martes, 21 de mayo de 2024

De los temas que no interesan

 






Hola, buenos días de nuevo a todos y feliz martes, 21 de mayo. ¿De dónde hablamos? ¿De Rafah? ¿De la ciudad palestina en Gaza que los israelíes amenazan con pulverizar? Pues no. Entonces…, dice en La Vanguardia el escritor John Carlin, ¿será Járkiv, la ciudad en Ucrania a la que se acercan las tropas rusas?. Tampoco. Ni Rafah ni Járkiv. Hablamos de El Fasher, una ciudad en Darfur, en el sudoeste de Sudán, región que habitan los seres humanos más aterrorizados del mundo. Sean felices, por favor, aun contra todo pronóstico. Y nos vemos mañana si la diosa Fortuna lo permite. Tamaragua, amigos míos. harendt.blogspot.com









Columna sobre un tema que no interesa
JOHN CARLIN 
19/05/2024 - La Vanguardia - harendt.blogspot.com

Hoy, ahora mismo, en este preciso instante, las tropas tienen la ciudad rodeada. El ataque es inminente. Del casi millón de personas que están dentro, muchos son refugiados de lugares que las mismas tropas ya han arrasado. Los antecedentes indican que miles de civiles –hombres, mujeres y niños– sufrirán muertes atroces e indiscriminadas.
¿De dónde hablamos? ¿De Rafah? ¿De la ciudad palestina en Gaza que los israelíes amenazan con pulverizar? Pues no. Entonces… ¿será Járkiv, la ciudad en Ucrania a la que se acercan las tropas rusas?
Tampoco. Ni Rafah ni Járkiv. Hablamos de El Fasher, una ciudad en Darfur, en el sudoeste de Sudán, región que habitan los seres humanos más aterrorizados del mundo.
Ya, ya. Lo sé, estimados lectores y lectoras. Se me van. A otra columna, a otra sección del diario. Mínimas ganas de seguir leyendo. A muy pocos les interesa esto. Y, sí, claro. Lo veo. A lo que aspiro es a que se me lea, y por eso fue que me lo pensé varias veces antes de optar por escribir una columna sobre un lugar que no todos podríamos identificar en el mapa.
¿Por qué he decidido centrarme hoy en los horrores de la guerra civil en Sudán? ¿Por qué no ir a tiro fijo y contarles, como había estado pensando, sobre las ridiculeces del movimiento woke, centrándome en la historia de una mujer en Inglaterra de origen japonés que demandó ante un tribunal por racismo a una mujer de origen anglosajón por haberle preguntado si le gustaba el sushi? ¿U, otra opción que tenía sobre la mesa, reflexionar a raíz del atentado esta semana contra el primer ministro eslovaco sobre los peligros que la dichosa “polarización” representa para la democracia y para la paz?
Lo confieso: he elegido Sudán más por egoísmo que por periodismo. No pensando en el público que paga dinero para leer este diario, sino como un ejercicio de terapia personal, para apaciguar mi conciencia. Hoy no les ofrezco ni sopa ni carne ni tarta de chocolate. Les ofrezco medicina, de aquella que sabe tan mal que nos hace cerrar los ojos y poner cara de asco.
Bueno, vamos. A los masocas que aquí siguen les presento un general sudanés de origen árabe llamado Mohamed Hamdan Dagalo, más conocido como Hemeti . Es el líder de las Fuerzas de Apoyo Rápido, curioso nombre de una de las dos partes en la guerra civil que estalló hace un año con un coste, tal es el caos y agotamiento en Sudán, de nadie sabe cuántas vidas. Podrían ser 15.000. Podrían ser 100.000. O quizá más.
Lo que parece que sí sabemos es que las fuerzas que lidera Hemeti son aún más sanguinarias que las fuerzas armadas oficiales sudanesas que lidera su rival, también un general árabe, llamado Abdel Fattah al Burhan. Se trata de una lucha de poder pura y personal, limpia de cualquier causa o ideología o propuesta social (un poco como la política estos días en países avanzados como España o Estados Unidos).
En ambos casos las principales víctimas son civiles negros, de etnias no árabes sino africanas. Resulta que la guerra civil sudanesa posee un punto importante e indisimulado de racismo. Los guerreros de Hemeti tienen la costumbre de referirse a sus víctimas, entre otras cosas, como “esclavos”, lo que muchos realmente fueron hasta no hace mucho (noticia para algunos: el racismo no solo lo practican las personas de piel blanca; la esclavitud no fue monopolio exclusivo de los imperios occidentales).
Empecé a ponerme al día sobre la barbarie en Sudán tras leer un extenso informe esta semana del organismo de derechos humanos Human Rights Watch. Luego repasé una docena de artículos en lugares más bien remotos de la web y hablé el viernes con un alto funcionario de la ONU encargado de distribuir ayuda humanitaria internacional.
Un típico ejemplo de las docenas de atrocidades que enumera Human Rights Watch: en el transcurso de quemar edificios, saquear casas y violar a mujeres en El Geneina, la capital de Darfur Occidental, las tropas del general Hemeti entraron hace unos meses en una pequeña clínica improvisada y mataron a 23 de los 25 pacientes. Una mujer sobrevivió, terriblemente herida; un hombre también, salvajemente torturado.
Otro ejemplo, más genérico, relatado por testigos: “Primero mataron a los hombres, luego a las mujeres y finalmente amontonaron a los niños y los fusilaron. Tiraron sus cuerpos al río”. Ecos aquí de un genocidio cuyos detalles conozco bien, el de Ruanda en 1994.
Aquí van unos números de la ONU: ocho millones de sudaneses han tenido que abandonar sus hogares; 20 millones de niños no pueden ir al colegio; 18 millones, más de la tercera parte de la población, pasan hambre, y cinco millones están al borde de la hambruna (A muchos no les queda más remedio que competir con las cabras y comer pasto). En los últimos 30 años de casi permanentes conflictos en Sudán se estima que han muerto, por violencia o por desnutrición, unos 2,4 millones, como 15 veces más que en los conflictos de Israel-Palestina desde 1948.
El funcionario de la ONU me dijo, desesperado él, que para los pocos fuera de Sudán que les interesa, el foco hoy está puesto en El Fasher, rodeada por las tropas exterminadoras del general Hemeti. Como en Rafah, las Naciones Unidas han hecho sus piadosas declaraciones y Estados Unidos ha pedido una pausa para evacuar a los civiles, pero Hemeti les hace incluso menos caso que Netanyahu, el primer ministro israelí. La embajadora de Estados Unidos en la ONU avisa que El Fasher está “ante el precipicio de una enorme masacre”.
¿Qué hacer? ¿Más declaraciones más contundentes, de más países, quizá? ¿Un poco de presión a aquellos que suministran armas a las partes en el conflicto, como Irán a las del general Al Burhan o (aunque lo niegan) los Emiratos Árabes Unidos a Hemeti? Hay abundantes pruebas contra los EAU, los dueños del Manchester City, equipo de fútbol que con casi toda seguridad se coronará campeón de Inglaterra hoy. ¿Quizá los jugadores del City o los fans del estadio Etihad podrían ofrecer algún gesto de solidaridad con los que están a punto de morir en El Fasher?
Ya. Lo sé. Es mucho pedir. Como lo habrá sido llegar hasta aquí, el final de esta columna. Gracias. Algo hemos hecho, aunque solo sea reconocer que ningún hombre es una isla, que las campanas suenan para todos. John Carlin es escritor.
 

























[ARCHIVO DEL BLOG] Y el opio del pueblo se llama... [Publicada el 21/05/2008]









A las nueve menos cuarto de una mañana de mediados de este mes de mayo de 2008 dejé a mi hija Ruth en la puerta de su trabajo, en Telde, y esperaba leyendo el periódico en el aparcamiento de ALCAMPO a que abrieran el comercio para hacer unas compras. A las nueve en punto escucho en el boletín de noticias de la SER los gritos de algunas personas llamando traidores a Rajoy y Gallardón y pidiéndoles que se marchen del PP... Unos momentos antes había leído dos artículos en El País: "Identidad", de la escritora Elvira Lindo, y "El Dos de Mayo y la nación", del insigne catedrático emérito de Historia Económica de la Universidad de Alcalá, Gabriel Tortella. Con esos mimbres, no me costó mucho hilvanar la digresión de aquel día...
Creo que fue en el prólogo de su "Crítica a la Filosofía del Derecho", de G.W.F. Hegel, donde Karl Marx deslizó esa frase suya, que ha hecho fortuna, acusando a la religión de ser "el opio del pueblo". Aunque descreído total, no me atrevería yo a tanto. Sí, en cambio, a estas alturas del siglo XXI, cada vez estoy más convencido que el "opio del pueblo" de esta época que nos ha tocado vivir es algo muy parecido a lo que hoy representa el nacionalismo; de cualquier tipo. O lo que es lo mismo, todo aquello que ponga la patria, la nación, el estado o el partido por encima de las personas y los ciudadanos, añado yo para no confundir.
Hay una frase en el artículo de Elvira Lindo que suscribo plenamente, la que dice que "los furiosos defensores de lo identitario sostienen que sólo aquellos que aman a su país más que a sí mismos pueden opinar sobre estos asuntos. Los demás, los que no tenemos esa tendencia romántica (el nacionalismo, la identidad racial o lingüística o de patria, esto es mío), estamos desligitimados." Para aclararnos, Elvira Lindo está criticando el análisis del presidente del gobierno vasco, Juan José Ibarretxe, cuando dice lamentarse "del terrible daño que hacen los terroristas con cada acto criminal a aquellos que desean profundizar en la identidad vasca". Es decir, que para él, el asunto principal es la identidad vasca (o catalana, o canaria, o española); y el muerto es lo anecdótico...
El artículo del profesor Tortella analiza el proceso de formación del nacionalismo español a partir de las efemérides de la Guerra de Independencia, cuyo bicentenario estamos conmemorando. Comparto con él que "una nación es algo convencional cuya existencia debe obedecer a consideraciones racionales". No sé si eso quiere decir lo mismo que ese "patriotismo constitucional" al que apelaba en su primera investidura el presidente José Luis Rodríguez Zapatero, tomándolo prestado del concepto de "republicanismo cívico" elaborado por Philip Pettit. Pero si no lo es, se le parece bastante.
Dice el profesor Tortella que para los revolucionarios americanos (1776) y los franceses (1789) el concepto "nación" no tenía connotaciones identitarias y mucho menos territoriales. "Nación", para ellos, significaba lo que hoy identificamos como "democracia, pueblo o ciudadanía".
Lo mismo pensaban los españoles que redactaron y aprobaron en 1812 la Constitución de Cádiz, al decir en su artículo primero: "La Nación española es la reunión de los españoles de ambos hemisferios". Y con ello la hacían entrar por la puerta grande en la modernidad y la convertían por vez primera en sujeto de la Historia. Luego vendrían tiempos peores, pero esa es otra historia... Sean felices. HArendt













lunes, 20 de mayo de 2024

De la resistencia

 










Hola, buenos días de nuevo a todos y feliz lunes, 20 de mayo. El caballo Caramelo, comenta en El País la escritora Lídia Jorge, rodeado de agua durante las inundaciones de Brasil. refleja la enigmática atracción por la imagen de la resistencia. Sean felices, por favor, aun contra todo pronóstico. Y nos vemos mañana si la diosa Fortuna lo permite. Tamaragua, amigos míos. harendt.blogspot.com










Somos caballos sobre un tejado de zinc
LÍDIA JORGE
19 MAY 2024 - El País - harendt.blogspot.com

Hasta donde alcanza la vista, aquí reina el instante. Uno de esos terrenales instantes a los que se pide que duren. (Wislawa Szymborska)
1. Me acuerdo de António Guterres cuando era joven, delgado, trabajaba como asistente social y llevaba unos bigotes negros. Hoy ya no es así, pero entre tanto se ha convertido en un hombre cuyas palabras abarcan desde hace tiempo la Tierra entera. En tiempos recientes, el secretario general de la ONU se ha convertido incluso en la bisagra en torno a la que giran quienes defienden a Palestina como Estado de derecho y la coexistencia con su vecino Israel, legitimados ambos por las leyes internacionales. Aun sin poder efectivo, es, en cualquier caso, un pregonero de la paz sin ambigüedades. Además, y por mencionar lo más obvio, también es alguien que ha puesto en la agenda común la preocupación por el desarrollo de las nuevas formas de inteligencia. Con todo, no creo que la imagen que perdure de él en el futuro sea ninguna de estas, ni tampoco esa otra en la que aparecía sentado al final de la interminable mesa de Putin, al principio de la guerra de Ucrania. Creo que, para la historia, António Guterres estará asociado, sobre todo, a la fotografía acuática que apareció en la portada de la revista Time el 24 de junio de 2019.
2. En ella, António Guterres aparece vestido de traje, como si asistiera a una ceremonia, sumergido hasta las rodillas en el agua. Su rostro nos ofrece un gesto de desamparo y asombro, de anuncio y demostración. Como si su figura dijera: “Mirad lo que nos va a pasar”. El título que lo ilustraba, Our Sinking Planet, provenía del artículo que Justin Worland había escrito en las páginas del interior sobre el caos climático. Más poderosa que el Acuerdo de París, esta portada de Time se convirtió en la mejor advertencia sobre el cambio climático y los efectos del calentamiento global. Se convirtió en el icono de la idea de que los cambios que estamos viviendo tienen causas humanas y, como tales, pueden revertirse. O, como dice el ensayista Betâmio de Almeida, “la crisis ambiental es una imagen del hombre y de la tecnología en el espejo de la naturaleza”.
No es solo eso, sin embargo. Esta poderosa imagen sirve también para expresar la conciencia de que existen otros cambios, a largo plazo, que son la propia condición de la Tierra como ser del espacio sujeto a inestabilidad. Por mi parte, no puedo mirar esta fotografía y no imaginar que cualquier ser humano, incluso uno que tiene un auditorio tan amplio, no pasa de ser un pasajero fugaz sorprendido por el aumento del nivel del mar. Y que desde siempre se han producido cambios geológicos, eras sucesivas, glaciaciones, desplazamientos de continentes, rugidos repentinos de grandes masas sólidas y lentos cambios a lo largo de millones de años. Otra clase de tiempo que nos resulta ajeno.
3. Era todavía una niña cuando, por simple casualidad, me asaltó la sospecha de que esa otra clase de tiempo existía. En nuestra casa, en el Algarve, había dos piedras labradas en forma de espiral. Creíamos que se trataba de dos esculturas antiguas que habían sido retiradas de los muros que rodeaban los campos de cultivo. Pero un día, alguien que vino a visitarnos nos explicó que no eran dos piedras talladas, sino dos fósiles, dos caracoles gigantes, dos amonites, animales de otra era en la que ese mismo terreno donde se levantaba la casa era el fondo de un mar. Allí hubo peces y agua salada. Esos caracoles gigantes eran la prueba de esa otra configuración de la Tierra. Pensando en cosas así, ¿qué niño podría conciliar el sueño?
Con el paso del tiempo, acabaría sabiendo que ese tiempo se llamó Cretácico, el último período de la era mesozoica, que esos caracoles gigantes fueron coetáneos de los dinosaurios y que padecieron la misma forma de exterminio que ellos. Que la Tierra tenía entonces una configuración diferente, que América del Norte aún seguía unida a Europa, que la playa donde me bañaba en el mar aún no existía, era una franja de tierra unida a África. Que todo esto había ocurrido durante un período de tiempo tan vasto y tan antiguo que no era compatible con el pensamiento humano. En aquel entonces, para quienes sufrían el dolor de ambos tiempos, el del vasto tiempo paleontológico y el muy reciente tiempo de los hombres, personas inteligentes hablaban a escondidas de lo que escribía Teilhard de Chardin, y así yo dejaba de pensar en monstruos y lograba conciliar el sueño.
4. Hoy, lo que sucede en el alma de los niños ha de ser forzosamente diferente. Nacen con la imagen del Cretácico, entre sus juguetes hay desde figuras de dinosaurios hasta representaciones de extraterrestres que parecen dinosaurios. Sus figuritas más íntimas tienen escamas, alas de murciélago y escupen fuego. Saben, o al menos les hacen saber, que los humanos somos animales de transición a la espera de que un meteorito gigante, volando a una velocidad de 70.000 kilómetros por hora, forme un nuevo cráter en la Tierra. Conocen los secretos del cambio climático. Describen las costas de sus países cuando las aguas suban 10 metros y los pueblos queden sumergidos muy por encima de las últimas azoteas. Saben, desde el jardín de infancia, que la Tierra es un planeta perdido entre miles de galaxias cuyos nombres conocen, mientras repiten que el cosmos está en permanente expansión. Puedo estar equivocada, pero quiero pensar que, entre tales extremos, les vendría bien cierta forma suave de ayuda que les diga que vale la pena ser personas.
5. Vale la pena ser personas. Eso fue lo que pensé hace unos días cuando las tormentas azotaron Río Grande do Sul, en Brasil. Las lluvias, los vientos y las inundaciones dejaron más de 150 muertos, 124 desaparecidos, 75.000 personas que vieron sus casas destruidas y 530.000 que tuvieron que ser desalojadas. También allí parecía cumplirse el diluvio anunciado por Guterres. Las aguas se alzaron, engulleron, destruyeron y arrastraron. Y en medio de la devastación, apareció la imagen de un caballo sobre un tejado, intentando resistir.
Un caballo de pelaje dorado, larga cola, patas blancas como si llevara calcetines, una raya clara que unía los dos lados de la cara. Un tejado de zinc afilado a dos aguas del que era fácil que resbalara. No resbalaba, permanecía aferrado al zinc. La imagen comenzó a difundirse por el mundo y llamó la atención del artista argentino José Acuña, quien pintó a su vez el caballo en el tejado. Ahora, la imagen fantástica y la real circulan juntas y nos dan qué pensar.
Hay mil interpretaciones posibles sobre la atracción que, de repente, llega a ejercer a escala global la imagen de este resistente caballo. Como siempre, el efecto de la seducción nunca es susceptible de análisis; su condición es la incompletitud, pero aun así hay que intentarlo. Somos seres habilidosos, es probable que la atracción por la imagen del caballo en el tejado solo signifique que hemos encontrado una excusa para evitar la tragedia. En mi opinión, sin embargo, se trata simplemente de la enigmática atracción por la imagen de la resistencia. Aquel hermoso caballo que pudo haber resbalado y ser arrastrado por la inundación, resistía. Era un ser vivo entre el mundo de las cosas destruidas y el de las cosas salvadas. Representaba el instante que se detiene antes de la destrucción. Un estandarte escrito en forma de belleza entre todos los que murieron y todos los que se salvaron. Ese momento fluctuante en el que todo puede suceder. Y sucedió. Un equipo de rescate logró rescatarlo y salvarlo. Nuestro hermano de la creación, el caballo. Creo que la imagen de un caballo así merece que se la ofrezcamos a los niños. Lídia Jorge es escritora. 



























[ARCHIVO DEL BLOG] USA, 2016: ¿Hombre, mujer, blanco, negro? [Publicada el 20/05/2015]












¿Saben ustedes en qué fecha se celebra cada año la Pascua cristiana? ¿Y las elecciones presidenciales en los Estados Unidos de América? Son fechas que nunca, o casi, nunca caen en el mismo día de un año para otro, y sin embargo se saben a ciencia cierta cuando se celebran... Estoy seguro que los amables e inteligentes lectores de Desde el trópico de Cáncer lo saben perfectamente, pero como los editores del blog me pagan a tanto por línea, vamos a explicitarlo, por un si acaso...

La Pascua cristiana (el Domingo de Resurrección) se celebra el primer domingo que sigue a la primera Luna llena después del Equinoccio de Primavera. Hay una excepción, pero no viene a cuento ahora; esa es la norma general. Las elecciones presidenciales en USA, sin excepciones, se celebran el primer martes que sigue al primer lunes de noviembre de cada año bisiesto. ¿Sencillo verdad? 

Por cierto, lo de cobrar por línea es broma. Lo que me faltaba ahora es que la SGAE y la AEAT me investigaran por el blog... Pero vamos con el asunto de hoy, circunscrito, como reza el título, a las elecciones presidenciales de los Estados Unidos de América previstas para el mes de noviembre del próximo año.

Incursos como estamos en el larguísimo proceso electoral de las primarias norteamericanas para la designación de candidatos a la presidencia de la república, recuerdo que corrió hace siete años un chiste por los mentideros políticos estadounidenses que decía que el reverendo Jesse Jackson, influyente líder negro del partido demócrata, y pastor protestante, había interpelado a Dios para sondearle sobre las posibilidades de que uno de los dos candidatos demócratas llegara a la presidencia. 

Al parecer, el reverendo Jackson le preguntó a Dios que si una mujer, Hillary Clinton, que en aquellos momentos luchaba por la nominación demócrata, frente al mulato Barack Obama, podría llegar a presidenta de la gran nación norteamericana. La respuesta de Dios, no excesivamente sibilina, fue: "Eso no lo verás tú". Fue entonces cuando de nuevo Jackson interpeló a Dios, preguntándole, por si las moscas, que si podría llegar a ser presidente un negro, encima mulato, es decir, Barack Obama. Y la respuesta de Dios fue lapidaria: "Eso no lo veré yo".

Como todos saben (a conejo ido, palos a la madriguera), Dios se equivocó a pesar de su omnisciencia, y no solo ganó un mulato la designación demócrata sino que también ganó la presidencia, ¡por dos veces! 

En este año y medio que quedan pueden pasar muchas cosas, pero un servidor de ustedes se apunta de nuevo a la opción Hillary, y no solo por llevarle la contraria a Dios, que sí, que también por eso, sino porque uno ha votado "demócrata" desde aquel lejano 1960 en que Kennedy ganó por los pelos a Nixon, y a estas alturas de la vida se me hace muy cansino cambiar de etiqueta.

Les invito a leer este entrañable artículo del profesor de Sociología de la Universidad Complutense de Madrid, Enrique Gil Calvo, titulado "El tío Tom ante la Casa Blanca", que aunque escrito hace ya bastantes años (el 26 de junio de 2008) con motivo de la disputa Obama-Clinton, no ha perdido un ápice de actualidad. Les dejo con él.

Puede un negro estadounidense blanquearse lo suficiente para dar el salto desde la cabaña del tío Tom hasta la Casa Blanca?, comienza preguntándose Gil Calvo. Esa celebérrima novela (Uncle Tom's Cabin, publicada por Harriet Beecher Stowe en 1852), el libro más vendido del siglo XIX tras la Biblia, representó en su momento el principal manifiesto abolicionista de la esclavitud, a la que contribuyó a erradicar tras la victoria federal en la Guerra Civil. Pero un siglo después, bajo el influjo de la lucha emancipatoria emprendida por el movimiento de los derechos civiles, pasó a simbolizar la domesticación cultural de los afroamericanos, como antiguos esclavos que asumen con docilidad su segregación racial impuesta por la hegemonía de la dominación wasp (blanca, anglosajona y protestante). Una sumisión jerárquica que este mismo año podría pasar a la historia, si Barack Obama es elegido presidente de Estados Unidos.

¿Qué esperanzas cabe albergar acerca de la posible realización de lo que indudablemente sería una conquista histórica, no sólo para los afroamericanos y el conjunto de los estadounidenses sino para toda la humanidad, dada la posición preeminente que ocupan éstos a la cabeza de la sociedad mundial? No demasiadas, aunque haberlas, haylas. La balanza de posibilidades es difícil de calcular, pues los comicios de noviembre cerrarán una campaña que se juega a la vez en varios tableros múltiples, y en la que todo puede pasar. Si estuviéramos tan sólo ante una contienda electoral, a resolver en clave exclusivamente política, la balanza se inclinaría probablemente del lado demócrata por múltiples razones: fracaso absoluto de la Administración Bush en todas sus aventuras imperiales, aguda crisis financiera, hipotecaria y económica, agravamiento de las desigualdades sociales con fuerte empobrecimiento relativo de las clases medias, agotamiento del ciclo político republicano con descrédito de la revolución neoconservadora, mayoría de edad de una nueva generación post-baby-boomer inmersa desde su infancia en la revolución cybercultural...

La comparación entre los candidatos, esencial en un sistema presidencialista muy personalizado, y todavía más en una democracia mediática donde se compite por la imagen y la reputación, ofrece mayor equilibrio, aunque también podría favorecer al demócrata. El senador McCain es demasiado mayor, y su carácter conservador forjado en su historial militar, aunque afín al patriotismo castrense de los estadounidenses, resulta excesivamente continuista respecto al imperialismo de Bush, que ya ha sido aborrecido por la mayoría del electorado. En cambio, el senador Obama ha adquirido el carisma del joven héroe redentor destinado a conducir al pueblo a una futura tierra de promisión, de acuerdo con el espíritu de frontera que anima al progresismo estadounidense con su cultura del cambio innovador. Es verdad que también parece demasiado liviano, vaporoso e inexperto, como un cruce de Fred Astaire y el flautista de Hamelin en versión hip hop: yes, we can. Pero a cambio ha demostrado su predestinación para el éxito, al vencer contra pronóstico en inferioridad de condiciones a la todopoderosa pareja Clinton que partía de favorita en las primarias, reviviendo así la gesta bíblica de David contra Goliat. Y si pudo contra Bill y Hilary, bien podrá quizá contra Bush y McCain.

Pero si bien la balanza política y mediática parece inclinarse a favor de Obama, no sucede lo mismo con la balanza social. Estos comicios presidenciales no van a parecerse a los precedentes, pues no se van a ventilar como una mera competición electoral entre republicanos y demócratas. Por el contrario, todo indica que se van a entablar como una abierta guerra cultural entre los varones blancos dominantes que detentan la hegemonía y una coalición de minorías excluidas (afroamericanos, mujeres, hispanos, etcétera) que reclaman su turno de acceso al poder, bajo el liderazgo del primer candidato negro que aspira a la presidencia de Estados Unidos. Algo excepcional e insólito, pues ocurre por primera vez en la historia, imponiendo al modelo americano una suerte de estado de excepción. Y esto encierra una paradoja, pues es algo que sólo podría suceder en Estados Unidos, de acuerdo con la ideología del American dream, pero a la vez resulta muy difícil que ocurra allí, pues la estructura social estadounidense, caracterizada por la persistente segregación de los afroamericanos, lo hace imposible.

En efecto, el estadounidense es el único sistema político en el que todo ciudadano de cualquier origen social puede llegar a ser presidente, según reza el eslogan del sueño americano. Y esto es así porque desde un comienzo Estados Unidos es el paraíso de la emigración, dada su gran capacidad de acogida y asimilación de sucesivas oleadas de inmigrantes procedentes de todos los puntos cardinales: primero escoceses e irlandeses, después germanos y escandinavos, luego polacos e italianos, más tarde turcos y árabes, y hoy por fin asiáticos e hispanos. Gentes heterogéneas de cualquier raza y religión que, atraídos por el imán de la Estatua de la Libertad (como el armenio protagonista del filme de Kazan América, América), comienzan trabajando en la base de la pirámide laboral para ir ascendiendo socialmente generación tras generación, hasta integrar-se en las amplias clases medias con lo que dejan libre un hueco vacío al pie de la escala social que pronto es rellenado por nuevas oleadas de inmigrantes foráneos.

Es el conocido melting pot, característico de una sociedad abierta donde todos pueden integrarse a través del mercado de trabajo con amplia igualdad de oportunidades, elevada movilidad social y altos niveles de exogamia (matrimonios mixtos): variable esta última que actúa como el mejor test de integración social en el american way of life. Pero no sin excepciones, pues hay dos grupos étnicos excluidos de este paraíso de la inmigración: son los nativos autóctonos, demográficamente irrelevantes a causa del genocidio que padecieron, y los afroamericanos descendientes de esclavos, que no llegaron como emigrantes libres sino como trabajadores forzosos. Y esa lacra histórica heredada de la esclavitud no ha sido superada todavía, perviviendo intacta en la memoria colectiva. De ahí la persistencia de una latente segregación racial que encierra a los afroamericanos en sus ghettos endogámicos, sin que haya podido ser corregida por unas políticas de integración escolar en gran medida fallidas a causa de la segregación residencial y matrimonial, como prueba la ausencia de exogamia.

¿Podrá Barack Obama romper este muro endogámico cruzando la barrera de la segregación racial? Es posible que lo consiga, pues en su persona coinciden dos características extraordinarias que no se dan en los demás afroamericanos. Ante todo, él sí es fruto de la exogamia, pues procede de un matrimonio mixto entre mujer blanca y varón negro. Y además, no es descendiente de esclavos, pues su padre fue un africano (keniano) que emigró libremente a Estados Unidos. De ahí que esté en las mejores condiciones para cumplir por fin el sueño americano, superando la última frontera racial heredada de la esclavitud para unir a todos los estadounidenses de cualquier color en una sola comunidad cívica, tal como él mismo reclamó en su discurso de ruptura con el racista reverendo Wright. Pero para eso habrá de lograr que la mayoría de sus conciudadanos tanto negros como blancos le conduzcan en volandas desde la cabaña del tío Tom hasta la Casa Blanca. Sean felices por favor, y ahora, como también decía Sócrates, "Ιωμεν": nos vamos. Tamaragua, amigos. HArendt














domingo, 19 de mayo de 2024

De la nostalgia que fue...

 






Hola, buenos días de nuevo a todos y feliz domingo, 19 de mayo. Los mismos que decían que el movimiento 15-M fue una “vacuna democrática” que garantizaba que en España nunca existiría la extrema derecha, comenta en El País la escritora Ana Iris Simón, ahora insinúan que algunos discursos y sentires de entonces podrían contener trazas reaccionarias. Sean felices, por favor, aun contra todo pronóstico. Y nos vemos mañana si la diosa Fortuna lo permite. Tamaragua, amigos míos. harendt.blogspot.com









Nostalgia del 15-M
ANA IRIS SIMÓN
18 MAY 2024 - El País - harendt.blogspot.com

Esta semana ha sido el aniversario del 15-M y ha pasado sin pena ni gloria entre quienes se reclamaban sus herederos. Creerán que se ha quedado viejo y ya no moviliza. Habrán encontrado nuevos mitos en el 8-M, la revuelta climática o los aplausos en los balcones, que han envejecido peor que las manifestaciones de 2011 y emocionan a menos de los que cabían en la Puerta del Sol.
Tal vez el olvido del 15-M tenga que ver con que sus autoproclamados representantes cambiaron las lonas por la moqueta. ¿Cómo seguir hablando de “la primera generación que vive peor que sus padres” cuando uno se embolsa un salario que roza o sobrepasa las seis cifras anuales? Aunque bien es cierto que algunos de ellos simplemente igualaron el nivel de vida de su linaje.
Estuvieron en las plazas momentáneamente junto a aquellos que de verdad no tenían futuro entonces ni lo tendrían en lo venidero: ni trabajo estable, ni acceso a vivienda, ni la posibilidad de formar una familia. Coincidieron en el espacio físico y luego se fueron al lugar que, por clase, les correspondía. Se dejaron de “democracia real” y “momento populista” para ocupar un lucrativo espacio en el régimen del 78 como sucursal del PSOE y en el esquema general del capitalismo como agencia eco-trans-racializada. El mejor predictor de dónde va a acabar alguien es de dónde viene, y algunos supuestos heraldos del 15-M no dejaban de ser una caterva de pijos con educación privada, buenos barrios, una red de contactos importantes e incluso apellidos históricos de la progresía. Su sitio no era la tienda de campaña, sino aquel en el que han acabado: algún ministerio desde el que poder preocuparse por el género no binario en las escuelas y descolonizar los museos.
La mayoría de los que compartieron plaza y protestas con ellos tenían un pasado peor que pronosticaba un futuro peor: barrios pobres y periferias, padres sin formación ni contactos, la necesidad de trabajar mientras estudiaban. Pero también tenía un legado que hacer valer: la dignidad de la clase obrera, la protección de unas familias que en lo peor de la crisis salvaron a los suyos sin grandes apellidos pero con gran generosidad, el saberse de un lugar (madrileños, catalanes, españoles) incompatible con la tutela de “hombres de negro” desde Bruselas y la incendiaria memoria reciente, la certeza de que las cosas se estaban poniendo cada vez más negras para ellos.
Lo escribía Juan Carlos Monedero, uno de los pocos que se ha acordado del 15-M en este aniversario: “Desde entonces están peor las guerras, el clima, la vivienda, el empleo y la importancia de España”. Pero muchos de sus excompañeros tildarán estas palabras de peligrosa melancolía. Los mismos que decían que el 15-M fue una “vacuna democrática” que garantizaba que en España nunca existiría la extrema derecha, ahora insinúan que algunos discursos y sentires de entonces podrían contener trazas reaccionarias. Han conquistado su calma en la vida burguesa y ahora les asustan los que siguen indignados, escépticos o con cualquier sentimiento distinto a felicidad bobalicona, resiliencia o, como mucho, terrores climáticos como los de Astérix y Obélix.
Por eso tildan de reaccionario a quien afirme o piense lo mismo que entonces: que “mandan los mercados y no los hemos votado”, que “PSOE y PP la misma mierda es” y que los (ya no tan) jóvenes “somos la primera generación que vive peor que sus padres”. Porque la progresía del buen pasado individual no quiere reconocerle al pueblo ningún buen pasado colectivo. Ana Iris Simón es escritora.
 























[ARCHIVO DEL BLOG] Machirula. [Publicada el 11/05/2019]










¿Qué más se puede decir sobre las relaciones de pareja? Menos mal que somos un matrimonio que se esfuerza en dinamitar las relaciones de poder que nos denigran a las unas y a los otros, escribe la novelista española Marta Sanz.
Hoy he vuelto a casa con un humor de perros, comienza diciendo. Llegaba de viaje en un tren lleno de seres comedores de ganchitos que escuchaban, sin auriculares, sus “dispositivos” móviles. Volvía de dar un curso en no sé dónde, había dormido en una cama que no era la mía y sentía un clavo en la cabeza. Al llegar a Madrid comprobé que mi tarjeta de transporte estaba vacía e intenté recargarla en una máquina del metro. Repetí la operación varias veces quizá por culpa de mi inutilidad, aunque puede que las máquinas nos boicoteen. Sobre todo, cuando captan agotamiento o prisa. Un niño me dio una patada sin querer, pero no pidió perdón, los vagones iban de bote en bote, al salir del metro llovía a cantaros. Una furgoneta municipal, circulando a 70 por una estrecha calle, me salpicó y me empapó los pantalones. Al subir los tres pisos que llevan a mi casa, mi marido, sexagenario parado que reinventa su vida, estaba esperándome con una sonrisa que no supe apreciar. Había hecho la colada y la compra, revisado las facturas, tenía puesta la mesa. Había preparado el aperitivo y una ensalada de pulpo con patatas, cebolla, tomate y pimiento verde. “¿Le habrás echado pimienta de Jamaica, no?”, le interrogué con desconfianza. A mi marido la sonrisa comenzó a desdibujársele, pero se mordió la lengua. A mí se me iba poniendo la misma mala leche que al extraterrestre del chiste que se coloca un tricornio en la cabeza nada más bajar de su nave para echar un vistazo.
El malestar de mi marido y mi airada prepotencia —¿mi feminismo liberal?—, la insatisfacción de ambos, son fruto de nuestras respectivas educaciones machistas. Pero la tensión fue aliviándose poco a poco. Seguramente, la laxitud llegó porque somos una pareja de cierta edad que, con el paso del tiempo, ha aprendido que la expresión “llevar los pantalones” es fea; que ingresar el sueldo en una casa no le da a nadie patente de corso; que trabajo doméstico y cuidados son imprescindibles para que los viejos y nuevos modelos de familia funcionen; que el cuarto propio de las mujeres se relaciona con la posibilidad de disponer de un espacio personal, independencia y sueldo, pero también con ciertas formas amables de convivencia deseada y gregarismo humano; que hay trabajos que deberían pagarse y no se pagan, y que no todo lo que se paga es valioso; que los hombres no deberían sentirse capitidisminuidos si no pueden arrastrar el bisonte dentro de la cueva, ni las mujeres deberían golpearse los pechos con los puños si clavan la lanza en el corazón del jabalí que alguien les asará gratuitamente. Menos mal que somos un matrimonio de mediana edad que sabe esto y se esfuerza en dinamitar las relaciones de poder que nos denigran a las unas y a los otros, porque, si no, aquel día aciago quizá le habría soltado una leche a mi marido por no recibirme con una copita de coñac y las zapatillas en la boca. Yo no me habría dado cuenta de haber sido abducida por un macho prototípico del capitalismo salvaje, y él habría llorado y, sisando dinero de la compra semanal, habría pedido consejo a una pitonisa para resolver sus errores. Pese a que convendría evitar la asunción de modelos “viriles” y competitivos, hay que insistir en que, por regla general y estadística, por costumbre y costra histórica, somos nosotras las que solemos experimentar culpa. Las que nos mordemos la lengua, las pobras y las hostiadas. Y ahora, como decía Sócrates, Ιωμεν: nos vamos. Sean felices, por favor, a pesar de todo. Tamaragua, amigos. HArendt