domingo, 2 de junio de 2024

De los pacifistas

 






Hola, buenos días de nuevo a todos y feliz domingo, 2 de junio. No sabemos de un solo ucranio que esté feliz con la guerra, afirma en El País Semanal el escritor Javier Cercas, pero ¿qué hubieran debido hacer para preservar la paz? Sean felices, por favor, aun contra todo pronóstico. Y nos vemos mañana si la diosa Fortuna lo permite. Tamaragua, amigos míos. harendt.blogspot.com











Las preguntas del pacifismo
JAVIER CERCAS
25 MAY 2024 - El País Semanal - harendt.blogspot.com

Soy pacifista. De hecho, no conozco a nadie en su sano juicio que esté a favor de la guerra, salvo los fabricantes de armas y sus compinches (siempre y cuando ni ellos ni sus hijos tengan que ir al frente, claro está). El problema es que, para preservar la paz, no basta con ser pacifista; además, hay que responder algunas preguntas. Allá van unas cuantas.
España, 1936. No deberíamos olvidar que la Guerra Civil no se desencadenó exactamente porque un grupo de militares felones diera un golpe de Estado contra la II República, sino porque el Gobierno de la II República se opuso a él de la única forma que podía oponerse: con las armas. ¿Qué hubiera debido hacer? ¿Aceptar el golpe? En ese caso, es obvio que la guerra no se hubiera producido y que, aunque nadie sabe si nos hubiéramos ahorrado los 40 años de dictadura posteriores, seguro que muchísimas de las vidas que se perdieron se hubieran salvado. ¿No debió resistirse el Gobierno de la II República? ¿Se equivocaron los republicanos que lucharon por sus libertades en el campo de batalla durante tres años terribles? ¿Hubieran debido claudicar el primer día para preservar la paz? Y, puestos a preguntar, ¿qué clase de paz hubiera sido esa? ¿Hubiera podido llamarse paz? Otro ejemplo. Europa, 1939. Hitler, que ha declarado sus intenciones desde el primer día (basta con leer Mein Kampf) y que las está llevando a la práctica desde el poder (Austria, Checoslovaquia), invade Polonia y provoca la II Guerra Mundial. ¿Qué hubieran debido hacer los polacos? ¿No enfrentarse a los nazis? ¿Y qué hubieran debido hacer los rusos dos años más tarde, cuando Hitler irrumpió en la Unión Soviética? ¿Hubieran debido recibirlo con los brazos abiertos? ¿Y cuál hubiese sido la actitud correcta de los aliados (EE UU, Reino Unido) frente a la ofensiva general de Hitler? ¿No oponerse a ella? Si nadie hubiese plantado cara a Hitler, seguro que no hubiese habido guerra ni hubieran muerto muchas de las muchísimas personas que murieron en ella, pero ¿hubiese habido paz? De nuevo: ¿qué clase de paz? Bertrand Russell, encarnación de la decencia, pacifista y opositor a la I Guerra Mundial (y a la de Vietnam), opinó que había que combatir a Hitler. ¿Qué pensamos los pacifistas de hoy? ¿Se equivocaron los hombres de medio mundo que pelearon contra Hitler, igual que los españoles que pelearon contra Franco? Adivino lo que están pensando: que también Putin avisó casi desde el primer día (nunca ocultó que, a su juicio, la caída del imperio soviético era una calamidad, ni que lo deseable era reconstruirlo) y que, casi desde el primer día, puso en práctica su aviso (Georgia, Chechenia, Crimea, Donbás). De nuevo: ¿qué hubieran debido hacer los ucranios cuando los tanques rusos entraron a sangre y fuego en su país en febrero de 2022? No sabemos de un solo ucranio que esté feliz con la guerra, pero ¿qué hubieran debido hacer para preservar la paz? ¿Entregarse al invasor? De haberlo hecho, no cabe duda de que no hubiera estallado la guerra y se hubieran ahorrado muchas vidas, pero ¿qué paz hubiera sido esa? ¿Hubiera podido llamarse paz? Y, por cierto, ¿qué hubiéramos debido hacer nosotros con los ucranios? ¿Exigirles que no se defiendan? ¿No ayudarlos a defenderse y, en nombre de la paz, permitir que Putin haga con ellos lo que quiera? Más preguntas: ¿qué haremos si Ucrania cae y, al cabo de un tiempo, Putin va a por el siguiente, y el siguiente intenta defenderse? ¿Le diremos que allá se las componga, que al fin y al cabo nosotros estamos muy lejos de Putin y que con nosotros no se va a meter? ¿Alguien escribirá dentro de unos años una versión del celebérrimo poema de Martin Niemöller, aquel en que el pastor luterano alemán reprochó a sus conciudadanos que no protestaran cuando los nazis se llevaron primero a los comunistas y luego a los socialdemócratas y luego a los sindicalistas y luego a los judíos, y que termina: “Cuando vinieron a buscarme a mí, / ya no había nadie más que pudiera protestar”? Estas son algunas de las preguntas que, me parece, deberíamos plantearnos los pacifistas. Yo sólo espero que nunca tengamos que responder a las últimas. Javier Cercas es escritor.






























[ARCHIVO DEL BLOG] La mujer no es solo un cuerpo. [Publicada el 16/02/2018]











La mujer no es solo un cuerpo, escribe en El País Catherine Millet, escritora y crítica de arte francesa. “No todas reaccionan de la misma forma a las agresiones masculinas”: la escritora, una de las 100 firmantes del manifiesto publicado en enero en ‘Le Monde’, responde a las críticas que sufrió tras la publicación del texto.
El pasado 10 de enero, comienza diciendo Millet, el periódico Le Monde publicó una tribuna titulada Mujeres liberan otra voz, firmada por otras cuatro escritoras (Sarah Chiche, Catherine Robbe-Grillet, Peggy Sastre y Abnousse Shalmani) y yo. De inmediato, más de un centenar de mujeres —artistas e intelectuales, pero no solo— aceptaron firmar el texto, entre ellas Catherine Deneuve. En los días sucesivos, los principales diarios de todo el mundo nos pidieron entrevistas. De pronto empezaron a oírse otras voces además de la única que estaba alzándose hasta entonces, la que reclamaba “denunciar a tu cerdo” y alimentaba el tsunami del #metoo.
La idea de publicar nuestra tribuna nació tras el comentario de un editor de que, en el clima actual, ya ninguno de sus colegas se habría atrevido a publicar mi libro La vida sexual de Catherine M. La observación nos sorprendió y nos inquietó. El libro, editado en 2001, había tenido un enorme éxito nacional e internacional. Durante la polémica suscitada por la publicación de nuestro manifiesto, me han reprochado varias veces una declaración mía en el sentido de que casi lamento no haber sufrido yo una violación, para demostrar con mi ejemplo que es posible superar el trauma. No es una declaración hecha ayer, sino algo que he dicho a menudo, en entrevistas y actos públicos, y, por supuesto, siempre hablaba en mi propio nombre, en el de Catherine M., es decir, a partir de la experiencia de la sexualidad que yo tenía y que había narrado en mi libro. Por eso no está de más que recuerde su contenido.
He tenido muchas parejas; algunos han sido amigos míos durante años, otros eran desconocidos y han seguido siéndolos, hombres que me encontré por casualidad y a los que apenas entreví el rostro. De aquella forma de vivir guardo el recuerdo de momentos excitantes, alegres, felices. Por supuesto, una vez comenzada la relación sexual, alguna pareja resultó decepcionante o desagradable e incluso repugnante. En esos casos, el hombre solo tenía acceso a mi cuerpo, porque mi espíritu se mantenía apartado y no conservaba ninguna huella que pudiera atormentarlo. ¿Qué mujer no ha experimentado esa disociación de cuerpo y espíritu? ¿Quién no se ha rendido a su marido o su amante mientras tenía la cabeza llena de preocupaciones cotidianas? ¿Quién, al contacto entre su piel y la de un hombre torpe, no se ha dejado llevar por el sueño de estar con otro? Yo incluso tengo una pequeña teoría al respecto: creo que la mujer (o el hombre) que recibe la penetración dispone de esa facultad más que quien penetra.
Si me hubiera visto forzada brutalmente a mantener una relación sexual con un agresor o varios agresores, no habría opuesto resistencia, pensando en que la satisfacción del impulso aplacaría el instinto violento. Por más repugnancia que sintiera, o miedo a otro tipo de violencia —la amenaza de un arma—, me atrevo a pensar que habría aceptado que mi cuerpo se sometiera, consciente de que mi espíritu seguiría siendo independiente, que mantendría su integridad y me ayudaría a relativizar la posesión de mi cuerpo. ¿Acaso no es el mismo tipo de protección mental al que recurren las prostitutas, que no escogen a sus clientes?
Ya que estoy expresándome a título personal, debo añadir que, en mi opinión, esta actitud se debe a un trasfondo católico que nunca me ha abandonado del todo y que me enseñó que el alma prevalecía sobre el cuerpo. Hace mucho tiempo que dejé de creer en Dios, y nunca utilizo la palabra “alma”, pero sigo estando totalmente convencida de que mi persona no es lo mismo que mi cuerpo, sino que reside en una consciencia (y en un inconsciente, pero ese es otro tema) que tiene cierto poder sobre el cuerpo. Hay un texto sobre estas cuestiones que puede ser útil leer, un fragmento de La ciudad de Dios de San Agustín. Este Padre de la Iglesia toma el ejemplo de Lucrecia, la mujer de la antigua Roma que prefirió suicidarse antes que sobrevivir a una violación, y escribe: “Este ataque [se refiere a la violación] no arrebata al alma la pureza que defiende”. También dice que quienes “matan el cuerpo no pueden matar el alma”.
Luego va más allá e incluso supone que, “víctima de una violencia irresistible”, Lucrecia tal vez “se dejó arrastrar por el placer”. Pero no la condena. San Agustín no era uno de esos burdos misóginos que, hasta hace no demasiado tiempo, sospechaban que las mujeres violadas, en realidad, habían sido consentidoras secretas. Más bien, encuentro un eco de su pensamiento en la opinión que dio recientemente el filósofo Raphaël Enthoven en la emisora Europe 1 a propósito de una frase que causó gran escándalo de la antigua actriz porno Brigitte Lahaie, hoy presentadora de radio y firmante de nuestra carta: “Siempre se puede disfrutar de una violación”. Enthoven recordó que, en efecto, “técnicamente, se puede experimentar un orgasmo durante una violación, lo cual no significa que la víctima dé su consentimiento”, y que es un error ocultar esa realidad, porque el trauma puede agravarse por el sentimiento de culpa. También dio la razón a otra frase de Lahaie: que “el cuerpo y el espíritu no siempre coinciden”. Dicen que es frecuente que las víctimas de violación tarden en denunciar la agresión por vergüenza. Esta disociación podría ayudarlas a superarla.
Nuestra tribuna no aspiraba más que a recordar que no todas las mujeres reaccionan de la misma forma a las agresiones masculinas. Que, si bien la violación es un crimen y el acoso es un delito —condenados por la ley, es decir, por todas y todos—, no percibimos de la misma forma los gestos y actos sexuales, porque no existe nada más individual ni que diferencie de manera más íntima y profunda a cada persona que la relación que tiene con su propio cuerpo y la moral sexual que se forja a lo largo de la vida.
No se nos puede reducir a un cuerpo, y me sorprende que se haya utilizado tan poco en los recientes debates la palabra resiliencia. La resiliencia es la capacidad del ser humano de recuperarse después de un trauma. Los juicios por violación suelen ser largos y muy difíciles para las víctimas porque, hasta llegar a que se haga justicia, las obligan a remover sus recuerdos más dolorosos. Por eso me parece tan importante decir y repetir que existen otros modelos aparte de los que atan la psique y el cuerpo, y que dichos modelos pueden ayudar a las mujeres encerradas en su sufrimiento. Nuestro manifiesto recogió numerosas firmas, muchas de ellas acompañadas de testimonios espontáneos de mujeres que habían sufrido agresiones sexuales pero que se alegran de haber podido superarlas, a veces incluso olvidarlas, para vivir hoy una vida amorosa y sexual equilibrada. Esas mujeres son un ejemplo digno de seguir. ¿Había que negarles la palabra de la que se quiso hacer eco nuestra carta? Y ahora, como decía Sócrates, Ιωμεν: vámonos. Sean felices, por favor, a pesar de todo. Tamaragua, amigos. HArendt














sábado, 1 de junio de 2024

De las vilezas de Occidente

 







Hola, buenos días de nuevo a todos y feliz sábado, 1 de junio. La lista de actuaciones ilegales o reprobables de los países occidentales no deja de crecer, escribe en El País el analista de política internacional Andrea Rizzi, y la ola ultraderechista amenaza con empeorar un historial ya muy oscuro. Sean felices, por favor, aun contra todo pronóstico. Y nos vemos mañana si la diosa Fortuna lo permite. Tamaragua, amigos míos. harendt.blogspot.com













La bajeza de Occidente
ANDREA RIZZI
25 MAY 2024 - El País - harendt.blogspot.com

La lista, dolorosamente larga, no deja de crecer. Es el cúmulo de actuaciones ilegales, indignantes, reprobables o de muy dudosa moralidad de Occidente. Washington, líder de ese espacio y principal potencia mundial, destaca en cuanto a responsabilidades, pero Europa no está ni mucho menos exenta de ellas. Observemos una selección de las últimas tres décadas.
El genocidio de Srebrenica, símbolo de la terrible inacción europea en las masacres de los Balcanes.
Guantánamo, Abu Ghraib, el programa de vigilancia masiva sin autorización judicial Viento Estelar y los vuelos de la vergüenza de la CIA, emblemas de la abdicación de EE UU al Estado de derecho y los derechos humanos, con cooperación de algunos países europeos que facilitaron tránsito y centros operativos a la agencia estadounidense.
La invasión de Irak, atropello del derecho internacional fundado en mentiras descaradas, capitaneada por EE UU, pero de nuevo con connivencias europeas, como las del Reino Unido, España y Portugal.
La Libia primero intervenida y luego abandonada al desastre.
La Siria directamente abandonada al desastre.
El egoísmo en la distribución de las vacunas en la pandemia: EE UU, sin exportarlas; los europeos, exportándolas, pero boicoteando la liberación de patentes.
La anuencia, durante décadas, a la ilegal e injustificada ocupación israelí de territorios palestinos con todos los abusos a ella vinculados. Y, en el caso de EE UU, el continuado suministro de munición a una respuesta bélica con toda probabilidad criminal, y sin duda alguna deshumana.
El rebote, cada vez más desacomplejado, de solicitantes de asilo. La infame separación de niños de sus familias practicada por la Administración de Trump. Las puertas abiertas a los refugiados de Ucrania, las cerradas a los sirios. La subcontratación a regímenes autoritarios de la tarea de freno de inmigrantes, a sabiendas de que los métodos son los esperables de parte de regímenes autoritarios de esa calaña, y quedándose a gusto con el mero hecho de haber reclamado que todo se haga con pulcritud.
Estos dos últimos apartados —la guerra en Gaza y la inmigración— son los que nos conciernen más ahora. En el primero sigue habiendo demasiados gobiernos occidentales que, por la vía de no hacer nada más que pronunciar inútiles críticas, de facto facilitan la continuación de la deshumana acción bélica que Netanyahu lleva adelante y seguirá llevando si nadie le frena, porque así le conviene a él y porque el coste es muy limitado. La orden de cese inmediato de la ofensiva de Israel sobre Rafah emitida por el Tribunal Internacional de Justicia —así como la petición del fiscal Tribunal Penal Internacional de una orden de arresto para Netanyahu y el ministro de Defensa israelí así como para tres líderes de Hamás— es a la vez un recordatorio de la altura de un sistema internacional basado en reglas así como de sus límites de eficacia y de la bajeza de los poderes occidentales que, con limitadas excepciones, no se plantan ante todo esto. Biden había señalado como línea roja para Israel en una operación sustancial en Rafah. De momento, no ha reaccionado. Tal vez ocurra lo mismo que con la línea roja que —en circunstancias diferentes— señaló Obama a El Asad sobre el uso de armas químicas: nada.
En el segundo apartado, el migratorio, tenemos ahora, entre otros movimientos, a 15 países de la UE que reclaman a Bruselas que se avance en esquemas que buscan consolidar la Europa fortaleza, aquella que rebota a todo el mundo sin preguntar, y que se ocupen países terceros, sin muchos miramientos. El marco conceptual de la ultraderecha ha ganado, desde hace años ya.
Los occidentales no estamos a la altura de los grandes valores que profesamos pero, a menudo, no practicamos: democracia, Estado de derecho, una concepción universalista de los derechos humanos, un orden mundial basado en reglas y una idea que sobresale del marco jurídico, la de la dignidad humana.
Los atropellos enumerados en este artículo tienen padres de distinto signo político. Es una Casa Blanca demócrata la que sigue alimentando a Netanyahu. Fue un Downing Street laborista el que se embarcó en el horror de Irak. Es la Dinamarca socialdemócrata la que encabeza la petición de avanzar a escala UE en la senda del modelo Ruanda de Sunak o el modelo de Albania de Meloni. Sería un error encapsular responsabilidades en un único bando.
Pero hay que ser ciego o tener mala fe para no ver hasta qué punto el auge de la ultraderecha amenaza con hundir hasta niveles desconocidos este historial de bajezas de Occidente. Hechos incontrovertibles muestran la amenaza democrática que han supuesto los liderazgos de Orbán, Kaczyinski o Trump. Meloni, con la que ahora el Partido Popular Europeo se abre a pactar, es más sutil. No es lo mismo que Orbán, que habla abiertamente de democracia iliberal, o Trump, que alentó un asalto al Parlamento. Pero sus maniobras para colonizar el espacio mediático, construir un relato cultural hegemónico y presionar a intelectuales, opositores o periodistas desprenden un pésimo hedor.
Con distintos matices, la galaxia de ultraderecha comparte un denominador inquietante, que es el del nacionalismo y la política identitaria. Es peligroso porque detrás del nacionalismo subyace siempre una idea latente con el potencial de cuajar en horrores: que el interés nacional superior acabe justificando cruzar ciertas líneas frente a los demás. Justificando discriminaciones, excepciones. Nosotros y nuestros intereses, primero; los demás, y los valores, después. La altura reside en el universalismo de democracia, derechos humanos, orden mundial basado en reglas. La bajeza merodea en la relativización. De ahí brotan las plantas más tóxicas.
Los regímenes autoritarios del mundo predican abiertamente esa relativización, de la idea según la que derechos humanos y democracia deben interpretarse según las circunstancias de cada país. Ese es el planteamiento explícito de China y Rusia. Si alguno de sus sostenedores se ha regocijado con este catálogo de críticas a Occidente, tiene pocos motivos para ello: en aquellos países la dignidad humana es pisoteada hasta el punto extremo de impedir la libre expresión de las ideas, entre otras cosas.
Los ultraderechistas de las democracias no son comparables a aquellos y tienen diferencias entre ellos, pero tienden a coquetear, deambular cerca de esa relativización, sea con la democracia iliberal de Orbán, el poco velado supremacismo, el fastidio por la rigidez de un derecho que insiste en considerarnos a todos iguales. Esa vieja idea tan molesta para algunos.
Occidente debe esforzarse de mantenerse leal a sus valores. Primero porque es justo. Después, porque le conviene en la gran competición con las potencias autoritarias. Ciertas bajezas solo espolean desprecio y resentimiento.
Mantener la altura no es fácil. La han perdido dirigentes de todo color político. Pero poca duda cabe de que nacionalismo y políticas identitarias son una masa oscura con una fuerza de atracción hacia abajo mucho más grande que el universalismo. Es la composición de esa masa para la UE del próximo quinquenio, la que está en juego en las elecciones europeas cuya campaña acaba de abrirse, por la vía del voto ciudadano y de los pactos posteriores. Andrea Rizzi es analista de política internacional.






























[ARCHIVO DEL BLOG] Dios al desnudo. [Publicada el 01/06/2008]









Polemizar sobre la existencia o no existencia de Dios con un creyente (o con un "no creyente) es absurdo. Es una cuestión irracional e irresoluble. La lista de los que lo han intentado es inabarcable. Y siempre, la piedra de toque, es el silencio de Dios ante el sufrimiento. No voy a insistir en ello. No soy creyente. Los mitos son bellos, pero no dejan de ser mitos. Allá cada cual que crea en lo que le parezca. La polémica puede resultar muy dolorosa, como en el caso de la filósofa francesa Simone Weil  y su famosa "Carta a un religioso".
¿Vivimos en un mundo creado por un dios todopoderoso, omnisciente y absolutamente bueno?, se pregunta el filósofo y profesor de la Universidad de Princeton Peter Singer en El País de hoy. Los cristianos así lo creen. No obstante, todos los días nos enfrentamos a un motivo poderoso para dudarlo: en el mundo hay mucho dolor y sufrimiento. Si Dios es omnisciente, sabe cuánto sufrimiento hay. Si es todopoderoso, podría haber creado un mundo sin tanto dolor, y lo habría hecho si fuera absolutamente bueno.
Los cristianos generalmente responden que Dios nos concedió el don del libre albedrío, y por lo tanto no es responsable del mal que hacemos. Pero esta respuesta no toma en cuenta el sufrimiento de quienes se ahogan en inundaciones, se queman vivos en incendios forestales provocados por un rayo o mueren de hambre o sed durante una sequía.
Los cristianos tratan de explicar este sufrimiento diciendo que todos los seres humanos son pecadores y merecen su suerte, por espantosa que sea. Pero los bebés y niños pequeños tienen las mismas probabilidades que los adultos de sufrir y morir en desastres naturales y parece imposible que lo merezcan.
Una vez más, algunos cristianos sostienen que todos hemos heredado el pecado original cometido por Eva, que desafió el decreto de Dios de no comer del árbol del conocimiento. Esta es una idea repelente por partida triple, ya que implica que el conocimiento es malo, que desobedecer la voluntad de Dios es el mayor de todos los pecados y que los niños heredan los pecados de sus antepasados y pueden ser justamente castigados por ellos.
Aun si aceptáramos todo esto, el problema sigue sin solución. Los animales también sufren a causa de las inundaciones, incendios y sequías y, puesto que no descienden de Adán y Eva, no pueden haber heredado el pecado original.
En tiempos pasados, cuando el pecado se tomaba más en serio que hoy en día, el sufrimiento de los animales planteaba un problema particularmente difícil a los pensadores cristianos. El filósofo francés del siglo XVII René Descartes lo resolvió mediante el drástico recurso de negar que los animales puedan sufrir. Sostenía que los animales eran simplemente mecanismos ingeniosos y que no se debían tomar sus chillidos y contorsiones como señal de dolor, de la misma manera que no se toma el ruido de un reloj despertador como señal de que tiene conciencia. Es poco probable que las personas que tienen un gato o un perro encuentren convincente ese argumento.
El mes pasado, en la Universidad de Biola, una escuela cristiana en el sur de California, debatí la existencia de Dios con el comentarista conservador Dinesh D'Souza. En los últimos meses, D'Souza ha insistido en discutir con ateos prominentes, pero a él también le costó trabajo encontrar una respuesta convincente al problema que he descrito.
Primero dijo que puesto que los seres humanos pueden vivir eternamente en el cielo, el sufrimiento de este mundo es menos importante que si nuestra vida en este mundo fuera la única que tuviéramos. Eso sigue sin explicar por qué un dios todopoderoso y absolutamente bueno lo permitiría. Por insignificante que sea este sufrimiento desde la perspectiva de la eternidad, el mundo estaría mejor sin él, o al menos sin la mayor parte de él. (Algunas personas afirman que necesitamos algo de sufrimiento para apreciar lo que es ser feliz. Tal vez, pero ciertamente no necesitamos tanto).
A continuación, D'Souza adujo que como Dios nos dio la vida, no estamos en condiciones de quejarnos si no es perfecta. Utilizó el ejemplo de un niño nacido sin una pierna. Dijo que si la vida en sí misma es un don, no se nos hace un daño si recibimos menos de lo que podríamos desear. En respuesta, señalé que nosotros condenamos a las madres que dañan a sus bebés mediante el uso de alcohol o cocaína durante el embarazo. No obstante, ya que le dan la vida a sus hijos, parece que según la opinión de D'Souza lo que hacen no tiene nada de malo.
Por último, D'Souza recurrió, como lo hacen muchos cristianos cuando se les presiona, a la afirmación de que no podemos esperar entender los motivos de Dios para crear el mundo tal como es. Es como si una hormiga tratara de entender nuestras decisiones, por lo insignificante que es nuestra inteligencia en comparación con la infinita sabiduría de Dios. (Ésta es la respuesta que se da de forma más poética en el Libro de Job). Pero una vez que abdicamos así de nuestra capacidad de raciocinio, bien podemos creer lo que sea.
Además, la afirmación de que nuestra inteligencia es insignificante en comparación con la de Dios presupone exactamente el punto que se está debatiendo: que existe un dios omnisciente, omnipotente y absolutamente bueno. Las evidencias que tenemos ante nuestros propios ojos indican que es más razonable creer que el mundo no fue creado por dios alguno. Si de cualquier forma insistimos en creer en la creación divina, nos vemos obligados a admitir que el dios que creó el mundo no puede ser todopoderoso y absolutamente bueno. O es malvado o no es muy hábil. Sean felices, por favor. O al menos inténtelo. A pesar de Dios. HArendt. 











viernes, 31 de mayo de 2024

De la necropolítica y la felicidad

 






Hola, buenos días de nuevo a todos y feliz viernes, 31 de mayo. No se trata de acelerar las experiencias, cuantificar el placer o sumirnos en la hedonia al límite,  comenta en El País la escritora Azahara Palomeque, sino, según Horacio, de vivir intensamente hasta lo más simple. Sean felices, por favor, aun contra todo pronóstico. Y nos vemos mañana si la diosa Fortuna lo permite. Tamaragua, amigos míos. harendt.blogspot.com












Cómo ser feliz rodeada de necropolítica
AZAHARA PALOMEQUE
25 MAY 2024 - El País - harendt.blogspot.com

A veces, siento una alegría inmensa por el hecho de estar viva que se deposita en mirar la corriente de un río, saludar a un vecino, o comprobar que —a fuerza de riego constante— ha crecido la hiedra y ya es más alta que yo. A veces, si enfermo o noto un dolor fortuito, como buena hipocondríaca, pienso que me voy a morir de inmediato, pero se me pasa cuando imagino las amistades que me recordarían, quizá no tantas, pero suficientes para acompañarme, junto a los difuntos que ya me esperan del otro lado. A veces, me desgarra una rabia furibunda al comprobar cuántos matan impunemente, privando a alguien de la posibilidad de un río, una hiedra, y quebrando la red tupida de afectos que esa persona ha construido en comunidad, es decir, extendiendo la destrucción hacia otros teóricamente aún aquí. Me he detenido en esta reflexión tras leer a la filósofa Ana Carrasco-Conde (La muerte en común, 2024), que reivindica un deceso cargado de amor —por quien se ha marchado, pero también por aquello hilvanado conjuntamente—, cantos y rituales constitutivos de una subjetividad enlentecida y gregaria, y en un momento en que mis constantes vitales, mis pulsaciones y anhelos, se encuentran en las antípodas de la necropolítica actual.
Yo, migrante retornada de Estados Unidos, donde contemplaba paisajes arrasados por la epidemia de opiáceos, torrentes desgraciados de ansiedad en los que no podían hacer frente a las facturas médicas, y una violencia policial, racista, atroz, volví a casa sin más pretensiones que respirar entre las hebras del cariño y el sol, abrazando el carpe diem que Carrasco-Conde analiza: no se trataba de acelerar las experiencias, cuantificar el placer o sumirnos en la hedonia al límite, sino, según Horacio, de vivir intensamente hasta lo más simple: el olor del azahar, o el del café, cuyo vínculo con la poesía estableció Borges. Que transcurran los días sin que alguien se olvide de decirme que me quiere, tras haber sido discriminada antaño, o que a una cena de tres se sumen dos presencias inesperadamente fabulosas, después de haber conjugado el individualismo más atomizador, colma la existencia de una plenitud que asimismo retoza en el cuerpo táctil, vibrátil, el mismo que soy capaz de celebrar sin consumismo o adicciones inconfesables. Lo que ocurre tras la catábasis, a veces, es que aprendes a admirar la sencillez del páramo por contraste: no tiene círculos sucesivos soterrados, entra la luz, algún insecto revolotea. Sin embargo, esa postura es cada vez más minoritaria, porque una no puede plantar la primavera en una maceta y esperar que florezcan campos de cultivo.
Nuestras sociedades, especialmente las élites, han desarrollado un gusto pernicioso por la aniquilación. Los 7.291 ancianos abandonados a la parca en residencias conforman una cifra alegórica que representa tendencias globales destinadas a acabar con todo lo bello conocido, y la belleza se halla también en la supervivencia, y en los cuidados frente a la despedida. Erich Fromm explicaba la seducción que ejerce el fascismo en las multitudes a partir de impulsos sádicos que buscan ser satisfechos y actúan contra todo interés racional, pero, para que un individuo los experimente, la fuente de la crueldad debe permanecer próxima: unas políticas criminales, un atentado nunca reconocido como tal al efectuar recortes en el Estado del bienestar, una completa desconsideración ante el sufrimiento que genera un genocidio o un desahucio. El ojo humano que enfoca el pétalo y se deleita sabe que más allá, tal vez donde no alcanza la vista, “la muerte va al volante”, como argumenta Andreas Malm al referirse a la falta de medidas climáticas presentes en el capitalismo fósil, y en algún vericueto de su gozo se desliza una negación implicatoria atada a la culpa, parecida al pesticida utilizado para destruir el pulgón, la lombriz y la pureza del agua.
Cómo voy a reivindicar una vida cuajada de vínculos vecinales, piropos al suelo atravesado de huellas de todos los tamaños porque la gente camina y se topa con los demás en el sendero, y loas al aire que nos da de cantar en mitad de un mundo gobernado mayormente por sádicos que, en realidad, desgobiernan al capricho de magnates económicos, azuzados por acólitos que aplauden, abajo, sus intenciones luctuosas y trafican con las biografías de las siguientes generaciones es algo que me preocupa. Cómo no voy a dejar que nos roben la alegría, escatimando en cinismo e intentando por todos los medios expandirla, así las fuerzas sicarias sean superiores apuntala un propósito vital que me torna tan feliz como responsable. Si, de acuerdo con Carrasco-Conde, la ausencia de cantos (emparentados los fúnebres y las nanas) nos transforma en seres desencantados, yo me he empeñado en entonar una copla a los amaneceres rosáceos donde no se escucha un tiroteo ni el lamento por la caricia negada. Radica ahí la intensidad humilde, cotidiana, que merecemos y una resistencia contra quienes se empeñan en morirnos como único paradigma sociopolítico, moneda de cambio para lo que no se puede comprar. Azahara Palomeque es escritora y doctora en estudios culturales por la Universidad de Princeton. 




























[ARCHIVO DEL BLOG] Chapuceros. [Publicada el 15/07/2020]










Los errores gramaticales, faltas de ortografía o erratas ensucian los textos y les restan credibilidad, comenta en el A vuelapluma de este miércoles [Chapuceros. El Pais, 4/7/2020] el periodista de El País y Defensor del Lector de dicho diario, Carlos Yárnoz. En las redacciones -comienza diciendo Yárnoz- se escucha este comentario con preocupante asiduidad: “Es buen periodista, pero redacta mal”. A quienes dicen eso hay que recordarles la frase del fallecido filólogo Fernando Lázaro Carreter: “Si alguien falla ante un problema simple como es el de escribir o hablar sin faltas, fallará igualmente ante los problemas de su profesión o de su ciencia; las posibilidades de que sea un chapucero serán muchas”. El lector Javier Muñoz Álvarez me ha remitido a esas palabras para quejarse de las puñaladas que damos a la gramática quienes debemos dominarla como herramienta básica del oficio. Todos los días hay en el diario erratas, faltas de ortografía o errores gramaticales que ensucian textos y les restan credibilidad.
La portada del 26 de junio incluía en la principal noticia de la portada de su edición impresa la palabra “fenomeno” —sin acento—, que ya auguraba mayores problemas en su desarrollo en el interior. Contenía una decena de erratas. Algunas tan feas como esta discordancia: “No obstante, este libertad…”; o esta frase incomprensible: “…debe realizarse esa compensación, aunque abre los convenios establezcan fórmulas para hacerlo”; o esta coma fuera de lugar: “A las empresas les, exige…”
Once días antes, se publicó en la web una información sobre Eusko Alkartasuna con 32 errores, erratas y comas mal puestas o inexistentes donde debieran estar. En la versión impresa —más corta—, los fallos fueron ocho en cinco párrafos.
El pasado jueves por la mañana, en la principal noticia de portada en la web se leía textualmente: “Esto hace que si se toman estas cifras se desluzca lo sucedido. porque sucedido entre el primer y el último día del mes hay un retroceso en la afiliación de casi 100.000 empleos, provocado básicamente por el tradicional desplome del último día, que sucede en épocas de bonanza y de crisis”.
Ninguna sección se libra y los lectores escriben enfadados para decir que hemos puesto “ciudadanos aireados” en lugar de “airados” (José Sarabia, el pasado 19); “cultibo” en vez de “cultivo” (Miguel Fernández F., el día 20); “tierra incógnita” donde era “tierra ignota” (Mercedes Sánchez, el 31 de mayo); “bollante”, y no “boyante (Puri Rodríguez, el 3 de mayo); “correo posta” donde era “correo postal” (Fernando García González)…
La epidemia afecta a zonas que, como Opinión, han sido mimadas siempre en el periódico. El pasado 30, un análisis incluía esta frase: “¿Un par de meses encerrados casa?” El 29, en una columna apareció este inoportuno acento —”…imaginar la España qué queremos ser…”—, junto a esta frase incompleta: “…que estén mejor capacitadas para la exigente tarea definir el futuro y acelerar…” El 28, se publicó un análisis con el título de Pactos mefistotélicos, en lugar de “mefistofélicos”; I. Irigorri afeó que en otra columna del 25 de mayo figuraba en alguna edición “aboya” en lugar de “abolla”…
Hasta en Babelia aparecen errores intolerables en su suplemento cultural. En la entrevista al escritor Martín Kohan del pasado 27, apareció esta hache donde no debía: “Yo hecho todo de menos”.
Las fe de errores son otra fuente de problemas, de incumplimiento del Libro de estilo, que incluye esta entrada que intenta evitar las confusiones propiciadas por el uso de una coma tras un adverbio:: “Como. El uso de una coma antes del adverbio ‘como’ cambia el significado en muchas frases (…) Si se trata de subsanar un error, se incurre en otro en frases como la siguiente: “El presidente de la empresa es Mario Martínez y no Mariano Martín, como se publicó ayer”. Detrás de frases similares se adivina la intención de escribir ‘en contra de lo que se publicó ayer’, pero la coma cambia el sentido”.
Hay bastantes ejemplos de esa mala costumbre que confunde al lector, como ocurrió el pasado día 15 con esta fe de errores: “Olof Palme fue asesinado hace 34 años, en 1986, y no 36, como se publicó en el editorial del pasado sábado”. Con esa coma detrás de 36, más parece una fe de aciertos que una fe de errores.
Los lectores no perdonan tales fallos. Almudena Olmos y José Sarabia proponen un buzón para avisar de los errores. Puri Rodríguez se ofrece a “revisar cada edición antes de su entrada en máquinas”. Irene Ramiro dice que hay tantas faltas que “encontrarlas se ha convertido en un pasatiempo” para ella y su hermana. Javier Burgos añade: “Nunca creí que periódicos como EL PAÍS publicaran artículos repletos de faltas y errores”.
En su regreso como director, Javier Moreno dijo en su primer mensaje a la Redacción el pasado 18: “Tenemos unos lectores exigentes, fieles, y tenemos que darles más calidad”. Ellos no van a cambiar. Debemos hacerlo los periodistas". Y ahora, como decía Sócrates, Ιωμεν: nos vamos. Sean felices, por favor, a pesar de todo. Tamaragua, amigos. HArendt