subía de nuevo por la puerta trasera. Parks se acomodó en los asientos del medio, que podían usar los negros si ningún blanco lo requería. Cuando se llenó esa parte, el conductor le ordenó, junto a otros tres negros que viajaban en el vehículo, que cedieran sus asientos a un joven blanco que acababa de subir. «Este ni siquiera había pedido el asiento», dijo después Parks en una entrevista a la BBC. Los otros se levantaron, pero ella permaneció inmóvil. El conductor trató de disuadirla. Debía ceder su asiento, es lo que marcaba la ley. «Voy a hacer que te arresten», le dijo el conductor. «Puede hacerlo», respondió ella. Cuando la policía le preguntó por qué no se levantaba, contestó con otra pregunta: «¿Por qué todos ustedes están empujándonos por todos lados?». Fue encarcelada por su conducta, acusada de haber perturbado el orden. Y su gesto acabó con casi 100 años de discriminación legal en los estados sureños.
Contra lo que dice la doctrina religiosa, comienza diciendo Sergio del Molino, nombrar a Dios en vano no supone un agravio, por feo que le pueda sonar a un creyente, pero habría que tener más cuidado al nombrar figuras históricas que, si bien no son dioses, tienen rango de santos laicos. Como Rosa Parks, entronada como patrona de todo el que se dispone a desobedecer una ley. En términos formales, la analogía es válida: yo, alcalde/funcionario/ciudadano que lucha por la independencia de Cataluña, incumplo unas leyes injustas que no reconozco, del mismo modo que Rosa Parks se rebeló contra las leyes Jim Crow de Alabama. Pero el símil se desguaza en cuanto nos preguntamos en qué sentido un catalán del siglo XXI puede sentirse con respecto a España como un negro del sur de Estados Unidos con respecto a las leyes segregacionistas. Son tantísimas las distancias que hay que salvar entre ambas, llamémosles, opresiones, que un activista por los derechos civiles de Alabama de 1955 que se pasee por la Diagonal de 2017 en busca de ciudadanos apaleados, clamaría, ofendido: estos señores que salen de los restaurantes, ¿dicen que sufren como yo?
La invocación a Rosa Parks es un síntoma de la histeria que ha dominado el debate catalán desde el principio y que ha conducido a la situación límite en que se encuentra. En la última década, España ha visto crecer la miseria, desmantelarse su sistema bancario, hundirse sectores económicos enteros y asomar graves conflictos sociales que parecían impensables y olvidados, pero ninguno de estos problemas (ni siquiera con el 15M mediante) se ha abordado con el desquiciamiento, el griterío y la hipérbole con los que se discute sobre Cataluña, que, por comparación, debería parecerse más a una discusión aburrida de leguleyos y catedráticos, material poco inflamable para la plaza, casi ignífugo, como el acta de una reunión de comunidad de vecinos. ¿Qué hace de la cuestión catalana algo tan dado a expresarse en términos de tragedia de Lorca? El sentimiento patriótico, que convierte ofensas rutinarias en agravios que reclaman venganza.
Cuando alguien se siente Rosa Parks y no distingue entre los funcionarios y políticos del Estado español y el Ku Klux Klan, no solo se vuelve imposible el acuerdo, sino la mera posibilidad de una discusión. Ahora, con fiscales y jueces de por medio, es muy tarde para ponerse ingenuo, pero si queremos recomponer los puentes (y somos muchos los que lo queremos), deberíamos empezar por bajar el volumen y abandonar los símiles ridículos. Frenar, echar un vistazo y debatir acerca de lo que existe, no de los monstruos que la imaginación construye. ¿Estamos a tiempo de calmarnos y dejar tranquilos a los fantasmas de Rosa Parks y de Luther King?, se pregunta Del Molino. Sería de agradecer por el bien de todos. Y ahora, como decía Sócrates, Ιωμεν: nos vamos. Sean felices, por favor, a pesar de todo. Tamaragua, amigos.  HArendt














miércoles, 8 de noviembre de 2023

De la vergüenza propia y ajena

 






Ojalá la vergüenza sirviese para algo
SERGIO DEL MOLINO - El País
08 NOV 2023 - harendt.blogspot.com

Si yo fuera uno de los asesores monclovitas que se descuernan estos días por convencer al vulgo de que la amnistía es la más dulce de las medicinas y que hay que tomar una cucharadita por papá y otra por mamá, estaría encantado con los follones que se montan frente a las sedes del PSOE y mandaría un jamón a cada uno de los ocho vocales del Consejo General del Poder Judicial que promovieron el comunicado. Menudo favorazo han hecho a la causa: ahora, quienes nos oponemos a la amnistía podemos ser asimilados con magistrados partidistas y con hooligans que ondean banderas con el aguilucho.
Estamos acostumbrados a la lógica polarizada que dice que si te opones a los rojos, eres de los azules (y al revés), y bien sabemos que muchos se inhiben para que nadie les cuestione el pedigrí progresista. Conforme crece la histeria ambiental, quienes no guardamos la ropa antes de nadar nos quedamos más solos, y no lo digo como lamento, sino como constatación: somos bichos raros y nuestra voz suena cada vez más débil. Aclarar que oponerse a la amnistía no implica la menor aquiescencia con posiciones de derechas ni con kales borrokas aventadas por Vox —decir, incluso, que uno se opone a la amnistía por razones estrictamente izquierdistas— es una obviedad que malogra cualquier debate.
Abogaba David Trueba por la resistencia interior, la de las tortugas y los avestruces. Hay días en que apetece mucho esconder la cabeza. El bochorno, y no solo el miedo timorato a ser llamado facha, lo propicia.
Acabo de leer el último libro del filósofo Frédéric Gros, La vergüenza es revolucionaria, donde defiende (con muy poca convicción, el panfleto es un poco bluf) que la vergüenza puede ser motor de ira, y la ira, impulso de cambio. Yo siento mucha vergüenza, pero me paraliza en vez de movilizarme. Siento vergüenza por los que gritan “que te vote Txapote” y por los que intentan convencerme de que esta amnistía es por el bien común, y no por el bien particular de unos pocos. Siento vergüenza por quienes llevan todo el día la palabra diálogo en la boca y nunca se les ha visto dialogar con nadie que no les dé la razón. Siento vergüenza por un Gobierno que compadrea con gente tan indeseable como Gonzalo Boye o Laura Borràs, y siento vergüenza por una oposición que no tiene crédito ni dignidad, pues también la ha canjeado muchas veces por un puñado de garbanzos. Ojalá la vergüenza me inspirase algo mejor que impotencia y frustración. Al menos, no me inspira silencio. Todavía. Sergio del Molino es escritor.













Del futuro de la democracia

 





Hola, buenos días de nuevo a todos y feliz miércoles. Mi propuesta de lectura para hoy, del filósofo Daniel Innerarity, va del futuro de la democracia. Se la recomiendo encarecidamente y espero que junto con las viñetas que la acompañan, en palabras de Hannah Arendt, les ayude a pensar para comprender y a comprender para actuar. Sean felices, por favor, aun contra todo pronóstico. Nos vemos mañana si la diosa Fortuna lo permite. Tamaragua, amigos míos. harendt.blogspot.com









El futuro de la democracia
DANIEL INNERARITY - El País
03 NOV 2023 - harendt.blogspot.com

Se han escrito muchos libros acerca de si la democracia tiene futuro, tratando de responder a la pregunta de si va a sobrevivir y cuánto tiempo le queda, pero me temo que el problema no es ese, sino que la verdadera crisis de la democracia es la falta de futuro. ¿En qué sentido? No se trata tanto de si la democracia tiene futuro, sino de qué futuro tiene la democracia, qué futuro nos ofrece: cuál es la relación que la democracia tiene con el futuro, en qué medida lo configura, anticipa, proyecta o teme, qué promesas, visiones e imágenes del futuro nos proporciona. No es tanto el futuro que le espera a la democracia, sino el que nos espera a nosotros en una democracia.
Muchos defectos de las democracias actuales tienen que ver con la mala calidad del futuro que proyectan. Un buen presente no basta para que la democracia resulte atractiva. El modo como divisemos el futuro condiciona nuestro afecto a la democracia. Detrás de mucho desapego hacia ella no hay otra cosa que un futuro frustrado.
Las democracias suscitan expectativas y modos de relacionarse con el futuro, esperanza o precaución. La democracia tiene la función de articular futuros deseables y no puede vivir sin esa promesa. Si esa promesa deja de ser plausible, también deja de serlo la democracia. Tarde o temprano la desconfianza respecto del gobierno se convierte en desprecio al “sistema” para acabar siendo desafecto hacia la democracia.
La democracia está en crisis porque lo está su futuro y tal vez eso explique por qué resulta tan atractivo el pasado. La expresión más rotunda de esta ausencia de futuro es que el futuro prometedor consistiría en la recuperación de un pasado supuestamente glorioso; el futuro estaría realmente en el pasado. La frustración respecto del futuro se compensa retornando a un pasado político mejor o inmutable. Hay quien desea volver a un pasado en el que se tenía más futuro. Puede consistir en hacer que América vuelva a ser grande, en el Imperio británico antes de la Unión Europea, volver a la familia de antes o a la nación homogénea y colonial, a la masculinidad dominante e incuestionada. También se da una curiosa combinación de neoliberalismo y nacionalismo en esa nueva derecha que aspira a tener ambas cosas, mercado e imperio.
Aunque se perciba a sí misma como progresista, tampoco la izquierda se relaciona demasiado bien con el futuro y apela a mantener el presente; sueña con que las cosas se limiten a no empeorar, mantener las conquistas sociales (del pasado), con un lenguaje literalmente conservador. Y a pesar de que se autodenomine transformadora, no hay futuro alternativo, sino una especie de futuro continuo, como mera prolongación o supervivencia. En la izquierda hay actualmente más resistencia que revolución.
Podríamos tomar esta cuestión del futuro como el elemento que mejor nos define políticamente. En última instancia, las diferencias ideológicas se basan en diferentes relaciones con el tiempo. La izquierda está preocupada por la desaparición del futuro, mientras que la derecha está más bien preocupada por la desaparición del pasado; la izquierda lamenta que el pasado tenga tanto peso en el presente (que intenta contrarrestar con la política fiscal o con la propuesta de la herencia universal, por ejemplo) y la derecha lamenta exactamente lo contrario (tratando, por ejemplo, de impedir que se revise el pasado con leyes de memoria).
En este contexto, la nueva cuestión social es la de los futuros desiguales. Desde esta perspectiva, las grandes divisiones del presente lo son entre quienes tienen al futuro de su parte y quienes tratan de defenderse de él. La auténtica brecha social no es la llamada polarización, sino el hecho de que unos, como la canción de The Rolling Stones, pueden decir “el tiempo está de mi parte” y otros no. Ya no es el clásico conflicto distributivo acerca de la propiedad de dinero y bienes, sino sobre quién tiene razones para esperar qué.
El futuro significa cosas distintas para las personas, en función de su edad y condición, a veces incluso contrapuestas. La discusión política es una confrontación de distintos futuros. Tal vez esto explique el resentimiento contra los migrantes, que son pobres de presente pero ricos de futuro, por parte de ciertos sectores de la población que son exactamente lo contrario, favorecidos en el presente y preocupados por el futuro. La tecnología parece amenazar las competencias adquiridas (en el pasado) y convertirnos en inútiles para el futuro. La economía distribuye futuros de una manera muy desigual: la inflación socava las seguridades de los cálculos económicos, las tasas de interés afectan de diferente manera a la capacidad de endeudarse de los diversos sectores sociales, la deuda pública es un mecanismo que contribuye a que el futuro sea asimétrico para los diferentes grupos sociales según la edad. La estructura urbana también reparte futuros desiguales: la periferia en relación con el futuro se concentra en barrios, geografías vacías y lugares mal comunicados, la movilidad o el cambio climático no es lo mismo para todos, el aumento de las temperaturas afecta de distinta manera a unos trabajadores que a otros, que haya o no zonas verdes, piscinas públicas o refugios climáticos, buenos transportes colectivos, es necesidad para unos y gasto superfluo para otros.
La solución a todo esto pasa por hacer creíble la promesa democrática de un futuro mejor y compartido. Un indicador de qué lejos estamos de un futuro igualitario y hasta qué punto lo hemos privatizado es el hecho de que en las encuestas se valore mejor la economía personal que la situación económica general, una percepción que puede compaginar optimismo personal con pesimismo colectivo. La privatización del futuro consiste en no esperar nada bueno en el plano colectivo y estar satisfecho con la propia situación, una actitud que pone de manifiesto, entre otras cosas, que hemos desvinculado nuestro destino individual del común y que hemos abandonado a su suerte a aquellos cuyo destino personal depende especialmente del destino de todos. Pero la democracia no es la mera agregación de futuros individuales sino la configuración de un futuro del que en buena medida dependen los futuros individuales, sobre todo de aquellos cuya única esperanza es que la política funcione bien.
La gran cuestión que debemos plantearnos es si podemos perseguir nuestro futuro privado sin prestar atención a los futuros comunes. La idea liberal es que el Estado debe ocuparse de posibilitar el futuro privado, sin entender que, en la era de los destinos entrelazados y las amenazas compartidas, ni siquiera es posible la promoción personal sin el cuidado de ciertos bienes públicos. Para asuntos como el cambio climático, la salud pública o la seguridad no podemos garantizarnos privadamente la protección a la que tenemos derecho si no hay una estrategia compartida, pública y global, de ciertos bienes comunes, es decir, de un futuro igualitario. Con el aire acondicionado, sin acometer compromisos públicos y globales contra el cambio climático, lo único que nos aseguramos es una muerte más confortable.
El futuro no es solo un asunto individual o familiar, privado. La democracia es un procedimiento para hacer visible ese vínculo entre lo individual y lo colectivo, negociando su articulación. En ella se lleva a cabo la distribución equitativa de futuros haciendo explícito el futuro en el que queremos vivir y los correspondientes derechos y deberes.