martes, 8 de abril de 2025

De las viñetas de humor del blog de hoy martes, 8 de abril de 2025

 
































lunes, 7 de abril de 2025

De las entradas del blog de hoy lunes, 7 de abril de 2025

 





Hola, buenos días de nuevo a todos y feliz lunes, 7 de abril de 2025. La primera de las entradas del blog de hoy, escrita por la filósofa Irene Ortiz Gala, nos habla de quienes lucharon por expandir la noción de sujeto histórico de las mujeres, no sólo desde el punto de vista del feminismo político, sino también desde la transformación del marco ideológico con el que se piensa a la mujer. La segunda es un archivo del blog de julio de 2019 en el que el escritor Mario Vargas Llosa nos hablaba del juicio de la capitana de la marina italiana, Carola Rackete, que podría ser condenada a 10 años de cárcel, y de la exigencia de que los jueces salven la honra y las buenas tradiciones de Italia, hoy pisoteadas por Salvini y la Liga. El poema de hoy, en la tercera, del poeta irlandés Pearce Hutchinson, se titula Elección, y comienza con estos versos: Una elección difícil:/mentir o morirse de hambre. O una mentira medio-inútil y tener comida para un/rato. Y la cuarta y última, como siempre, son las viñetas de humor, pero ahora, como decía Sócrates, "Ιωμεν" (toca marchar); volveremos a vernos mañana si las Euménides y la diosa Fortuna lo permiten. Sean  felices, por favor. Tamaragua, amigos míos. HArendt











De la música callada de la mujer

 






Decía Unamuno en un artículo publicado en La España moderna que los hombres sin historia, aquellos que desconocen su tradición, viven de forma inauténtica la existencia, comenta en Revista de Libros [Las voces marginadas: prestar nuestros oídos a la música callada, 23/03/2025] la filósofa Irene Ortiz Gala, reseñando el libro ”La música callada. El pensamiento social en la Edad de Plata española [1868-1936] de Nuria Sánchez Madrid. (Editorial Círculo de Bellas Artes, Madrid, 2023). En La música callada, Nuria Sánchez Madrid nos presenta un mapeo detallado y erudito de los debates, los textos y, en última instancia, la vida, de algunas de las filosofías que estuvieron activas en España entre los años 1868 y 1936. El ensayo hace propia esa reivindicación unamuniana de la literatura plebeya y nos ofrece una cartografía que, sin despreciar los textos más consagrados de la tradición española, se hace cargo de otros acontecimientos y publicaciones que recibieron una menor atención y que, sin embargo, nos permiten comprender qué sucedió en España en esos años. Así, por ejemplo, a los Episodios nacionales de Benito Pérez Galdós, Sánchez Madrid contrapone el episodio nacional de la profesora de la Escuela Normal de Maestras y miembro de la asociación para la enseñanza de la mujer, Concepción Saiz de Otero, en el que responde a Galdós con la intención de que la literatura proporcione una imagen fidedigna de la realidad social de la mujer. En el episodio nacional de Saiz de Otero —y de forma análoga en La música callada— se incide, particularmente, en que el acceso de las mujeres a la formación intelectual y la habilitación profesional en España fue un acontecimiento excepcional en un país que carecía de las herramientas —y de tradición–— al respecto. De ahí que, hasta que no seamos capaz de atender esa música silenciada por la sintonía oficial, no podremos entender plenamente nuestro pasado. El libro pasa revista a algunas de las caras más conocidas de la Edad de Plata, pero también a otras que han quedado relegadas a un margen. El libro de Sánchez Madrid explora la tensión entre la relevancia que una autora pudo tener en su presente y el recuerdo que sobrevive de ella y de su obra, la pugna entre la actualidad y la viveza de un debate, de un argumento, y el olvido en el que este puede caer tras unas décadas.

Sin duda, una de esas discusiones que hoy parecen actuales y, a la vez, imposibles de pensar, es la de la convivencia territorial. Sánchez Madrid rastrea los discursos que han intervenido no sólo en el privilegio cultural del unitarismo como clave para interpretar la realidad nacional, sino también en las autoras que entonces pensaron otras formas de habitar la nación. El ensayo indaga en ese lugar político escorado hacia el olvido que ocuparon las mujeres republicanas federales y sus textos. El libro da voz a las mujeres que intervinieron durante el sexenio democrático (1868-1874) y los años posteriores y examina sus publicaciones. Desde María Josefa Zapata y Margarita Pérez de Celis, y el texto Las mujeres y la sociedad, hasta publicaciones posteriores como La tribuna de Emilia Pardo Bazán o los artículos de Guillermina Rojas. Sánchez Madrid subraya el carácter revolucionario de la ficción. Desde este punto de vista, defiende que los textos examinados muestran cómo la literatura opera como un dispositivo de enunciación de un personaje colectivo, la mujer, que por lo general no aparece reflejado en los estudios realizados sobre la época.

La música callada no sólo presenta los debates de la Edad de Plata española y sus protagonistas, sino que establece diálogos entre obras que enriquecen sus análisis. Así, por ejemplo, examina La España invertebrada de Ortega desde los trabajos de Pere Bosch i Gimpera y plantea algunas preguntas que resuenan en nuestro presente, pues nosotros seguimos preguntándonos cómo se construye un ideal nacional saludable. La cultura como herramienta o, mejor, como sistema vital de ideas irrenunciable e inseparable del sujeto es examinada, ayer como hoy, con un furor desenfrenado por algunos y con una sospecha constante por otros. Para Sánchez Madrid, Bosch i Gimpera, más próximo a Machado y Zambrano que a Ortega, «captó la pulsión de muerte que se había apoderado de la cultura hispana». Todavía hoy podríamos preguntarnos si no hay algo de esa pulsión de muerte en quienes se niegan a renunciar al sueño imperialista del pasado.

No basta con apelar a la cultura como elemento aglutinador de la identidad nacional. Más bien deberíamos delimitar a qué tipo de cultura nos referimos y, sobre todo, quiénes están legitimados para participar en ella —y, también, quiénes pueden actuar como sus representantes—. Desde este punto de vista, el ensayo de Sánchez Madrid se hace cargo de los problemas derivados de algunas propuestas políticas que, como las de Ortega o Maeztu, condicionaban el reconocimiento de la clase obrera al deseo de esta de pertenecer, en el futuro, a la clase burguesa. A la estrechez de miras del ideal burgués que restringía el número de personas que podían hablar de España o en su nombre, Sánchez Madrid contrapone la actividad poética y el trabajo filosófico de Machado y de Zambrano sobre el pueblo.

Como no podía ser de otra forma, La música callada concluye con quienes lucharon por expandir la noción de sujeto histórico: las mujeres. No sólo desde el punto de vista del feminismo político, preocupado por los derechos civiles, sino también desde la transformación del marco ideológico con el que se piensa a la mujer. Y precisamente porque la posición epistémica de la que parte el ensayo es humilde, porque no intenta reivindicar una parte de la historia, la obra incluye figuras tan dispares como Clara Campoamor, María Lejárraga, Rosa Chacel o Margarita Nelken. Una de las grandes virtudes de La música callada se encuentra precisamente en ese gesto con el que no sólo se hace presente lo pasado, como suele decirse, sino que se nos traslada a nosotros, lectores, al pasado que se describe, para que podamos observarlo en toda su complejidad. El ensayo nos ofrece un lugar privilegiado desde el que atender las conversaciones de la época y mirar de cerca a sus personajes. Escribe la autora que «nadie puede vivir dignamente sin hacer del otro su patria» y, me parece, esto es precisamente lo que se despliega a través de las más de 350 páginas que componen este ensayo: una mirada lúcida a los textos, no para utilizarlos para nuestro propio beneficio, para construir un relato inequívoco que pretenda reflejar toda la realidad, sino, más bien, para pensar desde esa complejidad de voces y relatos que forman parte del pasado. Seguramente, porque el único modo de aproximarse al pasado sin convertirlo en una reliquia es desde esa interacción con el presente que renuncia a imponerle un relato. A escoger el silencio para poder escuchar, a socavar esa voluntad irrefrenable —que tan bien conocemos aquellas que nos dedicamos a la filosofía— de imponer nuestra opinión, en pocas palabras, a dejar que suenen otras voces, es a lo que enseña La música callada. Irene Ortiz Gala es profesora de Filosofía de la Universidad Autónoma de Madrid y directora filosófica de FILOSOFÍA&CO. Es autora de El mito de la ciudadanía (Herder, 2024).

















[ARCHIVO DEL BLOG] La capitana y el ministro. Publicado el 10/07/2019














Debemos estar atentos al juicio de Carola Rackete, escribe el Premio Nobel de Literatura, Mario Vargas Llosa, que podría ser condenada a 10 años de cárcel, y exigir que los jueces salven la honra y las buenas tradiciones de Italia, hoy pisoteadas por Salvini y la Liga
Carola Rackete, la capitana del barco Sea Watch 3, que hacía 17 días andaba a la deriva en el Mediterráneo con 40 inmigrantes a bordo rescatados en el mar, atracó en la madrugada del viernes pasado en la isla italiana de Lampedusa, pese a la prohibición de las autoridades de ese país. Hizo bien. Fue de inmediato detenida por la policía italiana, y el ministro del Interior y líder de la Liga, Matteo Salvini, se apresuró a advertir a la ONG española Open Arms, que anda por los alrededores con decenas de inmigrantes rescatados en el mar, que “si se atreve a acercarse a Italia, correría la misma suerte que la joven alemana Carola Rackete”, quien podría ser condenada a 10 años de cárcel y a pagar una multa de 50.000 euros. El fundador de Open Arms, Óscar Camps, respondió: “De la cárcel se sale, del fondo del mar, no”.
Cuando las leyes, como las que invoca Matteo Salvini, son irracionales e inhumanas, es un deber moral desacatarlas, como hizo Carola Rackete. ¿Qué debería haber hecho, si no? ¿Dejar que se le murieran esos pobres inmigrantes rescatados en el mar, que, luego de 17 días a la deriva, se hallaban en condiciones físicas muy precarias, y alguno de ellos a punto de morir? La joven alemana ha violado una ley estúpida y cruel, de acuerdo con las mejores tradiciones del Occidente democrático y liberal, una de cuyas antípodas es precisamente lo que la Liga y su líder, Matteo Salvini, representan: no el respeto de la legalidad, sino una caricatura prejuiciada y racista del Estado de derecho. Y son precisamente él y sus seguidores (demasiado numerosos, por cierto, y no sólo en Italia, sino en casi toda Europa) quienes encarnan el salvajismo y la barbarie de que acusan a los inmigrantes. No merecen otros calificativos quienes habían decidido que, antes de pisar el sagrado suelo de Italia, los 40 sobrevivientes del Sea Watch 3 se ahogaran o murieran de enfermedades o de hambre. Gracias a la valentía y decencia de Carola Rackete por lo menos estos 40 desdichados se salvarán, pues ya hay cinco países europeos que se han ofrecido a recibirlos.
Sobre la inmigración hay prejuicios crecientes que van alimentando el peligroso racismo que explica el rebrote nacionalista en casi toda Europa, la amenaza más grave para el más generoso proyecto en marcha de la cultura de la libertad: la construcción de una Unión Europea que el día de mañana pueda competir de igual a igual con los dos gigantes internacionales, Estados Unidos y China. Si el neofascismo de Matteo Salvini y compañía triunfara, habría Brexits por doquier en el Viejo Continente y a sus países, divididos y enemistados, les esperaría un triste porvenir a fin de resistir los abrazos mortales del oso ruso (véase Ucrania).
Pese a que las estadísticas y las voces de economistas y sociólogos son concluyentes, los prejuicios prevalecen: los inmigrantes vienen a quitar trabajo a los europeos, acarrean delitos y violencias múltiples, sobre todo contra las mujeres, sus religiones fanáticas les impiden integrarse, con ellos crece el terrorismo, etcétera. Nada de eso es verdad, o, si lo es, está exagerado y desnaturalizado hasta extremos irreales.
La verdad es que Europa necesita inmigrantes para poder mantener sus altos niveles de vida, pues es un continente en el que, gracias a la modernización y el desarrollo, cada vez un número menor de personas deben mantener a una población jubilada más numerosa y que sigue creciendo sin tregua. No sólo España tiene la más baja tasa de nacimientos en el año; muchos otros países europeos le siguen los pasos de cerca. Los inmigrantes, querámoslo o no, terminarán llenando ese vacío. Y, para ello, en vez de mantenerlos a raya y perseguirlos, hay que integrarlos, removiendo los obstáculos que lo impiden. Ello es posible a condición de erradicar los prejuicios y miedos que, explotados sin descanso por la demagogia populista, crean losMatteo Salvini y sus seguidores.
Desde luego que la inmigración debe ser orientada, para que ella beneficie a los países receptivos. Conviene recordar que ella es un gran homenaje que rinden a Europa esos miles de miles de miserables que huyen de los países subsaharianos gobernados por pandillas de ladrones y, encima, a veces fanáticos que han convertido el patrimonio nacional en la caverna de Alí Babá. Además de establecer regímenes autoritarios y eternos, saquean los recursos públicos y mantienen en la miseria y el miedo a sus poblaciones. Los inmigrantes huyen del hambre, de la falta de empleo, de la muerte lenta que es para la gran mayoría de ellos la existencia.
¿No es un problema de Europa? La verdad es que sí lo es, por lo menos parcialmente. El neocolonialismo hizo estragos en el Tercer Mundo y contribuyó en buena parte a mantenerlo subdesarrollado. Por supuesto que la falta es compartida con quienes adquirieron las malas costumbres y fueron cómplices de quienes los explotaban. No hay duda de que, en última instancia, sólo el desarrollo del Tercer Mundo mantendrá en sus tierras a esas masas que ahora prefieren ahogarse en el Mediterráneo, y ser explotadas por las mafias, antes que continuar en sus países de origen donde sienten que no cabe ya la esperanza de cambio.
Lo fundamental en Europa es una transformación de la mentalidad. Abrir las fronteras a una inmigración que es necesaria y regularla de modo que sea propicia y no fuente de división y de racismo, ni sirva para incrementar un populismo que tan horrendas consecuencias trajo en el pasado. Es preciso recordar una y otra vez que los millones de muertos de las dos últimas guerras mundiales fueron obra del nacionalismo y que éste, inseparable de los prejuicios raciales y fuente irremediable de las peores violencias, ha dejado huella en todas partes de las atrocidades que causó y que podría volver a causar si no lo atajamos a tiempo. Hay que enfrentar a los Matteo Salvini de nuestros días con el convencimiento de que ellos no son más que la prolongación de una tradición oscurantista que ha llenado de sangre y de cadáveres la historia del Occidente, y han sido el enemigo más encarnecido de la cultura de la libertad, de los derechos humanos, de la democracia, nada de lo cual hubiera prosperado y se hubiera extendido por el mundo si los Torquemada, los Hitler y los Mussolini hubieran ganado la guerra a los aliados.
Escribo este artículo en Vancouver, una bella ciudad a la que llegué ayer. Esta mañana me he desayunado en un restaurante del centro de la ciudad en el que trabé conversación con cuatro “nativos” que eran de origen japonés, mexicano, rumano y sólo el último de ellos gringo. Los cuatro tenían pasaporte canadiense y parecían contentos con su suerte y entenderse muy bien. Ese es el ejemplo a seguir en Europa, el de Canadá.
Debemos estar atentos al juicio de Carola Rackete y exigir que los jueces salven la honra y las buenas tradiciones de Italia, hoy pisoteadas por Salvini y la Liga. Estoy seguro de que no seré el único en pedir para esa joven capitana el Premio Nobel de la Paz cuando llegue la hora. Y ahora, como decía Sócrates, Ιωμεν: nos vamos. Sean felices, por favor, a pesar de todo. Tamaragua, amigos. HArendt



















Del poema de cada día. Hoy, Elección, de Pearse Hutchinson

 






ELECCIÓN



Una elección difícil:

mentir o morirse de hambre. O una mentira medio-inútil y tener comida para un rato.

A veces tuve que decir

una mentira, o la mitad de una mentira, para conseguir un bocado.

Una vez, ante un editor, me vi obligado a admitir que yo era «un caballero»

(lo que evidentemente no era cierto) gracias le sean dadas al Dios de los cielos.

«No hace falta», dijo él, «ningún contrato, un acuerdo entre caballeros será suficiente asumiendo, claro está,

que usted lo sea (?).»

Casi me caigo de la cabina telefónica pero «Sí» contesté atragantándome.

Ni siquiera el precio de una pinta me pareció después suficiente para borrar tanta mentira

pero a cambio, claro está, conseguí esa mierda de contrato para seis meses.

Fue entonces cuando entendí,

de qué iban los «acuerdos entre caballeros».




PEARSE HUTCHINSON (1927-2012)

poeta irlandés



















De las viñetas de humor de hoy lunes, 7 de abril de 2025