lunes, 5 de febrero de 2024

Del infantilismo político

 






Hola, buenos días de nuevo a todos y feliz lunes. Junts, que lleva ya tiempo transitando por la regresión de jugar a hacer política en vez de hacer política, escribe en El País el filósofo Josep Ramoneda, y el martes  alcanzó un punto que puede ser de no retorno votando no a la amnistía. Les recomiendo encarecidamente la lectura de su artículo y espero que junto con las viñetas que lo acompañan, en palabras de Hannah Arendt, les ayude a pensar para comprender y a comprender para actuar. Sean felices, por favor, aun contra todo pronóstico. Nos vemos mañana si la diosa Fortuna lo permite. Tamaragua, amigos míos. HArendt. harendt.blogspot.com













Infantilismo político
JOSEP RAMONEDA
02 FEB 2024 - El País - harendt.blogspot.com

Jugar a la política en vez de hacer política. La sobreactuación permanente como forma de distinción, la intransigencia como prueba de radicalidad y determinación, la frivolidad de alargar una situación con una posición ganada aun a riesgo de perder lo adquirido, aparentando dureza para disimular las propias debilidades. Esta es la fórmula que distingue al infantilismo político. Y abunda más de lo que parece. Junts, que lleva ya tiempo transitando por esta regresión, alcanzó un punto que puede ser de no retorno el pasado martes, votando no a la amnistía. Demostró que es incapaz de entender que todo, incluso las operaciones más atrevidas, tiene un límite y que cruzarlo casi nunca tiene premio. Y así optó por un gesto solo explicable si se vive fuera de la realidad, que es lo que le ocurre a Junts: hace tiempo que un sector de la coalición se niega a reconocer dónde estamos. Entregados incondicionalmente a las exigencias de Puigdemont, atrapados por la ficción construida sobre sí mismo, están perdiendo la noción de las cosas. La realidad de este país hay que buscarla en Cataluña, no en Waterloo, y el reducido entorno que jalea al presidente héroe, que queda lejos del palpitar diario de la vida cotidiana después de la larga resaca de 2017.
El enunciado ya es patético de por sí: Junts vota con PP y Vox para frenar el decreto de amnistía. Cualquiera diría que su infantilismo lo ha llevado a la miserable creencia de que cuando peor, mejor. Y al mismo tiempo deja al Gobierno de Sánchez en una situación incómoda. A Junts le gusta el regate permanente que le da protagonismo, pero hay un momento, cuando se alcanza el límite de lo posible, que hay que concretar. Y para Junts, siempre falta algo. En vez de celebrar lo que hace meses parecía imposible —y que con el PP no hubiera llegado nunca: liberar al independentismo de las cargas penales con las que se lo atenazó—, pretende demostrar que todo le está permitido. Y que hasta el último momento podrá marcar el paso. Pero esta vez, se ha pasado de frenada. El aprendiz de brujo siempre acaba quemándose. Y ahora mismo solo le cabe una salida: la rectificación, acabar votando lo que el martes se negó a votar. Sería el colmo del infantilismo que por unas dudas sobre el caso concreto de Puigdemont, se negara la posibilidad de liberarse de las cargas penales a más de 1.500 personas acusadas por los hechos de octubre de 2017. ¿Cómo lo explicaría Junts a los afectados?
La necesidad de protagonismo —de marcar perfil frente a los compañeros de viaje con ERC en el punto de mira (la eterna psicopatología de las pequeñas diferencias)— hace estragos. Junts parece que quería atribuirse en exclusiva el premio por la negociación, como si hubiera sido una conquista estrictamente suya, y ha optado por un camino que puede llevarle al fuera de juego. O se aprueba el texto devuelto o no habrá amnistía. Dicho de otro modo, o Junts vuelve al redil de lo acordado o se decanta por una huida hacia adelante que solo podría servir para abrir la caja de los truenos dentro de esta convulsa familia, despertando a gentes que tuvieron protagonismo en la fase anterior y que han quedado fuera de las fotos, dejando al partido en manos de una restringida camarilla. En vez de estar ya resituándose en el nuevo escenario, asumiendo sin más desvaríos el rol de derecha nacionalista que lleva puesto como marca de origen, en vez de recuperar la relación con sectores económicos y sociales que le dieron solidez en el pasado, se mete en un conflicto contra la izquierda y contra las otras familias del independentismo que ven como se juega frívolamente con una gran oportunidad: una amplia amnistía.
¿Qué busca Junts? ¿Qué el PP siga inflamando el escenario? Las encuestas demuestran que la amnistía no está entre las primeras preocupaciones de los españoles, por mucho que el PP se empeñe en hacernos creer lo contrario sacando periódicamente miles de personas a la calle en su pugna con Vox por la agitación. Pero también es cierto que si Junts sigue alimentando la imagen de vulnerabilidad de la mayoría de gobierno, al PP se le abrirán las expectativas. ¿Es posible que el infantilismo de Junts lo lleve a creer que esta situación podría ser favorable para sus intereses? En fin, entre derechas anda el juego.
Después del martes, al PSOE no le queda margen. La dinámica acuerdo-presión-acuerdo tiene un límite. Y Junts lo ha cruzado. O sus parlamentarios se las ingenian para votar lo que no quisieron votar o no hay amnistía. Y ya me explicarán cómo se lo cuentan a la opinión pública catalana, que ya empieza a estar saturada de ver la facilidad con que se pasa de la política a jugar a hacer política. Hay en Junts algunas voces que llevan tiempo silenciadas: quizás les tocaría ya tomar la palabra. Josep Ramoneda es filósofo.
 





































[ARCHIVO DEL BLOG] La historia interminable. [Publicada el 24/6/2017]












A pesar de que la investigación histórica ha barrido muchos tópicos, la “leyenda negra” se resiste a desaparecer. La imagen negativa de España y la actitud derrotista de los españoles ante su propia historia persisten, escribe en El País la profesora María José Villaverde, catedrática de Ciencia Política en la Universidad Complutense de Madrid y codirectora del libro colectivo La sombra de la leyenda negra (Tecnos).
En un artículo en El País del pasado mes de abril, comienza diciendo la profesora Villaverde, se hablaba del exterminio y holocausto de los indios tras la llegada de los españoles a América en 1492. Son términos, junto a genocidio, que se siguen empleando. Al decir de Todorov en su obra La conquista de América, ninguna de las grandes matanzas del siglo XX es comparable a dicha hecatombe. Y según un historiador catalán los “castellanos” que arribaron a América asesinaron a millones de indígenas y esclavizaron a la mayoría de los que sobrevivieron al “sadismo de los blancos” y a las enfermedades contagiosas. A su juicio, la represión de Somoza y Pinochet no sería más que la continuación de la iniciada por Cortés y Pizarro. En resumen: 500 años de iniquidades. El mayor genocidio de la historia humana, equiparable al Holocausto, ahí es nada.
A pesar de que la investigación histórica ha barrido muchos tópicos, añade Villaverde, la leyenda negra sobre España se resiste a desaparecer, dispuesta siempre a rebrotar cuando la ocasión lo permite (V centenario del descubrimiento de América, bicentenario de la independencia de las excolonias españolas, etcétera). La imagen negativa de España y la actitud derrotista de los españoles ante su propia historia persisten.
¿Qué se reprocha a España?, se pregunta. ¿Cuáles son los pecados que ha venido arrastrando durante siglos y de los que nunca ha sido absuelta, pecados que los propios españoles no se perdonan? ¿La actuación de la Inquisición? ¿La conquista y colonización de América? ¿El mítico “carácter nacional” (Caro Baroja), codicioso, orgulloso, fanático, perezoso e ignorante, marcado por esa brutalidad tan enraizada cuyo símbolo es la fiesta de los toros, que tanto horroriza a la sensibilidad occidental? ¿Su raza mestiza, mezcla de moros y judíos, tan demonizada?
Las últimas investigaciones históricas, señala, han desmitificado la imagen de Felipe II, acusado injustamente de asesinar a su propio hijo; han revisado a la baja la represión del duque de Alba en los Países Bajos (que el príncipe de Orange magnificó para justificar su sublevación contra el imperio español), han reducido el número de víctimas de la Inquisición (institucionalizada, organizada y burocratizada, cierto, pero menos mortífera que otras). Y han explicado en parte el desplome demográfico de la población indígena americana por las enfermedades y el traumatismo de la conquista. En un estudio actual sobre la despoblación de Nuevo México, investigadores de Harvard sostienen que tuvo lugar un siglo después de la llegada de los españoles y que fue esencialmente fruto de epidemias.
Los datos aportados por testigos y cronistas dan fe de los hechos inhumanos de los primeros 50 años de la conquista, comenta. Eso no se puede negar. Pero nunca hubo voluntad de exterminar a los indios porque eran la mano de obra de los encomenderos y porque la Corona les protegió con su legislación, aunque esta no siempre se cumplió. Y, si bien los conquistadores fueron violentos y crueles, no lo fueron más que los alemanes en Venezuela (bajo el gobierno de la casa Welser), los británicos en Estados Unidos (extinción de la mayoría de los pieles rojas), los holandeses o los franceses cuando tuvieron oportunidad de serlo. No podemos juzgarlos desde nuestros valores actuales, sino desde la perspectiva de unos cristianos imbuidos de fuertes convicciones religiosas y de un sentimiento de superioridad, que contemplaban horrorizados cómo unos “bárbaros” hacían sacrificios humanos y practicaban la antropofagia.
La pregunta se impone, añade más adelante: ¿Por qué ha sufrido España un trato diferente al de otros países europeos cuya historia ofrece episodios de crueldad e iniquidad similares? ¿Por qué se han subrayado y, a veces exagerado y falseado, los aspectos negativos de su historia, obviando deliberadamente los positivos? ¿Por qué ese ensañamiento?
La leyenda negra, señala, fue fruto de la hegemonía española durante el periodo 1450-1650 y de los rencores que despertó en Europa su expansión territorial, su poderío militar y su dominio cultural (sobre todo en los países protestantes como Inglaterra y Holanda). Es verdad que otros países padecieron también campañas de desprestigio, pero la propaganda antiespañola presenta dos rasgos distintivos. No fue efímera y ha estado teñida de vituperios contra el carácter y la raza españoles.
Si se puede hablar de leyenda negra, dice poco después, es porque las críticas no se limitaron a denunciar la política colonial, religiosa, sociopolítica o económica de España (una política que cabría corregir en el futuro), sino que criminalizaron rasgos étnicos y geográficos, inalterables por definición, que fijaban para siempre a los españoles en una condición de inferioridad. Un ejemplo. Un folleto inglés de 1598 describía a los españoles como una mezcla de “una taimada zorra, un voraz lobo y un rabioso tigre”, además de “un inmundo y sucio puerco, una lechuza ladrona y un soberbio pavo real”. Y aludía a “la perversa raza de esos medio visigodos (...) semimoros, semijudíos y semisarracenos”.
En el siglo XVIII, sigue escribiendo, la Europa ilustrada marginó a una España semiafricana de hábitos y gustos de “origen no europeo” (Montesquieu, Kant) que quedaba fuera de la franja de los 40 a 50 grados de latitud en que habitaban los países civilizados (Buffon). Los enciclopedistas como Diderot seguían viendo a España como la patria de los conquistadores, no como el país que llevaba a cabo una política ilustrada (con Carlos III), que más dinero invertía en las expediciones científicas a América (según Humboldt) y que había fundado 20 universidades. En el XIX, el dicho atribuido a Alejandro Dumas de que África empieza en los Pirineos debió de calar hondo en la mentalidad europea, pues al diplomático Juan Valera solían preguntarle si en España se cazaban leones.
El estigma racial persistía en el siglo XX, comenta. Hitler se refería despectivamente a la mezcla de sangre de godos y moros que corría por las venas del pueblo español. Y en Estados Unidos los manuales escolares y universitarios estaban plagados de clichés antiespañoles, fruto de un “legado de odio e incomprensión”, como reconocía en 1944 el Consejo Americano de Educación.
Julián Marías se preguntaba qué tiene de peculiar la historia de España para haber engendrado el monstruo de la leyenda negra, concluye su artículo la profesora Villaverde. Que algunos intelectuales españoles (Las Casas) la fomentaron ha sido subrayado. Que la propaganda antiespañola disimulaba las ansias coloniales de los rivales de España es notorio. Basta recordar las palabras atribuidas a George Canning (ministro británico de Exteriores que apoyó los movimientos independentistas de la América hispana, con el envío de mercenarios ingleses y el contrabando de armas): “¡Sudamérica libre y, en lo posible, inglesa!”. Pero tal vez se olvide que España fue el país colonizador que paralizó por primera y única vez una conquista, para determinar cuál era el trato justo que se debía otorgar a los pueblos conquistados (Controversia de Valladolid). Y ahora, como decía Sócrates, Ιωμεν: nos vamos. Sean felices, por favor, a pesar de todo. Tamaragua, amigos. HArendt













domingo, 4 de febrero de 2024

De los males de Occidente

 









Hola, buenos días de nuevo a todos y feliz domingo. La dolencia colectiva de Occidente, afirma en El País el analista político Wolfgang Münchau, se puede definir como una falta de enfoque estratégico, con dos graves desafíos que no está abordando: el crecimiento y la desigualdad. Les recomiendo encarecidamente la lectura de su artículo y espero que junto con las viñetas que lo acompañan, en palabras de Hannah Arendt, les ayude a pensar para comprender y a comprender para actuar. Sean felices, por favor, aun contra todo pronóstico. Nos vemos mañana si la diosa Fortuna lo permite. Tamaragua, amigos míos. HArendt. harendt.blogspot.com








Cuando el trastorno por déficit de atención afecta a la política
WOLFGANG MÜNCHAU
01 FEB 2024 - El País - harendt.blogspot.com

En este inicio de 2024, el panorama internacional es desolador. Ha estallado un nuevo conflicto en el mar Rojo. La situación en Ucrania no pinta bien. Y lo que es peor para nosotros en Occidente: el resto del mundo ya no está de nuestra parte. Sudáfrica y Brasil se han distanciado claramente de Occidente a causa de Israel y tampoco nos apoyaron en la cuestión de Ucrania. La India tampoco nos apoya.
La falta de respaldo mundial es una de las razones por las que las sanciones occidentales contra Rusia no funcionan. Hay bastantes países dispuestos a ayudar a desviar mercancías hacia Rusia o a comprar petróleo ruso. La prohibición de Estados Unidos de exportar semiconductores a China tampoco funciona porque el Gobierno estadounidense subestimó la inteligencia de los ingenieros chinos.
No es difícil detectar un patrón aquí. El constante gran error de Occidente es pensar que el resto del mundo cree que somos maravillosos y quiere ser como nosotros. Nuestra versión de la democracia liberal encabezó las listas de popularidad mundial tras la caída del comunismo. Eso duró una década y terminó para siempre en algún momento alrededor de la crisis financiera mundial.
En la actualidad, Occidente está inmerso en cuatro batallas monumentales: guerras subsidiarias paralelas en Ucrania, Oriente Próximo y, pronto, quizá en el estrecho de Taiwán; la lucha contra el cambio climático; la reindustrialización, y la preservación de la sociedad abierta liberal en el propio Occidente. Ahora mismo no lo estamos haciendo muy bien en ninguno de esos cuatro frentes. Como mucho, creo que podemos dedicarnos a dos de los cuatro. Mi preferencia sería la preservación de la democracia liberal y el apoyo a la innovación tecnológica para ayudarnos a reducir las emisiones de carbono, como alternativa a la imposición de objetivos inviables.
Ya no podemos permitirnos actuar como policías del mundo. En cuanto a la reindustrialización, olvídense. Sería mejor que forjáramos alianzas estratégicas con otras partes del mundo como Latinoamérica. Es lo que hizo China cuando invirtió en las minas de litio chilenas. Desgraciadamente, la UE se extralimitó en las negociaciones comerciales con Mercosur al intentar imponer sus normas medioambientales a los países que lo integran. Los países latinoamericanos se han retirado ahora de las negociaciones, cargándose de hecho este proyecto de 23 años. La era de los grandes acuerdos comerciales ha terminado. El mundo se repliega en bloques comerciales que compiten entre sí.
Occidente también está siendo atacado desde dentro. La derecha está en auge en casi todas partes. Donald Trump acaba de dar un primer gran paso para convertirse en el candidato presidencial del Partido Republicano. Simpatizo con Bernie Sanders, quien, en una entrevista con The Guardian, afirmaba que el problema subyacente era “la creencia de que el Gobierno está fallando a los estadounidenses de a pie”. Esto, en pocas palabras, es lo que está ocurriendo en todo Occidente. Los gobiernos no resuelven los problemas. En el pasado tampoco lo hacían, pero las circunstancias eran más propicias. Cuando el crecimiento económico se situaba en el 3%, como era habitual en las décadas de 1980 y 1990, y cuando los niveles de desigualdad eran más bajos, muchos problemas se solucionaban solos. Cuando un país crece, hay dinero suficiente para todos, incluso para hacer varias cosas a la vez. Pero cuando se estanca y la desigualdad es alta, un aumento de la ayuda financiera a Ucrania, por ejemplo, se produce a costa de un ferrocarril que deja de construirse en ese país. Bienvenidos al mundo de la política de suma cero.
Los gobiernos liberales salientes tienen problemas en todas partes. Joe Biden está en grave peligro de ser derrotado en noviembre. Rishi Sunak también caerá pronto en el olvido. Quizá la mayor sorpresa sea Olaf Scholz. Empezó bien, pero desde entonces se ha convertido en el canciller alemán menos popular que se recuerda, porque su Gobierno no tiene ninguna estrategia para contrarrestar la rápida desindustrialización de Alemania. En Países Bajos, el partido de Mark Rutte, el primer ministro liberal, fue derrotado por el derechista Partido por la Libertad de Geert Wilders en las elecciones del año pasado.
Los graves desafíos que Occidente no está abordando son el crecimiento y la desigualdad. La reacción contra la inmigración es una consecuencia de este fracaso. No es la causa profunda. Solíamos quejarnos de que las políticas fiscales de la era de Thatcher generaban desigualdad. La generaban, pero no era nada comparado con lo que ha sucedido desde entonces. A finales de la década de 1990, la Reserva Federal, el banco central estadounidense, empezó a rescatar a los mercados financieros recortando los tipos de interés. Desde entonces, los bancos centrales occidentales intensificaron el apoyo a los mercados financieros mediante programas de flexibilización cuantitativa en los que compraron deuda pública en cantidades sin precedentes. Al mismo tiempo, los gobiernos impusieron la austeridad para compensar la bonanza financiera de los bancos centrales. Esa combinación se convirtió en una máquina apocalíptica de desigualdad.
Lo que mejor refleja cuál era la actitud imperante es un comentario de Mario Draghi, quien fue presidente del Banco Central Europeo. Afirmó que haría lo que fuera “necesario” para salvar a la zona euro de la embestida de los inversores financieros. Entre los políticos occidentales se ha puesto de moda utilizar variantes de esa expresión. David Cameron, ministro de Asuntos Exteriores, declaró que el Reino Unido apoyará a Ucrania durante “el tiempo que haga falta”. La realidad política es que ya no podemos hacer promesas así. Occidente seguirá ayudando a Ucrania mientras una mayoría política lo quiera. En Estados Unidos, la ayuda se ha terminado. Es probable que Europa siga con ella este año, pero no indefinidamente porque, sencillamente, no hay dinero suficiente para todo.
La dolencia colectiva de Occidente se puede definir como una falta de enfoque estratégico. Esto suena casi como el diagnóstico médico del trastorno por déficit de atención con hiperactividad (TDAH). Como nos informa el Instituto Nacional de Salud Mental de Estados Unidos, los seres humanos afectados por el TDAH tienen problemas para concentrarse y poca capacidad de atención. Y a menudo actúan sin pensar. Wolfgang Münchau es director de eurointelligence.com























 





[ARCHIVO DEL BLOG] ¿Enseñanza o creatividad? He ahí el dilema... [Publicada el 14/04/2018]












Finalmente no hubo pacto. Y es irrelevante, porque el tema principal no se discutía: cómo transformar la enseñanza ante la inminente irrupción de la Inteligencia Artificial (IA). Algo que traerá oportunidades, pero que acabará con el trabajo, la cultura o el conocimiento que ha guiado a la Humanidad hasta aquí. Y España está repitiendo su historia de no enfrentarse a la realidad: del XVII al XIX nuestras universidades se encerraron en la Escolástica como si la revolución científico-técnica fuera "una moda pasajera". Y así nos fue. Quien así se expresa en El Mundo es el profesor Carlos Elías, catedrático de Periodismo de la Universidad Carlos III, ahora en comisión de servicios en la UNED, autor del libro El selfie de Galileo (Península, 2015).
Hace unos meses, comienza diciendo Elías, este periódico publicó un reportaje sobre si los universitarios españoles cometen más errores ortográficos. No estoy seguro de que sea relevante, añade. Los procesadores de texto corrigen las faltas. En el Siglo de Oro los escritores reproducían palabras con diferentes ortografías, pero lo valioso era su creatividad. Un robot no puede aún superarla. Las generaciones que estudian en estos momentos (desde primaria a la universidad) tendrán que ser educadas en la creatividad, no tanto en las reglas ortográficas. En inglés las clases sociales se distinguen por el acento y, obviamente, la ortografía. En castellano solo la ortografía sugería estrato cultural. La informática ha eliminado esta barrera. 
En un mundo cambiante, las universidades no deben ser selectivas, sino inclusivas. Cuando la élite nutría la universidad, un título era pasaporte seguro al empleo. Los profesores ejercían de guardianes y repartían credenciales. Ahora el título apenas cuenta y la misión de la enseñanza debe ser incentivar la creatividad, no la erudición. Cuando no existía Wikipedia, memorizar (el clásico temario que preparan los opositores, incluidos los profesores) era fundamental. Siendo importante ya no es tan relevante. En el siglo XXI el 50% del peso del examen para acceder a profesor de lengua, periodismo o cine debe ser producción literaria o audiovisual propia. Ideas originales, no solo aprender las ajenas. ¿Se debatía eso en la comisión de Educación del Congreso?
La universidad española puede ser criticable pero, en mi opinión, tiene una ventaja: no es selectiva. Más del 90% de alumnos supera la prueba de acceso, mientras que el Gaokao chino lo aprueba el 40%. En Harvard entra el 6% de las solicitudes. Excepto en ciencias e ingenierías (donde hay que resolver problemas y no basta con plantearlos), la mayoría de las titulaciones en España tiene altos índices de aprobados con poco esfuerzo. En Comunicación, por ejemplo, acaba casi el 90% de los que se matriculan. Con sistemas donde los inspectores presionan para aprobar o donde los alumnos, a través de encuestas, deciden el salario o, incluso, la renovación de un profesor, está claro que la exigencia no es un valor en alza. Pero no es malo. Grandes transformadores del XXI -desde Steve Jobs a Zuckerberg o Gates, entre otros- no acabaron la universidad. La filosofía es que "la vida te aprobará o suspenderá". En Comunicación es habitual que malos estudiantes triunfen y que buenos no lo hagan. Y esto sucede porque es un área donde la creatividad, y no la erudición, es el valor. El periodismo robot redacta noticias simples, pero no grandes reportajes ni aporta ideas nuevas.
No he conocido a un periodista o cineasta -o pintor o escultor- a quien le exijan su título universitario. Y, desde luego, menos aún a alguien contratado por tener sobresaliente en Semiótica o Teoría de la Imagen. Se le contrata si sabe escribir. Si tiene entusiasmo y curiosidad y, sobre todo, creatividad. Y ahí sí sufrimos un grave problema. ¿Cómo se aprende, por ejemplo, a escribir si durante toda la etapa educativa estos chavales no han tenido profesores que lo hayan hecho? En las oposiciones de maestros se valora más conocer las implicaciones sociales de los cuentos (erudición) que crear un relato propio. En secundaria, los profesores prefieren corregir sintaxis y ortografía que sugerirles a los chavales que escriban ensayos, cuentos o capítulos de novelas. Entre otros motivos porque con qué autoridad suspendes la poesía que te entrega un alumno si el profesor jamás ha intentado una. Para ser poeta no hace falta ser culto; para detectar una oración subordinada, sí. Pero, ¿qué es más valioso en tiempos de la IA? La selectividad valora un comentario de texto, que no deja de ser una divagación erudita -como la crítica literaria o cinematográfica- de una cofradía de pedantes sobre lo que un autor quiso decir pero que seguramente jamás pensó. ¿Cuándo se exigirá un relato propio? En Harvard el requisito indispensable para entrar es redactar un buen ensayo (y publican un volumen anual con los mejores). El año pasado Harvard (la primera en los ránkings) doctoró a Obasi Shaw con una tesis en forma de álbum de música rap. Sería impensable en España doctorar con un reportaje, una novela o una película. La Inquisición del siglo XXI -la ANECA- lo impediría. 
Todo lo que enseñamos ahora lo hará mejor la Inteligencia Artificial en unos años: desde escribir sin errores hasta estudiar historias clínicas para, a través de análisis químico-físicos, detectar enfermedades. Un algoritmo lo resolverá mejor. No se aprende a crear -arte, ideas nuevas- que es la única manera que tenemos, de momento, de competir con robots inteligentes que dominarán pronto. Un ordenador ya mejora la sintaxis de un texto; incluso redacta un comentario de texto tipo selectividad, pero aún se tardará para que pueda crear ideas originales. La LOGSE introdujo una asignatura - "Aprende a razonar"- que es lo que hacen los algoritmos. La que necesitamos es, parafraseando a Kant, una de "atrévete a pensar". ¡Y a crear!
La ventaja de la creatividad es que no conoce clases sociales. Los hijos de grandes escritores, artistas o científicos poseen cultura (es algo que las élites pueden comprar) pero no heredan su creatividad. Insistir en la ortografía perpetúa la separación de clases. Solo los estratos altos (ojo, no en lo económico sino en lo cultural; pues, a estos efectos, es más clase alta el hijo de humildes maestros que de constructores millonarios pero sin estudios) manejan un vocabulario rico y hábitos de lectura. Eso no los hace más creativos, ni más listos (Amancio Ortega no tiene titulo universitario pero tiene una gran creatividad empresarial); sino más cultos.
Lo que se valorará en unos años no es la erudición (que es lo que mide nuestra selectividad y las pruebas de acceso a profesor) sino la contextualización y, en definitiva, la creación de lo nuevo. Las carreras de letras y sociales han sido tradicionalmente elitistas, no porque cueste aprobarlas; sino porque la mochila cultural que traen de sus casas los alumnos de padres con estudios los hace destacar sobre sus compañeros. Todos alcanzan el título final, pero la selección que hace el mercado es implacable con la procedencia. Esto no pasa tanto en ciencias o ingenierías. Ninguna familia discute ecuaciones diferenciales en el desayuno. Las matemáticas es un talento que no depende tanto de la cultura del entorno. Aunque uno proceda de clase desfavorecida, sus padres pueden realizar un sacrificio y pagar clases particulares. Como hay mucho trabajo en matemáticas o ingeniería, estas titulaciones aún suponen un ascensor social. Pero no ocurre en letras o ciencias sociales. No he conocido a ningún alumno de Periodismo o de Audiovisual que necesite clases particulares para aprobar. Todos obtienen el título, pero solo trabajan los que tienen una mochila llena (de contactos, de libros leídos, de experiencias en el extranjero...). Y, sobre todo, los que demuestran creatividad. Pero en el caso español es innata y ha debido superar la experiencia castradora de la enseñanza. En la selección del profesorado (sobre todo en la ANECA) se valora más a quien estudia a Almodóvar que al propio Almodóvar. Pocos catedráticos de Periodismo o de Audiovisual se han ganado la vida (al menos un par de nóminas) en la profesión que enseñan. Y pocos alumnos pueden leer los reportajes o ver las películas creadas por sus profesores. Es un sistema burocrático encorsetado que lastra la selección de creadores. Dentro de una década se verá que la mejor tesis de Comunicación en la Complutense fue la de Amenábar (su película Tesis sobre sus profesores castradores). Pero ya será tarde para dar marcha atrás. Y ahora, como decía Sócrates, Ιωμεν: nos vamos. Sean felices, por favor, a pesar de todo. Tamaragua, amigos. HArendt