jueves, 17 de agosto de 2023

De abuelos y nietos

 






Hola, buenas tardes de nuevo a todos y feliz jueves. Mi propuesta de lectura de prensa para hoy, de la escritora Ana Iris Simón, va de abuelos y nietos. Se la recomiendo encarecidamente y espero que junto con las viñetas que la acompañan, en palabras de Hannah Arendt, les ayude a pensar para comprender y a comprender para actuar. Sean felices, por favor, aun contra todo pronóstico. Nos vemos mañana si la diosa Fortuna lo permite. Tamaragua, amigos míos. harendt.blogspot.com










Un viejo y un crío son como un Jano bifronte
ANA IRIS SIMÓN
12 AGO 2023 - El País - harendt.blogspot.com

Una noche, antes de dormir, mi hijo de dos años me confesó algo. Estábamos ya con la luz apagada y me dijo: “Mamá, me gustan las historias”. Cuando le pregunté que cuáles me respondió “todas: la de Durruti, la de Los tres bandidos, la de Patatín y Patatón”. Mientras le acariciaba el pelo pensaba en lo curioso de su elección: para ejemplificar a qué se refería cuando me hablaba de historias había escogido un romancero —el de Durruti, que le canto a modo de nana desde que nació—, un relato escrito —Los tres bandidos, un cuento maravilloso publicado en España por Kalandraka— y uno de tradición oral —Patatín y Patatón, que se inventó mi padre cuando yo era cría—.
Para cuando empezó a cerrar los ojos yo ya estaba a otra cosa, acordándome de que esa misma mañana habíamos estado hablando por teléfono con mi abuelo y nos había dicho que andaba “revolviendo papeles”, lo cual significaba ojear facturas antiguas, mirar fotos, releer algún cuaderno o alguna carta. En el fondo no era tan distinto a mi hijo: él también nos estaba contando, aunque con otras palabras, que le gustan las historias. Desde que murió mi abuela, de hecho, le gustan aún más; nunca hasta que ella se fue me había contado tantas cosas, ni sobre sí mismo ni sobre ellos dos.
El niño ya estaba profundamente dormido cuando empecé a conjeturar con que mi hijo necesita la narración para comprender el mundo y mi abuelo para explicarlo, para después darme cuenta de que no es así: a ambos les gustan las historias por ambas cosas. Porque comprender es una forma de explicar, y viceversa. La única diferencia es a dónde dirige la mirada cada cual, porque un viejo y un crío son como un Jano bifronte: uno mira siempre hacia atrás y el otro hacia delante. Pero ambos están igualmente llenos de vida, ya sea en formato recuerdo o en formato porvenir.
Otra a la que le gustan las historias y de la que me acordé con mi niño dormido al lado es Fina, su bisabuela paterna. Una tarde se pasó el viaje entero de Espandariz a Lugo describiendo cómo era el paisaje cuando ella era cría, contándonos la historia de la Olivita, que era “un pouco retrasadiña” pero se encargaba de cuidar la casa del cura y lo hacía muy bien, y narrándonos las gestas de su abuelo, que era serrador.
Volviendo a aquel atardecer en el coche recordé también una frase de Cortázar que, con 15 años, cuando leí Rayuela, me pareció brillante pero ahora ya no tanto: “Después de los 40 años, la verdadera cara la tenemos en la nuca, mirando desesperadamente para atrás”. Porque no es desesperación lo que intuyo cuando mi abuelo me habla del día que conoció a mi abuela, sino alegría y orgullo. Del mismo modo que no es vértigo por desconocer, sino asombro por descubrir lo que hay en mi hijo cuando aprende algo nuevo.
Arropé al niño, me levanté de la cama, cerré la puerta a mi espalda y busqué una cita de El hombre en busca de sentido que recordaba vagamente. “La vida no es principalmente una búsqueda del placer, como creía Freud, ni una búsqueda de poder, como enseñó Alfred Adler, sino una búsqueda de sentido”, escribió Frankl. Por eso nos gustan las historias. Especialmente a los viejos y a los niños, que son los que tienen tiempo y sobre todo olfato para las cosas importantes. 




































[ARCHIVO DEL BLOG] Sobre lecturas infantiles y canciones adultas. [Publicada el 27/05/2012]












Hace unos días intenté sin demasiado éxito excitar la curiosidad literaria de mi nieto mayor -tiene 7 años- con unos versos de "Las Flores del Mal", de Baudelaire. No le disgustaron pero reconozco que quizá fue excesivo por mi parte, así que me pasé a "La isla del tesoro" y me prestó un poco más de atención. Normal. 
He recuperado para el blog una antigua entrada, de febrero de 2008, en la que hablaba de mis primeras lecturas. No es un ejercicio de narcisismo; dejémoslo en nostalgia más bien, de un tiempo pasado que nunca volverá. La he reescrito para acomodar los tiempos verbales al momento actual.
Mi primer libro, el primero del que tengo recuerdo, me lo regaló la muchacha que ayudaba a mi madre en las tareas de casa. Se llamaba Cristina. Fue el 8 de febrero de 1954. El día que yo cumplía 8 años. ¿Qué como es posible que recuerde algo que ocurrió hace cincuenta y ocho años? Sencillamente porque el libro iba de un niño llamado Carlos que cumplía ocho años un ocho de febrero… Es difícil de olvidar una cosa así. Fue impactante para mi. Aún hoy, pasado tanto tiempo, me recuerdo con mis pantalones cortos y saltando como un loco al sofá del salón de nuestra casa, en la calle Batalla del Salado de Madrid, para leerlo. Después vinieron más libros y más lecturas, pero ese fue el primero, el inolvidable.
El segundo, ya un poco menos infantil, más serio, fue “La Isla del Tesoro”, regalo de mis abuelos maternos. No puedo recordar la fecha pero seguro que no fue mucho después de aquel inolvidable 8 de febrero de 1954. Y luego siguieron muchos más. Algunos de ellos están citados en el blog. Recuerdo con especial cariño "Leyendas heroicas de la antigua Grecia", y el de similar título: "Leyendas heroicas de la antigua Roma". Y otro sobre "Los nibelungos". Y las ediciones juveniles de "El paraíso perdido", y  "La Divina Comedia". Y también "El último mohicano", "La cabaña del tío Tom", "Las aventuras de "Tom Saywer", "Robinso Crusoe",  "Los viajes de Gulliver" o "Tarzán de los Monos. 
La primera vez que leí algo sobre la "Odisea" de Homero fue en el citado libro de “Leyendas heroicas de la antigua Grecia”. Recuerdo el título, pero no el autor. Era una versión para niños que me cautivó. Más tarde, en el Colegio Infanta María Teresa de Madrid, donde estudié entre los diez y los dieciséis años, tuve un profesor de Lengua y Literatura que nunca sabrá la conmoción que causó en mí y al qué nunca tuve la ocasión de agradecérselo. Se llamaba Mariano Abánades. Nos dictaba los argumentos de las principales obras de la literatura universal, y la vida de sus autores. Lo hacía de memoria, sin papeles delante. Y yo me quedé subyugado para siempre con sus relatos sobre el “Ramayana”, de Valmiki; el “Mahbarata”, de Vyassa; la “Divina Comedia”, de Dante; la “Iliada” y la “Odisea”, de Homero; la "Eneida" de Virgilio; el poema del "Mio Cid" o de "Los Infantes de Lara", “El Quijote”, de Cervantes; “Fuenteovejuna”, de Lope, o "La vida es sueño", de Calderón… Él despertó una pasión por la buena literatura que aún perdura en mi.
He leído varias veces la “Odisea” de Homero. La última, en la magnífica edición de 1996 del Circulo de Lectores para la Colección de Clásicos Griegos de su Biblioteca Universal. Y también me gustaron sobremanera las versiones del universal mito homérico en "La tejedora de sueños”, de Antonio Bueno Vallejo; “La hija de Homero”, de Robert Graves; o el singularísimo “Ulises”, de James Joyce.
Aquella entrada de febrero de 2008 me llevó a escribirla un artículo publicado por esas fechas en El País por el historiador José Andrés Rojo, titulado “Ulises, el primer turista sexual”, que mi hija Ruth, siempre atenta con las quisicosas de su padre tuvo la amabilidad de enviarme. Y en esas estaba, en aquella lejana fecha, cuando recuerdo que saltó en el navegador de mi portátil (sigo teniendo el mismo viejo cacharro) un aviso de noticia en El País sobre Jane Birkin, la cantante británica, que actuaba esos días en España, y que los de mi edad recordarán por su canción, suya y de su pareja, Serge Gainsbourg, titulada “Je t’aime… mois non plus” que escandalizó (¡Dios, con qué facilidad se escandaliza la gente aún hoy!) a media Europa a finales de los sesenta. Sean felices, por favor, a pesar del gobierno. Tamaragua, amigos. HArendt






miércoles, 16 de agosto de 2023

Del lenguaje como arma del odio

 






Hola, buenas tardes de nuevo a todos y feliz miércoles. Mi propuesta de lectura de prensa para hoy, del genetista Javier Sampedro, va del lenguaje como arma del odio. Se la recomiendo encarecidamente y espero que junto con las viñetas que la acompañan, en palabras de Hannah Arendt, les ayude a pensar para comprender y a comprender para actuar. Sean felices, por favor, aun contra todo pronóstico. Nos vemos mañana si la diosa Fortuna lo permite. Tamaragua, amigos míos. harendt.blogspot.com









El odio y la pureza
JAVIER SAMPEDRO
10 AGO 2023 - El País - harendt.blogspot.com

Las redes sociales no han inventado el lenguaje del odio. Algunos de los documentos legales y religiosos más antiguos que se conservan destilan odio y animadversión hacia los otros, los que no pertenecen a la secta, los que han tenido la mala suerte de nacer al otro lado de una frontera tan arbitraria como cualquier otra. Los nazis no necesitaron ni Twitter ni X —les bastó con la imprenta y la radio— para envenenar a un país entero con sus arengas racistas y sus delirios genocidas. Lo mismo hicieron los extremistas de Ruanda para deshumanizar y masacrar a la minoría tutsi de su país. El poder intoxicador no está en la tecnología de cada época, sino en el lenguaje de todas ellas, el mismo que nos sirve para difundir la cultura, las ideas innovadoras y el progreso de las sociedades. El lenguaje es la primera tecnología dual de la prehistoria, y sigue en muy buena forma.
La mayoría de las democracias occidentales, con la notable excepción de Estados Unidos, están intentando regular las redes sociales con la esperanza de bloquear los discursos del odio, al menos en sus formas más zafias y perniciosas. Sin duda hay cuestiones técnicas que habrá que ir resolviendo a medida que los intoxicadores afilen sus aguijones. Por ejemplo, ante la perspectiva evidente de que los modelos grandes de lenguaje (large language models, LLM), al estilo de ChatGPT, inunden las redes sociales de una desinformación masiva, los reguladores y algunos organismos internacionales están discutiendo la posibilidad de imponer una “marca de agua” en todos los textos generados por inteligencia artificial. Esto puede funcionar con un puñado de gigantes de Silicon Valley, pero desde luego no con la miríada de agentes oscuros que, con toda seguridad, van a utilizar esos mismos LLM para emponzoñar a la opinión pública.
El grueso del debate actual, sin embargo, no gira en torno a esas cuestiones técnicas, sino sobre la gran cuestión académica de la libertad de expresión. Esta es justo la razón por la que Elon Musk, el dueño de X, antes Twitter, que se define como un “absolutista de la libre expresión”, anda enredado en un dilema hamletiano sobre la conveniencia de bloquear la intoxicación digital y los mensajes de odio en su red social. Y también es la razón de que Estados Unidos se haya convertido en un pesadísimo lastre a las iniciativas internacionales de regulación.
De ahí el interés en analizar el lenguaje del odio y sus conexiones con la psicología humana. En los últimos años han florecido las investigaciones para detectar de forma automática los rasgos distintivos del lenguaje del odio. Aquí daría igual que los mensajes hayan sido generados en las grandes redes sociales o en los escurridizos sótanos de la desinformación política. No hay marca de agua. Es el propio lenguaje del odiador, o de su avatar robótico, el que le delata. Los últimos avances en este campo han hallado una relación directa entre el odio y la pureza moral. Los mensajes de odio emitidos por la extrema derecha están plagados del lenguaje de la pureza, como las conminaciones a resistir los deseos carnales en aras de una naturaleza divina superior. Por sus flagelos los conoceréis.






























[ARCHIVO DEL BLOG] La huelga. [Publicada el 29/09/2010]









"Se necesitan dos años para aprender a hablar y setenta para aprender a callar". La frase anterior es de Ernest Hemingway (1899-1961), escritor norteamericano, premio Nobel de Literatura y gran amigo y admirador de España y de los españoles. Yo voy camino de los sesenta y cinco y reconozco que aún no he aprendido a callar, pero estoy haciendo progresos, y además, pongo en ello la mejor voluntad. De ahí la abulia escribidora en la que estoy sumido sin excesivo remordimiento.
Entre la enorme cantidad de sandeces que he leído en estos días a favor o en contra de la huelga general planteada por los llamados "sindicatos de clase" (UGT y CC.OO.) contra la mini-reforma laboral aprobada por las Cortes Generales, destaca por su ecuanimidad y ponderación el artículo publicado ayer lunes en El País por José María Ridao, titulado "Huelga de caballeros", que pueden leer en este enlace.
José María Ridao (1961), escritor, periodista y diplomático en ejercicio (ha sido Embajador de España ante la UNESCO), refleja en su artículo la que estimo es la opinión más generalizada entre los ciudadanos españoles ante la huelga que ya ha comenzado en la España continental, y en Canarias, en apenas una hora: que es un paripé entre los sindicatos y el gobierno, que no va a servir para nada, que va a desgastar tanto a unos como a otros, y sobre todo, que va a provocar la deserción y el desinterés más absoluto de los españoles hacia la "cosa pública".
Ridao está formado en la diplomacia, y se le nota. Yo, lo diría más llanamente, nos están tomando el pelo todos: sindicatos, patronal, gobierno y oposición. Los sindicatos, porque convocar una huelga general a tres meses de la aprobación por el Parlamento de una ley que no les gusta, cuando han estado años negociando con la patronal esa misma reforma sin saber o querer llegar a un acuerdo, suena a camelo y ganas de salvar la cara ante su espantosa inutilidad e incapacidad negociadora y de presión. La patronal, porque resulta absolutamente impresentable que su máximo dirigente permanezca en el cargo casi un año después de haber sido denunciado por fraude a la Seguridad Social y a la Hacienda Pública, y de haber dejado en la calle a cientos de sus empleados, miles de sus clientes y destrozado unas empresas solventes. El gobierno, y especialmente su presidente, por decir apenas hace unas horas, que se sentaría a negociar con los sindicatos al día siguiente de la huelga; ¿no podía haberlo hecho antes; tan cargada tenía su agenda? La oposición, porque son una partida de sinvergüenzas, sin proyecto, sin ideas y sin programa, para los que "contra peor, mejor", aunque se lleven por delante a cuarenta millones de españoles.
Termino con dos anécdotas personales que me han dejado muy muy cabreado: una, la del  gilipollas que propuso que los abuelos no nos hiciéramos cargo de nuestros nietos el día 29; aparte de lo de gilipollas, no le contesto porque comprendo que pretender dialogar con un imbécil es duplicar la imbecilidad; la segunda, la del sindicalista canario que ha dicho (y se ha quedado tan fresco) que el día 29, no se podría garantizar la seguridad de los niños que acudieran a los colegios; una amenaza bastante poco subliminal que de estar en un país "normal", dirigido por gentes "normales", con instituciones que funcionaran "normalmente", le habría llevado ante la fiscalía y el juzgado. En un país "normal", claro... Sean felices a pesar de todo. Tamaragua, amigos. HArendt