miércoles, 25 de enero de 2023

[ARCHIVO DEL BLOG] Adoquines de la memoria. [Publicada el 12/12/2017 ]










A diario camino por calles en las que décadas atrás, allá por los años cuarenta del siglo pasado, sonaban las sirenas, ardían las casas, se hacinaban los escombros, escribe en El Mundo el escritor y profesor Fernando Aramburu. Sobrevivieron pocos vestigios de aquella época en el mobiliario urbano, comienza diciendo. Las calles y las avenidas conservan sus nombres antiguos a condición de que estos no hagan referencia a personas vinculadas en calidad de cómplices con la historia criminal del nacionalsocialismo. También la ciudad, muy cambiada de aspecto, se sigue llamando como entonces, Hannóver, donde resido. Hay que andar bastante para encontrar fachadas anteriores a la Segunda Guerra Mundial. Algunos edificios recobraron parte de su aspecto original tras ser reconstruidos. Mueren los ancianos y con ellos se va esfumando la memoria viva de aquellos años terribles.
A veces, yendo por aquí o por allá, uno se topa con unos pequeños bloques de latón incrustados en el suelo, ante la entrada de ciertas casas. El número es variable. Lo mismo hay un bloque que dos. No lejos de mi domicilio puede verse un grupo de cuatro, cada uno de ellos dedicado a un miembro de una familia apellidada Hein. Tienen forma de adoquín con las aristas y las esquinas redondeadas. En su cara superior, de un tamaño de 10 por 10 centímetros, figura el nombre, grabado en el metal, de una víctima del nacionalsocialismo, así como unos cuantos datos de su trágico destino. Traduzco un ejemplo: Aquí vivía Henriette Gottschalk, nacida Rothschild, en 1849, deportada en 1942 a Theresienstadt, muerta el 20.10.1942. A pocos pasos de allí, delante de otro portal, hay un adoquín dedicado a una mujer que sobrevivió. Es frecuente leer el nombre de Auschwitz y la palabra asesinado. Quizá la casa donde vivían las personas evocadas fue destruida durante los bombardeos. En tal caso, el adoquín se emplaza en un lugar aproximado.La palabra alemana que designa estos adoquines brillantes es Stolperstein, compuesta de stolpern, tropezar, y Stein, piedra. El vocablo se resiste a una traducción precisa. He leído por ahí la forma española «piedras de tropiezo». Con todos mis respetos, no me parece acertada. Los adoquines fueron concebidos en 1992 por el artista Gunter Demnig. Se trata, pues, en su origen, de una iniciativa particular cuyo objetivo es la creación de un monumento descentralizado, disperso por países y ciudades, en honor de las víctimas del nacionalsocialismo; no de todas juntas, en montón estadístico, sino singularizada cada una de ellas con su nombre y unos datos intransferibles. Es imposible recordar a todas las víctimas. Harían falta más de seis millones de adoquines. Yo celebro que no siempre se delegue la gestión de la memoria colectiva, sobre todo si está empañada de dolor, en la clase política.
El abanico de infortunios (o de crímenes) abarca los asesinatos, las deportaciones, las expatriaciones forzosas o la inducción al suicidio. He averiguado que en el verano de 2017 habían sido colocados en torno a 61.000 adoquines, no sólo en Alemania. Cada uno cuesta unos 120 euros, aunque presumo que habrá variaciones en el precio de unos lugares a otros. Se financian mediante donativos. Hay adoquines repartidos por veintiún países europeos. Pueden verse asimismo en Cataluña, donde honran la memoria de algunos republicanos españoles recluidos en campos de concentración nazis.
Gunter Demnig colocó el primer adoquín el año 1992 frente al Ayuntamiento de Colonia. ¿Su propósito? Fijar en el recuerdo la deportación, cincuenta años atrás, de un millar de gitanos. La piedra albergaba en una oquedad interior una copia del decreto firmado con dicho fin por Heinrich Himmler. Fue sustraída en 2010, se ignora si por discrepancias ideológicas o por afán de coleccionismo. No está de más precisar que en los primeros años los adoquines de la memoria fueron colocados sin permiso municipal. La primera ciudad que los autorizó expresamente fue Salzburgo en 1997.
Los adoquines de la memoria merecen en Centroeuropa una aceptación general, pero no completa. Muchos transeúntes pasan por encima de ellos sin prestarles atención o sin tener idea ninguna de lo que significan. Puede asimismo suceder que, en determinadas fechas, manos anónimas depositen junto a los adoquines velas encendidas o flores. Así, por ejemplo, cada 27 de enero, cuando se celebra el Día Internacional de Conmemoración en Memoria de las Víctimas del Holocausto, o al llegar el 9 de noviembre, cuando se recuerdan los pogromos de 1938. No han faltado los actos vandálicos de signo ultraderechista en forma de ataques con pintura o robos. A principios de 2017, en Dresde, los adoquines de la memoria aparecieron cubiertos de notas con nombres de ciudadanos muertos durante los bombardeos de los aliados en febrero de 1945, en un intento burdo de neutralizar unas víctimas con otras.
La iniciativa ha suscitado igualmente debates no exentos de polémica. De "insoportable" llegó a tildarla Charlotte Knobloch, quien años atrás presidió el Consejo Central de los Judíos en Alemania. Su argumento, por descontado respetable, reposa en la metáfora de la memoria pisoteada. Dicho de otro modo, las pisadas de los transeúntes, deliberadas o no, supondrían una vejación para las víctimas del nacionalsocialismo, lo mismo que la suciedad acumulada sobre los adoquines, con no imposible aportación canina. Otras voces judías se distanciaron públicamente de esta opinión. El propio vicepresidente del Consejo Judío, Salomon Korn, respaldó sin tapujos el proyecto de Gunter Demnig. Puestos a confrontar una metáfora con otra, se ha llegado a argüir que bajar la mirada para leer las inscripciones comporta una inclinación de respeto.
No han faltado ciudades (Múnich, que yo sepa) cuya autoridad municipal prohibió la colocación de adoquines de la memoria acogiéndose a las ordenanzas, a la manera como la alcaldía de San Sebastián mandó, tiempo atrás, retirar las placas de recuerdo de algunas víctimas de ETA, instaladas por Covite en algunas fachadas de la ciudad. Vecinos ha habido en Alemania que se opusieron al proyecto de los adoquines de Demnig alegando que sus viviendas perdían valor o que los inquilinos se exponían a agresiones de activistas de ultraderecha.
España no es el único país para el cual la memoria de los hechos sangrientos de su pasado constituye un motivo frecuente de disensión. El viejo dicho, según el cual conviene cultivar el recuerdo de las injusticias y los desmanes históricos para que no se repitan en el futuro, lo considero una bondadosa pompa de jabón. A las víctimas cercanas en el tiempo, la memoria les ofrece un espacio, acaso el único y cada vez más tenue, para una posible reparación y también para la solidaridad y el afecto de algunos, antes del olvido definitivo. La llamada memoria histórica debería servirnos para algo más que ajustar cuentas, reavivar rencores o tratar de cambiar a voluntad el signo de los viejos tiempos. Redundaría en provecho de la sociedad si valiera para hacer de cada uno de nosotros, o al menos de muchos, mejores personas. No sé, más serenas, más sensibles, mejor educadas. Yo, por si acaso, he tomado la costumbre de no pasar sobre los adoquines de la memoria sin detenerme un instante a leerlos.
Y ahora, como decía Sócrates, Ιωμεν: nos vamos. Sean felices, por favor, a pesar de todo. Tamaragua, amigos. HArendt












martes, 24 de enero de 2023

De los adalides del capitalismo

 






Hola, buenos días de nuevo a todos y feliz miércoles. Mi propuesta de lectura de prensa para hoy, del escritor Antonio Muñoz Molina, va sobre los adalides del capitalismo. Se la recomiendo encarecidamente y espero que junto con las viñetas que la acompañan, en palabras de Hannah Arendt, les ayude a pensar para comprender y a comprender para actuar. Nada más por mi parte salvo desearles que sean felices, por favor, aun contra todo pronóstico. Nos vemos mañana si la diosa Fortuna lo permite. Tamaragua, amigos míos.










Siempre lo supieron
ANTONIO MUÑOZ MOLINA
21 ENE 2023 - El País

En el plazo de poco más de una semana hemos sabido que los últimos ocho años han sido los más cálidos desde que existen registros de temperaturas, y también que la compañía petrolífera Exxon Mobil tuvo antes que nadie la información científica suficiente para prever ese calentamiento y para determinar su causa. En 1980, nadie hablaba todavía de cambio climático. Había incluso predicciones sobre la inminencia de un nuevo período glacial. Pero fue entonces cuando un superpetrolero propiedad de Exxon que cubría el trayecto entre California y el golfo Pérsico fue equipado en secreto y por primera vez con sensores que medirían los niveles de dióxido de carbono en la atmósfera y en el agua del mar. Año tras año, acaba de saberse ahora, equipos de científicos al servicio de la compañía acumularon datos y crearon modelos matemáticos de una capacidad predictiva tan asombrosa como el cinismo de los ejecutivos que llevan cuatro décadas negando lo que ellos supieron antes que nadie.
Exxon Mobil, igual que las otras petrolíferas que dominan el mundo, han seguido amasando beneficios que nadie puede calcular con el pleno conocimiento de que alimentaban una catástrofe de escala planetaria, y al mismo tiempo, sin el menor escrúpulo, han invertido cantidades colosales de dinero —ínfimas para ellos— no ya en esconder la información que poseían, sino además en negar su evidencia, en sembrar la confusión y la duda, y en comprar a políticos y personajes influyentes y financiar campañas de propaganda y manipulación, saboteando legislaciones protectoras del medio ambiente, desacreditando las energías renovables, alimentando el negacionismo climático o, más sutilmente, la supuesta incertidumbre científica sobre las causas del calentamiento global y hasta su realidad.
En un libro demoledor, Mercaderes de la duda, publicado en España por Capitán Swing, Erik M. Conway y Naomi Oreskes revelan el entramado de astucia y desvergüenza y la enormidad de los recursos invertidos en la construcción de una mentira que se presenta insidiosamente como una muestra de escepticismo y cautela racional, incluso de insobornable rigor científico. Los gobiernos son débiles, las políticas de transformación ambiental son siempre difíciles y pueden ser impopulares, los recursos públicos limitados: el dinero y el poder que acumulan compañías como Exxon Mobil pueden comprarlo y manipularlo todo, y además esconder la evidencia de su propia manipulación. En los años noventa, cuando sus propios informes ya alertaban, con palabras literales, de “un cambio potencialmente catastrófico”, Exxon publicaba anuncios a página entera en el New York Times desmintiendo que hubiera pruebas de la influencia negativa de la quema de combustibles fósiles, y sugiriendo que el calentamiento, en caso de existir, podría tener efectos benéficos.
Los mercaderes de la duda aplicaron un modelo de metódico engaño que había probado su eficacia durante al menos medio siglo, el de las compañías tabaqueras. Fomentar el cáncer de garganta y de pulmón es un negocio tan rentable como envenenar la atmósfera y arruinar la biosfera. Mucho antes que los servicios de salud pública, los empresarios del tabaco habían tenido las pruebas de la letalidad de su mercancía, pero la cuenta de resultados dependía tanto de la del incremento de la adicción y la muerte que valía la pena invertir lo que fuera en ocultar la verdad y en sembrar la confusión y la duda cuando esa ocultación ya no era posible. El vaquero machote que cabalgaba en el anuncio de Marlboro había muerto de cáncer de pulmón por culpa del tabaco, pero aún quedaban expertos venales y lujosos despachos de abogados dispuestos a entorpecer las medidas legales contra el tabaquismo, e incluso almas tenaces cuyo sentido extraviado de la rebeldía les llevaba a vindicar como ejercicio de libertad personal lo que no es ni ha sido nunca más que un cautiverio destructivo.
Ellos siempre son los primeros en saber. Los magnates de las empresas tecnológicas son tan conscientes del daño que pueden hacer sus productos que en las escuelas de élite de Silicon Valley no están permitidas las pantallas. Un exdirectivo de Facebook declaraba hace poco: “No sabemos lo que estamos haciendo a los cerebros de nuestros hijos”. También los dueños de la compañía Purdue Pharma tenían la certeza de que el opiáceo OxyContin era más adictivo que la cocaína y de que cuantas más personas se engancharan a él y más devastadores fueran sus efectos personales y sociales mayores dividendos les regalaría.
No estoy seguro de que las compañías petrolíferas tengan miedo de verse sometidas, como las tabaqueras en Estados Unidos en los años noventa o como los dueños de Purdue Pharma, a demandas judiciales que les cuesten miles de millones. Ganan tanto dinero que hasta la multa más cuantiosa que pueda imponerles un Estado o un tribunal les parecerá risible. No hay poder en el mundo equiparable al suyo. No hay calamidad que no les favorezca ni crisis de la que no salgan fortalecidas. En un tiempo de empobrecimiento para la inmensa mayoría leo en este periódico: “Las refinerías de Repsol multiplicaron por seis su margen de ganancia”. La legitimidad del capitalismo se basa en la doctrina de que el enriquecimiento de las empresas privadas favorece el bienestar general, pero esa lógica se quiebra con el espectáculo obsceno de una prosperidad que se alimenta directamente de la pobreza, de la guerra, de la enfermedad, de la muerte. “Repsol, como el resto de colosos petroleros mundiales, vivió en 2022 un año de vino y rosas”, dice el periódico. “La reciente fase de escasez de gasolina y, sobre todo, de gasóleo en Occidente a raíz de la guerra ha provocado un drástico aumento de los beneficios en las refinerías”. Los Estados no disponen de medios para sostener la sanidad pública. Incluso teniendo contratos dignos de trabajo, muchas personas no pueden costearse el alquiler de una vivienda. Hay niños que llegan a la escuela sin haber desayunado. En los nueve primeros meses del año pasado, sigo leyendo en el periódico, Repsol se anotó un beneficio de 3.200 millones de euros, “un 66% más que en el mismo periodo de 2021″.
Los países más pobres, que son los más azotados ya por el cambio climático y los menos culpables de sus causas, exigen en vano ayudas económicas que serían apenas una fracción de los beneficios que esas compañías siguen acumulando a costa de la aceleración del desastre. Ahora ya sabemos todos lo que descubrieron a principios de los años ochenta los científicos de Exxon Mobil, y lo que sus ejecutivos han hecho tanto esfuerzo por esconder a lo largo de estas cuatro décadas, mientras la curva de sus beneficios dibujaba una trayectoria ascendente paralela a la de la acumulación en la atmósfera de gases de efecto invernadero. Estos han sido también los 40 años en que los Estados y las instituciones internacionales se han ido debilitando, sometiéndose a las presiones de fuerzas económicas formidables que han impuesto por todas partes la eliminación de las garantías legales y las regulaciones que en Estados Unidos durante el New Deal y luego en la Europa de posguerra sirvieron para poner límites a la codicia y al abuso de los más poderosos y favorecer un cierto grado de justicia social. También los señores de las finanzas sabían antes de 2008 que la burbuja de especulación que los estaba enriqueciendo era insostenible, y también ellos se arreglaron para ser los únicos que no pagaran las consecuencias de su propio delirio. Millones de personas se quedaron sin casa, pero ningún banquero fue a la cárcel. Solo un masivo impulso progresista en una institución democrática supranacional como la Unión Europea tendría algo de la fuerza necesaria para poner coto a esta gente. Es una pobre esperanza, pero me temo que no hay otra.

























[ARCHIVO DEL BLOG] ¿Una Constitución mundial? [Publicada el 17/04/2020]









Un grupo de filósofos y activistas proponen una norma que sirva de “brújula de todos los Gobiernos para el buen gobierno del mundo". Y si las crisis globales exigen soluciones globales, ¿no sería la hora de crear una Constitución  mundial?, se pregunta en El País [Las crisis globales exigen soluciones globales. El País, 3/4/2020] el periodista y escritor Braulio García Jaén. 
"Los periodos prolongados de calma favorecen ciertas ilusiones ópticas”, decía el escritor alemán Ernst Jünger en La emboscadura: “Una de ellas es la suposición de que la inviolabilidad del domicilio se funda en la Constitución, se encuentra asegurada por ella -comienza diciendo García Jaén-. En realidad la inviolabilidad del domicilio se basa en el padre de familia que aparece en la puerta de la casa acompañado de sus hijos y empuñando un hacha”. La catástrofe desencadenada por el coronavirus podría considerarse uno de esos momentos que Jünger considera de la verdad, a condición de cambiar de escala. En mitad del caos, donde Jünger veía al padre como garante de la seguridad, ahora reaparece el Estado —nacional— como el garante último de la vida de sus ciudadanos. Más allá de bienintencionados acuerdos internacionales y esferas supranacionales como la Unión Europea, papá Estado parece el único capaz de garantizar la inviolabilidad del territorio y proteger a sus nacionales.
Pero ¿tiene sentido cerrar las fronteras para luchar contra el coronavirus? ¿No es ese retorno a la soberanía nacional una reacción melancólica frente a un peligro sin pasaporte? ¿No recuerda ese gesto en el fondo a las colas que hemos visto formarse ante las tiendas de armas en Estados Unidos? ¿No era eso matar moscas a cañonazos? Un grupo de juristas y activistas ha elegido un camino muy distinto y, a pesar del momento crítico y convulso actual, ha lanzado una idea colosal: una Constitución de la Tierra como herramienta de gobernanza global. Frente al reflejo nacional, la imaginación cosmopolita quiere avanzar en la globalización del derecho.
“No es una hipótesis utópica”, dijo el exmagistrado y filósofo del derecho italiano Luigi Ferrajoli durante la primera asamblea de este movimiento en Roma el 21 de febrero pasado. “Al contrario, se trata de la única respuesta racional y realista al mismo dilema que Thomas Hobbes [autor de Leviatán y teórico del Estado moderno] afrontó hace cuatro siglos: la inseguridad general de la libertad salvaje o el pacto de coexistencia pacífica sobre la base de la prohibición de la guerra y la garantía de la vida”, explicó.
El contexto de la asamblea era a la vez antiguo y rabiosamente actual: la Biblioteca Vallicelliana, una institución tan vieja como Hobbes, y en la capital de Italia, que detectaba entonces el primer contagio local por el virus. Pero la idea lleva años fraguándose, promovida por el periodista italiano Raniero La Valle, y se había anunciado formalmente en Roma en diciembre de 2019, cuando el coronavirus era aún una realidad sin nombre ni reconocimiento oficial en China. “Hace años que se viene trabajando en una misma dirección, aunque desde diferentes perspectivas, como la necesidad de un nuevo contrato social”, cuenta por teléfono desde Buenos Aires, Argentina, Adolfo Pérez Esquivel, premio Nobel de la Paz y otro de los promotores. Ahora la necesidad es viral y vital.
“La Constitución del mundo no es el Gobierno del mundo, sino la regla de compromiso y la brújula de todos los Gobiernos para el buen gobierno del mundo”, en palabras de Ferrajoli, autor de Constitucionalismo más allá del Estado (Trotta, 2018). El sujeto constituyente no sería esta vez un nuevo Leviatán, sino los habitantes del mundo, “la unidad humana que alcance la existencia política, establezca las formas y los límites de su soberanía y la ejerza con el fin de continuar la historia y salvar la Tierra”, afirmó en Roma. El proceso exige la adhesión de los Estados.
La destrucción del medio ambiente, el clima, el hambre o la seguridad de los migrantes parecían los problemas más urgentes hasta la pandemia que ha desatado la peor crisis desde la II Guerra Mundial, según Naciones Unidas. Pero no todo el mundo ve oportuna una iniciativa así en un momento como este.
“La Constitución de la Tierra es la carta de Naciones Unidas”, dice Josu de Miguel, profesor de Derecho Constitucional de la Universidad de Cantabria. “Y si tenemos dificultades para la afirmación de una noción básica de derecho internacional para todos los pueblos, el paso a una Constitución de la Tierra me parece ingenuo”, añade. Además, para De Miguel, que se doctoró con una tesis sobre el Consejo de Europa, “el elemento utópico puede ser contraproducente”.
El final de la II Guerra Mundial es el punto de referencia, tanto para quienes defienden dar ese paso como para sus detractores. “Si al final de la guerra nos hubieran dicho que hoy iba a haber una Corte Penal Internacional, o que en Europa y América Latina la convención de los derechos humanos se iba a imponer a los Estados, no nos lo hubiéramos creído”, afirma Luis Arroyo Zapatero, catedrático de Derecho Penal de la Universidad de Castilla-La Mancha, en favor de la idea del constitucionalismo planetario. De Roma salieron, en 1957, los tratados fundacionales de la actual Unión Europea, “que entonces era una idea extravagante de los franceses y, casi en exclusiva, de Jean Monnet”, añade Arroyo.
“Los que idearon la Comunidad [Económica Europea, germen de la UE] escaparon siempre a la ingenuidad del momento utópico”, recuerda De Miguel, autor de Kelsen versus ­Schmitt. Política y derecho en la crisis del constitucionalismo (Guillermo Escolar Editor, 2019). “Por eso pensaron en el funcionalismo: empezar con objetivos pequeños, ir consolidándolos, trabajando por la integración y que a partir de esos elementos se vaya creando la comunidad política”, explica.
La UE tuvo un momento constitucional. “En 2004 se pensó que si movilizamos una Constitución, movilizaremos una comunidad política. Pero no funciona así, quizá los ciudadanos creen que las Constituciones las hacen los pueblos, unos parlamentarios en una asamblea constituyente, etcétera”. En 2005, el proyecto de Constitución europea encalló en los referendos de Francia y Holanda, que votaron en contra. Pero los derechos fundamentales están garantizados en la práctica por los tratados y el Tribunal de la UE.
“La Constitución europea fracasó por la prevalencia de los nacionalismos”, recuerda Ferrajoli por teléfono desde Roma. “Por el analfabetismo de los soberanistas”, dice en referencia a la versión actualizada de las teorías de Carl Schmitt —sin pueblo no hay Constitución— que para él representan Salvini en Italia y Orbán en Hungría, pero también los “ricos” del norte. “No hay ningún pueblo unitario, la voluntad del pueblo es al final la voluntad del jefe”, añade Ferrajoli, que subraya el pasado nazi de Schmitt.
Para Ferrajoli, una Constitución no es la voluntad de la mayoría, sino la garantía de todos. La Constitución mundial obligaría a proteger la igualdad, el derecho a la no discriminación o la salud. Derechos que pertenecen a “la esfera de lo no decidible” y que no pueden estar a merced de las mayorías. Nadie, dice, está hablando de un Estado mundial: “Cada país deberá poder seguir decidiendo sobre lo decidible”, es decir, las políticas que no violentan los derechos fundamentales.
Con 2.500 millones de personas confinadas en el mundo, la crisis sanitaria prueba, en su opinión, que solo las “soluciones globales” garantizan nuestra supervivencia. “Es absurdo que acumulemos armamentos para la guerra y que no acumulemos mascarillas para una pandemia”, añade Ferrajoli. ¿Está la comunidad internacional madura para una propuesta como la suya? “No soy tan ingenuo: es un proceso que tardará muchos años, pero es necesario lanzar el debate público”.
Y ahora, como decía Sócrates, Ιωμεν: nos vamos. Sean felices, por favor, a pesar de todo. Tamaragua, amigos. HArendt












lunes, 23 de enero de 2023

De los narcisistas

 








Hola, buenos días de nuevo a todos y feliz martes. Mi propuesta de lectura de prensa para hoy, del escritor Juan Gabriel Vásquez, va sobre los narcisistas. Se la recomiendo encarecidamente y espero que junto con las viñetas que la acompañan, en palabras de Hannah Arendt, les ayude a pensar para comprender y a comprender para actuar. Nada más por mi parte salvo desearles que sean felices, por favor, aun contra todo pronóstico. Nos vemos mañana si la diosa Fortuna lo permite. Tamaragua, amigos míos.








El tiempo de los narcisistas
JUAN GABRIEL VÁSQUEZ
19 ENE 2023 - El País

De un tiempo para acá, una palabra que antes era especializada, o que formaba parte solamente del léxico de ciertas profesiones, ha estado apareciendo en la prensa y en discursos diversos, como si hubiera descubierto de repente los placeres de vivir al aire libre. La palabra es narcisista; la hemos visto aplicada a Donald Trump, por ejemplo, y, como narcissist es un sustantivo, ha venido acompañado de adjetivos para describir mejor al expresidente: maligno es uno de los más usados. No sé cuándo haya empezado esta palabra a hacerse presente en nuestra conversación de todos los días, pero hace poco me encontré —es la maldición de los que acumulamos revistas— un artículo de Vanity Fair publicado allá por los meses remotos de 2015, cuando el mundo era otro en parte porque Donald Trump no había sido elegido todavía. En él, un grupo de psicólogos y psiquiatras se atrevía a lanzar por primera vez su veredicto: estábamos ante un narcisista de libro de texto, un caso extremo en un oficio —el de los políticos― de casos extremos, y la idea de que un hombre semejante llegara a la presidencia tenía que ser motivo de preocupación.
Todo en el artículo era alarmante. Para George Simon, profesor de seminarios sobre comportamientos manipuladores, Trump era un narcisista tan perfecto que sus apariciones públicas eran inmejorables como ilustración de las características de este desorden; si no tuviera a Trump, decía Simon, se vería obligado a contratar actores y dibujar viñetas. Hablando del bullying, los constantes comportamientos de matón y la tendencia a la humillación del otro que Trump había convertido en estrategia cotidiana, el psicólogo clínico Ben Michaelis hacía un diagnóstico preciso. “El narcisismo es una defensa extrema contra los propios sentimientos de inutilidad”, decía. “Degradar a la gente es en realidad parte de un trastorno de personalidad”. Wendy Behary, que aparecía en el artículo como autora de un estudio titulado Desarmar al narcisista, hablaba de la relación que tienen los narcisistas con la verdad: “Los narcisistas no son necesariamente mentirosos, pero se sienten notoriamente incómodos con la verdad. La verdad significa la posibilidad de sentirse avergonzados”. La vergüenza que les causan sus carencias o sus fracasos es lo que los especialistas llaman la herida narcisista; en el caso de Trump, la herida es del tamaño de su ego.
El artículo de Vanity Fair, recuerdo bien, causó un revuelo predecible. Dar semejantes diagnósticos rompía con un precedente de la vida política estadounidense: la llamada “regla Goldwater”. En 1964, la revista Fact publicó una suerte de encuesta en la que los psiquiatras opinaban sobre la idoneidad psicológica del senador Barry Goldwater, candidato a la presidencia. El senador demandó a la revista y ganó, y desde entonces se instaló un tabú entre los profesionales de la salud mental, que dejaron de emitir diagnósticos sobre los políticos… hasta que apareció Trump, y la inquietud fue demasiada como para quedarse callados. Siete años después del artículo, todo el que haya estado medianamente despierto ha podido ver las consecuencias de poner a un narcisista en posiciones de poder, pues los hay varios y en varios países: donde hay un Trump hay un Putin. No hay nada nuevo en el hecho mismo, por supuesto: desde que Havelock Ellis lo identificó a finales de siglo XIX, el narcisismo como desorden mental nos ha permitido entender mejor a Hitler y a Stalin, y fantasear con la idea de todo lo que no habría ocurrido si alguien le hubiera dicho al uno que pintaba bien y al otro que no era mal escritor.
Pero el diagnóstico de narcisismo es algo serio, y el narcisista es una persona tóxica que hace daño a quienes lo rodean. Pues bien, en los últimos tiempos hemos recurrido al mismo término para describir un fenómeno muy distinto: la emergencia en las redes sociales de un nuevo egocentrismo que hoy nos parece síntoma de algo más. Hay un ensayo de Falso espejo, el libro de Jia Tolentino, que lo explica con elocuencia. Tratando allí de analizar el fenómeno por el cual nuestra actividad en internet suele limitarse a lo que está de acuerdo con nuestras opiniones y prejuicios, Tolentino llega a esta conclusión que me parece inapelable: el problema con las redes sociales tal como están concebidas es que sitúan la identidad personal en el centro del universo. “Es como si nos hubieran puesto en un mirador desde el cual se ve el mundo entero”, dice, “y nos hubieran dado unos prismáticos que hacen que todo se parezca a nuestro propio reflejo. A través de las redes sociales, muchas personas han llegado rápidamente a ver toda nueva información como una especie de comentario directo sobre quiénes son”.
Me gusta ese ensayo porque Tolentino, aparte de ser buena ensayista, es una milenial muy activa en redes, con lo cual habla o parece que hablara desde una autoridad que otros escépticos no tenemos. Pero cualquiera que tenga la mirada lúcida, o que pueda salir a mirar el mundo sin esos prismáticos que todo lo distorsionan, se ha dado cuenta recientemente de que detrás de muchos de nuestros enredos contemporáneos está la misma causa: la hipertrofia de las identidades, que responde también a su fragilidad o a su incertidumbre. En Corre a esconderte, una de las novelas más inteligentes que he leído en los últimos meses, Pankaj Mishra pone a un personaje (no muy simpático, dicho sea de paso) a hablar de estos tiempos en los que todo el mundo se ha convertido en una marca, y, por lo tanto, en promotor de sí mismo. “Nadie”, dice, “ni siquiera los más ricos y bellos y famosos, está seguro de quién es, y todos luchan por ser reconocidos en la economía de la atención de las redes sociales”.
Y esto es un problema. Son esas identidades demasiado frágiles e inciertas las que han desterrado de tantos lugares el debate serio, aunque a veces sea airado y aun hiriente, y han anulado la diversidad de puntos de vista cuando alguno parece escandaloso o simplemente heterodoxo, y han reemplazado el enfrentamiento y el conflicto, tan necesarios y saludables en una sociedad abierta, por la cancelación (otra de las palabras clave de nuestro tiempo) y el silenciamiento del contradictor: que deja de ser contradictor, por supuesto, para convertirse en amenaza y enemigo. Estos individuos exigen al mundo entero que los vea como quieren ser vistos, aunque para ello sea necesario que el mundo cambie su comportamiento, sus opiniones y su lenguaje; tienen una sensibilidad hipertrofiada, y se han convencido de que el mundo entero debe tener como máxima prioridad cuidar sus emociones y protegerlos de las ofensas. Las ofensas pueden ser imaginarias, es decir, sólo existir en la mente del ofendido; pero el ofendido seguirá exigiendo que se le respeten a toda costa, porque son suyas y para él son reales, y eso es lo único que importa.
Un día sabremos medir hasta qué punto estas distorsiones han afectado nuestra forma de dialogar, de negociar y, sobre todo, nuestra forma de votar. Pero si es necesario nombrar el mundo con precisión, habremos de convenir que una cosa son los narcisistas malignos tipo Donald Trump, cuyas patologías y carencias (como lo sabe todo el que haya leído a Shakespeare) tienen un efecto muy real en nuestras vidas políticas, y otra muy distinta el “narcisismo”, entre comillas muy grandes, como rasgo de carácter del mundo virtual. Sin duda los dos están comunicados por pasajes subterráneos. También esto habría que explorarlo alguna vez.

















[ARCHIVO DEL BLOG] La democracia en Europa. [Publicada el 20/07/2017]











Como saben bien los lectores de Desde el trópico de Cáncer soy un ferviente partidario del proceso de unificación europea. Proceso que evidentemente no viene de ahora mismo sino que tiene antecedentes más lejanos. Si me permiten la fabulación: el del Imperio romano, el de Carlomagno, y por qué no, también, el del emperador Carlos V, que tan bien precisara en su día su canciller, el cardenal italiano Mercurino Arborio di Gattinara.
Estoy leyendo ahora mismo un formidable libro en defensa de la Unión Europea, o si lo prefieren, de su proyecto de unificación y de lo que ella representa. Se trata de La democracia en Europa. Una filosofía política de la Unión Europea (Galaxia Gutenberg, Barcelona, 2017), del profesor Daniel Innerarity, tantas veces citado por mí en este blog. 
Hay dos cosas que matan a la política, dice al comienzo del mismo, la excesiva distancia y la excesiva cercanía. La democracia no está reñida con la complejidad, sigue diciendo, es, por el contrario, el sistema de gobierno que mejor la gestiona debido a su dinamismo interno y a su capacidad de autotransformación. Como advirtió Hans Kelsen, dice más adelante, la idea de un interés general y una solidaridad orgánica que trascienda los intereses de grupo, clase o nacionalidad es, en última instancia, una ilusión antipolítica. La construcción de la voluntad general no puede ser hoy sino un compromiso entre diferentes actores, niveles institucionales, pluralidad de valores y culturas políticas. Todo un programa que comparto sin duda alguna.
Buscando documentación para esta entrada me encuentro con un artículo de Raimundo Ortega, leído en un ya lejano octubre de 2003 en Revista de Libros [https://www.revistadelibros.com/una-constitucion-europea/] en el que reseñaba dos publicaciones de aquel entonces, La democracia en Europa (Siglo XXI, Madrid), de Larry Siedentop, y Une Constitution européenne (Fayard, París), de Robert Badinter, dedicadas al proceso de unificación europea, y más concretamente, al de creación de una Constitución europea, que como todos ustedes saben, fracasó tristemente por obra y gracia, entre otros factores, de franceses y holandeses. El citado artículo, de acceso libre en Revista de Libros, se iniciaba con una cita del que fuera presidente de la Corte Suprema de los Estados Unidos, John Marshall, pronunciada en 1821: «El pueblo hizo la Constitución y el pueblo puede deshacerla. Es hechura de su voluntad y por su voluntad únicamente vive.»
Y ahora, como decía Sócrates, Ιωμεν: nos vamos. Sean felices, por favor, a pesar de todo. Tamaragua, amigos. HArendt











domingo, 22 de enero de 2023

De monopolios y democracias

 







Hola, buenos días de nuevo a todos y feliz lunes. Mi propuesta de lectura de prensa para hoy, de los economistas J. Antonio. y M. Ángel Herce, va de monopolios y democracias. Se la recomiendo encarecidamente y espero que junto con las viñetas que la acompañan, en palabras de Hannah Arendt, les ayude a pensar para comprender y a comprender para actuar. Nada más por mi parte salvo desearles que sean felices, por favor, aun contra todo pronóstico. Nos vemos mañana si la diosa Fortuna lo permite. Tamaragua, amigos míos.









¿Monopolio o democracia? Una buena sociedad
JOSÉ ANTONIO y MIGUEL ÁNGEL HERCE
18 ENE 2023 - Revista de Libros

La pregunta que titula la entrada de esta semana no es nueva. Tampoco es complicada en la disyuntiva que plantea o en la generalidad con que está enunciada. Cuando un agente social, ya sea con armas o con maquinaria, se alza con demasiado poder y consigue mantenerlo por algún tiempo sin que sea neutralizado, el resultado suele ser la subyugación y explotación de muchos otros seres humanos. Si un poder tan desmesurado surge en el seno de una sociedad abierta y democrática, la democracia se degrada y la lucha contra el monopolio se convierte en una lucha política.
A pesar de lo que parece meridanamente claro, las sociedades ricas, especialmente cuando avanzan por sendas de prosperidad suficientemente compartida, tienden a perder la perspectiva que proporcionan los marcos en blanco y negro, sin matices, como el que da comienzo a nuestra reflexión de hoy.
Y, sin embargo, la realidad del poder, es decir la contradicción que le impide mantenerse intacto indefinidamente, sacude de vez en cuando los cimientos del orden establecido creando procesos que es difícil entender y, aún más, controlar y conducir. Y aunque no nos referimos a procesos políticos en exclusiva, la irrupción y desarrollo de nuevas –o renovadas– fuerzas y tensiones acaban por convertirlos en fenómenos políticos, querámoslo o no.
Etimológicamente, la palabra monopolio significa un único vendedor de un producto o servicio, de forma que controla el precio de mercado junto con la tecnología la innovación que el monopolista está dispuesto a utilizar para mantener su dominio y beneficios. Un pariente cercano del monopolio es el oligopolio, en que el único vendedor se convierte en un grupo reducido de vendedores que consiguen mantener un cierto grado de control sobre precios, tecnología e innovación.
La lucha contra los monopolios viene de antiguo en la mayoría de los países. Curiosamente es el monopolio del Estado el encargado de desarrollar políticas de regulación de monopolios y reforzamiento de la competencia en los mercados, por medio de agencias gubernamentales, leyes y recursos pare que dichas agencias sean efectivas y para que las leyes se cumplan. Si no hay recursos –presupuestos y personal competente– las agencias antimonopolio y las correspondientes leyes serán tigres pe papel y papel mojado.
Pero, con ser importante, leyes, recursos y talento con que dotar a las agencias antimonopolio gubernamentales, hay algo más que es necesario, si no vital en la creación y funcionamiento de esta parte tan importante del buen gobierno.
A ese algo más podríamos llamarle una filosofía del antimonopolio o una teoría de la defensa de la competencia. Y, en cualquier caso, parte de una filosofía o una teoría de la defensa práctica de la democracia.
Durante los últimos quince años, el 75% de las industrias en Estados Unidos aumentaron la concentración de mayores cuotas de mercado unas pocas empresas1. Con casi inverosímil regularidad, los números 4 y 90% se repiten al recitar las cifras relevantes hoy. Proporcionaremos unos brevísimos ejemplos, seguidos de uno más detallado por su interés.
En el sector de la fabricación de bombillas, cuatro empresas controlan el 90% del mercado.
En la industria de fabricación de neumáticos, cuatro empresas controlan el 90% del mercado.
Cuatro grandes empresas de electrodomésticos controlan el 90% del mercado.
La manufactura de papel para uso sanitario y domestico (toallas, servilletas, etc.) está dominada por cuatro empresas que controlan el 90% del mercado.
La industria del ganado vacuno en Estados Unidos abarca a cientos de miles de ranchos familiares de varios tamaños, los fabricantes de piensos, las grandes plantas de procesamiento y empacamiento, las cadenas de distribución y los supermercados que venden el producto a los consumidores. Es una industria que factura unos 67 mil millones de dólares al año. Los cambios que se han producido en esta industria en los últimos cuarenta años proporcionan un ejemplo canónico del impacto de los monopolios.
Hay ranchos de ganado vacuno en Estados Unidos que han estado en manos de la misma familia por más de 100 años. En ese tiempo, muchas de estas familias han visto desaparecer negocios en las calles principales de multitud de pueblos y pequeñas ciudades en el centro de los extensos ranchos. Hoy quedan apenas unos pocos negocios en estos pueblos y pequeñas ciudades, en muchos casos la oficina de correos local tan solo, siempre amenazada por los déficits estructurales de la agencia federal de correos estadounidense.
En el oeste americano, existen hoy medio millón menos de ranchos familiares, un 40%, de los que existían en los años 80 del pasado siglo. Esta es la consecuencia, en parte, de los cambios que han tenido lugar en casi cuarenta años en la industria de la carne bovina en Estados Unidos.
Para los consumidores, la impresión es que esta industria es bastante competitiva en el sentido de que hay muchos rancheros, mucha carne de vaca, y muchas tiendas en que venderla y comprarla.
Pero en realidad, esta imagen no tiene en cuenta las características del segmento de la industria que conecta rancheros con distribuidores y consumidores. Este segmento, constituido por las plantas encargadas de matar, procesar y empaquetar las reses que acaban en los supermercados, es una industria en sí misma que, como un puño que se cierra en el punto de contacto entre rancheros y consumidores, exprime a aquellos y controla a estos funcionando como un monopolio de hecho que está llevando a muchos rancheros, y a las pequeñas comunidades en que viven, a la ruina.
Hoy son grandes cuatro empresas (otra vez cuatro, Tyson Foods, Cargill, National Beef Packing Company y JBS, estas dos últimas de propiedad brasileña) las que controlan un 85% del procesamiento y empaquetado de la carne de vacuno. Los productores (ranchos familiares) reciben 37 centavos por dólar pagado por el consumidor por su producto, poco más de la mitad de los 62 centavos por dólar que recibían en 1977, cuando las cuatro mayores empresas controlaban tan solo un 25% del mercado.
Frente a este empobrecimiento de los ranchos familiares, los consumidores pagan precios cada vez más elevados que han permitido a las cuatro grandes empacadoras triplicar sus beneficios en los últimos dos años. A todo esto se une la presión de las grandes empacadoras para importar vacuno de otros países sin declarar el origen, en un intento claro de confundir al consumidor.
Los ejecutivos de estas poderosas empresas han declarado recientemente en el Congreso de Estados Unidos, insistiendo que los rancheros tienen la elección de no vender sus reses si el precio no es suficiente para cubrir costes. Pero esto no es cierto. Un ranchero no puede dejar de vender una res lista para el matadero por más de dos o tres semanas. Esto no es una elección.
El presidente Biden recientemente hizo declaraciones a favor de una reforma del sistema de oligopolio en esta industria, en un contexto más general, que es el de dotar a la agencia federal de lucha contra el monopolio –la Federal Trade Commission– de más recursos y personal. Además de estos planes, la presidenta de la comisión, Lina Khan, ha venido haciendo importantes declaraciones sobre algo a que el título de esta entrada, y nuestra inicial reflexión, alude directamente: Una nueva, o renovada, idea de la lucha contra los monopolios. Esta idea es que el poder absoluto corporativo se traduce en poder político. En especial, impide la aprobación de leyes o su cumplimiento cuando se aprueban, lo cual es una amenaza a la elaboración de políticas democráticas.
De la manufactura de bombillas, ruedas de coche y cabezas de res, pasaremos al sector de la tecnología estadounidense, donde otras cuatro empresas, Microsoft, Google, Facebook y Amazon, están eternamente en la mente de admiradores y detractores.
Hace exactamente un año, el 18 de enero de 2022, Microsoft anunció su intención de adquirir Activision Blizzard, creador de videojuegos tan populares como Candy Crush o Call of Duty por 69 mil millones de dólares, tres veces más de lo que Microsoft ha pagado por su adquisición más grande hasta la fecha2. Si la compra se aprueba, algo que podría decidirse a en la segunda mitad de este año, Microsoft se convertiría en la tercera empresa de videojuegos más grande del mundo.
A las pocas horas del anuncio de Microsoft, Lina Khan, la presidenta de la Federal Trade Commission, anunció en un rueda de prensa un programa de modernización de la agencia que preside, centrado en la creación de un nuevo marco legal para hacer frente a la reciente ola de adquisiciones en el sector de tecnología, y en otros sectores, en Estados Unidos. En palabras concisas de Lina Khan, «los monopolios no son solamente malos para los consumidores sino también para la democracia».
Para dar una idea del contexto en que surge el nuevo, o renovado, activismo regulador de la Federal Trade Commission, el sector de la tecnología es un buen ejemplo.
Las agencias reguladoras de la competencia, en Estados Unidos y en muchos otros países, carecen de recursos y personal especializado suficiente para realizar su importante misión. En parte debido a estas carencias, se concentran en casos de considerable tamaño e impacto potencial. Su teoría del daño causado por los monopolios se limita al perjuicio al consumidor, medido por mayores precios, y a la potencial reducción en la investigación e innovación.
Sin embargo, las adquisiciones que se vienen produciendo en el sector tecnológico plantean retos que van más allá de la teoría convencional de las agencias reguladoras de la competencia. Por ejemplo, Microsoft ha adquirido en el pasado pequeñas empresas sin atraer el interés o escrutinio del regulador. Ni siquiera el precio de la transacción era publicado. En el muy dinámico segmento de la Inteligencia Artificial, más de sesenta pequeñas startups, han sido adquiridas por las grandes empresas de tecnología en los últimos diez años. Las plantas, equipos y talento en estas pequeñas empresas son, a diferencia de los conglomerados de antaño, altamente fungibles, es decir, pueden pasar de una tarea a otra, de un producto a otro, con suma facilidad.
Este entorno crea un reto sin precedentes a las agencias reguladoras de la competencia en los países avanzados y punteros en la investigación. Si antes de la disrupción tecnológica de los últimos treinta años, dichas agencias reguladoras cumplían su misión a trancas y barrancas, las carencias hoy se hacen mucho más evidentes y la necesidad de puesta al día, tanto en recursos como en ideas, se hace hoy perentoria.
Facebook adquirió Instagram en 2012 por mil millones de dólares y WhatsApp por 16 mil millones en 2014. En ambos casos, el precio de compra fue un récord en su momento. Y como en muchas otras de tales adquisiciones, la explicación del comprador fue que la experiencia del consumidor mejoraría. En el caso de la adquisición de Activision Blizzard, Microsoft también ha manifestado su convicción de que el consumidor será capaz de acceder a videojuegos desde cualquier plataforma, ya sea una consola, un smartphone, un laptop o una tableta. En todos los casos, los compradores declaran que los respectivos mercados todavía exhiben «fricciones» considerables y que con sus recursos y tecnología, las grandes empresas serán capaces de reducirlas y eliminarlas en beneficio de los consumidores.
Pero ¿y si no es así? ¿Y si el resultado es que las fricciones siguen y el control de la experiencia del consumidor pasa a las grandes empresas? Realmente, no sabemos cual será el resultado de la concentración de cada vez mayor poder de mercado en unas pocas empresas, especialmente en el sector tecnológico. Y las agencias reguladoras de la competencia tampoco lo saben. Pero las nuevas ideas que se vienen desarrollando en la Federal Trade Commission estadounidense se basan en la posibilidad de que, contrariamente a la «visión» de los monopolios tecnológicos convencionales (también llamados «monopolios naturales»), que pone la escala como algo deseable en sí mismo, muchas de estas startups engullidas por sus mayores podrían haber seguido una senda independiente, exitosa e innovadora al mismo tiempo.
Este es un dilema para las agencias reguladoras. Por una parte, van a necesitar más recursos y más talento para entender qué está pasando en el sector tecnológico, por dónde va la actividad comercial, en dónde se está produciendo innovación, de qué forma bloquear o no una adquisición genera más competencia e imaginación. Por la otra, si las agencias reguladoras ignoran las aparentemente inocentes adquisiciones de las grandes empresas tecnológicas, ¿de dónde surgirá el próximo Microsoft, Apple o Google? ¿Y cómo se manifestarán la autonomía y «experiencia» de los consumidores en el terreno social y político?

NOTAS
1. En esta entrada seguimos una excelente serie de podcasts, emitidos entre el 26 y el 30 de diciembre del pasado año, dentro del programa «On Point» de la emisora estadounidense NPR (National Public Radio). Cada emisión diaria está dedicada a un tema específico analizando las consecuencias no solo económicas y legales de la monopolización que ha tenido lugar en la economía americana durante las últimas décadas, sino también las consecuencias para la equidad económica y, más allá todavía, para la calidad de la democracia en Estados Unidos. Los cinco podcasts que mencionamos se pueden acceder en el enlace On Point : NPR, pulsando en el audio para cada uno de los días 26 a 30 de diciembre. Sus respectivos títulos son, en orden de emisión y además del genérico «More than money», «The monopoly of meat», «Microsoft and the big tech question», «Antitrust lessons of the Gilded Age», «Defining American antitrust law, from Bork to Khan», y «Solutions for reining in monopoly power».
2. https://en.wikipedia.org/wiki/Proposed_acquisition_of_Activision_Blizzard_by_Microsoft.