miércoles, 12 de junio de 2024

[ARCHIVO DEL BLOG] Fidel. [Publicada el 27/11/2016]











Los medios de prensa y televisión andan atareados a estas horas con la noticia del fallecimiento de Fidel Castro, a los 90 años de edad. Guste o no guste, es un nombre sin el que no puede entenderse la historia del mundo actual, y sobre todo la de la América Latina de la segunda mitad del pasado siglo. 
Desde niño me interesó la política internacional. Más que la española, que no dejaba muchas opciones en los años de mi infancia. Mis primeros recuerdos se enmarcan en el apasionado interés que despertaron en mí las guerras de esa época: Indochina (1945-1954), Corea (1951-1953), y Argelia (1954-1962). Mi idealismo se puso de manifiesto con la Revolución cubana (1953-1959) y la guerra de los "Seis días" árabe-israelí (Junio, 1967), y cayó por los suelos con la guerra de Vietnam (1958-1973), ya superada con creces la adolescencia. Tardé en caerme del guindo, pero me caí con estrépito.
Sobre Cuba recuerdo haber vivido apasionadamente la entrada de Castro en La Habana. Sí, fue el primero de enero de 1959 y lo vimos por televisión en nuestra casa de Madrid, toda la familia, reunida para celebrar la comida de Año Nuevo. Recuerdo perfectamente que mis hermanos y yo, que solo tenía 13 años en esos momentos, hicimos apuestas sobre si aquella explosión de felicidad iba a durar o no. Yo apostaba por el sí y el resto de mi familia por el no. Para mí, la felicidad duró muy poco, justo el tiempo de saber que la revolución imponía sus criterios a sangre y fuego, con fusilamientos masivos de los disconformes. El segundo acontecimiento relacionado con la revolución cubana que me impactó fue el de la denominada "Crisis de los misiles" (octubre, 1962), provocando uno de los momentos más álgidos de la "guerra fría" soviético-americana. El último hecho, revelador del auténtico rostro de la dictadura castrista, fue justamente hace veintisiete años, el fusilamiento del general Arnaldo Ochoa, el militar más prestigioso del ejército cubano, tras una farsa de juicio sumarísimo, orquestada como respuesta a su "traición" a la revolución y el pueblo cubano.
Nunca he entendido muy bien la fervorosa y acrítica adhesión de buena parte de la intelectualidad de izquierdas española y europea a la revolución cubana. Lo curioso del caso es que todavía hay multitud de ingenuos que creen en el mito de la misma, cuyos desmanes justifican, aún hoy, con el recurrente discurso al intolerable bloqueo de la isla mártir por parte de los Estados Unidos.

Un profesor-tutor de la Facultad de Geografía e Historia en el centro asociado de la UNED en Las Palmas, un excelente profesor de Historia por otra parte, desbarraba a finales de los 80 ante nosotros, sus alumnos, en elogios a la "revolución" con lucubraciones tales como que Cuba era una auténtica democracia, donde el pueblo intervenía y decidía en los todos los aspectos de la vida política, y su Constitución, un ejemplo de libertades y democracia para todo Occidente...
No ha habido "isla mártir", nunca. Los únicos responsables de la situación de Cuba han sido los hermanos Castro y su régimen. Quien desee conocer la realidad del día a día de los cubanos solo tiene que darse una vuelta a diario por blogs como el de Yoani Sánchez, Generación Y, o el de Claudia Cadelo, Octavo Cerco, (ya desaparecido), ambos escritos desde Cuba, por dos jóvenes que no hablan de política más que indirectamente, ¿podía ser de otra manera?, pero con valor y deseos de libertad. Por cierto, el Blog de Yoani Sánchez ha recibido en varias ocasiones el premio al mejor blog de habla española. 
En julio de 2009 el que fuera corresponsal de televisión española y escritor Vicente Botín, publicaba un artículo sobre la ejecución del general Ochoa, veinte años antes, y la situación en Cuba en aquel momento. El artículo se titulaba Cuba: el sable del general Ochoa. Las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Cuba, decía al inicio del mismo, nunca han utilizado sus fusiles para reprimir a la población. El eficaz aparato policial de la dictadura ha hecho hasta ahora innecesaria su intervención. Pero el grado de insatisfacción de los cubanos es cada vez mayor. El Gobierno teme que se produzca una revuelta popular como el maleconazo de 1994, sólo que esta vez no sería para pedir democracia y libertad, sino el final del permanente periodo especial en que vive la isla desde el hundimiento de la Unión Soviética, y que se ha agravado en los últimos meses por la escasez de alimentos y los cortes de luz. En las calles de La Habana han comenzado a aparecer carteles con la leyenda "Abajo Raúl".
El dilema es cómo van a responder las FAR en el caso de que miles de personas se lancen a la calle para pedir alimentos, añadía. Salvo la cúpula militar que goza de las mismas prebendas que la nomenclatura, los oficiales del Ejército cubano y sus familias sufren las mismas penalidades de la población civil. Por si fuera poco, no se han recuperado todavía del malestar que les produjo el fusilamiento del general Arnaldo Ochoa, el militar más popular, el más condecorado, el vencedor de la guerra de Angola, distinguido con el galardón de Héroe de la República de Cuba, que fue ejecutado como un delincuente hace 20 años, el 13 de julio de 1989.
El general Ochoa y tres altos oficiales, seguía diciendo Botín, continuaba, el coronel Antonio de la Guardia, el mayor Amado Padrón y el capitán Jorge Martínez Valdés, fueron procesados en un juicio sumarísimo por el delito de alta traición a la patria y a la revolución y ajusticiados. La conmoción que produjeron aquellas ejecuciones y las subsiguientes purgas que se llevaron por delante, entre otros, al poderoso ministro del Interior, el general José Abrantes, permanece en el inconsciente colectivo. Con aquellas muertes, los hermanos Castro reforzaron su poder al matar dos pájaros de un tiro: por un lado, borraron las huellas que implicaban al Gobierno cubano en el narcotráfico; y por otro, se deshicieron de un rival en un momento muy peligroso para la revolución, tres meses después de la visita a la isla de Mijaíl Gorbachov, cuando la perestroika se discutía abiertamente en los cuarteles.
En 1975, Cuba desplegó el primer contingente de los más de 40.000 soldados que fueron enviados a luchar a la lejana Angola, añadía más adelante. La muerte del Che Guevara en Bolivia y el fracaso de la insurgencia apoyada por Cuba en América Latina llevaron a Fidel Castro a dirigir a otras tierras el concurso de sus "modestos esfuerzos". Las legiones cubanas se desplegaron en el Congo, Eritrea y sobre todo en Angola. Pero el Gobierno cubano, a pesar de la ayuda soviética, no contaba con los recursos necesarios para financiar esas guerras. El coronel Antonio de la Guardia dirigía entonces el Departamento MC (Moneda Convertible) del Ministerio del Interior. Desde Panamá, donde operaba, había tejido una compleja trama de sociedades comerciales para aprovisionar a Cuba de equipos y tecnología, difíciles de conseguir debido al bloqueo estadounidense. Todo ese entramado sirvió de sostén a las tropas expedicionarias en Angola, que se autofinanciaron con el contrabando de oro, diamantes, marfil y también con droga, algo común en las guerrillas de América Latina.
En su libro Dulces guerreros cubanos, sigue contando Botín, Norberto Fuentes asegura que Fidel Castro estaba al tanto de las operaciones de narcotráfico y pone en boca de su hermano Raúl estas palabras: "Fidel dice que en definitiva todas las guerras coloniales en Asia se hicieron con opio. Entonces nada más justo que los pueblos devolvamos la acción, como venganza histórica".
En 1983, continuaba más adelante, el presidente de Estados Unidos Ronald Reagan afirmó que funcionarios cubanos de alto rango estaban involucrados en el narcotráfico. Fidel Castro dio la callada por respuesta. Pero seis años después, a comienzos de 1989, la DEA, la agencia antidroga del Gobierno estadounidense, descubrió que el departamento MC del Ministerio del Interior cubano estaba implicado en una operación del cartel colombiano de Medellín, dirigido por Pablo Escobar, para enviar un cargamento de cocaína a Estados Unidos. La bomba tanto tiempo oculta podía estallar de un momento a otro. Fidel Castro podía ser acusado de complicidad en el tráfico de drogas. El comandante tenía que hacer algo sonado para despejar cualquier duda sobre su honorabilidad.
El 12 de junio de 1989, sigue diciendo, el general Arnaldo Ochoa y sus más próximos colaboradores fueron detenidos y acusados de narcotráfico. La sorpresa, sobre todo en los cuarteles, fue general. Sólo unos pocos enterados estaban al tanto de los hechos y se imaginaron que era una maniobra de distracción. Dariel Alarcón Ramírez, alias Benigno, superviviente de la guerrilla del Che en Bolivia, entonces muy cercano al poder, escribió en su libro Memorias de un soldado cubano. Vida y muerte de la Revolución que "corría el rumor por todo el Palacio de que iban a juzgar a Arnaldo (Ochoa), Tony (Antonio de la Guardia) y los demás para aplacar a los norteamericanos y, sobre todo, para sacar a Fidel del atolladero. Después los escondería en algún sitio, bien protegidos. Se habló mucho de Cayo Largo para Ochoa. La verdad es que no estábamos preocupados".
Durante el juicio, añade, retransmitido por televisión, el propio Ochoa se mostró despreocupado al principio y luego arrepentido. "Creo que traicioné a la patria y, se lo digo con toda honradez, la traición se paga con la vida", le dijo a su conmilitón, el general Juan Escalona Reguera, fiscal de la causa.
La autoconfesión del general Ochoa, señala, algo común en todos los procesos estalinistas, como ha ocurrido recientemente con Carlos Lage y Felipe Pérez Roque, formaba parte de la farsa. Pero contra todo pronóstico, Arnaldo Ochoa y sus compañeros de armas fueron condenados a muerte y fusilados. La sorpresa fue mayúscula. Brian Latell, analista de la CIA en temas cubanos, escribió en su libro Después de Fidel. La historia secreta del régimen cubano y quién lo sucederá que Fidel Castro urdió la crisis. "El único crimen de Ochoa -escribe Latell- fue cuestionar la autoridad de Castro (...) Fidel pensó que Ochoa debía ser condenado por crímenes realmente horribles (...) para así excluir toda posibilidad de alguna reacción violenta de los militares (...). Los cargos de narcotráfico eran una cortina de humo".
Durante los 20 años que han transcurrido desde aquellas ejecuciones, añade, los oficiales del Ejército cubano, principalmente los capitanes y comandantes educados en los ideales que encarnó el general Ochoa, han visto cómo los hermanos Castro y los altos oficiales de las FAR han seguido celebrando el banquete de la victoria, mientras el pueblo cubano iba de peor en peor. Ahora que la fiesta toca a su fin, los oficiales jóvenes temen perder su derecho de primogenitura sin la esperanza de poder ocupar las vacantes que inexorablemente van a dejar los viejos generales. Asisten, como el resto de la población, a los funerales de una revolución que les ha condenado a vivir miserablemente en casas ruinosas, castigados por los apagones y la falta de agua; padecen las deficiencias de un sistema de salud seriamente enfermo, y hacen largas colas en las bodegas para comprar los productos cada vez más escasos de la libreta de racionamiento. Y tienen también que resolver, es decir tienen que robar como los civiles para poder sobrevivir. En medio de esa debacle crece cada vez más la posibilidad de un estallido social o de un nuevo éxodo hacia Estados Unidos, y con ello la probabilidad de que les ordenen salir a la calle para "defender" a la revolución de las víctimas que ha creado la propia revolución.
El general Arnaldo Ochoa, concluía diciendo, murió fusilado hace 20 años, sin que su sable hubiera sido utilizado nunca contra la población civil. Los que llegado el caso se vean obligados a empuñarlo tendrán que decidir en qué dirección van a dirigir el mandoble.
Sobre el mismo asunto, y citando el artículo de Botín, escribía también ese día en su blog "Mira que te lo tengo dicho" el escritor y periodista canario Juan Cruz un post titulado "Cubana", en el que se mencionaba al también periodista y escritor canario Diego Talavera. Mi amigo Diego Talavera, cuenta Juan Cruz, uno de los grandes periodistas que ha dado Canarias, se empeñó en 1990 que fuéramos a Cuba, y fui con él. Era un tiempo complicado, como lo ha sido siempre, de la isla, pero nosotros aún disfrutábamos de ciertos arrestos juveniles y al menos yo quise reconstruir en mi memoria, viéndola, la fascinación que a muchos niños canarios nos había causado la Cuba que nos contaban durante nuestra infancia. Paseamos por la isla, conocimos a mucha gente, vivimos algunos incidentes, muchos parecidos a los que nos hubieran pasado en Canarias, cuya idiosincrasia tanto se parece a la cubana, y nos marchamos. Diego ha vuelto muchas veces, y ya había ido antes, pero yo decidí no volver más, hasta que no se acabara una lacra que a mi me pareció apestosa: que los cubanos no pudieran entrar a los sitios donde entrábamos los turistas. Había muchos más problemas, como todo el mundo sabe, pero ese me pareció simbólico de una discriminación que mucha gente explica pero que yo sigo sintiendo como inexplicable. Pero se quedó en mi memoria, sobre todo, un incidente que ahora nos da risa pero que entonces fue escalofriante, y que me ha venido a la memoria esta mañana cuando he leído en El País el artículo de Vicente Botín (ex corresponsal de TVE en Cuba, y autor de un estupendo libro sobre Castro y su sucesión) acerca del veinte aniversario de la ejecución de Ochoa, en un cuartel cerca de La Habana. La historia es muy conocida, y además Botín la cuenta muy bien, así que déjenme contarles por qué me ha venido a la memoria ahora este otro incidente. Estábamos Diego y yo admirando algunos paisajes cubanos, y concreto quisimos pararnos en un pequeño pueblo con muelle, cerca de la playa del Salado. Nos bajamos del coche, y uno de nosotros tomó fotografías; en seguida nos metimos de nuevo en el coche y uno de los dos comentó que no se percibía tanta seguridad en los sitios como algunos de nuestros amigos nos habían predicho. En ese mismo instante, por la ventanilla del conductor se metió un mosquetón, y la voz de un soldado muy joven nos mandó a salir otra vez del vehículo. Salimos. No se podían tomar fotografías en ese lugar, era un sitio militar, o militarizado. ¿Y dónde dice que está prohibido? La respuesta del soldado fue rápida, y en ese momento movía a risa, aunque luego se nos congeló la mueca. El soldado dijo: "Ahí hay un cartel, pero lo tapó la hierba". De inmediato, el soldado nos condujo, detenidos, a un cuartel, donde hubo todo tipo de escenas: yo traté de rebuscar en mi memoria números de teléfonos de amigos cubanos, Diego quiso que le prendieran si estábamos presos, cosa que no estaba muy clara, y el soldado se paseaba tan nervioso como nosotros, hasta que pasó alguien de una graduación mayor, hizo un gesto con la cabeza y facilitó nuestra marcha. Dos horas duró el cautiverio, pero en la memoria ha vivido mucho más el escalofrío que nos dio cuando supimos que aquel era el cuartel donde habían ajusticiado a Ochoa. Y hoy Botín me ha llevado a ese momento, casi veinte años después.
Querido Juan, respondía Diego Talavera a Juan Cruz: Tu blog de hoy me trae bellos recuerdos y han pasado ya 19 años. Tu no has querido volver a Cuba a pesar de mi insistencia. Yo he vuelto muchas veces y creo que me quedan muchas más en el futuro. Soy consciente de que el pueblo cubano padece una dictadura pura y dura, pero opino que nuestra presencia allí para compartir experiencias con tantos amigos cubanos que han escogido el exilio interior, igual que ocurrió con muchos intelectuales en la España franquista, es una bocanada de aire fresco. Para ellos y para los que seguimos viajando a la Isla. Un ejemplo: acompañé al Aeropuerto José Martí al poeta Manuel Díaz Martínez y a su esposa Ofelia Gronlier cuando abandonaron para siempre Cuba en medio de una situación muy tensa. Lo que para mí era un gesto de cortesía, para él fue algo más y así lo escribió en su excelente libro de memorias Solo un leve rasguño en la solapa. Y te podría contar muchas más anécdotas parecidas a ésta, pero la brevedad del comentario no lo aconseja. Lo hablaremos en tu próximo viaje a la otra Isla. Con el cariño de siempre, Diego. 
En fin, concluyo por hoy. Un tirano más que desaparece muerto por el simple paso de los años. ¿A cuántos más habrá que soportar? En cualquier caso, descanse en paz. Dejemos a los muertos que entierren a sus muertos (Lucas, 9, 60), y a los vivos con la esperanza de una pronta y definitiva libertad para Cuba y los cubanos. Y ahora, como decía Sócrates, Ιωμεν: nos vamos. Sean felices, por favor, a pesar de todo. Tamaragua, amigos. HArendt














martes, 11 de junio de 2024

El poema de cada día. Hoy, Sensibilidad, de Hannah More (1745-1833)

 







SENSIBILIDAD

¡Dulce SENSIBILIDAD! Tú, poder secreto
que derramas tus dones en la hora natal,
como los favores de las hadas; el arte nunca podrá alcanzar
ni afectar tu poder de agradar:
tu esencia sutil aún elude las cadenas
de la definición y vence sus dolores.
¡Dulce SENSIBILIDAD! ¡Tú, deliciosa entusiasta!
¡Moraleja espontánea! ¡Hosco sentido de la luz!
¡Percepción exquisita, simiente de la bella virtud!
¡Tú, rápida precursora de la acción liberal!
¡Tú, conciencia apresurada! ¡Sonrojado lamento de la razón!
A ti pertenece
la rápida reparación de los males no examinados:
ansiosa por servir, la causa quizás no probada,
pero siempre apta para elegir el bando que sufre;
para aquellos que no te conocen, ninguna palabra puede pintarte,
y aquellos que te conocen, saben que todas las palabras son vanas.
Sin embargo, ¿qué es el ingenio y qué es el arte del poeta?
¿Puede el genio proteger al corazón vulnerable?
¡Ah, no! Donde reina la brillante imaginación,
el espíritu bien forjado siente dolores más agudos;
donde el resplandor exalta el sentido y el gusto se refina,
la más aguda angustia aflige la mente;
allí, por todas partes el sentimiento se difunde,
se estremece en cada nervio y vive en todo el corazón;
y aquellos, cuyas almas generosas ocultarían cada lágrima
a los ojos de los demás, nacen ellos mismos para llorar.


Hannah More, poetisa inglesa, 1745-1833













De las calles y plazas como espacio común

 







Hola, buenos días de nuevo a todos y feliz martes, 11 de junio. Las decisiones urbanísticas tienen inmensas consecuencias escribe en  El País la filóloga Irene Vallejo, porque modelan las pautas de nuestros movimientos y definen los vínculos entre las personas. Sean felices, por favor, aun contra todo pronóstico. Y nos vemos mañana si la diosa Fortuna lo permite. Tamaragua, amigos míos. harendt.blogspot.com
 











El ágora de las ciudades errantes
IRENE VALLEJO
02 JUN 2024 - El País - harendt.blogspot.com

Fui niña en un barrio de una gran ciudad. Alrededor de mi casa, en un misterioso perímetro, en una burbuja acotada por el rugido de las avenidas, la vida tenía las hechuras de un pueblo. Bandadas infantiles persiguiéndose. Tráfico escaso y lento, calles bajo nuestra entera soberanía. Una casa abandonada, con su jardín selvático, donde entrábamos a la caza de fantasmas o ruidos misteriosos por el puro placer de compartir el miedo. Un río del color del barro con riberas descuidadas y exuberantes, donde trepar a los árboles. Recuerdo el tedio, la impaciencia y la camaradería, sentada sobre el respaldo de los bancos en las plazas. Ese modo manirroto de gastar el tiempo durante esos veranos en los que fuimos eternos. El aprendizaje del deseo, los primeros enamoramientos descabellados. Salíamos a la calle, sin dinero, a pasear la sed y la confusión, a hablar y cantar bajo los aligustres mientras atardecía.
Hoy, pese a las proclamas verdes, las ciudades talan árboles, los parques menguan, y proliferan las plazas de hormigón. Desaparecen los bancos donde sentarse a dejar pasar las horas gratis, donde sentir la bienvenida de una convivencia improvisada. Su ausencia nos empuja a pagar la factura de la comodidad en terrazas, restaurantes o tiendas. Triunfa el urbanismo poco confortable, los desiertos de cemento, la intemperie sin doseles vegetales: la áspera hostilidad frente a la hospitalidad. El espacio público se parece cada vez menos a una extensión colectiva del hogar, y cada vez más a los fríos corredores de un centro comercial. Quien no quiere o no puede gastar, exiliado del consumo, solo puede circular, como peatón errante.
Ya tenemos asociada la palabra “banco” al dinero más que al asiento donde reposar y reunirnos con otras personas, sin la urgencia de comprar. En realidad, la primera acepción deriva de la segunda. Al final del medievo, apareció el banquero, un personaje que allí sentado recibía y prestaba dinero. Era una forma de ofrecerse a sus clientes, bien visible, en las plazas más concurridas. Algunos diccionarios y tratados comerciales del siglo XVII remontan ahí el término “bancarrota”: al perder el prestamista la solvencia o engañar a sus conciudadanos, era obligado a destruir públicamente su banco como señal de infamia. Otros tomaban su lugar, desbancándolos.
Aunque parezcan poco trascendentes, las decisiones urbanísticas tienen inmensas consecuencias porque modelan las pautas de nuestros movimientos y definen los vínculos entre las personas. En Muerte y vida de las grandes ciudades, la escritora y activista Jane Jacobs reflexionó sobre las calles como territorios de encuentro entre personas diversas. En una época presidida por corrientes opuestas, Jacobs defendió los barrios donde conviven, se entremezclan, chocan, juegan y se hacen favores mutuos personas de distintos orígenes. Defendía la complejidad organizada de las ciudades, el ballet de gentes que se cruzan y se descubren en sus itinerarios cotidianos.
Los bancos —para sentarse— y la celosía vegetal de los árboles favorecen los encuentros: alivian, templan, vuelven habitables y acogedoras las rutas de los días. Las conversaciones son más probables en lugares atractivos para detenerse. Las personas enfermas o ancianas necesitan asientos donde descansar en sus paseos. La vitalidad urbana pende de un hilo finísimo que nadie debería cortar. En 1923, la anarquista zaragozana Amparo Poch, una de las primeras mujeres licenciadas en Medicina, escribió en el periódico La Voz de la Región, tras una tala en los alrededores de su casa: “Yo he visto desaparecer los árboles que eran el collar y la vida de esta pobre calle. He llorado las muertes de mis compañeros árboles”.
Nuestros antepasados griegos inventaron el ágora como un espacio urbano para estar juntos. En origen no era el mercado, como muchas veces se traduce, sino un lugar de reunión donde los ciudadanos nacidos en libertad podían congregarse —en un primigenio Congreso— para escuchar los anuncios cívicos y conversar sobre política. Más tarde albergaría también a los tenderetes de los mercaderes. Las primeras representaciones de las tragedias y comedias clásicas sucedieron en la plaza de Atenas o sus alrededores. El sofista Protágoras enseñaba en los edificios públicos; Parménides, Anaxágoras y otros visitaban el ágora, donde compartían sus ideas con el público; allí Sócrates interrogaba sin rodeos a los conciudadanos sobre sus valores. Fuentes, arquitecturas, porches y jardines ofrecían protección frente al sol y la lluvia. De los pórticos atenienses —estoas— deriva el nombre del estoicismo, pues en ellos el filósofo Zenón de Citio impartía sus enseñanzas. El sabio Diógenes encontró a su sombra una buena solución para la vida de un exiliado con economía bajo mínimos. “Mirad el pórtico de Zeus y la avenida de los desfiles— decía el filósofo— parecería que los atenienses los han decorado para que yo tenga aquí mi casa”.
El ágora de Atenas fue un primer experimento de ciudadanía en la incipiente democracia. Allí se escuchaba el zumbido continuo de las conversaciones, las voces rotundas de los oradores, la música de los simposios, la polifonía constante de opiniones, controversias y conflictos. El ágora no era solo una exposición diaria de productos agrícolas y pescado fresco; era un mercado cotidiano de ideas, el lugar donde los ciudadanos creaban cada día un improvisado periódico, efervescente de titulares atrevidos, noticias de última hora, columnas y editoriales en voz alta.
Hoy el discurso se vuelve —a la par que las calles— duro y desapacible. La vida en común necesita expandirse por espacios amables, plazas que nutren el poso y la pausa, con cúpulas de árboles, fuentes refrescantes, bancos para descansar y descubrir al prójimo. Con sombras que resguardan el juego infantil, la lectura al aire libre, una espera anhelante, una cita, una comida veloz, un océano de tiempo. Abiertos a todos, sin necesidad de gastar. Allí, en la convicción de que juntos pensamos mejor, se edifica la conversación pública que nutre la democracia. Si perdemos esa confianza y esos lugares de confluencia; si, como advierte Jorge Dioni en El malestar de las ciudades, nuestros territorios de socialización son privados y basados en el consumo, corremos el riesgo de pensarnos solo en primera persona, sin contexto: autoayuda, autopromoción y autoexplotación. Al optar por la primacía de lo individual, transitaríamos el viaje inverso: del ágora al ego.
La forma de entender calles, plazas y edificios no persigue solo la funcionalidad o la belleza. Ejerce una poderosa influencia en nuestra forma de sentir y pensar; construye nuestra percepción de la seguridad; nos inclina a emprender ciertas actividades en vez de otras. Si los espacios colectivos no son acogedores, propician la incomunicación. La ausencia de árboles y la impotencia de los embotellamientos pueden ser detonantes de un sordo sentimiento de angustia y soledad. Los no lugares, los que transitamos al recorrer un centro comercial, conducir por la autopista o esperar nuestro vuelo en un aeropuerto, se alían con relaciones humanas fugaces. Así desembocamos en un pensamiento más individualista, menos comunitario. Sin parques ni bancos, separados y apresurados, en lugar de sentados y dicharacheros, contemplamos al prójimo como un estorbo para caminar rápido, o incluso como un adversario. La política, ciencia de la polis, es un arte que invita a imaginar plazas —ciudades, continentes, mundos— donde convivir, conversar y consensuar juntos. Un paisaje público árido, arisco y aislado nos conduciría a la bancarrota. Irene Vallejo es filóloga y escritora.
 


























[ARCHIVO DEL BLOG] Frankenstein en la política. [Publicada el 14/11/2019]











A vuelapluma es una locución adverbial que el Diccionario de la lengua española define como texto escrito "muy deprisa, a merced de la inspiración, sin detenerse a meditar, sin vacilación ni esfuerzo". No es del todo cierto, al menos en mi caso, y quiero suponer que tampoco en el de las autoras cuyos textos subo al blog. Espero que los sigan disfrutando, como yo, por mucho tiempo. Ellas tienen, sin duda, mucho que decirnos. Les dejo con el A vuelapluma de hoy, escrito por la historiadora Isabel Burdiel, un relato que dedica al profesor Santos Juliá, recientemente fallecido, sobre la perduración aún hoy del mito de Frankenstein en clave política, cuyo origen se remonta al mismo momento de su creación por Mary Shelley.
Frankenstein vuelve a la política española de la mano de Pablo Casado -comienza diciendo Burdiel-. Sin ir más lejos, lo citó en el debate electoral del lunes. Con la utilización del mito creado por Mary Shelley en 1818 se trata de convocar, una vez más, todos los horrores contenidos en aquel monstruo que, casi en el momento mismo de nacer, se apropió del nombre de su creador. Esta lectura en clave política y conservadora no es un anacronismo. De hecho, fue la más cercana a la época en que nació el mito, mucho más que la lectura científica, popularizada sobre todo a finales del siglo XIX.
El mismo año de la primera versión teatral de Frankenstein, 1823, el ministro de Asuntos Exteriores británico, lord Canning, la utilizaba en un debate parlamentario sobre la abolición de la esclavitud. Con ella quería ilustrar el peligro de las buenas intenciones de un humanitarismo errado e irresponsable que amenazaba con conducir a una rebelión de consecuencias imprevistas: “Al tratar con el Negro estamos tratando con un ser que posee la forma y la fuerza de un hombre, pero cuyo intelecto es el de un niño. Liberarlo, con toda la fuerza física de su virilidad, sería como crear una criatura parecida a la de la ficción de un relato reciente”. Un relato que, mucho antes del cine, se hizo célebre a través de aquella adaptación dramática titulada significativamente Presumption, or the Fate of Frankenstein, que se mantuvo en escena hasta finales de siglo. Unos años después del discurso de Canning, Elizabeth Gaskell había publicado una novela de éxito titulada Mary Barton en la que —al tiempo que se iniciaba la confusión que aún hoy se mantiene entre el nombre del monstruo y el de su creador— se decía: “Las acciones de las masas iletradas me parecen tipificadas en las de Frankenstein, ese monstruo de tantas cualidades humanas y, sin embargo, sin alma y sin conocimiento de la diferencia entre lo bueno y lo malo”.
De esta forma, a lo largo de las grandes convulsiones políticas del siglo XIX, el uso político metafórico de Frankenstein se convirtió en recurrente enlazando, en una misma lectura, las inquietudes relativas al cambio social y político con la problemática derivada del desarrollo científico y tecnológico. En Victor Frankenstein, y en su empresa, ingeniería social, política y científica estarían estrechamente unidas en un proyecto común de alterar las bases de la antigua sociedad que algunos calificaron como aberrante, antinatural y monstruoso. Mary Shelley —hija de la pionera del feminismo anglosajón Mary Wollstonecraft y del filósofo radical William Godwin— se haría eco así de la convicción (posilustrada y posrevolucionaria) de que las fuerzas conjuradas para servir al proyecto del progreso, de la emancipación y de la ciencia se habían rebelado contra sus creadores, tornándose monstruosas, incontrolables e impredecibles. En esa lectura, Frankenstein contaría la historia del desencanto de los hijos de los radicales de la década de los años noventa del siglo XVIII respecto al proyecto ilustrado y revolucionario, a los sueños de la razón, que había animado a sus padres.
Esa lectura cautelar, sin embargo, no agota ni con mucho la complejidad (y la inquietud) del diálogo sin solución que se establece en las páginas del que su autora llamó “mi pequeño cuento de fantasmas”. De hecho, todo lo que ocurre y se dice en la obra de Mary Shelley cuestiona la posibilidad misma de establecer un juicio moral o político (respecto a la sociedad y sus individuos) que pueda considerarse, en algún sentido unívoco de la palabra, verdadero. Ahí reside, a mi juicio, su vitalidad y la profunda historicidad de los temores que suscitó y que, aún hoy, es capaz de seguir generando. ¿Qué ocurre cuando las utopías se convierten en distopías, cuando nuestros actos y las grandes esperanzas colectivas y personales tienen consecuencias imprevistas e indeseadas? ¿Qué ocurre —como escribió Isaiah Berlin hablando de la gran revolución romántica, a la que pertenece sin duda Frankenstein— con la posibilidad de que existan varias respuestas verdaderas, incompatibles entre sí, a una misma pregunta o a un mismo problema? ¿Acaso eso que llamamos Verdad o Identidad (cuando las pensamos con mayúsculas, absolutas y excluyentes) contienen inevitablemente un potencial monstruoso que convoca a la violencia?
Mary Shelley, como todos los románticos, estaba fascinada por el doble, por la idea misma de duplicidad, de indeterminación. En el análisis histórico de la situación política en España desde la Transición y, en concreto, del actual desafío independentista en Cataluña, habrá que hacer un elogio del Estado democrático español que creyó y cree posible combinar, y respetar, identidades diversas, cosiéndolas entre sí. También habrá que hablar del secuestro ideológico de una izquierda (a veces dudosamente democrática) que consideró y considera irrebatiblemente progresista apoyar con los ojos cerrados a ese nacionalismo alternativo que, en realidad, se ha convertido en el doble monstruoso del nacionalismo español excluyente y no democrático. La dispar composición social y política del movimiento —en las calles y en las universidades que se traicionan a sí mismas con la duplicidad más cobarde— demuestra que el proyecto de Artur Mas de evitar, agitando el fantasma de España, el colapso de Convergència ante la oleada de protestas populares por los efectos de la crisis económica, ha tenido éxito. Un partido corroído por la corrupción sistémica durante décadas de autonomía ha logrado desplazar la indignación social y las esperanzas frustradas hacia el espejismo interclasista y supuestamente armónico de La Nación como solución final.
Frente a ello, y a sus dobles políticos igualmente monstruosos, el relato de Mary Shelley vuelve de una manera que, probablemente, no es la que invoca el líder del Partido Popular. Vuelve para recordar que la utopía de las identidades excluyentes, fijas y delimitadas, como lugares de creación del orden, la armonía y la unidad, esconde el corazón de las tinieblas. La criatura sin nombre que creó Victor Frankenstein invocando las mejores intenciones —“una nueva especie me bendeciría como a su creador, muchos seres felices y maravillosos me deberían su existencia”— advierte que todos somos híbridos, mestizos, impuros, hechos de partes cosidas entre sí. Su voz acoge también las voces de los que se preguntan si acaso la identidad monstruosa no será aquella que se aferra a la unidad, a la pureza y a la armonía como únicas condiciones posibles de lo bello y de lo bueno. Frente a esa utopía (que inevitablemente convoca a la violencia) resuena todavía el eco de aquel que, cuando acaba la novela de Mary Shelley, “se pierde en la oscuridad y en la distancia”, pero no en el silencio". Y ahora, como decía Sócrates, Ιωμεν: nos vamos. Sean felices, por favor, a pesar de todo. Tamaragua, amigos. HArendt













lunes, 10 de junio de 2024

De Israel y la leyenda negra antiespañola

 







Hola, buenos días de nuevo a todos y feliz lunes, 10 de junio. Desde que hemos reconocido el Estado palestino, comenta en El País la escritora Ana Iris Simón, el Gobierno de Netanyahu ha puesto en circulación los bulos habituales para dañar a España. Sean felices, por favor, aun contra todo pronóstico. Y nos vemos mañana si la diosa Fortuna lo permite. Tamaragua, amigos míos. harendt.blogspot.com








 




Israel y la leyenda negra antiespañola
ANA IRIS SIMÓN
01 JUN 2024 - ​El País - harendt.blogspot.com

La leyenda negra antiespañola dice que siempre fuimos un pueblo de bárbaros exterminando indígenas por el mundo en nombre de atrasadas supersticiones. Aunque lo hayamos interiorizado, estas acusaciones partían de potencias extranjeras que querían dañar a España. En su día eran Holanda o Inglaterra, hoy es Israel, que ha resucitado los tópicos de la leyenda negra desde que hemos reconocido el Estado palestino.
El ministro de Exteriores Israel Katz amenaza con “dar un paso similar contra España”, es decir, apoyar un Estado catalán y a otros separatistas. Una falsa equivalencia entre los palestinos en Israel, que viven sin plenos derechos, y los vascos en España, que hasta tienen privilegios fiscales. Aquí el primer mito: la España cárcel de pueblos, que ejerce una “brutal ocupación de Cataluña” según comentaristas israelíes como Edy Cohen.
Figuras públicas como Adam Fisher, asesor financiero de grandes empresas israelíes como Wix o Fiverr, difunden en redes los bulos habituales. Uno, que España es colonialista y debe devolver Ceuta y Melilla a Marruecos —socio preferente de Israel—. Otro, que la Semana Santa es antisemita y los Reyes Magos racismo —pero no pregunten cómo se trata en Israel al clero cristiano o a los negros etíopes—. Otro, que la España catolicona e islamófoba robó a los moros la mezquita de Córdoba para hacerla catedral (mentira, ya era previamente una iglesia), mientras que Israel respeta la mezquita de Al-Aqsa (más mentiras: tras robar toda la Ciudad Santa, Israel castiga los santos lugares de musulmanes y cristianos con un acceso cada vez más restringido y constantes incursiones de judíos ultraortodoxos).
También circulan entre sionistas comparaciones entre el descenso de población indígena americana tras la llegada de los españoles (lo que demostraría un genocidio) con el crecimiento demográfico de los palestinos en las últimas décadas (lo que refutaría una falsa acusación de genocidio). No mencionan las enfermedades y guerras internas que diezmaron a los indígenas americanos, ni su posterior desarrollo (en la América británica fueron erradicados). Tampoco mencionan el desplome de población palestina entre 1948 y 1967, con más de un millón de víctimas de limpieza étnica. Aquella conquista de las Américas se paró en 1550 para dirimir si los indios debían ser tratados como súbditos o como iguales; en 2024, Israel es incapaz de dejar de bombardear refugiados a los que ni siquiera reconoce como humanos.
También es leyenda negra la advertencia lanzada a España por el ministro Katz: “Los días de la Inquisición han terminado, nadie nos hará cambiar de religión ni amenazará nuestra existencia”. Pero la Inquisición no buscaba cambiar la religión de los judíos, sobre los que no tenía jurisdicción, igual que no la tiene el ministro Katz para vetar la ayuda española a ​ Palestina. Es leyenda negra porque vincula la Inquisición específicamente con España y no con los países donde fue más mortífera (Alemania, Francia), y porque no amenazó la existencia de ningún pueblo, matando en cuatro siglos menos de la décima parte que Israel en los últimos cuatro meses.
Algunos bulos sobre la Inquisición provienen, precisamente, de un historiador israelí: Ben Sión Mileikowsky. La pregunta es ¿dónde están todos esos políticos y opinadores que, desde la derecha, decían combatir contra la leyenda negra antiespañola?​ Apoyando y aplaudiendo al hijo de Ben Sión Mileikowsky, el primer ministro Benjamin Netanyahu​. 
Ana Iris Simón es escritora.




























[ARCHIVO DEL BLOG] Israel y Palestina: Es necesario un acuerdo. [Publicada el12/06/2017]










Ha pasado medio siglo y el final del conflicto entre dos naciones convencidas de que tienen derecho a reclamar el mismo pedazo de tierra parece más alejado que nunca. Europa, sobre todo Alemania, debe actuar en favor de los palestinos. Lo pide en un emotivo artículo en El País el afamado pianista y director de orquesta argentino, nacionalizado español, israelí y palestino, Daniel Barenboim.
La política internacional actual, dice al comienzo de su artículo, está dominada por cuestiones como el futuro del euro y la crisis de los refugiados, la amenaza de que la presidencia de Trump provoque el aislamiento de Estados Unidos, la guerra de Siria y la lucha contra el extremismo islámico. No obstante, hay otro tema casi omnipresente desde la primera década del nuevo milenio pero que cada vez aparece menos en las noticias y, por tanto, cada vez está menos presente en la conciencia colectiva: el conflicto en Oriente Próximo. Durante decenios, el enfrentamiento entre israelíes y palestinos fue una preocupación constante para Estados Unidos y Europa, y la resolución del conflicto, una de sus grandes prioridades políticas. Sin embargo, después de numerosos y fracasados intentos de poner fin a esta situación, da la impresión de que el statu quo se ha consolidado. El mundo sigue pensando —con malestar, con impotencia y con cierta desilusión— que este conflicto es irresoluble.
La situación es más trágica aún, añade, en la medida en que los frentes se han ido reforzando y la situación de los palestinos ha empeorado sin cesar, y ni el más optimista puede atreverse a suponer que el Gobierno actual de Estados Unidos vaya a abordar el problema con una actitud prudente y sensata. Y la tragedia se va a hacer notar especialmente este año y el próximo, porque vamos a vivir dos aniversarios llenos de tristeza, en particular para los palestinos: en 2018 se conmemorará el 70º aniversario de lo que los palestinos llaman al Nakba, “la catástrofe”, que supuso la expulsión de más de 700.000 personas del antiguo territorio incluido en el mandato británico, como consecuencia directa del plan de la ONU para la partición de Palestina y la creación del Estado de Israel, el 14 de mayo de 1948. Al Nakba sigue vigente, puesto que más de cinco millones de descendientes directos de aquellos palestinos desplazados continúan hoy viviendo en un exilio forzoso.
Y este año, continúa diciendo, el 10 de junio se han cumplido 50 años de ocupación continuada de las tierras palestinas por parte de Israel, una situación moral y físicamente intolerable. Incluso los que piensan que la Guerra de los Seis Días —que terminó el 10 de junio de 1967— fue necesaria porque Israel tenía que defenderse deben reconocer que la ocupación y todo lo que ha sucedido con posterioridad constituyen un desastre absoluto. No solo para los palestinos sino también para los israelíes, desde el punto de vista estratégico y desde el punto de vista ético.
Ha pasado medio siglo desde entonces, y el final del conflicto parece más alejado que nunca, afirma. Nadie se hace hoy ilusiones de poder ver a un joven palestino o a un joven israelí tendiendo la mano al otro. Y es un problema que, a pesar de que haya dejado de ser “popular”, como decía antes, sigue siendo importante, incluso crucial. Para los habitantes de Palestina e Israel, para todo Oriente Próximo y para el mundo entero.
De ahí que, añade más adelante, coincidiendo con el 50º aniversario de la ocupación, me atreva a pedir a Alemania y a Europa que vuelvan a dar prioridad a la resolución del conflicto. No estamos hablando de un enfrentamiento político, sino de un enfrentamiento entre dos naciones que están completamente convencidas de que tienen derecho a reclamar el mismo, y pequeño, pedazo de tierra. Europa, que hace declaraciones sobre la obligación de ser más fuerte y más independiente, debe ser consciente de que esa nueva fortaleza y esa nueva independencia implican exigir de manera inequívoca que Israel ponga fin a la ocupación y reconozca el Estado palestino.
El hecho de ser un judío, señala, y vivir en Berlín desde hace más de 25 años me permite tener una perspectiva especial sobre la responsabilidad histórica de Alemania en este conflicto. Si tengo la posibilidad de vivir libre y felizmente en este país es solo gracias a que los alemanes han afrontado y digerido su pasado. No cabe duda de que, incluso en la Alemania actual, existen tendencias extremistas y preocupantes contra las que todos debemos luchar. Pero, en general, la sociedad alemana es hoy una sociedad libre y tolerante, consciente de su responsabilidad humanitaria.
Alemania e Israel, por supuesto, siempre han tenido una relación especialmente estable, afirma; la primera siempre se ha sentido, y con razón, en deuda con el segundo. Pero no tengo más remedio que ir un poco más allá: Alemania tiene también una deuda especial con los palestinos. Sin el Holocausto, nunca se habría llevado a cabo la partición de Palestina, ni se habrían producido al Nakba, la guerra de 1967 y la ocupación. Ahora bien, no son solo los alemanes los que tienen una responsabilidad hacia los palestinos, sino todos los europeos, porque el antisemitismo fue un fenómeno que se dio en toda Europa, y los palestinos siguen sufriendo sus consecuencias directas, a pesar de no tener ninguna culpa de aquello.
Es absolutamente necesario que Alemania y Europa asuman esa responsabilidad respecto al pueblo palestino, comenta. Eso no significa que haya que tomar medidas contra Israel, sino en favor de los palestinos. La ocupación actual es inaceptable, tanto desde el punto de vista estratégico como desde el punto de vista moral, y debe terminar. Hasta ahora, el mundo no ha hecho nada verdaderamente importante para lograrlo, y Alemania y Europa deben exigir el fin de la ocupación y el respeto de las fronteras anteriores a 1967. Hay que fomentar una solución con dos Estados, pero, para eso, es necesario que se reconozca a Palestina como Estado independiente. Hay que encontrar una solución justa para la crisis de los refugiados. Hay que reconocer el derecho de retorno de los palestinos y ponerlo en práctica en colaboración con Israel. Hay que garantizar una distribución equitativa de los recursos y el respeto a los derechos civiles y humanos de los palestinos. Y todo esto es tarea de Europa, sobre todo ahora que vemos cómo está cambiando el orden mundial.
Cuando han pasado 50 años desde aquel 10 de junio, concluye Barenboim, quizá estamos muy lejos de poder resolver el conflicto israelo-palestino. Solo si Alemania y Europa empiezan ya a asumir su responsabilidad histórica y a tomar medidas que ayuden a los palestinos será tal vez posible evitar que, cuando llegue el 100º aniversario de la ocupación israelí de las tierras palestinas, la situación siga igual Y ahora, como decía Sócrates, Ιωμεν: nos vamos. Sean felices, por favor, a pesar de todo. Tamaragua, amigos. HArendt












domingo, 9 de junio de 2024

Sobre la desidia como la lista más votada. Especial 3 de hoy domingo, 9 de junio, jornada electoral europea

 






Desidia, la lista más votada en las elecciones europeas
LUCÍA ABELLÁN
09 JUN 2024 - El País - harendt.blogspot.com

La principal incógnita de estas elecciones europeas —si las fuerzas ultras conquistan las cimas que vaticinan algunos sondeos— permanecerá abierta hasta el final. Pero existe otra clave en la que el pronóstico es mucho menos arriesgado: el clamoroso silencio que ofrecerá una buena parte de la ciudadanía ante las urnas este domingo. Salvo excepciones de voto masivo (en parte, por los países donde es obligatorio), los comicios de 2019 apenas sedujeron a uno de cada dos electores en más de la mitad de los Estados de la Unión Europea. Pese a todo, la modesta media contabilizada en 2019, de casi el 51%, ya se consideró un éxito porque representaba el mejor dato desde 1994.
La ingeniería de la Unión Europea (con directivas traspuestas o por trasponer, trílogos, comitologías y otros muchos términos oscuros que ahuyentan hasta al más entusiasta) nunca fue un fenómeno de masas. Desde el inicio, el proyecto ha avanzado con el sobreentendido de que unas élites ilustradas hacían avanzar la integración. Porque la armonización de reglas favorecía a la mayor parte de la ciudadanía al robustecer el Estado de bienestar. Se asumía que esa Europa silenciosa —la que no se siente interpelada por unas elecciones al Parlamento Europeo que ni siquiera son la vía más determinante para el reparto de poder entre instituciones— daba su aval a proseguir el camino. Con la convicción de que lo logrado durante estas décadas se mantendrá, e incluso se expandirá, a través de nuevos derechos y nuevas incorporaciones al vecindario de la UE.
Los frutos obtenidos desde las primeras elecciones al Parlamento Europeo, en 1979 (en España hubo que esperar hasta 1987, un año después de la integración en el club), son evidentes: la libre circulación entre Estados miembros (antes reservada a unos pocos), un marco de derechos y libertades casi único en el mundo, las icónicas becas Erasmus… También, sí, otros sinsabores como el desmantelamiento forzado de algunas industrias, los recortes y rigores que hicieron temblar al bloque comunitario hace 12 años y un reciente endurecimiento de la política migratoria que choca con el sistema de valores que dice preconizar la UE.
La enumeración de aciertos y errores (siempre más fácil de evaluar a posteriori) es infinita. Y, sin embargo, el principal activo de este periodo extrañamente pacífico en un territorio que guerreó durante siglos es precisamente ese: un hilo invisible llamado paz.
Frente a la desidia —traducida en abstención— que se erige como la lista más votada en buena parte de los países de la UE, en los últimos 10 años han emergido con fuerza opciones rupturistas. Con el entusiasmo que suelen despertar las fórmulas que prometen desterrar todo lo conocido para sustituirlo por algo óptimo, algunos partidos esgrimen la Europa de las naciones como receta para enderezar la UE. Cuando fue precisamente el fervor excesivo de las naciones el que desangró el continente. De repente, esos mensajes mesiánicos movilizan a una parte todavía pequeña del pueblo europeo —si es que ese concepto existe—, pero más activa en las urnas que la que defiende políticas continuistas.
Europa, los europeos, corren el riesgo de incurrir en la mayor ceguera posible: dar por blindado lo que se forjó con tanto esfuerzo, tratando de alejar para siempre —a golpe de ley— las tinieblas de la guerra. Pero la salida del Reino Unido en 2020, el primer y único Estado miembro que se ha apeado del proyecto comunitario por un pulso populista alimentado principalmente por bulos, constituyó una primera señal. Las conquistas no son irreversibles. Sin intereses comunes y sin un engranaje de normas que vinculen a los Estados, la tentación de volver a empuñar las armas al menor desencuentro puede reaparecer. Lucía Abellán es periodista y redactora jefe de Internacional en El País.









Sobre los viejos fantasmas. Especial 2 de hoy domingo, 9 de junio. Jornada electoral europea

 





Los viejos fantasmas
MÀRIUS CAROL
09 JUN 2024 - La Vanguardia - harendt.blogspot.com

En su último mitin en Barcelona, Alberto Núñez Feijóo proclamó: “Si quieres darle un disgusto a Sánchez, coge la papeleta del PP”. Así que, a su juicio, las elecciones europeas de hoy van de disgustar al socialista, cuando muchos pensábamos que nos estábamos jugando la manera de afrontar el cambio climático, la despoblación de las zonas rurales mientras las ciudades se convierten en parques temáticos, la desigualdad entre las personas, nuestra capacidad de acabar con la pobreza, la contaminación de los mares, la desaparición de los insectos en los bosques o las sequías que matan las cosechas y amenazan la vida en el planeta.
Y todo eso, con dos guerras terribles a las puertas de Europa, que nos interpelan a diario y que nos obligan a dedicar más recursos a la industria bélica. Sin olvidar que el discurso del odio recorre Europa de la mano de la extrema derecha y que las noticias falsas cercan la verdad. Un dato: desde que empezó la guerra de Ucrania han sido expulsados un millar de espías rusos.
La derecha de este país, que tiene un mal perder, pretende que estas elecciones sean un plebiscito (otro más) sobre Pedro Sánchez, cuando está en juego la propia concepción de Europa. El compromiso que democristianos, liberales y socialdemócratas asumieron tras la Segunda Guerra Mundial para que Europa fuera un territorio unido, solidario y libre, concebido como un Estado de bienestar y donde nunca más los europeos fueran víctimas de los totalitarismos peligra, mientras en España nos miramos el ombligo.
En 1849, Victor Hugo ya intuyó que un día no muy lejano los estados europeos formarían una república internacional, donde el cosmopolitismo se impondría a los sentimientos nacionales. Llegó a escribir que nada le había horrorizado más que la guerra de Crimea, cuando “los ferrocarriles y barcos de vapor europeos en vez de transportar los abundantes regalos de la naturaleza de aquí para allá, como amistosos intercambios entre hombres, llevaban soldados y máquinas de destrucción”.
Hoy no se vota a Sánchez o a Feijóo, sino el futuro inmediato de Europa, donde los viejos fantasmas del odio y la sinrazón quieren salir de sus tumbas para atraparnos de nuevo. Màrius Carol es consejero editorial de La Vanguardia.









Sobre el jardín y la jungla. Especial 1 de hoy domingo, 9 de junio, jornada electora en Europa

 







El jardín y la jungla
JORDI AMAT
09 JUN 2024 - El País - harendt.blogspot.com

Hace año y medio Josep Borrell pronunció un discurso importante en uno de los corazones del continente: el Colegio de Europa de Brujas. Su auditorio era la primera promoción de la Academia Diplomática Europea, un programa financiado principalmente por el Parlamento Europeo y cuya misión es formar a diplomáticos de los Estados miembros para que actúen como diplomáticos europeos de pleno derecho. Aquel 13 de octubre de 2022 el Alto Representante para Asuntos Exteriores y Seguridad de la UE construyó su reflexión a partir de una imagen provocadora que generó una reveladora controversia: describió a Europa como un jardín y caracterizó como una jungla asediante a la mayor parte del resto del mundo, con Putin como encarnación del temible tigre salvaje. Por entonces hacía medio año que el autócrata había decidido invadir Ucrania. La mayoría de la ciudadanía europea, que padecía las consecuencias económicas de la guerra, aún estaba altamente sensibilizada con un conflicto que, desde las imágenes inhumanas del sitio de Mariupol, estaba reactivando la memoria secular de una barbarie que deseábamos lejana y olvidada. ¿Europa, atemorizada en su seguridad y bienestar, podía dejar de ser aquel vergel? Este domingo, en las urnas, también damos una respuesta a esa pregunta.
“Hemos construido un jardín. Todo funciona. Es la mejor combinación de libertad política, prosperidad económica y cohesión social que ha construido la humanidad”. Lo que vino a decir Borrell en la tranquilidad de Brujas es que esa tríada de libertad, prosperidad y cohesión, si seguíamos encerrados en nuestro jardín, estaba seriamente amenazada. Desde entonces, mientras la guerra ha continuado, nuestras opiniones públicas, sobre todo las más cercanas a Rusia, han ido interiorizando que existe una plausible amenaza de agresión bélica y, en paralelo, la UE ha empezado a explorar nuevos mecanismos presupuestarios con el propósito de financiar el aumento del gasto en defensa. Pero la cuestión militar no es la única en la que Europa se juega el ser o no ser. Hay otra cara del mismo reto. En un momento de transición global, siguiendo con el argumento de Borrell, los europeístas interpretan cuáles son las coordenadas de una globalización que ya no solo lidera Occidente. Solo así, al entender cuál debe y puede ser su lugar en la tensa coyuntura actual, podrá seguir siendo un jardín. Es la otra batalla. La de la economía cuando el mercado interior, que fue origen de la Unión, es un recuerdo del mundo de ayer al que prometen regresar los nacionalpopulismos.
Ese mundo, el que nació hace 80 años en la playa de Omaha, tan solo es un recuerdo en el que Europa se mira el ombligo nostálgico. El de hoy es el del artículo de portada de The New York Times del pasado miércoles, escrito por Patricia Cohen, donde ya en el titular se formulaba la pregunta esencial: “Europa se ha quedado detrás de Estados Unidos y China. ¿Puede ponerse al día?”. No será fácil. El punto de partida son unos datos inapelables que José Ignacio Goirigolzarri —presidente de CaixaBank— puso sobre la mesa hace pocas semanas en un debate en Barcelona: Europa tiene el 6% de la población mundial, el 18% del PIB mundial y supone el 48% del gasto público. Hemos vivido en este jardín porque ha podido realizarse ese gasto. Pero las cuentas, a medio plazo, no saldrán. Por eso es clave apostar por un modelo productivo que refuerce la prosperidad económica como única garantía del bienestar que cohesiona. Durante la última legislatura se ha abierto un camino propio: la reindustrialización a través del vector del Pacto Verde y, sobre todo en España e Italia, los Fondos Next Generation. No se han planteado otras alternativas realistas. Bueno, sí: las involutivas. Las de la jungla. Jordi Amat es filólogo.