miércoles, 2 de septiembre de 2026

HOLA DE NOU, AMICS. BONES NITS A TOTS. 2 DE SETEMBRE DE 2026

 





Hola de nou, amics. Bona nit, feliç descans i dolços somnis a tots aquesta nit de dimecres a dijous, del 2 al 3 de setembre del 2026. Espero que hagin passat un bon dia en companyia de les seves famílies i amics. Gràcies de tot cor per haver-se fet una volta pel bloc. M'alegraria creure que han gaudit de la visita. Tamaragua, amics meus. Que la deessa Fortuna i les benvolents Moiras els siguin favorables. Fins demà. Els vull. HArendt













ENTRADA NÚM. 11357


DE LA TARDE QUE CAE. UNA LECTURA CRÍTICA DE “¿TIENE FUTURO LA VERDAD?”, DE GEORGE STEINER, POR HARENDT. 2 DE SEPTIEMBRE DE 2026

 







Algunos de los comentarios críticos más lúcidos y certeros sobre ¿Tiene futuro la verdad? (la célebre conferencia de George Steiner pronunciada para el Nexus Instituut), luego convertida en libro (Almuzara, Córdoba, 2022), que leí con auténtica emoción el pasado mes de agosto, apunta a la tensión trágica entre el humanismo secular y la nostalgia teológica que vertebra todo su pensamiento.

La crítica más penetrante —articulada en la órbita de filósofos del desengaño contemporáneo como John Gray y ensayistas del ámbito europeo como Rob Riemen y Tzvetan Todorov— subraya que el núcleo del texto no es puramente epistemológico, sino existencial y elegíaco.

Los ejes centrales de esta lectura crítica son: 1. El ocaso del «modelo occidental» de la verdad: Los críticos señalan que Steiner desarticula la noción tradicional de «verdad», la cual dependía históricamente de dos pilares: la tradición judeocristiana (la verdad revelada o sagrada) y el racionalismo grecolatino (la verdad indagada a través del lógos y la filosofía). Para la crítica, el gran mérito del libro es mostrar cómo ese edificio conceptual, que sustentó a Occidente durante más de dos milenios, se ha desmoronado bajo el peso del relativismo, el consumo de masas y la aceleración tecnológica. 2. La tensión entre ciencias duras y humanidades. 2. Diversas reseñas subrayaron la agudeza con la que Steiner analiza el traslado del eje de gravedad intelectual: Las ciencias exactas han monopolizado el concepto de «verdad verificable» y progreso objetivo, ofreciendo un dinamismo que las humanidades parecen haber perdido. Las humanidades, en cambio, al caer en el posmodernismo y las modas académicas endogámicas, habrían renunciado a la búsqueda de certezas universales, sustituyendo el compromiso con el sentido por el juego del lenguaje. 3. La amenaza de la inmediatez y la pérdida del silencio: La crítica destacó la advertencia de Steiner sobre el entorno digital y la cultura del ocio instantáneo. Para el autor, el acceso a la verdad exige silencio, dificultad, memoria y soledad. Los comentaristas coincidieron en que el ensayo describe con precisión cómo la sobreinformación contemporánea no produce mayor conocimiento, sino un «ruido permanente» que diluye la capacidad de atención profunda y lectura crítica. 4. Recepción y matices de la crítica. Elogios: La prensa cultural (como The Times Literary Supplement, Le Monde o El País) celebró la erudición enciclopédica de Steiner, su elegancia estilística y su capacidad para formular preguntas incómodas sin caer en simplificaciones. Se le reconoció como uno de los últimos «grandes humanistas europeos». Objecciones: Algunos críticos y sociólogos de la cultura calificaron el texto de excesivamente pesimista y elitista. Se le reprochó cierta nostalgia por una alta cultura aristocrática e inaccesible, así como una visión quizás demasiado apocalíptica del impacto de las tecnologías en las nuevas generaciones.

En conjunto, la crítica valoró el ensayo no como un tratado dogmático, sino como una llamada de atención urgente sobre los riesgos de vivir en una sociedad que confunde el acceso instantáneo a los datos con la posesión de la verdad. Harendt



















DEL CAFÉ DE SOBREMESA. MONSTRUOSAMENTE NORMAL, POR MARTA FRAILE. 2 DE SEPTIEMBRE DE 2026

 







La violencia machista contra las mujeres es una epidemia global. Según el informe más reciente de Naciones Unidas sobre feminicidios, se cobra una media de 140 víctimas diarias en todo el mundo, una cifra que equivale, cada día, a la desaparición de una pequeña aldea de mujeres. En España, la última macroencuesta sobre violencia de género (2024) muestra que el 9,2% de las mujeres residentes en España de 16 años o más han sufrido violencia física de su pareja en algún momento de su vida (lo que implica aproximadamente casi dos millones de mujeres), el 3% (629.994) en los cuatro años previos a las entrevistas, y el 1,5% (326.298) en el último año. Son cifras que describen una vergonzosa violación de los derechos humanos a escala planetaria. Y, sin embargo, no deja de crecer: un goteo constante y feroz que erosiona nuestras sociedades, sin que la indignación puntual que provoca cada nuevo caso llegue a traducirse en un cambio estructural duradero.

El reciente asesinato de Laura Cruz a manos de su expareja ilustra con crudeza el mecanismo que sostiene esta violencia en cualquier rincón del mundo. La niña india casada antes de tiempo; la mujer sudafricana asaltada en plena calle; el ama de casa maltratada durante décadas por su marido; o, en este caso, una guardia civil asesinada por su expareja, también guardia civil. Todas comparten la misma carencia que atraviesa a cada víctima de violencia de género: la pérdida de control sobre su propia vida.

La violencia machista no se parece a ningún otro delito violento. Ocurre en el espacio familiar, precisamente el lugar en el que todas y todos nos deberíamos sentir seguras. La violencia la ejerce alguien a quien no solo se conoce, sino con quien se comparte cariño, intimidad, un proyecto de vida, e incluso hijos e hijas. Alguien que dice querer a su víctima. Este tipo de violencia es corrosiva y pegajosa: suele permanecer oculta a los ojos de los allegados más íntimos porque a menudo a las lesiones físicas más visibles preceden heridas que son igualmente dañinas: la violencia verbal y emocional.

Esta violencia extiende sus tentáculos a través de mecanismos psicológicos tóxicos basados en el control obsesivo del agresor, que despliega estrategias muy variadas para limitar, vigilar y dirigir la vida de la mujer a la que dice amar, minando progresivamente su capacidad de decisión y su independencia. Un argumento recurrente entre los agresores es que el amor intenso que sienten por su pareja llega a dominar por completo su voluntad, hasta el punto de empujarles a cometer actos de una violencia y una crueldad inadmisibles. La idea de que el amor y la violencia nacen del mismo lugar no es sólo engañosa: es aterradora. Y es además una idea que nuestra cultura ha alimentado durante generaciones a través de relatos románticos donde los celos se disfrazan de pasión y el control se confunde con el cuidado.

En su libro Marcas invisibles, la periodista Sandra Susany retrata perfiles de agresores marcados por un narcisismo exacerbado, propensos al engaño y la duplicidad, con adicciones (el alcohol, sobre todo) más o menos visibles y toleradas. Los estudios académicos añaden otros factores asociados a este perfil: exposición a la violencia durante la infancia, la falta de apoyo social, la pobreza o el consumo de sustancias tóxicas. Pero esta evidencia procede sobre todo del análisis de los casos de violencia que acaban en feminicidio, y el feminicidio es solo el desenlace final de un largo camino de abusos y agresiones que a menudo permanece silenciado por los muchos desincentivos que enfrentan las víctimas a la hora de denunciar.

La producción cultural de los últimos años nos acerca a ese camino, poblado de fantasmas, silencios, miedos y una desolación absoluta. Series como Querer retratan el rechazo social pero también familiar que puede sufrir una mujer cuando se atreve a denunciar décadas de maltrato conyugal. Muchas víctimas no denuncian porque conocen de antemano el calvario que les espera: tanto la Policía como el sistema judicial ofrecen instrumentos limitados para protegerlas. Hay agujeros negros especialmente difíciles de resolver, como los recursos económicos de las mujeres para rehacer su vida, o la lentitud e ineficacia de los interminables protocolos judiciales que obligan a la víctima a revivir su trauma una y otra vez ante funcionarios, peritos y jueces. Con demasiada frecuencia, los hombres denunciados encuentran vías para eludir obligaciones económicas y sanciones penales, mientras el proceso se alarga durante años y la mujer queda atrapada en un limbo legal que la mantiene, de facto, ligada a su agresor.

El caso de Laura Cruz es otra ilustración trágica de ese largo recorrido, y también de los límites de las instituciones que deberían proteger a las víctimas. Ella trató de escapar activamente, paso a paso, con las herramientas y recursos que el sistema actual puso a su disposición, siempre alerta, haciendo todo lo que estuvo en su mano por salir de la situación en la que estaba atrapada. Lo peor es que su caso no es aislado: muchas mujeres que se atreven a denunciar acaban sumidas en una pesadilla que no termina, incapaces de liberarse del todo de su experiencia de maltrato.

Muchas mujeres que logran escapar de sus maltratadores siguen obligadas a relacionarse con ellos si comparten la custodia de sus hijos. E incluso sin hijos de por medio, numerosas víctimas siguen viviendo con el alma en vilo mucho tiempo después de escapar de una situación de maltrato, sobre todo cuando el proceso terminó con el encarcelamiento del agresor. Las entregas y recogidas de los niños se convierten entonces en momentos especialmente peligrosos.

Todo esto debería llevarnos a repensar la naturaleza compleja de la violencia de género. Aunque ocurra en el ámbito privado y familiar, tiene consecuencias muy graves para la salud pública de millones de personas en el mundo. No es solo un problema de Laura, que tuvo la mala suerte de elegir mal a su pareja. Si le ha pasado a ella, nos puede pasar a cualquiera. Tratarlo como una sucesión de tragedias individuales, ajenas y lejanas, es precisamente lo que ha permitido que la violencia machista siga siendo, año tras año, una de las principales causas de muerte violenta entre mujeres en todo el planeta.

Hace casi tres años, la hermana de otra víctima de feminicidio, la estudiante universitaria italiana Giulia Cecchettin, asesinada por su expareja, lo expresó con un mensaje contundente, con esa lucidez que a veces solo el dolor tiene el don de proporcionar. Elena Cecchettin recordó que su duelo no era privado sino público y político, y que el asesino de su hermana no fue un “monstruo” ni un “depravado” sino una persona “monstruosamente normal”. Las mujeres que llenaron las calles de varias capitales italianas en aquella ola de manifestaciones llevaban en la mano, bien visibles, las llaves de su casa: un modo de decir que la violencia de género no es algo que les pase solo a las demás. Esos chicos normales viven en nuestros propios hogares, se sientan a nuestra mesa y, muchas veces, ni siquiera ellos mismos son conscientes de estar reproduciendo un patrón que la sociedad les ha enseñado a confundir con amor. Reconocerlo no es un ejercicio de culpa colectiva, sino el primer paso necesario para desmontarlo. Marta Fraile es profesora de investigación del Instituto de Políticas y Bienes Públicos del CSIC. El País.



















DE LAS VIÑETAS DE HUMOR DEL BLOG. 2 DE SEPTIEMBRE DE 2026

 





















DEL ARCHIVO DEL BLOG. TREINTA Y TRES AÑOS DESPUÉS. PUBLICADO EL 19 DE NOVIEMBRE DE 2008

 





Justo a los treinta y tres años de la muerte del dictador, que se cumplen mañana, el juez de la Audiencia Nacional, Baltasar Garzón, dicta un Auto por el que declara extinguida la responsabilidad penal de Francisco Franco y otros militares españoles y jerarcas del régimen franquista, habida cuenta de la constatación de su fallecimiento. En dicho Auto, el juez se inhibe en favor de los tribunales territoriales ordinarios para que sea en estos, y según corresponda en cada lugar, donde se realicen las investigaciones conducentes a la identificación y recuperación de los cadáveres de las personas "desaparecidas" con motivo de la represión consecuente a la rebelión militar encabezada por Franco en 1936.

Contra la opinión y el desencanto de muchos, pienso que el juez Garzón ha hecho lo que debía y podía: dejar la responsabilidad en manos de quien tiene la potestad de impulsar la investigación, que no es otro que el gobierno. La cuestión, ahora, es ver si el gobierno de España va a estar a la altura de lo que se espera de él por parte de las asociaciones de víctimas y desaparecidos por la represión franquista. Las palabras del ministro del Interior esta mañana en la Cadena SER daban la impresión de que lo van a hacer, pero la verdad es que corren malos tiempos, para la lírica y para bastantes más cosas... El editorial del diario El País de hoy, parece reflejar también esa misma opinión (pueden leerlo aquí). Y el Auto del juez Garzón en el enlace resaltado al comienzo de este comentario. Espero que sepan perdonarme mi inocultable escepticismo, que no es otra cosa que un optimismo voluntarista trufado por la experiencia... Hoy no tengo uno de mis mejores días, y eso se me nota. Sean felices a pesar de todo. Tamaragua. HArendt






















DEL POEMA DE CADA DÍA. HOY, LA MUSA, DE ANNA AJMATOVA (1889-1966)

 






LA MUSA



Cuando en la noche oscura espero su llegada,

Se me antoja que todo pende de un hilo.

¿Qué valen los honores, la libertad incluso,

cuando ella acude presta y toca el caramillo?

Mira, ¡ahí viene! Ella se echa a un lado el velo

Y se me queda mirando larga y fijamente. Yo digo:

“¿Has sido tú la que le dictó a Dante las páginas sobre el infierno?”

Y ella responde: “Yo soy aquella.”



ANNA AJMATOVA (1889-1966)

poetisa rusa





***




Anna Andréievna Ajmátova (ruso: Анна Андреевна Ахматова) seudónimo de Anna Andréievna Górenko (Bolshói Fontán, cerca de Odesa, gobernación de Jersón, 11 de juniojul./ 23 de junio de 1889greg. - Domodédovo, óblast de Moscú, 5 de marzo de 1966), fue una poeta rusa. Junto con Nikolái Gumiliov y Ósip Mandelshtam, fue una de las figuras más representativas de la poesía acmeísta de la Edad de Plata de la literatura rusa. Fue nominada al Premio Nobel de Literatura en 1965 y 1966.


















DEL ASUNTO DEL DÍA. UNA NOCHE EN LA LATINA, POR LUCÍA LIJTMAER. 2 DE SEPTIEMBRE DE 2026

 





El fin de semana había empezado perfectamente y como tiene que ser, el jueves.

Las tres nos acabábamos de despertar, debían ser como las seis de la tarde, porque nos habíamos quedado viendo una teleserie de los ochenta que le encanta a Zenia, Belleza y poder. No entiendo por qué le fascina esa telenovela, no dirías que tiene nada que ver con ella. Todas las chicas de la serie son rubias de ojos azules, llevan sombra de ojos lila nacarada, perlas en las orejas y trajes de chaqueta colores pastel. Todas tienen problemas con hombres fornidos y altos y con pieles cubiertas de maquillaje terracota y, aun así, Zenia se queda embobada tragándose un capítulo tras otro.

Ella, que tiene la piel transparente, el pelo negro, los ojos del color del carbón y las piernas interminables. Un tatuaje de una serpiente le recorre de la cadera al tobillo y siempre viste de negro. Cuando se pone coqueta, a Zenia le encanta bailar haciendo que su serpiente ondee como si fuera real. Hace que todos los tíos se caigan de culo con su belleza.

A Zenia le flipa poner el aire a 13 grados, bajar las persianas hasta que no queda ni un hálito de sol y que toda luz llegue del tubo catódico. Me encanta esa especie de luz azulada y verdosa que nos tiñe a las tres la piel hasta que parecemos tres peces debajo de un río en pleno invierno, qué gusto. Una de las cosas que más me hace feliz de compartir piso con Zenia y Gradi es que ninguna de las tres tiene frío jamás. Es en esas cosas en las que se nota que somos parecidas. Una vez intentamos traer a una chica nueva y se empeñaba en que saliéramos a hacer el saludo al sol. Hablaba de salir a trotar por el Retiro y a hot yoga a primera hora de la mañana. Nos deshicimos de ella inmediatamente. Zenia, Gradi y yo somos el trío perfecto.

Gradi se desperezó y dijo que tenía hambre y que se aburría. Gradi siempre tiene hambre y siempre se aburre. Yo lo entiendo, de las tres es la más delgada y la más frágil, necesita comer al menos una vez al día. Zenia, que no suele tener ganas de salir de casa tan fácilmente, accedió a apagar la tele. Gradi empezaba a temblar un poquitín, así que le recordé a Zenia que ya habíamos visto las primeras 10 temporadas de la serie.

No es sencillo encontrar lugares oscuros para huir del calor a media tarde, así que nos tuvimos que decantar por uno de esos bares infectos de la zona de divorciados que practican el tardeo, qué asco, joder. Reservé por la app un coche de lujo con los vidrios tintados para que nos recogiera en una hora y puse música a todo lo que da. Empezó a sonar Metrika, que me encanta. Podría ser una de las nuestras. A veces creo que lo es. La música muy alta es nuestro código para empezar a arreglarnos, nos da subidón. Me enfundé un vestido de leopardo con botas de cuero pegadas al cuerpo. Gradi eligió una camisa blanca y un corsé de color carne que le dejaba a la vista las bragas a juego. Zenia no se cambió: shorts tan cortos que va enseñando medio culo y un bodi negro con cortes a ambos lados del ombligo. Las tres nos maquillamos mientras cantamos: “Con las botas de pelo, pla pla pla pla. Cuando me rebota el culo, pla pla pla pla. Estoy follando con las bota’ y suena, pla pla pla. Pla pla pla, pla pla pla”, y me entró la risa cuando Gradi se puso el eyeliner rojo que fosforecía en la negrura de nuestro baño con las luces apagadas. Me encanta.

Ya en la pista de baile del bar de divorciados distinguí a Gradi solo por el eyeliner, de lo oscuro que estaba todo. Apenas dos rayitas rojas paralelas que se movían de un lado para otro. El local era perfecto, porque alguien había echado las cortinas de terciopelo negro por dentro y había puesto la luz negra para disimular que eran las ocho de la tarde. Ahí fuera aún hacía sol y el asfalto emanaba 41 grados a la sombra. Zenia y yo bailamos para atraer a los grupos de cuarentones que llegaban al afterwork. Qué asco dan los tíos siempre, sudando el gin-tonic y aflojándose las corbatas. Aun así, sabíamos que no nos iba a costar elegir. Los oficinistas de verano son las piezas más fáciles, es como pescar salmones en un barril.

Yo me había decantado por uno grande y gordo, para que me saciara al menos un par de días, y me di cuenta de que Zenia estaba por la labor de compartir, así que nos empezamos a restregar a su alrededor como perras en celo. El tipo y sus amigos no daban crédito, como siempre, sentían que les había tocado el euromillones. Esa maniobra siempre nos sale perfecta a las dos, parecemos dos traperas de un videoclip. Le perreamos al tipo arriba y abajo, moviendo el culo mientras él parecía el rey de la pista y sus compañeros le miraban con envidia. Zenia y yo sabemos cómo no pasarnos porque hay que ser cautas: consiste en llamar un poco la atención pero que nadie se acuerde de nuestras caras. Cuando nos miramos a los ojos es la señal para llevar al tipo para el baño. Me acerqué a su cara grande y sudorosa. No debía tener más de 40 años. Le susurré al oído si quería venirse al baño con nosotras. Asintió y me gritó directamente al tímpano que tenía coca. Me dieron ganas de arrancarle la lengua de un tajo, pero en vez de eso le sonreí y le tiré de la camisa para que me siguiera.

Avanzamos por el interior del local, que tenía el color exacto del hígado, entre marrón y rojo, salpicado de las luces de espejo que daban vueltas. Todavía no se había puesto el sol pero noté la anticipación que se me agolpaba en las sienes en forma de un latido sordo y hueco. Me rechinaban los dientes y tragué algo de la saliva que se me estaba acumulando en la boca. El tío nos quería llevar al baño de hombres, que era apenas una puertecita batiente, pero Zenia le arrastró de la mano hacia el de mujeres diciendo: “Ahí hay más sitio”. Las dos teníamos ya las pupilas dilatadas, yo apenas podía contener las ganas y abrí la puerta del baño de un golpe fuerte mientras el tío balbuceaba un: “Tranquilas, nenas, que hay para todas”.

Apenas había transcurrido una milésima de segundo cuando el tío resbaló con algo húmedo que se derramaba por todo el suelo y cayó, como un fardo, quedando inmediatamente inconsciente. Primero pensé que había resbalado con agua o pis, pero en cuanto contemplé la escena en su totalidad, entendí. Gradi estaba tirada en el suelo con la boca chorreando sangre y un tío con la piel de color gris a su lado. Todo a su alrededor era sangre derramada.

—Joder, Gradi, no me lo puedo creer —soltó Zenia con resignación, mientras se agachaba para darle un par de bofetadas, a ver si espabilaba—. Te has vuelto a chupar a un yonqui.

Gradi abrió los ojos despacito, como si estuviera borracha, y susurró algo parecido a “teniamuschajambre”, pero no se le entendía del todo bien.

Es verdad que es para cabrearse, entiendo a Zenia. Gradi no tiene paciencia, es superansias con lo del comer.

—Ya, pero te tengo dicho que no te chupes a los tíos en los bares, y menos a los flacos. Que se te acaban en un suspiro. Y además que te puedes colocar de más dependiendo de lo que hayan tomado. A ver, saca la lengua —le pidió Zenia, en plan maternal.

Gradi abrió la boca, y apenas pudimos distinguir sus colmillos de color marfil y nácar.

—Me encuentro fatal —se quejó, superdespacito—. Creía que el tío iba de coca pero se ha metido keta.

—Lo que nos faltaba.

—¿Y ahora qué hacemos? —dije yo.

Se hizo un silencio, un poco largo. Yo sabía lo que pensaba Zenia. O nos llevábamos al gordo a casa o había que cargarse a todos los tíos del local. Las dos nos miramos, con la cara muy seria.

—¿Cuántos tíos hay? —preguntó Zenia.

—Unos 20.

—Joder. Otro barrio vetado por las ansias de la Gradi.

—Ya te digo.

Zenia suspiró justo antes de decir lo inevitable:

—Bueno, al lío, que tenemos faena.

Lucía Lijtmaer es escritora. El País.
























martes, 1 de septiembre de 2026

KAIXO BERRIRO, LAGUNAK. GAU ON GUZTIOI. GAUR, ASTEARTEA, 2026KO IRAILAREN 1A, EUSKARAZ

 






Kaixo berriro, lagunak. Gau on, atseden zoriontsua eta amets gozoak guztioi astearte gauetik asteazken goizera, 2026ko irailaren 1-2. Espero dut egun ona izan duzuela zuen familiekin eta lagunekin. Eskerrik asko bihotz-bihotzez bloga bisitatzeagatik. Pozten naiz zuen bisitaz gozatu izana pentsatzeaz. Tamaragua, lagunak. Fortuna jainkosa eta Moirai onginahiak zuekin egon daitezela. Bihar arte. Maite zaituztet. HArendt













ENTRADA NÚM. 11350

DE LA TARDE QUE CAE. BORGES PIENSA EN VOZ ALTA, POR JUAN GABRIEL VÁSQUEZ. 1 DE SEPTIEMBRE DE 2026

 








Cuenta Joaquín Sabina que su amigo Javier Krahe, cuando hablaba de sus aspiraciones como cantautor, solía decir en broma: “Yo quiero ser o Borges o bailable”. He estado recordando la frase durante mi lectura de las Conferencias reunidas que se han publicado por estos días: más de 400 páginas de la inteligencia insólita, la erudición sin pedantería y la ironía sin frivolidad que los lectores de Borges nos hemos acostumbrado a buscar en su palabra hablada. Me ha parecido caprichosamente que estas conferencias son lo más cerca que se podría estar de un Borges bailable, y esto lo escribo pidiendo que nadie se lo tome completamente en serio; pero es que en ellas hay una suerte de ejercicio muy distinto del que se produce con la lectura de un cuento o de un poema (donde se encuentran las dos soledades compartidas del autor y del lector). No: aquí Borges habla frente a un público muy real y muy presente, y, como dice en algún momento, no habla ante todos los asistentes, sino con cada uno de ellos.

Lo imagino así, ciego y pequeño, de pie vulnerablemente frente a un micrófono o sentado detrás de un escritorio con su corbata bien puesta, siguiendo un vago mapa mental que sólo existía en su cabeza, hilando ideas de Schopenhauer o referencias a las sagas escandinavas o citando de memoria tres décimas del Martín Fierro para iluminar, siempre con algo que sólo puedo llamar cortesía, el tema central que le han pedido. Algunas veces no le han pedido el tema, sino que se lo han impuesto, y además a última hora. Una de las conferencias, pronunciada en 1980, comienza con estas palabras vertiginosas: “Acaban de informarme que voy a hablar sobre mis cuentos”. Y luego pasa a esa humildad borgiana que a mí siempre me ha parecido impostada y a la vez curiosamente genuina, es decir, que responde a una alergia verdadera al elogio o al autobombo pero viene en boca de alguien que está muy consciente de sus méritos: pues sólo desde la seguridad se pueden emitir estas modestias exageradas.

“Ustedes quizás los conozcan mejor que yo”, dice Borges de sus cuentos, “ya que yo los he escrito una vez y he tratado de olvidarlos, y para no desanimarme he pasado a otros; en cambio tal vez alguno de ustedes haya leído algún cuento mío, digamos, un par de veces, cosa que no me ha ocurrido a mí”.

Si hay una forma más sincera de la coquetería, no sé cuál es. (Yo habré leído algunos de sus cuentos, como El sur o La muerte y la brújula, no un par de veces, sino 15 o 20). Pero así era Borges o, al menos, el Borges que nos ha llegado a través de estas intervenciones públicas, cuidadosamente editadas por la misma mujer que ha editado en Argentina sus libros durante medio siglo: Sara Luisa del Carril. Es el Borges que les pide a sus interlocutores, de viva voz pero también con gestos, que no lo avergüencen con tantos elogios; es el Borges que en algún momento de cada conferencia dice las mismas palabras, “como todos ustedes saben”, y luego nos descerraja un pedazo de erudición que nosotros, evidentemente, no sabemos. Por supuesto que también es el Borges que se repite, porque nadie puede dar conferencias de memoria durante un cuarto de siglo sin acudir a los mismos repositorios de lo que somos: sin echar mano de las mismas anécdotas, las mismas citas, los mismos autores. En fin: las mismas querencias de la mente, que para Borges eran la idea del escritor como amanuense, el cariño por Cervantes y Conrad, el desafecto por sus primeros libros.

Más de una vez, por ejemplo —y más de dos y más de tres—, cuenta la historia de la publicación de su primer libro, Fervor de Buenos Aires. Cuenta cómo su padre se negó a leer el manuscrito, diciéndole a Borges que los errores se deben cometer a solas, pero luego le dio los 300 pesos que costó la autoedición. El breve volumen se publicó en cinco días; cuando Borges recibió los primeros ejemplares, los llevó a una librería amiga. “¿Usted quiere que los venda?”, le preguntó el librero. “No estoy tan loco”, replicó el joven Borges. Luego señaló (era invierno) los abrigos que los clientes dejaban colgados en la entrada. “Me conformo con que meta algunos ejemplares en los bolsillos de la gente”. La estrategia dio resultado: de los muchos libros abandonados así a su suerte, uno o dos llamaron la atención de lectores influyentes, y con los días aparecieron en la prensa un par de noticias o comentarios que no eran negativos. Pero muchos años después, tras la muerte del padre de Borges, alguien encontró entre sus cosas un ejemplar de aquella primera edición, leído y corregido con rigor en las márgenes de las páginas.

Borges descreía de la literatura comprometida, porque el compromiso supone un control del escritor sobre la obra que nadie tiene; y a este respecto le gustaba citar a Kipling, que llegó a la conclusión de que a un escritor le está permitido fabular, pero no saber cuál es la moraleja de la fábula. Descreía de los nacionalismos, porque cualquier nacionalidad es tan sólo un acto de fe. Descreía del presente, y por eso no lo usaba para sus relatos: porque el lector, que está vivo en ese presente, tiende a convertirse en censor o detective o espía de lo que uno escribe, y en lugar de abandonarse a la magia del relato se pone en la vanidosa tarea de encontrar sus inconsistencias. De todo eso descreía. ¿En qué confiaba? En la imaginación, en la creación literaria, en el arte. “Dentro de cien años a nadie le interesarán los problemas políticos actuales”, dijo en una conferencia de 1975. “Sin embargo, las obras de imaginación seguirán interesando. Es decir, seguirán interesando el carácter de Hamlet, los extraños personajes de Conrad, la curiosa amistad de don Quijote y Sancho”.

Para cuando dio la primera de estas conferencias, en 1960, Borges llevaba ya cinco años viviendo en la ceguera. Ya no podía leer ni escribir, según dice en alguna parte, pero esa pérdida se había dado no de repente, sino como un largo crepúsculo. Nueve años después, lo que parece crepuscular es el mundo que le ha tocado. Es una rara nota de melancolía en medio de un libro que es una celebración de la literatura como destino. “Quizá todas las personas lleguen con justicia a comprobar que les han tocado malos tiempos en que vivir”, dice Borges, “y quizá no haya otros tiempos, quizá todos sean malos. Sin embargo, éste me parece peor que los otros”. Entonces evoca a Casiodoro, que hace muchos siglos sintió que la cultura estaba amenazada y mandó copiar, para preservarlos de la destrucción, los libros de la antigüedad. Dice Borges que el libro está amenazado: lo amenazan los periódicos, o el peligro de que la gente, a fuerza de leer noticias, deje de leer libros; lo amenazan las invenciones mecánicas, como la radiotelefonía; lo amenaza el olvido de una verdad esencial: que todo libro es un diálogo y los lectores están desapareciendo.

Creo que sería un error reducir esas preocupaciones a nostalgia ingenua. Borges recuerda a Mallarmé, que en un soneto hablaba de “un libro vestido de hierro”, y se pregunta si se refería a los libros mecánicos del porvenir. Que cada uno lo tome como quiera. Juan Gabriel Vásquez, es escritor. El País.