El blog de HArendt (2006-2026). Pensar para comprender, comprender para actuar
lunes, 12 de agosto de 2024
domingo, 11 de agosto de 2024
Sobre la saga y fuga de Puigdemont: Especial 3 de hoy domingo, 11 de agosto
De cómo el ‘tifa’ Puigdemont cayó en su propia trampa
JORDI IBÁÑEZ
11 AGO 2024 - El País - harendt.blogspot.com
No es difícil de suponer que una parte de la sociedad catalana y española deseaba que el pasado 8 de agosto se pudiera celebrar la sesión de investidura de Salvador Illa como president de Cataluña sin percances, y que otra parte deseaba sobre todo poner al señor Puigdemont a disposición de la justicia, aunque el precio fuese dejar en el aire la investidura. A este reparto de prioridades puede incluso añadírsele otro subgrupo: los que querían que se celebrara la investidura pero tampoco necesitaban ni deseaban ver a Puigdemont entre rejas, o los que, siendo completamente partidarios de lo que este hombre representa, deseaban verlo mártir y de paso sabotear la investidura de un españolista. El hecho es que Puigdemont no se arriesgó ni tan siquiera a un martirio light —comparado con Companys, por si alguien jugaba a establecer paralelismos—, engañó a sus propios seguidores e hizo —las comparaciones reflejan también todo un repertorio de sensibilidades— de Houdini, de Jimmy Jump, de mago o, simplemente, y como se dice en catalán, el tifa. Fer el tifa no es muy honorable, que digamos. Es ser pura fachada, un ser sin sustancia y nada más. Pero hace tiempo que a este hombre le trae sin cuidado la honorabilidad del cargo que ostentó. Sus partidarios —sus fans— pueden dar y quitar al albur de sus devociones la honorabilidad a quien les parezca. El hecho es que, sin entrar en mayores especulaciones, ha jugado a ridiculizar al cuerpo de policía de Cataluña abusando aparentemente de un pacto entre caballeros —craso error: Puigdemont no lo es, ni es evidente que los suyos esperen de él que se comporte como tal—, y ha demostrado que la investidura le importaba un bledo. Él venía a tener cinco minutos de protagonismo y luego a echar a correr. Hay quien no entiende que el hombre suscite tanta animadversión. Yo confieso que no entiendo cómo todavía hay quien intenta reconocerle unos restos de mérito o decencia política.
El jueves 8 de agosto fue interesante seguir debates y tertulias. Un ejemplo: en Catalunya Ràdio, el señor Vicent Sanchis se esforzaba en aclarar, una y otra vez, que la noticia del día era Puigdemont y que nadie hacía caso de la investidura. Llegó a comparar lo que ya se ha dado en llamar su tocata y fuga —pobre Bach— con un pastel de chocolate, y la investidura con una peladilla. Más gráfico imposible. Infatigable también, Pere Rusiñol le respondía que lo de Puigdemont era el trueno o la traca final de unos fuegos de artificio, y que el hecho realmente importante era que el día acabaría con un nuevo presidente de la Generalitat. Mientras tanto, los relatos sobre la escapada del expresidente se volvían más y más novelescos. Que si coches persiguiéndolo, que si tramos recorridos en contradirección, que si un solo mosso corriendo a pie detrás y obstaculizado por los fans del fugitivo. Un mosso, por cierto, que según las últimas versiones habrá batido, sin ser consciente de ello, el récord mundial de los 1.500 metros, corridos a la velocidad propia de un automóvil en fuga. Puesto que conozco muy bien la zona, lo llamativo de este recorrido es que era el normal, dadas las circunstancias, para llegar a la única entrada habilitada en el Parque de la Ciudadela y poder así acceder al Parlament. Por tanto, al emprenderlo, ¿cómo sabían que huía? Pues porque no era lo pactado, es evidente. Este camino también lo llevaba en pocos minutos a la Ronda Litoral, da igual si hacia el norte (Francia) o hacia el sur (gran rodeo y cruzar la frontera por quién sabe dónde).
Si me fijo en la cuestión del recorrido es porque es muy posible que los Mossos hubiesen creído en lo presumiblemente acordado con Puigdemont —doy mi discurso, bajo a pie por el passeig Lluís Companys y en la Ciudadela me entrego—. Pero a partir de aquí el cúmulo de errores —¿cómo dejan aparecer un coche detrás del escenario sin controlarlo?, ¿cómo no revisan la estructura del escenario y la carpa tan bien pensada para el juego del doble fondo?, ¿cómo no estaba aquello lleno de agentes de paisano atentos a cualquier maniobra extraña?— resulta difícil de aceptar. Aunque tampoco es creíble que, presuntos traidores al cuerpo aparte, la policía catalana se expusiera a sabiendas a semejante ridículo. Tampoco descartaría que otro cuerpo de seguridad, o de inteligencia, interviniese en la operación de facilitar la huida al expresidente. Algún analista político ha hablado de “cohecho de libro”. Muy bien. Que lo demuestre. Yo por mi parte imagino posibilidades y estoy muy lejos de defender nada que no sea, lo admito, una presunción extraordinariamente imaginativa para hacer racional lo que acaso fue nada más y nada menos que un pasarse por el forro la palabra dada. Viniendo de Puigdemont me parece extraordinariamente insensato que esta palabra se diera por buena.
El hecho es que el hombre se esfuma. Da igual cómo. ¿Qué consecuencias tiene esto? La primera, importantísima, que la sesión de investidura pudo celebrarse sin mayores contratiempos. Segunda: la sociedad catalana —y la imagen pública de España en el extranjero, no se confundan con eso— se ahorra un Puigdemont seguramente encarcelado en prisión preventiva a pesar de haberse entregado él mismo y con una ley de amnistía sometida a todo tipo de tensiones interpretativas. Tercero, y esta es la que a mí más me impresiona: si Puigdemont pedía una cuerda para saltar a la comba, se la dieron para que se ahorcara. En realidad, Puigdemont es un Houdini al revés: si el gran escapista se desataba de todo tipo de cadenas y cuerdas, Puigdemont ha salido atado a su miedo, a su falta de palabra y de seriedad, y en definitiva a su histórica inanidad. Sus devotos dirán lo que quieran. Más tarde o más temprano la realidad les enseñará la lección exacta de lo sucedido este histórico 8 de agosto. Si le ayudaron a huir —una mezcla prodigiosa de inteligencia, ingenuidad y traición—, la trampa era perfecta, y el hombre se metió en ella pésimamente aconsejado, o dominado por el miedo, que tampoco es buen consejero. El video de más de ocho minutos que desde ningún lugar Puigdemont colgó el sábado 10 de agosto demuestra hasta qué punto él mismo y su entorno ya deben de ser conscientes de la dimensión del error. Es un video muy melancólico para justificarse y apostar voluntariosamente por un futuro lleno de vaguedades.
Por último, lo interesante y desolador es la sorprendente comunión de intereses. En denostar a los mossos coinciden con el mismo ahínco Puigdemont, sus adeptos, los portavoces del Partido Popular, Vox y cuantos columnistas y comentaristas ansiaban ver a ese hombre por fin sentado ante Llarena, a poder ser esposado, y de paso a Illa compuesto y sin investidura. La jugada les salió mal. Y si Puigdemont quizá ya intuye que ha saltado al vacío de la irrelevancia política, los comulgantes antagonistas seguramente nunca sabrán que las posiciones justicieras no engrandecen a un país, que el deseo del cuanto peor mejor no es patriótico, y que su incapacidad para comprender que lo que importa es lo que empieza y así dejar atrás el procés sólo demuestra mala fe e impotencia política.
Ignoro qué acabará sucediendo con la ley de amnistía. Vuelva o no amnistiado por fin, o simplemente harto y anciano ante un juez Llarena harto ya y anciano también —Kafka habría podido escribir una hermosa parábola sobre ese encuentro muy tardío, muy crepuscular—, el gran trabajo que le espera a ese hombre es que algún día alguien pueda volver a tomárselo en serio en términos políticos e incluso civiles, por mucho que los comulgantes antagónicos lo echen de menos para su triste manera de entender la política. El video colgado from nowhere es una buena demostración de ello. Jordi Ibáñez Fanés es escritor y profesor en la Facultad de Humanidades de la Universidad Pompeu Fabra.
Sobre la clase política: Especial 2 de hoy domingo, 11 de agosto
La peor clase política
JAVIER CERCAS
11 AGO 2024 - El País Semanal - harendt.blogspot.com
Hace unos meses, Alberto Núñez Feijóo, líder del PP, declaró: “Tenemos la peor clase política de la democracia”. ¿Es verdad? Mi primera respuesta a esa pregunta es la siguiente. En 1971, durante un viaje de Estado a Pekín, Henry Kissinger le preguntó a Zhou Enlai qué pensaba sobre la Revolución Francesa. El primer ministro chino contestó: “Es demasiado pronto para opinar”. (La historia tiene truco: Enlai confundió la revolución de 1789 con la de 1968). El primer gobierno de Adolfo Suárez se formó en julio de 1976, cuando España todavía era una dictadura; la prensa lo bautizó como “El gobierno de los penenes”: los penenes eran los Profesores No Numerarios, la clase más baja del escalafón docente en la universidad; pues bien, en menos de un año esa panda de mindundis, capitaneados por el mindundi máximo, llevó a cabo una operación inverosímil: desmontó una dictadura, montó una democracia o los fundamentos de una democracia y convocó las primeras elecciones libres en 40 años. Así que estoy de acuerdo con Zhou Enlai: es demasiado pronto para opinar que tenemos la peor clase política de la democracia.
Pero esa es sólo mi primera respuesta; la segunda es otra pregunta. En 1982, un año después de su dimisión como presidente del Gobierno y del golpe de Estado del 23 de febrero, Adolfo Suárez se ha refugiado con sus últimos fieles en un despacho de abogados. El presidente se lame las heridas de su paso por el Gobierno; piensa en su futuro. Por fin decide: funda un nuevo partido (el CDS) y anuncia que regresa a la política y que se presenta a las próximas elecciones, previstas para octubre de ese mismo año. Un día, en pleno zafarrancho preelectoral, le aconsejan que reciba a uno de los estrategas que el año anterior elevó a Ronald Reagan a la presidencia de Estados Unidos. Suárez acepta. Los testimonios de la escena difieren en los detalles, pero no en lo esencial. “¿Quiere usted ganar las elecciones?”, le preguntó el estratega a Suárez. “Por supuesto”, contestó el presidente. “Entonces, nómbreme director de su campaña electoral y permítame usar la grabación del golpe del 23 de febrero”, dijo el estratega. “Si machacamos a los españoles con la imagen de usted ese día en el Congreso, le prometo que en las elecciones no sacará menos de 100 diputados”. Todos recordamos la imagen: Suárez, inmóvil en su escaño azul de presidente del Gobierno, solo en medio de un rojo desierto de escaños vacíos mientras las balas de los golpistas zumban a su alrededor y todos los demás parlamentarios presentes en el hemiciclo —todos menos dos: el vicepresidente del Gobierno, el general Gutiérrez Mellado, y el secretario general del PCE, Santiago Carrillo— obedecen las órdenes de los golpistas y se tiran al suelo, buscando refugio bajo sus asientos… Es fácil imaginar que, tras escuchar aquella propuesta, Suárez blandiera por un segundo su eterna sonrisa de chulito de Ávila; lo seguro es que le alargó la mano al estratega, le dio las gracias y le dijo que ya podía marcharse. También es fácil entender por qué ese día Suárez obró como obró: la imagen del 23 de febrero, en manos de la propaganda electoral, era demoledora para sus adversarios políticos (todos ellos presentes aquella tarde en el hemiciclo), pero letal para la democracia naciente de su país, un recordatorio irrefutable de que sólo él y sus dos viejos compinches habían demostrado estar dispuestos a jugarse el tipo por la democracia. En otras palabras, entre el beneficio personal y el bien común, Suárez eligió el bien común. Resultado: el arquitecto de la democracia y héroe del 23 febrero obtuvo dos diputados en las elecciones de 1982, al año siguiente del golpe. La gratitud de la patria.
Y ahora díganme: ¿piensan ustedes que algún líder político actual sería capaz de un gesto semejante? ¿Creen que eso está al alcance de algún representante de una clase política cuyo único artículo de fe conocido sostiene que hay que hacer de la necesidad virtud, una forma eufemística de decir que el fin justifica los medios y que el interés personal y el del propio partido equivalen sin excepciones al bien común? Esa es mi pregunta. Javier Cercas es escritor y académico de la RAE
Sobre la sinfonía de los cielos. Especial 1 de hoy domingo, 11 de agosto
Lo que más destaca de este oratorio es la descripción musical, casi ingenua, de los distintos momentos del surgimiento de la vida. Sabemos que su valor es alegórico, nada más. Y, por otra parte, escuchando el diálogo entre voces e instrumentos, ¿qué importancia tiene la verdad científica frente a la belleza? ¿No es acaso la belleza el resultado de una ciencia inefable? Por mí, en vísperas de una previsible carrera sin fin, habría que rebautizar el espacio con el nombre de las grandes piezas musicales que la humanidad ha producido en forma de triunfo de la especie. La confianza es un dios humano que hace maravillas. Lídia Jorge es escritora.
De las entradas del blog de hoy domingo, 11 de agosto
Hola, buenos días de nuevo a todos y feliz domingo. Un reciente libro sobre Bertrand Russell, dice en la primera de ellas el historiador Jaume Navarro, constituye un ejercicio de erudición y creatividad para intentar comprender a un intelectual capaz de defender una cosa y su contraria con el mismo énfasis de quien se cree profeta llamado a señalar los peligros y promesas del tiempo que le tocó vivir. La segunda es un archivo del blog de agosto de 2009, de la novelista Alicia Giménez Bartlett, que trata con humor la hipotética historia de un hipotético ataque colectivo de risa provocada por la nimiedad más absurda, en el momento más inoportuno e imprevisible de un funeral. La tercera del día es el famoso poema Oda a Hölderlin del poeta alemán y premio Nobel de Literatura Hermann Hesse. Y para terminar, como siempre también, las viñetas de humor la prensa del día. Espero que todas ellas les resulten interesantes. Y ahora, como decía Sócrates, nos vamos. Sean felices, por favor, aun contra todo pronóstico; al menos inténtenlo. Nos vemos mañana si la diosa Fortuna lo permite. Tamaragua, amigos míos. harendt.blogspot.com
De utopías y apocalipsis
ARCHIVO DEL BLOG] Tinto de Verano: Risa boba. [Publicada el 24/08/2009]
El poema de cada día. Hoy, Oda a Hölderlin, de Hermann Hesse
sábado, 10 de agosto de 2024
Presentación de las entradas de hoy sábado, 10 de agosto
Hola, buenos días de nuevo a todos y feliz sábado. El filósofo de Königsberg, dice en la primera de las entradas del blog de hoy el escritor José Andrés Rojo, sugirió hace tres siglos que no estaría de más que cada cual se animara a pensar por sí mismo y que tuviéramos el valor de servirnos de nuestro propio entendimiento, pues la crítica se va construyendo día a día y es una tarea infinita que derrumba, horada y masacra cada uno de esos mitos en los que se siguen sosteniendo los proyectos absolutistas y sentimentales de los líderes iluminados. La segunda es un archivo del blog de octubre de 2008 en la que HArendt cuenta con humor y orgullo a partes iguales las precocidades intelectuales de su nieto de tres años. La tercera va de poesía, como siempre, hoy con el poema El temblor, de José Ángel Valente. Y para terminar, como siempre, también, van las viñetas de humor en la prensa del día. Espero que todas ellas les resulten interesantes. Y ahora, como decía Sócrates, nos vamos. Sean felices, por favor, aun contra todo pronóstico; al menos inténtenlo. Nos vemos mañana si la diosa Fortuna lo permite. Tamaragua, amigos míos. harendt.blogspot.com
Del necesidad de valerse del propio entendimiento
Kant, la invitación a la crítica
JOSÉ ANDRÉS ROJO
09 AGO 2024 - El País - harendt.blogspot.com
Seguramente, la filosofía solo adquiere sentido cuando se acude a ella para procurar ajustar mejor las preguntas que surgen en nuestras propias circunstancias. Por eso tiene cierta lógica acordarse de Immanuel Kant ahora que se celebra durante este año el tercer siglo de su nacimiento, el 22 de abril de 1724. Ha pasado mucho tiempo, pero quizá no sea mal momento para mirarnos en el espejo de su filosofía. Murió en 1804, así que le tocó vivir sus últimos años en medio de la tormenta que desencadenó la Revolución Francesa, en un mundo que se partía en dos y durante una época que produjo profundas conmociones en las ideas, los afectos y los valores. La misma Revolución Francesa igual no hubiera sido posible sin las ideas de Kant sobre la razón, sobre la necesaria independencia de cada cual para construir sus propios criterios, sin su vocación por una sociedad que incluyera a todos y fuera ilustrada, sin su proyecto de un mundo que se sostuviera en la ley y con sujetos con vocación de ser libres.
Kant miró con simpatía los cambios que se estaban produciendo en Francia, aun cuando formara parte de una sociedad conservadora, la de Königsberg —en Prusia oriental—, que miró con desconfianza y temor aquella abrupta conmoción que derrumbó el Antiguo Régimen. Norbert Bilbeny, en El torbellino Kant (Ariel), publicado hace unos meses, apunta que el filósofo apostaba por una república parlamentaria de representación popular y con una clara división de poderes. Y señala que Kant incluso se permitió proponer en uno de sus últimos libros, Sobre la paz perpetua, la construcción de una “federación universal” de los Estados. Todos ellos tenían que adoptar el régimen republicano y su unidad podía ser el camino para que se concretara aquel desafío que Kant formuló de manera diáfana y radical: “La razón práctico-moral expresa en nosotros su veto irrevocable: no debe existir guerra”.
Hay un Kant que resulta especialmente próximo en los últimos capítulos del libro de Bilbeny. Es el que muestra al pensador como un modesto explorador que se ha embarcado toda su vida en la aventura de explicarse las cosas y de buscarles un sentido. Kant no salió de Königsberg, a pesar de que le hicieron jugosas propuestas de trabajo en otros lugares de la Alemania de entonces, pero fue un hombre abierto al mundo, sofisticado, cosmopolita. Bilbeny habla de un artículo que escribió en 1784 en el que reclamaba con insistencia que cada cual aprenda a pensar por sí mismo, y en el que escribió, recordando el viejo Sapere aude! —atrévete a pensar— de Horacio: “¡Ten valor de servirte de tu propio entendimiento! He aquí el lema de la Ilustración”.
Si no fuera porque la Ilustración pasa por horas bajas, ese lema debería ser el lema de nuestro tiempo, que también está partido en dos: entre los que se han rendido ya a las grandes emociones —y al vibrante espectáculo— de recuperar viejas grandezas y los que se baten por buscar soluciones a cada embrollo —con su inevitable punto de aburrimiento, normativas y trabajo, mucho trabajo—. En los años finales de Kant, Bilbeny recuerda que llegaba ya una nueva generación intelectual alemana que enlazaba “la libertad con el sentimiento y lo absoluto, ya no con la razón y la crítica”. La crítica se va construyendo, es una tarea infinita, y derrumba y horada y masacra cada uno de esos mitos en los que se siguen sosteniendo los proyectos absolutos —¿absolutistas?— y sentimentales de los líderes iluminados. Por eso mismo hace falta volver a Kant. Y atreverse. José Andrés Rojo es escritor.
























































