La frase que da título a esta entrada de hoy la dijo el escritor argentino Jorge Luis Borges en referencia a su amor por la ciudad de Buenos Aires. Lo cuenta el también escritor chileno, Rafael Gumucio, en un hermoso artículo que hoy publica en el El País, "Barcelona-Madrid: desencuentro conyugal", sobre esa relación amor-odio, secular, que como en todo matrimonio o pareja que se precie, mantienen las dos grandes capitales españolas. Viví en Madrid entre los cuatro y los veintiún años, y desde entonces habré volado y vuelto a ella desde Canarias en más de un centenar de ocasiones. Me encanta Madrid. Y me encanta Barcelona, en la que he estado una decena de veces, nunca más allá de dos o tres días en cada ocasión. No sabría elegir entre ellas si me fuerzan a que lo haga: son ciudades absolutamente distintas y complementarias: en sus paisajes, en su urbanismo, en sus monumentos, en sus gentes. Me pasa igual con Roma o París. ¿Cuál es más bella? No sería capaz de contestar, aunque sí reconozco que Roma es la ciudad en que más cómo en mi casa, me siento. Será deformación profesional académica... ¿No creen ustedes que limitar nuestra capacidad de amar es limitar nuestra condición de personas? Espero que les guste el artículo. Sean felices. Tamaragua, amigos. HArendt
El blog de HArendt (2006-2026). Pensar para comprender, comprender para actuar
miércoles, 23 de agosto de 2023
martes, 22 de agosto de 2023
Del verano en el norte
Hola, buenos días de nuevo a todos y feliz lunes. Mi propuesta de lectura de prensa para hoy, del escritor Javier Cercas, va del oficio de escritor. Se la recomiendo encarecidamente y espero que junto con las viñetas que la acompañan, en palabras de Hannah Arendt, les ayude a pensar para comprender y a comprender para actuar. Sean felices, por favor, aun contra todo pronóstico. Nos vemos mañana si la diosa Fortuna lo permite. Tamaragua, amigos míos. harendt.blogspot.com
Simple es el verano en las montañas
OLIVIA MUÑOZ-ROJAS
17 JUL 2023 - El País - harendt.blogspot.com
“Los abrasadores rayos del sol, similares a las lenguas de un fuego ritual llameante, están marchitando los cuerpos, así como las almas, de los pavos reales, forzándolos a hundir sus cabezas en sus ruedas de plumas para hallar algo de frescor”. “Simple es el verano en las montañas; el prado florece, la vieja granja sonríe y el tenue murmullo del arroyo habla de la felicidad encontrada”. La primera estrofa pertenece a un poema en sánscrito dedicado al verano que suele atribuirse a Kālidāsa, poeta hindú del siglo VI; la segunda es de Edith Södergran, poeta finosueca de principios del siglo XX. Sirva el contraste entre ambos fragmentos para abrir esta breve reflexión sobre el verano y su significado diferente en distintos lugares del mundo.
En la mayoría de las culturas, las estaciones se conceptualizaron originalmente de acuerdo al ciclo agrícola; desde la siembra hasta la cosecha, seguido del reposo de la tierra. Así, en la tradición grecorromana, las estaciones se explicaban a partir de la leyenda de Perséfone, hija de Deméter, diosa de la agricultura. En un momento dado, Perséfone es secuestrada por Hades, dios del inframundo. Deméter, enfurecida, apela a la ayuda de los demás dioses del Olimpo y logra negociar con Hades que su hija se reúna con ella sobre la superficie de la tierra, al menos, la mitad del año, esto es, durante la primavera y el verano. El regreso de Perséfone coincide, pues, con el período de germinación y maduración de las cosechas.
Sin embargo, el clima de nuestro planeta y sus ciclos no son homogéneos, lo que se traduce, por ejemplo, en un número variable de estaciones del año según en qué región nos encontremos y, a su vez, en los significados culturales que se asocian a cada una de ellas. Si en Europa, hablamos de las cuatro estaciones, en la India se cuentan seis. Cuando en Europa comienza el verano, allí termina el calor seco y sofocante del Grishma Ritu y se inicia la estación del monzón. Algo similar sucede en México, donde el mes de mayo es el más caluroso del año. Aunque formalmente, por influencia europea, se considere parte de la primavera, en el calendario azteca correspondía al quinto mes del año, el Tóxcatl o “cosa seca”, el período de sequía que antecedía a las anheladas lluvias. Hallamos un desfase parecido entre el clima autóctono y el calendario europeo con relación a la celebración de la Navidad durante el verano austral en el hemisferio sur: un imaginario muy alejado del frío, la nieve y los trineos de Santa Claus con el que la asociamos actualmente en el hemisferio norte, donde coincide con el invierno boreal.
Si siguen subiendo las temperaturas globalmente, es posible que abandonemos las playas y busquemos todos refugio del calor en latitudes más septentrionales
Conforme nos acercamos a los polos, los días estivales son más largos y, a la inversa, más cortos durante el invierno. En torno al solsticio de verano, por encima de los círculos polares, el sol no llega a ponerse nunca. Este fenómeno hace que el contraste entre las dos mitades del año —el invierno y el verano— sea quizá todavía más marcado para las culturas que habitan regiones cercanas al Ártico y la Antártida. El verano en estas latitudes es, por lo tanto, no sólo el período de germinación y maduración de las cosechas, sino el de la luz solar. Un período de eclosión en el que, desde los tiempos de sus primeros pobladores hasta hoy, sus habitantes tratan de aprovechar y vivir intensamente después de emerger de la prolongada hibernación que imponen el frío y la oscuridad del invierno.
Este contraste explicaría quizá el culto al verano que hallamos en el norte de Europa y que se manifiesta también en la literatura y el cine. Pienso, sin ir más lejos, en Sonrisas de una noche de verano (1956) de Ingmar Bergman. La cinta condensa particularmente bien la mística del verano boreal; una intensa combinación de despreocupación, intoxicación, sensualidad y “felicidad encontrada”, que decía Södergran. Al mismo tiempo, llama la atención el modo en que la anticipación y las expectativas en torno al verano en esas latitudes no siempre se corresponden con la realidad de su clima y temperaturas veraniegas. Sucede, por ejemplo, con los picnics que la gente planea con entusiasmo en el Reino Unido y que, frecuentemente, terminan pasados por agua. O con la ropa muy ligera que los escandinavos adquieren cada temporada estival y que, a menudo, apenas pueden usar o deben ocultar bajo capas de jerséis y chaquetas.
No debe sorprender, pues, que, hoy en día que las comunicaciones lo permiten, muchos europeos del norte acaben buscando su verano azul en Nerja o Almuñécar. Hasta cierto punto, ese culto al verano y al sol de los pueblos del Norte ha terminado por contagiarse a los del Sur. No hace tanto que estos más bien tendían a refugiarse de la luz y el calor en los interiores de sus casas y veían la playa como el lugar al que ir a comprar la captura del día, temprano por la mañana, a los pescadores que recién regresaban con sus barcos. Pero es posible que, en las próximas décadas, si siguen subiendo las temperaturas globalmente, el concepto del verano vuelva a cambiar en nuestro entorno, abandonemos las playas y busquemos todos refugio del calor en latitudes más septentrionales.
[ARCHIVO DEL BLOG] Privacidad y libertades públicas. [Publicada el 07/06/2008]
Me resulta interesante que un asunto tan aparentemente banal como ha sido la denuncia de Telma Ortiz, hermana de la princesa de Asturias, contra varios medios de comunicación en demanda de protección a su derecho a la intimidad, sea utilizado como fundamento de un magnífico artículo por parte de la catedrática de Historia Contemporánea de la Universidad de Valencia, Isabel Burdiel, reclamando el derecho a la privacidad como fundamento de las libertades públicas.
Citando a un tiempo a Benjamin Constant e Isaiah Berlin, a los que yo añadiría sin desdoro alguno a Philiph Petit, la profesora Burdiel construye un formidable alegato en defensa de la privacidad, hoy vulnerada hasta el sarcasmo en nombre de un sacrosanto derecho a la información que parece no conocer límite moral o jurídico alguno.
Leyendo, viendo u oyendo las "cosas" que se dicen para justificar el acoso mediático a la privacidad de la gente me han venido al recuerdo las palabras de uno de los personajes del libro de Javier Marías que estoy leyendo ahora mismo y que ya he citado con anterioridad: "Casi todo lo que decimos y comunicamos todos es filfa, relleno, es superfluo, es vulgar, aburrido, intercambiable y trillado, por mucho que sea nuestro y que la gente, como se repite ahora con cursilería extrema, sienta la necesidad de expresarse". Y aunque me fuera aplicado a mi con toda justicia, pienso que tiene toda la razón... Sean felices. HArendt
lunes, 21 de agosto de 2023
Del oficio de escritor
Hola, buenos días de nuevo a todos y feliz lunes. Mi propuesta de lectura de prensa para hoy, del escritor Javier Cercas, va del oficio de escritor. Se la recomiendo encarecidamente y espero que junto con las viñetas que la acompañan, en palabras de Hannah Arendt, les ayude a pensar para comprender y a comprender para actuar. Sean felices, por favor, aun contra todo pronóstico. Nos vemos mañana si la diosa Fortuna lo permite. Tamaragua, amigos míos. harendt.blogspot.com
Pequeña antología de grandes éxitos
JAVIER CERCAS
13 AGO 2023 - El País - harendt.blogspot.com
Allá va un secreto a voces: el oficio de escritor es el mejor oficio del mundo, y todo plumífero, por insignificante o desdichado que sea, atesora triunfos íntimos, instantes pletóricos en los que, aunque sólo sea por un segundo, se siente justificado como escritor. El problema es que no se los podemos contar a nadie: ni a nuestras familias, que están hartas de nosotros (un escritor es básicamente un individuo insufrible: algunos, de lejos, dan bien, pero de cerca todos somos para salir corriendo), ni mucho menos a nuestros colegas, porque los escritores somos muy envidiosos y nos odiamos entre nosotros: todos los escritores hablamos mal de todos, y todos tenemos razón. Así que no nos queda más remedio que comernos con patatas nuestras alegrías. Se trata, sobra decirlo, de una injusticia flagrante, con la que voy a terminar ipso facto gracias a esta pequeña antología de grandes éxitos. Al fin y al cabo, si uno no es capaz de hablar bien de sí mismo, ya me contarán ustedes quién demonios va a hacerlo.
Me limitaré a referir tres anécdotas. La primera es de un 23 de abril, fiesta de Sant Jordi en Barcelona. Por entonces yo llevaba un par de años sin publicar una novela, así que aquella mañana me encerré a escribir en vez de salir a firmar mis libros por las calles del centro, abarrotadas como cada año de libros y rosas. El hecho ocurrió al mediodía. Llevaba cinco horas partiéndome la cara con el ordenador sin conseguir arrancarle una maldita frase decente, y había llegado a la conclusión de que yo no era un escritor o de que era el peor escritor español desde don José Echegaray, primer premio Nobel de Literatura de nuestro país, cuando bajé a un restaurante cercano a mi despacho. Comí con ganas de echarme a llorar sobre los macarrones y el bistec, y, cuando pedí la cuenta, la camarera me dijo que ya estaba pagada. La miré sin entender. “Un señor”, se encogió de hombros, señalando una mesa vacía. “Me ha dicho que es un lector suyo y que a ver cuándo publica un libro nuevo”. Al salir del restaurante esprinté hacia mi despacho, dispuesto a pasarme el resto del día partiéndome la cara con el ordenador (y con quien hiciera falta).
La segunda anécdota ocurrió años más tarde, en Sevilla, donde el diario Abc tuvo la generosidad insensata de concederme un premio por un artículo sobre la ciudad. Hubo una ceremonia. Pronuncié un discurso. Hubo un cóctel. Fue entonces cuando vi que se abría paso hacia mí un tipo impecable, repeinado y sonriente: era Rafael Ruiz, el moreno de Los del Río. “¡Ey, Macarena!”, pensé. “Me ha encantado”, me espetó Ruiz, refiriéndose a mi discurso. Le di las gracias. “¡Lo he entendido todo!”, añadió, incrédulo (en realidad, lo que dijo fue: “L’entendío to”). En el colmo del entusiasmo, remachó: “¡¡Ni una sola metáfora!!”. Comprendí que aquel era mi gran momento, que nadie volvería a dedicarme un elogio tan grande. “Chaval”, me dije, derritiéndome de gratitud. “Ya puedes morirte tranquilo”.
La tercera anécdota ocurrió no hace mucho, en El Asador de Aranda de la avenida del Tibidabo, Barcelona. Había ido a comer allí con mi familia y, al salir del baño, un hombre muy serio me señaló con un dedo intimidante; parecía el encargado, o el propietario. Me asusté: pensé que había hecho algo mal, pensé que me iban a echar a patadas del restaurante. Sin dejar de señalarme, el tipo dijo: “Un hombre que se molesta porque los demás se rían de él no es un hombre”. La frase me sonaba, pero no sabía de qué. La cara del tipo se iluminó con una sonrisa. “Eso no lo digo yo”, puntualizó, alargándome la mano. “Lo dice Melchor”. Melchor es Melchor Marín, el protagonista de mi última novela, y, mientras estrechaba la mano de aquel hombre, me pregunté cuántas veces se habría molestado porque alguien se había reído de él, y me dije que aquellas palabras habían encontrado su lector ideal.
Paul Valéry escribió que las obras maestras las escriben los lectores, no los escritores. Llevaba razón. El protagonista de la literatura no es el autor, sino el lector, que es quien termina los libros. El Premio Nobel es magnífico, pero el premio máximo de un escritor son sus lectores.
[ARCHIVO DEL BLOG] Ética, mentiras y política. [Publicada el 15/05/2008]
No soy dado a las grandes admiraciones. Por cumplir la Ley de Igualdad cito dos mujeres, Hannah Arendt (politóloga norteamericana de origen judeo-alemán) y Simone Weil (filósofa francesa de origen judío), y dos hombres, Emilio Lledó (filósofo y filólogo español) y Hans Küng (teólogo suizo). Por los cuatro citados siento una profunda admiración, tanto por la importancia de su obra intelectual como por el ejemplo de sus vidas. Y uno de ellos fue profesor mío en la Facultad de Geografía e Historia de la UNED; solo por el privilegio de haberle conocido y tenido como profesor merecieron la pena los años de estudio.
Pero hoy sólo quiero hablar de Hans Küng, teólogo católico, suizo, de renombre universal, consultor especial del Concilio Vaticano II por decisión expresa del papa Juan XXIII, y apartado fulminantemente de su cátedra de Teología en la Universidad alemana de Tubinga por el papa Juan Pablo II, por oponerse al dogma de la infalibilidad pontificia.
No soy creyente. No lo era ya cuando leí, durante unas vacaciones en Mallorca con mi mujer y mi hija mayor, la primera de sus grandes obras teológicas: "Ser cristiano" (Ediciones Cristiandad, Madrid, 1974). Seguí sin serlo después de leer con sincera admiración al menos una decena sus títulos posteriores. Sigo ateo, a Dios gracias, diría yo. Pero no, desde luego, por culpa suya, porque reconozco que pocos libros existen con la profunda religiosidad y el rigor teológico de los escritos por Hans Küng. Aun hoy, a sus 80 años justos, sigue empeñado en la elaboración de una Ética de validez universal y del diálogo sin condiciones entre todas las iglesias. Y yo, esperando con ilusión la publicación en español de la segunda parte de su "Libertad conquistada. Memorias" (Trotta, Madrid, 2004), ya publicada en alemán.
El diario El País de hoy publica un interesante artículo suyo titulado "¿Está justificada la mentira en política?" por el que desfilan George W. Bush, Henry Kissinger, Richelieu, Metternich, Bismarck, Theodore Roosevelt, Maquiavelo,Thomas Jefferson, Martín Lutero, Helmut Schmidt, Jimmy Carter, Bill Clinton y Monica Lewinsky..., entre otros. Espero que les resulte interesante, e instructivo... Sean felices. HArendt
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