jueves, 3 de abril de 2025

[ARCHIVO DEL BLOG Facebook, en su laberinto. Publicado el 27/06/2018












Los valores y principios de la democracia y el Estado de derecho deben trascender al proceso de digitalización de la sociedad. En este nuevo marco tecnológico es esencial definir y entender las reglas del juego para aprovechar sus ventajas, comentaba en El País el pasado mes de abril Carlos López Blanco, exsecretario de Estado de Telecomunicaciones. 
Al hilo de la muy mediática y exhaustiva comparecencia de Mark Zuckerberg en el Congreso de Estados Unidos, comenzaba diciendo López Blanco, y tras muchas reticencias, en el Parlamento Europeo, es momento de esbozar un primer análisis de las consecuencias del escándalo Cambridge Analytica, no solo para Facebook sino para toda la industria de Internet.
Al igual que Sigfrido, en El anillo del nibelungo, de Wagner, desconocía el miedo —y de ahí su fortaleza—, Facebook y el resto de la industria de Internet han desconocido hasta ahora determinados principios esenciales del mundo en que viven y muy especialmente algunos en los que se basan el Estado de derecho (rule of law) y nuestra economía de mercado.
Efectivamente, la industria de Internet ha vivido imbuida de un juvenil espíritu libertario en virtud del cual la regulación, las normas y los principios tradicionales de la economía y la vida social no iban con su mundo. Y esto no por malicia ni intención de vulnerar la ley, no: la razón fundamental de esta creencia en la arregulación del mundo digital remite a una convicción tan elemental como, aparentemente, ingenua: los principios, la responsabilidad de las empresas de Internet, la confianza depositada en ellas por sus usuarios, y la autorregulación son instrumentos suficientes que hacen obsoleta una regulación tradicional basada en la garantía normativa de una serie de principios (protección de la intimidad, transparencia o derechos de los consumidores) que estas nuevas empresas creían garantizar por sí mismas basándose en su reputación y altos estándares éticos. Estos mecanismos, además, se consideraban los únicos eficientes en un mundo de servicios y empresas globales a escala mundial basadas en la innovación permanente.
Baste un ejemplo de esta filosofía: desde la Revolución Francesa es privilegio de los Parlamentos, representantes de la soberanía, decidir qué contenidos son accesibles o no por los ciudadanos; solo la ley puede limitar la libertad de expresión y la de acceso a ella.
Pues bien, en los últimos años han sido determinadas plataformas digitales (muy destacadamente la del señor Zuckerberg) las que han decidido qué imágenes o qué contenidos eran accesibles o no, y no porque lo dijeran los jueces sino por su sentido común, ciudadanía corporativa y la sofisticación de sus algoritmos. Y no son solo empresas privadas cuando detentan una posición de monopolio en determinados plataformas de uso común. Esto es una anomalía democrática que, sorprendentemente, ha escandalizado muy poco.
El caso de Cambridge Analytica ha supuesto un brusco aterrizaje en la realidad, el descubrimiento por Sigfrido/Zuckerberg del miedo wagneriano. El mundo de Internet está empezando a entender, y si no acaba de hacerlo tendrá muchos problemas, que el conjunto de reglas que llamamos Estado de derecho va más allá de ser una antigualla decimonónica y constituyen la base fundamental de nuestra convivencia democrática. Y ello no por la maraña regulatoria que a veces implican, sino porque reflejan valores de nuestra convivencia y los principios que la rigen y ello es totalmente válido en este mundo del siglo XXI inmerso en un proceso de digitalización acelerado que afecta a todos los sectores de la economía y la sociedad (¡que pregunten a los taxistas!).
La protección de la intimidad de las personas, la libre competencia y la igualdad de los competidores en la economía, la protección de los usuarios y consumidores, la paridad en la carga fiscal o la transparencia son principios fundacionales de nuestro sistema político y económico y entenderlo cuanto antes será esencial para estos nuevos agentes económicos si no quieren verse inundados por una ola de regulación que los acabe limitando, privándoles del espíritu innovador y dinamismo que han sido su mayor aportación a la economía y la sociedad. Esto sería una tragedia para ellos pero también para todos.
Urge pues hacer una reflexión sobre cómo los valores y principios de nuestra democracia, nuestra economía de mercado, cómo el Estado de derecho debe trascender y sobrevivir al proceso de digitalización de la economía y la sociedad. No se trata de aumentar el grado de regulaciones (como algunos defienden). Se trata de entender, todos, gobiernos, reguladores, nuevas empresas digitales y empresas tradicionales, cuáles son las reglas del juego de esta nueva partida, de este nuevo Great Game, reafirmando los valores que han hecho fuertes al Estado de derecho y la economía de mercado y evitando la sobrerregulación. Urge definir el Level Playing Field.
Y en este escenario, Europa tiene un papel que jugar más relevante de lo que muchos creen. El GDPR (Reglamento General de Protección de Datos, que entró obligatoriamente en vigor el 25 de mayo) puede ser un buen ejemplo: preservar determinados principios, en este caso la protección de los datos de los ciudadanos en el espacio digital, puede generar un estándar universal de facto en un mundo en que el exceso de regulación es contraproducente, pero en el que una regulación basada en valores y principios debe promover la continuidad de los pilares del Estado y la sociedad democrática en el siglo XXI y la garantía de los derechos de los ciudadanos. Así lo han debido entender Zuckerberg y Facebook, una vez descubierto el miedo, al inundar la prensa (de papel, por supuesto) de anuncios dando, a toda página, la bienvenida a esta nueva regulación europea.
El GDPR es, junto a la ofensiva fiscal contra Apple y el procedimiento de competencia abierto a Google sobre su sistema operativo, el intento más serio por parte europea de influir en la determinación de las reglas del juego digital y tiene la virtud de poner en duda ese eslogan que, acuñado por los medios de comunicación anglosajones, tanto éxito ha tenido en los últimos años de que los datos son el nuevo petróleo; los datos son mucho más que petróleo, forman parte del patrimonio íntimo de las personas y como tal, más allá de su valor económico, deben ser protegidos. Y no se diga que proteger la intimidad y los datos de los ciudadanos es un freno al progreso. El asunto Facebook demuestra que en esto, como en tantas otras cosas en el mundo digital, es necesario un equilibrio entre los derechos y los negocios.
Estamos, pues, en un momento crucial del desarrollo de la economía y la sociedad digital. Definir y entender las reglas del juego comunes para todos será esencial si queremos aprovechar sus ventajas y evitar las inquietantes distopías de un mundo dominado por un limitado grupo de monopolios de nueva generación. La comparecencia de Zuckerberg con sus consecuencias y la entrada en vigor del GPRD suponen un inesperado buen precedente en este camino. Veremos... Y ahora, como decía Sócrates, Ιωμεν: nos vamos. Sean felices, por favor, a pesar de todo. Tamaragua, amigos. HArendt






Del poema de cada día. Hoy, Oración, de Juan Gelman

 






ORACIÓN


Habítame, penétrame.

Sea tu sangre una con mi sangre.

Tu boca entre mi boca.

Tu corazón agrande el mío hasta estallar…


Desgárrame.

Caigas entera en mis entrañas.

Anden tus manos en mis manos.

Tus pies caminen en mis pies, tus pies.


Árdeme, árdeme.

Cólmeme tu dulzura.

Báñeme tu saliva el paladar.

Estés en mí como está la madera en el palito.


Que ya no puedo así, con esta sed

quemándome.

Con esta sed quemándome.

La soledad, sus cuervos, sus perros, sus pedazos.


JUAN GELMAN (1930-2014)

poeta argentino


















De las viñetas de humor del blog de hoy jueves, 3 de abril de 2025

 































miércoles, 2 de abril de 2025

De las entradas del blog de hoy miércoles, 2 de abril de 2025

 







Hola, buenos días de nuevo a todos y feliz miércoles, 2 de abril de 2025. A veces, dice en la primera de las entradas del blog de hoy la escritora Elvira Lindo, se tiene la sensación de que nada está en nuestra mano, de que la defensa de la democracia o del bienestar son aspiraciones inaprensibles para la gente corriente. En la segunda, un archivo del blog del 4 de marzo de 2019, el profesor Pere Vilanova comentaba que cualquier aspirante a “hacer política” debería leer el libro La política como profesión, donde el sociólogo alemán Max Weber (1864-1920) disecciona la ética de la actividad pública y la relación entre pensamiento y acción. El poema del día, en la tercera, de la poetisa canadiense Margaret Atwood, lleva por título Son naciones hostiles, y comienza con estos versos: En vista de la extinción de animales/la proliferación de cloacas y miedos/el mar congestionado, el aire/próximo a agotarse. Y la cuarta y última, como siempre, son las viñetas de humor, pero ahora, como decía Sócrates, "Ιωμεν" (toca marchar); volveremos a vernos mañana si las Euménides y la diosa Fortuna lo permiten. Sean  felices, por favor. Tamaragua, amigos míos. HArendt









De la esperanza como obligación cívica

 






A veces se tiene la sensación de que nada está en nuestra mano, de que la defensa de la democracia o del bienestar son aspiraciones inaprensibles para la gente corriente, cuenta en El País [¿Es posible la esperanza?, 30/03/2025] la escritora Elvira Lindo. La conversación giraba esta semana, comienza diciendo Lindo, en torno a una inquietud: ¿cómo hacer para mostrarnos cada semana, por escrito o en radio, esperanzados a pesar de la deriva amenazante de los tiempos? Venía muy a cuento el asunto por el ensayo del periodista Andrea Rizzi, La era de la revancha, inspirado sin duda por el viejo pensamiento gramsciano que animaba a situar frente al pesimismo de la inteligencia, el optimismo de la voluntad. Y es que después de dar con los factores que han ido alimentando el resentimiento contagioso que propicia la extrema derecha procede Rizzi a invocar a la rebeldía, a militar en la resistencia, a no caer en la confortable trampa del nihilismo que nos disculpa de no hacer nada si es que nada se puede cambiar. 

Las escenas que observamos a diario y que están elevando su tono grotesco en progresión geométrica, esa visión pesadillesca de presos encerrados como animales en granjas de producción intensiva, de inmigrantes acusados y expulsados, de detenidos por un pensamiento disidente, o de los débiles a los que se deja a la intemperie, esa codicia ilimitada de los ricos nihilistas que contribuyen orgullosamente al deterioro climático, el sorprendente neocolonialismo que anuncia apropiaciones de territorios ajenos o que decide borrar de la faz de la tierra a un pueblo, todo, todo es tan abrumador que cabe la tentación de encogerse de hombros y refugiarse en el tiempo y el espacio que a uno le haya tocado en suerte, borrada ya de nuestra mente la necesidad imperiosa de reaccionar contra la barbarie.

Así lo hablábamos en La Ventana, pastoreados por Carles Francino, que se preguntaba también cómo responder a lo que está ocurriendo cuando a veces se tiene la sensación de que nada está en nuestra mano, que la defensa de la democracia o del bienestar son aspiraciones demasiado inaprensibles para el escaso poder que nos asiste a la gente corriente. Eso mismo, el qué podemos hacer, le preguntaba yo a la politóloga Cristina Monge ante un público en Huesca que asentía como si esas fueran las preguntas que asaltan no solo al que se expone públicamente sino también al que lee información o la escucha. Lo hacíamos sabiendo que luego compartiríamos copa y comida con los siempre acogedores amigos aragoneses y que, al menos, en ese espacio recogido en torno a una mesa, se respiraría el deseo común de reducir el infierno en la medida de lo posible. Éramos conscientes de que en la vida diaria los seres humanos desarrollamos por instinto de supervivencia una diplomacia básica que nos evita el enfrentamiento cotidiano con quien tenemos cerca, con el vecino, el colega, la pareja o el hijo.

A veces la violencia se desata, pero la historia nos demuestra que generalmente ese conflicto ha sido alentado a conveniencia por quienes ostentan el poder. La brutalidad que se nos retransmite en un directo incesante nos hace sentir que estamos desamparados y esos tonos chulescos que a menudo se hacen presentes en políticos de allá, pero también de aquí, auténticos voceros de la grosería y el cinismo, nos llevan a poner en duda nuestra capacidad de influir en la deriva del mundo. Corremos el serio peligro de aceptar resignadamente que no pintamos nada, que nada está nuestra mano, que sale más a cuenta esquivar los charcos y ponerse a resguardo. Pero mi vida diaria contradice una y otra vez ese pesimismo que nos asalta, y seguro que a usted le pasa como a mí: si prestamos atención, vemos a tanta gente que de manera desinteresada se desvela por otros, que carga sobre sus espaldas el cuidado de sus viejos o el bienestar de sus hijos, que asiste a personas a las que apenas conoce por el puro deseo de ampararlas, que cuando la comparamos con esos líderes repugnantes que abusan de su poder para amedrentarnos y se sacuden su culpa sin que se les caiga la cara de vergüenza, deberíamos hacer acopio de toda la voluntad posible, que a veces flaquea, y tener confianza en nuestra contribución a que un día sean ellos los expulsados por el destrozo que dejan a su paso, aunque los platos rotos, como suele ocurrir, los paguemos todos.














[ARCHIVO DEL BLOG] Sobre la política como profesión. Publicado el 04/03/2019











Cualquier aspirante a “hacer política” debería leer el libro La política como profesión, donde el sociólogo alemán Max Weber (1864-1920) disecciona la ética de la actividad pública y la relación entre pensamiento y acción, escribe el profesor Pere Vilanova, catedrático de Ciencia Política en la Universidad de Barcelona.
Una buena amiga, comienza diciendo Vilanova, adquirió hace pocas semanas la nueva, muy cuidada y reciente edición española del libro La política como profesión y, de regreso a su casa, tuvo tiempo en el transporte público de empezar a leerlo. De hecho, lamentó llegar a su destino tan pronto, porque el texto la atrapó sin remedio. Y no es un texto sencillo. Esta persona llegó desolada, y su comentario fue contundente. La lectura, hoy, de Max Weber y de ese texto en concreto nos da la medida del tiempo intelectual transcurrido desde Weber, del páramo intelectual que muestran nuestras élites políticas, populistas o convencionales, y de la inquietante sensación de que aquellos tiempos no volverán.
Este libro es el resultado de una conferencia pronunciada en Múnich en enero de 1919 y publicada en otoño de ese mismo año. Después de una primera parte dedicada a plantear algo tan esencial para un científico social como es el contexto histórico, el texto analiza la idea de profesión; y la segunda, crucial, tiene que ver con la ética, o si se prefiere, con la ética de la actividad política, la relación entre pensamiento y acción.
Toda forma social conocida a lo largo de la historia ha necesitado —y ha producido— sus formas de dominación política. Para ello, han sido necesarias tres condiciones. La primera es la de las formas de legitimación de dicha dominación política; la segunda, las técnicas y mecanismos que han adoptado dichas formas de dominación para ser efectivas, y la tercera, el papel del individuo —de los individuos— en la gestión de todo ello. La historia del pensamiento político tiene que ver con la triangulación de estas coordenadas. Y releer ahora (2019) a Weber te hace sentir modesto y humilde, porque tienes la sensación de que ya dijo lo esencial de la cuestión.
Difícil decir más en menos espacio, para definir la naturaleza última de la cosa pública. Y como bien dijo en su día Raymond Aron, hay un vínculo importante entre Weber y la sacralización del Estado y sus funciones, así como su teórica “desvinculación” de cuestiones morales o religiosas. Un excelente especialista en Max Weber (en el ámbito académico hispanoparlante), Joaquín Abellán, ha publicado un excelente estudio introductorio sobre Max Weber y en concreto sobre el texto objeto de esta reflexión (Estudio preliminar, en Max Weber. La política como profesión, Biblioteca Nueva, 2018).
Una de las cuestiones más útiles —para un lector no germano parlante— es que nos da algunas aclaraciones sobre el término beruf, concepto alemán de “profesión”. En otras obras traducidas al castellano, otros autores citan este trabajo de Weber con el título de La política como vocación. No es lo mismo, a primera vista y desde el lenguaje común. Afirma Abellán que no es un término nada fácil de traducir, y nos remitimos a su autorizada capacidad para ello: “La traducción castellana de beruf que da título a las conferencias de Max Weber sobre la ciencia y sobre la política no resulta en absoluto fácil, pues estamos ante un término alemán con un contenido conceptual específico que no encuentra un paralelismo exacto en español. La dificultad en la traducción se corresponde precisamente con la constatación de Max Weber de que beruf es un concepto en cuya historia se registra un origen religioso protestante, que no tienen, sin embargo, los términos con que se traduce habitualmente beruf a los idiomas del mundo católico”.
Seguramente aquí está el núcleo esencial de la cuestión, que además nos plantea otra cuestión tradicionalmente olvidada (o tratada de modo muy marginal), cuál es el papel sociológico que han desempeñado las religiones en Europa, desde el punto de vista de la conformación de nuestras diversas culturas cívicas o políticas. En síntesis, y aquí la impronta de Lutero es indiscutible, la dimensión trascendente (religiosa) del trabajo cotidiano de uno es hacerlo bien, con esfuerzo, con integridad, en el seno de la sociedad que es la suya, de acuerdo con el lugar que Dios te ha dado en el mundo. No en un convento, no en una orden religiosa o en un monasterio. Para el protestantismo, debes hacerlo en el mundo como espacio social de tu vida individual.
En el mundo —como contexto social— hay muchas injusticias, el mal existe, no siempre (de hecho muy pocas veces) hacer el bien tiene recompensa. Las propias religiones, como anhelos colectivos, tienen que desenvolverse entre el mal y el bien (que suele ser designado, en términos absolutos, como un Dios justo y todo poderoso). Estamos ante la no-racionalidad el mundo real, y la ética de las convicciones no siempre será suficiente como guía para el político como profesional.
En concreto, no aporta soluciones viables apoyadas en la certeza de la justificación de los medios necesarios para alcanzar los fines deseables, y en relación con el contexto de su tiempo, por supuesto, aparece la cuestión de la violencia, a cargo de quién, para qué fines, y con qué límites. De modo que la “ética de las convicciones” debería ser necesariamente ponderada, en aquellos que optan por la política como profesión, por la “ética de la responsabilidad”, una adaptación de los valores “absolutos” a los límites de una “realidad” social heterogénea, pragmática.
Como dice Weber: “Nuestros partidos parlamentarios eran y son gremios. Cada discurso que se pronuncia en el pleno del Reichstag ha sido examinado previamente en el partido. Esto se nota en su inaudito aburrimiento”. Por ello, nuestro autor se pregunta por las formas que vayan a adoptar las diversas “profesionalizaciones” que ofrecerá la política en el futuro. Uno está tentado de responder: ahora ya lo sabemos, las que nos vaticinaba Weber pero en mucho peor.
Es cierto que en el terreno de las conclusiones, Weber nos plantea un futuro tan lúcido como tenebroso, a la luz de lo que nosotros ahora sabemos sobre las décadas posteriores a su conferencia: “Lo que tenemos ante nosotros no es la alborada del estío, sino una noche polar de una dureza y una oscuridad glacial…”. “La política (como profesión) significa horadar lenta y profundamente unas tablas duras con pasión y con distanciamiento al mismo tiempo...”. Y muchas más ideas y argumentaciones de enorme valor que Max Weber nos dejó dichas y escritas en 1919. Debería ser de obligado cumplimiento para todo aspirante a “hacer política”, y a optar por “la política como profesión”, leer este texto. Que no cabe en 140 o 280 caracteres. Y ahora, como decía Sócrates, Ιωμεν: nos vamos. Sean felices por favor, a pesar de todo. Tamaragua, amigos. HArendt 
















Del poema de cada día. Hoy, Son naciones hostiles, de Margaret Atwood

 






SON NACIONES HOSTILES



1

En vista de la extinción de animales

la proliferación de cloacas y miedos

el mar congestionado, el aire

próximo a agotarse


deberíamos ser amables, deberíamos

estar atentos, perdonarnos unos a otros


En cambio nos enfrentamos, nos tocamos

como si nos estuviéramos atacando,


os regalos que traemos

incluso de buena fe pueden

volverse, en nuestras manos,

herramientas, maniobras


2

Si dejas de mirarme con tus

binoculares como si fuera un blanco

prometo rendirme


esta fotografía aérea

(tus puntos débiles

marcados en rojo)

me pareció muy útil


Mira, estamos solos en

el campo en barbecho, la nieve

que no podemos comer ni juntar


3

Aquí no hay ejércitos

aquí no hay dinero


Hace frío y está refrescando


Necesitamos mutuamente de

nuestro aliento, calor, sobrevivir

es la única guerra

que podemos afrontar, sigue


caminando a mi lado, ya casi

es el momento / si tan solo

pudiéramos llegar


hasta este (posiblemente) último verano



MARGARET ATWOOD (1939-2005)

poetisa canadiense




















De las viñetas de humor del blog de hoy miércoles, 2 de abril de 2025

 

































martes, 1 de abril de 2025

De las entradas del blog de hoy martes, 1 de abril de 2025

 






Hola, buenos días de nuevo a todos y feliz martes, 1 de abril de 2025. Trump ha entrado como elefante en cacharrería en la crisis democrática de un mundo desordenado y ha acelerado las tendencias de fondo llevándolas hacia su paroxismo, escribe en la primera de las entradas del blog de hoy el exministro socialista Ramón Jáuregui. En la segunda, un archivo del blog de tal día como hoy de hace dieciséis años, la periodista Natalia Junquera recordaba que este primero de abril de hacía 70 años finalizó la más cruel de las numerosas guerras civiles que los españoles hemos afrontado en nuestra historia, y que ninguna de ellas produjo tan alto número de muertos, heridos, desaparecidos y exiliados. La tercera de hoy es el poema Mujer con alcuza, del gran poeta y exdirector de la Real Academia Española Dámaso Alonso, que comienza con estos versos: ¿Adónde va esa mujer, arrastrándose por la acera,/ahora que ya es casi de noche,/con la alcuza en la mano? Y la cuarta y última, como siempre, son las viñetas de humor, pero ahora, como decía Sócrates, "Ιωμεν" (toca marchar); volveremos a vernos mañana si las Euménides y la diosa Fortuna lo permiten. Sean  felices, por favor. Tamaragua, amigos míos. HArendt