miércoles, 9 de agosto de 2023

[ARCHIVO DEL BLOG] ¿De qué me sirve perdonar? [Publicada el 23/09/2019]









La víctima que sigue sufriendo es incómoda porque su dolor señala tanto a los culpables como a los cómplices y recuerda que hay un daño sin reparar, afirma la historiadora Edurne Portela.
Hace pocos días, comienza diciendo Portela, el 7 de septiembre, el abad de Montserrat, Josep María Soler, pidió públicamente perdón por los abusos sexuales a menores cometidos por religiosos en su monasterio, en particular por un depredador con nombre y apellido: Andreu Soler, quien abusó impunemente durante 40 años de un número todavía indeterminado de menores. El pederasta murió en 2008 sin haber sido juzgado por sus crímenes. “Muerto el perro, se acabó la rabia”, debieron de pensar los abades y monjes que lo protegieron. Hasta que ahora, el otro Soler, el abad, ha decidido airear el tema, pedir perdón y prometer “protocolos” (asumiendo así que el abuso de menores es inevitable y que lo que faltan son “protocolos” para detectarlo, en vez de erradicarlo).
Pocos días antes, concretamente el 4 de septiembre, Nora Strejilevich, superviviente de la dictadura argentina de Videla, estaba presentando en Madrid su obra Una sola muerte numerosa (Sitara, 2019), en la que recoge sus experiencias y las de aquellos que no sobrevivieron. No voy a hablar hoy de las víctimas secuestradas, torturadas, desaparecidas, exiliadas, de la dictadura genocida, sino de una respuesta que la autora dio a una mujer del público que le preguntó por el perdón. Strejilevich dijo que ella no tenía nada que perdonar a quien no asumía responsabilidades, a quien no había pagado por sus crímenes, a quien, en el peor de los casos, había vivido defendiendo su violencia; en el mejor, intentando ocultar la verdad. “¿De qué me sirve a mí perdonar?”, preguntó Strejilevich.
He defendido en más de una ocasión que el perdón a veces sirve más al verdugo que a la víctima. La víctima, de hecho, puede sufrir una reactivación de su trauma al tener que enfrentarse al dilema de si debe otorgar el perdón. Esto, por supuesto, no es cierto para todas las víctimas. Algunas sí aceptan la petición de perdón por parte de sus victimarios. Pero también es cierto que en esos casos ha habido normalmente un proceso anterior por el cual el victimario ha mostrado un interés por satisfacer las necesidades de la víctima en cuanto a la consecución de verdad y justicia. Sólo después de ese proceso previo, ha llegado el perdón. Sólo después de ese compromiso restaurador, el verdugo es perdonado.
En demasiadas ocasiones, la misma sociedad o comunidad que ha sido cómplice de los crímenes pasados (por su silencio, omisión o connivencia) exige a la víctima que perdone. La víctima que sigue sufriendo, sobre todo la que hace ese sufrimiento público, es incómoda porque su dolor señala tanto a los culpables como a los cómplices, recuerda que hay un daño sin reparar. Por eso a la víctima se le dice que, si perdona, se sentirá mejor, pasará página, olvidará el agravio. Si no lo hace, se le recriminará que vive en el pasado, que remueve heridas. Cuando la petición de perdón no es el paso final de una serie de medidas concretas de reparación (principalmente la investigación del crimen y persecución de los culpables con intervención de la justicia), no es más que un gesto vacío o, peor, un insulto. “¿De qué me sirve a mí perdonar?”, decía Strejilevich. No le sirve de nada porque lo que ella ha necesitado desde esa tarde de 1977 cuando la secuestraron y la llevaron a un centro clandestino de detención para torturarla brutalmente es justicia. ¿De qué les sirve a las víctimas de Andreu Soler que les pidan perdón cuando no se ha hecho justicia? Eso sólo lo saben ellos, pero el abad y sus colegas deberían preguntárselo. Y ahora, como decía Sócrates, Ιωμεν: nos vamos. Sean felices, por favor, a pesar de todo. Tamaragua, amigos. HArendt











Del buen gobernante

 






Hola, buenas tardes de nuevo a todos y feliz miércoles. Mi propuesta de lectura de prensa para hoy, de la jurista Mariola Urrea, va del buen gobernante. Se la recomiendo encarecidamente y espero que junto con las viñetas que la acompañan, en palabras de Hannah Arendt, les ayude a pensar para comprender y a comprender para actuar. Sean felices, por favor, aun contra todo pronóstico. Nos vemos mañana si la diosa Fortuna lo permite. Tamaragua, amigos míos. harendt.blogspot.com










Una idea de esperanza
MARIOLA URREA CORRES
06 AGO 2023 - El País - harendt.blogspot.com

Así ha titulado Ximo Puig lo que denomina una carta de urgencia, que recoge una primera reflexión tras ocho años de Gobierno y que nace, según afirma el autor, del sentimiento de que este tiempo no puede ser “un paréntesis entre dos nadas”. El texto, cuidado en sistemática y formulación, merece la pena ser leído. Incluye una reivindicación de la tarea de gobierno, con datos que actúan a modo de protector de un legado que puede estar amenazado por el Gobierno salido de las elecciones del 28-M. Más interesante me parece, sin embargo, la manera sutil con la que se describe una forma de entender y hacer política; y es ahí donde se percibe con claridad que lo que allí se dice está pensado. Se habla de respeto, de palabra, de identidad, de lealtad, de reputación, de protección, de progreso y de esperanza.
He disfrutado de su lectura en una semana en la que el acuerdo de PP y Vox en Aragón ha permitido configurar el último de los gobiernos autonómicos en el que el partido de Núñez Feijóo acepta, en una estrategia poco meditada, una agenda ultraconservadora que no difiere en términos generales de la que Santiago Abascal ya impuso en Castilla y León y ahora ha replicado en Extremadura, Valencia o Baleares. La ultraderecha nunca ha ocultado el propósito para el que pide la confianza a los ciudadanos en las elecciones: derogar todo aquello que tenga que ver con la memoria histórica, desmantelar el avance en derechos para determinados colectivos, apoyar una idea de familia, rechazar la inmigración ilegal y perseguirla con métodos poco compatibles con la legislación vigente, intervenir en el ámbito de la educación sobre presunciones ciertamente disparatadas, negar evidencias científicas en materia de emergencia climática, además de apostar por bajar impuestos sin reparar en sus consecuencias sobre el Estado de bienestar, entre otros.
Imponer estas y otras ideas en aquellos gobiernos autonómicos para los que Vox es determinante resulta de una lógica política aplastante. Lo propio cabe decir en el supuesto de que los escaños obtenidos por ese mismo partido en las elecciones generales pudieran ser de utilidad para investir a Alberto Núñez Feijóo como presidente. Pero, ¿qué consecuencias tendrá para el PP que la ultraderecha colonice elementos tan sensibles para una mayoría a la que dice aspirar a gobernar? El riesgo, como resulta fácil de intuir, no está solo en la cesión de un área determinada de gestión con más o menos competencias y presupuesto. La verdadera hipoteca que el PP ha contraído a nivel autonómico impacta en la identidad política de un partido que aspira legítimamente a gobernar España, lastrando de manera definitiva las posibilidades reales de lograr su objetivo.
Y es aquí donde vuelvo a la reflexión de quien fue presidente de la Generalitat valenciana cuando afirma que “quien no es capaz de entender todas las miradas de una sociedad diversa, quien no es capaz de respetar la polifonía de voces de una sociedad plural es imposible que gobierne bien”. La reflexión sirve para el gobierno de las comunidades autónomas, pero resulta todavía más necesaria cuando se trata de gobernar un país como España donde la fragmentación parlamentaria que tanto complica los escenarios de investidura es el reflejo de la diversidad que describe al conjunto de la sociedad y que determina el parámetro para ordenar su convivencia. De ahí que los debates previos a la configuración de una mayoría que avale una investidura estén trufados de temas que enfatizan este rasgo de nuestro país. La cuestión territorial es, sin duda, un elemento recurrente que exige para su administración exitosa una mirada en clave federal y altas dosis de lealtad entre las partes que componen el todo, algo en lo que España tiene todavía margen de mejora desde la dimensión jurídica, institucional y también política. No es tiempo ahora de detalles, sino de señalar que quien sea capaz de declinar el conjunto de pretensiones, intereses o aspiraciones que representan los distintos partidos políticos con representación en las Cortes Generales dará prueba de estar mejor capacitado para comprender a la España real y, desde ahí, ganarse el derecho a gobernarla.





























martes, 8 de agosto de 2023

[ARCHIVO DEL BLOG] Ochenta años del "Guernica" de Picasso. [Publicada el 11/05/2017]









Han coincidido las largas colas que se están formando en Madrid delante del Reina Sofía para visitar la exposición que celebra el 80º aniversario del Guernica, escribía en El País el historiador José Andrés Rojo, con la exhibición de fuerza de Estados Unidos sobre un remoto paraje de Afganistán para castigar con la madre de todas las bombas las actividades en ese país de los yihadistas del Estado Islámico. El resultado, cerca de un centenar de muertos.
El episodio que sirvió de inspiración a Pablo Picasso (1881-1973) para realizar la imponente obra, que presidió el pabellón de España en la Exposición Universal de París de 1937 —un encargo que le hizo la Segunda República—, fue el bombardeo de la legión Cóndor sobre Guernica, el 26 de abril de 1937, durante la campaña del Norte, en la que se habían volcado las fuerzas franquistas después de fracasar en la conquista de Madrid durante la Guerra Civil.
Era un día soleado de mercado y los habitantes de la villa andaban en sus cosas cuando aparecieron en el cielo los aviones Juncker, una de las tantas ayudas del régimen de Hitler a los militares que dieron el golpe de Estado. Primero lanzaron unas cuantas bombas pesadas, luego ametrallaron a la población cuando salía escopetada, y finalmente lanzaron bombas incendiarias. Dos horas y cuarenta y cinco minutos de puro infierno. Después regresaron a sus aeródromos, como quien dice, sin que se les estropeara el peinado. Murieron más de un centenar largo de personas (aunque las cifras han bailado mucho). Y eso fue lo que atrapó Picasso: el inmenso dolor de los inocentes. Por eso en su cuadro hay mujeres, una criatura sin vida, algunos animales. Y un hombre tirado con la espada rota: impotente para herir la fría indumentaria de las máquinas.
Todo el mundo parece que está gritando en el Guernica. Todos parecen agitados, desgarrados, rotos. Al mismo tiempo, el cuadro está como atravesado por un insoportable manto de silencio.
Fíjense en el relincho del caballo; si se fijan con atención, es insoportable. ¿Qué saben las bestias de ese castigo que les llega del cielo sin ningún aviso? ¿Qué saben de la guerra? Nadie podrá jamás hacerles entender a qué obedece ese brutal castigo que les cae sin venir a cuento. Igual salieron galopando desesperados. Corrieron y corrieron como locos. A alguno debió partirle el cuerpo uno de esos siniestros artefactos; igual otros se vieron envueltos en las llamas que las bombas provocaron. Quedaron las bestias asombradas ante tanto horror. Ahí está el toro (como si llorara).
Guernica era una ciudad indefensa. No se la atacó porque fuera un objetivo militar. La legión Cóndor simplemente hizo abdominales, ejercicios para lo que pudiera venir después. Franco se lo permitió. Y Picasso pintó su cuadro como un grito contra tanta aberración. En 1981, el Guernica regresó a España. En este país que tan mal se lleva con sus símbolos, llegó como un regalo a la nueva democracia. Y como un símbolo contra el terror, y a favor de la piedad, se ha quedado definitivamente con nosotros.
Les invito a visitar virtualmente conmigo la exposición Piedad y terror en Picasso que tiene lugar en el Museo Reina Sofía de Madrid entre los días 5 de abril y 4 de septiembre de este año, y el número especial que el diario El País le ha dedicado a la efeméride. Merece la pena que lo hagamos juntos. ¿Me acompañan?... Y ahora, como decía Sócrates, Ιωμεν: nos vamos. Sean felices, por favor, a pesar de todo. Tamaragua, amigos. HArendt









De la histeria digital

 






Hola, buenas tardes de nuevo a todos y feliz martes. Mi propuesta de lectura de prensa para hoy, del filósofo Daniel Innerarity, va de la histeria digital. Se la recomiendo encarecidamente y espero que junto con las viñetas que la acompañan, en palabras de Hannah Arendt, les ayude a pensar para comprender y a comprender para actuar. Sean felices, por favor, aun contra todo pronóstico. Nos vemos mañana si la diosa Fortuna lo permite. Tamaragua, amigos míos. harendt.blogspot.com








La histeria digital
DANIEL INNERARITY 
05 AGO 2023 - El País - harendt.blogspot.com

El rápido desarrollo de la inteligencia artificial también ha causado gran inquietud entre los representantes de la inteligencia natural. En los últimos meses parece haberse convertido en una tendencia que quienes tienen más responsabilidad nos estén advirtiendo contra ella. A la petición de una moratoria ha seguido la exhortación de algunos expertos acerca de unos riesgos que equiparan a la guerra nuclear y las pandemias, las declaraciones de Geoffrey Hinton tras abandonar Google en las que prevenía de una inmediata superación sobre nuestra inteligencia y, también, la comparecencia en el Senado de Estados Unidos de Sam Altman, director de OpenAI, creadora del ChatGPT, con su posterior gira europea reclamando una mayor regulación de la inteligencia artificial. No sabe uno si interpretar estas manifestaciones como arrepentimiento o exhibición de poderío, como operación de mercadotecnia o estrategia para protegerse de futuras reclamaciones legales. En cualquier caso, todos ellos desarrollan una narrativa que sitúa a la inteligencia artificial en el terreno de lo mágico más que en el espacio de la responsabilidad.
El efecto imprevisible de estas nuevas tecnologías se compara con una guerra nuclear y una pandemia, mientras se anuncia una previsible extinción del género humano. El anuncio de tales peligros recuerda a otros miedos previos en nuestra historia reciente, como los que surgieron en los inicios de la revolución industrial, el escepticismo frente a las primeras vacunas o el rechazo de la electrificación. Ninguna de las disrupciones provocadas por estas tecnologías ha acabado con el género humano, por cierto. Más bien han proporcionado grandes avances, en algunos casos acompañados de nuevas crisis y conflictos. Comparar los riesgos de las tecnologías digitales con los nucleares es muy poco apropiado. Con todo su potencial terrorífico, las armas nucleares eran relativamente fáciles de controlar; por un lado, debido a que son costosas de fabricar y, por otro, a que están localizadas en un lugar, de manera que basta con asegurar el acceso a ellas. La tecnología digital e internet son todo lo contrario: un sistema distribuido, virtual y accesible, es decir, algo por principio imposible de asegurar. Por otro lado, la comparación con las pandemias tiene el efecto de presentar los peligros de la inteligencia artificial como si surgieran espontáneamente, como la mutación de un virus. Aquí desaparece nuevamente cualquier responsabilidad que pudiéramos identificar como el resultado de las decisiones conscientes de sus desarrolladores. ¿A quién se dirigen las advertencias sobre los riesgos asociados a las decisiones que han tomado precisamente quienes las lanzan? Escuchar a algunos gurús de la inteligencia artificial reclamando que los políticos regulen es como si unos ladrones (perdón por la metáfora) recriminaran al dueño de la casa por no haber cerrado bien las puertas.
Después de haber disfrutado de la libertad de la ausencia de reglas, los tecnólogos de Silicon Valley acaban de descubrir el alivio populista de descargar toda la responsabilidad en los políticos. La élite de la inteligencia artificial podrá decir en el futuro, cuando pase algo, que ya advirtieron de los peligros, cuya responsabilidad no correspondería a quienes los originaron, sino a quienes no nos protegieron lo suficiente frente a ellos. Esa falta de responsabilidad política de los expertos en tecnología suele venir acompañada por una cierta frivolidad a la hora de emitir mensajes sobre probables futuros. A los demás nos cabe la esperanza de que si se equivocaron a la hora de hacerse cargo de los riesgos que estaban provocando, también fallen en sus previsiones acerca de lo que puede suceder. Podríamos hacer una lista de sus predicciones incumplidas, así como de sus empresas fallidas y preguntarnos después cuál es la razón para que debamos creerles ahora. La incapacidad de algunos expertos para valorar correctamente la tecnología que supuestamente conocen es uno de los motivos por los que conviene ponderar con otros criterios lo que hacen y dudar un poco más de lo que dicen.
Con esto no excluyo que haya que tomarse en serio sus advertencias, aunque no sean completamente desinteresadas. Es posible incluso que algunas sean verosímiles, pero no exactamente por las razones que aducen. La menos creíble es la que pronostica una superinteligencia que nos convertirá en dóciles subordinados. No hace falta que la inteligencia artificial nos supere (lo que es una afirmación que carece de fundamento epistemológico y forma parte más bien de la ciencia ficción) para saber que, además de enormes beneficios, va a crearnos graves problemas. Los sistemas de inteligencia artificial pueden producir daños sin necesidad de ser superinteligentes, más bien precisamente porque no lo son. Tenemos otros términos para designar a quien, un humano o una máquina, hace daño y es muy listo: puede ser sagaz, astuto, exacto, hábil, pero no será socialmente inteligente.
De lo que podemos estar seguros es de que no acertaremos a hacer lo debido sin entender bien qué es lo que realmente está en juego. Si no podemos especificar lo que hay que regular hay pocas posibilidades de regularlo. Una buena prueba de este desconcierto es que la pregunta por la tecnología se resuelve con frecuencia en términos de optimismo o pesimismo. Si tuviéramos un mejor conocimiento de las cosas y de su posible evolución, ya no tendría sentido dividirnos entre optimistas y pesimistas. Pese a toda la carga de incertidumbre que rodea a estas tecnologías, nuestros análisis y previsiones tendrían una mayor objetividad. La necesidad de apostar a un impreciso estado de ánimo en relación con lo que pueda pasar disminuye en la misma medida en que hacemos mejores análisis acerca del futuro posible.
Esta falta de buenos análisis acerca del complejo entramado social en el que se inserta la tecnología (con dimensiones antropológicas, sociales, medioambientales, legales, éticas y políticas) es lo más preocupante de la actual situación. Parafraseando lo que Lichtenberg decía de la química, podríamos afirmar que quien solo sabe de tecnología ni siquiera sabe de tecnología. Tal vez eso sea lo que explica el tono histérico de sus llamamientos a hacer algo, incapaces de recurrir a otra cosa que no sea un futuro espantoso. A los anunciadores de los posibles problemas del futuro parecen interesarles menos los reales problemas del presente, de los que se ocupa precisamente la Unión Europea en su paciente regulación: la opacidad, los riesgos, los derechos, para los que prefiere un tono desacomplejadamente burocrático que el trompeteo épico.
Tenemos que debatir intensamente acerca de qué hacer con la que probablemente es la tecnología más poderosa de todos los tiempos, para lo cual no es un buen comienzo coquetear con la idea del fin del mundo. Prestemos atención a otros finales, buenos y malos, de cosas concretas (en el trabajo, la comunicación, el poder, la democracia…), de los que nos distraen los escenarios apocalípticos.
































lunes, 7 de agosto de 2023

[ARCHIVO DEL BLOG] Mitos y falsedades en la Historia. [Publicada el 02/09/2014]








Acabo de terminar la lectura de una magnífica novela que me recomendó mi hija Ruth sobre la Gran Guerra, la de 1914, de la que se cumple este año el centenario. Se trata de "Nos vemos allá arriba" (Salamandra, Barcelona, 2014), del escritor francés Pierre Lemaitre, que ha ganado, entre otros, el Premio Goncourt 2013 por este libro. No es una novela sobre la guerra, pero sin el trasfondo bélico de la misma sería imposible de entender. Pero no quería hablar de ella, aunque se la recomiendo encarecidamente, sino sobre la otra "gran guerra", esa de cuyo inicio se cumplieron ayer 75 años con la invasión de Polonia por las tropas alemanas. Es decir, de la II Guerra Mundial. 
Hay mitos y mitos. Destruir los falsos mitos, los que se construyen sobre datos erróneos, tergiversados, mal interpretados o lisa y llanamente inventados o prefabricados con alevosía y premeditación es labor primordial de los historiadores.
Entre mis libros de cabecera hay uno, "Lecciones sobre la filosofía de la historia universal", de G.W.F. Hegel (1770-1831), al que le profeso especial estima. Lo tengo en dos ediciones, una de la Biblioteca Universal-Círculo de Lectores (Barcelona, 1996) y otra de Alianza Universidad (Madrid, 1980).
Es en esta última en la que figura un extenso y clarificador prólogo del filósofo José Ortega y Gasset (1883-1955) en el que hay una frase que contrapone la labor del "filósofo" a la del "historiador". No me me resisto a reseñarla: "Tener 'ideas' es cosa para los filósofos. El historiador debe huir de ellas. La idea histórica es la certificación de un hecho o la comprensión de su influjo sobre otros hechos. Nada más, nada menos".
Hace justamente cinco años el historiador Ángel Viñas dedicó en El País a la efeméride un documentado artículo titulado "Un tiempo de sangre y fuego", en el que desmontaba algunos falsos mitos, entre ellos, el existente sobre el pacto Stalin-Hitler que para algunos fue el paso previo necesario para la invasión, pero también sobre otros antecedentes que tuvieron como escenario la guerra civil española de 1936-1939. Les recomiendo su lectura, y por supuesto, la de la interesantísima novela de Pierre Lemaitre citada al comienzo. Sean felices por favor, y ahora, como también decía Sócrates, "Ιωμεν": nos vamos. Tamaragua, amigos. HArendt












De la desmitificación de la derecha

 






Hola, buenas tardes de nuevo a todos y feliz lunes. Mi propuesta de lectura de prensa para hoy, del filósofo Josep Ramoneda, va de la desmitificación de la derecha. Se la recomiendo encarecidamente y espero que junto con las viñetas que la acompañan, en palabras de Hannah Arendt, les ayude a pensar para comprender y a comprender para actuar. Sean felices, por favor, aun contra todo pronóstico. Nos vemos mañana si la diosa Fortuna lo permite. Tamaragua, amigos míos. harendt.blogspot.com






La desmitificación de la derecha
JOSEP RAMONEDA
04 AGO 2023 - El País - harendt.blogspot.com

El proceso electoral que ha culminado con el fracaso del PP de Alberto Núñez Feijóo ha abierto en canal algunas de las ficciones sobre las que se estructura la política española. Y ha puesto en evidencia el alejamiento de la realidad en el que habita el complejo económico-político-mediático que se siente hegemónico en la opinión publicada y en su autosuficiencia ha perdido el pulso de la opinión pública real. Quisieron creer y hacer creer que la hegemonía ideológica de la derecha era incontestable y se ha constatado que solo era un ejercicio de confusión de los deseos con las realidades. Las certezas de la derecha se han llevado a tal extremo que una parte de la ciudadanía se ha sentido amenazada, generando una oleada de complicidad en la resistencia.
Con una reacción que ha desbordado a los poderes que se sienten propietarios del país, los ciudadanos han dibujado, y no es la primera vez, un mapa político que choca con el negacionismo de los que no quieren ver lo que no les gusta. Al PP le ha faltado una dirección política con autoridad, autonomía y tacto para percibir lo que los poderes que lo amparan —y de los que cada día es más deudor— no quieren saber y, en consecuencia, para buscar soluciones políticas a los problemas políticos.
Donde la ciudadanía ha demostrado mayor sensibilidad contra la normalización del neofascismo por parte del PP ha sido en Cataluña y en el País Vasco. Sin el resultado del PSC, hoy el presidente Sánchez no estaría cantando victoria. Los 200.000 votos que se pasaron de los partidos independentistas al socialista son significativos de una sensibilidad que antepone parar los pies al neofacismo antes que cualquier otra consideración. Cada elección tiene su contradicción principal y en esta el voto útil era decir no al autoritarismo posdemocrático votando a quien tenía mayor capacidad para ponerle freno. Dando al mismo tiempo una inesperada lección a Europa dónde pocos confiaban en que fuera España quien rompiera la dinámica reaccionaria en curso.
Este dato es importante además porque pone en evidencia lo que los poderes hispánicos se empeñan en negar: la realidad plurinacional del país. Algo que el nacionalismo español nunca ha querido aceptar impidiendo de esta forma buscar soluciones institucionales aceptables para todos. Que un país este compuesto de varias naciones no significa que tenga que fragmentarse en varios estados independientes. Siempre que sea capaz de asumir las diferencias, ampliar el reconocimiento y adaptar al Estado en consecuencia, que es lo que en España se niega y lo que explica que la resistencia al autoritarismo posdemocrático haya sido mayor en Cataluña y en el País Vasco que en el resto parte del territorio en que la defensa de la unidad de la patria ha pesado más que la reacción contra el neofascismo.
Y en una línea entrelazada va el segundo dato significativo de estas elecciones, que Víctor Lapuente ha subrayado en estas mismas páginas. El voto femenino como otro factor determinante del patinazo de la derecha, atrapada en la reacción de buena parte del mundo masculino que vive, más o menos conscientemente, el empoderamiento de la mujer como una amenaza. Con lo cual se hace evidente que el supremacismo machista es el caldo cultural que alimenta la ebullición de Vox y en buena medida al PP. Y nos da la pista para entender por qué las mujeres han ido más prestas al voto útil contra la oleada de autoritarismo posdemocrático que los hombres.
Estas dos señales, que las urnas transmiten de modo elocuente, deberían ser por sí mismas un impulso para afrontar con cierta apertura mental los regateos políticos que nos esperan ahora para la formación del próximo Gobierno. Y evitar de este modo que las miserias políticas, el cálculo mezquino que antepone el imperativo de las grandes apuestas —aun con conciencia de que no están en el orden del día— a la realidad de lo posible, se impongan y bloqueen los criterios de reconocimiento y de responsabilidad compartida que realmente puedan hacer cambiar alguna cosa.
Se abre una brecha de oportunidad para avanzar en tres direcciones que deberían calar en las instituciones en el futuro próximo: el rechazo al autoritarismo posdemocrático que amenaza al capitalismo posindustrial, es decir, financiero y digital; el reconocimiento de la realidad plurinacional de España, adaptando un Estado que se niega a aceptarla y favoreciendo el respeto mutuo entre las distintas naciones; y, evidentemente, el empoderamiento de la mujer y la debilitación del supremacismo machista como horizonte estratégico inmediato. Son las tres columnas de la reafirmación democrática que los ciudadanos han puesto sobre la mesa en estas elecciones, pillando a la derecha política, económica y mediática a contrapié, y presionando a la izquierda con la intuitiva reacción democrática del voto útil contra el autoritarismo posdemocrático. Una modesta señal de esperanza en un mundo democráticamente cada vez más turbio.